Un encuentro inesperado
El abrigo de plumas que llevaba Lucía sólo le calentaba por abajo. Todo el relleno se había ido cayendo, y arriba ya era sólo como una gabardina finucha, que no protegía nada del viento. Al menos por abajo se apañaba con unos pantalones de lana y unas botas viejas, y se iba ajustando un pañuelo de lana sobre los hombros, pasándolo por las mangas para no quedarse tiesa de frío.
El coche que le había prometido su amiga de mercadillo, Carmen, falló. Y allí estaban las dos, rodeadas de bultos y bolsas, intentando parar algún coche para que las llevara. Encima tenían tanto género que ni de chiste entraban en el mismo coche, así que se separaron para ver si alguna de ellas encontraba suerte.
Antes, cuando Lucía trabajaba al servicio de una dueña, esto no le pasaba. Pero el dinero no llegaba a nada: ella sola sacando adelante a dos críos. Así que hace poco se lanzó a esto del “ir y venir” a por mercancía con Carmen, buscando revender.
El dinero seguía igual de corto, la mercancía por vender, pero los problemas, esos aumentaron.
Ahora tenía que cargar cada mañana con todo al mercadillo, recogerlo por la tarde y subirlo a casa, cuarto piso sin ascensor y haciendo varios viajes, a no ser que su hijo estuviera en casa, claro.
Antes cantaba a pleno pulmón eso de Hay que cambiar, nuestros corazones lo piden, y ahora esas cambios le habían dado de lleno en la cara: cerraron la empresa, despidos, y su marido hacía siglos que se había perdido. Así que no le quedaba otra que ponerse a buscarse la vida vendiendo, aunque siempre pensó que no podría dedicarse a eso.
Allí estaba, de pie, en medio del barro y la nieve pisoteada, aún joven pero con la cara enrojecida por tanto pasar frío en el mercadillo, los labios cortados y los ojos húmedos.
Los coches pasaban a toda velocidad, salpicando barro gris. Lucía intentaba no mirar la suciedad, prefiriendo fijarse en la nieve limpia de los tejados y los árboles. Bastante gris tenía ya la vida como para recrearse en ello.
Hizo de nuevo señal, y al fin se paró un coche, tan mugriento como todo lo de alrededor.
¿Me llevarías a la calle Segovia, a un precio razonable? preguntó abriendo la puerta, y de repente se quedó helada.
Lo reconoció al instante. Como si no hubiesen pasado los años. Seguía igual, quizá mejor, con esa mirada seria y un poco misteriosa, las cejas levantadas y una sonrisa suave.
Mientras ella digería quién tenía delante, él se bajó del coche y le metió los bultos en el maletero como si fueran de papel.
Lucía se dejó caer en el asiento delantero, recolocándose el pañuelo, inventándose excusas mentalmente para justificar por qué estaba tan desmejorada justo ese día. Seguro que la reconocía también, claro.
¿O no?
¿Cuántos años habían pasado?
***
Ella tenía entonces veintidós. Estaba de prácticas de fin de carrera en un antiguo pinar en las afueras de Segovia. En Madrid la esperaba Javier, su novio. Todo organizado: prácticas, título, boda.
¿Qué podían cambiar tres meses en la sierra? Nada…
La señora Encarnación le alquilaba una habitación en el pueblo cercano, una mujer mayor, también currante del pinar, que vivía con su suegro sordo. Lucía, que siempre fue abierta y agradable, se hizo amiga enseguida. Juntas cuidaban al abuelo.
Un día, el abuelo se cayó. Salió corriendo por ayuda, pero el vecino no estaba. Y entonces vio pasar un tractor por la calle. Hizo gestos, y bajó un chico guapísimo, alto, mirada seria pero con ese punto de misterio.
Llegaron a casa, él cogió al abuelo en brazos sin esfuerzo y lo subieron al tractor. Lucía iba nerviosa, pensando si llegarían a tiempo.
Llegaron donde la enfermera del pueblo, justo cuando aparecía la ambulancia. Y el chico, en vez de irse, se subió con ella y acompañaron al abuelo juntos.
Cuando por fin el abuelo estuvo atendido, se presentaron formalmente. Trabajaban en la misma empresa y vivían cerca. Se llamaba Álvaro.
