¡Sofía, ¿estás lista? ¡Que voy a llegar tarde al instituto! Lucía agitó la última camisa de Álvaro y la colgó en la cuerda del balcón. Aquel balcón, sin cerrar, con las paredes descaradamente desconchadas, era, contra todo pronóstico, su rincón favorito del piso.
Lucía se asomó a la barandilla y, una vez más, se quedó absorta. Desde el séptimo piso se veía el Manzanares y medio barrio de Arganzuela al fondo. El amanecer ya se había hecho el dueño del cielo, inundándolo todo de un sol que parecía de estreno, tan luminoso que casi dolía mirarlo. Lucía entrecerró los ojos y apretó los dedos finos en la barandilla fría. ¡Esta sí que es la vida! Cuando el futuro es como una avenida de Gran Vía un domingo desierta y el presente brilla tanto que te ciega. Y ella igual. Ella también iba a hacer lo que quería y, faltaría más, las cosas saldrían justo como ella quería. Solo tenía que apañarse con lo que tocaba.
Pero de repente, viajera puntual, llegó una nube gorda y tapó el sol. Lucía dio un pequeño respingo, despertando de golpe. De pronto, todo volvía a ser nítido, cotidiano. Así es siempre: primero sueñas, y luego ¡zas!, la realidad. Aunque ¿Qué era lo que decía Concha? La realidad la creamos nosotros, ¿no? Pues que sea lo que tenga que ser, que al menos dependa de uno Quizá tenía razón Concha, que para algo era una mujer lista, con su licenciatura y todo. Siempre le decía que Lucía tenía posibilidades de entrar a la universidad, aunque claro, querer no basta y menos en su casa. Todo había que pensarlo bien, con los pies en la tierra. Tal y como estaban las cosas, su padre no podía solo con los tres. Los pequeños aún eran muy chicos, el dinero escasísimo, y aquello quería decir que Lucía tendría que decidir: universidad o curro. De momento, no había más opciones que ponerse a trabajar y echar un cable a su padre.
Miró el minúsculo reloj de pulsera que su padre le regaló en segundo de Primaria y soltó un ¡Madre mía!. ¡Se les hacía tardísimo! Cogió la palangana vacía y empujó la puerta del balcón.
Sofía dormía con la mano bajo la mejilla, tan dulcemente que Lucía se quedó unos segundos embobada. ¡Qué guapa era! Las pestañas larguísimas apoyadas en las mejillas, los rizos rubios desparramados por la almohada como los de un cuadro de Sorolla. Daban mucha guerra, pero Lucía no soportaba la idea de cortar ese pelo. Una joya así había que cuidarla. Su madre tenía el pelo igual. Lucía frunció el ceño. Odiaba recordar a su madre. Se puede perdonar muchas cosas, pensaba, pero lo de traicionar eso es imposible. Porque su madre las traicionó. Se fue. Sofía era tan pequeña que ni la recuerda; tiempo hubo que llamaba mamá a Lucía, lo que alguna vez fue motivo de miradas de soslayo en el parque. Lucía sonrió, recordando cómo se abalanzaron las vecinas cotillas la primera vez.
Se mudaron a ese piso después de que se muriese la abuela y le quedara el piso grande a su padre en herencia, en Lavapiés. En el antiguo, de dos cuartos, ya no cabían ni de milagro, así que desembarcaron a lo grande en el de la abuela, con cuatro cuartos y pasillo de los de poner a correr una maratón.
La abuela, Rosario, fue mujer de armas tomar, catedrática de universidad y con cero trato con los vecinos, a los que consideraba más simples que el mecanismo de un chupete. Lucía, de pequeña, ni entendía por qué su abuela era así, pero de mayor evitó ir salvo para ayudar, tragando saliva y mordiéndose la lengua ante los comentarios envenenados de la abuela.
Eres igualita que tu madre, y ya te digo yo que mucho no vas a hacer. Solo si salen los genes de los buenos, quizás. Que de tu padre, poco puedes esperar, ¡menuda pieza! Lo único que puede salvarte, Lucía, son los estudios, ¡aprovecha! O acabarás como ella.
