No me gusta mi propio nieto. ¿Cómo aprender a sentir ese calor que todos dicen que debe nacer del corazón?
Me llamo Carmen Jiménez, tengo sesenta y dos años, y necesito confesar algo que, hasta ahora, creía imposible. Algo que me atormenta, que escondo por miedo al qué dirán, por temor a perder el vínculo con mi hija y… por la vergüenza que siento hacia mí misma.
Mi única hija, Lucía, lleva seis años viviendo en Alemania. Se marchó para estudiar y allí conoció a su marido, un alemán con el que poco después se casó. No pude asistir a la boda: problemas de salud, el lío de los visados y, la verdad, tampoco me lo podía permitir. Esperábamos con ansias reunirnos, pero incluso cuando nació su hijo, mi nieto, no pude viajar enseguida: papeleo, restricciones, miles de kilómetros de distancia…
Al pequeño Daniel (en su casa lo llaman Dan) no lo conocí hasta dos años después de su nacimiento. Imagínense: el primer nieto, tan esperado, tan deseado. Cuántas veces soñé con ese momento… cómo lo abrazaría, cómo las lágrimas rodarían por mis mejillas, cómo él tocaría mi pelo con curiosidad y yo reiría, acariciando su cabecita…
Pero la realidad fue distinta. Desde el primer abrazo, solo sentí confusión. Frío. Vacío. Él me alcanzaba los brazos como a una tía cualquiera, pero en mi corazón no brotó ni cariño, ni ternura, ni ese amor del que tanto se habla. Me esforcé al máximo: sonreía, jugaba, preparaba sus galletas favoritas. Todo mecánico, como si interpretara un papel que no me correspondía.
“Pasará”, me decía. “Es pequeño, solo necesita tiempo”. Pero los días pasaban y nada cambiaba. Seguía igual: fría, perdida. A veces me asaltaba un pensamiento horrible: si fuera el hijo de mi vecina, actuaría igual. ¿Acaso no tengo corazón? ¿Qué me pasa?
Cuando Lucía, su marido y el niño volvieron a Alemania, sentí… alivio. Y al instante, una culpa tremenda. ¿Cómo era posible? ¡Es mi nieto! El hijo de mi hija. ¿Tengo derecho a sentirme así? Yo soñaba con ser abuela; tejía patucos antes de que naciera, imaginaba cómo lo malcriaría, le leería cuentos, lo llevaría de la mano al parque…
Ahora vivo con este vacío. No me atrevo a contárselo a Lucía: no lo entendería. Para ella sería una traición. ¿Cómo decirle que no quiero a su hijo? Que no siento esa conexión. Como si fuéramos de mundos distintos, un hilo roto antes de anudarse.
Hace unos días me llamó, emocionada. Vendrán en mayo, quiere que planeemos excursiones, que Daniel (que ya habla un poco de español) me recite poesías… Yo asentí, mientras el corazón se me hundía en un pozo de angustia.
¿Cómo volver a ponerme la máscara de abuela cariñosa? ¿Fingir que soy feliz cuando dentro todo es distinto? ¿Será que me he vuelto dura con la edad? ¿O que no perdono a Lucía por marcharse, por casarse con un extranjero, por tener una vida donde quizá ya no quepa yo?
No lo sé. Solo quiero entender: ¿se puede aprender a querer a un nieto? ¿O ese amor nace o no nace? ¿Por qué no lo siento? ¿Qué hago mal? ¿No estoy hecha para esto? ¿O es que la pena por perder a mi hija se ha convertido en indiferencia hacia su niño?
A quienes hayan sentido algo parecido: ¿les pasó? ¿Cuándo llegó ese cariño? ¿Qué hicieron para derretir el hielo dentro de ustedes?
Duele escribirlo. Pero no quiero vivir fingiendo. Quiero ser una abuela de verdad. Querer. Sentir. Anhelo que Daniel algún día diga: “Tengo la mejor abuela del mundo”. Pero hoy, no sé cómo llegar ahí.





