**El Pretendiente**
Lucía miraba por la ventana, contemplando el patio vacío. La nieve pisada brillaba bajo el sol de enero, y en los arbustos desnudos quedaban colgando restos de espumillón navideño. La ciudad parecía dormida, agotada tras la larga noche de fin de año. Dentro de ella, Lucía sentía el mismo vacío.
¿Cómo había podido engañarse así? ¿Por qué no había intuido la falsedad? Ahora lo veía claro, pero antes… Nacho parecía inteligente, cariñoso, un poco resentido con su padre. Claro, *parecía*. Y ella creyó que la amaba.
El chasquido de la cerradura la sobresaltó. Había preparado un discurso, pero las palabras se le esfumaron. Pasos suaves se detuvieron a su espalda. Lucía contuvo el aliento, sintiendo el calor del aliento de Nacho en su cuello.
—Luci… —murmuró él, apoyando la cabeza en su hombro.
Ella se apartó.
—¿Sigues enfadada? —preguntó él con voz melosa—. No sé qué me pasó, pero me cegó la rabia. No soporto que otro te mire así.
Esperó una respuesta, pero Lucía guardó silencio.
—Tú misma lo provocaste. Reías, te pegabas a él… ¿Qué querías que hiciera?
—No inventes. Solo bailábamos —respondió ella, seca.
—Perdóname, Luci. Los celos son normales cuando amas. —Intentó girarla hacia él, pero Lucía encogió los hombros, rechazando su contacto.
—Vamos, es ridículo. Ya me disculpé.
—No eres a mí a quien debes pedir perdón.
Finalmente, Lucía lo miró y, de nuevo, apartó la vista.
—Fui al hospital, me disculpé con tu marinero —dijo él, con un destello de furia en los ojos. Ella no lo vio—. No presentó denuncia. Ya está. Olvidemos esto. Cuando salga, lo invitaremos, brindaremos…
Lucía se volvió bruscamente.
—¿Invitar? ¿Olvidar? No hay “nosotros”. Ni lo habrá. Devuélveme las llaves y vete.
—¿Ah, sí? ¿Para traerlo a él aquí? —Su tono meloso desapareció, reemplazado por crudeza.
—Vete. No quiero verte. Me mentiste —dijo ella, mientras la rabia brotaba.
—Debería haberte dado una lección también. ¿Recuerdas lo que me dijiste? —Nacho la agarró del brazo, apretando con fuerza, y la obligó a mirarlo. En sus ojos solo vio odio.
—Suéltame, me duele.
—He invertido demasiado en ti. No, cariño, no me iré. ¡Te casarás conmigo! —Sacó un anillo del bolsillo—. No pude dártelo antes. —Intentó ponérselo, pero Lucía forcejeó.
—¡No me casaré contigo! —Las lágrimas brotaron.
—Sí lo harás, si quieres que tu marinero siga vivo.
—No te atreverás.
—Más de lo que crees…
***
—Me voy mañana —había dicho Alejandro.
Lucía le gustaba. Mucho. Pero temía decirle que partiría. Solo empezaban.
—¿Adónde?
—A Cádiz. Entré en la Academia Naval. Perdona por no decírtelo antes. No estaba seguro.
—¿Me llamarás, al menos? —preguntó ella, dolida.
—No te enfades. ¿Qué quieres? Aquí no hay mar. Luci, no quiero que te sientas obligada a esperarme. Estudiaré años, luego zarparé meses… No sabes lo duro que es la espera.
—No decidas por mí.
—Tú también estudiarás. En la universidad habrá muchos chicos…
—¡Pues vete! —gritó ella, alejándose.
—¡Luci! —Alejandro no la siguió.
Sin embargo, su alegría al verlo en Navidad fue inmensa. Cine, paseos… Él hablaba de Cádiz, del mar, de sus amigos. Ella soñaba con que la besara. Pero solo rozó su mejilla helada y se fue. Al día siguiente, volvió a la Academia.
Sí, en la universidad había otros chicos. La cortejaban. Pero ninguno era él. Alejandro llamaba poco, preguntando por sus estudios. Pero si ella mencionaba su añoranza, él cambiaba de tema.
Esa primavera, murió la tía paterna. No tenían hijos, y apenas hablaban con la familia. Fue una sorpresa descubrir que dejó su amplio piso en el centro a Lucía.
—Cuando te cases, vivirás allí con tu marido —dijo su madre.
Lucía decidió no hablar del piso en clase. Pero alguien se enteró. Unos envidiaron, otros la llamaron arrogante. Hasta el delegado preguntó si podrían hacer fiestas allí.
En segundo curso, conoció a Nacho, un estudiante de último año. Se sentó con ella en el comedor y comenzaron a salir. Alejandro estaba lejos, sin promesas. ¿Acaso él no tendría a alguien en Cádiz?
—¿Es hijo del vicealcalde? —preguntó su padre.
—No sé.
—Pregúntale. Parece buen partido.
Nacho confirmó su linaje, aunque se quejó de su padre.
—Quiero independizarme. Alquilar algo… —dijo.
Esa noche, Lucía sugirió a su padre alquilarle el piso de la tía.
—Que viva ahí. Barato, pero que pague algo —rió su padre.
Nacho, eufórico, la abrazó.
—¡Eres increíble, Luci! Solo debo hablar con mis padres. Mi madre quiere que me case —dijo, estrechándola.
Su relación avanzó rápido. Si Lucía se quedaba en su casa, sus padres protestaban poco. Ya la veían como esposa del hijo del vicealcalde.
Pero algo inquietaba a Lucía: Nacho evitaba hablar de su familia.
Al graduarse, Nacho trabajó en una empresa cualquiera, “para fastidiar a su padre”. Luego, le propuso matrimonio. Ella rechazó.
—No hay prisa.
Llegó otra Navidad. Una amiga invitó a celebrar en su casa.
—Trae a tu gran pretendiente —le dijo.
—¿Cómo sabes de Nacho? —preguntó Lucía, sorprendida.
—Tu madre me lo contó. ¿Te casas en secreto y no me avisas?
—No me caso con nadie.
En la fiesta, la música sonaba fuerte. Nacho sacó un anillo, pero Lucía ya caminaba hacia Alejandro, recién llegado. Hablaron, bailaron. Nacho los interrumpió, arrastrando a Alejandro fuera.
La pelea fue brutal. Nacho lo golpeó sin piedad. Lucía gritó, pero él la empujó. Llamaron a una ambulancia.
Alejandro, ensangrentado, fue hospitalizado. Nacho, arrestado.
Esa noche, Lucía descubrió la verdad: Nacho no era quien decía. Un simple impostor.
—¡Casi casas a nuestra hija con un estafador! —se lamentó su madre.
—¿Cómo iba a saberlo? —se defendió su padre.
En el hospital, Alejandro sonrió.
—Arruiné tu Nochevieja. ¿De verdad te casas con él?
—No. Nunca quise. Mis padres…
—Yo fui el idiota. Cuántas veces quise llamarte…
Lucía prometió confrontar a Nacho, pero su padre ya lo había echado.
—Perdóname, hija. No sé nada de personas. Pero ese chico… ¿te quiere?
—Es mi compañero de clase. Pensé que no me amaba.
—Si te ama, te perdonará.
Alejandro se recuperó y volvió a Cádiz. Pero ahora llamaba a diario. Tras graduarse,Con el tiempo, Lucía y Alejandro se mudaron a Cádiz, donde el mar les recordaba cada día que el amor verdadero, aunque tarde, siempre encuentra su camino.





