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0208
La primera vez que ocurrió, nadie se dio cuenta. Fue un martes por la mañana en el Instituto Secundario Colina de Lincoln, uno de esos días grises y lentos en los que los pasillos olían a detergente de suelos y cereales fríos. Los chicos hacían cola en el comedor, mochilas a ras de suelo, ojos medio cerrados, esperando a que las bandejas del desayuno se deslizaran por la barra. Cerca de la caja estaba Tyler Bennett, once años, con la sudadera cubriéndole las manos, simulando mirar el móvil apagado desde hacía meses. Cuando fue su turno, la señora del comedor pulsó la pantalla y frunció el ceño. —Tyler, otra vez te falta dinero. Dos euros con quince. La cola protestó por detrás. Tyler tragó saliva. —Yo… está bien. Lo dejo. Empujó la bandeja hacia delante, alejándose con el estómago encogido, como siempre. Había aprendido a convivir con el hambre y a ignorar los susurros de los compañeros y la indiferencia de algunos profesores. Antes de marcharse, una voz detrás intervino. —Yo lo pago. Todos se giraron. Aquel hombre no pertenecía allí. Destacaba como una nube tormentosa entre un mar de adolescentes—alto, de hombros anchos, chaleco de cuero negro sobre camiseta térmica gris, botas pesadas y desgastadas. La barba le brillaba con mechones plateados; sus manos parecían curtidas a base de trabajo real. Un motero. El comedor se quedó en silencio. La señora parpadeó. —Señor… ¿es usted del instituto? Él sacó el dinero exacto del bolsillo, lo puso en la caja. —Solo pago el desayuno del chaval. Tyler se quedó paralizado. El hombre lo miró, sin sonreír ni enfadarse. Solo sereno. —Come —dijo—. Hay que alimentarse para crecer. Y se marchó antes de que alguien pudiera decir algo más. Sin nombre. Sin explicación. Sin aplausos. A la hora de comer, ya había rumores sobre si aquello había pasado de verdad. Pero al día siguiente, volvió a ocurrir. Otro niño. Otra cola. El mismo motero. Y así cada día. Siempre el dinero exacto. Siempre discreto. Siempre fuera antes de que nadie pudiera preguntar. En una semana, los alumnos empezaron a llamarlo el Fantasma del Comedor. Los adultos no se lo tomaban tan bien. La directora, doña Carmen Holguera, no era amiga de misterios. Menos si llevaban cuero y aparecían sin avisar. Se plantó junto a la puerta del comedor, brazos cruzados, esperando. El motero volvió—esta vez pagó la comida de una chica con la cuenta treinta euros en negativo—y doña Carmen se acercó. —Señor, debo pedirle que abandone el centro. El motero asintió sereno. —Lo entiendo. —Pero antes, —añadió volviéndose— tal vez debería comprobar cuántos niños se saltan la comida aquí. Doña Carmen se tensó. —Tenemos programas para eso. Él la miró. —¿Entonces por qué siguen quedándose cortos? Silencio. Se fue sin decir nada más. Debería haber terminado ahí. Pero no. Porque dos meses después, la vida de Tyler Bennett cambió como ningún chaval de once años debería vivir solo. Su madre perdió su empleo en la residencia de ancianos. Primero cortaron la luz. Luego se llevaron el coche. Después llegó la orden de desahucio. En una fría noche de jueves, Tyler se sentó en el borde de la cama mientras su madre lloraba en la cocina, intentando que no se notara. Al día siguiente, Tyler no fue en autobús al instituto. Fue andando. Seis kilómetros. No sabía por qué—solo que el centro aún le parecía más seguro que su casa. Cuando llegó, le dolían las piernas