**Encuentro de Amigos**
El motor del coche ronroneaba con un sonido arrullador, y el interior olía a cuero y a ambientador. La carretera gris, con sus líneas blancas perfectas, fluía bajo las ruedas mientras el sol comenzaba a ascender, prometiendo un cálido día de verano. Lucía reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.
—Duerme un poco. Faltan unos veinte minutos —dijo Alberto a su esposa.
—Preferiría estar durmiendo en casa, en la cama calentita. Al fin y al cabo, es día libre. Podrías haber venido solo. Son tus amigos, al fin y al cabo —respondió Lucía sin abrir los ojos.
—¿Y qué haría yo aquí sin ti? Todos vienen con sus mujeres. Pensé que tú y Eva también os llevabais bien. Además, nada como descansar al aire libre, no en la cama. —Alberto guardó silencio un momento—. Hace mucho que no nos reunimos. ¿Te acuerdas de cómo era antes? Ah, por cierto, Jorge vendrá con su nueva esposa. ¿Te lo dije? No, ¿verdad? Imagínate, se ha casado. A ver quién ha conseguido conquistarlo tanto como para que renuncie a su libertad.
Lucía asimiló la noticia, se incorporó y abrió los ojos.
—¿Ya lo has visto?
—Sí, claro, pero muy rápido, sin detalles. Pero tengo ganas de charlar como antes, de sentarnos alrededor de una fogata con la guitarra. Ay, qué tiempos —suspiró Alberto.
—Y ahora volveréis a juntaros todos los fines de semana —murmuró Lucía.
—Venga, mujer. ¿Qué tiene de malo? Somos amigos desde la universidad. Nos conocemos de toda la vida. Cuando tu madre enfermó, Jorge no dudó en prestarnos dinero para la operación.
Lucía volvió a reclinarse.
—Es cierto. Jorge es un buen tipo. Pero Íñigo y Eva…
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Alberto, sorprendido.
—Parece que no son una familia, sino que fingen serlo. Son como extraños, no tienen esa conexión. No sé cómo explicarlo.
—Nunca lo había notado. A mí me parecen buena gente. ¿Sabes que Eva salió con Jorge? Sí, todo el mundo pensó que se casarían en primero. Pero luego algo se torció. Eva terminó casándose con Íñigo.
—No me lo habías contado —Lucía giró la cabeza hacia él.
—Fue hace mucho. Ha llovido desde entonces.
El motor seguía ronroneando, y Lucía volvió a cerrar los ojos. Los abrió al sentir el coche traqueteando al salir del asfalto hacia un camino de tierra. Los pinos estaban alineados como una muralla, filtrando apenas los rayos del sol.
—Había olvidado lo bonito que es aquí —exclamó Lucía.
—Claro —respondió Alberto con orgullo, como si él mismo hubiera contribuido a tanta belleza.
La verja de la parcela estaba abierta: los estaban esperando. Alberto aparcó junto a otros dos coches. Todos habían llegado. Desde la casa, Jorge salió a su encuentro con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar hasta el coche.
—¡Por fin! Ya pensábamos ir a pescar sin ti. —Jorge abrazó a Alberto y le dio una palmada en la espalda—. Y tú, cada día más guapa —le dijo a Lucía con una sonrisa—. ¿Para qué traéis tanta comida? Aquí hay de todo. Darme las bolsas, nunca sobran.
Los tres caminaron hacia la casa, cargados con las provisiones. En el jardín, ya estaba colocado el asador, junto a un saco de carbón. Bajo la sombra de un manzano, una mesa rústica con sillas de enea.
En la puerta aparecieron Eva y una chica joven, cargadas con cojines y mantas.
—¡Hola, Alberto, Lucía! —gritó Eva.
El ambiente se volvió alegre y bullicioso, con risas y voces superpuestas.
—Bueno, chicas, vosotras ocupáos de aquí, que nosotros vamos a pescar —anunció Jorge.
—Vaya… —refunfuñó Eva.
—No tardaremos. Solo un rato para hablar entre hombres. Y vosotras no seáis aburridas. Hicimos nuestra parte: marinamos la carne, preparamos el asador, trajimos todo. Ahora es vuestro turno.
—Chicas, ¿brindamos por conocernos? —Eva sacó una botella de vino rojo cuando los hombres se fueron.
—Yo preferiría blanco. El tinto me da dolor de cabeza —dijo la más joven del grupo, Sara.
—Precisamente traje una para ti. Ahora la traigo —contestó Eva.
—¿La conoces? —preguntó Lucía a Sara, señalando a Eva, que había entrado en la casa.
—Sí. Ha venido a vernos un par de veces.
—¿Ah, sí? —Lucía se sorprendió—. ¿Y cuándo volvisteis a la ciudad?
Por la conversación en el coche, supo que acababan de regresar de su luna de miel.
—Hace dos semanas —contestó Sara.
—¡Tachán! —Eva apareció en la puerta con una botella de vino blanco.
Las mujeres bebieron un trago y empezaron a organizar la comida. Eva tomó el mando, y Lucía notó que lo hacía deliberadamente, como queriendo dejar claro a Sara quién llevaba allí más tiempo.
La actitud altiva de Eva molestó a Lucía, pero prefirió no intervenir. Sería buena manera de descubrir cómo era Sara.
Con la mesa puesta y la comida lista, se relajaron hasta que volvieran los hombres. Y, como suele pasar, la conversación giró hacia ellos.
—Sara, no bajes la guardia. Tu marido es un conquistador. ¿Sabes cuántas mujeres ha traído al grupo? Ni se pueden contar. Todos los hombres cambian —dijo Eva con un suspiro.
—¿Por qué la asustas? —protestó Lucía.
—¿Tu marido te ha sido infiel? —preguntó Sara directamente.
—Vaya, qué boca. Ya lo verás por ti misma —replicó Eva, mirando de reojo a Lucía.
Sara la observó con extrañeza pero no contestó.
—Si descubriera que Alberto me engaña, creo que lo perdonaría. No lo sé —dijo Lucía, intentando desviar la conversación.
—Alberto no te dejaría nunca. Con mujeres como tú, no se van —comentó Eva con amabilidad.
—Si todos los hombres cambian, ¿para qué divorciarse? Estar sola es peor, y luego otro haría lo mismo. Con Alberto ya me entiendo. ¿Quién sabe cómo sería otro marido?
—No todos son infieles —insistió Sara.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Eva con superioridad—. Lleváis casados nada. Espera a que pase la pasión, llegue el cansancio, los defectos salgan a flote… Verás cómo cambias de opinión.
—Solo cambian los que quieren demostrar algo, afirmarse a costa de otra… —argumentó Sara.
—¡Mira que eres joven y ya quieres dar lecciones! —se indignó Eva, buscando el apoyo de Lucía.
—No discutáis, chicas —intervino Íñigo, que apareció por detrás.
Las tres se sobresaltaron.
—¿Y el pescado? —preguntó Eva, levantándose.
—¿Dijimos que traeríamos pescado? Dijimos que íbamos a pescar, no que lo íbamos a traer —Jorge guiñó un ojo, y todos rieron.
El ambiente se relajó de nuevo. Los hombres se cambiaron y se ocuparon del asador mientras las mujeres sacaban los platos.
Al caer la tarde, entre risas, canciones y vino, Jorge cantó con su cálida voz: *”Tú, tan solo tú…”Con el tiempo, las heridas del pasado se cerraron, y aunque las vidas de todos tomaron rumbos distintos, aquel verano quedó como un recordatorio de que, incluso en medio del caos, la amistad y el amor pueden prevalecer.






