Un sultán tenía cuatro esposas, pero su preferida era la cuarta, la más joven y cariñosa.

Hoy me siento reflexivo. Siempre he sido un hombre poderoso, un califa en Al-Andalus, rodeado de riquezas y comodidades. Cuatro esposas me acompañaban, pero mi corazón latía con más fuerza por la cuarta: Aisha, joven y llena de gracia. Le llenaba de sedas de Granada, joyas de Toledo y regalos sin fin. La mimaba como a un tesoro.

También amaba a mi tercera esposa, Fatima, cuya belleza eclipsaba la luna. Cada vez que viajaba a Valencia o Barcelona, ella era mi orgullo. Temía, sin embargo, que algún día su mirada se posara en otro.

Mi segunda esposa, Isabel, era astuta y sabia. Mi consejera en las sombras, siempre paciente y bondadosa. Cuando las intrigas de la corte me abrumaban, ella tejía soluciones con la delicadeza de una araña.

La primera, Carmen, fue un legado de mi difunto hermano. Leal hasta la médula, cuidaba mis tesoros y el bienestar de Córdoba. Sin embargo, apenas la miraba. Su devoción me resultaba indiferente.

Hoy, enfermo y débil, me asalta el temor. “Tengo cuatro esposas, pero moriré solo”. Le pregunté a Aisha:

—Te amé más que a nadie. ¿Me seguirás hasta la tumba?
—¡Ni lo sueñes! —respondió, marchándose sin pestañear. Su respuesta me atravesó como una daga.

Con el pecho apretado, me volví hacia Fatima:
—Siempre fuiste mi orgullo. ¿Me acompañarás al otro mundo?
—No —dijo con frialdad—. La vida es hermosa. Cuando mueras, encontraré otro marido.

Mi corazón, herido, buscó consuelo en Isabel:
—Tú siempre me ayudaste. ¿Vendrás conmigo esta vez?
—Lo siento —susurró—. Solo puedo honrarte con un funeral digno.

Entonces, una voz débil rasgó el silencio:
—Yo iré contigo… hasta el final.

Era Carmen, consumida por el abandono. La miré, arrepentido:
—Debí cuidarte mientras pude.

Todos tenemos cuatro esposas. La cuarta es nuestro cuerpo; por más que lo adornemos con sedas y perfumes, nos abandonará al morir. La tercera es nuestra fama y riqueza, el oro y la gloria que otros heredarán. La segunda es nuestra familia, que nos despide con lágrimas… pero no cruza el umbral.

Y la primera, la olvidada Carmen, es nuestra alma. La única que nos sigue sin condiciones. Cuidémosla, que es el único regalo verdadero que llevamos más allá.

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MagistrUm
Un sultán tenía cuatro esposas, pero su preferida era la cuarta, la más joven y cariñosa.