No soy ni niñera ni sirvienta.

Ay, qué situación más dura… Tengo 62 años, vivo en Madrid, y me ha pasado algo que me ha partido el alma. Mi hija, Beatriz, y su marido, Javier, creen que debo dedicar mi vida entera a cuidar de su hija, mi nieta Lucía. Siempre he intentado ser una buena abuela, pero ya no aguanto más. Me he negado a ser la niñera gratis, y se han puesto como locos. ¡Que no soy ni canguro ni sirvienta, que también tengo derecho a vivir mi vida!

Cuando nació Lucía, me volqué en ayudar a Beatriz en todo lo que pude. La cuidaba, la sacaba a pasear, le daba de comer, le lavaba la ropita… Todo para que mi hija pudiera descansar un poco. Sé lo duro que es ser madre joven, y quería apoyar a mi familia. Pero con el tiempo, empezaron a dar por sentado que tenía que estar ahí siempre. Beatriz y Javier vivían como si yo fuera su niñera particular: se apuntaron al gimnasio, a cursos, quedaban con sus amigos, y me traían a Lucía con un “¿La cuidas un rato? Es que tenemos cosas”. Les daba igual si yo tenía planes. ¡Que estoy jubilada, joder, pero tengo derecho a descansar y a disfrutar un poco!

Beatriz me llamaba a mitad del día para que recogiera a Lucía de la guardería porque tenía una cena de trabajo y Javier se había ido de pesca. Me daba una rabia… pero al final, iba a buscarla. ¿Qué iba a hacer, dejarla allí sola? Quiero a mi nieta, claro, pero esta situación me asfixiaba. Me sentía como un trapo usado, y a nadie le importaba lo que yo necesitara.

Pero lo de hoy ya fue la gota que colmó el vaso. Beatriz me llamó toda contenta para decirme que se iban con Javier dos semanas a Ibiza. Al principio me alegré, pensando que se llevarían a Lucía. ¡Pues no! Resulta que la iban a dejar conmigo, ¡sin preguntarme siquiera! Me lo soltaron como si fuera mi obligación, como si no tuviera derecho a decir que no. Se me subió la sangre a la cabeza. No aguanté más y le dije a Beatriz bien claro que no pienso ser su niñera. Que si quieren viajar, que se lleven a la niña o que busquen otra solución.

Le pregunté por qué habían tomado esa decisión sin consultarme. Su respuesta me dejó de piedra: “Mamá, si estás jubilada, ¿qué más da? Total, no tienes nada que hacer”. Como si me hubieran pegado una bofetada. Le dije que sí, que tengo planes: irme con mi amiga Carmen a un balneario en la sierra para descansar de una vez. Que si quieren irse, que lleven a Lucía o que busquen otra opción, ¡pero yo no soy su empleada!

La conversación acabó fatal. Beatriz me dijo que era una mala abuela, y yo apenas pude contener las lágrimas. No entiende lo mucho que duele escuchar eso después de todo lo que he hecho por ellos. Quiero a mi nieta, pero no voy a sacrificar mi vida entera por sus caprichos. No soy una criada, soy una mujer que también merece ser feliz. Ahora mismo no sé qué haré: ¿mantenerme firme o ceder otra vez para que no haya problemas? Pero una cosa sí sé… esto ya no puede seguir así.

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