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03
Algún día verás que he envejecido.
Querido diario, Hoy he observado que mi madre, Carmen, ya muestra los signos de la vejez. Sus manos tiemblan
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013
No solo una canguro
No era solo una niñera Inés estaba sentada en una mesa de la Biblioteca de la Universidad Complutense
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060
Esposa y suegro Cristina solo fingía querer conocer a los padres de David. ¿Para qué le interesaban, en realidad? No pensaba vivir con ellos, y del padre de David, que según decían tenía dinero, solo cabía esperar problemas y desconfianza. Pero había que seguir representando el papel hasta el final ya que se había decidido a casarse. Cristina se arregló, pero de manera sencilla, para que la vieran como una muchacha simpática. Conocer a los padres del novio siempre es un evento lleno de trampas invisibles, y, si además son inteligentes, una auténtica prueba de fuego. David pensaba que lo que Cristina necesitaba era ánimos: —No te preocupes, Cris, tranquila. Mi padre es serio, pero flexible. No te dirán nada horrible. Seguro que te acaban cogiendo cariño. Papá es un poco raro, pero mamá es el alma de la fiesta —le decía justo antes de entrar en la casa familiar. Cristina solo sonrió, apartándose un mechón de pelo. Padre serio, madre carismática. Menuda mezcla. Se rió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Ya había estado en otras más lujosas. Les recibieron enseguida. Cristina no estaba nerviosa. ¿Para qué preocuparse? Gente como otra cualquiera. Ana María, según contaba David, ama de casa de toda la vida, apenas había trabajado, de vez en cuando se iba de viaje con amigas, nada fuera de lo común. El padre, Valentín Alonso, aunque no era muy simpático, era al menos reservado. Su nombre le sonaba familiar… Y les recibieron… Y Cristina se quedó de piedra, sin entrar del todo en la casa. Aquello era el fin… A la futura suegra no la conocía, pero al suegro lo reconoció en una décima de segundo… Ya se habían cruzado antes. Tres años atrás. No es que fuera frecuente, pero sí provechoso para ambos. En bares, en hoteles, en restaurantes. Naturalmente, ni la esposa de Valentín ni su hijo tenían idea de ese “conocimiento”. Se armó la marimorena. Valentín también la reconoció. En su mirada apareció un brillo que podía ser sorpresa, estupor o, tal vez, algo más siniestro, una amenaza que ya tramaba, pero guardó silencio. David, sin notar nada, presentó a Cristina felizmente a sus padres. —Mamá, papá, os presento a Cristina. Mi novia. Me habría gustado traerla antes, pero es tan vergonzosa… Ay, madre… Valentín Alonso le tendió la mano. Su apretón fue firme, incluso algo brusco. —Encantado, Cristina, —dijo, dejando traslucir en su tono una nota indefinible… Algo que Cristina no supo identificar al momento. ¿Rabia, quizás? ¿O una amenaza?… Cristina pensaba cómo iba a salir de esa, esperando que Valentín desvelase en cualquier instante quién era realmente ella. —Igualmente, Valentín Alonso, —le siguió el juego Cristina, deseando que no la delataran al instante. Sintió el subidón de adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero… nada. Valentín, forzando lo que casi fue una sonrisa, le acercó una silla a la mesa. Quizá aguardaba la mejor ocasión para humillarla después… Pero la espera se alargaba. Entonces a Cristina se le encendió la bombilla: él no la iba a delatar. Si lo hiciera, acabaría confesando también lo suyo ante su mujer. Cuando se relajó un poco, todo fluyó con naturalidad. Ana María contaba anécdotas de la infancia de David y Valentín Alonso, al parecer, escuchaba a Cristina con interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Ja, si él sabía mucho más sobre ella… Pero su fina ironía ya no la incomodaba. Incluso bromeó un par de veces, y Cristina, sorprendida, acabó riendo de verdad. Eso sí, sus chistes iban cargados de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, cuando mirándola, comentó: —¿Sabe, Cristina?, me recuerda mucho a una antigua… colega. También muy lista. Tenía un don especial para tratar con la gente. Con todo tipo de gente. Cristina no se achantó: —Hay talentos de todos los colores, Valentín Alonso. David, como