Pajarillo

¡María, hija! ¿Te has entretenido mucho? ¡Te llevo esperando un buen rato! ¡Anda, siéntate! exclamó Carmen, mi vecina de toda la vida, mientras se acomodaba en el banco bajo el cerezo del jardín.

Y la verdad, qué noche tan agradable. ¿Para qué quedarse en casa? Solo está la tele, y la gata Misifú, que no da conversación. ¡Qué aburrimiento! Aquí fuera se respira primavera. Aún es abril, pero ya no hace frío. Incluso el cerezo, el que plantó hace años el difunto de mi Carmen, Don Esteban, bajo la ventana, se ha vestido de novia blanco. Y el banco de debajo, también obra suya, está como nuevo; lo pintó Carmen la otra semana y nos llama a gritos para reunirnos las vecinas y entregarnos al eterno ritual del cotilleo y la charla sobre hijos, enfermedades y amores.

¿De qué van a hablar si no las mujeres? Por mucho que nos conozcamos de memoria, siempre aparecen confidencias nuevas. Los hijos crecen, las dolencias aumentan, y el amor… Pues eso, del amor no hay nunca bastante. Más bien lo contrario, es que escasea. Por eso buscas en cada charla que alguien te cuente algo bonito, cómo se siente cuando la quieren. Lo escuchas y parece que el alma se te ilumina. Aunque la vida propia esté medio vacía, reconforta saber que en algún lugar el amor sigue vivo, da calor y sentido…

Carmen García, para todas nosotras Carmela de cariño, lleva conociendo a su vecina María desde que tiene memoria. Llevan más de medio siglo en la misma escalera. De crías, las madres ni cerraban con llave: sabían que si faltaba una, estaba jugando en el piso de la otra. Solo se acordaron de los cerrojos cuando, con seis años, las niñas se fueron a buscar la felicidad.

Por aquel entonces, a Carmen la visitó su abuela desde el pueblo y les contó que la suerte en la vida era atrapar al pájaro de la felicidad. Si lo atrapabas y no lo dejabas escapar, todo iría bien, y la vida sería fácil y dulce.

Las chicas no entendieron bien lo de la vida, pero lo de que todos alrededor estuvieran contentos sí. ¿A quién le gusta que los padres discutan? Así que decidieron buscar ese pájaro, más aún cuando Carmen, muy segura, aseguró saber dónde vivía: en el bloque de al lado, con aquel vecino tan antipático y de voz áspera, que a veces sacaba a su pájaro al patio. ¡Era precioso, enorme y de colores! ¡Vaya gritos soltaba! Pero no cabía duda: ¡ése tenía que ser el pájaro de la felicidad! Ni en el zoo donde a veces las llevaban sus padres los domingos habían visto uno igual.

Las amigas se prepararon bien. De casa de Carmela sacaron una jaula vieja donde una vez tuvo la abuela un conejo del pueblo. Algo habría que hacer con el pájaro, no iban a tenerlo todo el rato cogido de la cola. Las manos se cansan, y si la felicidad tenía que traer helados, había que tenerlas libres para sujetarlos.

También llevaron pan y galletas por si le gustaba el dulce. María, pensativa, añadió un caramelo, por si acaso. ¿Y si al pájaro no le agradaba ni el pan ni las galletas? El dulce sí que no falla.

No se dieron prisa. Era un asunto serio. De hecho, la abuela de Carmen ya se había vuelto al pueblo prometiéndole que en verano la llevaría consigo, y sus padres ya organizaban las vacaciones. Irían con los vecinos; dos familias en un coche, así el viaje a la costa salía más barato. En apenas un par de horas estarían junto al mar, en una casita alquilada con patio y columpios. ¡Un paraíso!

Carmen esperaba la llegada del verano, y también le daba pena su amiga: María no tenía abuelas. Ninguna. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién le iba a consentir a escondidas, quién le iba a contar cuentos infinitos, o a tejerle un sombrero de crochet con lazo? Carmen pensaba que, si atrapaban al pájaro, le tocaría a María también una abuela, puede que una del mismo pueblo, así podrían pasar juntas el verano.

La víspera de irse al mar avisaron a sus madres: Vamos a casa de la otra a jugar. Cerraron la puerta con tiento, para no hacer ruido, y bajaron las escaleras.

El patio propio, el del vecino, y ahí estaba el bloque gris, anodino, donde vivía el pájaro.

