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0531
Un regalo para mamá: cuando la confianza se pone a prueba entre electrodomésticos, cumpleaños y promesas rotas en una familia española
Sergio, necesito tu ayuda con el regalo para mamá. María dejó el móvil a un lado y se giró hacia su marido
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044
Hombre, por favor, no empuje. Uf. ¿Ese olor viene de usted? —Perdone —murmuró él, apartándose y murmurando algo más, molesto y triste, mientras contaba unas monedas en la mano. Quizás no le alcanza ni para una botella, pensó Rita, que sin querer se fijó en la cara del hombre. Curioso… no parecía ebrio. —Perdóneme, no era mi intención —balbuceó Rita, sin poder irse. —No se preocupe. Él levantó la vista; tenía unos ojos azulísimos, intensos, sin signo de envejecimiento. Aunque debía tener la edad de Rita, qué curioso… Y nunca había visto ojos así, ni de joven. Rita lo cogió del brazo y lo apartó de la pequeña cola de la caja. —¿Le ha pasado algo? ¿Necesita ayuda? —intentó no arrugar la nariz. Al fin comprendió el olor: sudor, simplemente sudor rancio. Él callaba y metió las monedas en el bolsillo. —Me llamo Rita. ¿Y usted? —Yuri. —¿Necesita alguna ayuda? —se sorprendió ofreciéndose casi a la fuerza a un desconocido, quizá un vagabundo. Él la miró un instante con esos ojos azules, luego desvió la vista. Cuando iba a marcharse, él soltó por fin: —Necesito trabajo. ¿Sabe si aquí puedo encontrar alguna chapuza? Algo de reparación, o tareas de casa. El pueblo es grande, pero no conozco a nadie… Rita escuchó y Yuri empezó a balbucear avergonzado. Ella pensó si sería sensato meter a un extraño en casa, pero justo le venía bien cambiar la plaqueta del baño, y su hijo nunca tenía tiempo para hacerlo… —¿Sabe poner azulejos? —Sí, lo sé hacer. —¿Cuánto cobraría por el baño, son 10 metros cuadrados? Yuri se quedó atónito por el tamaño, pero accedió. —Hay que verlo. Lo que me dé, me vale. Yuri hizo el trabajo de maravilla y con precisión. Hasta pidió usar la ducha, y Rita le dio ropa de su difunto marido; él lavó la suya. En todo el fin de semana hizo la reforma. Al terminar, Rita temía que se fuera. No sabía si dejarle quedarse una noche más, pero tampoco quería echarle a la calle de noche. El sábado apenas durmió, pero Yuri dormía profundamente en el sofá. —¡Venga, revise el trabajo, Margarita! Estaba todo perfecto. —Yuri, ¿cuál es su profesión? —Profesor de física, de la antigua Universidad de Leningrado. —¿San Petersburgo, quiere decir? —Entonces era Leningrado. Pero sobre poner azulejos, todo hombre debe saber hacer esas cosas. Rita asintió, le pagó como a un profesional y él aceptó sin rechistar. —¿Eso es todo? —protestó Rita—. Al menos, coma algo. Al final, compartieron un trozo de pescado. Resultó agradable conversar con él: educado, inteligente, pero profundamente marcado por la pérdida. —¿Y qué le pasó, Yuri? —Si le cuento, parecerá una de esas historias increíbles. Solo que la mía, lamentablemente fue real… Yuri le relató cómo, por defender a un alumno, acabó en prisión por homicidio involuntario. Tras ocho años, al salir, nadie le esperaba: la madre muerta, la esposa le había dejado. En Madrid no tuvo suerte, y al final acabó en un pueblecito madrileño donde nadie le daba trabajo ni cuarto. Llevaba dos semanas durmiendo en la calle. Aquella noche, Rita, conmovida, le permitió quedarse. Lograron rehacer sus vidas modestamente: Rita le ayudó a regularizarse, Yuri trabajó como dependiente y de profesor particular. Dos meses después, el hijo de Rita apareció: —Mamá, échale de casa. —¿Cómo? —No quiero compartir mi herencia con un don nadie. Rita, dolida, se enfrentó a su hijo. Pero Yuri, lejos de querer problemas, le propuso irse y empezar de nuevo juntos, construyendo una casa en las afueras de Madrid con sus propios ahorros y el apoyo de Rita. Levantaron un hogar poco a poco. A veces compartían una manta viendo las estrellas. —¿Qué sientes? —preguntaba Yuri abrazándola. —Siento mi segundo aliento —respondía Rita. —Yo también siento amor, tu amor. Cuando Rita volvió a casa a por sus cosas para el invierno, el hijo la encontró radiante: —¿Qué te pasa, mamá? —Segundo aliento, Dimi. Y amor, mucho amor. Y salió corriendo a ayudar a Yuri, que la esperaba para montar el porche. El segundo aliento: una historia de amor, segundas oportunidades y nuevas vidas en la España de hoy
Caballero, por favor, no empuje… Uf. ¿Ese olor viene de usted? Disculpe murmuró el hombre, apartándose un poco.
