Qué gusto da esto susurró Manuela.
Le encantaba tomar el primer café del día en silencio, cuando Mateo aún dormía y la luz de Madrid apenas comenzaba a asomarse por las ventanas. En esos instantes sentía que todo estaba en su sitio. Trabajo fijo, piso acogedor, marido confiable. ¿Realmente hace falta algo más para la felicidad?
Jamás envidió a sus amigas, que siempre se quejaban de maridos celosos o de discusiones por tonterías. Mateo nunca mostraba celos, ni montaba escenas. Jamás espiaba su móvil. No pedía explicaciones de cada paso. Simplemente estaba, y a ella, con eso, le bastaba.
Manu, ¿no has visto mis llaves del trastero? preguntó Mateo al entrar en la cocina, despeinado y remolón tras la noche.
Están en la repisa de la entrada. ¿Vuelves a ayudar al vecino?
Héctor me pidió echarle un ojo al coche. Dice que le falla el carburador.
Ella asintió, sirviéndole café. Era tan habitual. Mateo siempre estaba dispuesto a ayudar a alguien: compañeros con mudanzas, amigos con reformas, vecinos con cualquier cosa. Mi caballero, pensaba Manuela, no sin ternura. Ese hombre incapaz de ignorar un problema ajeno.
Esa cualidad fue la que cautivó a Manuela desde la primera cita, cuando Mateo se detuvo para ayudar a una anciana a llevar sus bolsas al portal. Otro habría seguido de largo. Pero él, no.
Hace apenas tres meses, una nueva vecina se había mudado al piso de debajo de ellos. Al principio, Manuela ni le prestó atención. En edificios así, la gente va y viene. Pero Clara, así se llamaba, era imposible de ignorar.
Las risas estruendosas en el portal. El repiqueteo de tacones a cualquier hora del día o la noche. Y esa costumbre de hablar por teléfono en voz tan alta que parecía querer que todo el bloque la escuchase.
¡Tía, hoy me ha traído la compra! ¡Una bolsa entera, sin que yo se lo pida! proclamaba Clara por el móvil a saber quién.
Manuela se cruzó con ella junto a los buzones y le dedico una sonrisa educada. Clara irradiaba esa luz especial de las mujeres enamoradas.
¿Un nuevo galán? preguntó Manuela, solo por cortesía.
No es tan nuevo, contestó Clara guiñando un ojo picaramente, pero sí muy atento. De esos que ya no quedan. Se encarga de todo, ¿te lo puedes creer? Si se me rompe el grifo, viene y lo arregla. Si chisporrotea la luz, lo soluciona. Hasta me ayuda a pagar los recibos.
Qué suerte tienes.
¡No te lo imaginas! Bueno está casado. Pero eso es solo un papel, ¿no? Lo importante es cómo se siente conmigo.
Manuela volvió a su piso con el estómago revuelto. No era cuestión de moral; algo en esa charla la incomodó, aunque no supo precisar qué.
Durante las siguientes semanas, estos encuentros fortuitos se repitieron. Clara parecía buscarla adrede para relatarle entusiasmada sus novedades.
¡Es tan detallista! Siempre pendiente de si necesito algo contaba.
Ayer, estando mala, me fue a buscar medicinas a una farmacia de guardia, ¡de madrugada!
Y dice que su propósito en la vida es ser útil. remató.
Aquello sí que le heló la sangre a Manuela.
Ser útil ese era también el lema de Mateo. Lo había confesado justo en su aniversario, explicando por qué volvía tarde: había estado ayudando con el huerto de la suegra de una amiga.
Casualidad, seguro. Hombres con complejo de salvador hay muchos. Pero los detalles se acumulaban: la costumbre de llevar bolsas de la compra sin que se lo pidan, la manía de arreglar cualquier desperfecto
Manuela intentaba sacudirse esa sospecha: era paranoia, todo invenciones, no puedes desconfiar sólo por cotilleos.
Hasta que Mateo empezó a cambiar. Nada brusco, poco a poco. Decía que bajaba un momento y tardaba una hora. Ahora el móvil no lo dejaba ni para ducharse. A sus preguntas habituales, contestaba de malas maneras, seco.
¿Dónde vas?
Tengo que hacer unas gestiones.
¿Cuáles?
Manuela, ¿qué es este interrogatorio?
Pero se le veía feliz. Como si en otro sitio encontrara la dosis de sentirse necesario que echaba en falta en casa.
Una noche, Mateo anunció que debía ayudar a un compañero con unos papeles.
Será un rato.
¿A las nueve de la noche?
No tiene otra hora, en el trabajo está siempre liado.
Manuela no discutió. Miró por la ventana, pero vio que Mateo no salió del portal.