Pero hacía tanto calor esa tarde, que no había un alma en el patio. Todo era un silencio extraño. María frunció las labios, a punto de llorar. Pero a Carmen no se le daba soltar lágrimas por nada: si hay que hacerlo, se hace. No iban a perder la esperanza de la abuela, los helados y los vestidos a juego de lunares, para dejar claro que eran amigas. Además, si no encontraban el pájaro, seguro que los padres volverían a discutir…

Así que Carmen, sin pensarlo más, tiró de la mano de María y se dirigió a los portales. Startieron puerta por puerta, preguntando:

¿Dónde vive el pájaro de la felicidad?

Pero los adultos… ¡qué gente más rara! Les chillaban, les reñían, uno hasta amenazó con un azote. Por esa puerta verde, tan fea, no volverían a llamar; ahí seguro que no vivía el pájaro.

Solo en un piso un chaval mayor que ellas abrió la puerta y, ante la pregunta, las invitó a entrar encogiéndose de hombros:

¡Pasad!

No había pájaro allí, pero sí un montón de cosas fascinantes: máscaras inquietantes colgadas en la pared, caracolas donde se oía el mar, un barco de madera, enorme, con velas y diminutos marineros.

Lo monté con mi padre. Se llama Santa Ana.

¡Como yo! exclamó Carmen entusiasmada.

¿Te llamas Ana? Bonito nombre, como mi madre.

¿Y dónde está tu madre?

En el trabajo. Ahora llegará. Y vosotras, ¿no os riñen por estar solas?

En ese instante las niñas se acordaron del pájaro, de que era hora de comer, de que seguramente las estarían buscando, y del rincón al que las mandarían de castigo al volver.

¡María, corre!

Saliendo a toda prisa, el chaval las alcanzó en la puerta:

¡Esperad! Mirad.

Unos plumas hermosísimas. Se quedaron sin habla.

¿Qué es?

Plumas de pavo real. Mi madre trabaja en el zoo. Tomad, son para vosotras.

Salieron corriendo, con las plumas en la mano, sin despedirse siquiera.

En casa les aguardaba una tormenta monumental. Las madres, con lágrimas, llama que te llama; los padres, fumando nerviosos en la puerta, a la espera de la policía.

Al verlas, la madre de María se desplomó en el suelo de la plaza.

Por fin

Hubo de todo: lágrimas, besos, algo de castigo Menos mal que no hubo tiempo para algo más severo.

Unos días después, ya en la casita de la playa, sentadas sobre los columpios, las niñas cuchicheaban:

¿Sabes, María? No necesitamos ningún pájaro mágico.

¿No? ¿Por qué?

Mi abuela dice que la felicidad es que te quieran.

¿Y?

¿Tú crees que si no nos quisieran se habrían puesto así de nerviosas y tristes por nosotras?

Pues…

Entonces, ¿no somos ya felices?

No lo sé

¡Yo sí lo sé!

¿Y los padres?

Pues mira, ¿no han dejado de pelear estos días?

Verdad

Pues no era cuestión del pájaro. Tienen que querer querer, y ya está.

Ese verano fue uno de los mejores recuerdos de nuestra infancia. Carmen, cuando piensa en su vida, se alegra de tener a María para compartir esos recuerdos, para repasar detalles, porque dos memorias juntas recuerdan mejor.

Y María… siempre tuvo mejor cabeza. Será que era más serena. Carmen era puro nervio, y María no: pensaba despacio, y recordaba todo como si acabara de pasar.

Cuando Carmen conoció a su marido, tardó en reconocerlo. Salieron un mes entero, hasta que fue a su casa:

Santa Ana

El mismo barco estaba allí, donde lo vieron de niñas. Aunque ahora tenían veintitrés años y María ya estaba casada, Carmen se sintió de nuevo aquella niña que tenía miedo de romperle algo al amigo mayor.

Guardó la pluma de pavo real en un libro favorito y años después, tras la boda, la mostró a su marido:

¿Te acuerdas?

Se rió viéndole intentar recordar.

Y vino la felicidad. Larga, casi treinta años, con preocupaciones y alegrías. Con los primeros pasos de la hija, luego el hijo. Con la enfermedad que casi se la lleva, y Esteban, su esposo, encontrándole los mejores médicos y dándole la mano. Y el día en que el tiempo se detuvo, y Carmen se olvidó hasta de respirar, porque la vida y el aire se fueron tras Esteban. María, que estuvo a su lado, la zarandeó para hacerla reaccionar y la abrazó muy fuerte.

