Y aún persiste el amor

—Javier, no era por aquí. Necesitábamos seguir un poco más —exclamó Lucía.

—Sí era aquí —respondió él con calma, adentrándose en el bosque por un camino rural estrecho.

—Tendría que haber un claro en seguida. Pero aquí no hay nada —dijo Lucía, mirando a su alrededor—. Vamos a dar la vuelta y seguir un poco más adelante. Javier, ¿me oyes? ¡Para!

Él siguió conduciendo sin intención de detenerse. Lucía notó que él mismo ya sabía que se había equivocado. El camino se hacía cada vez más angosto, con hierba creciendo entre las rodadas. La carretera hacia el pueblo debería estar bien transitada, ancha. Pero ellos se adentraban más y más en el bosque.

—¡Para! —repitió Lucía, enfadada—. ¿Me estás escuchando?

—¿Dónde quieres que pare? Aquí ni siquiera hay espacio para dar la vuelta. A ver si encuentro un hueco entre los árboles…

—Porque tendrías que haberte echado hacia atrás desde el principio. Nunca me haces caso. Eres más terco que una mula —Lucía cruzó los brazos y clavó la mirada al frente. «Nunca admitirá su error. ¿Tan difícil es?», pensó, furiosa.

Las ramas arañaban el coche, las hojas amarillentas caían sobre el capó. Finalmente, Javier detuvo el vehículo. En el interior, un silencio opresivo.

—¿No podías parar antes? Por tu cabezonería hemos acabado Dios sabe dónde. Menos mal que no fue en un barrizal.

—Ya te he dicho mil veces que no me des voces mientras conduzco —replicó él.

Lucía frunció el ceño. Javier giró la llave de contacto y comenzó a retroceder con cuidado. Ella, conteniendo la respiración, miraba por el retrovisor lateral, temiendo que chocaran contra un árbol. Avanzaron así, despacio, tardando mucho. Un par de veces casi se atascan. Por fin, regresaron a la carretera principal.

—¿No podías haber dado la vuelta antes? —refunfuñó Lucía, aunque más calmada. La rabia se le pasó en cuanto salieron del bosque.

—¿Tú siempre tienes que llevar la razón, eh? Ni siquiera te das cuenta de cómo me corriges y me mandas constantemente. ¿Crees que me gusta? —ahora el tono de Javier sonaba irritado.

—¿Qué pasa, Javier? ¿Es por eso que no paraste? ¿Por protesta? ¿Y qué, te alivió? Pero te equivocaste. ¿Y ahora qué? ¿Seguimos o no? Ya hemos perdido mucho tiempo por tu culpa —su humor se había arruinado definitivamente. La tensión le provocó un dolor de cabeza.

Últimamente discutían más, se reprochaban todo. ¿Era la etapa de adaptación o el amor se enfriaba? Las gafas rosas se habían caído, y ahora se veían sin adornos. Las peleas surgían por nimiedades. Pero, como dicen, la vida entera está hecha de pequeñas cosas. Y no se pueden ignorar.

—Otra vez dando órdenes. Ni siquiera lo notas —la recriminó él.

—No estoy dando órdenes. Vale, pues nos quedamos aquí. Yo ya no quiero ir a ningún sitio. —Lucía se acomodó en el asiento, reclinó la cabeza y cerró los ojos, dejando claro que no tenía intención de seguir discutiendo.

Todo había empezado tan bien… Se conocieron por casualidad en la playa. Su amiga se había ido a cambiarse. El sol quemaba la piel blanca y sensible de Lucía. No había nadie más cerca que un chico moreno y deportista. Ella se acercó, extendiéndole el bote de crema.

—¿Me ayudas? Pónme protector en la espalda, que si no me voy a achicharrar.

El chico sonrió, mostrando una sonrisa amplia, y tomó el bote.

Lucía le dio la espalda. Su palma ancha y cálida deslizó la crema sobre su piel, generosa. Un escalofrío la recorrió. Después le confesó que en ese momento se había enamorado de él.

Se derretía bajo su tacto como un helado al sol. Le daba vergüenza que su cuerpo traicionara así sus sentimientos. Se giró hacia él.

—Gracias, el resto lo hago yo. —Tomó la crema y se alejó hacia su toalla en la arena.

Llegó su amiga y se fueron a nadar. Él las siguió. Se presentaron. A su amiga también le gustó, pero al notar la química entre Lucía y Javier, se apartó.

Después salieron. Javier la acompañó a casa y la besó. Desde entonces, no se separaron. A veces él era impulsivo, pero a Lucía, tranquila y hogareña, eso le gustaba. Le daba lo que le faltaba.

Un mes después, tras una fuerte pelea con sus padres, Lucía se mudó con Javier. Obediente por lo general, esta vez se impuso. La pasión, la novedad de una vida independiente, la alegría de estar juntos… Lucía creyó que así sería para siempre. Si alguien le hubiera dicho que al año empezarían a discutir, no lo habría creído.

Pero… Nadie es perfecto, como no hay amor sin peleas. Las gafas rosas cayeron, y empezaron a notar los defectos del otro, los hábitos irritantes. Y ahora este viaje.

Lucía no quería ir desde el principio. Entre los amigos de Javier se sentía fuera de lugar. Solo había estado una vez en la casa rural, en Nochevieja. Recordaba el camino por un claro que aparecía entre los árboles, justo después de salir de la carretera.

Javier también callaba, golpeando nervioso el volante con los dedos.

—Para de golpear —pidió Lucía.

Notó su mirada fija, pero no abrió los ojos. Javier arrancó el motor y, aprovechando un hueco entre coches, salió a la carretera.

—A ver, muéstrame el desvío, lista —pidió él, minutos después.

Lucía abrió los ojos y miró alrededor.

—Creo que nos lo hemos pasado —dijo, culpable, mirando a Javier con impotencia.

—No me digas que otra vez es culpa mía. Podrías haber estado atenta —reprochó él—. ¿Y ahora?

—Para aquí.

Esta vez Javier obedeció enseguida y frenó. Un coche pasó a su lado, pitando con irritación.

—No vayamos a ningún lado —dijo Lucía de pronto.

—¿Por? —preguntó él, sorprendido.

—No está saliendo bien. No me gusta —confesó ella.

—Siempre lo mismo con vosotras. Quiero, no quiero, me da sensación, siento… Ya casi hemos llegado, ¿y tú quieres volver? No seas tonta, Luci. ¿Adónde vas? —exclamó al ver que ella abría la puerta y se disponía a salir.

—No voy a ningún sitio. No quiero pelearnos del todo. Ve tú, que te esperan tus amigos —dijo con sarcasmo, cerrando la puerta de golpe.

—Lucía, basta. Vuelve al coche. Tenías que haber dicho desde el principio que no querías venir —le gritó.

—Lo dije —respondió ella, alejándose del coche.

Javier también salió y se acercó.

—¿A dónde vas? Esto es una carretera, es peligroso. Vuelve al coche. —La tomó del brazo.

—Tus amigos te esperan. Vete. Pasan autobuses por aquí. —Lucía se soltó.

—Última oportunidad, vuelve al coche —dijo él, conteniendo la furia.

Lucía calló, mirando la carretera.

—Como quieras —dijo él de pronto, regresando al coche.

La puerta se cerró, el motor rugió. Lucía no creía que se iría, que la dejaría sola. Pero elEl coche arrancó, dejando atrás un silencio roto solo por el crujido de las hojas bajo sus pies, mientras Lucía, con el corazón encogido, miraba cómo se alejaba para siempre aquel amor que alguna vez creyó eterno.

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Y aún persiste el amor