Tienes la leche a cambio de nada, y cobras tres precios por ella”, le gritó la mujer a su abuela.

Ayer me encontré con una injusticia flagrante. Y mi conciencia no me dejaba pasar este hecho. Y, naturalmente, intervine.

Todo en orden. Me encantan los productos caseros y siempre voy al mercado los domingos y compro leche, huevos, pollo casero, verduras y frutas.

Puede que no sea tan bonito como en el supermercado, y que en algún lugar la manzana haya ahogado al gusano, pero sé que estos productos son mucho más sanos y sabrosos que los de la tienda. Y así esta vez. Me acerqué al mercado, no es muy grande y desde lejos oí algún ruido en la fila de los lácteos.

Me acerqué y qué veo, cerca de la abuela a la que siempre le cojo la leche, hay una multitud de gente y una mujer, toda tan elegante, le grita a la abuela:

-¿Qué crees que estás haciendo? ¿Cobras tres pieles por tu leche, y te la dan gratis? La leche de los demás es más barata, pero ¿por qué es tan cara para ti?

La abuela intentó demostrarle algo a la mujer, pero ésta fue más fuerte e insolente en su agresión. La gente miraba en silencio.

Y hay que decir que, efectivamente, la abuela vendía su leche a un precio ligeramente superior al de las demás. Pero ¡qué clase de leche era! Era gorda, dulce e increíblemente deliciosa. De una lata de tres litros de leche hacía 700 ml de crema agria espesa y deliciosa. Y el requesón de esta leche era simplemente magnífico. Me acerqué y me dirigí a la mujer que gritaba y le dije:

– “En primer lugar, no pinches a la abuela, es mucho mayor que tú.

-En segundo lugar, es su producto y tiene todo el derecho a pedirlo al precio que quiera. Si no te gusta algo, pasa de largo y cómpralo donde te guste y donde el precio sea el adecuado. No vas a gritar al dependiente de la tienda y exigirle una salchicha cara por el precio de una barata, ¿verdad?

– Y en tercer lugar, si crees que la leche es gratis, nada ni nadie te impide ir al campo, tener una vaca y conseguir leche gratis.

La mujer no encontró respuesta a mi encendido discurso y se marchó maldiciendo para sus adentros. Y yo calmé a mi abuela, le compré su maravillosa leche y me fui a casa de buen humor. Una historia así me ocurrió a mí.
 

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