¡Quiero vivir, Paquito!
¡Don Gregorio, don Gregorio, ¿qué le pasa?!
La enfermera Carmen le agarró la manga de la bata al cirujano, pero no logró sujetarlo: él se apoyó en la pared, bajó la cabeza y guardó silencio.
Carmen, que sentía un extraño orgullo por todo el personal médico, pensó de inmediato lo mucho que se entregaban los médicos a los pacientes, trabajando casi hasta marearse ¡Y que nadie lo valora! El paciente al que Gregorio acababa de operar, desde luego, ni lo vería.
Don Gregorio, ¿le llamo a?
No hace falta le cortó el médico, sin despegar la mejilla del azulejo, tambaleándose hacia el despacho. Desde la puerta miró a la enfermera asustada. Estoy bien, tranquila.
Gregorio se dejó caer sobre el sofá de skay con un suspiro. ¿Bien? Si esos mareos ya no eran novedad ¿Sobrecarga? Lo más probable.
Algún día tuvo días libres, de los de verdad: para descansar de la locura del hospital, ir con la mujer de visita o llevar a los críos al parque. Pero ahora ¿Descanso? Si todos andaban repartidos entre tres clínicas. Además, Gregorio estaba en su segundo matrimonio. Una mujer más joven, hijos en el colegio, gastos Y encima, necesitaba cambiar de coche.
Pero ni eso era lo importante. Lo esencial era que Gregorio necesitaba sentirse imprescindible, ser el mejor, cosechar admiración y victorias médicas Y durante veinte años no le había ido nada mal: los pacientes se peleaban por su consulta, sus colegas le respectaban, le invitaban le prometían le pagaban bien.
Paco llamó a su amigo anestesista, ¿tu Lucía está en radiología hoy?
Qué tal, Greco, sí, hoy la pillas.
Así que, al final del turno, Gregorio ya estaba tumbado dentro del MRI de Lucía, luchando contra el ruido chirriante, la música de los cascos incapaz de taponar tanto golpeteo.
De repente, se apoderó de él un miedo incontrolable, ganas de darle al timbre para que le sacaran cuanto antes de aquel túnel. Intentó distraerse, pensar en algo bonito. ¿Pero en qué?
Su memoria echó la mirada hacia atrás, rebuscando en los peldaños de la vida. Segundo matrimonio ya cirujano hecho y derecho, padre de familia; ella, joven maestra de la hija pequeña.
El traqueteo del aparato no permitía rescatar ningún buen momento de aquel capítulo: trabajo-casa-trabajo. El primer matrimonio, aún peor: divorcio feo, recuerdos a evitar.
¿La universidad? ¡Eso sí! Los primeros años, sí.
Y la mente de Gregorio, por fin, remontó vuelo: el grupo de prácticas, los chicos, Marina la de la cafetería, por la que suspiraban todos
Gregorio, Víctor y Paco: los tres mosqueteros de Medicina, amigos incluso desde antes de empezar la carrera en Salamanca. Para los tres la ciudad era nueva, vivían en la residencia.
Paco era el típico empollón de pueblo, gafitas incluidas; tranquilo, algo ingenuo, pero con un carisma natural al que te pegabas solo por oírle filosofar. Y esos ojos claros, miles de veces tras los cristales, transmitían una paz profunda.
Paquito tenía memoria para recitar todos los temas; cualquier pregunta, al vuelo.
Víctor era lo contrario: grandullón de Castilla y León, escandaloso, campechano, siempre haciendo migas con todo el pasillo. Se apuntaba a los líos, alternaba estudios con escribir chuletas (apuntes para copiar), y sufría más pensando en caer bien que en las notas.
Gregorio también temía suspender; sentía que sería el que se quedaría fuera. Admiraba la sabiduría de Paco, la labia de Víctor. Pero solo el cuarto de la habitación, el pobre Miki, no pasó. Los otros tres, inseparables.
El primer año la residencia estaba hasta arriba, así que la madre de Paco, señora Angelines madre gallega de manual, diligente y culebrilla, vino y les buscó un piso compartido.
¡Virgen santa, cuidadito, chicos! Portaos bien, ¿eh? les dijo tras pasar con ellos un par de días organizando la nevera y llenando el congelador de croquetas de por vida.
Oye, Paco, tu madre es la leche, ¿en qué curra?
