Te entregué con mis propias manos, y ella lo aceptó sin dudar.

—Oye, Lola, ¡hola! ¿Tan urgente era verme? ¿No podías decírmelo por teléfono? —preguntó Lucía mientras se quitaba la chaqueta y entraba en el piso.

—No era cosa de teléfono. Pasa a la cocina —contestó Lola, apagando la luz del recibidor y siguiendo a su amiga.

—Vaya intriga. Cuenta ya —dijo Lucía, sentándose a la mesa y cruzando las manos como una alumna aplicada.

Lola puso sobre la mesa una botella de vino tinto ya empezada y dos copas.

—¡Anda! ¿Tan serio es el asunto? Pues dime, estoy toda oídos —exclamó Lucía, arqueando una ceja.

Lola sirvió el vino y se sentó frente a ella.

—Para relajarnos y entendernos mejor —dijo con cierto dramatismo, alzando su copa y dando un sorbo.

Lucía también levantó la suya, pero no bebió, esperando a que su amiga empezara.

—Estoy perdida. Me he enamorado hasta las trancas. Vivo como en una nube, no pienso más que en él. Me acuesto deseando que amanezca pronto. Nunca creí que esto pasara. A Pablo lo quise, pero no así. Y ahora… —Lola terminó el vino de un trago.

—Lo siento. ¿Y por eso me has llamado? ¿Para contarme tu nueva vida? —Lucía dejó la copa y se levantó.

—Siéntate —la agarró del brazo y la obligó a volver a la silla.

—¿Y Pablo? —preguntó Lucía, dejándose caer en la silla.

—¿Qué pasa con Pablo? Llevamos siete años juntos. Todo va bien. Pero conocí a Adrián y… bueno, ya lo ves. —Lola suspiró. —¿Me juzgas? ¿Tú has amado así alguna vez? No, ¿verdad? Pues no critiques. Te llamé para hablar precisamente de Pablo.

—Creo que voy a necesitar más vino —Lucía bebió un par de sorbos y asintió, satisfecha.

—Tú estabas enamorada de mi marido. ¿Crees que no me di cuenta de cómo lo miras? —Lola golpeó la mesa con las uñas, nerviosa.

Daba vueltas sin atreverse a ir al grano.

—Qué tonterías dices —bufó Lucía.

Lola se encogió de hombros.

—No es celos, tranquila. En realidad, es mejor así. He decidido dejarlo, pero no sé cómo decírselo. Me da pena.

—Si cambiarte no te dio pena, ¿por qué decírselo sí? No tiene mucho sentido —Lucía bebió otro trago.

—Tú no entiendes. Él es buenísimo. Le grito, le saco de quicio, le agoto… y él no dice nada. No merece esto, ¿me entiendes?

—No. Explícate mejor —pidió Lucía.

Lola volvió a llenar su copa.

—Podría decirle directamente: *”No te quiero, me voy, perdón”*. Él me dejaría ir. Pero, ¿y luego? Los hombres lo pasan fatal cuando las cosas acaban. Su autoestima se viene abajo, empiezan a beber… No quiero hacerle eso. ¿Ahora lo entiendes?

—¿Y yo qué tengo que ver?

Lola puso los ojos en blanco.

—A ti te gusta. Quizás hasta lo amas en secreto. —Lola clavó la mirada en Lucía, que desvió los ojos. —Yo me quedaría tranquila si estuviera contigo y no con cualquiera…

—Ah… Creo que lo pillo. ¿Quieres que yo cuide de Pablo mientras tú te diviertes con tu amante? Estás como una cabra. ¿Él es un trasto que pasas a otra cuando te aburres? —Lucía terminó el vino de un golpe y se secó la boca con el dorso de la mano.

—Gracias por el cumplido. No sabía que era mejor que una cualquiera. En fin, esto es una locura. Búscate a otra para que se haga cargo de tu marido. ¿Y a él le has preguntado? ¿Quiere estar conmigo? —Lucía movía nerviosa la copa vacía.

—Depende de ti —Lola se inclinó hacia ella.

—No, te falta un tornillo. Deberías ir al psiquiatra —Lucía se puso roja de indignación.

—Del amor no hay cura. Y sí, he perdido la cabeza —admitió Lola con condescendencia.

—¿Y si tu aventura no sale bien? ¿Vendrás a reclamar a Pablo? ¿”Gracias por cuidar de mi marido, ahora devuélvemelo”? —La irritación de Lucía crecía.

—No pienso más allá. Solo sé que sin él me muero —Lola se recostó en la silla, molesta por el giro de la conversación.

Lucía calló. ¿Qué podía decir? Habían bebido, y su cabeza no terminaba de aceptar la idea de Lola. Pero por otra parte… ¿por qué no iba Pablo a estar con ella, si de verdad le importaba?

—Ayúdame. Solo estate cerca de él, distráelo, llévatelo a la cama si quieres. ¿Hace falta que te dé instrucciones? —Lola miraba al vacío.

—Esto es de locos. Una esposa ofreciendo a su marido como si fuera un juguete. ¿Te has pasado con las telenovelas? Parece *”La casa de Bernarda Alba”*. ¿Te acuerdas del final? “¡Que no lo tenga ninguna!” —Lucía soltó una risa amarga.

—No grites —Lola se llevó las manos a las sienes. —Solo era una idea. Si no quieres, olvídalo. Que se hunda en la bebida… —Lola bebió otro trago.

Lucía la observó, hipnotizada, cómo tragaba el vino, cómo latía esa venita en su cuello… y no podía apartar la mirada.

—Quiero que sea feliz, como yo. Si no podemos serlo juntos, al menos por separado. Quiero que esté en buenas manos. En las tuyas —dijo Lola, dejando la copa vacía.

—¿De qué discutís, chicas? Espero que no de mí. ¡Qué malas, bebiendo sin mí! —sonó la voz de Pablo.

Las dos giraron la cabeza. Pablo estaba en la puerta, sonriendo.

—Por fin. Desvístete, lávate las manos, que cenamos. Estábamos hablando de una película —dijo Lola con naturalidad, levantándose para encender el fogón.

Pablo volvió pronto del baño.

—¿Y mi copa? —preguntó, sentándose en el lugar de Lola.

—Luego. ¿Puedes llevar a Lucía a casa? Ya es tarde —Lola le lanzó una mirada elocuente a su amiga.

—No hace falta, llamaré un taxi —dijo Lucía, sin entender.

—No, yo la llevo —Pablo ni siquiera levantó la vista del plato de carne con patatas que Lola le servía.

—Sal un momento, tengo que decirte algo —Lola hizo un gesto a Lucía para que la siguiera al salón.

Una vez a solas, Lola la agarró del brazo, la acercó y le susurró al oído:

—Ahora todo depende de ti. Cuando te lleve a casa, invítalo a pasar. Dile que se te ha roto algo, pídele que lo arregle… Ya te inventarás algo. Y luego… no te cortes. Si él también peca, mi infidelidad no le dolerá tanto.

Lucía la miró con los ojos como platos.

—¿Quieres que sea cómplice de tu engaño? ¿Que le mienta? No voy a hacerlo.

—Vale. ¿Tan santa eres? Pues no lo hagas —Lola la soltó, molesta.

***

Lucía iba en el coche de Pablo por las calles vacías.

—Perdona por el rolloEl coche se detuvo frente a su casa, y aunque Lucía sabía que aceptar su invitación cambiaría todo, tomó aire y murmuró: “¿Subes a tomar un café? Creo que se me ha roto el grifo…”.

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MagistrUm
Te entregué con mis propias manos, y ella lo aceptó sin dudar.