Esto era lo que me faltaba…
Marianela vivía sola. Ella y su marido no habían podido tener hijos. Al principio lo intentaron, luego pensaron en adoptar, pero él no mostraba mucho interés. Marianela lo meditó tanto, dudó tanto, que al cumplir los cuarenta, abandonó la idea. La verdad, le daba miedo.
Su marido, Adrián, era un apasionado del senderismo: mochila, tienda de campaña, canciones junto a la hoguera. Tocaba la guitarra con maestría, un hombre sociable al que le encantaban las reuniones con amigos.
De joven, a Marianela también le gustaba esa vida. Pero con los años, empezó a cansarse. Le fastidiaba pasar los fines de semana caminando bajo el sol, llegar el domingo por la noche, ducharse a toda prisa y aparecer el lunes en la oficina con picaduras de mosquitos, la piel reseca y las uñas sin arreglar. Quería dormir hasta tarde, disfrutar de un baño caliente, no lavarse en un río helado. Usar un baño decente, en lugar de exponer su piel a los insectos.
Hasta los paisajes más bellos pierden su encanto cuando se repiten sin descanso. Le dolía la espalda, las rodillas ya no aguantaban. Y dejó de acompañar a Adrián en sus excursiones.
Él, en un acto de solidaridad, se quedó un par de veces. Pero Marianela veía su tristeza, su inquietud. Así que le animó a ir sin ella. Se le iluminó la cara.
—¿Para qué lo dejas ir solo? Ya verás cómo alguna se lo queda. Con el tiempo se le habría pasado —le regañó su amiga Carmen.
—Si en sus buenos años no lo hizo, ahora menos.
—Qué ingenua eres. Un hombre vale a cualquier edad —Carmen movió la cabeza con escepticismo.
—¿Y qué? ¿Que me arrastre con él para evitar que me engañe? ¿Aunque me duela todo? Ni hablar. Si quiere ser infiel, lo hará en casa. No hace falta irse al monte. Además, siempre salen con el mismo grupo.
—Bueno, bueno —respondió Carmen.
Adrián dejó de invitarla. Iba solo. Poco a poco, la distancia entre ellos creció. Ya no tenían temas de conversación, ni recuerdos recientes que compartir. Pero Marianela no notó nada raro en él.
Hasta que un día volvió distraído, ensimismado.
—¿Adónde fuisteis esta vez? —preguntó ella, calentando la cena.
—Por la ruta de siempre, ya la conoces. Había gente nueva.
—¿Y las fotos? ¿Me enseñas lo que sacaste? —intentó animarlo, sacarle palabras.
—Te he dicho que fue la ruta de siempre —Adrián clavó la mirada en el plato.
Marianela fingió creerle. Pero supo, en ese instante, que su amiga tenía razón.
Tres días después, Adrián rompió el silencio.
—Perdóname. Me he enamorado. No creí que me pasaría —murmuró, evitando su mirada.
—¿Tan de repente?
—Vino en tu lugar. Ha ido a varias excursiones. No concibo la vida sin ella.
—¿Es joven?
Adrián calló.
—Ya entiendo. ¿Y qué piensas hacer? ¿Irte con ella? —Marianela contuvo el temblor en la voz, evitó los gritos, los reproches.
—Ella también se divorcia. Tiene un hijo. No tiene dónde vivir, no puedo traerla aquí. Cambiemos de piso. —Por fin la miró.
—¿Y por qué no cambia ella el suyo?
—Es del marido. Si no estás de acuerdo, pues… no sé… —Se levantó y empezó a pasear nervioso.
El piso era ganancial. Todo en Marianela se rebeló ante la propuesta. Pero tras pensarlo, aceptó, reservándose elegir su nuevo hogar. Le dolió ver su alivio.
—No puede ser, sabía que eras tonta, pero no tanto —Carmen se tocó la sien con el índice.
—Tienes razón. Pero hay un niño. No es culpa suya. ¿Para qué quiero yo un piso grande?
Tuvo suerte: encontró un estudio luminoso, cerca del trabajo, recién reformado. No preguntó por el piso de Adrián. ¿Para qué?
Se quedó sola, en un estudio, sin marido ni hijos. Se acostumbraría.
Una noche, sonó el teléfono. Su hermano, Javier. Solo llamaba en casos extremos; la última vez, cuando murió su padre.
Marianela había llegado a Madrid desde un pueblo de Cuenca. Vivió en una residencia, luego se casó… Para su familia, era “la rica”. Todos esperaban regalos caros. Al principio visitaba a menudo, pero las indirectas, hasta de su madre, la agobiaban. ¿Cómo explicar que un piso no es riqueza, sino necesidad?
Su hermano pequeño era el preferido. Él cuidaría de ellos en la vejez. Marianela se sintió desplazada. Y dejó de ir.
Su padre murió hacía diez años. Fue su última visita.
Nada bueno auguraba esa llamada.
—¿Javier? ¿Qué pasa? ¿Mamá?…
—No, vive. Pero está muy enferma. No sale de casa. Deberías venir.
—Ahora no puedo. Quizá en un mes. Se alivió al saber que su madre seguía viva.
—Verás… —Javier dudó—. Nuria me dejó. No quería cuidar de mamá. Se llevó a los niños. Yo trabajo. Mamá no ayuda, necesita atención.
Vivo con otra. Espera un hijo. No puedo cargar con mamá. Llévatela.
—¿A quién? —no entendió si hablaba de su madre o de la nueva pareja.
—A mamá, obvio.
—¿Y Eva…?
—Mi mujer. No estamos casados…
“Debe de ser feliz. Se le nota en la voz”, pensó Marianela.
—¿Dónde la voy a meter? Yo también me separé, tengo un estudio.
—Mejor, así os hacéis compañía. Además, tiene su pensión. A mamá no le cae bien Eva. Vente. Aquí se morirá sola.
Tras discutir, Marianela aceptó. Tomó vacaciones y fue al pueblo. Su madre siempre presumió de su hijo, y ahora él quería deshacerse de ella. Pero al fin y al cabo, era su madre.
La reconoció, aunque sin alegría. Envejecida, frágil. Aceptó irse con ella. Al ver a Javier, comprendió que bebía. No era casual que su esposa huyera.
No llevó casi pertenencias. Todo viejo, roto. Javier apenas se ocupaba de ella.
Los dejó en el tren y se despidió con la mano. Nunca más llamó.
Al llegar a Madrid, Marianela vio su error. Debía haber comprado un sofá cama antes. El suyo era ortopédico, por sus dolores. Esa noche aguantarían, al día siguiente compraría otro.
Pagó extra para que lo trajeran rápido. Lo colocó junto a la ventana. A su madre le gustaba mirar afuera.
Apenas caminaba, pero cuanto menos se movía, mejor. Derramaba la comida, dejaba el grifo abierto, el gas le daba miedo. Marianela llegaba del trabajo y limpiaba: fregaba el baño, recogía platos rotos, comida seca en la alfombra. Tuvo que teletrabajar para cuidarla. Los últimos meses, su madre no se levantó de la cama.
Javier no fue al funeral. No tenía tiempo.
Tras el entierro, Marianela volvió a la oficina. El sofá olía a orín y vejez. Pero no tuvo valor para tirarlo.
Justo cuando retomaba su rutina, Javier llamó. Era sábado temprano. Temió lo peor.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó con voz ronca.
—¿No puedo llamar así porque sí?
—Tú,—Sí, no puedes —respondió Marianela con fastidio, mientras el eco de las promesas incumplidas resonaba en su mente, y al colgar, comprendió que la única persona a la que realmente debía cuidar era a sí misma.