buen novio enamorado, ya soñaba despierto. No se enteraba de los mensajes ocultos. Él de verdad la quería. Y eso quizás era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, cuando hablaron de viajes, Valentín Alonso, mirando a Cristina, lanzó: —A mí me gustan los lugares tranquilos, retirados. Sin agobios. Donde poder leer y pensar. ¿Y a ti, Cristina? ¿Qué tipo de sitios prefieres? Quería pillarla. —A mí me gusta la gente, el bullicio, el jaleo —respondió, no entrando al trapo—. A veces, oídos de más pueden ser peligrosos… Tal vez, durante un instante, pero Ana María pareció percatarse de algo. Cristina notó que la futura suegra fruncía el ceño, pero lo desechó al momento. Valentín Alonso sabía que Cristina no era de las que buscan tranquilidad. Y sabía por qué. Al acabar la jornada, antes de irse a dormir, Valentín abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a mofa. Aunque solo Cristina captó el doble sentido. Ella notó cómo caía la temperatura de la habitación. “Especial”. Menuda palabra había elegido… *** Por la noche, en silencio absoluto, Cristina no podía dormir. Daba vueltas en la cabeza a la inesperada coincidencia y a cómo manejar los nuevos acontecimientos. El panorama pintaba regular. Sospechaba que Valentín Alonso tampoco dormía. Él, por el susto de la coincidencia; ella, por la inminencia de la conversación. Y por todo, si era sincera. Se levantó en silencio, se puso una sudadera por encima de la camiseta y los shorts, la ropa cómoda de casa, y salió de la habitación sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, empezó a pisar un poco más fuerte, lo justo para que cualquiera que estuviera despierto lo notara, y se dirigió a la terraza, donde suponía que Valentín Alonso no tardaría en aparecer. No hubo que esperar mucho. —¿No puedes dormir? —preguntó él, acercándose. —No me viene el sueño —contestó Cristina. Sopló una ligera brisa. El familiar aroma de su colonia le envolvió. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas de mi hijo, Cristina? —nada quedaba ya del antiguo tono—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo has tenido en tu vida. Y sé que siempre has ido solo a por dinero. Nunca lo ocultaste demasiado. Siempre dejabas claras tus condiciones, aunque maquilladas. ¿Qué quieres realmente de David? Ya que él no quería recordar el pasado, Cristina tampoco iba a ser amable. Le sonrió con desdén: —Le quiero, Valentín Alonso —entonó—. ¿Por qué no iba a quererle? Él no se lo tragó. —¿Tú? ¿Quieres a alguien? Es de risa. Sé perfectamente quién eres, Cristina. Y voy a contárselo todo a David. Tu pasado, lo que en verdad eres. ¿Tú crees que luego va a querer casarse contigo? Cristina se le acercó, quedando a la distancia de un brazo. Le miró detenidamente. Como si no le conociese ya de sobra… —Cuéntale, Valentín Alonso —dijo, alargando las palabras—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si vas contando por ahí cómo nos conocimos, tampoco podrás ocultar lo que hacíamos. Créeme, si hace falta, completaré la historia yo misma. —No es lo mismo… —¿No? ¿Eso mismo le dirías a tu esposa? Valentín Alonso se quedó paralizado. Había perdido el pulso. Comprendió que estaba acorralado. Los dos iban en el mismo barco. —¿Y tú qué le vas a decir? —No solo a ella. A todos. También a David. Le contaré qué clase de esposo eres y en qué “trabajillos” te entretenías fuera de casa. No me quedaré callada. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante, sálvale. Dura elección. Si evitaba que su hijo se casase, se sentenciaría a él mismo a un divorcio. —No te atreverías. —¿No? —a Cristina le hizo gracia; ¿acaso él sí, y ella no?