Ya era tarde. Dejaron al abuelo ingresado y, por suerte, a tiempo. Pero, ¿cómo volver? La ambulancia no hacía el recorrido de vuelta por las carreteras de montaña.
Vente. La madre de un amigo vive aquí cerca, dormimos allí y por la mañana, cuando los hombres vayan a trabajar, volvemos con ellos.
Lucía ya intuía que Álvaro era de fiar, pero dudó.
No, mejor me quedo en el hospital. Mañana ya me recogéis. ¿Vale?
¿Pero qué haces aquí toda la noche, sentada? No te preocupes, mi tía Loli es majísima. Además, yo dormiré en el pajar con mi colega.
Total, aceptó. Álvaro tenía razón: durmió en colchones de lana, mejor que en la vida, hasta que la tía Loli la despertó con un desayuno delicioso.
Durante el desayuno, la tía le contó que Álvaro había estado casado, que la mujer se había marchado dejándole un niño. Que él, además de trabajar, cuidaba animales, vendía carne, y estaba haciendo una casa nueva. Vamos, que la fue poniendo letrero de buen partido, suponiendo que Lucía estaría interesada.
Lucía sólo sonreía. Tenía novio, futuro ingeniero, joven y con futuro, y los hombres divorciados con hijo no le iban nada.
Pero desde aquel día se encontró a Álvaro en todas partes: en el pinar, en la cantina, incluso cruzándoselo por la calle. Encarnación lo conocía bien, y hasta ayudó a traer al abuelo del hospital con él.
Le gustas a Álvaro. Le he preguntado por ti y se ha puesto rojo como un tomate. Pegáis mucho, ¿eh?
¿¿Qué dices?? ¡Pero si yo tengo a Javi!
Bueno, sí, pero novio no es marido. Y Álvaro es un hombre bueno. Tiene todo montado. Y ese niño suyo es un encanto, ¡qué falta le hace una madre!
El corazón de Lucía dio un vuelco. Porque también ella le buscaba con la mirada. Alto, seguro de sí mismo, transmitía una serenidad que tranquilizaba. Y la gente le tenía respeto.
Consúltalo con Prados le decían los hombres en el trabajo.
En el pueblo, Lucía era como un bicho raro: venida de Madrid, elegante, siempre con su abrigo color café con leche, llamaba la atención en aquella mezcla de barro y últimos copos de nieve. Caminaba sin mancharse, y los hombres automáticamente suavizaban el lenguaje cuando ella pasaba.
“Señora, su alteza, ¿qué le trae por aquí?”
Lucía, espera, te acerco le ofrecía Álvaro cada vez que llovía y ella iba andando.
¿Con quién está tu hijo? preguntó ella, porque un hombre con niño ya era, para ella, alguien mayor.
Tú, de tú, por favor. Mi hijo está con mi madre y con una vecina que le ayuda. Va a la escuela. Crece mucho…
¿Cómo se llama?
Mateo y se le iluminaban los ojos. Es movido, tienes que estar muy pendiente. Mi madre a veces se desespera le decía, mirando a Lucía. ¿No te gusta el pueblo?
Bueno No está mal…
Da tiempo. Cuando esto se ponga verde, es una maravilla: el río, las montañas. Lo de la luz en las farolas ahora no, pero es temporal. Lo arreglaremos.
Iban charlando y, con naturalidad, Álvaro se hacía cargo del pueblo entero. De todo.
Quién le iba a decir a ella que la responsabilidad era lo más importante de un hombre…
Empezó a ayudar cada vez más: llevaba leña a Encarnación, medicinas al abuelo Pero Lucía peleaba contra sus propios sentimientos.
No se veía viviendo allí. En Madrid no tenía mucho salvo a Javier y su familia preparando la boda. Pensaba en lo que sufriría Javier si se enteraba de que había otro, en cómo le dolería a su madre.
¿Vas a vivir aquí? le preguntarían.
¿Y si supieran que el novio nuevo tenía un hijo, divorciado, y además con una granja de cerdos? ¿Esa era la hija que salió de la universidad?
Por las noches, sólo con el viento y los ladridos de fondo, imaginaba un futuro con Álvaro: amor, cariño, gratitud si aceptaba ser madre de su niño. Y luego tener hijos juntos, todos como él.
Pero estaba lejos de decidirse. Le retenía Javier, los anillos nuevos, las ilusiones de las familias.