En la sacristía, vendiendo velas dijo, masticando.
¿Dónde?
En la iglesia y también lleva algún encargo de iconos.
¿Me estás diciendo que tu madre sí va a misa y todo eso?
Por supuesto. Y yo también soy creyente soltó Paco tan campante.
Gregorio y Víctor miraron de reojo los santos del alféizar.
¿Eso es tuyo? Pensaba que los había olvidado tu madre.
No, nos los dejó para que nos cuiden. Bueno, a mí.
Víctor, bocazas de vocación:
¿Pero para qué estudias medicina, entonces, si luego todo lo fías a milagros y tal? Eso de Dios ayuda, ya si tal
El médico cura el cuerpo y Dios el alma contestó Paco sereno. Ellos se encogieron de hombros.
Decidieron no sacar más el tema: veían que Paco se persignaba, pero sin alardes. Era buen estudiante, sabía templar trifulcas entre el impulsivo Víctor y Gregorio, más tozudo.
También era un bicho raro en lo doméstico: si había bronca por limpiar, se ponía a barrer resignado.
No merece la pena pelear. Mejor limpio y ya.
Al final, todos acababan ayudando por vergüenza.
¿Le ayudaría Dios? ¿Estaría Paco tocado por la Gracia? El caso es que aprobó la primera selectividad mejor que nadie. Latín se lo tragó como si hubiera nacido con Cicerón. Era el pegamento del grupo.
Para sorpresa de todos, Paco fue también el primero en enamorarse: le eligieron delegado y conoció a su destino: Pilar, menuda, morena, valiente y buena. Para segundo año ya iban siempre juntos.
Víctor, aunque parecía más brutote, pronto se hizo un fijo en la ambulancia, le llamaban para prácticas en los hospitales. Chapurreaba con todo el mundo, preguntaba todo, y sus ganas de aprender le abrieron puertas en oncología.
Gregorio estudiaba a su ritmo; no era brillante, pero sí tenaz, con vocación real de médico decente.
***
El MRI le liberó finalmente; Gregorio suspiró mirando el cielo por la ventana. ¿De dónde habría salido ese miedo a los espacios cerrados?
Lucía entró y empezó a quitarle los electrodos.
¿Qué tal, ya os han mirado los médicos?
Un poco de paciencia, el radiólogo termina el informe. Vente luego y te cuento despistaba la mirada. Quizá estaba agotada, a saber
Bueno, ya pasaré. Yo me voy a casa.
Pero antes de que lograra llegar a su despacho, Lucía le pasó los resultados y el CD de las imágenes: todo muy rápido.
Greco, tú eres médico, no lo dejes estar. Habla cuanto antes con Ramiro Alonso, que lo mire.
Gregorio solo echó un vistazo, metió el CD en el portátil y vio el informe: lesión definida y evidente ponía. Pero no conseguía asumir que esa era su cabeza, su propio tumor.
Ni cuando cogió el coche y fue a casa; no, no podía ser, no le tocaba a él.
***
Ramiro Alonso era el mejor neurocirujano del hospital.
Te diría que no pasa nada, pero, Gregorio, tú ves tan claro como yo. ¿Para qué dorarte la píldora? Míralo tú mismo.
Lo veo. ¿Esto es el final?
Ay pregunta más de paciente de tele, Greco, por favor. ¿Acaso no sabes que el límite es quirúrgico y lo que Dios quiera?
No puedo creer que me pase a mí. Me invitaron a Madrid para el Día del Médico, quería llevarme a la familia Y ahora ¿Qué harías tú en mi lugar?
Me iba a Madrid, sí; pero no de turismo, sino directo a la clínica de Simón Rojas. Hacen maravillas allí, mejores tasas solo que
¿Qué?
Pues que él ya no opera, pero sus discípulos siguen el método y la lista de espera es de aquí a un año. Meterse, complicado Pero tu reputación abre puertas. Lo intentamos
Gregorio se volcó en el trabajo como nunca; mareos leves y cansancio, pero lo disimulaba. Y empezó a mover hilos para infiltrarse en la clínica de Rojas. Alonso tenía razón: colarse allí era cosa de ingenio o milagro.
Llegó la hora de decírselo a su mujer, que de inmediato se activó para organizar el viaje.
Cari, a Madrid tengo que ir yo solo.