—. No lo haría si tú tampoco cuentas lo mío, como lo llamas, mi “ambición”, cuando tienes tanta basura propia que te puede costar el matrimonio. Y Ana María… ella sí aprecia la fidelidad. Alguna vez, borracho, él llegó a confesarle a Cristina lo traidor que era y cómo, mientras su mujer era ejemplar, él era un canalla. Ana María no lo perdonaría jamás. Así que el riesgo era real. Él sabía que Cristina no estaba de farol. —Vale —suspiró—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie dirá nada. Olvidemos lo que pasó. Por eso Cristina no se preocupaba. Él tenía más que perder. —Como digas, Valentín Alonso. La mañana siguiente marcharon de la casa familiar. Bajo la mirada asesina del futuro suegro, Cristina se despidió de la esposa, que ya la llamaba “hija”. A Valentín casi se le escapa un tic en el ojo. Él sufría por no poder advertir a su hijo del peligro de aquella futura nuera, pero el miedo a quedarse solo era aún mayor. Si Ana María se enteraba, no se iría del matrimonio con las manos vacías. Y su hijo tampoco lo perdonaría tan fácil. Tiempo después, David y Cristina se quedaron en la casa de los padres durante dos semanas. Vacaciones familiares, que dicen. Valentín Alonso evitaba coincidir con Cristina con la excusa de mucho trabajo. Pero un día, estando solo en casa, la curiosidad pudo con él. Decidió registrar el bolso de Cristina buscando alguna prueba con la que doblegarla. Rebuscando, dio con un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos claras rayas. —Creí que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí que es una ruina —dejó el test en el bolso, pero no llegó a cerrarlo. Cristina lo sorprendió. —Mal está hurgar en lo ajeno —le soltó sarcástica, pero no parecía estar enfadada. Valentín Alonso ni intentó disimular. —¿Estás embarazada de David? Cristina se le acercó despacio, recogió su bolso y le miró: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valentín Alonso. Él quedó fuera de sí. Ahora Cristina no dejaría fácilmente a su hijo. Y si lo contaba, caía todo. Mejor callar. Por difícil que fuese. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Cristina criaban a Alicia. Valentín Alonso evitaba ir a verlos. No quería ni verla. Ni pensar en el tema. No sentía a la niña como nieta. Cristina le inquietaba. Su desinterés por David, su pasado. Y, otra vez. Ana María planeaba visitar a David y Cristina. —Valentín, ¿vienes? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Eso ya es mucho. —No, solo cansancio. Ves tú. Siempre fingía migraña, gripe, lo que fuese. Incluso se tomó unas pastillas para disimularlo. No soportaba la presencia de Cristina. Pero tampoco podía contar nada. La noche fue lenta y pesada. Descansó. Leyó. Y entonces vio que Ana María se retrasaba mucho. A las once, nada de volver a casa. El teléfono apagado. Llamó a David. —¿Todo bien? ¿Ana María ya se fue? No ha llegado a casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y cortó… Valentín estaba ya saliendo hacia casa de su hijo cuando vio que llegaba un coche. El de Cristina. Se temía lo peor, pero al verla… casi se desmaya. —¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre? Cristina parecía inmune. Se sirvió vino, bebió, se acomodó. —Un desastre. —¿Qué desastre? —El nuestro. David ha visto en la web de una cafetería unas fotos nuestras, de cuatro años atrás. De aquella fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Quería reservar algo allí para nuestro aniversario, entró en la web… Y allí estábamos. Las fotos, bien visibles. El fotógrafo, qué cabrito… ¡colgó todo! Ahora David está fuera de sí. Ana María va a pedir el divorcio. Y yo, por cierto, como tú querías, seguramente también me divorcie de tu hijo. Valentín Alonso enmudeció. Le vino todo a la cabeza. Aquella web, la fiesta, las fotos… Había suplicado que nadie les grabara. Pero quién sabía que acabaría así. Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Y a mí para qué has venido? —Necesitaba huir un rato —sonrió Cristina—. Ahora mi casa es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron juntos en la terraza. Solo el canto de los grillos los unía. —Todo esto es por tu culpa —dijo Valentín Alonso. Cristina asintió, sin despegar la vista de la copa. —Ajá. —Eres insoportable. —Eso dicen. —Ni siquiera te da pena David. —Sí, pero me doy más pena yo. —Solo te quieres a ti misma. —Por supuesto. Él le cogió la barbilla y la giró hacia sí. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo sé. *** A la mañana siguiente, cuando Ana María volvió arrepentida, dispuesta a reconciliarse aunque le costara la salud, encontró a Cristina y Valentín Alonso juntos, todavía dormidos. —¿Quién es? —preguntó Cristina, despertando. —Yo —respondió Ana María, contemplando cómo se desmoronaba su vida. Cristina, al verla, solo sonrió con serenidad. Valentín Alonso despertó después, pero ya no salió a buscar a su esposa.