Pero el presentimiento de amor nuevo la inundaba de tal forma que ni pensaba en las consecuencias. Y cuanto más pensaba, más segura estaba de que nunca habría querido a Javier tanto como a Álvaro.
Un día, en mitad de ese estado de confusión, casi provocó ella misma un acercamiento. No entiende ni cómo. ¿Fue una despedida del pasado, o de un amor nuevo que no cuajaría? Álvaro dudó, pero aceptó. Fue su primer hombre y, aunque fue bonito, no fue definitiva.
Ni valentía ni decisión. Tal vez sólo falta de experiencia.
Y fue un encuentro con el niño lo que cambió todo. Bajando al pozo a por agua, vio a un rubito encaramado al brocal. Peligro total, si se caía… Lucía se apresuró.
Eh, ¡no subas ahí! ¡Que te caes! ¿Dónde está tu madre?
De pronto, una chica, toda discreta, llegó corriendo. El niño se soltó y corrió a refugiarse con ella, llorando.
Casi se cae, yo sólo…
Mateo, cielo, no llores, ya está.
La chica ni muy simpática ni nada, sólo triste y resignada.
Se me ha escapado. Gracias.
Y se fueron juntos calle arriba.
¿Mateo? ¿Será el hijo de Álvaro? Claro Y se sintió intimidada. Un niño completamente ajeno: había que ganárselo, y ese ni quería estar con ella…
Poco después llegó la madre de Álvaro, la señora Asunción, a llorarle: que Mateo se había encariñado con la vecina, Marta, que Marta quería mucho a Álvaro y que todo estaba en orden hasta que apareció Lucía, la “rompefamilias”.
Lucía se quedó de piedra. ¿Ella, la culpable? ¡Si el que había metido dudas era Álvaro! Ella creía ser víctima, y resulta que causaba daño a otra persona.
Álvaro le pidió mil veces que se quedara, que no se fuera. Fue a la estación, intentó convencerla, todo el rato hablando y hablando de que su madre y Marta se inventaban cosas y que Marta no era para él. Y era cierto: tan apagada, tan simple, al lado de Álvaro ni se la veía.
Parece muda, tímida para siempre decía Encarnación. No pegan nada. Vosotros sí.
Pero Lucía estaba herida. No quería ser protagonista de un drama ajeno. Así que decidió volver a su vida en Madrid.
Allí se quedó Álvaro, camisa de cuadros y mirada tristísima, en el andén. Así lo recordaría muchos años.
En el tren, se le caían las lágrimas.
Esa fue su práctica de tres meses.
La juventud todo lo cura; Lucía siguió adelante, sin mirar atrás. Se casó con Javier, la vida familiar la absorbió.
**
Se hundió en el asiento, ajustó el pañuelo y buscó excusas en su cabeza para justificarse ante él. Seguro que también la reconocía.
¿O? ¿Cuánto había cambiado?
Dieciséis años. Sí, dieciséis.
Fueron un rato en silencio.
Vaya día, ¿eh? dijo ella, justo cuando un coche los empapó.
Aquí en la ciudad siempre igual. Pero en cuanto sales, todo está más limpio y tranquilo. Sorprende lo bien que están las carreteras por allí.
¿Vienes de allí?
Sí, voy de un lado para otro, trabajo.
Gracias, de verdad, por acercarme. Hoy Carmen y yo nos hemos quedado tiradas, y yo sin coche, que no suelo ir así. Lo pago, ¿eh?
Él giró la cabeza despacio y la miró con esa profundidad de siempre, casi dolido. Ella entendió: la había reconocido.
Hola susurró.
Hola, Lucía.
¿Te has acordado? Pensaba que ya me habrías olvidado.
No me olvido respondió mirando la carretera.
Sintió un nudo en el pecho, como si le apretaran por dentro. Le quitó el pañuelo de la cabeza por el calor.
¿Qué es de tu vida, Álvaro? preguntó al rato.
Él tardó un poco, quizá espantando los fantasmas pasados.
¿Yo? Pues tirando. Hay que sobrevivir, ya ves tú. Pero no me quejo. ¿Tú también, no?
¿Sigues allí, en el pinar? quiso cambiar de tema, hablar de gente conocida.
No, no, eso ya no existe. Con la crisis todo se vino abajo. Antes de eso, ya había dejado. Ahora trabajo por mi cuenta.