¿¿Cómo?? aparcó el catálogo de Zara y puso las manos en jarras. Pero ¡los niños!
No es por ocio ni congreso. Es al hospital Me han encontrado un tumor, Inmalo dijo despacio, notando cómo al decirlo se volvía real.
Inma lo sostuvo mirándole, lágrimas en los ojos.
Dios mío, Grego ¿Cómo puede ser? Tengo que ir contigo.
No, Inma; todavía no hay fecha de operación. Voy a ver si puedo ponerme en lista Puede que nada, ¡o que tenga que esperar meses!
¿Tan grave es?
Se sentó a su lado:
Dímelo todo pidió.
Gregorio, entre sollozos y sin esa seguridad de médico experimentado, empezó a desgranar pruebas, sospechas, resultados, miedos también recuerdos, arrepentimientos, esperanzas.
Inma escuchaba sin soltar su blusa. De repente, Gregorio agradeció tener a quien abrirle el alma; con la primera mujer, ni en sueños se hubiese sentido así.
***
Los Testigos de Jehová rechazan la transfusión de sangre, citando la Biblia: No comeréis carne con su vida, que es su sangre.
Era ya su cuarto año; estaban en clase.
Los clérigos se oponen a la donación de órganos, contra la ley. La Iglesia rechaza los métodos antinaturales de procreación. Se oponen a la gestación subrogada, a toda manipulación con gametos Defienden su canon. La fe en milagros y la medicina no son compatibles.
No es cierto se oyó en el aula.
¿Cómo? ¿Quién ha dicho eso? el profesor, pálido y joven, arqueó una ceja.
Yo se levantó Paco. La iglesia y la medicina buscan lo mismo: que la gente viva mejor.
¿Quiere debatir?
No hace falta; pero es así.
Pues venga aquí y defiéndalo.
Paco subió al estrado, sin inmutarse.
El profesor atacó con preguntas; Paco respondió, tranquilo, con argumentos. Citó la Biblia, razonó sobre la iglesia cuidando almas, la aceptación con dignidad, adopción frente a obsesión con la fertilidad, inseminación solo si es entre esposos No a la subrogación por respeto al vínculo madre/hijo.
Pero entonces ¿la Iglesia quiere gente amargada? largó el profesor. ¡Vi a unos padres rechazar trasplante y murió otro niño! ¿Le parece esto cristiano?
Lo entienden así; no podían dar el corazón de su hijo. No todos puedenmusitó Paco.
¡Religión, opio del pueblo! gritó el profesor, desencajado. Se oponen a todo avance para no perder poder y así se alimentan. ¡La mente humana es la verdadera creadora!
El enfrentamiento apasionó al aula; Paco, imperturbable, transmitía serenidad. Respondía con solvencia y evidencia, defendiendo sus creencias, a su madre Angelines, la pequeña iglesia de la infancia, a todos los que rezaban.
Y aunque el profesor levantara la voz y teatralizara, la clase intuía el desenlace: aquel estudiante había ganado.
Eso sí, no le salió gratis. Luego le citaron de rectorado, se le vio más apático, lo hablaba solo con Pilar. Y entonces, terminada la carrera, simplemente no volvió. Enviaron una carta: había elegido otro camino, pedía conservar su amistad.
Gregorio y Víctor se quedaron helados. ¡El mejor de la promoción! ¡Cuánto podría haber hecho! Intentaron sonsacárselo a Pilar, pero hubo que ir a su pueblo.
Les abrió Angelines: feliz, hospitalaria, orgullosa. Mi hijo está en el seminario, anunció radiante.
Volvieron cargados de quesos y empanadas de la madre de Paco, sin entender la decisión.
¡En fin, menudo, que Dios le iluminó! farfullaba Víctor.
¡Eso! Que Dios se lo lleve bien lejos, anda.
***
¿Velitas ni que niño muerto, Ramiro? Yo me voy a ver a un amigo, ya he pedido la baja.
Estaban en el despacho médico. En tres días, Gregorio iba rumbo a Madrid. No quería ir en coche; los mareos ya le hacían dudar cada trayecto. Aún tenía la esperanza de operarse allí.
¿A qué amigo?
De la universidad. Hace más de veinte años que no nos vemos. Se fue al seminario ahora es cura, párroco Por aquí cerca. Mañana voy en coche.