Diario de Lucía, junio Hoy he tenido que enfrentarme, muy a mi pesar, a la familia de Daniel.
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061
Mi hija se convirtió en madre demasiado pronto: solo tenía diecisiete años. Aún era una niña, con ojos de infancia y sueños de una vida que apenas comenzaba. Dio a luz a un hijo, vivió conmigo, y yo la ayudaba en lo que podía: la apoyaba, me desvelaba meciendo al bebé, cocinaba y la consolaba. Pero ella decía a menudo:
Mi hija se convirtió en madre a una edad de la que ni el guion de una serie de la tele se atrevería a
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0721
Mamá vive de mi dinero” — estas palabras me dejaron helado de terror
**”Mamá vive de mi dinero”** esas palabras me helaron de terror. **”Mamá vive a mi
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049
El invierno había cubierto el patio de Andrés con un manto blanco de nieve, pero su fiel perro Graf, un enorme pastor alemán, se comportaba de forma extraña. En vez de acurrucarse en la espaciosa caseta que Andrés le había construido con cariño el verano pasado, Graf insistía en dormir fuera, directamente sobre la nieve. Andrés lo observaba desde la ventana y sentía un nudo en el pecho; Graf nunca antes se había comportado así. Cada mañana, al salir a saludarlo, Andrés notaba la mirada tensa de Graf. En cuanto se acercaba a la caseta, el perro se interponía entre él y la entrada, gruñía suavemente y lo miraba suplicante, como diciendo: “Por favor, no entres ahí”. Aquel comportamiento, tan insólito en su leal amigo de tantos años, le quedó retumbando en la cabeza — ¿qué ocultaba su mejor amigo? Resuelto a descubrir la verdad, Andrés ideó un pequeño plan: atrajo a Graf a la cocina con un trozo de chuletón bien oloroso. Mientras el perro, encerrado en casa, ladraba con todas sus fuerzas desde la ventana, Andrés se acercó a la caseta y se agachó para mirar dentro. El corazón se le detuvo cuando, acostumbrándose sus ojos a la oscuridad, vio algo que lo dejó helado… …Dentro, arropado bajo una manta, encontró un minúsculo gatito — sucio, helado y apenas respirando. Le costaba abrir los ojos y todo su cuerpo temblaba de frío. Graf lo había encontrado en algún lugar y, en vez de ahuyentarlo o dejarlo allí, le había dado cobijo. Dormía fuera para no asustarlo y vigilaba la entrada como si dentro se escondiera un tesoro precioso. Andrés contuvo el aliento. Extendió las manos, cogió con suma delicadeza a la diminuta criatura y la apretó contra su pecho. En ese mismo instante, Graf corrió hacia él y se pegó a su hombro — sin gruñir, solo con ternura, dispuesto a ayudar. — Eres un perro noble, Graf… — susurró Andrés, abrazando al gatito. — Más noble que muchas personas. Desde aquel día, en el patio ya no vivían solo dos amigos, sino tres. Y la caseta, construida con tanto cariño, recuperó su propósito: ser un hogar para almas salvadas.
El invierno había cubierto el patio de mi casa en Segovia con un manto blanco y espeso, y sin embargo
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070
Mi hijo no vino a celebrar mi 70 cumpleaños porque dijo que tenía que trabajar. Por la noche vi en redes sociales cómo celebraba el cumpleaños de su suegra en un restaurante
La llamada llegó justo a mediodía, tajando el aire de la casa como un cuchillo en mantequilla fría.
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054
Aunque Lucía fue una nuera y esposa ejemplar, terminó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma
Aunque Inés era una nuera y esposa ejemplar, terminó con su matrimonio y consigo misma. Inés había quedado
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014
«Me casé con mi vecino de 82 años, y él sigue insistiendo en que fue la locura más maravillosa de su vida».
Carmen se ha casado con el vecino, Antonio, que tiene 82 años, y él sigue diciendo que ha sido su mayor locura.