y le zumbaba la cabeza. Se sentó en los escalones, tiritando, sin saber si entrar. Entonces apareció la moto. Susurro grave. Parada lenta. El Fantasma del Comedor. El motero se quitó los guantes y lo estudió en silencio. —¿Estás bien, chaval? Tyler intentó mentir. Fracasó. —Mi madre dice que estaremos bien —dijo rápido—. Solo necesita tiempo. El motero asintió como entendiendo. —¿Cómo te llamas? —Tyler. —Yo soy Jack. Fue la primera vez que alguien supo su nombre. Jack abrió la alforja y sacó un bocadillo de desayuno envuelto y un zumo. —Come primero —ordenó—. Siempre es más fácil hablar después. Tyler dudó. —No tengo dinero. Jack resopló. —No te lo he pedido. Tyler comió como quien no ha probado bocado en días. Jack se sentó a su lado, el casco en la rodilla. —¿Vas a volver andando hoy? —preguntó Jack. Tyler asintió. Jack respiró hondo. —Dime una cosa. ¿Piensas en ir a la universidad alguna vez? Tyler casi se rió. —Eso es para los ricos. Jack negó. —No. Es para los que no se rinden. Le entregó una tarjeta doblada. —Si alguna vez necesitas ayuda—de verdad—llama a ese número. —¿Qué es? —preguntó Tyler. Jack lo miró. —Es una promesa. Y subió a la moto y se marchó. Fue la última vez que lo vieron en años. Sin comidas pagadas. Sin motero en el comedor. Sin Fantasma del Comedor. La vida no se arregló de golpe. Tyler y su madre pasaron de casa en casa, de piso barato en piso barato. Tyler trabajaba tras las clases, saltaba comidas, aprendió a estirar el dinero y ocultar el cansancio con bromas. Pero guardó la tarjeta. Y estudió. Mucho. Pasaron los años. Hasta que, en el último curso, la orientadora lo llamó a su despacho. —Tyler —le dijo— ¿has solicitado plaza en algún sitio? Él asintió. —En la universidad de la ciudad. Quizá. Ella deslizó una carpeta sobre la mesa. —Es una beca completa: matrícula, libros, alojamiento. Tyler la miró incrédulo. —Eso… eso es un error. Ella negó. —Donante anónimo. Solo puso que te la mereces. Dentro había una nota. Tres palabras en mayúsculas. Sigue creciendo. —J Tyler supo quién era. La universidad lo cambió todo. Por primera vez, Tyler no solo sobrevivía—estaba construyendo algo. Estudió Trabajo Social. Fue voluntario en albergues. Apoyó a chicos que eran demasiado parecidos a él. Un día, en un curso de formación en un centro juvenil, una trabajadora mayor mencionó un club local de motos que financiaba programas de comida y becas sin pedir reconocimiento. —No buscan fama —dijo—. Solo resultados. A Tyler le latía el corazón. Encontró el club a las afueras. Pequeño. Limpio. Bandera española ondeando. Cuando entró, las conversaciones se detuvieron. Y la voz familiar sonó al fondo. —Ya era hora, chaval. Jack. Más mayor. Más lento. Mismos ojos. Tyler no dijo nada. Solo fue y lo abrazó. Jack carraspeó, como quitándose el polvo del ojo. —Lo has hecho bien —dijo en voz baja. Años después, Tyler se plantó ante el comedor de un instituto—ya no como alumno, sino como trabajador social titulado. Una estudiante estaba en la caja, sin suficiente dinero. Tyler se acercó. —Yo lo pago. Y, fuera, una moto esperaba, con el motor en marcha.
La primera vez que pasó, nadie se dio cuenta. Fue un martes por la mañana en el Instituto Alfonso X el
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0284
Solo no traigas a mamá con nosotros, – le pidió la esposa
No lo traigas a casa, por favor dice Antonia mientras coloca la mano sobre el mostrador de la cocina. ¿Y si?
