Rivales de la infancia: el relato de una esperanza

**Rivales de infancia: la historia de una Esperanza**

Antonio salió al porche de la casa de sus padres, respiró el aire cálido del atardecer en el pueblo y se sentó en el viejo banco de madera que crujió bajo su peso, como hacía desde que era niño. Minutos después, apareció por el camino Javier, el amigo con el que había crecido codo con codo, aunque hacía años que algo entre ellos se había torcido.

—¿Qué tal, cómo va todo? —preguntó Javier, dándole una palmada en el hombro con complicidad masculina.

—Bien, tirando —asintió Antonio—. Trabajando y me compré un piso en la ciudad.

—¡Qué bien! —Javier asintió, aprobador—. Siempre fuiste el listo. No como yo…

—¡Anda ya! —Antonio esbozó una sonrisa—. Mis padres me contaron que tienes la mejor casa del pueblo. Dicen que los vecinos te toman como ejemplo.

—Tú tampoco te quedas atrás, eh. Un piso no es poca cosa.

Se rieron y, como por costumbre de antaño, se dirigieron a casa de Javier. Sacaron pan, huevos, chorizo y una botella de orujo. Se sirvieron un chupito, haciendo muecas al tragar—no eran de beber mucho.

De pronto, Javier soltó:

—Oye… ¿Sabes lo de Esperanza?

Antonio se tensó:

—¿Qué pasa?

—Se ha casado. Con uno… de la aldea de al lado. Ahora da clases en nuestro antiguo colegio.

—¿Esperanza? —repitió Antonio, sintiendo un pellizco en el pecho—. No lo sabía…

—Yo tampoco me lo creí al principio. Pensé que se me pasaría… pero estuve tres días en el tractor y no se me quitó. ¿Me entiendes?

Volvieron a servir. Bebieron y luego se quedaron en silencio, mirando cada uno su taza de café.

De repente, alzaron la vista y rompieron a reír como en los viejos tiempos, hasta que les salieron lágrimas y les dio hipo.

—Y así fue —se secó los ojos Javier—. Tantos años por ella… y mira cómo terminó.

—Sí —asintió Antonio—. Hicimos una competición. Quién era mejor, quién aguantaba más, quién gritaba más fuerte. Y ella… zas, se fue con otro.

—Buena chica —dijo Javier, inesperadamente—. Eligió por sí misma. Aunque nos esforzamos…

—Bueno —murmuró Antonio pensativo—, pero al menos no fue en vano. Tú construiste tu casa, yo dirijo un servicio en el hospital. Ambos valemos algo ahora.

—¡Exacto! —se animó Javier—. Tenemos solo veintinueve. ¡La vida acaba de empezar!

—Aunque tú empezaste primero —recordó Antonio.

—Quizá. Pero tú seguiste. Listillo de mierda.

—Entonces yo también fui tonto. Los dos lo fuimos —sonrió Antonio con ironía.

—¿Te acuerdas cuando, después del cole, ella se sentaba en el banco y nos miraba a los dos igual? Ni a ti ni a mí. A ninguno.

Quedaron en silencio. Recordando.

Antonio y Javier se conocían desde la cuna—habían nacido con días de diferencia. Crecieron juntos, separados solo por una valla. Jugaban, estudiaban en el mismo colegio, compartían pupitre. Hasta los quince fueron inseparables.

Hasta que apareció Esperanza.

Parecía haber madurado en un verano. Dejó de ser la chiquilla en bicicleta para convertirse en una joven esbelta con una trenza castaña. Y todo cambió. Los amigos se volvieron rivales.

Javier se inclinó por la mecánica, arreglando el tractor de su padre. Antonio prefirió los libros y los animales. Uno se fue al campo, el otro al laboratorio.

Esperanza los miraba con aquella expresión que les hacía saltar el corazón.

Al terminar el instituto, Antonio se marchó a la ciudad a estudiar, mientras que Javier entró en una cuadrilla de obra. Esperanza decidió matricularse a distancia y aparecía a veces con uno, a veces con otro. Traía noticias: quién ganaba más, quién tenía una beca mejor. Pero nunca se quedó con ninguno.

Ni siquiera el servicio militar los reconcilió. Se hicieron hombres, cada uno por su lado. Javier levantó su casa y compró el primer coche del pueblo. Antonio se hizo médico, leyó tesis. Pero ambos seguían solteros. Ambos seguían con el recuerdo de aquella chica de trenza larga.

Y ahora, sentados en la cocina, cansados, con la mirada oscurecida por los años, se reían. Con amargura, pero también con luz.

—A fin de cuentas, está bien que se haya casado —dijo Antonio al fin—. En serio. Quizá ese tipo la quiere de verdad.

—Quizá… —musitó Javier—. Ojalá que sí. Si no… todo habrá sido en vano.

Guardaron silencio. Luego Javier golpeó la mesa.

—¿Sabes qué? Brindemos. Por ella. Por nosotros. Porque la vida sigue.

—Vale —sonrió Antonio—. Porque seguimos aquí. Y no somos enemigos.

Javier sirvió la última copa.

—Por la Esperanza.

—Por la Esperanza.

El cristal resonó. Y fuera, la tarde se convertía en noche. Sobre el viejo banco, dos siluetas se inclinaban—ya no niños, pero tampoco viejos. Solo dos hombres que la vida juntó una vez y nunca separó del todo.

Y Esperanza… bueno, que seY en algún lugar, bajo el mismo cielo, Esperanza sonreía sin saber que su nombre aún unía a aquellos dos hombres, como un eco de infancia que nunca se desvaneció.

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