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0203
La esposa hizo las maletas y desapareció sin dejar rastro — Deja ya de hacerte la santa. Todo se arreglará; las mujeres, al final, se desahogan y pasan página. Lo importante es que hemos conseguido el objetivo: tenemos un hijo, la familia continúa. Dina guardó silencio. — Goyo —Dina se inclinó hacia adelante y bajó la voz hasta un susurro—, hace una semana dijiste que te habías “ocupado” de que Sveta se quedara embarazada. ¿Qué significa eso? Goyo soltó el tenedor y se recostó en la silla. — Pues eso mismo. Me estuvo mareando cinco años con el “no estoy preparada”, “la carrera”, “más adelante”. ¿Y cuándo es “más adelante”? Tengo treinta y dos, Dina. Quería un heredero. Una familia normal, como Dios manda. Así que… cambié sus pastillas. Dina se quedó atónita. — ¿Se lo dijiste? ¿Cuándo? — El día que se fue —murmuró Goyo—. Empezó a montar el numerito y yo le solté: acostúmbrate, cielo, tú querías esto y yo solo he ayudado. Pensé que se calmaría, comprendería que no le quedaba otra. Pero no… Vaya ida de olla. Agarró la bolsa y se largó. *** Sobre la mesa de la cocina, junto a la montaña de biberones sin lavar, estaba el cepillo olvidado de mi hermano. Dina lo miraba y sentía la rabia bullir por dentro. ¿Por qué tiene que ser todo un desorden? El bebé en la cuna de la habitación de al lado por fin se había callado, pero el silencio no traía descanso: en una hora, como mucho dos, todo volvería a empezar. Dina se arregló la bata y fue a poner la tetera. Hacía solo un mes las habían recogido a ella y a su cuñada, Svetlana, del hospital. Goyo entonces sonreía, estaba nervioso, regalando ramos enormes a las enfermeras, mientras que Svetlana… Svetlana parecía ir no a casa, sino al cadalso. Entonces Dina pensó que era por el cansancio; primer parto, las hormonas, cosas normales… pero debería haber sospechado. La puerta del recibidor se cerró de golpe: su hermano volvía del trabajo. Se fue directo a la cocina, aflojándose la corbata, y abrió la nevera. —¿Hay algo que cenar? —preguntó, sin ni siquiera mirar a su hermana. —Hay macarrones en la olla. Y he cocido salchichas. Goyo, acaba de dormirse. Por favor, más bajo. Goyo resopló cogiendo el plato. —Estoy agotado, Dina. Todo el día arriba y abajo. Los clientes me han dejado seco. ¿Y el pajarito? —El “pajarito” es tu hijo —Dina dejó la taza sobre la mesa más fuerte de lo que pretendía—. Se llama Artur. Y ha llorado tres horas seguidas. Le duele la tripa. —Tú puedes con eso —Goyo se encogió de hombros despreocupado y se sentó a la mesa—. Eres mujer, está en vuestra sangre. Mamá también nos sacó adelante a los dos sola, con papá siempre de viaje. Dina mordió su labio. Le daban ganas de tirar el plato contra la pared. Vivía allí de forma provisional, mientras solucionaba las deudas del alquiler de su estudio, pero en dos semanas se había convertido en la niñera, la cocinera y la asistenta gratis. Y Goyo se comportaba como si nada hubiera pasado. Como si su mujer no hubiera hecho las maletas y desaparecido sin dejar rastro. —¿Svetlana ha llamado? —preguntó Dina, viendo cómo su hermano engullía la cena. Goyo se detuvo, el tenedor en la boca. Su cara se ensombreció un instante. —No coge el teléfono. Me la corta. Qué desagradecida… Dejar al crío… Fíjate qué cerebro… Está enfadada porque le cambié las pastillas, para que se quedara embarazada antes. —Eres un canalla, Goyo —susurró Dina. —¿Perdón? —abrió los ojos—. ¡Lo hice por la familia! Trabajo, traigo dinero a casa. Y ella deja al niño tirado. A ver, ¿quién es el culpable? —La privaste de decidir —se levantó Dina—. Engañaste a la persona