Yo que tú no forzaba.
Bueno, ya pero lo hago.
El famoso pueblo del monasterio, célebre por sus rutas de senderismo, resultó ser un sitio desangelado. Pero abundaban las iglesias; una en cada esquina.
Caminó hasta el Monasterio de Santo Tomás. Curioso: ni rastro de mareo en todo el viaje. ¿Será que el camino a la fe es el del alivio?, pensó.
Muros encalados, jardines de flores imposibles y cúpulas doradas cegaban al sol. A Gregorio le dijeron: La misa está en marcha, el padre está ocupado, hay que esperar. No se atrevió a preguntar por la duración de la liturgia. Se fue a pasear.
Tras la iglesia, un pequeño cementerio, luego bajada hasta el río. Allí, junto a un pozo, viejecillas subían y bajaban por la ladera; ninguna elegía la escalera. Miró: ¡lo repetían varias veces! Un puente cruzaba el río. ¿A qué había ido? ¿A operarse o a hacer turismo eclesiástico?
¿No va usted a por agua bendita? le preguntaron.
¿Agua santa? Yo en realidad
Las botellas están ahí; ha de bajar tres veces y subir la cuesta tres veces.
¿Para qué?
Usted sabrá para qué ha venido.
Estuvo a punto de explicar lo del cura, pero se calló. Cogió una botella, bajó y subió la ladera tres veces. Acabó exhausto, pero bebió. El agua era fría, dulce, limpia como una lágrima.
Y, por extraño que parezca, se sintió feliz. Quizá el verdadero triunfador era Paco, pensó Gregorio, sonriendo anticipando el comentario sarcástico de su amigo.
Volvió justamente cuando la procesión avanzaba por el paseo. Y en la puerta salió el sacerdote: sotana, barba frondosa, voz de bajo. No podía ser Paco: el Paco de siempre era más bajito ¡Pero esos ojos!
Le sorprendió por detrás:
¡Hombre, don Paco!
Una feligresa le reprendió:
Hay que pedir la bendición, hijo
Pero el sacerdote ya le sonreía.
¡Gregorio! Bendito sea Dios ¡Amigo!
Se abrazaron. Los fieles se dispersaron y los amigos caminaron juntos.
Qué alegría, ¡no me lo creo! Pilar se va a poner contentísima.
¿Pilar?
Sí, mi mujer. Es pediatra aquí en el centro. Tenemos cinco hijos ya, el pequeño, con diez.
Vaya sorpresa Yo tengo tres; una del primer matrimonio, dos del segundo. ¿Y tú por aquí?
Sí, aquí estamos muy bien. Nos ofrecieron otros templos, pero este valle y el monasterio nos tiran mucho.
Veo que has crecido un palmo.
Después de los veinte todavía pegué el estirón.
¿Y las gafas?
Me operé ya hace años, y si eso, las lentillas.
Entonces, ¿el cura no le hace ascos a la medicina?
Rieron juntos.
¿Te acuerdas cuando intentamos mangar aquel libro viejo de la Biblioteca Nacional? Tú la liabas con la bibliotecaria, Víctor y yo hacíamos el paripé
¡Sí, sí, y tirasteis el libro y fingí no conoceros!
Se echaron a reír.
Y la de veces que comimos croquetas de tu madre ¿Y doña Angelines?
Por aquí. De hecho, se metió a monja en el convento. Monja laica, eso sí.
¡Lo que es la carrera profesional!
Y tanto rió Paco.
Una mujer con pañuelo le susurró algo a Paco.
Disculpa, amigo, hay que atender a la gente que viene. Te mando conductor para que te lleve a casa, Pilar te espera; allí charlamos luego.
No me iba a quedar mucho, pero tus órdenes mando
Le siguió en coche detrás del utilitario negro del padre Paco. El caserío: con mansarda, jardín, patio de losas, hasta una capillita. Pilar le recibió con un abrazo. Todo lleno de flores, la figura de la Virgen en la esquina, lámparas rojas y cuadros. Pero, en el resto, pura casa moderna: tele, ordenadores, cocina con vitro. Pilar trajinaba, ponía mesa, charlaba sin parar: vidas, mudanzas, el cansancio de Paco, cómo se preocupaba ella solo el crío pequeño daba vueltas por allí.
