**Diario personal**
Sabía que llamarías, mamá… El móvil vibró en medio de la clase. Sofía lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y lo rechazó. Pero volvió a vibrar.
—Gutiérrez, tenga un poco de conciencia. O lo apaga o contesta, —dijo la profesora, irritada.
—Voy a contestar. ¿Puedo salir? —Sofía señaló la puerta con la mirada.
—Salga, —suspiró la profesora.
—Mila, ¿qué pasa? Estoy en clase, —preguntó Sofía al salir al pasillo.
—Sofía… Tus padres han tenido un accidente, —contestó Mila con la voz temblorosa.
—¿Qué? —repitió Sofía, como si no hubiera oído bien.
—Ven cuanto antes.
Pálida y agitada, Sofía volvió al aula, metió el libro y los apuntes en la mochila y salió corriendo.
—¿No va a decir nada, Gutiérrez? —la voz de la profesora la alcanzó en la puerta.
—Lo siento, es urgente, —abrió la puerta y se marchó sin mirar atrás.
—¿Sofía? ¿Qué ocurre? —Nacho la alcanzó en las escaleras.
—No lo sé. Mila me ha llamado, dijo que mis padres tuvieron un accidente y que vaya para allá.
—¿Están vivos? Voy contigo.
—Nacho, no tienes por qué…
—Quizá necesites ayuda. Dame el móvil, llamaré un taxi. —Solo entonces Sofía se dio cuenta de que aún lo apretaba entre sus manos.
—Dios mío, por favor, que estén vivos, —susurró, entregándole el teléfono.
Durante todo el trayecto, Sofía no dejó de retorcer la correa de su bolso. Nacho cubrió sus manos con las suyas, intentando calmarla.
—Por favor, más rápido, —rogó al taxista, sintiendo que avanzaban a paso de tortuga.
—No se puede, hay cámaras por todas partes, —respondió él, impasible.
—Te pago las multas, solo acelera, por favor, —suplicó Sofía, al borde del llanto.
El taxista resopló y pisó el acelerador, adelantando coches.
—Si nos estrellamos, al menos será juntos.
Finalmente, llegaron. Mientras Nacho pagaba, Sofía entró corriendo por el portón.
Mila las vio desde la ventana y salió al porche de la gran casa de dos plantas. Lloraba, con las manos apretadas contra el pecho.
—¿Están vivos? —Sofía subió los escalones de un salto y se detuvo frente a ella.
—Luis Alberto murió en el acto. Marta está en el hospital.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿En cuál?
—En el Clínico.
—Nacho, ¿se ha ido ya el taxi? —Se volvió hacia él.
—Espera. —Sacó el móvil y marcó. —¿Todavía está cerca? Vuelva, por favor…
Ahora Sofía no tenía prisa. Lloraba en el asiento trasero, hundida en el hombro de Nacho.
En el hospital, no querían dejarla entrar a ver a su madre.
—¡Es mi madre! ¡Déjenme verla! —imploró Sofía entre lágrimas.
—Está grave, inconsciente.
—Necesito verla.
—Bien. Pero sin gritos ni dramas, —advirtió el médico antes de llevarlas a la UCI.
Más tarde, regresaron a casa en otro taxi.
—Nacho… ¿Vivirá? —murmuró Sofía. —No me queda nadie. Absolutamente nadie.
—¿Y Mila? ¿No es familia tuya?
—Es la asistenta. Lleva con nosotros desde siempre, casi como de la familia. Pero no quería que nadie lo supiera.
—¿Por qué?
—¿Acaso todos en mi clase tienen empleada? ¿Cómo crees que me tratarían si lo supieran?
El resto del viaje transcurrió en silencio. Al llegar, Nacho intentó acompañarla, pero Sofía le detuvo.
—No hace falta. Te llamaré mañana, —dijo antes de entrar.
Mila salió de la cocina al oírla.
—¿Qué tal está? ¿La has visto?
—Sí. Está en coma.
—Dios mío, Sofía. —Mila la abrazó y rompió a llorar. —Rezaremos por Marta. La funeraria ya se encargará de todo.
—Qué desgracia… Tu padre era un buen hombre. Nunca alzaba la voz, siempre amable…
Sofía la dejó lamentarse y subió a su habitación. Se acostó en la cama, haciéndose un ovillo.
Mila la despertó al amanecer. Por su mirada compasiva y las lágrimas, Sofía supo lo que había pasado.
—Acaban de llamar… Anoche falleció. —Mila se persignó. —¿Cómo puede ser, Sofía?
Pasaron los días, los funerales, las visitas. La casa se llenó de un silencio opresivo. Sofía iba a clase porque Nacho la obligaba; de otro modo, habría permanecido encerrada. Mila también la forzaba a comer, amenazando con irse si no probaba bocado.
—¿Para qué quieres quedarte? Cocinas, pero nadie come ya.
Así que Sofía comía, solo para no quedarse sola en aquella casa enorme.
Una tarde, sentadas en la cocina frente a tazas de té frío, Mila rompió el silencio.
—Les juré a tus padres que nunca te lo diría. Pero ya no están, así que mi promesa ha terminado. Y mereces saber la verdad. —Se persignó nuevamente. —Que me perdonen Luis Alberto y Marta.
—¿Qué verdad? ¿Qué promesa? —preguntó Sofía, exhausta.
—No estás sola. Tienes una madre, —declaró Mila con firmeza.
—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loca? Mi madre acaba de morir.
—Marta no era tu madre biológica. Tu verdadera madre… supongo que sigue viva, aunque no sé dónde.
Sofía la miró fijamente.
—¿Marta no era mi madre? ¿Y mi padre?
—Tu padre sí lo era. Te lo explicaré. Llevo años aquí, él confiaba en mí. —Mila respiró hondo. —Marta no podía tener hijos. Lo intentaron todo, pero nada funcionó.
Entonces, una chica llegó a la empresa de tu padre. Joven, con apenas dieciocho años, recién llegada de un pueblo pequeño. Tu padre era un hombre atractivo, y ella se enamoró.
—Cuando quedó embarazada, quiso abortar. Pero tu padre la convenció de que te diera en adopción. Le prometió dinero, un piso, todo… Al principio aceptó, pero cuando llegó el momento, se echó atrás.
—¿Y entonces?
—Tu padre la presionó. Le recordó su infancia pobre, criada por una madre soltera. “¿Quieres eso para tu hija?”, le dijo. Al final, firmó los papeles en el hospital.
Cuando te trajeron a casa, llorabas sin parar. Tu madre biológica rondaba la casa, rogando verte. Tu padre, compadecido, la contrató como niñera.
—Pero Marta no podía soportarlo. Celosa, solo le permitía darte el pecho, nada más.
—Un día, tu madre biológica se fue. No aguantaba verte llamar “mamá” a otra. Así que sí, tienes una madre.
Sofía la despidió. Se quedó sola. ¿Cómo encontrarla?
Le contó todo a Nacho, cuyo padre trabajaba en la policía. Tres semanas después, había una pista: una mujer en Madrid que coincidía.
Sofía partió hacia allá de inmediato.
—¿Adónde vas? La semana que viene tienes exámenes. Espera, vamos juntos, —propusSofía se encontró con Natalia, su verdadera madre, en un modesto piso de Madrid, donde, tras un tenso silencio, ambas comprendieron que el tiempo y el dolor no habían borrado el amor que siempre existió entre ellas.





