Un encuentro inesperado

Encuentro casual

Mi abrigo de plumas solo calentaba por abajo. Las plumas habían caído y arriba no era más que una fina capa que el viento atravesaba sin piedad. Allí, abrigada por abajo, me salvaban mis pantalones de lana y las botas forradas, mientras yo me subía el pañuelo de lana sobre los hombros, pasándolo por las mangas, intentando no quedarme helada.

El coche que me había prometido mi amiga de los mercadillos, Carmen, me falló. Ahora andábamos las dos, rodeadas de sacos y bolsas repletas de género, intentando parar algún coche que nos llevase. Entre tantas bolsas era imposible caber juntas, así que cada una se fue por su lado, sola con su carga.

Cuando trabajaba para la señora Consuelo, estas cosas no pasaban. Pero el dinero no alcanzabayo sola, con mis hijos. Así que recientemente me animé a ir con Carmen a uno de esos viajes de compra exprés a Portugal, a buscar género.

Pero el dinero seguía sin aparecer por arte de magia, y la mercancía apenas la había vendido. Los problemas, en cambio, solo crecían.

Cada mañana tenía que llevar todas las cosas al mercadillo municipal, y por la noche volver a cargarlas y subirlas a casa, cuatro pisos sin ascensor y, si Andreu, mi hijo, no estaba, todo a fuerza de muchos viajes, subiendo y bajando.

Hace poco cantaba aquello de Nuestras almas exigen cambios, y ahora resulta que estos cambios llegaron, pero como un huracán incómodo: la empresa donde trabajaba cerró, y nos dejaron en la calle. Mi marido desapareció hace ya años, y no me quedaba otra que convertirme en comerciante, aunque siempre pensé que no valía para vender.

Ahora estoy aquí, junto a la carretera en un barrizal nevado, siendo todavía joven, en teoría, pero con los labios resecos, la cara enrojecida por tantas horas tragando el viento helado del mercadillo, los ojos llorosos.

Los coches pasaban salpicando barro gris. Procuraba no mirar esa porquería, y más bien fijaba la vista en los tejados y en los árboles, donde al menos la nieve se mantenía blanca. En la vida ya hay bastante fango, pensé, mejor ignorarlo.

Una vez más levanté la mano, intentando parar coche, y al fin se detuvo un turismo extranjero, tan sucio como todo en este invierno.

¿Me podría dejar cerca de la Avenida de los Toreros, cobrándome razonable?pregunté con la puerta ya abierta y, de pronto, me callé.

Le reconocí en el acto. Era imposible no hacerlo. Estaba prácticamente igual, quizás incluso mejor. Esa mirada serena, el ceño apenas marcado, la misma media sonrisa.

Mientras me recomponía, él salió, cargó mis bolsas en el maletero rápidamente.

Me dejé caer en el asiento delantero, ajusté el pañuelo, buscando excusas para justificar mi pinta. Seguro que él me reconocía también.

O…

¿Cuántos años hacía?

***

Tenía entonces veintidós. Me habían enviado a hacer las prácticas finales a un monte cerca de Soria. En Madrid me esperaba Alejandro, mi prometido. Todo era un plan perfecto: prácticas, proyecto, boda.

¿Y qué podían cambiar tres meses? Nada, pensaba yo

Me alojaron en casa de una tal Eulalia, viuda ya entrada en años, que trabajaba también en el monte y vivía con su suegro sordo. Siempre se me dio bien relacionarme, nos hicimos amigas y cuidaba yo del abuelo con ella.

Un día el pobre hombre se puso muy mal. Fui a buscar ayuda puerta a puerta y nadie en casa. Justo pasó un tractorle hice señas. Del tractor bajó un chico: alto, guapo, mirada seria y un punto de misterio.

Entramos corriendo, él cargó al abuelo y lo subió al tractor. Yo me monté detrás, apurada, rezando porque llegáramos bien.

Y llegamos, lo dejamos con el médico rural, enseguida llegó otra ambulancia. El chico se subió también para acompañarnos.

