¡Pon la mesa y prepárate para disfrutar!

Pon la mesa

Carlita, nos vemos dentro de tres días. Y no te olvides de preparar tu empanada de carne, la que sólo tú sabes hacer Qué ricura reía al teléfono mi suegra, doña Mercedes Fernández.

Pero a mí, la verdad, no me hacía ni pizca de gracia. Nada más colgar, me dejé caer como plomo sobre la silla. En apenas unos días llegaba la Semana Santa, y todos los parientes de mi mujer, Lucía, vendrían a casa a celebrarlo.

Tenéis un piso tan grande, Carlita, aquí cabemos todos sin problema. Antes apenas podíamos estar juntos en esas casas diminutas, pero ahora va a ser el lugar de reunión familiar había sentenciado doña Mercedes hace dos años.

Ahora empiezo a detestar esta bendita vivienda de tres dormitorios, por la que todavía sigo pagando la hipoteca como quien paga milagros. Precisamente por el espacio, toda la parentela se planta aquí, revolotean, desordenan y no dejan pegar ojo.

Lucía entró en la cocina y me dio un beso en la cabeza.

¿Ya lo has hablado todo con mamá? me preguntó.

Sí, cariño, volveremos a celebrarlo aquí. Lucía, por favor, ¿no puedes decírselo tú a tu madre?

Ella frunció el ceño.

Carla, ya lo hemos hablado. Le caes fenomenal a mamá, le encanta todo lo que cocinas. ¿Cómo voy a decirle que no venga? Además, ya está jubilada. No la vas a poner a cocinar para todos. Bastante ha hecho criando a cuatro hijos, hay que reconocerle el mérito y dejarle disfrutar.

Siempre caía en los ruegos de mi mujer. Pero dentro, pensaba: «¿Y quién se ocupa de mí? ¿Por qué tengo que ser siempre el que hace de anfitrión y se encarga de todo el mundo en los días de fiesta?»

Quejarme no valía de nada. No quería broncas ni malos rollos; prefería mantener la armonía. Así que al día siguiente fui a hacer la compra, y el día antes de Pascua, me entregué sin remedio a los fogones.

Hasta la madrugada estuve rodeado de ollas y bandejas, preparando comida para la multitud. Ibamos a ser más de diez: hijos, nueras, nietos ¡y todo sobre mis hombros!

¿Por qué me toca a mí todo? ¿No puede venir nadie a echar una mano? No digo tu madre, pero alguna de tus cuñadas ¿No están todas tan ocupadas o de merecido descanso? pregunté a Lucía, mientras amasaba la masa del pastel.

Lucía me miró incrédula.

Sabes que mis hermanos no saben cocinar, igual que yo. Y las cuñadas unas con los críos, otras trabajando. No puedo sacar a nadie a la fuerza, Carla, no es justo.

¿Y a mí sí se puede? Yo también trabajo, aunque desde casa. Eso no significa que me canse menos, Lucía.

No te enfades, anda me rodeó con los brazos. Ya verás cómo va a salir todo bien. Nos reuniremos, todos alabarán tu comida y seguro que te animas.

Así, otra vez, cedí. Cuando caí en la cama, agotado, ni siquiera pude pegar ojo a pesar del cansancio. La mente no paraba de girar.

«¿Y para qué me valen sus halagos? Yo también querría llegar, sentarme y disfrutar, sin meter tiempo, dinero ni energías».

En cuanto amaneció y logré dormirme, el teléfono sonó. Era Mercedes, la suegra, la primera en felicitar al hijo mayor y, de paso, anunciar:

En una hora estamos todos ahí, que ya avisé a todos ayer. Ve poniendo la mesa, cariño sonaba cantarina y enérgica.

No podía ni con mi alma, solo pensar en la faena del día ya me pesaba como una losa: puesta de mesa, bandejas arriba y abajo, recogerlo todo después

No puedo más musité, ya de espaldas a la almohada.

Carla, ¿qué haces aún en la cama? ¡Mamá está al caer! Lucía me miraba desde la puerta, poco convencida de mis ánimos.

Ya voy respondí a regañadientes y me senté. Puedes con esto, puedes con todo, me repetí en voz baja mientras arrastraba los pies hacia el baño.

Me animé como pude. Conseguí tenerlo todo listo a tiempo y calentar los platos justos antes de sentarnos.

En la mesa, el bullicio era tremendo. La familia compartía anécdotas, planes, historias sin parar. Mercedes se sentó a mi lado, y no paró de alabarme en voz alta:

¡Qué mano tiene nuestra Carliña para las ollas! Siempre nos hace un festín, hija. Yo jamás sabría poner una mesa igual me apretaba la mano con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo aceptaba las felicitaciones a desgana, pero me escapaba a menudo al balcón para huir del griterío y de la artillería de preguntas sobre los niños. Lucía y yo habíamos decidido esperar, tener estabilidad antes de formar familia; claro que eso preocupaba más bien poco a los demás.

¡Carliña! retumbó la voz de Mercedes. Es hora del postre, ¿dónde estás que no te veo?

Abrió la puerta acristalada y entró en el rincón donde me refugiaba.

¿Estás fumando? se asombró.

¿Qué? ¡Pero no! Salí a que me diera el aire, hace un calor de muerte en casa.

