Traición con Vista desde la Ventana

**Traición con vista desde la ventana**

Isabel no podía estar quieta en casa, recorría la habitación como un animal acorralado. Algo en el comportamiento de su marido la inquietaba. Últimamente, Roberto se mostraba excesivamente atento: ayudaba en las tareas, preparaba cenas deliciosas, le regalaba flores. Todos esos gestos de cariño la ponían en alerta. “Algo habrá hecho mal”, pensaba, acercándose a la ventana. Su mirada cayó involuntariamente hacia afuera, y el corazón se le encogió. Retrocedió de un salto. “¿De verdad es capaz de algo así?”, susurró, incapaz de creer lo que veía.

En ese momento, escuchó una voz femenina detrás de ella. Era su esposa, Lucía.

Roberto estaba junto a la ventana, observando a Isabel, su vecina, mientras paseaba a su pequeño perro. Lucía se acercó, asomó también y, de inmediato, tensó el gesto.

—¿En qué piensas? —preguntó con frialdad.

—En el trabajo —respondió él, evitando su mirada—. Un compañero ha metido la pata, y ahora tengo que arreglarlo todo.

Lucía lo estudió con atención. Algo en su voz y su expresión delataba la mentira, pero solo asintió y se fue a la cocina.

Roberto sintió cómo la irritación crecía dentro de él. Lucía se había vuelto cada vez más insoportable: huraña, quisquillosa. Buscó calor en otro lugar, y lo encontró en Isabel. Ella era callada, sonriente y vivía sola en el piso de arriba.

Esa tarde, un corte de luz en la oficina lo dejó libre antes de tiempo. Se quedó un rato en casa, luego salió a caminar. Isabel estaba en el parque. No pudo evitarlo, se acercó, comenzaron a hablar. Terminaron en una cafetería. Y después, en su apartamento.

Por la mañana, se despertó con el peso de la culpa. En casa colgaba su foto de boda, donde ambos sonreían, jóvenes y enamorados. Recordó sus promesas de fidelidad. “Para siempre”, una palabra que ahora sonaba a burla.

Preparó la cena: una lasaña, el plato favorito de Lucía. Cuando ella llegó del trabajo, agotada pero contenta, lo elogió y hasta le dio un beso. Él sonrió forzadamente mientras revivía los últimos días en su mente.

Un par de días después, tuvo libre. Evitaba a Isabel, se sentía sucio. Pero como un imán, la atracción seguía ahí. Cuando Lucía salió a trabajar, terminó otra vez en el piso de arriba.

Lucía notó los cambios. Roberto se volvió complaciente, pero distante. Sabía que ocultaba algo. Y un día, al verlo espiar a Isabel desde la ventana, todo encajó.

El estallido ocurrió en la cocina.

—¿Te acuestas con ella? —saltó, señalando hacia fuera.

Roberto se paralizó. Balbuceó excusas ridículas, pero era tarde. Ella lo echó sin dudar.

—¡Vete con ella! Qué cómodo, viviendo un piso arriba. ¡Lárgate!

Intentó explicarse, pero Lucía ya no escuchaba. Salió, recogiendo sus cosas, y pronto su voz resonó en el rellano:

—Isa… ¿Me dejas pasar? Me ha echado…

Isabel, al parecer, no esperaba ese giro, pero tras una pausa, la puerta se abrió.

Y Lucía lloró. No de dolor, sino de decepción. Esperaba que al menos luchara, que intentara salvar algo. Pero se fue sin más. Sin palabras. Sin vergüenza.

Y decidió: “Prefiero estar sola que con alguien que traiciona tan fácil”. Y mañana… adoptaría un gato. O un perro. Al menos ellos saben ser leales.

*—Nunca subestimes el silencio de quien finge no ver. A veces, es la calma antes del adiós.*

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