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070
La Portera Encantadora
Hace poco cambiamos al conserje de nuestro bloque de nueve plantas en el barrio de Vallecas, Madrid.
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0154
Hombre, por favor, no empuje. Uf. ¿Ese olor viene de usted? —Perdone —murmuró él, apartándose y murmurando algo más, molesto y triste, mientras contaba unas monedas en la mano. Quizás no le alcanza ni para una botella, pensó Rita, que sin querer se fijó en la cara del hombre. Curioso… no parecía ebrio. —Perdóneme, no era mi intención —balbuceó Rita, sin poder irse. —No se preocupe. Él levantó la vista; tenía unos ojos azulísimos, intensos, sin signo de envejecimiento. Aunque debía tener la edad de Rita, qué curioso… Y nunca había visto ojos así, ni de joven. Rita lo cogió del brazo y lo apartó de la pequeña cola de la caja. —¿Le ha pasado algo? ¿Necesita ayuda? —intentó no arrugar la nariz. Al fin comprendió el olor: sudor, simplemente sudor rancio. Él callaba y metió las monedas en el bolsillo. —Me llamo Rita. ¿Y usted? —Yuri. —¿Necesita alguna ayuda? —se sorprendió ofreciéndose casi a la fuerza a un desconocido, quizá un vagabundo. Él la miró un instante con esos ojos azules, luego desvió la vista. Cuando iba a marcharse, él soltó por fin: —Necesito trabajo. ¿Sabe si aquí puedo encontrar alguna chapuza? Algo de reparación, o tareas de casa. El pueblo es grande, pero no conozco a nadie… Rita escuchó y Yuri empezó a balbucear avergonzado. Ella pensó si sería sensato meter a un extraño en casa, pero justo le venía bien cambiar la plaqueta del baño, y su hijo nunca tenía tiempo para hacerlo… —¿Sabe poner azulejos? —Sí, lo sé hacer. —¿Cuánto cobraría por el baño, son 10 metros cuadrados? Yuri se quedó atónito por el tamaño, pero accedió. —Hay que verlo. Lo que me dé, me vale. Yuri hizo el trabajo de maravilla y con precisión. Hasta pidió usar la ducha, y Rita le dio ropa de su difunto marido; él lavó la suya. En todo el fin de semana hizo la reforma. Al terminar, Rita temía que se fuera. No sabía si dejarle quedarse una noche más, pero tampoco quería echarle a la calle de noche. El sábado apenas durmió, pero Yuri dormía profundamente en el sofá. —¡Venga, revise el trabajo, Margarita! Estaba todo perfecto. —Yuri, ¿cuál es su profesión? —Profesor de física, de la antigua Universidad de Leningrado. —¿San Petersburgo, quiere decir? —Entonces era Leningrado. Pero sobre poner azulejos, todo hombre debe saber hacer esas cosas. Rita asintió, le pagó como a un profesional y él aceptó sin rechistar. —¿Eso es todo? —protestó Rita—. Al menos, coma algo. Al final, compartieron un trozo de pescado. Resultó agradable conversar con él: educado, inteligente, pero profundamente marcado por la pérdida. —¿Y qué le pasó, Yuri? —Si le cuento, parecerá una de esas historias increíbles. Solo que la mía, lamentablemente fue real… Yuri le relató cómo, por defender a un alumno, acabó en prisión por homicidio involuntario. Tras ocho años, al salir, nadie le esperaba: la madre muerta, la esposa le había dejado. En Madrid no tuvo suerte, y al final acabó en un pueblecito madrileño donde nadie le daba trabajo ni cuarto. Llevaba dos semanas durmiendo en la calle. Aquella noche, Rita, conmovida, le permitió quedarse. Lograron rehacer sus vidas modestamente: Rita le ayudó a regularizarse, Yuri trabajó como dependiente y de profesor particular. Dos meses después, el hijo de Rita apareció: —Mamá, échale de casa. —¿Cómo? —No quiero compartir mi herencia con un don nadie. Rita, dolida, se enfrentó a su hijo. Pero Yuri, lejos de querer problemas, le propuso irse y empezar de nuevo juntos, construyendo una casa en las afueras de Madrid con sus propios ahorros y el apoyo de Rita. Levantaron un hogar poco a poco. A veces compartían una manta viendo las estrellas. —¿Qué sientes? —preguntaba Yuri abrazándola. —Siento mi segundo aliento —respondía Rita. —Yo también siento amor, tu amor. Cuando Rita volvió a casa a por sus cosas para el invierno, el hijo la encontró radiante: —¿Qué te pasa, mamá? —Segundo aliento, Dimi. Y amor, mucho amor. Y salió corriendo a ayudar a Yuri, que la esperaba para montar el porche. El segundo aliento: una historia de amor, segundas oportunidades y nuevas vidas en la España de hoy
