Joven soñadora con hogar anhela encontrar el amor.

Hace mucho tiempo, en una oficina de contabilidad de Madrid, vivía una joven llamada Sonia García, que soñaba con casarse. En aquella época, las mujeres aún anhelaban el matrimonio como si fuera un tesoro oculto en la alacena de la vida.

*¡Vaya! Otra que se casa. Un hombre feliz más en el mundo. ¡Ojalá lleguen a sus bodas de oro!* —dijo Carmen López, la jefa de contabilidad, alzando su copa de cava.

*¿Por qué tan poco? Que vivan hasta las de diamante* —añadió con entusiasmo la vivaz Lucía.

*Ay, niñas, casarse no es siempre la salvación* —suspiró la limpiadora, la tía Rosario, asomada en el umbral—. Hoy se casa un hombre y mañana se pierde en el vino. ¿Por qué no pueden estar tranquilas solas?

*¡Tía Rosario, por favor!* —la apartó Lucía con fastidio—. Que a usted le salió mal no significa que todas terminen igual. Nuestra pobre Lola tuvo suerte: guapo, con coche y futuro. ¡No hagas caso, Lola, sé feliz!*

Lola acababa de regresar de una semana de permiso por su boda. Había traído turrones y cava para celebrar con sus compañeras. Sonreía radiante como un sol de verano, aunque algo agitada. Su marido, naturalmente, enviaba mensajes inquieto: *¿Cuándo vuelves? Te echo de menos.*

Llevaban ya tres horas. El cava se acabó, y hasta hicieron una segunda ronda en el colmado de la esquina.

*Bueno, niñas, terminen. Yo limpiaré mañana* —dijo la tía Rosario.

*No se preocupe, déjelo, ya lo arreglamos* —prometió Carmen—. Tomemos la última y cada una a su casa. Solo falta casar a Sonia para completar el set.

*Oye, Sonia, ¿por qué sigues soltera? Bonita, con piso… ¿Esperas a un príncipe o qué?* —soltó Lucía, ya bastante achispada.

*¿Y qué tiene que ver el piso?* —preguntó Sonia.

*Pues claro que importa. A tu edad yo ya tenía dos hijos, y el mayor, Miguel, iba al colegio. Mi marido y yo pasamos de todo. Casi nos divorciamos dos veces. Pero le dije: “Si los hiciste, cría a estos niños antes de irte”. Y aquí sigue* —Lucía alzó el puño.

*¿Sabes por qué se casan los hombres? Por pasión o por un “susto”. La pasión se apaga, vienen las rutinas, los niños, las noches en vela… Y al final, el divorcio. Si el hombre es decente, dejará el piso a la mujer y se irá a un alquiler. Pero no tarda. Todos sus amigos están casados, no tiene donde caerse muerto. Entonces busca a una soltera sin niños… ¡y con piso! ¡Bingo! Por eso me sorprende que sigas sola.*

*¡Qué cosas dices!* —se ofendió Sonia—. ¿Solo sirvo para divorciados sin techo? ¿A mis treinta ya no merezco un hombre sin hijos?

*No la escuches, está borracha* —intervino Carmen—. Los hombres hoy no se apresuran. Hacen carrera. Aunque, eso sí, te has quedado algo rezagada. Ya lo arreglaremos.

*¿Lo ves?* —saltó Lucía—. Los hombres solteros y con éxito son exigentes: quieren jóvenes y guapas. Los divorciados no miran tanto. Les basta una buena mujer… con piso.

*Cada uno tiene su destino* —dijo Carmen—. A unos les toca casarse pronto, a otros tarde. Una amiga tiene un hijo de treinta y seis, soltero, culto, con buen sueldo… pero sin suerte en el amor.

*¿Está mal de la cabeza o es borracho?* —preguntó Lucía.

*¡Basta, Lucía! No seas malhablada. Sonia, es buen chico. Hace tiempo quiero presentártelo.*

*No creo en esos arreglos. Luego todo es mentira. Ya me buscaré yo sola a alguien.*

*¿Dónde? Aquí somos todas mujeres, no sales de fiesta. Si no os gustáis, nadie os obliga. Él tiene piso, ¿qué pierdes?* —no se rendía Carmen—. Bueno, niñas, vámonos, que nuestros maridos nos esperan.*

Recogieron los restos de la fiesta y se marcharon.

*No digas que no sin probar* —murmuró Carmen mientras caminaban hacia la parada—. El sábado es el cumpleaños de mi marido. Vendrán mi amiga y su hijo. Ven tú también. A ver qué pasa.*

Los días siguientes, Sonia dudó. No le gustaba la idea, pero aún así se arregló, se pintó las uñas…

*”¿Cuántas veces juré hacer dieta? No adelgazaré en dos días. ¿Quién me querrá si no me quiero yo?”* —se lamentó frente al espejo—. *”Esto es ridículo. No iré.”*

Pero el sábado se lavó el pelo, se rizó las ondas y se vistió con esmero. *”¿Y el regalo?”* Llamó a Carmen, quien le dijo que no se preocupara. Pero Sonia compró una botella de vino en el supermercado, junto a turrones y pan. *”Por si viene a tomar algo.”*

En la caja, un hombre se coló delante de ella.

*Disculpe, voy con prisa* —dijo él, tranquilo.

*¡Qué falta de educación!* —se indignó Sonia, pero la cajera ya le cobró a él.

*¡Usted vio que yo llegué primero!* —protestó.

El hombre se marchó con su vino, y Sonia salió furiosa. *”¿Para qué gasté el dinero? ¿Para otro egoísta como este? No iré a la cena.”*

De vuelta a casa, la llovizna le arruinó el peinado. Se puso el batón y se sentó frente al televisor, avergonzada de su berrinche.

Carmen llamó, pero Sonia no contestó. Media hora después, tocaron a la puerta.

*Lo sabía* —dijo Carmen al entrar—. Vístete, el taxi espera abajo. No hay excusas.*

En la cena, Sonia reconoció al hombre del supermercado: *Valerio*.

*Qué pequeño es el mundo* —murmuró él, irónico.

Ella lo ignoró, pero él insistió:

*¿Sigue enfadada?*

*Usted se coló, y encima maleducado* —replicó ella.

*¡Qué carácter! No le ponga el dedo en la boca, que se lo muerde.*

La tensión creció hasta que Sonia se levantó y quiso marcharse.

En la calle, Valerio fumaba un cigarrillo.

*¿Me esperaba para insultarme?*

*Salí a calmarme. Usted es… intensa.*

*Y usted arrogante.*

Mientras caminaba a la parada, Sonia pensó que, en otras circunstancias, Valerio hasta le gustaría. Seguro, carismático, atractivo… Pero ella lo echó todo a perder.

Al día siguiente, sonó el timbre. Era él.

*Vine a disculparme. No suelo ser así.*

*Yo también me pasé…*

Seis meses después, en la oficina, celebraron otra boda.

*Dijiste que no creías en los amores arreglados* —susurró Carmen—. Mi amiga está encantada.*

*¿Otra fiesta? ¿Boda o divorcio?* —gruñó la tía Rosario.

*Sonia se casa. Pronto habrá bautizo* —dijo Lucía—. *¡Invítame de madrina!*

Todos rieron.

Al final, poco importa cómo se encuentran dos personas. Lo esencial es que sean felices. Como dice el refrán: *”No es bueno que el hombre esté solo.”* Sin pareja, uno es como un pájaro sin alasCon el paso de los años, Sonia y Valerio recordaban con risas cómo su amor había comenzado entre reproches y una botella de vino mal llevada.

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