**Diario de un hombre**
“Que viva sola, a ver si así entiende lo que ha perdido. Y tú, hijo, no te preocupes, tu madre no te dejará solo…”
—Bueno, Valentina, ¿es cierto que tu Santi se ha separado de su mujer?
—Sí, se ha separado. ¿Y qué? ¿Vas a ir contando chismes por todo el vecindario? —cortó bruscamente Valen, ajustándose el pañuelo en el pelo canoso.
Santiago y Lucía llevaban juntos poco más de tres años. Hacía apenas unos meses que les había nacido la niña, la nieta que Valentina llevaba años soñando con tener. Pero he aquí el problema: Santi, a sus treinta y tantos, seguía siendo igual de infantil que de niño. Siempre en las nubes, mimado por su madre, acostumbrado a que ella lo disculpara todo.
—¿Para qué quiero una mujer? —solía decir hace un par de años—. Solo para que me amargue la vida. Todas son iguales: se te suben a la chepa y exigen que las mantengas.
Valen se encogía de hombros. Con tal de tener a su hijo cerca, le daba igual. Aunque no tuviera ambición, aunque trabajase de lo primero que saliera —últimamente de guardia en el cementerio, “porque allí nadie me manda”—. No importaba. Él era su sangre, su niño.
Hasta que un día, de la nada, anunció: —Me caso.
Y apareció con Lucía, una chica callada, de mirada dulce pero insegura. A Valentina le gustó: no era una fresca, ni una aprovechada. Hasta les compró un piso modesto en un pueblo cercano.
Al principio, todo fue bien. Pero Santiago no estaba hecho para la vida en pareja. No aguantaba las quejas de Lucía: que el trabajo, que el dinero, que necesitaban reformar el baño…
—No puedo, mamá, ¡me está volviendo loco! —se quejaba—. Nunca está contenta con nada.
—Ay, Santito —suspiraba Valentina—. Vaya cruz te ha tocado… No es una mujer, es una sanguijuela. Quédate aquí, déjala que reflexione.
Y así empezó el ir y venir: de la casa de Lucía a la de su madre, llevando a cuestas rencores y reproches. Hasta que, en una discusión, Santi salió dando un portazo.
—¡Estoy harto! —anunció, sentándose a la mesa de su madre—. ¿Sabes lo que me ha dicho? Que no soy un hombre de verdad porque no la mantengo. ¡Pues que se las apañe sola!
—Así se habla, hijo. ¿Quién se cree? Anda, come un plato de cocido, que lo he hecho como a ti te gusta.
De la niña, cada vez hablaba menos. —¿Qué tanto lío hay con un bebé? Comer, dormir, pasear… ¿Es para tanto? —decía.
Mientras, Lucía se había ido a vivir con sus padres. Valentina ni siquiera la saludó:
—¿A qué vuelves? Te dimos casa, te dimos un marido… Pues aguanta, como todas.
Las vecinas cuchicheaban: —Valen, ¿no vas a ver a tu nieta? La pobre Lucía está sola con la niña…
—¡Seguro que te ha llenado la cabeza! —replicaba ella—. Si no supo cuidar de su matrimonio, que se aguante. Y la niña… la recuperaré. ¡Es mi sangre!
—¿En serio? ¿Quitarle un hijo a su madre? ¡Si tu Santi ni siquiera tiene trabajo!
—¡No digas tonterías! Solo está… descansando. Ya madurará.
Pero los años pasaban, y Santiago seguía igual: sin trabajo, sin planes, quejándose de “las mujeres interesadas” y de que el mundo entero le debía algo.
—Santi, ¿por qué no vas a ver a Lucía? A tu hija, al menos… —sugirió Valentina, un día, con timidez.
—¿Estás loca, mamá? Para que me eche otra vez en cara lo mismo… No, gracias. ¡Yo vivo para mí!
Y entonces, por fin, ella lo entendió. Hasta la médula.
—Basta, hijo —le dijo, secamente—. Me da vergüenza lo que has llegado a ser. Si Lucía pide la manutención, espáblate. Ya no te cubro más las espaldas. No eres un niño.
Demasiado tarde. Había criado a un hombre débil, resentido con la vida. Lucía, entretanto, volvió a casarse. Un hombre serio, responsable, que quería a la niña como suya. ¿Y Santiago? Seguía en casa de su madre. Sin familia, sin rumbo, sin ganas de cambiar.
El amor de una madre no tiene límites. Pero a veces, ciega.
Y si no te quitas la venda a tiempo, un día despiertas al lado de un extraño, un vago que cree que el mundo le debe todo.
**Lección aprendida:** Criar a un hijo no es protegerlo de la vida, sino enseñarle a vivirla.







