¿Quién te crees para invadir mi laptop?

—¿Qué demonios haces husmeando en mi portátil? —Álvaro se plantó delante de Lucía, con una expresión que ella nunca había visto.

Lucía llegó del instituto y, al entrar en el recibidor, el olor a alcohol le golpeó. Los ronquidos retumbaban desde el salón. Su padre, borracho otra vez. Fue directa a la cocina.

Su madre, Carmen, pelaba patatas frente al fregadero. Al oír pasos, se giró. Lucía lo notó al instante: la mejilla enrojecida e hinchada.

—Mamá, vámonos de aquí. ¿Cuánto más vamos a aguantar? Podría matarte algún día —dijo Lucía, llena de rabia.

—¿Adónde vamos a ir? ¿Quién nos va a querer? No tenemos para pagar un piso. No temas, no me matará. Es un cobarde. Solo sabe levantar la mano conmigo.

A la mañana siguiente, ruidos extraños la despertaron. Se asomó a la cocina. Su padre, frente a la encimera, bebía directamente del pitorro de la tetera, la cabeza echada hacia atrás. Lucía observó, hipnotizada, cómo su nuez subía y bajaba. «Que se ahogue. Por favor, que se ahogue», pensó, con odio.

Pero no se ahogó. Dejó la tetera, resopló satisfecho, la miró con ojos hinchados y pasó de largo hacia el baño.

Lucía se estremeció al pensar que su madre usaría esa misma tetera sin lavar, con restos de saliva y alcohol. La limpió con furia, jurándose no volver a usarla sin primero enjuagarla bien.

En las vacaciones de Navidad, Lucía fue a Barcelona con su clase. Al regresar, su madre estaba en el hospital.

—¿Fue él? —preguntó al ver la venda en su cabeza.

—No, qué va. Resbalé en la calle, había hielo.

Pero Lucía sabía que mentía.

Los golpes frecuentes le habían causado hipertensión. Medio año después, un derrame cerebral se la llevó. Su padre lloró en el entierro, entre lamentos por su “querida Carmen” y maldiciones hacia ella misma.

Decía que Lucía era igual que su madre, y amenazaba con matarla si también lo abandonaba. Lucía aguantó hasta terminar el instituto. Ni siquiera fue a la graduación. Al día siguiente, recogió su diploma en secretario y, mientras su padre trabajaba, juntó sus cosas y escapó.

Su padre le daba dinero para la compra, y ella ahorraba parte. A veces, incluso le sacaba billetes del bolsillo mientras dormía. Poco, pero suficiente para sobrevivir un tiempo. Sabía que debía irse, trabajar y estudiar a distancia.

No temía que la buscara. Los vecinos y el policía de barrio conocían su alcoholismo; nadie la ayudaría. Se mudó a Madrid, alquiló un piso viejo en las afueras y consiguió trabajo en un Burger King. Allí le ayudaron con el papeleo médico y la comida.

Se matriculó en un ciclo formativo de contabilidad. Cuando en el trabajo supieron que estudiaba, la pusieron en caja.

Los chicos intentaban ligar con ella. “Todos son iguales. Primero amables, después empiezan a beber o a engañar. No confíes en sus palabras bonitas. Yo también fui joven y bonita. Tu padre no bebía cuando nos conocimos. Y mira cómo acabó”, solía decir su madre.

Lucía no les hacía caso. Había visto suficiente en casa.

Su madre, el día de paga, compraba alimentos básicos: pasta, azúcar, legumbres, latas. Su padre malgastaba el dinero, pero nunca faltó comida, aunque fuera monótona. Ahora ella hacía lo mismo.

Regresaba cargada con bolsas pesadas cuando un chico, distraído con el móvil, chocó con ella.

—Perdona —dijo él, apartando la vista de la pantalla.

Lucía iba a regañarle, pero su mirada sincera la desarmó.

—No pasa nada, yo tampoco miré —sonrió.

