La sorpresa de los vecinos: una perra en una casa abandonada cuidaba a criaturas que no eran sus cachorros

La gente se quedó boquiabierta: en la casa abandonada, la perra alimentaba a alguien, pero no eran cachorros

Carmen Jiménez volvía del supermercado arrastrando dos bolsas que parecían llenas de adoquines, mientras le daban vueltas los pensamientos. Las rodillas protestando menuda faena de artrosis, su nieta que le prometió llamar y ni rastro, y este invierno raro, que tan pronto nieva como te mete una tromba de lluvia y deja todo un lodazal. Todo daba vueltas en su cabeza, cuando de repente tropezó y casi se dejó los dientes en el asfalto.

Al darse la vuelta vio que una perra mestiza, de esas callejeras color canela y más flaca que el hambre, se coló corriendo entre sus piernas. Tanta costilla al aire y ese pelaje hecho greñas…

¡Pero adónde vas, condenada! le salió del alma.

La perra ni parpadeó. Corría como si la esperaran con las campanas en algún lado. Llevaba algo en el hocico ¿era un trozo de barra de pan?

Tendrá los cachorros escondidos por ahí masculló Carmen. Ya ves, en cuanto se respira un poco de primavera, ¡zas! perritos por todas partes.

Carmen encajó la bolsa en el brazo y siguió su camino, pero notaba un runrún en el estómago. Como si hubiese algo en todo aquello fuera de lugar.

Al día siguiente, el deja vu la visitó puntual: otra vez la misma sombra canela, el mismo pan entre los dientes, rumbo fijo a la casa abandonada al final del patio, donde vivía antes la vieja Eulalia. Medio año llevaba la casa vacía, tras el fallecimiento de la buena señora, y se había quedado ahí, plantada y tétrica.

¡Carmen, mira, tu amiga la perra de cada día! le gritó desde el balcón la vecina María Ángeles, siempre pendiente de la vida del patio. ¿De dónde sacará de comer la criatura?

¿Qué comida? se paró Carmen.

Pero si se la ve, siempre cargando algo en la boca. Debe rebuscar en los contenedores para amamantar cachorros dijo la otra, como si tal cosa.

¿Y tú estás segura de que son cachorros?

¿Y qué iban a ser? ¡La naturaleza manda y la primavera aprieta!

Carmen asintió, pero tenía la mosca detrás de la oreja. Cachorros, sí pero había algo en la mirada de la perra que no terminaba de encajar.

La canela se escabulló una vez más por el hueco de la valla destartalada y desapareció dentro. Carmen se quedó inmóvil.

«¿Pero qué hago plantada aquí?», se regañó a sí misma. «Si total, lo chismorrea todo el patio, voy a mirar».

Se coló, no sin trabajos, por el mismo hueco. Menuda concertina humana. El jardín, mitad jungla, mitad estercolero de objetos mohosos. En el fondo del patio, un gimoteo apenas audible.

Carmen avanzó guiándose por el ruido, bordeando el cobertizo medio caído. Y ahí se le quedó el cuerpo helado.

La canela estaba sentada junto a una vieja caseta de perro. Delante, tumbada y atada a un poste por una cadena oxidada y corta, había una perra negra, la cara llena de canas.

Ciega.

Ojos nublados, cuerpo famélico, el pelo hecho una maraña. Respiraba por compromiso.

La canela depositó el pan frente a ella, empujándolo con el hocico con suma delicadeza.

La negra tanteó y, al llegar al pan, empezó a devorarlo como quien lleva meses sin probar bocado. La canela, quieta, observando sin mover el rabo.

Acabado el pan, la canela la lamió suavemente en el hocico y se tumbó a su lado.

Carmen no se atrevía ni a respirar. Le cosquillearon los ojos.

«Madre mía la está alimentando. Todos los días. Muriéndose de hambre y aun así comparte».

Vaya usted a saber cuánto tiempo se quedó allí plantada. Solo volvió a la realidad cuando notó que la canela la miraba fijo. «¿Y tú, piensas quedarte ahí parada o vas a ayudar o qué?», parecía decirle.

