Una anciana de Burgos decidió adoptar un cachorro de mastín español. El perro crecía fuerte y vigilante, defendiendo la casa con entusiasmo. Devastaba un barreño de comida en segundos, rascaba su lomo en la valla hasta dejarla torcida y, en ocasiones, de puro juego, daba tirones intentando alcanzar a la abuela cuando esta pasaba por su lado. Al cachorro siempre le hacía falta alguna travesura para entretenerse.
Con el tiempo, la abuela falleció. No fue por el perro, simplemente no llegó a los 90 años. Al poco, sus hijos y nietos llegaron a la vivienda de campo para hacerse cargo de la casa familiar. Allí, atado en la cadena, se encontraba el perro, observando con esa mirada suya tan peculiar, dejando claro que recibía de otra manera a los visitantes. No todos los días llegan tantos, y encima con el coche lleno de comida variada y nuevas caras a quienes oler y besar.
Surgió la pregunta de qué hacer con el perro. Dormirlo les dolía, pero vivir cerca de ese animal imponente les daba pavor. Soltarlo a su suerte tampoco parecía cristiano; el mundo tampoco merecía semejante reto. Así que decidieron buscarle una buena familia. Si era necesario, incluso ofrecerían una cantidad de euros. Por quien quisiera adoptar al peludo devorador, nada era demasiado.
Encontraron a un hombre llamado Ramón, que siempre había soñado con alimentar a un perro a base de barreños y rascarle detrás de las orejas con un rastrillo. ¡Quién sabe qué necesidades emocionales tenemos los humanos! Llamaron al veterinario del pueblo.
Juntos trazaron el plan: sedarían al mastín y lo trasladarían rápidamente al nuevo hogar. No se olvidaron del ritual; encender una vela por el nuevo dueño, por si acaso en esa aventura alguien necesitaba una oración. Mejor no tentar a la suerte.
Cuando llegó el momento, el veterinario, con su tranquilidad castellana, preparó el rifle cargado de dardos tranquilizantes y, de un solo disparo, mandó al can al reino de Morfeo. Lo desengancharon de la cadena, lo acomodaron en una lona y, entre todos, lo llevaron al maletero, que iba comunicado con el habitáculo del coche.
El veterinario, por profesionalidad, ocupó el asiento delantero, mientras Ramón, el nuevo dueño, conducía. Detrás, los familiares de la abuela charlaban entre sí. En esas, el perro empezó a despertar.
Levantó la cabeza curioso y miró a su alrededor: todo eran personas. Sentadas, calladas, mirándolo con ojos grandes y expectantes.
El veterinario, con los ojos abiertos como platos. Ramón igual, sin atreverse ni a mirar hacia adelante. Daba igual que estuviese conduciendo, estaba demasiado perplejo.
¡Vaya, qué interesante! debió pensar el perro.
¿Existirá el cielo? pensaban los humanos.
El mastín no dudó y empezó a subir al asiento trasero, acercándose a la familia. Mientras Ramón manoseaba la manilla para salir huyendo, el perro aprovechó para lamer a todos: nietos, hijos, incluso a su nuevo dueño y al veterinario, aunque este último le había disparado. Quizás no sea tan mala persona, podría haber pensado.
Así fue como, empapados de arriba abajo por la saliva canina, todos descubrieron que se equivocaban, que el supuesto monstruo era solo un corazón grande y peludo. La emoción los desbordaba, y entre risas y lágrimas, llegaron al nuevo hogar con una gran lección: a veces, lo que más tememos es aquello que más amor tiene para dar.
Al final, en aquella finca familiar castellana, aprendieron que la verdadera familia no entiende de especies, y que los prejuicios raramente sobreviven a una buena dosis de cariño y humildad.