Lucía callaba. ¿Qué iba a decir? Además, replicar a Rosario era deporte de riesgo. Su padre nunca reñía cuando la abuela se quejaba de Lucía, pero verla tras la puerta, con ese semblante marchito y ausente toda la tarde, era castigo peor. Por eso tragaba, fregaba el suelo o terminaba alguna tarea, y salía disparada cuanto antes. Una sola vez no pudo contenerse y saltó.
Tus hermanos seguro que no los ha tenido tu padre. Así que a mí no me vuelvas a hablar de esos bastardos en mi casa, ¿me oyes?
¡Pues no vuelvo más a tu casa! Lucía apretó los puños, lista para romper toda la colección de porcelanas que le tocaba limpiar. Odiaba esas figuritas: dos horas sacudiendo el polvo bajo la mirada de la abuela Por esas piezas, Rosario no permitía que los niños entrasen en el piso. Preguntada por Lucía, respondió tajante: la porcelana vale, los niños no tanto y menos si no son de su sangre.
¡Ya no vuelvo! Gritó Lucía, se puso el abrigo y bajó corriendo a casa. Sofía berreaba en el parque-cuna y Lucía, quitándose solo los botines, la levantó en brazos.
Tú eres mía. Y Álvaro también. ¡Somos familia! ¡Y nos vale con eso!
Su padre asomó desde el baño, donde andaba lavando ropa, y miró a Lucía con asombro: la niña llorando como si le hubieran contado que no hay roscón en Reyes. Sofía, tocándole la cara para ver por qué estaba mojada, se puso a llorar también, más fuerte que ella. Álvaro, haciendo los deberes en la cocina, apareció preguntando al padre:
¿Y éstas?
¡Ni idea!
Mujeres Álvaro las abrazó a las dos de golpe ¡Venga, que hay macarrones!
Llamaron de la abuela al rato y Lucía, que estaba fregando, dejó la vajilla a medias. Oía la voz del padre: primero extrañado, después cabreado, luego directamente borde. Lucía se sentó en la silla encogida, abrazándose las piernas. Ya venía la tormenta…
Pero se equivocaba. Esa noche solo hubo un silencio sereno. Su padre entró, la abrazó fuerte y le dijo:
No tienes que ir más a casa de la abuela.
¿Por qué?
Porque a ti no te humilla nadie ni insulta a los tuyos. Aunque sea familia.
Lucía respiró aliviada. Fin de las malas tardes y los reproches interminables. Ahora, a centrarse en lo suyo y los de casa.
Al año y medio la abuela falleció. Lucía, tras dos meses sin visitarla, la volvió a ver en el hospital acompañando al padre. Ya no era la mujer rotunda, solo una abuelilla seca y desmoronada, encogida entre las sábanas. Solo mantenía la vieja dureza al hablar con los demás. Lucía, viendo cómo trataba a las enfermeras, apretó la mano de su padre y decidió quedarse.
Las enfermeras suspiraban aliviadas con la mediación de Lucía. Como estudiaba por la tarde, por la mañana iba al hospital al cambio de turno. La abuela bajaba el tono si Lucía estaba presente, y las enfermeras podían trabajar en paz.
Menuda chavala eres La supervisora la abrazó No guardes rencor, hija. Si en el corazón hay miseria, solo se le puede compadecer.
El último día que vio a la abuela, estaba extrañamente callada, mirando el cielo plomizo desde la ventana. Lucía, acabando una redacción del instituto, recogió la mochila para marcharse.
Me voy.
Espera la voz de la abuela era apenas un susurro. Perdóname, niña, por todo Qué vida más tonta la mía Cuida a tu padre.
Lucía asintió, le dio un beso y salió corriendo. No llegó a tiempo a clase. Esa misma tarde, la abuela murió. Lucía recibió la noticia de su padre en silencio, se llevó a los peques al cuarto y entendió que para ella era un nudo que quizás acabaría por soltarse, pero para su padre era otra cosa; era su madre. Sabía que él pasaría la noche en la cocina, quieto, secándose las lágrimas a escondidas antes de preparar la cena para todos.
La mudanza fue dura. Sofía cogía todos los virus del cole posible, Álvaro revolucionado, el padre corriendo de acá para allá. Lucía metía trastos en cajas, pidiendo al cielo (a lo castizo, sin mucha fe pero por si acaso) que el nuevo sitio fuera mejor. Y no sabría decir por qué, pero juraría que alguien la escuchó.
