—¿A ti qué te importa? —gritó Dolores con la voz temblorosa—. ¡¿A mí me llamas egoísta?! ¡A mí! Eres tú quien se olvidó del dinero que gastaste, de las formas y ahora me traes a una embarazada a mi casa pidiendo una habitación más grande. ¿Qué te parece la situación, hijo mío?
Dolores hablaba con rudeza, pero con la verdad por delante. No pretendía atacar. No, solo quería proteger lo suyo.
Víctor, en cambio, paseaba por la habitación como si buscara en silencio el mejor ángulo para contraatacar, calculando sus debilidades. Se notaba que no se sentía culpable en absoluto.
…Todo había comenzado años atrás. Aquel día en que Dolores y Rafael, que en paz descanse, se mudaron a su primer piso. Ni siquiera tenían cama. Empezaron con colchones hinchables. Con el tiempo, ahorraron para un segundo piso, para su hijo. Luego construyeron una casa en el campo. Para dos familias, con la ilusión de que algún día los nietos jugarían en el porche y el jardín.
Pero Rafael partió de este mundo cuando Víctor apenas ingresaba en la universidad. Su marido le dejó todo: los frutos de su esfuerzo, los recuerdos felices y lo último que le daba calor y alegría: su hijo.
Víctor se graduó, se mudó, se casó. Dolores tuvo un nieto. Estaba feliz. Hasta que, un año después, su hijo anunció el divorcio.
—No éramos compatibles. No puedo vivir con ella —dijo, como si hablara de un perro recogido de la calle—. Bueno, llegamos a un acuerdo… Como soy el padre, le regalé el piso. A cambio, ella prometió no pedir la pensión.
Dolores se agarró la cabeza.
—Enhorabuena, todo un caballero. Con los bolsillos vacíos. Ese piso no lo compraste tú —le reprochó.
Ya entonces intuía que ella terminaría pagando por aquel espectáculo de generosidad. Y no se equivocó.
Poco después, su hijo volvió, esta vez con una nueva esposa. Y ya estaba embarazada.
Pidieron quedarse un tiempo en su casa. Al principio, Dolores no se negó.
Intentó ser amable. Cocinaba, cambiaba las toallas del baño, colgaba la ropa ajena en el tendedero. Incluso dejaba raciones extras en la cocina, por si a Julia le entraba hambre.
Pero pronto comprendió que la gratitud no llegaría.
Julia no trabajaba, alegando que en su estado era imposible. Dolores no discutía, trataba de comprender, aunque en el fondo no estaba de acuerdo.
—Yo, en su lugar, habría trabajado hasta el séptimo mes al menos —se quejaba con su amiga Rosario—. No tienen casa, el sueldo de Viti no es gran cosa. Ella debía saber con quién se casaba. Debía entender que él solo no podría. Pero prefiere la comodidad.
—Bueno, Dolores, ten comprensión. Al fin y al cabo, es una chica embarazada… —respondió Rosario con calma.
—Chica sí, pero con responsabilidades. Yo también di a luz, sé lo que es. Hay que pensar antes de traer un niño al mundo. No está enferma, ni siquiera tiene náuseas. Simplemente se ha instalado. ¿A quién crees que acudirán si luego no les alcanza para un cochecito?
—Ten paciencia, tal vez las cosas mejoren. Cuando lleve al niño a la guardería, podrá trabajar…
—No me hagas reír. ¿Qué guardería? Solo pidieron quedarse un par de meses —se decía Dolores para tranquilizarse.
La limpieza también era una lucha. La habitación de su hijo estaba cubierta de una fina capa de polvo. Dolores no daba abasto con los platos: el fregadero siempre estaba lleno. Las tazas de té ni siquiera se lavaban; quedaban en la habitación de Víctor y se ennegrecían con el tiempo.
Dolores aguantó. Era de las que observaba antes de actuar.
