¡Vaya por donde, qué sentido de la justicia el suyo, doña Carmen! Es decir, el año pasado nuestros hijos se asaban en el huerto, luego pasamos todo el año trabajando como burros para arreglar su casa de campo, y ahora los hijos de Lucía disfrutarán de las comodidades mientras los nuestros se quedan en casa? ¡Menuda ecuanimidad la suya! reventó al fin Olga.
Sí, dije que era para los niños, ¡pero nunca especifiqué que solo para los suyos! ¿Acaso cree que no tengo otros nietos? Primero descansaron los suyos, ahora los de Lucía. Todo muy justo.
¡Vaya justicia más peculiar, doña Carmen! Olga apretó los dientes. O sea, los míos se sofocaron entre tomates el verano pasado, luego nos dejamos la espalda por su finca, y ahora los de Lucía nadarán en la piscina mientras los míos se aburren en el piso. ¡Qué igualdad tan bonita!
Bueno, el año que viene traerá a los suyos. La casa no se va a mover. ¡Al fin y al cabo somos familia! Unas veces ayudan ustedes, otras Lucía. ¡Y al final, es mi propiedad y hago lo que me da la gana!
¡Ah, sí! Lucía aportó un saco de arena para el arenero en todo este tiempo. Vaya contribución impagable bufó la nuera.
Doña Carmen, justo sería repartir por igual. ¿Por qué no los toma un mes a unos y otro mes a los otros?
¡Ni hablar! Con esa multitud, en dos meses acabo hecha polvo. No tengo edad para tanto jaleo replicó la suegra.
¿Y si son dos semanas?
Imposible. Ya le prometí a Lucía. Ella y Javier tienen vacaciones en julio y quieren descansar sin niños. No hay manera.
Tráigalos el miércoles que viene hasta el viernes. Un par de días los paso con ellos encantada, pero más… Me supera.
Olga exhaló hondo. Un par de días. Después de todo lo invertido en esa finca, era un insulto. Casi una limosna.
Bien. Lo entiendo. Adiós colgó, hundiéndose en el sofá.
Se tapó la cara. ¿Y ahora qué? Todo el año sus hijos soñaron con ir a lo de la abuela: jugar en el columpio nuevo, chapotear en la piscina… Y ahora otros lo disfrutarían.
…Todo empezó tan inocente. El verano pasado, Óscar visitó a su madre y Olga lo acompañó. No pisaba la casa rural desde hacía una década, cuando aún vivía el suegro. El lugar seguía igual: ventanas chirriantes, retrete exterior, maleza hasta la cintura. Tejas desniveladas, ramas secas. Dentro, muebles de los setenta, papel pintado desteñido, humedad.
¡Cuánto por hacer! suspiró doña Carmen. Hijo, empieza por la hierba y las ramas.
Mientras Óscar podaba, la suegra sirvió té. Hablaron de notas, trabajo, salud. Hasta que…
Me encantaría traer a los nietos, pero ¿qué harían aquí? se lamentó. Solo cazar ranas o cavar patatas. Sin comodidades…
Olga miró la cocina. Recordó sus veranos infantiles en el pueblo, buscando gusanos para el abuelo o trenzando coronas de flores que enfurecían a su abuela:
¡Otra vez estas enredaderas! ¡No hay paz!
Para ella, cada día era aventura: mariposas raras, picaduras de abeja… Quería esos recuerdos para sus hijos.
¿Y si entre todos arreglamos el sitio? propuso. Poco a poco.
¡Justo lo que pensaba! aplaudió doña Carmen. Mejor invertir aquí que en hoteles.
A mí me da igual, pero los niños lo agradecerán. Sin playa, al menos tendrán el lago. Los traeré cada verano.
Y así fue. Para septiembre pusieron ventanas nuevas, Óscar reparó la valla, Olga encontró muebles infantiles de segunda mano. Los niños pasaron agosto allí, embelesados:
¡Mamá, ¿volveremos? Recolectamos caracoles, vimos un lagarto y una mantis!
Claro sonrió Olga. El año que viene estará mejor.
Doña Carmen asentía, radiante.
El año transcurrió entre reformas: agua corriente, baño, aire acondicionado. Pérgola, arenero, piscina desmontable. Los niños no paraban de preguntar cuándo volverían.
¡Sois unos campeones! celebraba la abuela. Ahora tendrán su paraíso.
Olga creyó en ese proyecto familiar. Mientras, Lucía (la otra nuera) no movió un dedo. Solo llevó un saco de arena cuando lo pidieron.
Óscar y Olga renunciaron a vacaciones, pensando en el futuro. ¿Y su recompensa? «El año que viene».
Desconsolada, Olga llamó a su madre:
Tu suegra te engatusó resopló esta. Pudo avisar antes.
¿Y ahora qué? No tenemos ahorros para viaje.
Alquilo una casita yo misma. Necesito aire fresco.
Al principio, Olga dudó. Pero en una semana encontraron una cabaña modesta con manzanos y barbacoa. Compraron columpios y otra piscina. Y entonces…
¿Así que me quitan hasta esto? chilló doña Carmen al ver a Óscar desmontar lo instalado. ¿Por no aceptar a sus hijos este año, arruinan la felicidad de los de Lucía?
Olga cruzó los brazos:
Compramos esto para nuestros hijos. Que Lucía compre lo suyo.
La suegra se quedó sin palabras.
El mes voló. Los fines de semana, asados, excursiones por el bosque. Los niños, agotados y felices, dormían temprano. En la terraza, Olga reflexionaba: esta humilde cabaña era más hogar que la lujosa finca. Sin intereses ocultos.
El alquiler salió más barato que las reformas. Los niños lo resumieron al marchar:
¡Fue mejor que lo de la abuela!
Olga sonrió. Al menos tendrían algo que contar en la redacción escolar.
Ahora que ella y Lucía inviertan dijo en el coche. Nosotros seguimos solos. Eso sí es justo.
Aprendió la lección: haría cualquier cosa por sus hijos, pero jamás confiaría ciegamente en promesas ajenas.
¿Qué opinan del actuar de la abuela?