que decías querer. ¿Esperabas un “gracias, cariño, por destrozarme la vida”? —No empieces —Goyo hizo un gesto—. Se le pasará. ¿Dónde va a ir? El niño está aquí, sus cosas también. Cuando se le acabe el dinero volverá. Mientras tanto… me ayudarás, ¿no? No tengo tiempo para el niño, estoy hasta arriba con el cierre de trimestre. Dina no respondió. Salió de la cocina y fue a la habitación del pequeño. Artur dormía, sus puñitos apretados. Dina lo miró y sintió cómo se le partía el alma. Por un lado, ese ser indefenso. Por el otro, Svetlana, atrapada en una trampa. Le daban pena los dos… Cogió el móvil y abrió el chat. Svetlana estaba en línea hacía tres minutos. Dina escribió, borró, escribió otra vez. “Svetlana, soy Dina. No te pido que vuelvas. Solo quiero saber si estás bien. Y… estoy agotada sola. ¿Podemos hablar, sólo hablar, sin gritos?”. La respuesta llegó diez minutos después. “Estoy en un hotel. En tres días me voy de viaje de trabajo a otra ciudad durante tres semanas. Esto estaba planeado antes de saber… en fin, antes. Al volver pediré el divorcio. No abandono a Artur, Dina. Pero ahora no puedo estar ahí. No puedo mirarle, ¿lo entiendes? ¡Veo a Goyo en él!” Dina suspiró. “Lo entiendo. De verdad lo entiendo. Goyo me lo ha contado todo”. “¿Y cómo está? ¿Orgulloso?” “Algo así. Está convencido de que volverás”. “Que sueñe. Dina, si no puedes más, dímelo. Buscaré una niñera y te mandaré dinero. Pero a él no volveré. Nunca”. Dina dejó el teléfono y suspiró hondo. Tenía que buscar trabajo, pagar deudas, levantar su vida. Pero no podía abandonar a Artur con Goyo, que no sabía ni por dónde se coge un pañal. *** Los siguientes tres días fueron un infierno. Goyo llegaba tarde, cenaba y dormía. A todas las peticiones de ayuda con el niño respondía: “Estoy cansado” o “Tú sabes mejor cómo calmarle”. Una noche Artur lloró tanto que Dina no aguantó más. Entró en la habitación de su hermano y encendió la luz. —Levántate —dijo con voz helada. Goyo apretó los párpados y se tapó la cabeza con la almohada. —Dina, vete. A las seis me tengo que levantar. —Me da igual. Ve y meces a tu hijo. Quiere comer, y yo no puedo darle el biberón porque me tiemblan las manos de puro agotamiento. —¿Te has vuelto loca? —se incorporó Goyo, despeinado y enfadado—. ¡Para eso vives aquí! Te doy techo y te pago los gastos. —¿Ah, sí? —Dina perdió los nervios—. ¿Así que soy la criada? —Llámalo como quieras —masculló él—. Cuando vuelva Svetlana, descansa. Ahora trabaja. Dina salió sin decir nada. No volvió a dormir esa noche. Sentada en la cocina, meciendo la cuna con el pie, pensaba en cómo darle una lección a su hermano. Goyo se había pasado de la raya. Por la mañana, cuando Goyo se marchó, Dina escribió a Svetlana. “Tenemos que vernos. Hoy, antes de que él vuelva. Por favor”. Svetlana aceptó. Quedaron en un parque cerca de casa. Svetlana estaba desmejorada: ojeras, delgadísima, pálida. Se acercó al carrito y miró largo rato a su hijo. Le temblaban las manos. —Ha crecido —musitó—. En dos semanas se ha transformado… —Svetlana, ni siquiera te reconoce —dijo Dina suave. —Lo sé —Svetlana se cubrió la cara—. Dina, no soy un monstruo… Creo que le quiero. Muy adentro, en el fondo, siento que es mi hijo. Pero sólo de imaginarme volver con Goyo, compartir cama con alguien que me ha engañado así… me ahogo. —¿Y si no tienes que volver con él? —susurró Dina. Svetlana la miró. —¿Cómo? —Él está convencido de que no tienes salida. Cree que os pertenecéis. Pero seamos realistas: no es padre; es un gestor de proyectos familiares. No le interesa el niño ni sabe prepararle los biberones. Solo quería tener un heredero; lo demás le da