Lucía estaba junto a la ventana, observando el patio vacío. La nieve pisoteada brillaba bajo el sol, mezclada con trocitos de serpentina de las fiestas. Las ramas de los arbustos desnudos aún colgaban restos de adornos navideños. La ciudad parecía desierta. Todos dormían tras la larga noche de fin de año. Lucía sentía el mismo vacío dentro de sí.
¿Cómo había podido engañarse así? ¿Por qué no notó la mentira? Ahora todo le quedaba claro, pero antes… Nacho parecía inteligente, cariñoso, un poco resentido con su padre. Claro, parecía. Y ella creyó que la amaba.
El chasquido de la cerradura de la puerta la sobresaltó. Había preparado un discurso, pero todas las palabras se le escaparon. Pasos callados se detuvieron a sus espaldas. Lucía contuvo la respiración, tensa. Un escalofrío le recorrió el cuello al sentir el aliento cálido de Nacho.
“Luci”, susurró él, acercando la cabeza a su hombro.
Ella se apartó. “¿Sigues enfadada conmigo?” preguntó Nacho con voz melosa. “No sé qué me pasó. Él te miraba así… Me cegaron los celos.” Esperó una respuesta, pero Lucía guardó silencio.
“Es culpa tuya. Sonreías, te pegabas a él, no le quitabas los ojos de encima. No pude soportarlo.”
“No inventes. Solo estábamos bailando”, respondió ella secamente.
“Perdóname. Tuve celos. Es normal cuando se ama.” Nacho intentó girarla hacia él, pero Lucía se encogió de hombros, liberándose.
“Luci, esto es ridículo. Ya me disculpé”, dijo él, conciliador.
“No debes disculparte ante mí.” Lucía por fin lo miró y volvió a apartar la vista.
“Fui al hospital, pedí perdón a tu marinero.” Una chispa de odio brilló en los ojos de Nacho. Lucía no lo vio. Miraba de nuevo por la ventana. “No presentó denuncia. Me soltaron. Olvidemos todo. Cuando salga, vendrá a vernos, brindaremos por la paz.”
Lucía se volvió bruscamente.
“¿A vernos? ¿Olvidar? ¿Brindar? No hay ningún ‘nosotros’. Y no lo habrá. Deja las llaves y vete.”
“¿Así que lo traerás aquí?” La voz melosa desapareció, reemplazada por un tono frío.
“Vete. No quiero verte. Me mentiste.” Aunque intentó contenerse, la rabia brotó en sus palabras.
“Debí darte una lección a ti también. ¿Recuerdas lo que me dijiste?” Nacho la agarró del brazo, apretando fuerte, y la arrastró hacia él. Lucía vio el odio en sus ojos.
“Suéltame, me duele.”
“He invertido demasiado tiempo en ti. No, cariño, no me iré. ¡Te casarás conmigo!” Nacho sacó un anillo del bolsillo. “No pude dártelo a tiempo.” Tomó su mano, intentando ponérselo. Lucía forcejeó, pero él apretó más.
“¡Suéltame! ¡No me casaré contigo!” Las lágrimas brotaron de sus ojos.
“Lo harás si quieres que tu marinero siga vivo y sano.”
“No harás nada, no te atreverás.”
“Oh, sí me atreveré…”
***
“Me voy mañana”, dijo Daniel.
Le gustaba Lucía. Mucho. Pero temía decirle que se iba. Apenas empezaban.
“¿Adónde?”
“A La Coruña. Entré en la Academia Naval. Perdón por no decírtelo antes. No estaba seguro.”
“¿Al menos me llamarás?” preguntó ella, dolida.
“No te pongas así. ¿Qué podemos hacer? Aquí no hay mar. Luci, no quiero que te sientas obligada a esperarme. Estudio mucho tiempo, luego zarparé, viajes de meses. No imaginas lo duro que es esperar.”
“No decidas por mí”, replicó Lucía, alzando la cabeza.
“Luci, tú también estudiarás. En la universidad habrá muchos chicos…”
“¡Pues vete!” gritó ella, dándose la vuelta.
“¡Luci!” Daniel quiso seguirla, pero desistió. Se quedó un momento y se marchó lentamente.
Qué feliz estaba Lucía cuando él volvió en Navidad. Fueron al cine, pasearon. Daniel hablaba de la ciudad, los estudios, el mar, y ella escuchaba, soñando con que la besara.
Pero solo le dio un beso en la mejilla fría y se fue. Al día siguiente, regresó a la academia.
Sí, en la universidad había muchos chicos. La cortejaban. Pero no quería a nadie. Daniel llamaba poco, preguntaba como un amigo. Si ella mencionaba que lo extrañaba, él cambiaba de tema.
En primavera murió la tía de su padre. Su esposo había fallecido años atrás. Él fue funcionario, siempre en cargos importantes. No tuvieron hijos. La tía nunca se llevó bien con la familia. Quizá temía que le pidieran dinero.
Así que fue una sorpresa cuando descubrieron que le había dejado su amplio piso en el centro a Lucía. Su padre no lo creía al principio, luego se alegró.
“El piso es enorme, en pleno centro. Ni siquiera necesita reformas. Cuando te cases, vivirás ahí con tu marido”, dijo su madre, soñadora.
Lucía decidió no hablar del piso en la universidad. ¿Para qué despertar envidias? Pero se le escapó. Algunos la tacharon de presumida. El delegado del grupo preguntó si podían hacer fiestas allí.
Al segundo curso, conoció a Nacho, un estudiante de último año. Un día se sentó con ella en el comedor, hablaron. Empezaron a salir. Daniel estaba lejos, no le pidió que esperara.
“¿Savater…? ¿No será hijo del teniente de alcalde?” preguntó su padre una vez.
“No sé”, respondió Lucía, encogiéndose de hombros.
“Pregúntale. Parece buen chico, un partido digno.”
Lucía lo tomó a broma, pero preguntó.
“Sí. No se lo dije a nadie. ¿Cómo lo supiste?”
“No fui yo, fue mi padre. Le caes bien.”
“Él es sencillo, normal. Pero el mío… No me deja vivir. Ojalá acabe la carrera y me vaya. Quiero alquilar un piso y largarme de casa.”
Esa noche, Lucía le preguntó a su padre si podían alquilar el piso de la tía.
Cuando supo a quién, accedió de inmediato.
“Que viva ahí. No le cobremos mucho al futuro yerno, pero que pague algo”, bromeó.
Nacho se alegró. La levantó en brazos, la besó.
“Eres una verdadera amiga, Luci. ¿Qué haría sin ti? Solo falta hablar con mis padres. No importa, soy mayor. Mi madre quiere que me case.” Al decirlo, la abrazó.
La relación avanzó rápido. Si Lucía pasaba la noche con Nacho, sus padres la regañaban poco. Ya la veían casada con el hijo del teniente de alcalde, quizá su sucesor.
Nacho le gustaba, pero le molestaba que no la presentara a sus padres, que evitara hablar de ellos. Eso la inquietaba.
Tras graduarse, Nacho entró a trabajar en una empresa normal, “para fastidiar a su padre”. Pronto le propuso matrimonio. Pero ella dijo que no.
“¿Por qué la prisa? Terminaré la universidad…”
El tiempo voló. Llegó otra Navidad. Una amiga invitó a celebrar en su casa rural.
“Trae a tu importante novio y ven. Habrá mucha gente, será divertido.”
“¿Cómo sabes de Nacho?” se sorprendió Lucía.
“Me encontré a tu madre. DAl final, Lucía entendió que la verdadera dignidad no estaba en títulos ni apellidos, sino en el corazón de quien te ama sin mentiras.