En el piso de la abuela cada uno tuvo su propio espacio por primera vez, pero pronto todos volvieron a reunirse: la cama de Sofía apareció en el cuarto de Lucía (al fin y al cabo, acababa ahí todas las noches), y Álvaro ocupó la cocina con Lucía mientras hacían deberes y cenas a la vez.
¡Échale sal a las patatas! Lucía, peleando con la física. Las ciencias nunca fueron lo suyo.
Lu, que el cocido ya hierve, ¿qué hago ahora?
¡Voy! Deja la física, a picar cebolla.
Esto no me cuadra Las negativas me matan. ¿Lu, me ayudas?
¿Qué tienes ahí?
Sofía, al lado, garabateando en su cuaderno. Si los mayores estudian, ella también.
El primer año, Lucía casi no respiraba. El padre trabajando, los peques a cargo suyo. Con Álvaro era posible negociar; Sofía, ni de broma. El colegio ayudaba, pero cada resfriado caía en Lucía, que perdía días de clase por cuidar a la hermana. Hasta que apareció Concha.
Lucía la conoció de casualidad, saliendo al parque la primera semana en el barrio. Era un día templado, la plaza llena de peques y padres, abuelas y niñeras, todos cotilleando al sol y vigilando que nadie se subiera al tobogán al revés. Sofía quería los columpios, pero había cola.
¡Mamá! gritó Sofía, y todas las vecinas aguzaron el oído.
¿Mamá? ¿Esa chavala? Pero, ¿qué edad tiene? ¡Ya será menos! ¡Ay, qué vergüenza!
No faltó la buenagente de turno opinando, y empezó la procesión de críticas.
Sofía lloraba por el columpio y Lucía no sabía cómo sacar a la niña de ese corro de cotillas.
¿Pero qué pasa aquí?
Lucía pegó un bote al girarse. Por un segundo, le pareció oír la voz de su abuela. El timbre frío la calló a todas.
¡Concha! Menos mal que has llegado. Hay vecina nueva, pero parece que aquí el gallinero no le ha gustado.
Concha, elegante y con un niño de la mano, recogió la bolsa de juguetes y fue directa al grano:
¿Dónde está el problema?
Una jubilada mandona, la más bocazas, resopló.
¡Tú mira, Concha, mira! ¡Esta cría ha tenido una hija siendo un bebé casi! ¿Eso es ley? ¿Quién la va a castigar, eh? ¿Y cómo va a educar un niño a otro niño? Mejor llevar a la pequeña al centro, que por lo visto, aquí nadie puede cuidar de ella.
¿He terminado de oír barbaridades? Concha la miró seria.
Lucía veía cómo a veces la gente tenía mucho que decir cuando nadie les había preguntado nada. Pero la maruja se encogió y, murmurando, se fue del parque echando chispas.
Circo terminado. Concha encogió los hombros. Por si tenéis dudas, ¿quién es la niña?
Mi hermana.
¿Alguna pregunta?
Todas cabecearon y huyeron de la plaza.
¿Cómo te llamas?
Lucía. Ella es Sofía.
El mío ya lo sabes. Déjate de Señora Concha, ¿eh?
¿Entonces?
¡Madre de Dios, no me digas señora! fingió horror. Llámame sólo Concha. No nos llevamos tantos años, mujer.
Concha pronto se convirtió en su amiga, aunque parecía imposible: ¿qué amistad puede haber entre una adolescente y una mujer casi de treinta? Pero seguramente el destino, de vez en cuando, se marca estos guiños absurdos y funcionó.
Lucía pronto entendió por qué Concha era tan respetada y temida: abogada de familia, conocía los secretos del barrio e inspiraba aún más respeto porque sabía callar.
No te haces una idea de todo lo que sé de esta gente se reía, ayudando a Lucía a quitar cortinas. Bonitas, pero para lavar, un horror. La tela, un suplicio.
¿Por qué te tienen miedo?
Concha, subida a la ventana, menuda y fuerte, parecía casi una de sus amigas del instituto.
A todo el mundo le gusta parecer decente explicó Concha . Así, si descubren que le quitas la pensión a tu hijo, o dejas a tu madre en una residencia para quedarte con su piso, ¿qué imagen queda? El miedo a perder el qué dirán mueve montañas, Lucía.
