Camino al Corazón a Través de las Tormentas

**El camino al corazón a través de las tormentas**

La vida de Lucía se derrumbaba como un castillo de naipes. El divorcio de su marido la dejó sin suelo bajo los pies, y con los pedazos de su pasado, regresó a su pueblo natal en las afueras de Castilla-La Mancha. Su roca, su apoyo, era su abuela Carmen, quien adoraba a Lucía y a su hijo Diego.

—Diego es igual que su padre, Pablo —decía Lucía con una sonrisa amarga—. Lo único que me quedó de ese matrimonio, como un rayo de luz en la noche.

—Ya te lo dije, no te juntaras con ese calavera —refunfuñaba la abuela, meneando la cabeza—. Desde el principio se veía: inconstante y atraído por la botella. Si desde joven bebía, después solo iba a empeorar. Y tú, repitiendo como una loca: «¡Es amor, es amor!».

—¿Para qué hablar de eso ahora, abuela? —suspiró Lucía—. ¿Vas a recordármelo toda la vida? Al menos tenemos a Diego, y eso es lo importante.

—No te apenes, mi niña —la abrazó Carmen, acercándola a su pecho—. No diré ni una palabra más. Mira qué guapa eres, ¡una auténtica belleza! ¿Dónde va a encontrar otra como tú ese Pablo? Un necio, sin más.

—En el instituto, medio curso suspiraba por mí —Lucía se arregló el pelo sin querer—, pero ahora no estoy para romances. No confío en nadie. Al principio son amables, pero luego… —hizo un gesto con la mano.

—No todos son como tu ex —replicó Carmen—. Fíjate en Álvaro, ¿recuerdas cómo se volvía loco por ti? Un muchacho de oro: trabajador, sin vicios. Y sigue soltero. El último de tu clase que no se ha casado —añadió con una mirada astuta.

—Ay, abuela, no empieces —se defendió Lucía—. No quiero pensar en nadie. Tengo que preparar a Diego para el colegio, arreglar la casa. Mis padres se fueron a la ciudad por mí y se quedaron trabajando en la fábrica. Ahora yo soy la dueña de esto. Y debo ayudarte…

—Ayudar está bien —asintió la abuela—, pero no tengas prisa. Primero acomódate tú. Yo estoy bien, con setenta años aún tengo energía. Veros a ti y a Diego ya es felicidad. Tus padres no os abandonarán, os ayudarán. Quizás al jubilarse vuelvan. Entonces viviremos todos juntos: vosotros en la casa grande y yo en mi casita al lado.

—Abuela, eres nuestra gallina clueca —Lucía la abrazó fuerte y le dio un beso en la mejilla.

—Pero piensa en Álvaro —la abuela le dio un suave golpecito, como cuando era pequeña—. Hombres como él no se encuentran en cualquier esquina.

Lucía llevaba tres meses en el pueblo. Álvaro, el tractorista local, no la perdía de vista. Él, como Carmen, creía que el matrimonio de Lucía había sido un error del que aún no se recuperaba. Solo Dios sabía cómo se las arregló la abuela, pero cada cierto tiempo se encontraban en la tienda del pueblo o en correos. Carmen le susurraba noticias sobre Lucía y Diego, lamentando que su nieta siguiera soltera.

Álvaro se sonrojaba, suspiraba, pero temía otro rechazo. Al ver sus dudas, Carmen lo animaba:

—Ella ha cambiado, Álvaro. Ha entendido muchas cosas. La belleza no lo es todo, no se vive de apariencias. Pero tú eres justo lo que una mujer necesita: responsable, trabajador, cariñoso…

—Y no un Adonis —se rio él, pero en seguida se puso serio—. La sigo queriendo, Carmen. Todos estos años solo he pensado en ella.

La abuela se emocionó y prometió ayudarle.

—Pero no te apresures. No la presiones. Aún no ha superado el divorcio, solo ha pasado un año y medio. Dale tiempo —le aconsejó.

