«A punto de ser madre, pero solo piensa en salones y fiestas: como si no fuera a tener un hijo…»

**Diario de María Álvarez**

*2 de diciembre*

Mi hija, a punto de dar a luz, solo piensa en salones y fiestas. Como si no estuviera a punto de traer al mundo una vida…

Aquí estoy, sentada en la cocina, mirando por la ventana mientras caen los primeros copos de nieve de diciembre. El frío no es lo que me duele, sino esta angustia que me roe el corazón por mi hija, por mi nieto, por lo que vendrá. Lucía, mi única hija, está en la semana treinta y ocho de embarazo. Cualquier día nacerá el bebé, pero ella, en lugar de preocuparse por pañales o cunas, solo habla de manicuras, masajes, fotos en cafeterías con sus amigas y planes para las fiestas navideñas.

No lo entiendo. ¿Dónde quedó el instinto maternal? Ese temblor en el alma que hasta los gatos callejeros sienten al prepararse para parir. Pero Lucía tiene su agenda llena… de citas para ella. Y a mí, su madre, me ha apuntado como la niñera. Sí, yo seré quien cuide al recién nacido mientras ella «se pone guapa».

—Mamá, total, estás libre. Quédate con el bebé, solo voy a arreglarme las uñas y el pelo. ¡No voy a salir en las fotos con batas de hospital!

Casi me atraganto con el café. ¿Qué clase de prioridades son estas? ¿Vas a traer al mundo a un niño o a un accesorio para Instagram?

Lucía lleva casada seis años. Se comprometieron en la universidad. Su marido es un buen hombre, tranquilo y trabajador. Tienen su piso con hipoteca, gracias a la ayuda de los padres. Pospusieron la maternidad para consolidar sus carreras, y ahora, al fin, el embarazo. Las abuelas estábamos emocionadas. Pero pronto comprendí que mi hija veía esto como un simple trámite, no como el milagro que es.

Al principio, pensé que quizás era miedo, inseguridad, y por eso se refugiaba en trivialidades. Pero todo quedó claro cuando la descubrí buscando niñeras… ¡para un bebé que ni siquiera había nacido!

—Lucía, ¿en qué cabeza cabe? ¡No necesitas niñera! Una madre debe estar con su hijo, establecer rutinas, alimentación, vínculos… ¡Esto no es un gatito al que le pones pienso y listo!

—Mamá, estás anticuada. En Europa todas tienen niñera desde el principio. Ser madre no es ser esclava. Yo también tengo derecho a vivir. ¡Hoy en día las mujeres salen con sus bebés a todas partes!

Sus palabras me helaron la sangre. En mi época, las mujeres tenían hijos jóvenes, a los diecinueve o veinte. Pero nadie lo veía como una carga. Era la vida misma. Noches sin dormir, corriendo del trabajo a casa para atender al niño, gastando hasta el último céntimo en leche y jabón. No existían las fotos perfectas ni las sesiones en el hospital. Solo amor, miedo y responsabilidad. Y una felicidad real, no forzada.

Las cosas del bebé las compramos porque yo insistí. La suegra y yo arrastramos a Lucía por las tiendas, eligiendo el carrito, la cuna, la ropita. Ella asentía, pero sin interés, como si le diera igual. Lo lavamos todo, lo planchamos, lo guardamos… y todo lo hicimos las abuelas, mientras ella soñaba con sus cenas de Nochevieja.

—Mis amigas y yo queremos salir a tomar algo el día 1, si todo va bien. ¡No por ser madre voy a encerrarme en casa!

No pude más. Le dije las cosas claras: que la maternidad no es un juego, que un bebé no es un accesorio, que las noches en vela, los cólicos y la lactancia cambiarán sus prioridades. Que ser madre es entregar el alma, no solo el cuerpo.

Pero mis palabras le entraron por un oído y le salieron por el otro.

—Exageras, mamá. Hoy las cosas son distintas. Lo importante es ser feliz, y las madres felices son las que se cuidan.

Ahora, cada noche, me pregunto: ¿en qué fallé? ¿La malcrié? ¿No le enseñé lo que realmente importa? ¿O es que ahora las mujeres primero son madres y luego, quizás, crecen?

Aun así, tengo fe. Cuando Lucía vea a ese pequeño ser en el hospital, cuando le apriete el dedo con su manita, cuando se despierte con su llanto… algo cambiará en ella. Algo hará clic. Y entonces no habrá salones ni fotos que importen más que ese pequeñín, para quien ella será su universo entero.

Mientras tanto… yo rezo. Por mi hija. Por mi nieto. Y por que en el corazón de mi niña adulta nazca el verdadero amor de madre. No el de las redes, sino el que no necesita filtros.

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