Lucía asintió despacio. Lo entendía. Por eso su padre decidió mudarse, lejos de los que sabían por qué su madre ya no vivía con ellos
Concha fue la única a la que Lucía le contó lo de la madre. Se le daba tan bien guardar sus cosas que ni pensaba que estaba mal hacerlo. Los agravios, las preguntas, los ¿Y si? colándose como un eco en la cabeza. ¿Y si la abuela tenía razón y acabaría igual?
Un día, Concha le pidió un favor.
Tengo un juicio y luego médico, igual me retraso. ¿Le das de comer a Manchitas? Si no, me va a montar una protesta de campeonato.
¿Pero qué problema tiene? ¡Si es sólo un gato!
Concha rió.
Problema es si se lo coge y luego no deja dormir. Me toca la cara toda la noche.
¡Enciérralo en otra habitación!
Concha le hizo un gesto.
Mira… Manchitas dormía en el sofá. Concha le susurró Uno, dos, tres
Un porrazo en la puerta hizo saltar a Lucía.
¿Eso cada vez?
Cada vez que lo encierro, sí.
Concha abrió y cogió al gato.
A veces creo que es él el que me alquila el piso a mí.
Le enseñó dónde estaba el pienso, y se fue.
Lucía se entretuvo ayudando a Álvaro con mates, y en el cole Sofía se puso farruca eligiendo chocolatina. Llegó a casa de Concha casi a las ocho.
¡Perdón, Manchitas! Puso la comida al gato.
Puerta. Lucía, sobresaltada.
Ah, eres tú Concha tiró el bolso y se sentó agotada.
Gracias
Pero de pronto, se echó a llorar. Lucía se quedó en blanco: la veía como de acero, y de pronto, lágrimas. Lucía se sentó a su lado y la abrazó.
Perdona Estoy fatal y no tengo a quién contárselo. No tengo ya mamá. Estoy sola.
¿Y yo qué soy, Concha? ¿Un mueble?
Concha sonrió entre lágrimas y acarició los rizos de Lucía.
Qué envidia tus rizos Siempre he querido tenerlos, es la ley de la vida: quieres lo que no tienes, igual que quería un hijo.
Nunca había mencionado eso.
Concha, los rizos te los hacen en la pelu ahora, y ¿un hijo?
Lucía se olvidó de no meterse en lo que no le incumbía. Bastante le debía ya.
Concha sacó una carpeta.
Aquí está mi sentencia, Lucía. No habrá hijos, nunca. Culpa mía. Hay errores que cuestan una vida.
Se quedó embarazada al primer intento. Ella y Samuel lo hablaron y les hizo ilusión, después de años juntos. Amistad desde la cuna, boda preciosa, sueños por cumplir y postergaron siempre lo del bebé por curro y dinero. Cuando vino, les pilló con billetes para Thailandia ya reservados.
¿Qué hacemos con el viaje?
Nos vamos, algún descanso vendrá bien. No estás de mucho, el médico lo aprueba.
Todo previsto menos un chaval descerebrado en moto. Concha despertó en hospital, el bebé lo perdió. Vino una recuperación larguísima. El médico recomendó a Samuel darle ánimos.
¿Animos? Si no sale de la tristeza.
Samuel se quemó, Concha no lograba mirar a nada que no fuera su propio dolor. Olvidó que el hijo era de los dos. Al volver a Madrid, vinieron el divorcio y la distancia. Al tiempo, una noche, recordaron que seguían compartiendo algo ¡humor y memoria! y volvieron a hablar. Pero el tiempo no se recupera; la infancia y las ranas en la charca ya no vuelven.
Samuel propuso volver y Concha se lo pensó. Mucho. No puedo darle algo que siempre ha querido
¿Y no hay error posible, Concha? ¿Ni una mínima esperanza?
Los médicos dicen que no.
Hay médicos y médicos Haz la prueba, ¡luego ya llorarás si hace falta!
Concha abrazó a Lucía.
¿De dónde sacas tanta sensatez? Si apenas tienes años
Profes buenos, dijo Lucía y fue a poner el té.
Cuéntame, Lucía. ¿Por qué sólo tu padre? ¿Dónde está tu madre? Venga, hoy nos confesamos tú y yo.