Claro, claro. Con los críos y tanta gente no se pueden abrir las ventanas. Por un momento pensé que te habías vuelto mala Ya sabes, nada de eso: tú me tienes que dar nietos me hizo un gesto de broma con el dedo.

Forcé una sonrisa. Ella no se dio cuenta.

Venga, hay que recoger la mesa y servir el postre.

Allá voy

En cuanto entramos, Mercedes se sentó rápidamente, mientras yo me quedé solo, recogí los platos usados, los llevé a la cocina, serví el postre y puse los cubiertos nuevos. Todo en solitario.

Tu tarta es la mejor del mundo me alabó otra vez Mercedes.

Me refugié en la cocina. Me puse a fregar platos solo por tener algo que hacer. ¡Ojalá hubiera comprado ya ese lavavajillas que siempre pospongo!

Dos horas después, la fiesta se despidió.

Lucíita, ¿me llevas a casa? preguntó Mercedes.

Claro, mamá, sólo cojo las llaves.

Cuando me quedé solo, me dejé caer en el sofá. Era un caos: el piso, vuelto del revés por la manada de parientes y chiquillos. Tanto esfuerzo, y la casa igual que antes de limpiar.

«Hay que recoger, si no, luego me enfadaré peor. Vamos»

Con un suspiro, me levanté. Platos, manteles y trapos, a lavar. Ordené la mesa, limpié todo, restos de comida a los tuppers. Pasé la aspiradora por cada rincón, fregué el suelo.

Me merezco un premio por esto

Llené la bañera, eché mi bomba de sales favorita y puse música. El agua caliente me devolvió un poco de vida. Por primera vez en horas, cogí el móvil. Allí estaba el mensaje de Lucía:

«Mamá dice que me quede a dormir. Vuelvo mañana».

Como siempre, ni me sorprende

Lucía sabe perfectamente que yo limpiaré hoy. Podría haber ayudado, pero prefirió quedarse con su madre.

Pues hasta aquí hemos llegado. Se acabó me prometí a mí mismo.

Pasó un mes volando. Se acercaba el siguiente festejo. No tardó en sonar el móvil:

Carliña, prepáranos la mesa, que este viernes celebramos el cumple del menor de Lucía.

Claro, la mesa está. Pero cocinar, tendrá que ser otra. Tengo un lío tremendo, me llaman a la oficina y no sé cuándo saldré. Igual ni puedo ir

¿Cómo? ¿En serio?

Qué le vamos a hacer, el trabajo es el trabajo.

Bueno, ya veré qué hago. Qué pena suspiró Mercedes.

Un saludo colgué, quitándome un peso de encima.

Esa noche la pasé en casa de mi mejor amigo. Al día siguiente, Lucía se ocupó sola de recoger; al fin y al cabo la fiesta era por su hermano.

Cuando se acercó el cumpleaños de mi suegra, me pedí vacaciones y fui a ver a mis padres a Valladolid. Llevé el regalo con adelanto y avisé:

¿Entonces dónde celebraremos?

Vuestra hija os abrirá, pero yo no estaré. La comida, pues podéis pedir algo o que cocinen las demás nueras. ¡Así también podéis!

En las siguientes fiestas, yo ya solo ponía un plato de embutido y una tarta comprada. Siempre decía lo mismo:

Imposible cocinar, no he tenido un minuto, estoy desbordado. Si queréis, pedid algo.

Pero nadie quería rascarse el bolsillo. Conforme se acercaba el fin de año, mi familia entendió que ya se había acabado aquello de aprovecharse de mi hospitalidad. Y se les quitaron las ganas de celebrar en mi casa.

Ese fin de año, Lucía y yo lo celebramos a solas, y para mí fue un auténtico alivio. El plan funcionó. Alzando la copa de cava, pensé: Esto sí que es vida; un brindis por aprender a poner límites, por fin.Lucía levantó su copa y me miró, al principio con una sombra de inquietud, pero luego sonrió con sinceridad. Por primera vez en años, la casa estaba en calma, sin gritos ni pisadas, ni risas ni reproches. Solo el tintinear de nuestras copas y la cadencia tranquila de nuestra propia compañía.

Sabes, Carla dijo, bajando la voz, creo que nos hacía falta. Todo. Incluso el caos. Pero ahora esto.

Me permití cerrar los ojos y disfrutar. Nadie me pedía nada. Nadie esperaba nada. Las paredes guardaban silencio y hasta la cocina parecía agradecida de descansar.

¿Sabes qué? le respondí sin abrir los ojos. Me apetece una vida menos llena de bandejas y más llena de nosotras. Creo que ya hemos servido demasiados platos. Es hora de empezar a servirnos un poco a nosotras mismas.

Lucía rió y se acercó, me abrazó por la espalda.

Pues brindemos por más cenas así. Y, si acaso, por alguna empanada de vez en cuando pero solo cuando quieras.

Al brindar, sentí que algo cambiaba. Quizás no fuera una gran revolución, ni haría historia. Pero, para mí, fue suficiente. Había descubierto, por fin, que la hospitalidad también tiene un límite, y que aprender a decir que no es a veces el mayor acto de amor propio.

La medianoche llegó silenciosa, sin alboroto. Dimos la bienvenida al año nuevo como quien estrena unas sábanas limpias: con la esperanza de sueños suaves, sin el peso de cumplir las expectativas de todos menos las propias.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que la casa, por fin, era mía.

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MagistrUm
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