Alba despertó con la sensación de que su propio vientre, embarazadísima, pesaba una tonelada. Eran las tres de la madrugada. En el silencio de su piso en Madrid, lo único que se oía era la respiración ronca de su marido y el incesante tic-tac del viejo reloj del pasillo.
Trató de girarse hacia el otro lado, pero el sofá antiguamente cómodo crujió traidoramente. Javier, acurrucado cerca de la pared, se removió y murmuró malhumorado:
Alba, ¿quieres parar ya? Me quedan cuatro horas para despertarme Ten un poco de consideración.
Ella se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. En los últimos seis meses, esa se había convertido en su frase favorita. Javier parecía haber olvidado que un embarazo gemelar no era un capricho, sino un trabajo agotador. Cada céntimo era contado, revisaba los tickets del supermercado y fruncía las cejas si Alba le pedía fruta.
¿Has visto el precio? gruñía, repasando el ticket. Come manzanas, son nuestras, de temporada. Los melocotones son un derroche. Ya cargo yo con todo, y tú aquí, de paseo.
Silenciosamente, Alba se deslizó de la cama y avanzó hasta la cocina, sujetándose la cintura dolorida. Los tobillos hinchados apenas entraban en las zapatillas. Se sentó frente a la ventana oscura, observando la calle vacía bajo las farolas. Sentía miedo: miedo al parto, miedo de volver con dos bebés a esa casa llena de reproches.
Por la mañana, Javier se preparaba nervioso para el trabajo. Lanzaba la ropa, buscaba el otro calcetín, y daba portazos.
¿Has planchado mi camisa? preguntó sin mirarla.
Está en el respaldo de la silla, Javi.
Podrías coser este botón, que casi se cae En fin, me voy. Llegaré tarde, tenemos comité con el Director General. No me llames, es estricto, me requisa el móvil.
Se fue sin despedirse. Escuchó cómo la cerradura giraba. Era la de arriba, esa que desde dentro se atascaba y que Alba solo podía abrir con un gran esfuerzo, usando ambas manos y parte del peso del embarazo.
A mediodía, Alba decidió ordenar el pasillo. Quería sacar la caja con la ropita de bebé de su sobrina. Subió a un taburete.
Solo un momento, solo de la esquinita se animaba.
Estiró la mano. De pronto, el mundo se le nubló y el pie resbaló sobre el barniz pulido. Ruido, caída.
Alba cayó de costado sobre la moqueta, golpeándose la cadera. Gritó. En ese instante, una punzada agudísima recorrió su bajo vientre y le cortó la respiración.
No, no, aún es pronto murmuraba intentando ponerse en pie.
Otra oleada de dolor la dobló. Entendió: había llegado el momento. El teléfono estaba sobre la mesita, a un metro. Alba reptó, dejando tras de sí un rastro húmedo. Cada movimiento era un suplicio.
Al fin tomó el móvil. Los dedos temblaban, los colores danzaban ante sus ojos. Los contactos con «J» salieron los primeros.
«Javier».
Debajo, «Javier Soto (Director General)». Guardó su número hace un mes, para firmar papeles de la baja maternal mientras su marido no contestaba.
Alba pulsó «Javier». Tono. Largos, impasibles. Colgó.
Marcó otra vez.
«El abonado no está disponible».
El pánico la inundó. Estaba sola. La puerta cerrada con ese maldito cerrojo que desde el suelo no abriría jamás. Si llamaba a emergencias, se quedarían tras la puerta.
El tiempo flotaba, sin pausas. Casi desmayándose, abrió el mensajero. La vista le bailaba. Creía escribir a su marido.
«Tengo que ir al hospital, la puerta está cerrada. Ha empezado ya, me he caído, no puedo ponerme en pie. Ven, por favor, te lo suplico».
Pulsó «Enviar» y dejó caer el teléfono. La pantalla se apagó.
Javier Soto, propietario de una constructora en pleno auge, presidía una reunión. Era disciplinado, rotundo, detestaba los retrasos. Le temían.
El móvil vibró. Soto miró de reojo. Mensaje.
Frunció el ceño; reconocía el número: Alba, esposa de su encargado de compras, Javier Ruiz. Buena mujer, discreta, había firmado papeles hacía poco.
Leyó el texto y, por un instante, su rostro férreo perdió la compostura.
La reunión termina aquí tronó, poniéndose en pie bruscamente.
Pero Javier, no hemos visto aún el coste objetó la contable.
¡Fuera todos!
Salió del despacho. Marcó a Ruiz. «No disponible».
Menudo cabrón masculló entre dientes.
Llamó al jefe de seguridad.
Localízame al instante el móvil de Ruiz. Y prepárame el coche. Voy yo.
A los dos minutos llegó la geolocalización. Ruiz no estaba ni de lejos en la obra, sino en un hotel spa en las afueras de Madrid.
Soto apretó la mandíbula.
Condujo su todoterreno sorteando el tráfico de la Castellana. Había perdido a su esposa hacía cinco años, nadie llegó a tiempo. Sabía lo que era sentirse impotente esperando ayuda.
Subió al tercer piso. Probó la manilla: cerrada. Dentro, una voz débil.
No esperó al cerrajero. Retrocedió, corrió a la puerta y embistió con el hombro. El cerrojo gimió, resistió; a la segunda, cedió estrepitosamente.
Alba yacía encogida en el pasillo.
¡Alba!
Ella entreabrió los ojos, borrosos, miró al rescatador.
¿Javier Soto? ¿Y Javi?
Vengo en su lugar. Tranquila.
