Nunca nos conocimos…

Nunca nos conocimos…

Desde el principio, Lucía supo qué lugar ocupaba en la vida de Javier. No era su esposa, ni la madre de sus hijos, ni su elegida legítima. Era su amante. La mujer en quien encontraba descanso para el alma y el cuerpo. Aquella a quien visitaba no por obligación, sino por la ligereza y el silencio que le ofrecía.

No pedía nada. Ni divorcios, ni promesas. Solo un poco de calor. Aceptaba a Javier tal como era: casado, distante, pero amable con ella. A veces le traía comida, otras le ayudaba con reparaciones en casa. En ocasiones, le tomaba la mano y le decía que la quería. Y con eso bastaba.

Lucía no se veía como una destructora de familias. No había arrebatado a nadie. Javier fue quien decidió ir hacia ella, quien la eligió. Ella solo estaba ahí, sin exigencias.

Pasó el tiempo. Javier llegaba con regularidad. Le regalaba flores, a veces compraba algo para sus hijos—no los de ella, claro, los suyos. Lucía no tenía hijos. Los médicos lo dejaron claro años atrás: esterilidad. Eso había destruido su único matrimonio.

Entonces llegó el milagro. Verdadero, inexplicable. Un embarazo. Casi a los cuarenta. Lloró de felicidad. Sus padres, al enterarse, ni siquiera preguntaron quién era el padre. Solo celebraron, prometieron ayudarla. Y Lucía… Estaba segura: Javier no la abandonaría. La amaba. Se lo había dicho decenas de veces.

—Pide el divorcio —le dijo un día—. Podemos ser una familia de verdad.

Él guardó silencio. Luego respondió:

—Necesito tiempo… No puedo hacerlo así, de pronto.

Le dio una semana. Después otra. Pero Javier empezó a esfumarse. Callaba, no respondía, desaparecía después del trabajo, ponía excusas, no llamaba. Hasta que un día ella fue a su casa. Se quedó parada frente al portal, incapaz de actuar de otra manera.

—¿Qué haces aquí? —Javier se enfureció al verla.

—Te espero.

—¡Me estás acabando! ¡No me escuchas! ¡Te pedí que esperaras! ¡Me pones en riesgo, me presionas!

Lucía calló. Lo miró sin reconocerlo.

—¿Así que no estarás con nosotros? —preguntó en voz baja.

Él desvió la mirada. Entonces ella dijo:

—Nunca nos conocimos. Olvídame. Olvídanos. Ya no hay un “nosotros”.

Se fue. No miró atrás.

Lucía dio a luz a una niña. Hermosa, de rizos dorados y los ojos de Javier. Pero cuando la cargaba, solo sentía amor. Nada más. Ni miedo, ni dolor, ni arrepentimiento. Solo felicidad.

Javier intentó contactarla varias veces. Llamó. Quería ver a su hija. Lucía se negó.

—Tomaste una decisión —le dijo—. No hace falta que te recuerdes ahora. Ella tiene un padre. Uno de verdad.

No mentía. Medio año después, conoció a un hombre. Callado, sereno, algo mayor. No hizo preguntas incómodas. Simplemente, las amó a las dos. Y la niña, enseguida, lo llamó “papá”. Todo fluyó de manera natural, como si alguien allá arriba hubiera pensado: ahora, por fin, todo es correcto.

Pasaron dos años. Primavera. Un parque. Javier caminaba distraído cuando, de pronto, la vio. A Lucía. Con aquel hombre. Y con la niña.

Él la cargaba en brazos mientras la pequeña reía, tirándole juguetonamente de la oreja. Lucía, vestida con un leve vestido, los miraba con ternura y murmuró:

—Dale un beso a papá, cariño. Mira qué cansado está de tanto cargarte.

Javier se detuvo. Le faltó el aire. No podía moverse. Era ella. Su hija. Su niña. Igual que sus hijos varones años atrás: rizada, luminosa, llena de vida. Pero ahora había otro hombre a su lado… y Lucía ya no le pertenecía.

Ella lo vio. Sus miradas se cruzaron. Pero Lucía apartó la cara, como si no lo conociera. Como si él jamás hubiera formado parte de su vida.

Él lo entendió: había cumplido su palabra. Realmente, nunca se habían conocido.

Y nunca lo harían.

Rate article
MagistrUm
Nunca nos conocimos…