Con el confort del lugar y la conversación fluida, Gregorio olvidó por completo a qué había ido. Comieron algo, él contó lo justo y se quedó adormilado en una hamaca de la terraza.
Volver ese día, ni hablar: con la baja y días por delante, podía permitírselo.
***
¿Lo sabes?
Claro. Al principio nos escribíamos mucho Víctor y yo; luego, a ratos. Teléfonos, mails, luego silencio. Todo en manos de Dios.
¿Me juzgas?
Cada cual su conciencia, Greco. Y Dios luego. Cuéntame: ¿qué te pasa?
Tumor cerebral. Maligno
Paco suspiró.
Mañana ven a misa, si te cansas te sientas. Después, confesión y comunión. A partir de ahí, hablamos.
Parece tuvieras ya preparado el funeral.
Que va todo está en tus manos. El cura solo orienta; lo demás es tuyo.
Bueno, mañana te cuento lo que pasó entonces
Me lo cuentas en confesión.
Por la noche, lo que pensaba contar se convirtió en confesión definitiva, no justificación.
Sí aquellos amigos terminaron siendo enemigos en un segundo.
***
Terminada la misa, solo quedaban unos pocos.
Paco leyó la oración:
Cristo está aquí invisible, tomando tu confesión; que yo sea solo testigo. Habla, Gregorio.
Gregorio arrancó:
Envidiaba a Víctor. Todos le adoraban; en el hospital, en la residencia Y luego, lo de Ana.
El lío fue así: en el hospital donde ya trabajaba Víctor, ingresaron de urgencia al padre de Ana, un funcionario de Madrid, acompañado por su hija. Allí empezó el romance entre Víctor y Ana. Se veían luego en Madrid, en Salamanca, y se le abrieron oportunidades.
Me fastidiaba siguió Gregorio, bajando aún más la cabeza. Así que le hice un poco la cama. Le decía a Ana cosas de otra compañera, insinué que era infiel. Todo mentira Me arrepiento.
En la boda de otro compañero, pasó: Víctor llegó con Ana, animador, bromas, le dijo que fuera al balcón, y allí, entre copa y copa, Gregorio y Ana tontearon. Víctor les vio. Rompió con los dos, desapareció.
Gregorio y Ana vivieron juntos un tiempo tras la ruptura: al principio bien, pero la relación con la familia política lo asfixiaba. Al morir el padre de Ana, todo fue a peor. Finalmente, divorcio y a empezar de cero.
¿Era solo ese su pecado con Víctor? Había más: un error quirúrgico le costó la vida a un anciano. Infidelidades varias. Incluso orquestó que despidieran a una enfermera que se le resistió.
Con Inma, la maestra de la hija, encontró algo de paz; aun así, algún desliz tuvo.
Calló, torpe.
¿A ti te da para absolverme, don Paco?
Los perdona Dios, querida alma. Si te arrepientes, basta.
Gregorio asintió, conteniendo las lágrimas. Se aferró a la mesa.
Díselo a Dios, que yo quiero vivir, Paco Amar a Inma, criar a mis hijos. Trabajar, nada más. Que me den cualquier trabajo, me da igual. Díselo
Padre nuestro Paco inició la oración.
Gregorio levantó los ojos al fin, y vio los de su viejo amigo y confesor, azules y hondos.
Lo que yo haría en tu lugar, Greco, es buscar a Víctor. Pedirle perdón.
¿Y dónde está? Pasado mañana me voy a Madrid.
Búscalo. Trabaja en Burgos, en el hospital oncológico. Deberías ir allí en vez de a Madrid.
¡Anda ya! Gregorio pone los ojos en blanco. Dime que me opere él, venga.
¿Y por qué no? Es bueno en neurocirugía: doctorado, va a congresos de Madrid y todo. Debéis veros.
Deberíamos, sí. Pero primero Madrid. El tiempo apremia
Y aquella enfermera despedida, búscala
Eso puedo hacer, no será difícil. Y reza por mí, Paco, por Dios. Lo que necesito es que me atienda el jefe en Madrid, que salga el hueco. Si no, pues Burgos será.
Antes de irse, Gregorio trepó quince veces la ladera del pozo; tras cada tres, trago de agua y seguir. Los fieles se santiguaban al verle. Que Dios ayude.