Caballero, por favor, no empuje… Uf. ¿Ese olor viene de usted? Disculpe murmuró el hombre, apartándose un poco.
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09
NO LOGRÉ ENAMORARME —Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lilia? —la joven nos miró con picardía, estudiándonos a mí y a mi amiga. —Yo soy Lilia. ¿Por qué? —le respondí, intrigada. —Toma, Lilia. Es una carta de Vladimir —la desconocida sacó de la bata un sobre arrugado y me lo entregó. —¿De Vladimir? ¿Y dónde está él? —pregunté, sorprendida. —Lo han trasladado a una residencia para adultos. Te esperaba como agua de mayo, Lilia. No hacía más que mirar por la ventana. Me dejó leer la carta para que le revisara las faltas. No quería avergonzarse delante de ti. Bueno, me tengo que ir, es casi la hora de comer. Trabajo como educadora aquí —me miró con reproche, suspiró y se marchó corriendo. …Una vez, mi amiga y yo, paseando, acabamos por casualidad en el patio de un centro que no conocíamos. Teníamos dieciséis años y las vacaciones de verano nos invitaban a buscar aventuras. Svetlana y yo nos sentamos en un banco cómodo. Charlábamos y nos reíamos. Sin darnos cuenta, se acercaron dos chicos. —¡Hola chicas! ¿Os aburrís? ¿Nos presentamos? —uno de los chicos me tendió la mano— Vladimir. Contesté: —Lilia. Ella es mi amiga Svetlana. ¿Y el amigo serio cómo se llama? —Leonardo —respondió tímidamente el otro chico. Nos parecieron anticuados y demasiado correctos. Vladimir nos regañó: —Chicas, ¿por qué lleváis esas faldas tan cortas? Y el escote de Svetlana es muy atrevido. —Bueno, chicos, no miréis donde no debéis, que si no después se os van a cruzar los ojos —nos reíamos Svetlana y yo. —Es difícil no mirar. ¡Somos hombres! ¿Acaso fumáis también? —Vladimir, muy prudente, seguía preguntando. —Claro que fumamos, pero no es para tanto —bromeamos mi amiga y yo. Solo entonces nos dimos cuenta de que algo no iba bien con las piernas de los chicos. Vladimir apenas podía andar, y Leonardo cojeaba visiblemente. —¿Estáis en tratamiento aquí? —me aventuré a preguntar. —Sí. Tuve un accidente de moto y Leo saltó mal desde una roca al agua —respondió Vladimir casi ensayado—. Pronto nos darán el alta. Nosotras creímos la “historia” de los chicos. Por entonces no imaginábamos que Vladimir y Leo eran discapacitados desde el nacimiento, destinados a vivir en la residencia durante mucho tiempo. Nosotras éramos para ellos un soplo de libertad. Vivían y estudiaban en un centro cerrado. Cada chico tenía preparada una historia inventada de accidentes, caídas, peleas… Vladimir y Leonardo eran interesantes, muy cultos y sabios para su edad. Svetlana y yo empezamos a visitarlos cada semana. Por un lado, nos daban lástima y queríamos animarlos; por otro, teníamos mucho que aprender de ellos. Las visitas se convirtieron en costumbre. Vladimir empezó a regalarme flores que recogía del parterre más cercano, y Leo traía cada vez una figura de origami hecha por él; se la daba tímidamente a Svetlana. Después los cuatro nos sentábamos en el mismo banco: Vladimir a mi lado, Leo dándole la espalda a nosotros y centrando toda su atención en Svetlana. Mi amiga se ruborizaba, pero estaba claro que le gustaba la compañía de Leo, tan discreto. Charlábamos de todo y de nada. El verano pasó