Travesías entre destinos en un rincón del mundo

El Entrelazarse de Destinos en un Pequeño Pueblo

En un pueblito junto al río, donde los viejos olivos susurraban con el viento, Ana preparaba un cocido. El aroma de especias llenaba la cocina, y fuera, el atardecer se apagaba. De pronto, el silencio se rompió con el timbre del teléfono. Era su nieto, Arturo.

—Abuela, ¡hola! ¿Te importa si pasamos mañana por casa? Aunque no voy solo… —su voz escondía un misterio, como si guardara un secreto que hizo que el corazón de Ana se apretara.
—¡Claro que no! ¿Con quién vienes? —en su tono se mezclaban la curiosidad y un ligero nerviosismo.
—Es una sorpresa —respondió él, picarón, antes de colgar.

Al día siguiente, llamaron a la puerta. Ana, secándose las manos en el delantal, corrió a abrir. En el umbral estaba Arturo, y junto a él, una chica desconocida con una sonrisa tímida.
—Abuela, te presento a Lucía —dijo su nieto, con una chispa en los ojos. Al escuchar ese nombre, Ana se quedó inmóvil, como si el tiempo se detuviera.

Por lo general, tras el colegio, los nietos llegaban corriendo a casa de Ana y su marido, Gregorio. La mayor, Clara, apenas cruzaba la puerta cuando se lanzaba hacia su abuelo:
—¡Abuelo, con las mates estoy perdida! ¿Me ayudas?

Gregorio, dejando el periódico a un lado, sonreía:
—Venga, ¿qué te trae de cabeza? Coge el cuaderno y vamos paso a paso. Mira, aquí la ecuación, aquí pasamos este término… ¿Ves? ¿Qué harías tú? —Miró a su nieta con orgullo—. ¡Bien hecho, Clara! ¡Y decías que era difícil! Eres lista como ella sola, y además, ¡qué guapa estás!

Gregorio admiraba a Clara —¡era igualita a Ana de joven! La misma chispa de terquedad en los ojos, el mismo afán por alcanzar sus metas, aunque apenas le quedaran fuerzas. Las mejillas sonrosadas y esa sonrisa, igual que la de Ana cuando empezaban a salir.

—¿Echamos una partida de damas? —le guiñó un ojo.
—Abuelo, la última vez me ganaste —dudó Clara.
—¿Y qué? ¿Por perder una vez ya no jugamos más? Bah, como quieras —respondió él, desafiante.
—¡No, vamos allá! ¿Dónde están las fichas? —Clara ya colocaba el tablero—. ¡Tú eliges! ¡Ajá, yo con las negras! Hoy te gano, y luego tocamos la guitarra, ¿vale?

El pequeño, Arturo, siempre iba directo a Ana. A Gregorio le respetaba —su abuelo era estricto, pero justo.
—Abu, ayúdame con la redacción, que me han puesto un cinco otra vez —susurraba Arturo, bajando la mirada—. No le digas al abuelo, que yo lo arreglo, ¿eh? ¿Qué hay para cenar? ¿Lentejas? ¡Me encantan! Abu, mírame escribir, así me sale mejor.

Ana se sentaba a su lado, observando cómo Arturo trazaba cada letra con cuidado. Su nieto era idéntico a Gregorio —la misma mirada ágil, el mismo carácter. Con solo cinco años, ya sumaba y restaba como un adulto.

—¡Abuela, mira, ¡lo he conseguido! —Arturo levantó el cuaderno—. ¡Bien escrito y bonito! ¡Gracias a ti! —La abrazó—. Oye, ¿sabes por qué he venido solo? ¡Quería daros una sorpresa! ¡He comprado magdalenas de chocolate para todos! Papá me dio dinero para el almuerzo, y me he ahorrado algo.

—¡Ay, mi niño bueno! Llama al abuelo y a Clara, que cenamos y luego té con tus magdalenas.

—Espera, abu, tengo otro secreto —Arturo se acercó y susurró—: Me gusta una chica de clase, Lucía. Quiero regalarle un perfume, lo lleva soñando. Ya estoy ahorrando.

—¿En serio, cariño? ¿Y ella también es tu amiga?
—No, abu, aún soy pequeño —suspiró.
—¿Es mayor? Pero si sois compañeros…
—No, yo tengo diez, y ella nueve y medio. Pero es más alta que yo, mucho más. Si le regalo el perfume, quizá se enamore de mí…

Ana sonrió:
—¡Claro que se enamorará! ¡Con lo guapo que estás! Lo de la altura ya crecerás, ¿no entrenas baloncesto? El abuelo y yo te ayudamos con el perfume, no te preocupes. ¡Ahora llama a cenar!

El tiempo pasó volando. Clara terminó el instituto y se marchó a estudiar a otra ciudad. Arturo ya estaba en su último curso, ocupadísimo —exámenes, entrenamientos—. Pero aún visitaba a sus abuelos cada semana. Alto, fuerte, con el carácter decidido de Gregorio.

Ayer llamó por la noche, emocionado:
—Abuela, ¿os importa si vengo mañana? Pero no estaré solo… ¡Sorpresa! Mañana os lo cuento.

—Viene con novia, lo presiento —susurró Ana a Gregorio al colgar.
—Pues entonces, Anita, ponte ese vestido azul, que con él pareces una chiquilla. Y búscame una camisa, que me pondré los vaqueros. Hay que estar presentables, ¡que aún tenemos garra! —le guiñó Gregorio.

Al día siguiente, llamaron a la puerta cerca del mediodía. Ana corrió a abrir.
—¡Arturo! —exclamó.

—Abuela, abuelo, os presento a Lucía —dijo Arturo, sonrojado pero radiante. A su lado, una chica alta y delicada sonreía con calidez.

—Es más alta que él —pensó Ana.

—Esto es para vosotros —dijo Lucía, entregándoles una cajita—. Arturo me contó que acababais de cumplir años.

Ana abrió el regalo —su perfume favorito, el mismo que Gregorio le regaló cuando empezaban a salir. Le picaron los ojos.

—Y esto, magdalenas de chocolate, ¿te acuerdas, abu? —Arturo le tendió una bolsa con el dulce aún caliente.

—Pasad, vamos a comer y luego tomamos el té. ¡Gracias por el perfume, es precioso! —Ana miró a Gregorio—. ¿Lo ves, Gregorio?

El abuelo sonrió, cómplice, cruzando una mirada con Arturo. Estaba claro: lo habían planeado juntos, y Gregorio le había contado cuál era el perfume.

Mientras comían, Arturo contaba anécdotas, y Lucía reía, mirándole con cariño. Ana recordó cómo Gregorio la cortejaba. Él era más bajo, y al principio le daba vergüenza. Hasta que un día, en la estación, alguien gritó: «¡Un niño en las vías!». La gente se agolpaba, pero Gregorio, sin dudar, saltó al hueco entre el andén y el tren. Sacó a una niña asustada mientras su madre lloraba de gratitud. Desde entonces, a Ana ya no le importó su altura. Su hombre era un héroe.

Pronto vendría Clara de visita, quizá tampoco sola. Habría que reunir a todos —su hija, su yerno, los nietos—. Ana y Gregorio pronto celebrarían su aniversario. Sí, los años pasan volando, a veces el corazón se aprieta. Pero bajo este cielo caminan sus hijos y nietos, con sus mismos ojos y sonrisas, cantando sus canciones, leyendo sus libros, sorprendidos de que a los abuelos también les gustaran.

En ellos vive un pedazo de su alma. Y eso no es solo un premio, es una alegría enorme, un regalo del cielo.

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