Cuando ya todo fue calmándose, pudimos hablar. Resultó que trabajábamos en el mismo sitio y vivía a una calle. Se llamaba Diego.

El caso es que después de dejar al abuelo hospitalizado, ya era muy tarde. ¿Cómo volver? Por esas pistas ni la ambulancia quería regresar en plena noche.

Vamos a casa de la madre de mi amigodijo. Allí dormimos y mañana vendrán los obreros y te llevan.

No me olía malDiego parecía formalpero aún así dudé.

No, mejor duermo aquí, en el hospital. Por la mañana me recogen, ¿vale?

¿Dónde, en esas sillas de metal? Anda ya, vente. Tía Marisa es encantadora y casa grande. Yo duermo en el cobertizo con mi colega.

Al final fui. Diego tenía razóndormí como una reina en un colchón mullido hasta que Marisa me despertóhospitalidad castellana de la buena.

Mientras desayunábamos, me cotilleó toda la vida de Diego. Que había tenido mujer, de algún pueblo lejano, pero le salió mala y le dejó un hijo. Que él, además de trabajar, criaba cerdos y vendía chorizos; que estaba construyéndose una casa. Me lo vendía, como pensando que yo podía estar interesada.

Sólo sonreí. Yo estaba prometida a Alejandro, recién ingeniero, con futuro en la capital. Diego, divorciado y con niño, no era opción.

Pero después de aquello, empecé a cruzarme con él siempre: en el monte, en el comedor, por la calle. Eulalia le conocía bien, y cuando el abuelo volvió, fue con él.

A Diego le gustasme decía Eulalia. Le he preguntado, se ha puesto como un tomate. Hacéis buena pareja.

¡Qué va! Si yo tengo a Alejandro.

Pero no te has casado aún. Diego es buen hombre, trabajó como un burro, lleva la granja él solo y el niño es un encanto. Le falta una madre.

El caso es que ya no podía evitar buscarle con la mirada. Serio, fuerte, perfectamente normal, pero con un no sé qué. Todo el mundo le tenía respeto.

A mí, en el pueblo, me miraban como a una princesa caída del cielo, siempre con mi abrigo claro, que se llenaba de barro y que parecía desafiar la tristeza del invierno.

Mujer, te llevo en el tractor hasta casame ofrecía Diego a menudo.

Y yo le preguntaba, tan ingenua: ¿Y el niño con quién está?

¿Pero por qué me hablas de usted, mujer? El niño está con la abuela o en la escuela. Es muy trasto, pero le cuidamos.

Y charlábamos de la vida, de las cosas del pueblo, de cómo todo mejoraría en primavera. Ya entonces me di cuenta de que Diego sentía que todo era su responsabilidad.

Así empezó a frecuentar mi casa de prácticas echó leña para Eulalia, trajo medicinas… Y yo luchando por no admitir lo que crecían mis sentimientos.

No podía verme allí, viviendo entre cerdos y huertos, aunque en Madrid tampoco me ataba nadie excepto Alejandro y la familia. ¿Cómo iba a decirle a mi madre que pensaba dejarlo todo? A Alejandro le destrozaría, a mi madre ni digamoshija recién licenciada yéndose a vivir de granjera.

Por las noches, mientras el viento y los perros aullaban, me lo imaginaba: amor seguro, cariño, agradecimiento por ser madre para su hijo Seguro que vendrían después los propios hijos y serían igual a él.

Pero aceptar aquella vida era demasiado. Estaba Alejandro, los anillos de boda La vergüenza de dejar plantada a mi familia.

Sin embargo, en el corazón sentía un dulce presentimiento de amor verdadero. Y la primavera solo agravaba la confusión.

Pronto incluso dudaba de si alguna vez había amado a Alejandro, pero a Diego sí, eso era real. Tener un novio en Madrid hacía cada encuentro más dramático, y eso alimentaba el romanticismo.