Espera espera susurró Carmen.

Se giró y salió pitando como si tuviese veinte años menos. Las rodillas chillando, el costado pinchando, pero sin freno.

Ya en casa, barrió toda la despensa: arroz con pollo cocido, algo de embutido, pan y una cazuela de agua, y volvió a toda prisa.

Ahí seguían: la canela y su «ahijada» negra.

Aquí, toma suspiró Carmen, sentándose y ofreciendo el pollo.

Lo puso delante de la canela, pero ella ni se movió. Solo la miraba.

¿Pero tú eres tonta? Que estás en los huesos, hija.

Entonces Carmen comprendió. Movió el plato hacia la boca de la perra ciega. Esta, al oler la comida, cobró vida y devoró lo que pudo.

La canela tragó saliva y, cuando su amiga hubo terminado, pilló un trozo mínimo que quedó.

Así sí murmuró Carmen.

Ambas bebieron agua largo y tendido, y Carmen las miró mientras se secaba una lagrimilla.

¿Tú por qué lloras? sonó a su espalda la voz de María Ángeles, atravesando la valla como una figura de cine negro.

Se quedó sin palabras ante la escena.

¿Ves a quién alimenta? dijo Carmen, bajito. No son cachorros.

María Ángeles tragó saliva y olió como un sapo, fuerte.

¿Y quién la ha dejado así?

Eulalia tendría la culpa. La tuvo atada. Murió y la perra abandonada.

¡Que ya son seis meses!

Seis meses ahí sola. Solo la canela la ha encontrado. Viene todos los días y comparte lo que pilla.

María Ángeles se agachó y acarició a la canela.

Si es que eres más lista que muchos.

Al caer la tarde, el vecindario entero ya se sabía la historia. Unos con comida, otros con mantas viejas. Los hombres peleando con la cadena, pero ni con unos alicates se podía.

Aquí hace falta la radial decidió Paco, el manitas del bloque. Mañana la traigo.

Y al día siguiente ahí estaban todos, presenciando el acontecimiento.

¡Con cuidado, Paco, no vayas a asustarla! gritaba María Ángeles.

El motor de la radial chilló, volaron chispas y la perra negra se asustó e intentó levantarse.

¡Crac! Cadena rota.

Ya está, libre suspiró Paco, secándose la frente.

Carmen se arrodilló junto a la perra liberada y la acarició con ternura.

¿Qué, te vienes conmigo? Te voy a cuidar, ya verás, y a la canela también me la llevo. Las dos juntitas.

La negra movió apenas el rabo. Como si entendiera cada palabra.

Carmen intentó levantarla, pero entre achaques y peso, imposible.

Déjame a mí dijo Paco suavemente, alzándola. ¿Dónde la llevo?

Portal tres, piso veintiuno.

El cortejo cruzó el patio, los vecinos se apartaban, todos callados. La canela no se apartaba ni un centímetro, con las orejas pegadas y el rabo entre piernas.

No te preocupes, cielo le decía Carmen. Venís las dos.

En el portal, las abuelas de la escalera miraban con reprobación.

¿Pero Carmen, qué haces? ¿Vas a meter perros en casa?

Eso hago.

¡Que estarán llenas de pulgas, Dios santo! ¡Y menuda peste!

Las bañaré.

¿Y qué van a decir los vecinos?

¿Qué van a decir? de pronto Carmen alzó la voz, incluso se asustó de sí misma. ¡Que esta perra llevaba medio año atada, ciega y hambrienta, y nadie se dio cuenta! Solo la canela. Y nosotros aquí, pasando por al lado, tan tranquilos.

Se le quebró la voz. Las abuelas bajaron la mirada, pilladas en falta.

Yo no sabía nada susurró una.

Nadie se enteró. Y a nadie le importó Carmen se secó las lágrimas.

Entró en el portal, con Paco y la canela detrás.

En casa, Carmen extendió una manta vieja en el suelo y Paco depositó con mimo a la perra.

¿Te ayudo en algo más? preguntó él.