Claro, así está todo ahora. Yo ¿aún con la granja?
Sí, la granja, mi empresa Hacemos carne y derivados.
Como todos ahora, vender es lo que da. recordó que había visto su apellido en paquetes de embutido: Embutidos Prados.
Espera ¿las salchichas Prados son tuyas?
Bueno, sí. ¿No te gustan?
¡Que no! Mi madre va expresamente a por ellas, le encantan. ¿Eres tú?
Él se justificó enseguida:
Al principio era todo en pequeño, luego con los despidos la gente buscó qué hacer, muchos vinieron conmigo. Ahora ya tenemos fábrica, tiendas, todo. Vendemos por la provincia entera.
Lucía casi sentía vergüenza con el contraste: ella, hecha un cuadro con botas y abrigo descolado a trompicones, la ex-chica de ciudad, y él, ex-tractorista, ahora dueño de todo.
¿Y tu hijo?
Álvaro sonrió:
Tres.
¿Tres hijos?
Sí, tres chicos. ¿Y tú?
Un niño y una niña contestó Lucía, secándose la frente.
Mateo está en el ejército. Nos ha dado un buen susto, ha estado en zona complicada. Marta ha encanecido. Pero vuelve en primavera, gracias a Dios. El del medio está estudiando FP, el pequeño va a quinto.
Marta. Así que al final se casó con la vecina callada…
Lucía quiso decir mil cosas, confesarle tantas otras… ¡Cuántas veces se había arrepentido de marcharse entonces!
Javier resultó ser un fracaso de marido. Al principio, todo bien, trabajando de ingeniero, se mudaron a León, piso de la empresa, y todo en orden. Los peques, la economía justa, pero con ilusión.
Pero él empezó a meterse en líos en el curro, a cambiar de trabajo, a beber. Perdieron la casa, volvieron con la suegra, y más tarde Javier se volatilizó por completo. Con la suegra no se llevaba bien.
Al final, Lucía pidió el divorcio y se volvió con los críos a casa de su madre. El padre había muerto y su madre era su último apoyo.
Quiso contarlo todo, pero dijo solo:
El mío mayor está en primero de bachillerato. La niña en segundo de la ESO. El tiempo pasa.
Ya ves…
Se hizo el silencio, los dos pensando que lo importante, igual, sólo le dolía al otro.
Lucía se sintió culpable. Aun así, recordó la dura mirada de la madre de Álvaro y a Marta. A ellas cedió el sitio. Pero en aquel momento, sólo sentía una mezcla de orgullo herido y humano temor a hacer daño.
¿Y tú qué tal? preguntó él, como quitándole importancia.
¿Yo? Pues ya ves. Me han despedido y ahora me busco la vida vendiendo se apartó un mechón del rostro. Pero sola es duro.
¿Y el marido? ¿Javier era, no?
¿Te acuerdas? Fíjate…
Sí, sí, Lucía, que yo te llegué a ver de novia. Fui, como un tonto, siguiendo vuestro coche nupcial hasta el restaurante.
¿En serio? se giró incrédula.
La tía Encarnación me lo dijo el día antes: olvídalo ya, la boda es mañana. Cogí el coche y os seguí. Ibas tan feliz que ni me atreví a acercarme.
Y después, volví y le propuse matrimonio a Marta.
¡Madre mía! Si hubiera sabido yo
Solo habría estropeado las cosas. Parecías tan feliz ese día… No quise decir nada. Al menos un día de pura alegría.
Claro Las bodas son clave. Pero poco duró. A los cinco años, me separé y me fui con los niños a casa de mi madre.
Una pena.
Bueno, me he rehecho. Me he dado cuenta de que valgo más de lo que creía. Los críos están bien, quieren estudiar, y no les falta de nada. Yo tengo mi rinconcito en el mercadillo, aunque pase frío y me duelan los pies. Es lo que hay.
Quiso mostrarle que no todo era tristeza, que se había defendido sola.
Álvaro la escuchaba en silencio, la frente arrugada.
¿Y tú, familia bien? ¿Marta cómo va?
Se quedó pensativo.
Marta bien. Hace pan.
¿Pan? ¿En casa?
Al principio sí. Ahora ¿Te suena La Tahona Castellana?
¡Claro! Alguna vez he ido. Es de ella…
La monté para ella. Hace un pan magnífico, ahora tiene tienda, obrador.
