PEREGRINANDO HASTA LAS ESTRELLAS
– ¡Fernández, es hora del desayuno! – La celadora empujó el carrito dentro de la habitación. Alba medio abrió los ojos y giró la cabeza hacia la puerta con desgana.
– No tengo hambre. Gracias. – Respondió ella.
– Vamos, señorita, tiene que recuperar fuerzas. – Detrás de la celadora entró el médico.
Alba permaneció en silencio. La celadora dejó apresuradamente un plato de gachas y un vaso de té en la mesa de noche. Susurró:
– Come, anda, que Javier tiene razón. – Y salió de la habitación rápidamente.
– ¿Cómo te sientes? ¿Primaveral? – Sonrió Javier.
– No diría eso. – Respondió Alba con tristeza, volviéndose hacia la ventana.
– Eso está bien. – Continuó el médico sin prestar atención al tono de su paciente. – La operación está programada para mañana. – Anunció con seriedad.
– ¿Aumentarán las posibilidades? – Preguntó Alba, girándose hacia él.
– Sin duda. Aunque no hablamos aún de una recuperación completa. – Confesó Javier.
– ¿Podré caminar? – Alba se tensó.
– No quiero darte falsas esperanzas… – Tras una pausa, respondió Javier. – Pero hay que aprovechar todas las oportunidades.
– Entiendo… – Alba volvió a mirar por la ventana. No escuchó cuando Javier salió, ni que afuera las aves ya cantaban como en primavera.
El accidente fue terrible. Al volante iba su amiga Carmen. Intentando esquivar a otro coche, Carmen giró bruscamente, el coche derrapó en la carretera resbaladiza y no pudieron evitar la colisión. El mayor impacto lo recibió el lado del pasajero. Alba volvió en sí sólo en el hospital. Como supo después, Carmen resultó menos herida, con una fractura en el brazo y una conmoción. Alba tenía varias costillas rotas, una fractura abierta en la pierna y, lo principal, sufrieron su columna vertebral. Los pronósticos eran desalentadores; las posibilidades de que Alba pudiera volver a caminar eran mínimas. Quizás otra persona se hubiera conformado con haber sobrevivido, pero para Alba su mundo se derrumbó en un instante. Los bailes eran todo para ella: su vida, su trabajo, su inspiración. Para ella, moverse era como respirar. ¿Y ahora?
Otro golpe bajo fue la reacción de Diego. Llevaban dos años juntos, y recientemente él le había pedido matrimonio. Hace dos semanas, cuando Diego estaba allí, en la habitación junto a Alba, ella comprendió sin palabras que la boda no se celebraría. Cuando ella le contó sobre los pronósticos de los médicos, Diego permaneció pensativo mirando al suelo, luego dijo, con poca convicción:
– Tienes que pensar en positivo. Todo se arreglará.
Los siguientes tres días no apareció. Luego llegó un breve mensaje de él: “Lo siento. No puedo hacerlo”. Se rompió el último hilo de esperanza. Alba ya no lloraba, con sus ojos vacíos y vidriosos miraba el blanco techo, imaginando que en cualquier momento este se vendría abajo y todo terminaría.
Su madre, acariciándole la mano, trataba de consolarla, sonreía diciendo que aún no todo estaba perdido, que había que luchar, que lucharían juntas. Pero Alba veía que los ojos de su madre estaban rojos por las lágrimas que derramaba cada vez que salía de la habitación. Javier, su médico tratante, también seguía insistiendo en que había que luchar.
– ¿Para qué? – Preguntó Alba un día.
– Para ser feliz. – Respondió simplemente Javier.
– Nunca seré feliz de nuevo. – Replicó Alba. Javier la miró atentamente:
– Seguro que sí, pero depende más de ti que de los demás. No tengo tanta experiencia, pero he conocido personas que superaron lo aparentemente imposible, dejaban en las habitaciones del hospital hasta enfermedades incurables, porque querían vivir, querían ser felices.
Alba no respondió. No quería vivir. No quería vivir así. Y, ¿cómo iba a ser feliz? Hubiera preguntado al doctor, pero decidió no continuar la conversación. Al fin y al cabo, los médicos quizás tienen la costumbre de animar a los pacientes.
– ¿No duermes? – Javier abrió suavemente la puerta, dejando entrar un rayo de luz en la oscuridad de la sala.
– No duermo. – Respondió Alba, sin notar que el médico le hablaba de tú.
– ¿Estás nerviosa? – Preguntó él, sentándose en una silla junto a la ventana.
– No. – Alba se encogió de hombros.
– Imagina que el accidente no ocurrió. Y han pasado diez años. ¿Cómo sería tu vida? – Preguntó Javier, mirando hacia la ventana.
– No sé. Quizás seguiría actuando. O tal vez ya no, llevando a mi hija a clases de baile. – Alba esbozó una ligera sonrisa, pero luego recordó que su boda nunca se celebró. – ¿Sabe? Él me dejó. En cuanto supo, me dejó.