rápido, cálido y amable. Llegó el otoño lluvioso. Se acabaron las vacaciones y nos esperaba el último curso de instituto… Nos olvidamos por completo de nuestros amigos, Vladimir y Leo. …Llegaron los exámenes, el último timbre, la fiesta de graduación. Se avecinaba otro verano, lleno de esperanzas. Svetlana y yo volvimos a la residencia. Decidimos visitar a los chicos. Nos sentamos en el banco de siempre, esperando que Vladimir y Leo vinieran, con flores frescas y un origami. Pero esperamos en vano dos horas. De pronto, salió del centro una joven y vino directa hacia nosotras. Era ella quien me entregó la carta de Vladimir, que abrí allí mismo: “Querida Lilia: Eres mi flor perfumada, mi estrella inalcanzable. Probablemente no percibiste que me enamoré de ti al instante. Nuestra cita era mi aire, mi vida. Llevo medio año mirando por la ventana, esperando verte. Te has olvidado de mí. ¡Qué pena! Nuestro destino es tan diferente. Pero te agradezco haber conocido el amor verdadero. Recuerdo tu voz suave, tu sonrisa atrayente, tus manos delicadas. ¡Es tan triste sin ti, Lili! Me gustaría verte una vez más. Quiero respirar, pero no puedo… Leo y yo acabamos de cumplir dieciocho. En primavera nos trasladan a otra residencia, probablemente no volveremos a vernos. ¡Tengo el alma hecha pedazos! Espero superar tu ausencia y sanar. Adiós, mi adorada” Firmado: “siempre tuyo, Vladimir”. Dentro del sobre, había una flor seca. Me sentí muy avergonzada. El corazón se me encogió al darme cuenta de que no se podía cambiar nada. Me vino a la mente aquella frase: “somos responsables de quienes domesticamos”. Jamás imaginé la pasión que ardía en el alma de Vladimir. Pero yo no podría corresponderle. No sentía por él ningún amor elevado. Solo amistad, curiosidad por su cultura, nada más. Sí, coqueteaba un poco, le picaba, echaba leña al fuego de su interés. Pero nunca imaginé que mi ligero flirteo prendería como un incendio en el corazón de Vladimir. …Desde entonces han pasado muchísimos años. La carta se ha amarilleado, la flor hecha polvo. Pero aún recuerdo nuestros encuentros inocentes, las conversaciones despreocupadas, las risas interminables por las bromas de Vladimir. …Esta historia tiene continuación. Svetlana se sintió conmovida por el difícil destino de Leonardo. Sus padres lo rechazaron por su “diferencia”: desde nacimiento, una pierna era mucho más corta que la otra. Svetlana terminó Magisterio y trabaja en una residencia para discapacitados infantiles. Leonardo es su querido esposo. Tienen dos hijos ya adultos. Vladimir, según cuenta Leo, vivió en soledad. Cuando Vladimir tenía unos cuarenta años, su madre fue a la residencia, vio a su hijo, lloró, redescubrió su amor y lo llevó a vivir a su pueblo. Después se perdió la pista…
NO PUDO QUERER Chicas, confiad, ¿quién de vosotras es Lidia? La joven nos miraba, a mí y a mi amiga
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010
¡Otra vez está lamiendo! ¡Maxi, llévatelo! Nuria miraba con fastidio a Rufo, que saltaba descontrolado a sus pies. ¿Cómo habían acabado con semejante trasto? Tanto tiempo pensando, eligiendo la raza, preguntando a veterinarios. Sabían bien la responsabilidad que suponía. Al final escogieron un pastor alemán, para tener un amigo fiel, guardián y defensor. Como ese anuncio de champú: tres en uno. Solo que aquí, al defensor había que salvarlo de los gatos… — Pero si todavía es un cachorro. Espera a que crezca, ya verás. — Sí, claro. Estoy deseando que este caballo crezca. ¿Te has fijado que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? ¡Y no des esos pisotones, bruto, que vas a despertar a la niña! —rezongaba Nuria, recogiendo los zapatos que Rufo había esparcido. Vivían en la Castellana, en el bajo de un gran edificio antiguo, con ventanas