Te cuento algo que me pasó en el barrio de Lavapiés, justo en la tienda de mi tío José. Un día estaba yo detrás del mostrador cuando entró un chaval flaco, de esos que siempre van con la ropa algo gastada pero bien arreglada. Tenía los ojos puestos en un tarro de mermelada de frambuesa y, sin decir nada, el dueño se le acercó:
¡Buenas, Álvaro! ¿Cómo va?
Pues bien, señor, nada del otro mundo…
¿Y tu madre? ¿Ya está de vuelta en la faena?
No, sigue en casa porque no se siente muy bien…
¿Querías comprar mermelada?
Solo la estoy mirando. A mi madre le encanta la de frambuesa, pero ahora mismo no tenemos un duro para comprarla.
Entonces véndeme la pulsera que llevas. ¿La hiciste tú mismo?
En su muñeca llevaba una pulsera hecha a mano con trozos de cables de teléfonos de colores.
Sí, señor, pero seguro que es muy pequeña para usted.
La compro para mi sobrino. ¿Qué te parece?
Mira, con esa pulsera no voy a conseguir lo que necesito…
Exacto, lo que necesito es lo mismo que cuesta ese tarro. ¡Te has curado tres noches para crear esos diseños!
Sí, he pasado tres noches encima…
Entonces está pactado. La pulsera es mía, la mermelada es tuya, o mejor dicho, es tuya y de mi madre.
Muchas gracias, eres muy amable.
El chico, con una sonrisa, agarró el tarro, se quitó la pulsera y se la entregó al tendero.
Que tenga un buen día, señor.
Nos vemos después, Álvaro.
En la caja estaba mi esposa Begoña, y al oír el intercambio no pudo evitar sonreír. Cuando notó mi cara de sorpresa, me explicó:
Llegarán más chavales como él. Sus familias son bastante pobres y no pueden comprar alimentos decentes, pero José intenta ayudarles comprándoles lo que pueda. Una vez me pidió que le vendiera una resortera y él la pagó con una barra de buen chorizo…
Salí de la tienda con la cabeza dando vueltas por la generosidad de José. Nunca pensé que el hombre, que siempre pesa todo al gramo y ajusta la balanza cuando la aguja se pasa, pudiera ser tan solidario con las familias necesitadas.
José era muy conocido por el barrio, su tiendita era un punto de referencia y él y Begoña siempre preguntaban a los clientes cómo les iba, con buen humor y tratando de atenderles lo más rápido posible.
Los años pasaron como el agua. José envejeció y se despidió de este mundo En su funeral hubo muchísima gente. Entre los asistentes estaban tres sargentos que se quedaron al margen, pero al acercarse a la viuda los saludaron, le besaron la mano y le expresaron su pésame.
Eran precisamente los chavales a los que José había apoyado. Cuando me despedí del difunto, vi en el ataúd varios objetos infantiles, entre ellos la pulsera que había vendido. Esa pulsera me enseñó la verdadera delicadeza de la amabilidad de un tendero. José no solo les daba comida a esos niños, les hacía sentir que cada pequeño trueque era una lección de vida.






