Amor Traicionado

El pueblo de Pinarillo, perdido entre los vastos campos y los bosques de álamos de la provincia de Segovia, respiraba tranquilidad. El viento de la tarde susurraba entre las hojas, y las farolas iluminaban débilmente las calles estrechas. Lucía, apretando su bolso, se acercaba al café donde debería celebrarse su cumpleaños. Pero en lugar de risas festivas, escuchó un susurro traicionero que le heló el corazón.

— Olvídate de esta celebración —murmuró Jaime con tono indiferente, inclinándose hacia el oído de Nuria, la mejor amiga de Lucía—. Vente a mi casa. Lucía no volverá hasta la noche. —Su voz destilaba arrogancia.

— Claro, como no —respondió Nuria con una risa burlona—. ¿Y qué hago cuando vuelva? ¿Saltar por la ventana?

— ¿Para qué saltar? —Jaime la rodeó con un brazo, su tono rebosaba seguridad—. Si me dices que sí, echo a Lucía. No tiene cabida en mi vida.

Lucía se quedó paralizada, como alcanzada por un rayo. Conocía a Nuria; nunca había ocultado sus aventuras. Pero Jaime… Llevaban tres años juntos. Tres años esperando que él le pusiera un anillo en el dedo. Vivían en su nuevo piso, comprado con una hipoteca. La reforma, las facturas, las deudas… todo cayó sobre sus hombros. Ella lo creía pasajero, pensaba que el Registro Civil era un mero trámite. Pero ahora veía claro. Para él, solo era una comodidad, un puente sobre sus problemas económicos. Nunca habría una familia.

Hace seis meses, su madre había muerto. Jaime la había decepcionado con su frialdad. No fue al funeral, no ayudó con los preparativos, solo soltó con indiferencia:

— Vende lo que puedas. Ya sabes, tengo la hipoteca, la reforma… A lo que tus familiares te echen una mano. Cuando vendas la casa, te liquidas.

“Liquidarte”… esa palabra le cortó como un cuchillo. Pero en aquel momento lo justificó: estaba cansado, fue un lapsus. Le gustaba su carácter hosco y silencioso. “Un hombre que guarda todo para sí no traiciona”, presumía ante sus amigas. Nuria reía con ellas, ocultando sus planes. Ahora la verdad salía a la luz, y Lucía, ahogándose en dolor, agitó desesperada el brazo para detener un taxi. El coche se detuvo, ella se coló dentro y cerró la puerta de golpe.

— ¡Deprisa, deprisa! —gritó al conductor, como si huyera de una persecución.

El auto aún no arrancaba cuando el teléfono vibró con una llamada de Jaime.

— ¿Dónde estás? ¡Estoy aquí como un idiota, todos preguntan por ti! ¿Qué pasa? —su voz sonaba falsa.

Lucía apagó el móvil y, furiosa, lo lanzó contra la ventana. Las lágrimas brotaban sin control, sollozaba como una niña a la que le hubieran arrebatado todo. El coche avanzaba, y Lucía, hundida en la desesperación, de pronto comprendió que no había dicho ninguna dirección.

— ¿A dónde vamos? —preguntó, con la voz temblorosa.

— A casa —respondió el conductor con calma.

Lucía miró alrededor: el auto circulaba por una carretera oscura, lejos de la ciudad.

— ¿A casa? ¿Qué casa? —su corazón latía con fuerza, invadido por el miedo.

— ¿Quieres que te diga la dirección? —el tono del conductor adquirió un matiz burlón, casi amenazante.

— ¡Pare! ¡Ahora mismo! —gritó Lucía, la pánico ahogándola.

— ¿Aquí, en medio del campo? —el conductor soltó una carcajada—. ¿Qué vas a hacer?

— ¡Llamaré a la policía! —exclamó, pero recordó que ya no tenía teléfono. Le había contado todo a ese extraño: la traición, su dolor. Él sabía que nadie la buscaría. Si la abandonaba en el bosque, sería el fin.

Tanteó la puerta, intentando abrirla en marcha, pero sus dedos no encontraban el tirador en la oscuridad. La desesperación la inundó. “Que sea lo que sea”, pensó. “Si me mata, al menos el dolor acabará”. Las lágrimas caían en silencio, resignadas.

El coche frenó en seco. El conductor abrió su puerta sin decir palabra.

— Baja.

— ¡No salgo! —Lucía sintió de pronto un ardiente deseo de vivir. No se rendiría sin luchar.

— No seas tonta, Lucía —la voz del conductor se suavizó—. Hemos llegado.

Ella alzó la vista y se quedó sin aliento. Frente a ella estaba Marcos, su compañero de clase. El mismo que se marchó después del instituto y forjó una carrera en la gran ciudad.

— ¿Marcos? —susurró, incrédula.

— ¿A quién esperabas? —sonrió con una sonrisa cálida y familiar.

— ¿Eres taxista? —preguntó Lucía, desconfiada.

Marcos se rió:

— ¿Taxista? Solo vi que agitabas el brazo como si quisieras tirarte bajo las ruedas.

— Yo… —Lucía dudó, sintiéndose ridícula.

— Lo sé todo —Marcos la rodeó con un brazo—. Un viaje útil. Nunca habías sido tan sincera.

Lucía rió, las lágrimas se secaron y su alma se aligeró. Estaba frente a su casa en Pinarillo, y el mundo parecía dejar de desmoronarse.

— Volví por ti —dijo Marcos en voz baja, entrelazando sus dedos con los de ella—. Qué suerte que no te casaste…

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