Y Lucía recordó a la dueña: chica menuda, con melena corta, metida en su bata blanca, eficiente y simpática. Había oído hablar de su pan, pero nunca imaginó quién era.
Mira, aquí es dijo Álvaro, buscando la dirección.
La próxima, la siguiente manzana le indicó Lucía.
De repente, Álvaro aparcó, bajó, y fue directo a un kiosko verde con letrero de “Flores”. Volvió con un ramo precioso de crisantemos blancos.
Abrió la puerta y se los dejó en las rodillas, encima de los pantalones de lana. Lucía miró las flores, las cabezas blancas comenzaron a desdibujarse en sus ojos llenos de lágrimas. Se las estaba aguantando. ¡Si acababa de decir que era fuerte!
Él la ayudó con las bolsas, las subió hasta el portal, con las paredes repletas de grafitis. Lucía abrazó las flores con el pecho apretado.
¿Subes? de verdad prefería que dijese que no, por si tenía todo manga por hombro, con mercadería en cajas, y su madre con cara de interrogatorio interminable.
Ojalá dijera que sí, que viera, que entendiera
Me voy, Lucía. Mil cosas hoy le cogió la muñeca, la apretó unos segundos, en un adiós silencioso.
Y se marchó rápido escaleras abajo.
¿Llamarle? ¿Explicarle?
Viéndole irse, comprendió: a él le pesaba más todavía. Ellos tampoco se volverían a ver. Y esa certeza, de algún modo, le aligeraba el alma.
Lucía arrastró las bolsas hasta casa.
Su madre apareció enseguida, acribillándola a preguntas y preocupaciones. Lucía apenas oía. Seguía sintiendo las manos de Álvaro en la muñeca, hacía todo en automático.
Al fin, mientras se sentaban a la mesa, Lucía preguntó:
Mamá, ¿te acuerdas de aquel chico que te conté antes de la boda? El del pueblo, el de la granja de cerdos. ¿Te acuerdas?
Creo que sí. ¿Por qué?
Tú decías que, cómo iba a acabar yo viviendo en el campo, entre cerdos. Que ni pensarlo.
Y bien dicho. Estarías ahora en la porqueriza.
Mamá, hoy me lo he encontrado.
¿Ah, sí? ¿Dónde?
No importa. El embutido Prados que te gusta tanto es suyo. Y su mujer, la dueña de La Tahona Castellana. Así es la vida
Su madre se quedó muda, taza en mano. Después la dejó sobre la mesa guiñando los ojos, dolida. Se hizo un silencio, y luego, casi para consolarse, dijo:
No se elige el destino, hija. Si se pudiera, nos pelearíamos todos.
A Lucía le dio pena su madre.
Bueno, mamá. Nos va bien, ¿no? Hoy he vendido dos trajes y tres chaquetas. Saldremos adelante. ¡No te deprimas!
Tienes razón Eso de saber dónde caer para poner la paja Ay, hija pero el impacto de la noticia la había dejado pensativa.
Al rato llegó su hijo. Alto, con mirada seria y ese aire misterioso. Lucía sólo podía ver, cada vez más, el parecido con su padre biológico.
¿Y toda la familia creyó de veras que un niño de tres kilos nació de siete meses? Nunca dudaron, Lucía era una chica sensata.
Su hijo se sentó:
Mamá, no me eches la bronca. Me han cogido en el club hípico. Cuidaremos caballos, el sueldo es por faena. Yo voy bien en clase, de verdad. No te preocupes…
Lucía suspiró. Otro día le hubiera montado una buena. Hoy no.
Está bien, Andrés. Eres mayor. Todo trabajo es digno. Te hará falta el dinero. No me opongo.
El chico sonrió, tranquilo, con ese clima nuevo de confianza.
Lucía no podía dormir. Ni lloró, ni se angustió. Sentía una extraña calma.
Miraba los crisantemos blancos, pensaba en el destino, en el encuentro de hoy, y en que toca seguir, cada uno por su camino, en una etapa nueva.
El encuentro había partido su vida en dos antes; ahora, igual.
Y por delante tienen los dos sorpresas y posibilidades aún para la felicidad. No se volverán a ver, y sin embargo, seguirán influyéndose.
Todo lo que ocurre, pasa por algo.
Este encuentro estaba ahí para que entendiera algo muy, muy importante.