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047
Un regusto amargo — ¡Se acabó, no habrá boda! — exclamó Marina. — Espera, ¿qué ha pasado? — se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! — ¿Bien? — se burló Marina—. Sí, claro… bien. Solo que — tras una pausa, calculando cómo decírselo, soltó la pura verdad— ¡te huelen fatal los calcetines! ¡No estoy dispuesta a respirar eso el resto de mi vida! https://clck.ru/3RMQBT — ¿Eso le dijiste? — se asombró la madre de Marina cuando ésta le anunció que retiraría la solicitud—. ¡Increíble! — ¿Por qué? — se encogió de hombros la exnovia—. Es la verdad. No me digas que tú no lo notabas. — Claro que lo notaba —se apuró la madre—, pero… qué humillante. Pensé que le querías. Es buen chico. Y los calcetines… eso tiene arreglo. — ¿De qué forma? ¿Enseñarle a lavarse los pies, cambiarse los calcetines, usar desodorante? ¡Mamá! ¿Te oyes? Yo quería casarme, no adoptar a un niño grande. — ¿Entonces por qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué solicitar la boda? — Por culpa tuya, mamá. “Ilyushka es un buen chico, me gusta mucho” —¿te suena? Y también: “Ya tienes veintisiete. Ya va siendo hora de casarte, de darme nietos”. ¿Ahora te callas? ¿Ves? — Pero, Marianita, no pensé que aún tuvieras dudas. Parecía serio entre vosotros —defendió la madre—. Y mira, me alegro de que al final hayas reflexionado y decidido. Pero hija, eso de “los calcetines apestan”… te has pasado. No te reconozco. — Era intencionado, mamá. Claro y directo. En su idioma. Para que no hubiese vuelta atrás… *** Al inicio, Ilya le pareció a Marina gracioso y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y la misma camiseta. No presumía de Picasso, pero podía hablar horas de cine antiguo. Sus ojos brillaban a la mínima. Con él todo era fácil y tranquilo. Precisamente ese sosiego atrajo a Marina, agotada de relaciones intensas y de buscar “el hombre de su vida”. Tras dos meses entre cines y cafeterías, Ilya, tímido, propuso: — ¿Te vienes a mi casa? Te invito a mis pelmeni. ¡Los he hecho yo solo! La invitación sonó tan cálida y familiar, que el corazón de Marina dio un vuelco. Lo de “los he hecho yo” la desarmó. Así que aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó nada. No estaba sucio, pero sí desordenado, sin gusto y con aire de caída. Paredes grises sin papel, sofá viejo con solo un rodillo por cojín. En el suelo, montones de cajas, libros y revistas antiguas. Zapatillas en medio. Y ese ambiente, entre polvo y humedad estancada. Parecía un campamento de paso, como a punto de mudarse pero donde nunca se mudaban. — ¿Qué te parece mi fortaleza? — Ilya abrió los brazos, sonriente y sin pizca de vergüenza. Estaba orgulloso y realmente no veía nada raro. Marina sonrió por compromiso; le gustaba el chico y no quería montar lío. Fueron a la cocina. No era mejor: la mesa cubierta de polvo fino, platos sucios en el fregadero, tazas con poso oscuro. La cazuela, hecha polvo. Marina se fijó en la tetera. https://clck.ru/3RMQFL “Me pregunto — pensó— de qué color sería originalmente…” El ánimo se le fue abajo. Marina apenas escuchaba a Ilya, que se esforzaba en hacerla reír. Cuando él le ofreció una ración de pelmeni, ella los rechazó tajante, alegando que estaba a dieta… Probar algo de esa cocina ni pensarlo. De vuelta en casa, analizó la visita. A simple vista, lo visto en el piso era poca cosa: vivía solo, no se apañaba. ¿Y qué? Pero en ese desaliño vio algo mayor y más inquietante: ¿cómo se puede vivir así? No por pereza para limpiar un plato, sino porque… para él, era lo normal. Al final, quedó un regusto amargo… *** Después, Ilya visitó a Marina. Formalizó la propuesta, le regaló el anillo y presentaron la solicitud. Los padres empezaron a preparar la boda. Ser la novia es bonito. Pero cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que trataba de agradarle, le hacía pelmeni