La alzó en brazos.
En el coche, Soto conducía tan rápido que los demás se apartaban. Alba jadeaba tumbada atrás.
Aguanta, casi hemos llegado le animaba el director desde el espejo. Ya casi.
En urgencias, los esperaba el equipo. Soto había avisado al director médico.
¿Es usted el padre? preguntó la enfermera.
El padre. Y tú respondes con tu vida por ella y sus hijos.
Se quedó en el pasillo, recorriéndolo una y otra vez. Tres horas después, salió el médico, quitándose la mascarilla.
Respire Gemelos, chicos. Ha habido que intervenir deprisa, pero llegaron a tiempo. Algo pequeños, pero respiran solos. Madre débil, pero saldrá adelante.
Soto apoyó la frente en el cristal frío.
Gracias.
Sacó su móvil y volvió a llamar a Javier Ruiz, que esta vez contestó finalmente, la voz espesa y femenina risa de fondo.
¿Sí, jefe? Llamaba usted Estoy en la obra, mala cobertura
¿En la obra, dices? la voz de Soto era un filo. ¿En el spa descargan cemento?
Silencio.
Javier, yo
Estás despedido. Sin referencias. Mañana no quiero verte ni en el barrio. Ya le puedes rezar a tu esposa para que te perdone. Yo en su lugar te daría donde más duele.
Alba recobró la consciencia al día siguiente. Habitación individual, silencio. Sobre la mesita había una botella de agua Solán de Cabras y zumo de naranja.
La puerta se abrió. Era Soto, en traje pero sin corbata, demacrado.
¿Qué tal estás?
Javier Alba intentó incorporarse, pero el dolor la tumbó. Gracias. Me siento fatal Confundí tus contactos
Dale gracias al destino por esa confusión se sentó cerca. Alba, tenemos que hablar. En serio.
Y le contó todo: la llamada, el spa, el despido. Lo decía duro, sin rodeos.
Pronto te llamará pidiendo perdón. El piso, supongo, era suyo.
De sus padres susurró Alba, tragándose las lágrimas. No tenemos a dónde ir. Solo una tía en un pueblo de Soria.
Soto calló, tamborileando con los dedos.
Tengo una casa grande, de dos plantas. Apenas estoy para dormir. Hay una ala de invitados. Quédate allí con los niños hasta que te recuperes. Necesito ayuda en la casa y no quiero extraños. Considera que es un trabajo.
No puedo Con dos bebés Qué clase de ayuda voy a dar.
Sabrás arreglártelas. Contrataré una auxiliar para ayudarte. No es caridad, Alba. Solo quiero vida en la casa.
El alta fue tranquila. Javier Ruiz, borracho, intentó entrar a verla, pero la seguridad lo echó. Gritaba bajo la ventana como un chiquillo perdido.
Alba lo vio desde la habitación y sintió que dentro solo quedaba vacío.
Soto la recogió en persona, empaquetó las cosas, ajustó las sillitas de los niños.
Vamos a casa le dijo.
La vida con Soto fue sorprendentemente tranquila. El chalet cobró vida. Olía a loción de bebé y sábanas limpias.
Javier Soto ya no parecía un ogro. Por las tardes, al llegar, cogía a uno u otro de los pequeños con torpeza y una extraña ternura.
¿Qué pasa, soldados? tronaba. ¿Creciendo?
Los mellizos, Pablo y Sergio, lo miraban con gravidad.
El exmarido desapareció. Al saber que Soto le cerró las puertas en todas las constructoras, regresó con su madre. Enviaba alguna transferencia ridícula, pero Alba ya le había olvidado. Descubrió que por primera vez en años sentía seguridad.
Pasaron dos años.
Alba ponía la mesa en el porche, era julio y hacía un calor sevillano pese a estar en Madrid. Soto preparaba un arroz a la leña.
Los chicos correteaban por el césped persiguiendo a un gran escarabajo.
¡Papá, mira, un bicho! gritó Sergio, señalando el aire.
Alba se detuvo, plato en mano. Soto también se quedó de piedra. Era la primera vez que alguien le llamaba papá.
Soto dejó lo que hacía, secó sus manos y cogió a Sergio, alzándolo.
¿Un bicho? Es un abejorro, es bueno.
Luego miró a Alba. Había en su mirada calor, nada de ese hierro por el que todos le temían.
Alba se acercó. Siéntate.
Ella lo hizo.
No soy hombre de muchas florituras, tú lo sabes. No se me dan bien las palabras bonitas. Pero los chavales tienen razón. Ya no sois extraños para mí. Tú tampoco lo eres.
Sacó una cajita de cartón, pequeña.
Hace ya dos años que somos familia, casi sin darnos cuenta. Hagámoslo oficial. Quiero adoptar a los niños. Que lleven mi apellido. Y que nadie nunca pueda decir una palabra en contra. ¿Qué opinas?
A Alba se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no de dolor, como aquella vez; era alivio. La certeza de haber encontrado al fin el pilar firme con el que siempre soñó.
Sí, Javier sonrió entre sollozos.
Entonces basta de «Don Javier», que ya te lo he dicho.
Por la noche, acostados los niños, tomaron el té juntos en la terraza. En otro lugar, lejos, el antiguo Javier quizá bebía vino barato y maldecía su suerte. Pero allí, en la casa que era ya un hogar, dos niños de narices respingonas dormitaban tranquilos, bajo el amparo de un padre nuevo y verdadero.
A veces, errar un número, o un nombre, cambia toda la vida. Lo importante es no equivocarse de persona.