– ¿Quién? – Javier ya intuía la respuesta. – ¿Crees que te amaba?
– No sé. – Alba volvió a encogerse de hombros. – Quizás eso sólo pasa en las películas románticas, que te aman tanto que te siguen al fin del mundo, y en la vida real, prometen alcanzarte una estrella y, en realidad… – Alba se interrumpió. Javier también era hombre. Además, era joven y atractivo, como reciéntemente había notado. Seguro que él no se hubiera acobardado. De hecho, estaba allí, apoyándola.
– Bueno, Fernández, a dormir. Las estrellas también serán para ti. – Javier salió. Alba miró por la ventana. Un pedazo de cielo estrellado era, efectivamente, visible. “Ojalá una estrella cayera ahora”, pensó Alba, pero las estrellas no caían, al menos no mientras ella no se quedó dormida.
– ¿Cómo te encuentras? – Javier estaba frente a la cama de Alba. – José Antonio dijo que la operación fue bien.
– Tal vez. Pero aún no siento mis piernas. – Suspiró Alba.
– Mira lo que te he traído. – Javier ofreció a Alba una cajita pequeña. Alba la abrió y sonrió. La caja estaba llena de pequeñas estrellas de confeti brillantes. – Si trabajas duro, llegarás a las estrellas de verdad por ti misma. – Prometió el doctor.
La rehabilitación fue larga, agotadora y, según Alba, sin resultados. Javier, a quien ahora ella llamaba sólo por su nombre, la visitaba a menudo. Conversaban como viejos amigos, sobre temas diversos. Javier sabía cómo distraer a Alba de sus pensamientos tristes, y ella empezó a creer sus palabras de que el esfuerzo daría sus frutos.
– ¿Cómo lo llevás hoy? – Javier entró en la sala después de las diarias sesiones de ejercicios, en las que la enfermera intentaba devolver la vida a las piernas rígidas.
– Más o menos. – Alba se encogió de hombros.
– Ha florecido la lila. – Javier extendió a Alba una ramita esponjosa escondida tras su espalda. Ella inhaló el fresco aroma que cosquilleaba sus fosas nasales y, como una niña, buscó una flor de cinco pétalos.
– Aquí tampoco hay. – Alba hizo un puchero y levantó la vista.
– ¿Y aquí? – Javier le ofreció otra cajita. Sonrió, anticipando otra porción de estrellas. Pero al abrir la caja, se quedó helada. Un anillo destellaba con un pequeño diamante.
– ¿Te casarías conmigo? – Preguntó Javier cuando Alba trasladó la mirada del anillo a él. Ella guardó silencio. Javier respiró profundamente y se sentó en la cama.
– Te has sentado en mi pierna… – Dijo Alba en voz baja. – ¡Te has sentado en mi pierna! – Gritó alegre y se echó a reír. – ¡Te has sentado en mi pierna! ¡La siento!
Javier se levantó de un salto y también se echó a reír. Y entonces, Alba rompió a llorar. Sonreía, pero las lágrimas corrían por sus mejillas.
– ¿Por qué lloras? ¿Te duele? – Se preocupó Javier. Alba negó con la cabeza:
– ¿Recuerdas que te dije que nunca volvería a ser feliz? Realmente lo creía. Y hoy hay tanta felicidad de repente. Si no te asustó proponerme matrimonio a mí, una lisiada, espero no asustarte ahora con mis lágrimas. – Alba se echó a reír de nuevo.
– Nada podría asustarme. – Respondió Javier y miró con ternura a su prometida.
***
– ¡Mamá, ¿viste?! ¡Lo logré! – Anxela corrió hacia el banco donde estaba sentada Alba.
– Claro que lo hice. Y lo grabé para papá. Eres una campeona. – Alba abrazó a su hija.
– Olga me dijo que bailaré en el centro. – Presumió Anxela. – ¿Eso significa que bailo mejor que todos?
– Sí. – Susurró Alba y le reveló un secreto. – Pero shhh, si te creces, no saldrá bien. – Anxela asintió comprensiva. – Ahora arréglate, vayamos a buscar a papá al trabajo.
Pasaron diez años. Alba ya no pudo bailar en grandes escenarios, pero en su boda bailó bastante bien. Como señaló Javier, mejor que él. El camino hacia las estrellas para Alba fue largo, pero juntos con Javier lo lograron. Y para no olvidarlo jamás, y recordar que hay que creer en lo mejor, soñar, sin importar lo que suceda, propuso pintar el techo de su dormitorio como un cielo estrellado. Javier estuvo de acuerdo. Al abrir los ojos por las mañanas, Alba sabía que podía alcanzar las estrellas con sólo desearlo. Cualquier estrella, siempre.