¡Aguanta, Carmen! Piensa en tus hijos

Carmen resucitó. Quedaba aún felicidad, menos, sí, pero real. Los hijos ya adultos necesitan aún a su madre. Recordó a su abuela: Mientras haya alguien entre el niño y el cielo, el niño no es huérfano. Es afortunado. Y tenía razón. Así que hay que vivir, ayudar a los hijos, alegrarse con los nietos. Aunque cada uno viva ya en su sitio, Carmen sabe que la necesitan. Puede hacer la maleta, comprar regalos e ir de visita tanto al hijo como a la hija. O esperar al verano y recibir en casa a los nietos, con ese alboroto de risas, cuentos y camas abarrotadas. Hasta la mayor, tímida, se acerca para oír sus historias, fingiendo que no se las sabe de memoria.

Así regresa la calma al corazón. Una alegría sencilla, liviana como una pluma; quizás no tan bonita como aquella pavo real, pero muy deseada.

No todos tienen tanta suerte. Hay quien, por más que lo pida, no logra ser feliz. María y yo sí, quizás porque entendimos ya de crías lo que de verdad importa. El verdadero tesoro es que los hijos estén bien; lo demás llega si se busca.

María luchó por ello. No pudo tener hijos con su primer marido, pese a quererse tanto que todos se asombraban. Siempre juntos. Nunca se cansaban el uno del otro. Las vecinas se quejaban de los suyos, pero María solo tenía cosas buenas que decir de su esposo, Antonio.

No era fácil en aquella casa de familia numerosa tía por aquí, cuñada por allá y siempre exigiendo. Con todo, la suegra de María, Doña Aurora, fue ejemplar: la quiso desde el primer día, la apoyó mucho, y junto a ella urdieron el plan para lograr un hijo. Aurora se fue a trabajar de enfermera al hospital de maternidad y allí encontró un bebé al que María y Antonio pudieron adoptar. Para evitar chismes, se mantuvieron alejados casi un año y luego regresaron con el pequeño, sin dar explicaciones. La familia murmuró al principio, pero viendo a Doña Aurora entregada con su nuevo nieto, terminaron aceptándolo.

María crió a su hijo Pablo con todo el amor posible. Estudió, se hizo guardia civil, y ahora cada poco tiempo vuelve a casa con su familia y los nietos. La nuera, Sonia, tiene un hijo de un anterior matrimonio; María lo recibió como a uno más: Ven, cariño, yo soy tu abuela. ¿Quieres galletas?.

Se necesita poco para derretir un corazón. María lo entendió a la perfección, por eso es querida de verdad.

Amistad, familia, veranos en la playa… y la felicidad de los hijos y nietos.

María, ¿cuándo vamos a la casa del campo? le pregunté levantando la vista hacia los cerezos floridos.
El finde, después de limpiar las ventanas. Por Pascua, claro. Los míos vienen de paso a Madrid, a mirar universidades, y se quedan dos días. Los tuyos igual para junio, ¿no?
Sí, qué largo se hace esperar

Cuando esperas algo bueno, el tiempo pasa despacio. Y después, es un suspiro. Pero yo daría todo por esos instantes: son los que después vas desgranando uno a uno como perlas. La felicidad es así: nunca hay demasiada, solo es poca si no sabemos ver todo lo que nos ha sido dado.

¡Exactamente! ¿Te acuerdas cuando buscamos el pájaro de la felicidad?

Sí, claro… Menuda que me cayó de mi madre ese día. Pero merecía la pena. ¿Sabes, María? Creo que sí lo atrapamos. Y ha estado volando a nuestro lado todos estos años. Porque nos tocó aquello con lo que tantísimas mujeres sueñan y no siempre consiguen: familias, maridos buenos, hijos maravillosos ¿No somos felices?

Sí. Y que no se canse nunca nuestro pájaro de batir las alas y menear la cola. Que siga ahí, velando por los que queremos.

Hoy, anotando todo esto en mi diario, comprendo que la dicha nunca es cosa de magia ni de pájaros dorados. Es el amor que damos y recibimos, el que sobrevive al paso de los años y renace en los nietos, los amigos y los recuerdos compartidos. Eso es lo que importa.

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