y contaba chistes, solo podía visualizar… ¡la tetera de color indescifrable! Y lo entendía: no era solo una tetera. Era una señal, una pista sobre su actitud hacia la vida, el hogar, sí mismo y, seguramente, ella. Un día imaginó una mañana juntos y se horrorizó. Se levantará, irá a la cocina y verá restos de té y migas. Si pide: “Cariño, ¿puedes limpiar esto?”, él la mirará, extrañado, como ante su vivienda, sin entender. No discutirá ni gritará. Simplemente… no entenderá. Y cada día tendrá ella que explicar, limpiar, recordar. Y el amor se irá extinguiendo con miles de pinchazos invisibles para él. Y su madre, feliz porque va a casarse. *** Casarse… Todo el bienestar y la calidez que Marina sentía junto a Ilya se esfumaron, dando paso a una inquietud pesada. — Marianita— preguntaba Ilya casi a diario, mirándola preocupado —, ¿todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos? — Claro — respondía ella, pero sentía romperse por dentro. Al final, Marina no aguantó más y confesó sus miedos a una amiga. — ¿Y qué más da? — se extrañó Katia —. El polvo, la tetera… Mi marido deja la cocina como si pasara un tanque y ni se da cuenta. ¡Los hombres no ven esas cosas! — ¡Exactamente! No ven —susurró Marina—. Y él nunca verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me va matando, poco a poco. *** No es que le culpara. No la engañó ni nada. Ilya era sincero. Solo vivía en otro mundo. Para él, un plato sucio era normal. Para ella era señal clara de incomprensión y dejadez. El problema no era la limpieza. Era que miraban el mundo diferente. Aquella fisura se haría un abismo. Mejor cortar ahora, que caer al fondo de ese abismo dentro de unos años, cuando ya sea tarde. Solo faltaba la ocasión… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se descalzaron en la entrada… Entraron… Un hedor terrible les seguía los pasos. Marina tardó en darse cuenta de dónde venía. Y al notar que no solo ella, sino todos lo percibían, se sintió tan avergonzada que quería desaparecer. Sin decir palabra, salió corriendo, se vistió y se marchó. Ilya fue tras ella. La alcanzó y la agarró por el brazo. Ella se volvió y le soltó a la cara, casi con rabia: — ¡Se acabó! ¡No habrá boda! *** No hubo boda. Marina cree que hizo lo correcto y no se arrepiente. Y Ilya… Aún no entiende cuál era el problema: total, los calcetines huelen… ¡Podría habérselos quitado!
Un sabor amargo ¡Esto se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! exclama Carmen. Pero espera, ¿qué ha pasado?
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0148
El padre regala un piso a su hija tras la boda, pero la madre del novio monta en cólera e intenta meter a toda su familia en la casa
Mira, te cuento lo que nos pasó hace poco. Nuestra hija, Lucía, se casó hace unos meses con un chico
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012
Paredes Delgadas
Las paredes del edificio eran tan delgadas que, a veces, parecía que el viento había decidido colarse
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058
Cuando mi padre nos traicionó, mi madrastra me rescató del infierno del orfanato: siempre agradeceré al destino por esa segunda madre que salvó mi vida rota
Cuando mi padre nos traicionó, mi madrastra me rescató del infierno del orfanato. Siempre agradeceré
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038