Víctor, como si fuera a propósito, parecía haberse esfumado en otro mundo. Trabajaba hasta tarde y, en casa, o se encerraba en el móvil o acariciaba distraído el vientre de Julia antes de salir a fumar al banco de la plaza. Fumaba mucho, con el móvil en la mano, charlando sin sentido con los vecinos.
Era evidente que así nunca tendrían suficiente dinero.
—Mamá, ¿por qué no nos cambiamos de habitación? En la nuestra no cabe ni una cuna —soltó un día, tan tranquilo como si pidiera sal.
Dolores tardó en responder. En tres segundos, revivió escenas de su vida en familia: cómo ella y Rafael empapelaban las paredes, cómo elegían cortinas, cómo él sonreía y llamaba a su casa “nuestra fortaleza”.
Y ahora alguien convertía esa fortaleza en ruinas y construía su nido con los escombros.
—Faltan cuatro meses para la cuna. ¿No venían a quedarse temporalmente, verdad?
Él bajó la mirada. Julia se dio la vuelta. Entonces lo supo: no era temporal. Ya se estaban acomodando. Ya lo habían decidido.
Su hijo intentó negociar varias veces. Dolores no cedió.
La siguiente gran discusión llegó una semana después. Víctor lo soltó mientras desayunaban:
—¿Y si vendemos la casa del campo? Nos serviría para la entrada de una hipoteca.
Menos mal que Dolores estaba sentada. Aquello ya no era una petición. Era una exigencia.
—Víctor, tu padre y yo nos dejamos la vida en esa casa. Él le puso el alma, diseñándola casi solo. Y no la venderé, entre otras cosas, porque tú no sabes cuidar lo que tienes.
—¿Y para qué la quieres tú? Ya estás sola. Así podríamos pedir una hipoteca, vivir aparte, sería mejor para todos.
Dolores abrió los ojos, sorprendida por el golpe bajo. Aún sentía la ausencia de Rafael con crudeza, a veces lloraba por las noches.
—Bueno, quiero decir… —titubeó su hijo—. Tú sola no puedes mantener esa casa.
Un silencio pesado llenó la habitación. Dolores comprendió de pronto: su hijo y su nuera la dejarían seca. ¿Qué sería de ella después de ceder la habitación, la casa del campo, el piso?
Nada bueno. Víctor seguiría regalando lo que otros habían ganado con esfuerzo. Y ella solo podría aguantar.
No. Había que pararlo.
—Tenéis tres días para iros —dijo con una frialdad cortante—. Donde queráis. Con vuestro embarazo, vuestra cuna y vuestra hipoteca. Ya basta.
Se hizo un silencio. Un silencio tan grande que, durante el mes siguiente, Dolores no recibió ni un mensaje de ellos.
Empezó a dormir mejor. Por las mañanas ya no se oía el agua correr, ni las puertas de los armarios, ni las quejas de Julia porque había perdido algo que dejó tirado.
Pero despertarse era más difícil.
La cocina estaba vacía. La leche se agriaba porque nadie la bebía. Ya no hacía falta preparar cena. El televisor pasaba días apagado.
Cada viernes, Dolores iba a la casa del campo. Aún quedaba nieve, pero el sol empezaba a calentar la tierra. La primera vez que pisó el umbral, su corazón dio un vuelco al reconocer el olor a madera y polvo. En el aire flotaban las palabras de Rafael:
—Viviremos aquí, Dolores. Quizá algún día con los nietos.
Pasó horas sentada en el porche, recordando cómo planeaban pintar las contraventanas. Cómo discutían si talar o no el manzano. Él insistió en dejarlo.
Tal vez ahora ese árbol era lo único que seguiría dando frutos.
En uno de esos viajes, se encontró a Teresa, la vecina de la parcEn aquel instante, mientras escuchaba el rumor del viento entre las ramas del manzano que Rafael tanto amó, Dolores comprendió que algunos rencores, como las raíces de los árboles, debían soltarse para dejar crecer algo nuevo.





