—Tampoco quiero pelear. ¿Pero cuándo vas a clavar de una vez esa maldita estantería?
El sábado, después del desayuno, Marta se puso a limpiar el piso. Javier se acomodó en el sofá de la cocina con el portátil. Su tarea era sacar la basura después, pero por ahora solo navegaba por las redes sociales.
De repente, apareció una foto de su amigo Luis, con quien había estudiado en la universidad, sonriendo como un niño. La publicación decía: «¡Por fin! ¡Lo conseguimos! ¡Nos mudamos! Todos invitados a celebrar con nosotros. ¡Venid, mirad, y babead de envidia!». Javier hizo clic y encontró imágenes del piso tomadas desde ángulos estratégicos.
Ese apartamento lo había heredado Luis de su abuela un año atrás. No se renovaba desde los tiempos de Franco, con muebles viejos y paredes amarillentas. Para habitarlo, habría que invertir un dineral, y Luis no tenía tanto. Al principio, quiso venderlo sin más. Él y su mujer ahorraban para su propia casa, y con lo de la herencia, podrían acelerar el proceso.
Pero su mujer, Carmen, se puso firme. El piso estaba hecho polvo, sí, pero en pleno centro histórico de Madrid. Propuso usar sus ahorros para reformarlo y venderlo luego por mucho más. Así sí podrían comprarse el piso de sus sueños.
El año siguiente lo dedicaron a la reforma. Y el cambio era brutal. Como contaba Luis, habían descubierto posibilidades ocultas: derribaron tabiques, unieron la cocina con el salón, eligieron colores que ampliaban el espacio. Mesitas de diseño, muebles minimalistas… Parecía un decorado de revista.
En los comentarios, la gente no escatimaba halagos. Unos felicitaban, otros admiraban, y unos cuantos envidaban sin disimulo. Muchos sospechaban que habían contratado a un decorador profesional.
«Nada de eso. Investigamos, vimos ideas en internet… Pero todo lo hicimos nosotros—excepto picar paredes y el suelo. Lo del diseño fue cosa de Carmen», defendía Luis.
Javier lo felicitó sin entusiasmo. Claro que sentía envidia. Él y Marta vivían en un estudio diminuto. El padrino de Javier se había ido a Estados Unidos tras enviudar y, por si no se adaptaba, les dejó el piso gratis con una condición: nada de reformas. Al menos tenían techo tras casarse.
En primero, Javier había intentado ligar con Carmen. Pero ella eligió a Luis. Menudo suertudo. Carmen siempre tuvo estilo: hasta un jersey viejo le quedaba como de pasarela. Hasta un zoquete como Javier lo notaba.
Luis hizo el trabajo sucio, pero las ideas fueron de Carmen. Y el resultado era espectacular. Javier miró su cocina cutre, que antes le parecía aceptable… hasta hoy.
¿Pero qué pijo hacía Luis? Javier agarró el portátil y corrió al salón, olvidando que Marta, en plena limpieza, era como un toro encerrado. Mejor dejar que se desahogara sola…
Marta, de puntillas, intentaba limpiar una estantería colgante que se balanceaba peligrosamente. Los tornillos estaban flojos, aguantando por milagro. Los libros amontonados en el suelo llevaban semanas ahí.
Él quiso escabullirse, pero Marta se giró, apartándose un mechón de la cara con un soplido.
—¿Qué haces ahí? Mejor ayudarías clavando la estantería.
—Iba a enseñarte… Mira el piso que han hecho Luis y Carmen. A cualquiera le gustaría vivir ahí… —Se calló al ver su cara.
—A ver —dijo Marta, fría.
—Mira —Javier giró la pantalla—. Estaba fatal y lo han dejado así. Luis incluso quiso venderlo… —Intentó no sonar demasiado entusiasmado.
—Sí. Qué bien les ha quedado —respondió ella, clavándole la mirada.
—¿Qué? Mi abuela está más sana que nosotros y, además, tiene otro nieto.
—Ojalá viva cien años. Pero dice que lo hizo todo él solo. Que Carmen solo dio ideas.
—Bueno, sí.
—¿No lo pillas? ¡Cuántas veces te he pedido que arregles la estantería! Los libros llevan un mes en el suelo, llenándose de polvo. Llevamos un año aquí, con todo desmoronándose. ¿Tengo que llamar a otro para que lo haga? ¿No te da vergüenza? Por Carmen, eso sí, moverías montañas.
—Ahí vamos… —Javier suspiró—. Hoy todo es digital, y tú con tus libros de papel —refunfuñó, cerrando el portátil y refugiándose en la cocina.
—No, espera. —Marta lo siguió—. Siempre que hablamos de la estantería te vuelves sordo. Yo no me meto con tus discos, que ocupan medio armario. Podrías escucharlo todo online, pero no te digo nada. Cambiemos: tú sacas tus discos y pones mis libros. A ver si así te animas.
—Mejor compramos una librería —propuso él, conciliador.
—O un piso nuevo, más grande, donde podamos hacer lo que nos dé la gana —replicó ella.
—Marta, no quiero discutir. No debería haber mencionado el piso —se rindió él.
—Yo tampoco quiero. Pero ¿cuándo vas a clavar la estantería?
—Mañana iré a lo de mi padre a por el taladro… ¡Mierda! Se han ido al pueblo. El lunes, sin falta —prometió con fervor.
—Sí, claro. Cuántas veces he oído eso… —Marta le dio la espalda y se marchó.
«¿Por qué hablé del piso?», maldijo Javier, escribiéndole a Luis: *Por tu culpa me he peleado con Marta.*
*Bah. ¿Crees que Carmen y yo no nos tiramos los trastos? Durante la reforma casi nos divorciamos tres veces. Hasta escribió la demanda. Y Marta es una joya*, respondió su amigo.
Javier quería a Marta. Sabía que era increíble: cocinaba bien, la casa relucía… Y nunca le dolía la cabeza, como a otras. ¿Qué más podía pedir?
«Si llevo el taladro el lunes, levantaré polvo y volveré a ser el malo. Pero hay que clavar la estantería antes del próximo sábado, o esto acabará en divorcio. Odio taladrar… ¿Mejor una librería? No, Marta dice que no entra aquí. Maldito Luis».
Marta limpiaba en silencio. El lunes por la mañana, le recordó lo del taladro.
Pero Javier, como siempre, lo olvidó.
Al día siguiente, Marta se demoraba antes de salir.
—¿Vas a ir? —la apuró él—. Llegaremos tarde.
—Ve tú. Yo he pedido permiso. He llamado a un «manitas» por internet. Total, no trajiste el taladro. Y además, la persiana del baño se ha roto.
—Ayer no pude. Fue un día duro.
—Todos los días son duros para ti. ¿Por qué? No descargas camiones en el puerto —respondió ella con sorna.
—¿Para qué? Si estamos solos. Ni sabía que estaba rota. Cuántas veces has entrado mientras me duchaba… —sonrió él, recordando noches fogosas.
—No lo sabías, claro. Pero si vienen tus padres… Me echarán la culpa. Vendrá el manitas y lo arreglará. A ver si te da vergüenza.
—A ti te dará vergüenza tener que llamar a otro teniendo marido —espetó él, interrumpido por el timbre.
Al abrir, se quedaron petrificados. En la entrada había un Adonis con un taladro al hombro y una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—¿Han llamado a un manitas? —preguntó con voz de doblaje de *El Sultán*.
Sus bícepsJavier cerró la puerta de golpe, agarró el taladro oxidado de su padre que había estado escondiendo en el armario todo el tiempo, y murmuró entre dientes: “Hoy aprendo a ser manitas o reviento”.