No Remuevas el Pasado Taísia suele reflexionar sobre su vida ahora que ha superado los cincuenta años. No puede llamar feliz a su vida familiar, todo por culpa de su marido, Yuri. Se casaron jóvenes, ambos enamorados. Pero, llegado un momento, el carácter de Yuri cambió y ella ni se enteró. Vivían en el pueblo, en casa de la suegra, Ana. Taísia procuraba mantener la paz en casa, respetaba a su suegra y recibía un trato cálido de su parte. La madre de Taísia vivía en la aldea de al lado con el hijo pequeño, enfermiza y necesitada de ayuda. —Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera, la Tasi? —preguntaban las vecinas chismosas al cruzarse en la fuente, en la tienda, o por el camino. —De la Tasi no tengo nada malo que decir —respondía siempre la suegra—. Es respetuosa, sabe hacer de todo y maneja bien la casa; me ayuda en todo. —Venga ya, ¿de verdad hay paz y buen rollo? Nunca ha pasado que la suegra hable bien de la nuera, no nos lo creemos —respondían las mujeres del pueblo. —Eso es cosa vuestra —y seguía su camino Ana. Taísia tuvo a su hija Varinia. Todos estaban alegres. —Tasi, ¡la Varia se parece a mí! —decía la suegra, buscando sus rasgos en la nieta, mientras Taísia reía divertida; para ella no importaba a quién se pareciera la niña. A los tres años de Varinia, Taísia tuvo un hijo. Más alegrías en la casa. Yuri trabajaba, Taísia cuidaba de los niños y la suegra ayudaba mucho. Vivían como los demás, quizá mejor: tranquilos, sin peleas, y Yuri no bebía, a diferencia de otros hombres. Otras esposas tenían que buscar a sus maridos en la cantina, medio borrachos y sin poder volver solos a casa. Cuando estaba embarazada del tercer hijo, Taísia se enteró de que Yuri le era infiel. En el pueblo todo se sabe rápido: Yuri y Tania, la viuda, eran el tema de conversación. La vecina Valentina no dudó en contárselo. —Tasi, llevas al tercer hijo de Yuri y él… —y lo soltó sin tacto—, ingrato, anda con otras. —¿De verdad, Valen? Yo no sospechaba nada —le sorprendió Taísia. —¿Cómo vas a notar nada? Con dos niños, el tercero a punto, la casa, la suegra, el campo. Yuri vive a su aire. Aquí ya todos saben lo suyo con Tania, que ni le importa ocultarlo. Taísia se entristeció; la suegra también lo sabía pero callaba, compadeciéndola. Muchas veces le reprochó el comportamiento al hijo, pero él zanjaba el tema rápido. —Madre, ¿acaso lo has visto? Las mujeres hablan mucho, para eso son mujeres. Un día, Valentina volvió corriendo. —Tasi, acabo de ver a tu Yuri entrando en el patio de Tania, lo he visto yo misma volviendo de la tienda. ¿Vas a quedarte sola con tres hijos? Ve ahora a esa sinvergüenza y arrástrala por el pelo. Estás embarazada, Yuri ni se atreverá a tocarte —insistía la vecina. Taísia sabía que no tendría valor para pelearse con Tania, a quien conocía bien; brava y pendenciera, se había hecho fuerte tras la muerte de su esposo borracho. Finalmente, decidió ir a buscar la verdad ella misma. —Voy a mirarle a los ojos a mi Yuri, va a tener que confesar. Todo dice que son cotilleos, pero así lo veré yo misma —le contó a la suegra, que intentó disuadirla. —Tasi, no vayas así, piénsalo… Cuídate, hija… Era otoño, ya había oscurecido. Llamó a la ventana de Tania y aguardó a que saliera. Pero desde dentro le respondió cerrada con llave: —¿Qué quieres, por qué llamas? —Ábreme, sé que mi Yuri está contigo, la gente me lo ha dicho —gritó Taísia. —Claro, claro, voy corriendo a abrirte… Vete a tu casa, no me hagas reír —Taísia escuchó la risa. Tras esperar un rato, se fue, resignada. El marido volvió ya de madrugada y borracho; no era habitual, pero sucedía. Ella no dormía. —¿Dónde has estado? Sé que estabas con Tania, bebiendo juntos. Fui allí, no abrió la puerta… Tú lo sabes. —¿De qué hablas? —se molestó Yuri—. No he estado allí. He estado con Genaro, bebiendo, no vimos ni pasar el tiempo. Taísia no creyó, pero prefirió no hacer una escena. De noche y embarazada, no era de líos. Sabía que no tenía salida; “no está pillado, no es ladrón”, como se decía. Pero aún así no durmió, pensando: —¿Dónde voy con dos hijos y el tercero por llegar? Mi madre enferma, mi hermano vive con su familia y tres chicos. No cabríamos todos juntos. La madre siempre le decía, cuando se quejaba del marido: —Aguanta, hija, ya que te casaste y tuviste hijos, resiste. ¿Crees que fue fácil vivir con tu padre? Bebía y nos echaba; ¿recuerdas cuando nos escondíamos en casa de los vecinos? Ya