El Don de la Salvación: Cómo un encuentro en la parada devolvió la vida a mi hija
Cuando Igor y yo tuvimos a nuestra niña, todo el personal del hospital no cesaba de admirarla. Era como un cuadro: un rostro diminuto de facciones perfectas, naricita redonda, orejas delicadas y unos ojos… unos ojos especiales, azules como el cielo, transparentes, que parecían mirar directo al alma, como si ya entendieran todo de este mundo.
Al principio, todo iba bien. A los dos meses ya sostenía la cabeza, y a los cuatro intentaba ponerse de pie. Celebrábamos cada logro, hacíamos planes, sin imaginar la desgracia que se cernía sobre nosotros. Cuando cumplió seis meses, apareció un bulto extraño en su cuello, duro y grande. Los médicos solo se encogían de hombros; nadie daba una respuesta clara. Aplicábamos compresas, ungüentos, recorríamos consultas, pero todo era inútil. La niña se volvió llorona, casi no comía, pasaba las noches en vela. Yo la mecía en brazos hasta el amanecer, mientras los médicos insistían: “No hay nada malo. Los análisis están bien”.
Recurrí a curanderas, pero fue en vano. La desesperación empezó a apoderarse de mí.
Cuando tenía año y medio, ocurrió lo que llamo un milagro. Ese día, fuimos a casa de mi madre. Esperamos largo rato en la parada; el autocar se retrasaba. La niña estaba pálida, apagada, sentada en su carrito. De pronto, se acercó una mujer: fuerte, con trenza trenzada en corona, vestido de percal. Tenía algo rústico, ojos azules y una mirada sencilla, pero cálida como el sol.
Miró a mi hija y dijo con dolor:
—Pobrecita. Y pobre de ti, madre. ¿No come, no duerme, sufre?
Asentí. Entonces añadió:
—Yo curo de esto. Pronto se te apagará del todo. Si quieres salvarla, ven antes del ocaso. Soy la tía Catalina. Vivo ahí, tras la esquina. Y trae una docena de huevos frescos.
Dicho esto, se apartó, como si supiera que dudaba. Y era cierto. ¿Otra curandera? ¿Me asustaría, me sacaría dinero y desaparecería? Pero algo me punzó dentro, como un presentimiento: si no iba, no me lo perdonaría jamás.
Mi madre, al enterarse, solo dijo:
—Ve. Quizás sea cierta ayuda. Si pide mucho, le dices que no.
Fui. Compré los huevos y llegué a la dirección: una casita con postigos verdes, macetas en la ventana, un patio con parra y un corral donde jugaba una niña de unos tres años.
—Al final viniste —saludó la tía Catalina—. Ya pensé que no lo harías. No me gusta imponerme, pero el corazón no me dejó. Mira, a Sonia la sané; la trajeron desde Cádiz, y en un mes ya estaba de pie.
Sonia, al oír su nombre, aplaudió e intentó levantarse, agarrada a los barrotes. Una niña risueña, llena de vida.
—Pasa, a la cocina —me invitó. Yo titubeé.
—¿Cuánto cobra?
—Ni un céntimo —replicó—. Lo que cada uno pueda dar. No hago el bien por dinero. Los niños me parten el alma. A los adultos no los curo; que cosechen lo que siembran. Pero los niños son inocentes.
Nos sentamos en la cocina. Coloqué a mi hija en el suelo, y la tía Catalina comenzó a pasar los huevos, rodándolos desde los pies hacia arriba, en espiral, por las articulaciones, la cabeza. Murmuraba, como si hablara al viento: *”Sal, dolor, de este cuerpecito, del hueso blanco, de la sangre roja…”* La niña observaba, intentando agarrar los huevos.
Luego los rompió en vasos con agua. Bajo la luz del sol, en cada yema apareció una cruz nítida, y en la clara burbujeaban espuma, como pequeños surtidores.
—¿Ves? —señaló—. Le han echado mal. La gente ya no teme a Dios. Sí, lo has pasado mal. Pero tranquila. La sacaremos adelante.
—¿Quién lo hizo? —pregunté.
—Eso no lo digo ahora. Cada vez que lo intenté, vinieron más desgracias. Que Dios juzgue. Mi labor es sanar.
Hicimos tres rondas de diez días, con descansos entre ellas. Primero desaparecieron las cruces, luego las burbujas. Y mi hija comenzó a cambiar: dormía, comía, reía. Sus mejillas se sonrojaron.
—¿Y usted se come estos huevos? —pregunté una vez.
—Dios me libre —rió—. Se los doy a los cerdos. Ellos no temen.
Me contó cómo había recibido el don: de su madre, y esta de la suya. Tuvo una hermana envidiosa que quiso robárselo, pero la madre eligió a Catalina, porque sabía que la bondad vale más que el poder. La hermana intentó robar las oraciones, pero no pudo. El don no está en las palabras, sino en el corazón.
Mientras la tratábamos, Sonia aprendió a caminar. Sus ojos brillaban. Luego se fue; su padre la recogió. A cambio, trajo cajas de fresas, jamón, queso, aceite y miel.
—Mira cómo agradeció —suspiro Catalina—. Pero la niña se quedó aquí —y señaló su pecho.
Y un día, todo terminó. Tras la última sesión, los huevos salieron limpios. Mi hija estaba curada.
Ahora tiene diecinueve años. Lista, hermosa. Estudia idiomas, pinta, sueña con ir a Barcelona. La miro y no puedo creer que casi la perdí. Que todo aquello no fue una pesadilla. Y cada vez que paso por esa parada, recuerdo a la tía Catalina. Y susurro: *”Gracias”*.
Porque ella no solo salvó a mi hija. Salvó mi maternidad. Mi vida.







