Intrusos en mi hogar

Extraños en mi casa

Era un sábado cualquiera cuando Ana decidió ir a la casa de sus padres. Solo habían pasado tres meses desde que su madre partiera de este mundo, y durante todo ese tiempo, Ana no había tenido el valor de tocar las pertenencias de su difunta madre. La casa estaba vacía, abandonada. Los vecinos eran ancianos; algunos se habían mudado con sus hijos, otros alquilaban sus viviendas a desconocidos. Antes vivían allí los Martínez, cuyos hijos jugaban con Ana en su infancia, pero ahora esa casa también estaba ocupada por gente extraña, y no tenía a quién pedirle que vigilara la suya.

Su marido, Luis, se había ido de pesca al amanecer, y su hija adolescente, con los auriculares puestos, ni siquiera le hizo caso cuando le propuso pasar el día juntas. Así que Ana pensó: *basta de postergarlo*. Iría, revisaría y quizás empezaría a ordenar las cosas. Después, pasaría por casa de su amiga Lucía, que llevaba tiempo invitándola a tomar algo. Llamó un taxi y, mientras esperaba en la calle, los recuerdos de su niñez la envolvieron: aquella calle tranquila, acogedora, llena de luz y olores familiares. A medida que el coche se acercaba, un nudo le apretaba el pecho. Echaba de menos a sus padres con un dolor profundo.

A unas manzanas de la casa, Ana bajó del taxi y decidió seguir a pie. Pero cuanto más se acercaba, más crecía su inquietud. Al llegar a la verja, se quedó paralizada.

—¿Qué demonios…? —susurró.

La ventana del cuarto estaba abierta, las cortinas descorridas, aunque recordaba haber cerrado todo con llave. La cerradura estaba forzada. Dentro, alguien había estado. O peor, aún seguía allí.

Intentó llamar a Luis, pero no hubo señal. Miró a su alrededor: la calle estaba desierta. Un hermoso día de otoño, y todos se habían marchado de paseo. Consideró avisar a la policía, pero entonces un pensamiento helado la atravesó.

—¿Y si… es él?

En las últimas semanas, Luis había actuado de manera extraña. Distante un día, eufórico al siguiente. Quizá lo de la pesca era mentira y estaba allí, con otra. La idea le quemó el pecho. No quería creerlo, pero tampoco podía ignorarlo.

Permaneció inmóvil diez minutos, observando las ventanas. Entonces, de pronto, una risa femenina. Alegre, fresca, como si alguien estuviera disfrutando de la vida… ¡en la casa de sus padres! Se le encogió el alma.

Y, de repente, la puerta se abrió de golpe. Salió una mujer esbelta, envuelta en una bata corta y con una toalla en la mano, dirigiéndose hacia el cobertizo de la ducha exterior.

—Cariño, ¡ven conmigo! ¡Me aburro sola! —llamó hacia dentro.

A Ana se le heló la sangre. Joven, guapa… Claro, él la habría cambiado por alguien así. Todo cobró sentido.

Apretando los dientes, Ana entró decidida al jardín. Con astucia, encontró un palo y atrancó la puerta del cobertizo para que aquella intrusa no escapara. Luego, en el porche, vio el viejo cinturón de su padre—pesado, con una hebilla enorme. *Perfecto*, pensó.

Al entrar en la casa, vio la mesa puesta, una botella de cava y la televisión encendida. Y en el sofá del salón, dormido, un hombre.

—¡Desgraciado! ¡Tu hija ya es casi una mujer y tú…! —gritó, alzando el cinturón.

—¡Ay! ¿Qué haces? ¡Ana, soy Javier!

Ana se detuvo. No era Luis. Era Javier, el sobrino de su marido.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

—¡La puerta cedió como si fuera de cartón! No tengo donde vivir. Pensé que la casa estaba vacía y… vine a pasar un rato con mi novia.

—¿Con tu novia? —Ana palideció—. ¿Y te parece bien? ¡Esto no es un hotel!

—Venga ya, Ana, quédate, tómate un café, y nosotros nos vamos en un rato.

—¡No! ¡Recoged vuestras cosas ahora mismo! ¡Y tú vas a poner una cerradura nueva! —rugió.

—Sofía… —musitó Javier—. ¿Dónde está?

—En el cobertizo. Cerrada. La encerré para que no molestara. ¡La próxima vez sabrá dónde meterse!

Poco después, Sofía logró salir y entró en la casa, furiosa y con las mejillas arreboladas.

—¡Esta es mi casa, Javier, díselo! ¡Ya te he transferido el dinero para los muebles!

—¿Tu casa? —Ana soltó una risa amarga—. La casa es de mi madre, y tú, cariño, caíste en las garras de este sinvergüenza.

Sofía, fuera de sí, gritó:

—¡Devuélveme el dinero, estafador! ¡Voy a denunciarte!

—Y tú también… —murmuró Javier.

Cuando todo se calmó, Ana fue a casa de Lucía y le contó todo—el miedo, la ducha exterior, el cinturón. Lucía se rio hasta llorar.

—¡Ana, eres una heroína! Yo habría llamado a la policía de inmediato. ¡Pero tú lo resolviste sola!

—Lo importante es que no era Luis —suspiró aliviada—. Pero la cerradura la cambiaré. Y la puerta. ¡De acero!

—¡Por las mujeres valientes! —brindó Lucía, alzando su copa.

—¡Por nosotras! —contestó Ana, sonriendo.

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