bajas pegadas al asfalto. Un sitio estupendo, de no ser por un pero: las ventanas daban a un rincón sin salida del patio, donde por la noche vagaban sombras, se juntaban hombres a charlar e incluso a veces había peleas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa con la recién nacida, Lucía. Maxi trabajaba en el Prado y en su tiempo libre rebuscaba por el Rastro y las librerías de lance. Su ojo de experto, “ojo de lince”, como la propia Nuria bromeaba, era capaz de encontrar entre el montón obras de arte, libros raros y objetos de época. Maxi era un coleccionista apasionado. Poco a poco, en casa se formó una colección nada desdeñable de cuadros, platos de porcelana de Sargadelos, figuritas del realismo español y cubertería de plata antigua… A Nuria le inquietaba quedarse sola con todos aquellos tesoros y al cuidado de la niña, porque no eran extraños los robos en el edificio. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Rufo? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. Y, además, ese no es mi perro problema. Al oír la palabra mágica “pasear”, Rufo se lanzó disparado al recibidor, se resbaló en la esquina, atrapó la correa y volvió dando brincos. Un caballo, no un perro. Quiere a todo el mundo, se abraza con todos, a todos les lleva la pelota, pero los invitados, ni ver. Un alma abierta, puro corazón, pero lo adoptaron ¡por protección! Y luego ni a los gatos del patio persigue, sino que corre hacia ellos con la pelota, como si pensara: “Ahora juego con el minino”. Y claro, ya se ha llevado un par de zarpazos. Los gatos de su patio sí que son dignos guardianes… Mañana, otra vez todo el día sola. El marido se va a Aranjuez a una feria de pintura y ¿ella qué? ¿A vigilar la porcelana y pasear al orejudo? Lo que le faltaba… De madrugada Maxi se levantó sigilosamente para no despertar a Nuria. En vano. Ella oyó el hervidor en la cocina, el tintinear de la correa, el siseo de Maxi a Rufo para que no llorara ni pisoteara. Se quedó medio dormida con estos sonidos, y cuando la despertó la niña, Maxi ya no estaba. El día empezó normal, como siempre. ¿Qué más se puede pedir? Las amigas siempre se lamentaban: “¡Ay, Nuria! ¿Tan joven te casaste, y ahora entre marido y niña te vuelves loca, metida en la casa, la rutina te ahoga…?” Pero en las cosas cotidianas también hay belleza. No todo salió como soñaba: le pesaba la ausencia del marido, tener poco espacio y no llegar a fin de mes. Y sobre todo, aquella pasión suya que devoraba tanto dinero… Ahora tenía además al amigo orejudo, y a quien le tocaba el lío era a Nuria. Pero ella sabía: a quienes amas hay que quererlos con todo, virtudes y defectos. ¿Acaso alguien te prometió la perfección? Comprendiéndolo, se calmó y se propuso disfrutar de lo que tenía, en vez de sufrir por lo que no había. Estaba en la habitación alimentando a Lucía, que se dormía al pecho y había que esperar a que despertara para comer otra vez. Sonó el timbre, pero Nuria no abrió. No esperaba a nadie y, en Madrid, nadie se planta en casa sin avisar. Disfrutaba a solas de las horas tranquilas de la mañana. En la casa solo se oía el tictac del viejo reloj del vestíbulo y, por la ventana, el bullicio de la ciudad, el paso de los buses, el resoplar de los coches, el roce de la escoba en el asfalto, voces de los niños… ¿Dónde andaba el largo orejudo? Hacía rato que no aparecía; curioso. Rufo, de orejas tiesas y rectas, simplemente era un despistado de corazón. Ahora le tocaba vivir con él, darle de comer, pasearlo y, a cambio, casi ningún beneficio. Mejor hubieran adoptado un caniche. Nuria se quedó mirando a su hija, que, tras la toma de leche, quedó profundamente dormida. ¡Qué niña más dulce les había salido! “Tesoro mío”, susurraba al acunarla. Crece sana, ¿qué más necesitamos? En