Él se ofreció a ayudarla. Dudó, pero le entregó una bolsa. Nadie con esa sonrisa podía ser malo. Se presentaron: era Álvaro. La acompañó hasta su portal, pero no la dejó subir.

Al día siguiente, apareció en el Burger King. Dijo que era casualidad, pero Lucía sabía que no. Empezaron a salir.

Álvaro era divorciado, con una hija pequeña a la que adoraba. Dejó el piso a su ex y vivía con un amigo. Contó que se casó por error.

—No teníamos nada en común. A veces pasaban días sin hablarnos.

Hablaba tanto de su hija que Lucía pensó: “Alguien que quiere así a sus hijos es de fiar”. Un mes después, Álvaro le propuso vivir juntos.

—Alquilamos algo mejor, más céntrico. Será más fácil entre dos.

Aceptó. Flotaba de felicidad. Por fin tendría una familia. Se mudaron a un piso amplio, celebrándolo con discreción. No pensaba en bodas, pero Álvaro hablaba de tener dos hijos: un niño y una niña. Y ella creyó que sería así.

Álvaro pagó dos meses por adelantado. Al tercero, excusándose, le pidió que pagara ella.

—Es el cumple de mi hija. Gasté de más en su regalo, además de la pensión…

No lo dudó. Pagó. Mes a mes, surgían imprevistos: su hija enfermó, ayudó a sus padres… Ella asumió el alquiler. Eran una familia, aunque sin papeles.

Cuando supo que estaba embarazada, se lo dijo emocionada. Álvaro no la levantó en brazos ni gritó de alegría, como en las películas. Solo asintió.

—Pensé que te alegrarías —dijo ella, dolida.

—Es solo sorpresa. Claro que me alegro. —La abrazó y la besó.

Se tranquilizó. Volvió a cantar por la casa. Pero Álvaro no habló de matrimonio. El embarazo trajo náuseas. Álvaro cocinaba, cada vez más irritado.

—Mi ex no tuvo náuseas. ¿Seguro que estás bien?

—Cada embarazo es diferente. Pasará —respondió, ocultando el dolor por mencionar a su ex.

Las náuseas cesaron, pero llegó un hambre voraz. Engordó, y su ropa ya no le quedaba. Álvaro vio un vestido nuevo.

—No tenemos dinero, y te compras esto.

—Necesito ropa. ¿Otra vez gastaste en un regalo caro para tu hija?

—Es mi hija. Sí, le compraré lo que sea. Sabías en qué te metías. Ella es primero.

—¿Y yo? ¿Y nuestro bebé? ¿No lo quieres?

—No pensé que fueras así. Creí que lo teníamos claro.

—Tú lo tenías claro. Yo te seguí porque te amo. Si tu hija es primero, no habrá bebé.

Un golpe la estampó contra la pared. El dolor estalló en su nuca. Casi se desmayó. Álvaro la sujetó.

—Perdón, no me controlé. ¿Te duele mucho? —Le apartó la mano de la mejilla, buscando su mirada.

Lucía solo pensaba: «Me ha pegado. Sobrio. Mi padre al menos estaba borracho».

Él se arrodilló, suplicando perdón, con lágrimas en los ojos. Le dio lástima. Le acarició el pelo. Álvaro sonrió, esperanzado. Ella forcejeó una sonrisa, aunque la mejilla ardía.

—¿Me perdonas?

—Si prometes no volver a…

Él la interrumpió con un beso.

—Jamás te tocaré. Te lo juro. ¿Me crees? Te amo.

Y ella le perdonó. Se culpó a sí misma. «No debí amenazar con lo del bebé». Él solo reaccionó asíY cuando por fin sostuvo a su hijo en brazos, supo que jamás permitiría que nadie volviera a lastimarlos, pues en esos diminutos dedos que se aferraban a los suyos encontró el coraje que su madre nunca tuvo.

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