No, gracias. Yo puedo.

Cuando Paco se marchó, Carmen se apoyó en la puerta, agotada. La canela se sentó junto a la negra, mirándola como si esperase instrucciones.

Había tanta gratitud en esa mirada que a Carmen se le encogió el corazón.

Bueno, vamos a presentarnos. Yo soy Carmen. ¿Y vosotras cómo os llamáis?

La canela ladró suavecito.

Pues tú serás Canela. Y tú mirando a la perra negra Negrita. Trato hecho.

Puso delante de Negrita un cuenco de arroz con pollo. La perra olfateó, dudosa, hasta que Carmen le acercó un trozo a la boca.

Negrita lo tomó suavemente.

Así me gusta, campeona. Come, come.

La estuvo alimentando trocito a trocito, con paciencia. Canela observaba y, de repente, apoyó la cabeza sobre las rodillas de Carmen. Y Carmen entendió: agradecimiento puro, confianza genuina.

Por la noche llamó María Ángeles.

¿Cómo van?

Vivas están, que no es poco contestó, agotada, Carmen. Ahora duermen.

¿Y tú?

Yo no puedo dormirme.

¿Y eso?

Carmen dudó, luego contestó bajito.

Pienso que a veces somos peores que los bichos. Mira la perra, no ha olvidado a la otra. Pero nosotros pasamos de largo. Miras pero no ves, porque no quieres ver.

Carmen, tranquila

¿Tranquila? ¿Y cómo se queda una tranquila? ¡Dímelo tú! ¡Me da vergüenza! ¡Eso es lo que hay!

Colgó, se sentó en el suelo junto a sus nuevas compañeras dormidas, se abrazó las piernas y lloró con una mezcla de tristeza, alivio y rabia.

Una semana después, Negrita mejoraba lentamente. Al principio se limitaba a estar tumbada y comer un poquito. Después ya empezó a levantarse, tambaleándose, con Canela siempre pegada, guiándola.

Canela sí que es guía, ¿verdad, Negrita? Mejor que una persona.

La historia voló por todo el bloque gracias a María Ángeles, como no podía ser de otra manera.

¿Te has enterado de lo de Carmen? susurraban las abuelas. Ha cogido dos perros.

Que sí, que sí, y uno ciego, medio año en el patio atado y sin comer.

¿Y la canela la alimentaba todos los días? ¡Vaya cosa más increíble!

No me lo creo

Que sí, que lo ha visto María Ángeles con estos ojitos.

Cuando Carmen bajaba a pasear a las perras, unos sonreían, otros negaban con la cabeza.

Carmen, eres una heroína le dijo un día Paco.

Yo nada. Aquí la canela, ella sí es buena persona. Yo sólo no pasé de largo.

Una tarde, llamaron a la puerta. En el umbral, una chica jovencita.

Buenas tardes, ¿usted es Carmen Jiménez?

Sí, ¿y tú?

Me llamo Olalla. He oído hablar de las perras, de lo que hizo usted y bueno, soy veterinaria. Si quiere, le echo un ojo a Negrita, gratis.

Carmen titubeó.

¿Gratis?

Sí, sólo quiero ayudar. ¿Me deja?

Pase, pase.

Olalla revisó a Negrita minuciosamente y cuando terminó le explicó:

Es mayor, está delicada. Lo de la vista no tiene remedio. Pero puede vivir bien si la cuida.

¿Qué tengo que hacer?

La chica sacó unos botecitos:

Estas son vitaminas. Esto, para las articulaciones. Y esto, una crema para las patas. Se lo apunto todo.

¿Cuánto le debo?

Nada, esto es un regalo. Mío y de todos los que se enteraron de vuestra historia.

Carmen sintió otra vez un picorcillo en los ojos.

Gracias.

Gracias a usted. De parte de todos.

Al salir la veterinaria, Carmen se sentó en el sofá. Negrita a sus pies, Canela pegada a su lado. Por primera vez en muchos años sintió, muy claro, que hacía falta.

Y eso, pensó, era verdadera felicidad.

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