Peso sin gravedad

**La Levedad del Peso**

Nadie habría sospechado, a primera vista, que algo andaba mal con Álvaro. Alto, bien plantado, con una precisión calculada en cada gesto, parecía un hombre con la vida bajo control. Su ropa, siempre impecable: un abrigo oscuro, camisas planchadas, zapatos pulidos hasta brillar. Cada mañana empezaba igual: un café en la pequeña cafetería del centro de Salamanca, un leve asentimiento a la barista, que conocía su pedido de memoria, luego un paseo junto al Tormes, donde se cruzaba con el mismo anciano de gorra gastada, trotando sin prisa. Después, el trabajo en el estudio de arquitectura, donde trazaba planos con una exactitud obsesiva, como si intentara construir una fortaleza indestructible, sin grietas ni debilidades. Todo era perfecto. Menos una cosa.

Por las mañanas, su pecho se oprimía como si alguien hubiera colocado un bloque de granito helado sobre él. No era dolor, solo un peso que le impedía respirar hondo. No físico, sino algo profundo, como si el aire se hubiera llenado de plomo, disolviendo una ansiedad sin nombre ni motivo. El mundo seguía igual: las mismas calles, las mismas caras, el mismo ritmo. Pero en esa rutina acechaba algo siniestro, como si cada día se repitiera no por elección, sino por inercia, imposible de escapar. Álvaro callaba al respecto. “Solo es cansancio”, se decía, evitando su reflejo en el espejo. O, en el peor de los casos, “el tiempo”. Era más fácil que ahondar en la verdad, aunque no supiera cuál era. O temiera saberlo.

En el trabajo lo respetaban. Nunca faltaba a un plazo, entregaba los planos a tiempo, perfectos. Si al cliente algo no le gustaba, Álvaro los rehacía en silencio, sin mostrar irritación ni resentimiento. No discutía. No objetaba. Solo borraba y empezaba de nuevo, con la misma frialdad exacta. El silencio era su escudo. El silencio significaba control. Había aprendido esa regla demasiado pronto, en una infancia donde las palabras altas eran seguidas por los pasos pesados de su padre y el silencio sepulcral tras la puerta del cuarto de su madre. Donde aprendió a toser sin hacer ruido para no llamar la atención. Ese hábito de desaparecer, de no dejar rastro, se le había pegado como el olor a una casa vieja. Casi para siempre.

Una tarde, al volver a casa bajo una llovizna fría, vio a una anciana frente a la puerta de un vecino. Encogida, intentaba meter la llave en la cerradura con dedos temblorosos, como si no le pertenecieran. Álvaro la reconoció: era doña Carmen, la viuda del primer piso. Hacía meses que no la veía, ni en el patio ni en las escaleras, como si se hubiera convertido en una sombra más de las paredes. Se acercó y le ofreció ayuda. Ella le tendió las llaves sin hablar, su mirada vacía, pero con un destello de vulnerabilidad infantil, como la de un niño pillado desprevenido. Álvaro sintió un temblor dentro de sí. Su silencio gritaba más que cualquier palabra.

En su piso, el aire olía a medicinas y flores marchitas, espeso como en una habitación donde el tiempo se hubiera detenido. La ayudó a llegar a su sillón, sujetándola con cuidado del codo, y cuando ya se iba, doña Carmen murmuró, mirando al suelo:

—¿En su casa se enciende la luz por las noches?

La pregunta era absurda, pero le cortó como un cuchillo. Álvaro no respondió. No pudo. Se marchó, pero a la mañana siguiente, frente al espejo, vio por primera vez sus ojos. No cansados, no tristes: vacíos. Como si solo quedara en ellos un reflejo.

Fue a trabajar, pero a mitad de camino cambió de rumbo. Tomó un autobús sin destino, observando por la ventana las fachadas grises, el asfalto mojado, las caras de los transeúntes. Entre el ruido de la ciudad —fragmentos de conversaciones, el roce de neumáticos, el timbre de un tranvía— recordó a su padre. Cómo pasaba horas mirando una pared, como si esperara una respuesta. Cómo su madre se movía por la cocina con una sonrisa fría, invernal. Cómo en casa reinaba un silencio incómodo, punzante, como antes de una tormenta, donde cada sonido sobraba. Álvaro, aún un niño, aprendió que así había que vivir. Sin hacer ruido. Sin molestar. Sin ser visto. Sin ser.

Bajó en una parada desconocida y vagó por calles que no reconocía. La lluvia había dejado charcos, la gente pasaba corriendo bajo paraguas. Caminó hasta detenerse frente a un edificio que sí conocía. Un hospital. El dispensario psiquiátrico. Allí habían llevado a su madre. Tenía catorce años, y nadie le explicó por qué. Dijeron que eran “los nervios”. Él no preguntó. Le llevó mandarinas en una bolsa, pero ella lo miró como si fuera de cristal, sin tocar la fruta. Entonces juró que a él no le pasaría lo mismo. Sería más fuerte. Invisible al dolor.

Entró en recepción. El olor a desinfectante le golpeó, el silencio era tenso como una cuerda. Miró los letreros y, por primera vez, dijo en voz alta:

—Necesito ayuda.

No gritó. No lloró. Solo lo dijo, con la misma exactitud con que trazaba una línea en un plano. Pero algo se quebró dentro, como una costra de hielo vieja, y por primera vez en años, respiró un poco más hondo.

Pasaron dos meses. Volvió al trabajo. Las mismas paredes, los mismos compañeros, el mismo café de la máquina. Pero algo había cambiado. Ahora a veces se quedaba hasta tarde no para esconderse en el trabajo, sino porque quería perfeccionar un proyecto. Volvió a escuchar música, no de fondo, sino cerrando los ojos, como si reaprendiera a sentir. Adoptó un gato, un atigrado descarado que dormía sobre sus planos y lo despertaba rozándole la mejilla con su nariz húmeda. A veces visitaba a doña Carmen, tomaban té juntos y hablaban de viejas películas o libros que ambos habían leído en su juventud. Ella sonreía más, y su sonrisa era como una luz cálida en una habitación fría.

El peso no desapareció. Pero se hizo más liviano. O él más fuerte. O tal vez aprendió a convivir con él, como parte de sí mismo y no como un lastre ajeno. Ya no importaba. Lo esencial era que había dejado de ser silencio. En su interior ardía una vida callada, pero verdadera.

Se había convertido en sí mismo.

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Peso sin gravedad