Silencio más allá de la ventana

El silencio tras la ventana

Por primera vez en años, su voz rompió el silencio. Era frágil, casi ajena, como un eco de un pasado lejano:

—Buenos días.

Las palabras temblaban, como si temieran romper la frágil calma. Pertenecientes a otra vida, una en la que las mañanas resonaban con risas infantiles, el golpe de las ollas en la cocina y pequeñas manos que la llevaban a la ventana para mostrarle cómo los brotes de lentejas crecían hacia el sol en un viejo tarro de cristal.

Catalina abrió los ojos en la penumbra. El techo sobre ella era gris, como el cielo desteñido de un pueblo costero. La habitación estaba cálida, pero una corriente fría movía lánguidamente el borde de la cortina—había olvidado cerrar la ventana de nuevo. O quizá la dejó abierta a propósito, como esperando que desde la calle llegara una voz conocida. O pasos. O el golpe de una puerta. Permaneció tumbada, observando las grietas del techo, buscando en ellas una respuesta: cómo escapar de aquel vacío. El hambre le dio un pinchazo en el estómago. Entonces se incorporó, escuchando: el piso respiraba soledad, obstinada y silenciosa, como si esta hubiera llegado antes que ella misma.

En la cocina, todo parecía detenido en el tiempo. Una taza con restos de café permanecía en el alféizar, como un testigo mudo del día anterior. Sobre la tabla, media pera, ya oscurecida y olvidada—Catalina no recordaba cuándo había empezado a cortarla, pero sí cómo se detuvo, como si algo dentro de ella se hubiera roto en ese instante. En la nevera, una foto: un niño de unos seis años, vestido de pirata, sonriendo como si en cualquier momento pudiera hablar, sus ojos brillando como el mar bajo el sol.

No había tocado aquella foto en más de dos años. Sus dedos se acercaban—y se detenían, temiendo borrar su sonrisa. La imagen se sostenía con un imán de la farmacia local—una ironía amarga. Aquel día fueron a revisar su vista: él decía que las letras de los libros «bailaban». Pero todo terminó lejos del hospital. Sin diagnóstico. Terminó en un camino que no aparece en los mapas ni se traza con aplicaciones.

Junto a la puerta, sus zapatillas. Pequeñas, con los cordones desgastados. El polvo las cubría como una fina capa de tiempo. Para otros, podrían ser basura olvidada; para ella, una reliquia. Las evitaba, conteniendo el aliento, como si una mirada casual pudiera romper el frágil equilibrio de su mañana. Quiso guardarlas—y no pudo. Solo eran un trozo de tela y goma. Pero en ellas habitaba un universo. Como si alguien pudiera volver y preguntar: «Mamá, ¿dónde están mis zapatillas?». Y ella debía estar preparada—no para él, para sí misma.

Catalina preparó té. Sin azúcar, sin miel—solo agua hirviendo con hebras amargas. La infusión sabía a sus pensamientos. Fuera, el pueblo seguía su ritmo—indiferente, como el mar después de la tormenta, donde bajo la superficie sigue el caos, pero arriba reina la calma. En ella, todo estaba quieto, como si hubieran desconectado algo, y solo algunos destellos de memoria mantenían encendida una luz tenue.

Antes daba clases de literatura en el instituto local. Amaba a Unamuno—no por la tragedia, sino por la verdad. Por encontrar vida en los rincones más oscuros. Por los silencios que guardaban todo lo que no podía decirse en voz alta. Después de la pérdida, dejó todo. Cogió una baja y no regresó. Primero no podía. Luego no veía sentido.

El verano pasado, una amiga la invitó a un grupo de apoyo. Fue tres veces. Recordaba la sala fría de paredes blancas, el olor a café barato de la máquina, que ahogaba todo—incluso el leve aroma del perfume ajeno, incluso sus propios pensamientos. Recordaba a la mujer con un jersey azul, que había perdido a su hija, hablando con una sonrisa forzada, como disculpándose por su dolor. Y al chico de la sudadera, que callaba, jugueteando con la mochila, como si quisiera desaparecer dentro. Nadie gritaba, pero el aire vibraba como una película fina sobre el fuego. Catalina se marchó—su dolor parecía «incorrecto». Como si no mereciera un lugar entre otras penas. Como si hubiera perdido algo que nadie más veía.

Escribía cartas. Sin guardar, escondidas en una carpeta del ordenador llamada «Bocetos». Escribía a él. «Ya estarías en segundo curso… Seguro que odiarías la avena. Discutiríamos por las mañanas. Yo te ataría los cordones si no hubieras aprendido. Y tú—mi pirata. Mi risa en la hierba. Mi “mira, mamá, un barco”. Mío…». A veces cortaba la frase a medias. Punto final. Y silencio. Sin continuar, sin corregir. Solo su respiración frente a la pantalla y el vacío a sus espaldas.

Hoy, su voz sonó distinta. Sin angustia, sin melancolía—con una determinación cansada pero firme. Como si algo se hubiera resquebrajado dentro, dejando pasar la luz.

De pronto, Catalina quiso salir. Pasear por el paseo marítimo. Sin rumbo. Solo respirar. Su cuerpo, entumecido por años de dolor, recordó cómo moverse. Se puso el abrigo, calzó sus botas, se detuvo frente a la puerta. El suelo crujió, el tic-tac del reloj marcaba el pulso de la casa. Luego se acercó a la nevera. Tomó la foto. Retiró el imán. Pasó un dedo por la imagen, como acariciando su mejilla.

—Vamos, pirata. Es hora de vivir—dijo. Su voz no tembló. Había fuerza en ella—o esperanza, algo que casi había olvidado.

Salió, cerrando la puerta con suavidad. Y por primera vez en años, cerró la ventana. No por miedo. Solo porque entendió que, ahora, podía hacerlo.

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