Un día, abrumada por todo, casi fui yo quien provocó la intimidad. ¿Por qué? No sé. ¿Un adiós a mi viejo yo, o a ese nuevo amor? Diego se resistió, pero luego lo aceptó, como si creyera que aquello sería un punto final y necesario.

Fue mi primera vez, pero fue tan hermoso que no hubo arrepentimiento.

Sin embargo, no tomé ninguna decisión firme. ¿Cobardía, ingenuidad o simple inexperiencia?

Hasta que un día, junto al pozo, vi a un niño rubito trepando peligrosamente. Aceleré el paso, le sujeté.

¡Eh, no subas ahí!¿dónde está tu madre?

Al rato, llegó corriendo una chica, tímida, con falda y mirada abatida. El niño se le lanzó llorando.

Eguito, no llores, cielo. Ven conmigole consoló, mirándome seria.

Me quedé paralizada. ¿Era Eguíto el hijo de Diego? De repente sentí el vértigo: un niño completamente ajeno, ¿cómo lograría quererlo? Ni se quiso dejar tocar por mí.

Después vino la madre de Diego, Jacinta, llorando. Dijo que el niño ya estaba acostumbrado a Carmen, la chica que lo cuidaba, y que Carmen le quería. Todo era perfecto hasta que llegue yoa removerles la vida.

No me lo esperaba. ¿Yo, la intrusa? Pensaba que era la víctima, y resultó que lo era otra. Que mi llegada rompía una historia.

Diego me suplicó que me quedara, que no huyera. Me acompañó al tren, insistía en que Carmen y su madre se hacían películas. Carmen no era para él. Era cierto: una chica apagada que se desdibujaba a su lado.

Ella nunca se hace oírdecía Eulalia. Vosotros sí pegaríais

Pero yo, ofendida, ya no quería saber más. Tenía mi historia, la de ciudad. Todas las dudas se evaporaron: volvía con mi prometido.

Así le recordé durante años: camisa cuadriculada, mangas arremangadas, hombros caídos, pliegue amargo en el entrecejo. Así volvía a mi memoria.

Lloré durante todo el viaje.

Tres meses de prácticas y así terminó.

La juventud sana pronto. Seguí adelante, sin mirar atrás. Me casé con Alejandro y la vida cogió su ritmo.

**

Me senté en el coche, arreglé el pañuelo y buscaba motivos para justificar mi aspectoél también tenía que recordarme.

¿O tal vez ya no? Había cambiado tanto. Engordé, los labios quemados, el abrigo, el pañuelo…

¿Cuántos años habían pasado?

Dieciséis. Sí, dieciséis ya.

Viajamos en silencio.

Vaya tiempodije cuando un coche empapó el cristal con un charco.

Eso es aquí solo. Fuera de la ciudad está todo limpio, un paisaje bonito. Y las carreteras, perfectas.

¿Vienes de fuera?

Sí, ando y vengo. Cosas del trabajo.

Gracias por traermedije. Hoy me falló mi coche. Normalmente tengo, pero justo hoy Insistiré en pagar

Me miró ofendido: No hace falta.

Holasusurré, por probar.

Hola, Blanca.

Así que me reconociste. Yo pensé que ya me habrías olvidado.

No, no te he olvidadocontestó mirando la carretera.

Y sentí ese nudo familiar, las manos, la voz, la mirada. Me quité rápido el pañuelo.

¿Y tú cómo estás, Diego?me atreví.

Tardó, como agarrándose también al pasado antes de hablar.

Bien, supongo. Haciendo lo que se puede. Y tú igual veo.

¿Sigues en lo de los montes?

No, aquello murió con la crisis. Yo ya ni trabajaba allí. Trabajo por mi cuenta.

Lo entiendo. Ahora todo el mundo hace eso. ¿Sigue tu granja?

Sí, la granja, la empresa, y ahora también vendemos productos cárnicos.

Vaya, todo el mundo comercia ya

De pronto recordé una etiquetaEmbutidos De la Fuente”. Una vez sonreí al ver el nombre. Pensé que sería casualidad.