—¿Y si otro se la lleva? —se inquietó Álvaro—. Ya la perdí una vez. No quiero que pase otra vez. Haré lo que sea para que sea mía.

—Entonces escúchame —sonrió con astucia Carmen—. Ayúdala en lo que necesite, pero sin agobiar. No demuestres tus sentimientos, mantén la distancia. Ya veremos qué pasa.

—¡Vaya psicóloga que es usted, Carmen! —rió Álvaro—. ¿De verdad funcionará?

—¡Claro que sí! —aseguró ella—. Y yo echaré un buen palabra por ti. Pero recuerda: si la lastimas, me romperás el corazón.

Álvaro asintió, y el calor le inundó el pecho, como si ya tuviera su bendición y el sí de Lucía.

La primavera avanzaba. En los huertos, las tierras estaban labradas, y los grajos picoteaban con solemnidad. Una mañana, Lucía escuchó el rugido de un tractor frente a su casa. Salió al patio en zapatillas, con una chaqueta vieja, y exclamó:

—¡Álvaro! ¿Qué es esto? ¿Para quién? —miró la caja llena de turba.

—¡Para ti, claro! —gruñó él, bajándose del tractor—. La abuela lo pidió. Dijo que te lo trajera y punto. Abre el portón. Espera, ¿en zapatillas? ¡Vete a ponerte algo abrigado, que te vas a resfriar! —Abrió él mismo el portón, entró con cuidado y dejó la turba junto a la valla.

—¿Cuánto te debo? —Lucía buscó su monedero.

—Nada. Para la abuela, como jubilada, es gratis. Guarda el dinero —cortó él, mirándola de reojo antes de marcharse.

Al día siguiente, su hermano pequeño, Javier, estudiante de secundaria, esparció la turba por el huerto sin cobrar ni un euro.

—Con mi hermano tenemos cuentas pendientes —se encogió de hombros—. Si dice que no coja dinero, no lo cojo.

—Pero ¿qué es esto? —exclamó Lucía—. ¿Me han declarado veterana de guerra? ¿Vivimos en una comuna?

Carmen confirmó las palabras de Álvaro, radiante de satisfacción.

—Ahora tienes la tierra lista para la siembra. La turba la hará fértil por años. Planta lo que quieras.

Una semana después, Álvaro trajo un cargamento de estiércol, dejándolo tras el jardín y cubriéndolo con plástico.

—Que sea —dijo serio—. Alégrate de que sea gratis.

—Gracias, Álvaro —sonrió Lucía—. No sabía que eras tan manitas. ¿Te apetece un café? He hecho pastas de almendra.

Álvaro casi saltó de alegría, pero, recordando los consejos de Carmen, contestó con serenidad:

—Otra vez. Ahora tengo mucho trabajo. Toma, esto es para Diego —le entregó una tableta de chocolate—. Todos me dan dulces y yo no los como. No sé qué hacer con ellos.

Lucía lo miró con afecto, aceptando el regalo.

—Gracias. La abuela, Diego y yo te esperamos para un café cuando puedas.

Álvaro volvió a casa cantando en el tractor. Su corazón cantaba de felicidad. Y Carmen notaba cómo Lucía se ablandaba. Evitaba hablar de Álvaro, pero sonreía cuando su nieta mencionaba su amabilidad y generosidad.

Pronto aparecieron montones de arena y luego gravilla frente a la casa. Las vecinas cuchicheaban:

—¡Vaya ama de casa! Le da mil vueltas a cualquiera. ¿Se habrá puesto a reformar? ¡Bravo!

—Pero sola es difícil —suspiraban las mayores—. Debería casarse.

Cuando Álvaro trajo la gravilla, Lucía solo alzó las manos:

—¿Esto también entra en las prestaciones—Sí, y además te traigo el amor que siempre has merecido —respondió Álvaro, mirándola con ternura, y en ese momento supo que, después de tantas tormentas, por fin había encontrado el camino a su corazón.

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