«Sí, soy así»: tenía otras mujeres, pero no pensaba dejar a su familia
Todas las amigas de Marina le decían que estaba loca. Y ella… ella lo sabía perfectamente. Pero, incluso con esa certeza, no podía cambiar nada. Sus sentimientos por su marido se habían apagado hacía tiempo, desvaneciéndose entre lavadoras, cenas, noches en vela y el trabajo interminable. Antes volaba a casa en alas del amor; ahora llegaba por inercia, agotada, deshecha, con la mirada vacía. En sus cuarenta años, parecía de cincuenta, y no era exageración, sino cruda realidad.
La única persona que realmente la compadecía era… su suegra. Ana Martínez. Una mujer de carácter fuerte pero con un corazón enorme. Ahora vivía con Marina y su hijo, tras mudarse desde el pueblo de Villarreal a Madrid para un tratamiento médico que en su tierra no existía. La habían instalado en el cuarto de los niños, y ella se hacía cargo de su nieta, la pequeña Lucía, de siete años. No podían dejar a la niña sola, y Marina apenas estaba en casa, entre el trabajo y los quehaceres.
Su marido… Ay, David. Actuaba como si con los años se le hubiera arrebujado en el pecho el clásico «demonio de la infidelidad». Llegaba tarde, a veces de madrugada. Olía a perfume demasiado dulce, excusándose con «es solo una colonia nueva», aunque hasta el portero del edificio sabía que tenía amantes. Y no solo una.
Se equivocaba al nombrarla, llamándola a veces Laura, otras Olga o Sonia. Y siempre con ese aire de suficiencia, como diciendo: «Sí, ya me pillaste, ¿y qué?». Ni siquiera se esforzaba por ocultarlo. Parecía enorgullecerse. «Sí, soy así», rezumaba su mirada.
Todo podría haber seguido eternamente, si no fuera porque una noche, a las tres de la mañana, el teléfono del pasillo chilló como poseso. Otra de sus conquistas buscaba a su «gatito» y exigía a gritos: «¿Dónde está? ¿Por qué no contesta?». A Marina no la escandalizó la llamada, solo lo fácil que esa mujer irrumpió en su casa, su noche, su vida.
Cuando David apareció al amanecer, con cara de resaca, Marina no pudo contenerse. Sus cosas salieron volando al pasillo con tal rabia que hasta el gato se escondió bajo el sofá. Él intentó defenderse:
—Vale, tengo a alguien. ¡Pero no pienso dejar a mi familia! Tenemos hijos. Mi madre está enferma. ¡Somos una familia!
Pero Ana Martínez salió de la habitación y, por primera vez en años, alzó la voz:
—Si quieres estar con otra, adelante. Pero lejos de aquí. Yo encontraré dónde quedarme. Casi termino el tratamiento. Y el niño tiene exámenes. Bastante carrito. ¡Todos merecemos una vida digna!
Marina intentó protestar, argumentando que era su casa y su decisión. Pero su suegra no cedió:
—No me meto, pero mientras viva aquí, no permitiré que conviertan este piso en un burdel. Que recoja sus cosas. Yo me buscaré una habitación esta semana. Lo demás, allá vosotros.
Bajo la mirada de su hijo mayor, David, refunfuñando, metió camisas y pantalones en una bolsa de deporte. Fue incómodo. Humillante. Pero merecido.
Tras su marcha, Marina notó algo que no sentía desde hacía mucho: silencio. Un silencio auténtico. Nadie gritaba, ni llamaba a media noche, ni exigía cena. Ana venía a la semana, trayendo magdalenas para Lucía y los últimos chismes del barrio. Y de pronto, Marina descubrió que se despertaba sin ese nudo en la garganta. Hasta empezó a mirarse al espejo de otra manera.
Dos meses después, cuando Ana terminó el tratamiento y se preparaba para volver a Villarreal, David apareció en la puerta. Con un ramo. Con cara de culpable. Con una frase que heló a Marina:
—Perdóname. Ella me echó. Lo he entendido todo. Dame otra oportunidad. ¿Empezamos de cero?
Ana, ya con el abrigo y la maleta, miró a su nuera:
—Es tu decisión. No me meto. Pero ya es hora de que pienses en ti, no en quién te da pena.
Y, tomando a los niños de la mano, se fue a la cocina.
Marina permaneció en el recibidor, observando al hombre que la había traicionado demasiadas veces. A quien había sido su familia. Y ahora era solo un extraño. Tenía que decidir. Una elección que ya no dependía de nadie. Solo de ella.