¿Esos chorizos y morcillas, De la Fuente, son tuyos?

Bueno, sí. ¿No te gustan?me miró curioso.

Al contrario, mi madre los busca siempre en el mercado. Qué cosas, nunca lo habría pensado.

Empezó a contarme, como excusándose.

Empezamos en pequeño. Al aumentar la granja teníamos carne de sobra. Y mucha gente sin trabajo, ya sabes. Poco a poco armamos la fábrica y tiendas.

¿Y llevas todo tú solo?

Hay un equipo, pero yo soy el dueño. Y muchos de Soria están conmigo. Ahora vendemos en toda la provincia.

Me sentí incómoda ante tanto contraste. Yo en abrigo deslucido, botas, la antigua chica de ciudad que parecía flotar sobre la miseria; él, chico de granja hecho empresario. Como si el destino nos hubiese canjeado los papeles.

¿Y tu niño?

Diego sonrió.

Tres.

¿Tres hijos?

Sí, tres chicos. ¿Y tú?

Un hijo y una hijacontesté, sudando.

Eguito está en el ejército; estuvo en misión peligrosa, cómo sufrimos. Carmen se ha encanecido de los nervios. Pero ya regresa pronto, gracias a Dios. El mediano en el ciclo técnico, el pequeño en quinto.

Carmen Así que al final, fue ella con quien se casó.

Quise decirle cuánto me había arrepentido de marcharme. De verdad. Mi marido Alejandro resultó un desastre. Al principio tiró bien, ingeniero, trabajo decente, mudanza a Valladolid, piso de empresa. Los niños pequeños, todo en marcha…

Pero pronto empezó a discutir en el trabajo, ir de aquí para allá, beber Al final, fuera del piso, a vivir con la suegra. Después, él se perdió por completo.

Ya no pude más. Me divorcié y volví con los niños a casa de mi madre. Mi padre, mi ancla, ya no estaba.

Qué ganas de contarle ahora todo, de decir que ojalá hubiera elegido otra cosa, pero solo dije:

Mi hijo mayor va a empezar medicina. ¡Cómo pasa el tiempo!

Sí, vuela

Guardamos silencio, con mil cosas en la garganta, pero pensando cada uno que lo importante sólo importaba para uno.

Me entró sensación de culpa, pero recordé a Carmen y su madre llorando. A ellas las dejé ganar entonces, aunque solo fuera por orgullo o rabia ingenua: no necesito a nadie.

¿Y tú?me preguntó como distraído.

¿Yo? Pues lo ves. Sin trabajo fijo, buscándome la vida. Es duro solaaparté el pelo. Pero se puede.

¿Y Alejandro? ¿Sigue?

¿Te acuerdas aún?

Te vi de novia, de hecho Seguí el coche de la boda hasta el restaurante.

¿Qué dices?

Sí. Tuve que saber por Eulalia el mismo día. Me monté en el coche sin pensar y os seguí. Parecías tan feliz que no quise molestarte. Volví y le pedí matrimonio a Carmen.

¡Dios mío! Si hubiese sabido

Era lo mejor. Estabas preciosa y radiante. Solo te habría estropeado el día.

Fui feliz cinco años después nos separamos. Volví con los niños a casa de mi madre.

Es una pena.

Ya estoy acostumbrada. Una puede con todo si no hay más remedio. Los niños tiran para adelante. Pero los mercados en fin, allá voy con mis botas y mis cajas, peleando por un sitio decente y vender.

Quería enseñarle que no todo estaba mal; que, aunque no tenía una empresa, tampoco estaba destrozada.

Diego me miraba serio y callado.

¿Y tu vida, Diego? ¿Carmen cómo está?

Encogió los hombros, parecía pensar en otras cosas.

Carmen Bien. Ahora hace pan.

¿Ella sola?

Al principio sí. Luego montamos la panadería”El Horno Viejo”, ¿te suena?. Ella es la jefa.

