A pesar de otras, nunca pensé en dejar a mi familia

Todas las amigas le decían a Marina que estaba loca. Y ella… lo sabía perfectamente. Pero ni siquiera con esa conciencia podía cambiar nada. Sus sentimientos por su marido se habían apagado hacía tiempo. Desaparecieron sin más, ahogados entre lavadoras, cenas, noches en vela y un trabajo interminable. Antes volaba a casa impulsada por el amor, pero ahora solo caminaba por inercia: exhausta, consumida, con los ojos vacíos. A sus cuarenta años, parecía de cincuenta, y no era una exageración, sino la pura realidad.

La única persona que realmente la compadecía era… su suegra. Ana María. Una mujer de carácter difícil pero con un corazón enorme. Ahora vivía con Marina y su hijo, tras mudarse a la capital desde un pueblo perdido de Extremadura para seguir un tratamiento que en su tierra no existía. La habían acomodado en el cuarto de los niños, y ella se había hecho cargo de su nieta Lucía, de siete años. La niña aún era muy pequeña para quedarse sola, y Marina estaba fuera de casa desde el amanecer hasta la noche.

Su marido… Ay, Diego. Actuaba como si con los años le hubiera entrado el demonio en el cuerpo. Llegaba tarde casi siempre. A veces no aparecía hasta el amanecer. Olía a perfume dulzón, excusándose con eso de que era “una nueva fragancia masculina”, aunque todo el vecindario ya sabía que tenía otra. O más de una.

Empezó a confundir los nombres. A Marina la llamaba Laura, luego Olga, después Sole. Y cada vez con ese gesto de suficiencia, como diciendo: *”Sí, ya lo sabes, ¿y qué?”*. Ni siquiera se molestaba en disimular. Parecía incluso orgulloso. *”Sí, soy así”*, rezumaba su mirada.

Todo habría seguido igual de no ser porque, una noche, a las tres de la madrugada, el teléfono del pasillo estalló en un chillido histérico. Otra de sus conquistas buscaba a su *”cielito”* y con voz desafiante exigía: *”¿Dónde está? ¿Por qué no contesta?”*. Marina se quedó helada, no tanto por la llamada, sino por la facilidad con la que esa mujer invadía su casa, su noche, su vida.

Cuando Diego apareció al amanecer, con cara de resaca, Marina no pudo contenerse. Su ropa salió volando al pasillo con tal furia que hasta el gato se escondió bajo el sofá. Él intentó justificarse:

*—Sí, tengo a otra. ¡Pero no pienso dejar a mi familia! ¡Tenemos hijos! ¡Mi madre está enferma! ¡Somos una familia!*

Pero Ana María salió del dormitorio y, por primera vez en años, alzó la voz:

*—Si quieres estar con otra, vete. Pero lejos de aquí. Yo encontraré dónde quedarme. Solo me queda terminar el tratamiento. Y tu hija tiene exámenes. Ya basta de vivir en un sofá. ¡Todos merecemos una vida digna!*

Marina intentó protestar, diciendo que era su casa, que ella decidiría. Pero su suegra no cedió:

*—No me meto, pero mientras viva aquí, no permitiré que conviertan este piso en un burdel. Que recoja sus cosas. Yo me quedaré hasta fin de semana y buscaré una habitación. Lo demás… es cosa vuestra.*

Bajo la mirada fría de su madre, Diego, refunfuñando, metió camisas y pantalones en una bolsa deportiva. Fue incómodo. Humillante. Pero merecido.

Después de su marcha, Marina sintió por primera vez en años que su casa estaba en silencio. Un silencio verdadero. Nadie gritaba, nadie llamaba a medianoche, nadie exigía comida. Ana María venía a visitarlas una vez por semana, trayendo magdalenas para Lucía y las últimas noticias. Y Marina, de pronto, notó que ya no se despertaba con un nudo en la garganta. Hasta comenzó a mirarse distinto en el espejo.

Pasaron un par de meses, y cuando Ana María terminó su tratamiento y se preparaba para volver a su pueblo, Diego apareció en la puerta. Con un ramo de flores. Con cara de culpable. Con una frase que heló la sangre de Marina:

*—Perdóname. Ella me echó. Lo he entendido todo. Dame otra oportunidad. ¿Empezamos de cero?*

Ana María, ya con el abrigo puesto y la maleta en mano, miró a su nuera:

*—Decide tú. No me meteré. Pero es hora de que pienses en ti, no en quién te da pena.*

Y, tomando a la niña de la mano, se fue a la cocina.

Marina se quedó en el recibidor, mirando a ese hombre que la había traicionado no una, sino mil veces. Al que había sido su familia. Y que ahora solo era un extraño. Y tenía que decidir. Una decisión que ya no dependía de nadie más. Solo de ella.

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A pesar de otras, nunca pensé en dejar a mi familia