Y además, acaba de comprender que su suegra no es tan mala mujer como ella pensó todos estos años.
La mañana del treinta de diciembre amanece como cualquier otra de los últimos doce años, que es exactamente el tiempo que Lucía lleva viviendo con Jaime.
Todo ocurre como siempre: él se va de madrugada de caza y no regresará hasta el mediodía del día siguiente, el hijo se ha quedado con la abuela y Lucía vuelve a encontrarse sola en casa.
Después de tantos años, se ha acostumbrado a esta rutina; Jaime es un entusiasta de la caza y la pesca, y pasa todos los fines de semana y festivos en el campo, haga el tiempo que haga, mientras ella espera en casa.
Pero hoy, sin saber por qué, Lucía siente una tristeza profunda, una soledad que no logra sacudirse.
En otros tiempos, dedicaba estos días a limpiar, cocinar o a cualquier tarea doméstica de las que nunca faltan. Mañana es Nochevieja, como cada año la celebrarán en casa de su suegra, siempre igual, sin sorpresas, y, sin embargo, hoy no tiene ganas de hacer absolutamente nada; parece que todo se le cae de las manos.
Así que la llamada de su amiga fue como un rayo de luz; Lucía se alegró de oír su voz. Su mejor amiga desde el colegio, Matilde, siempre alegre, divorciada y con fama de montar las mejores tertulias en su piso. Y, como no, hoy también llamó.
¿Otra vez sola en casa? ni lo preguntó, lo afirmó con ese tono de siempre. ¿Jaime se ha largado otra vez a sus montes? Vente esta noche conmigo, va a venir gente genial, ¿para qué vas a quedarte mustia?
Lucía no prometió nada, ni pensaba salir, pero llegada la tarde, la melancolía se hizo insoportable. De repente, le vino a la mente el pasado y, precisamente hoy, le dolía especialmente no tener a su marido cerca.
Todos estos años, Lucía solo ha tenido su casa, su trabajo y su hijo. Nunca han ido a ningún sitio, Jaime se aburre en las reuniones sociales y solo piensa en pescar o en cazar, y a ella tampoco le gusta ir sola.
Por eso tampoco han viajado nunca de vacaciones, siempre las han pasado en el pueblo con la madre de Lucía. Y aunque ella agradecía que su marido se llevara tan bien con su suegra, en el fondo anhelaba ver el mar, descubrir mundo, salir de la rutina.
Por la noche, se lo pensó mejor: ¿por qué no aceptar la invitación?, peor sería seguir sola en casa. Así que decidió ir donde su amiga, rodeada de amigos de la infancia y antiguos compañeros, y Lucía pasó una velada maravillosa.
Lo más curioso es que allí estaba Gabriel, su primer amor de juventud. Todo fluyó de manera inesperada y, sin saber muy bien cómo, Lucía acabó pasando la noche junto a Gabriel; ni siquiera había bebido tanto, pero la nostalgia le pudo.
A la mañana siguiente, sentía vergüenza y remordimiento; solo quería olvidar aquel tropiezo. Salió prácticamente huyendo del piso de Gabriel.
Pero en casa le esperaba una sorpresa: nada más entrar, vio la ropa de Jaime en una silla; señal de que había vuelto antes de lo habitual.
Sintió las piernas flojear; si su marido se enteraba de que no había dormido en casa, podía imaginarse la bronca y la ruptura. Jaime jamás lo perdonaría, sabía que él era así, y ella tampoco se perdonaría semejante error.
Se reprochaba todo, preguntándose cómo había podido ser tan tonta de poner en peligro su matrimonio; al fin y al cabo, quería a su marido. El teléfono fijo sonó y la devolvió de golpe a la realidad.
Era su suegra, No sé qué habrá pasado entre vosotros, pero anoche me llamó Jaime y no pudo localizarte. Le he dicho que estabas con la tía Carmen, que se puso mala y fuiste a cuidarla, así que no me falles
Lucía no podía creerlo; nunca pensó que su suegra, Rosa Palomares, le cubriría. No era una relación conflictiva, pero Rosa nunca mostró gran afecto por su nuera. Desde el principio se opuso a la boda, decía que se casaban demasiado jóvenes, y los primeros años de matrimonio, mientras vivieron con ella, le hizo la vida difícil.
Cuando por fin se mudaron a su propio piso, el trato con su suegra se volvió casi formal, viéndose solo en cumpleaños y Navidades, y entre las dos reinaba una especie de armisticio. Pero en ese instante, Lucía solo sentía gratitud, y por mucho que temiera lo que pudiera pasar después, lo importante es que su marido no sabia dónde había estado realmente.
Por la noche, los dos fueron a cenar a casa de Fernando y Rosa. Lucía aprovechó que estaban solas en la cocina para sacar el tema, quería agradecerle su ayuda y pedir disculpas.
Pero su suegra le cortó rápidamente:
No le des más vueltas. ¿Acaso crees que soy de piedra? Sé lo que es vivir con un hombre que solo ve sus aficiones, y yo tampoco soy ninguna santa Mira a Fernando, dijo con la cabeza, señalando a su marido, toda la vida entre el monte y los cotos, ¿piensas que no me dolía? Lo importante es que estas cosas no sean costumbre, ya me entiendes añadió mirando con complicidad.
Lucía lo entendió perfectamente. Y, además, comprendió que su suegra no es esa bruja de la que tanto renegaba; es mucho más comprensiva de lo que jamás imaginó. Así que, al final, todo acaba bien, y Lucía se prometió que, de ahora en adelante, nunca más saldrá sola de casa sin Jaime.
De la red.