Y de repente fui consciente. Un día en la cola de esa panadería una compañera del mercado me señaló a la dueña: elegante, diminuta, rápida. Me sonaba de algo. Ahora entendía todo.

¿Ya por aquí?

Sí, la siguiente manzana.

Pero Diego aparcó, se fue deprisa al kiosco de flores de la esquina y volvió con un ramo enorme de crisantemos blancos. Me los puso en las rodillas.

Ahí, en mis pantalones de lana, mirando las flores, las lágrimas me nublaban los ojos. Me sequé deprisa. ¿No acababa de decir que era fuerte?

Luego me ayudó con las bolsas y me dejó en casa; las paredes del portal llenas de pintadas. Abrazaba yo el ramo como si fuera un tesoro.

¿Quieres subir?pregunté, esperando que dijera no; arriba todo era una locura de cajas y género. Mamá con mil preguntas.

Pero quizás si subiera y lo viera todo, entendería.

No, Blanca, me voy. Muchas cosas por hacerme cogió la muñeca unos segundos, como despidiéndose.

Y subió deprisa por las escaleras.

¿Llamarle? ¿Contarle todo?

Y yo, mirándole alejarse, comprendí de golpele costaba más a él aún. Se estaba despidiendo para siempre y, solo por eso, a mí ya me resultaba más liviano.

Arrastré las bolsas dentro.

Mamá apareció al instante, preguntas, noticias Yo no escuchaba. Notaba aún su mano en mi muñeca, hacía las cosas en automático.

Al rato, ya cambiada y sentada, le dije:

Mamá, ¿te acuerdas de aquel chico de Soria que te conté antes de casarme? El de las prácticas, el que me pretendía en el campo.

Sí, algo recuerdo. ¿Qué pasa?

Dijiste: solo falta que acabes de granjera criando cerdos.

¡Y bien dicho estaba! Ahora estarías en el barro.

Le he visto hoy.

¿Sí? ¿Dónde?

No importa. ¿Sabes? Los embutidos De la Fuente que tanto te gustan, son de él. Y su mujer, la dueña del Horno Viejo. Así es

Mamá se quedó quieta. Luego dejó la taza y suspiró, con la tristeza brillando en los ojos.

Las cosas no se eligen, hija. Si se pudieran elegir, todos estaríamos en otra parte.

Me dio lástima mi madre.

Da igual, mamá. Aquí estamos, salimos adelante. Mira, hoy vendí dos trajes y tres chaquetas. No te deprimas.

Eso. Si supieras dónde vas a caer, pondrías algodón. Así es la vida.

Al poco entró Andreu, alto, serio, con ese punto en la mirada tan parecido a él.

¿Quién, de la familia, dudó que ese niño de casi cuatro kilos era prematuro? Nadie. Yo no era de esas de dramas.

Se sentó, nervioso:

Mamá, no te enfades. He cogido trabajo en el club hípico. Cuidaré caballos, cobran por faena. Te prometo que no afectará a mis estudios.

Suspiré. Cualquier otro día le habría regañado. Hoy

Hazlo, Andreu, eres mayor. Todo trabajo digno es bueno; el dinero te hará falta. No te preocupes.

Cogió la cuchara con cara de alivio, observando que algo en mí había cambiado, aunque no sabía qué.

Y yo no podía dormir. Ni lloraba, ni estaba triste. Tenía una sensación extraña.

Miraba los crisantemos blancos, pensaba en el destino, en el encuentro, en cómo, a estas alturas, cada uno debe seguir su camino, entrar en una nueva etapa.

Aquella vez, Diego dividió mi vida: antes y después de conocerle. Hoy de nuevo sentía lo mismo.

A ambos nos esperan sorpresas, nuevas oportunidades para la felicidad, aunque no volvamos a vernos. Seguimos marcando la vida del otro, de algún modo.

Todo tiene un porqué.

Y este encuentro me ha servido para entender algo muy, muy importante.

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MagistrUm
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