igual. —¿Y qué hacemos? —Tú te vas a esa comisión de trabajo —habló Dina—. Trabaja, recupérate. Yo me quedo aquí tres semanas más. Pero en ese tiempo lo preparo todo. —¿Qué vas a preparar? —El divorcio. Los papeles. Svetlana, no tienes que volver con él. Alquila un piso. Yo me mudo contigo y te ayudo con Artur mientras trabajas. Mis finanzas mejorarán, tengo ya algún encargo online. Nos apañaremos. Sin él. Svetlana la miraba incrédula. —¿Vas contra tu hermano? —Es mi hermano, pero ha hecho algo imperdonable. No pienso ser cómplice. Cree que sigo de su lado porque no tengo a dónde ir. Se equivoca. Svetlana guardó silencio largo rato mientras un rayo de sol jugaba sobre el capazo. —¿Y él? No soltará así como así al niño. Montará un numerito. —Seguro —admitió Dina—. Pero tenemos una baza: ha confesado que manipuló sus anticonceptivos. Si eso sale ante un juez, con testigos… Yo confirmaré cada palabra. Y contaré cómo “ayudaba” en casa durante la baja maternal. No quiere al niño, Svetlana. Sólo quiere controlar. Cuando vea que criar a Artur exige tiempo de verdad, echará el freno. Le será más fácil interpretar el papel de “padre abandonado” que cambiar pañales. Por primera vez Svetlana sonrió levemente. —Has madurado muchísimo, Dina. —No me quedó otra —suspiró—. ¿De acuerdo? —De acuerdo. Gracias. Las tres semanas volaron. Goyo cada vez más irascible, empezó a notar que Dina ya no acudía corriendo ni a ponerle la cena en la mesa. —¿Cuándo vuelve Svetlana? —preguntó una tarde, tirando el maletín al sofá. —Mañana —respondió Dina, abrazando a Artur. —¡Por fin! A ver si voy a un restaurante normal, que estoy harto de tus macarrones. Tendré que comprarle un regalo, para calmarla. Un anillo, o unos pendientes… las mujeres son así. Dina lo miró con asco palpable. —¿De verdad crees que un anillo lo arregla todo? —Mira —Goyo se le acercó y quiso palmearle el hombro, pero ella se apartó—. Deja ya de hacerte la santa. Se le pasará. Las mujeres al final se ablandan. Lo importante es que ya tenemos hijo: la familia sigue. Dina enmudeció. *** A la mañana siguiente Svetlana llegó mientras Goyo trabajaba. No subió. Esperó en el coche. Dina ya tenía todo: ropa del niño, sus maletas, lo imprescindible. Tuvo que hacer tres bajadas para cargarlo todo. Artur dormía en la sillita del coche. Tras la última bolsa, Dina subió a dejar las llaves. Las puso en la mesa de la cocina, justo donde hacía tres semanas estaba el cepillo de Goyo. Dejó también una nota: “Goyo, nos hemos ido. No busques a Svetlana; se pondrá en contacto contigo vía su abogada. Artur está con ella. Yo también. Querías una familia, pero olvidaste que una familia se construye con confianza, no con engaños. Los macarrones están en la nevera. Ahora tendrás que apañarte solo con ellos”. Se marcharon. Svetlana alquiló un piso modesto pero acogedor en otra punta de la ciudad. Los primeros días fueron duros: Artur no se adaptaba, Svetlana lloraba a menudo y el móvil de Dina ardía con las llamadas y mensajes furiosos de su hermano. Goyo la gritaba, amenazaba e insultaba. Juraba llevarlas a juicio, quitarles el niño, dejarlas sin blanca. Dina escuchaba tranquila. Aguantaron. Goyo, después de unos días de furia, se calmó y desapareció. El divorcio se tramitó en el juzgado, y en la vista, Jorge no mencionó en ningún momento querer la custodia de su hijo. Dina había acertado: su hermano no buscaba complicaciones, prefirió librarse de la ex pagando la pensión. Ni siquiera insistió en ver a su “heredero”.
La esposa recogió sus cosas y se esfumó en una dirección inalcanzable Deja de hacerte la santa.
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