se lo llevó Dios, pero yo aguanté. Por lo menos tu Yuri no te pega ni bebe tanto. Lo propio de la mujer es aguantar. Aunque no compartía del todo ese consejo, sabía que no podía irse. También la suegra intentaba consolarla. —¿Dónde irás con los niños, hija? Pronto tendrás el tercero, juntas podremos con Yuri. La tercera hija, Ariadna, nació débil y enfermiza. La tensión y los dolores de la madre pasaron factura, pero con el tiempo se calmó y la suegra la mimaba mucho. —Tasi, ¿sabes la última? —Valentina, como un ave, traía las noticias del pueblo—. Tania ha metido a Miguel en casa, el suyo se fue con la mujer. —Que haga lo que quiera, Dios la ayude —respondía Taísia, alegre de que así Yuri no acudiría allí. Al poco, Valentina volvió: —Miguel regresó con su mujer, ya no está con Tania. Ahora esta otra vez busca hombre; mantén a tu Yuri vigilado, que por amor vuelven rápido —advertía la vecina. Vivieron tranquilos un tiempo. La suegra feliz. Pero si a un hombre le pica el diablo dentro, no hay paz posible… Un día, Ana se cruzó con Anisia, amiga de toda la vida: —Ana, ¿cómo salió tu Yuri así? Tasi es muy buena esposa y madre, tú misma lo dices, ¿qué más quiere? —¿No ves, Anisia, que Yuri otra vez anda de mujerío? —Claro que sí… Vive como un rey, todo le cuidan y atienden. Va con Vera, la de la cantina… Ana intentaba avisar a su nuera, regañaba a su hijo, pero él no escuchaba. Al final se supo, como siempre: Taísia se enteró por Valentina. Lágrimas y ruegos no cambiaron nada: Yuri seguía en lo suyo, aunque nunca dejó a la familia. No era fiel, ni pensaba irse. Tenía todo: esposa, hijos, madre, casa arreglada y, fuera, diversión. Ana ya lo enfrentaba abiertamente; pero un hombre no escucha a una madre mayor. Yuri le gritaba que no se metiera. —Madre, yo trabajo para la familia, traigo dinero y os acusáis por chismes de mujeres —repetía. Ya no abusaba del alcohol, y pronto lo dejó por completo. Pasaron los años. Los hijos crecieron. Varinia se casó en la capital del distrito, donde estudió y se quedó con su marido. El hijo terminó ingeniería en la ciudad y se casó allá. Ariadna iba a acabar el instituto y pensaba irse también. Yuri se calmó, ya no andaba de parranda, solo trabajo y casa. Pasaba más tiempo en el sofá, la salud le fallaba. Ni bebe, ni quiere beber. —Tasi, me duele el corazón, parece que me tira a la espalda —y otra vez—. Me duelen las rodillas, será cosa de los huesos. Igual tengo que ir a ver al médico en la capital. Taísia no siente lástima. Tiene el alma endurecida tras tanto desengaño y lágrimas por su marido. —Ahora que le falla la salud, se queda en casa, qué casualidad —piensa—; que se queje a sus antiguas mujeres… Que sean ellas quien le cuiden. Ana murió y fue enterrada junto a su esposo. Ahora en la casa de Yuri y Taísia reina el silencio. A veces vienen los hijos y los nietos, ambos se alegran. El padre se queja ante los hijos de su salud y hasta acusa a su esposa de no cuidarle. La hija mayor le lleva medicinas y se preocupa de él, recomendando a la madre: —Mamá, no te enfades con papá, está enfermo —a lo que Taísia le duele, pues la hija defiende al padre. —Hija, él se lo ha buscado, tuvo demasiada vida loca y ahora quiere compasión. Yo tampoco tengo buena salud, se me fue de tanto sufrir por él —se justifica la madre. El hijo también anima al padre y se acerca más a él, cosa de hombres… Los hijos parecen no entender a la madre; les explica que su padre le fue infiel y ella aguantó solo por ellos, que fue muy duro. Pero solo escucha: —Mamá, no remuevas el pasado, no amargues a papá —decía la hija, y el hermano apoyaba. —Mamá, lo que fue, ya pasó —la consolaba el hijo, acariciándole el hombro. A Taísia le duele un poco que sus hijos defiendan al padre, pero los comprende y no se lo toma tan a pecho: la vida es eso. Gracias por leer, suscribirte y acompañarme. ¡Te deseo lo mejor en la vida!
