**La abuela con abrazos ajenos**
En la cocina olía a croquetas cuando se abrió la puerta de entrada: mis hijas, Lucía y Carmen, volvían de casa de su abuela. Debían estar felices, pero en lugar de alegría, sus rostros mostraban resentimiento.
—Mamá, ¡la abuela no nos quiere! —dijeron al unísono.
Salí al pasillo, secándome las manos en un trapo.
—¿Por qué pensáis eso?
Las niñas se miraron, y una comenzó a hablar con cautela. La abuela permitía que Álvaro y Sofía, los hijos de mi cuñada, corrieran, saltaran y comieran lo que quisieran. A ellas, en cambio, les prohibía hacer ruido, comer golosinas o chocolates. Incluso acompañaba a los otros hasta la parada del autobús, mientras que a ellas les cerraba la puerta sin más.
Me quedé helada. Sabía que mi suegra, Dolores Martín, no era precisamente cariñosa, pero no imaginaba que llegaría tan lejos.
Nuestra relación siempre fue neutral: ni cercana ni hostil. Todo cambió cuando la hermana de mi marido, Angélica, tuvo hijos. Desde entonces, la abuela se volvió ciega de amor. Pasaba horas contando a todo el mundo lo listos que eran, lo mucho que se parecían a su madre.
Cuando mi marido, Javier, y yo tuvimos gemelas, Dolores simplemente se encogió de hombros:
—¿Dos de golpe? Vaya lío… Yo con dos no puedo.
—No te lo estamos pidiendo —cortó Javier.
—Mejor sería ayudar a Angélica… Con sus hijos tan seguidos…
—¿Acaso los nuestros no son hijos también? —salté sin poder evitarlo.
—Un hermano debe apoyar a su hermana —respondió ella con frialdad.
Ahí entendí que no debía esperar su apoyo. Por suerte, mi madre siempre estuvo ahí, cruzando la ciudad para ayudarnos como podía.
Dolores, sin embargo, seguía alabando a Álvaro y Sofía, repitiendo a quien quisiera escuchar: «¡Estos son mis nietos de verdad!».
En cuanto a las niñas…, si acaso preguntaba por ellas, soltaba un indiferente: «Van tirando…».
Con el tiempo, hasta los vecinos lo notaron. Un día, Dolores dejó escapar: «¿Quién sabe si son mis nietas, aunque estén registradas como hijas de mi hijo?». Esas palabras llegaron a Javier, quien, furioso, fue a confrontarla. Ella se justificó, pero no duró mucho.
Cada visita terminaba con malestar. Los reproches eran constantes: las niñas hacían ruido, comían dulces sin permiso, a la abuela le subía la tensión… Y siempre, las comparaciones con los «nietos perfectos».
Cuando Álvaro y Sofía se iban, Dolores los acompañaba personalmente, con regalos en mano. En cambio, a Lucía y Carmen las mandó solas por un descampado donde rondaban perros callejeros. Seis años. Sin avisar. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Javier llamó a su madre.
—¿Te encuentras mal?
—¿De qué hablas?
—¿Por qué mandaste a las niñas solas? ¡Había perros sueltos!
—Hay que enseñarles a ser independientes.
—¡Tienen seis años! ¡A los hijos de Angélica no los dejas salir solos!
—¿Cómo te atreves a culparme? Esto es culpa de tu mujer…
Y colgó.
Pasaron los años. Las niñas crecieron, ya estaban en sexto de primaria. Dolores enfermó. Entonces recordó a sus «nietas de reserva» y llamó a Javier:
—Que vengan Lucía y Carmen a ayudarme. ¿Qué clase de nietas son estas que no cuidan de su abuela?
—Recuerda por qué no vienen —respondió él con calma.— Tienes tus nietos favoritos; pídeles a ellos.
Furiosa, Dolores me llamó a mí:
—¡Estás obligada! ¡Soy su abuela!
—Hace mucho que no las llama así. Usted tiene una hija y unos nietos «de verdad». Que ellos la ayuden.
Sofía se negó: «Tengo muchos deberes». Álvaro dijo: «Yo no soy su criado». Dolores se quedó sola, en silencio. Solo entonces entendió que el amor no se divide. Pero ya era demasiado tarde.





