Amor No Correspondido

La indeseada

Desde niña, Lucía odiaba su nombre. Sonaba antiguo, de abuela. Cuando creció, su madre le confesó que su padre había estado enamorado en su juventud de una mujer llamada Lucía, hermosa y vivaracha. Él la amó, pero ella lo rechazó y se casó con otro.

—Luego me conoció a mí. Y cuando naciste, te puso su nombre. Nunca pudo olvidar a ese primer amor —decía la madre con calma.

—¿Y no te da celos?

—No. Él te quiere a ti y a mí. Pero el primer amor siempre se recuerda. Algún día tú también tendrás uno —la madre le acarició el pelo.

—¿Y esa Lucía era tan fea como yo? —protestaba la niña.

—¡Qué tonterías dices! ¿Recuerdas el cuento del patito feo? Y si tanto odias tu nombre, puedes cambiarlo cuando seas mayor. ¿Qué nombre te gustaría?

Lucía se paraba frente al espejo y probaba distintos nombres, como si fueran vestidos. Ninguno le quedaba bien. Suspiró, aceptando que otro nombre no la haría más hermosa. Al fin y al cabo, no es el nombre el que embellece. Además, ya estaba acostumbrada.

Pero dudaba que alguien la amara como su padre a aquella Lucía. Su pelo desteñido, ojos pequeños y hundidos, mentón puntiagudo. En una palabra: fea.

Su padre la quería casi tanto como le gustaba beber. De camino a casa, solía parar en un bar de mala muerte. Con unas copas de más, se volvía cariñoso. Siempre le traía algo: una tableta de chocolate, caramelos, algún juguete. Si no alcanzaba a comprarle nada, le daba unas pesetas. Lucía las ahorraba y se compraba lo que quería.

Cuando terminó el instituto, su padre murió. Iba a casa, y unos niños jugaban junto al río. El balón cayó al agua, y él, borracho, se lanzó a rescatarlo y se ahogó.

La madre lo maldecía por dejarlas solas. ¿Cómo iban a vivir? Lucía quería estudiar, ¿pero con qué? ¿Qué futuro tendría en un pueblo de la España vaciada?

Lucía lloró amargamente a su padre. No quería marcharse, pero su madre la obligó.

—¿Qué vas a hacer aquí? Vete, quizá encuentres marido —dijo la madre con resignación.

Así que se fue. Soñaba con ser médico, pero ¿cómo? Sabía que con su educación rural difícilmente entraría en la universidad. Se matriculó en un módulo de enfermería. Le encantaban las batas blancas.

En la residencia compartía habitación con Marga, una chica guapísima. A ella Dios le había dado belleza de sobra: pelo rizado y oscuro, ojos grandes, piel cetrina, labios rojos y una figura envidiable. Nada que ver con la desgarbada Lucía.

Lucía la miraba con envidia. Marga, a su lado, se sentía una reina. Se llevaban bien, y a ambas les convenía. Hasta que Marga conoció a Pablo, un estudiante de ingeniería.

Lucía lo vio y perdió la cabeza. Era imposible resistirse a un chico así. A veces pasaba a buscar a Marga, pero ella, aplicada, soñaba con sacar matrícula y entrar en Medicina. Pablo se impacientaba, esperando.

—¿Terminas pronto?

—Ve al cine con Lucía. Mañana tengo un examen —decía Marga, sin levantar la vista.

A Lucía le encantaría sentarse a su lado en la oscuridad, temblando de emoción, pero Pablo no se lo proponía. Se quedaba un rato, suspiraba y se iba.

—¿Por qué lo tratas así? Si alguien así me esperara, sería la mujer más feliz —se quejaba Lucía.

—¿Para qué lo quieres? Solo te usaría. Ya tiene chicas colgadas de él. Búscate a alguien más simple —le aconsejaba Marga, con falsa bondad.

Lucía estudiaba sin mucho esfuerzo. Un día, Pablo llegó y Marga no estaba. En la mesa habíaY mientras freía patatas con chorizo, el aroma llenó la habitación, y Pablo, hambriento, miró fijamente el plato, sin sospechar que aquella cena cambiaría sus vidas para siempre.

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