No remuevas el pasado Con frecuencia reflexiona Teresa sobre su vida, ahora que ha cruzado el umbral
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024
AMOR LOCAL: UNA CONEXIÓN ÚNICA EN CADA RINCÓN
¡Marisol, serás tú la culpable de su muerte! ¿De quién? ¡Claro, de Luis! Sí, de ti, precisamente. ¡Qué sorpresa!
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0406
Te aconsejé que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso llegué a comprarte pastillas especiales, esperando hacerte reflexionar sobre lo que estabas haciendo. Pero parece que mis esfuerzos han sido en vano. —¿Cuántos hijos más tienes pensado tener? —preguntó mi suegra con sarcasmo. —Intentemos no usar el sarcasmo. ¿Estás tan enfadada porque Pedro te contó lo de mi embarazo? —respondió Mónica con calma. —¡Por supuesto que sí! Te dije que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso te compré pastillas especiales, esperando hacerte pensar dos veces sobre lo que estabas haciendo. Pero parece que mis esfuerzos han sido inútiles —se lamentó mi suegra. —Conocemos tu punto de vista, pero no queremos ir en contra de la naturaleza —respondió Mónica. —¿Te estás burlando de mí? Pues entonces ya no puedes contar con mi ayuda —gritó María. Mónica estuvo a punto de contestar cuando, de repente, sonó el teléfono. María nunca ha apoyado a sus hijos. No lleva a sus nietos de visita, no pasa tiempo con ellos y no les trae regalos ni dulces salvo en sus cumpleaños. Económicamente, Mónica y Pedro son completamente independientes. Cuando Mónica se quedó embarazada por tercera vez, su suegra insistió en que abortara, pero la pareja se negó y, finalmente, María terminó amando a su nieta. ¡Y entonces Mónica volvió a quedarse embarazada! La mujer intentó que la relación tensa con su suegra no se notara delante de su marido, mientras todo fuera bien para ella y sus hijos. Pedro tenía un trabajo bien pagado y Mónica trabajaba media jornada desde casa. Cuando su pequeño negocio empezó a crecer, contrató incluso a una asistente para ayudarle con los niños. Todo iba bien si no fuera por la actitud de María. Desde el principio, jamás le gustó su nuera e incluso esperaba que su hijo se divorciara de Mónica. Pero esas esperanzas fueron inútiles. Después empezaron a llegar los hijos, uno tras otro. Según Mónica, su suegra se opone al nacimiento de un cuarto nieto porque eso significa que todos los ingresos de Pedro se destinarán al mantenimiento de la familia, y no a ayudar a su propia madre, quien estaba acostumbrada a vivir cómodamente. Su hijo le pagaba todas las consultas con el dentista, la enviaba al spa e incluso le reformaba la casa. María sentía que estaba a punto de perderlo todo; ya no habría ningún apoyo económico. Le ofendía mucho la idea de tener que privarse de sus comodidades. Mónica intentó ignorar el continuo negativismo de su suegra, pero era evidente que afectaba su estado emocional. Aun así, es poco probable que María pudiera influir en la decisión de su hijo y su nuera. ¡Van a tener un cuarto hijo! ¿Cómo afrontar a una madre que se entromete tanto en la vida de sus propios hijos?
Te aconsejé que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso te compré unas pastillas especiales esperando
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0526
Echó a su hija al frío y, cuando recordó su existencia, ya era demasiado tarde…
¡Papá, tengo hambre y quiero salir a pasear! vuelve a clamar la pequeña Alondra, acercándose a su padre.
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