Se puso una chaqueta, bajó sosegada al primer piso, al mismo tiempo tan familiar y ajeno.
Su dedo pulsó el timbre, sin haber ensayado ninguna acusación, simplemente esperando.
La puerta se abrió con rapidez sospechosa. Clara, con un batín de seda muy corto y una copa en la mano, forzó una sonrisa que se marchitó en cuanto reconoció a la visitante.
Detrás, al fondo del pasillo, Manuela vio a Mateo. Sin camiseta, el pelo húmedo tras la ducha, con total confianza en aquel piso.
Cruzaron sus miradas. Mateo se estremeció, abrió la boca y se quedó paralizado. Clara miró a uno y a otra, se encogió de hombros y no hizo ademán de disculparse.
Manuela giró sobre sus pasos y subió escaleras arriba. Detrás escuchó el jadeo torpe de Mateo: ¡Manu, espera, que te lo explico! Pero ella no le dejó pasar esa noche
Por la mañana apareció Pilar, la madre de Mateo. A Manuela ni le sorprendió. Por supuesto, su hijo ya le había contado su versión.
Ay, hija, ¿cómo puedes ponerte así? Pilar campaba en la cocina. Los hombres, Manuela, son como los niños. Necesitan sentirse héroes. Esa vecina tuya solo necesitaba ayuda. Mateo no sabe decir que no.
O que no a su cama, ¿es eso?
Pilar arrugó la nariz, como si Manuela hubiera dicho algo obsceno.
No exageres. Mateo es un buen chico, demasiado bueno. Tiene compasión. ¿Eso es delito? Bueno, se ha dejado llevar Es humano. Mi difunto marido también En fin, lo esencial es la familia. Se supera, se olvida. Eres sensata, Manu. No destruyas tu vida por bobadas.
Al mirar a su suegra, Manuela vio reflejado lo que más temía: volverse dócil, resignada. Dispuesta a cerrar los ojos solo por mantener la fachada de familia.
Gracias por venir, Pilar, pero necesito estar sola.
La madre de Mateo se marchó dolida, murmurando algo sobre la juventud de hoy, incapaz de perdonar.
Por la noche, Mateo volvió. Se movía por el piso como un gato asustado, buscándole la mirada, rozándole la mano.
Manu, no es lo que parece. Solo fui a arreglarle el grifo. Charlamos, se sentía sola, tan desgraciada
Estabas sin camiseta.
Ehhh es que me eché agua encima mientras arreglaba el grifo. Me prestó una camiseta, y entonces tú
Manuela sentía asombro de no haberlo visto antes: Mateo mentía fatal. Cada palabra sonaba vacía, cada gesto delataba su miedo.
Mira, aunque aunque hubiera pasado algo, ¿y qué? No significa nada. A ti te quiero. Lo otro fue una tontería, una debilidad.
Se sentó a su lado, intentó abrazarla.
¿Por qué no borramos esto ya? Te juro que no lo repito. Además, Clara ya me aburre, vaya tela. Siempre quejándose, pidiendo favores
Entonces Manuela lo comprendió: eso no era remordimiento. Era miedo a perder la comodidad. Pánico a quedarse con alguien que realmente lo necesitase, en vez de dejarle jugar a caballero a tiempo parcial.
Voy a solicitar el divorcio dijo con la misma calma que si apagara la plancha.
¿Qué? ¡Manu, te has vuelto loca! ¡Por un error!
Ella se levantó, fue al dormitorio, cogió la bolsa de viaje y empezó a guardar papeles.
El divorcio fue rápido: dos meses después, Mateo se mudó con Clara, que le recibió de brazos abiertos. Eso sí, los abrazos pronto se convirtieron en listas de tareas: arreglar esto, comprar aquello, pagar recibos, solucionar problemas.
De casualidad, por conocidos comunes, Manuela iba sabiendo de sus vidas. Asentía, sin rencor. Cada cual recibe lo que siembra.
Manuela alquiló un estudio lejos del antiguo barrio. Cada mañana saboreaba su café en soledad. Nadie preguntaba por las llaves del trastero. Nadie desaparecía diciendo que era un momento. Nadie la persuadía para que fuera paciente ni sumisa.
Lo curioso es que creyó que dolería, que sentiría un vacío, la soledad, el pesar Pero llegó otra cosa: la ligereza. Como si se quitase un abrigo pesado, ese que años atrás se acostumbró a llevar puesto sin notar el peso.
Por primera vez, Manuela era solamente suya. Y eso valía más que cualquier estabilidad.
De todo esto, he aprendido que vivir con dignidad, aunque sea en soledad, pesa mucho menos que fingir un falso hogar para complacer a otros.