ese momento, del salón llegó un ruido extraño, como una especie de crujido o chirrido. Nuria aguzó el oído. El crujido se repitió. Descalza, se fue escurriendo hasta el salón. Lo primero que le alertó fue la postura de Rufo. Parecía ocultarse tras la cortina, en la puerta del salón. Medio agazapado, tenso, con la lengua fuera, vigilaba el fondo de la habitación. Nuria siguió su mirada y se quedó helada: en la ventana, mejor dicho, en la ventanilla, sobresalía medio hombre. Cabeza rapada estilo quinqui, brazos y hombros dentro del cuarto, y con esfuerzo intentaba colar su cuerpo enjuto por la apertura. Nuria no podía creerlo. ¡Aquello no podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El hombre ya estaba casi entero dentro! Un segundo más y… Pegó un brinco por el grito. Una sombra negra voló hacia la ventana; hasta que no vio que era Rufo, no se dio cuenta. El perro saltó al alféizar y se abalanzó sobre el cuello del ladrón. “¡Aaah!” gritó el hombre, con aquel ronco vozarrón y los ojos a punto de saltársele. Nuria salió disparada al descansillo y llamó a los vecinos, y ya no fue tan aterrador. Se acercó la gente, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque con solo estar allí ya hacían bastante. ¿Qué habría hecho ella sola? Al vencer el miedo, se acercó al tipo: no fuera que Rufo le destrozara el cuello. ¡Eso sí que faltaba! Pero el perro, un sol, mordía solo por el lateral, al cuello de la chaqueta, y lo sujetaba firme pero sin hacerle daño. ¡Ni una gota de sangre! Solo se apretaba más si el ladrón intentaba escaparse. Si se quedaba quieto, aflojaba la mandíbula. ¿Cómo podía saber todo eso? Aquel zoquete pelotero actuaba como todo un profesional. En vez de ladrar al oír el jaleo, se camufló tras la cortina y montó una auténtica emboscada: dejó al ladrón colarse justo la mitad, para que quedara atascado, y luego atacó, con la mordida justa para atrapar pero sin hacer daño. Como dirían, nuestro deber es detener, lo de juzgar ya es cosa de los jueces. Ni los guardias más veteranos recordaban un ladrón tan contento de que lo pillaran. El tipo, tras pasar el susto con Rufo, estaba feliz de entregarse, y el listo del perro no quería soltarlo. Se había crecido tanto con su hazaña que hubo que convencerle hasta que llegó el policía especializado. Dio la orden y Rufo soltó los dientes. Escupido el ladrón, el perro se sentó junto a la ventana y lanzó una mirada de misión cumplida al agente, como si estuviera esperando la próxima orden. Solo le faltaba hacer el saludo militar. — Habéis tenido suerte con el perro, —el agente rascó a Rufo tras la oreja, admirado—. ¡Uno así nos vendría bien en la comisaría! Maxi llegó a casa muy tarde. Al abrir la puerta se quedó asombrado en el umbral. Y tenía motivos: primero, Rufo revolcándose en el sofá donde nunca jamás se le permitía subirse. Segundo, tirado de espaldas en una postura descaradísima y Nuria rascándole la barriga, acariciándole, mimándole y, por poco, hasta besándole el hocico, musitando: “¡Eres mi alegría, mi pollito, mi caballito pequeño! ¡Crece sano y haznos felices y qué injusta he sido contigo, no te enfades…!” Esta historia me la contó uno de los protagonistas en una fiesta de pintura en Aranjuez. Me refiero al experto en arte. Rufo la contaría aún mejor: cómo vigiló, cómo atrapó y cómo entregó el botín a la policía. Fue hace tiempo, pero la historia seguía viva, y sentía a Rufo arañando la puerta para salir a la luz. Por fin me decido a compartirla con vosotros…
¡Otra vez está lamiéndose! ¡Javier, llévatelo ya! Isabel miraba con fastidio a Tico, el perro que saltaba
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0337
El regalo del padre
Mi madre era una mujer de una belleza que, según mi padre, era su único mérito. Yo, que lo adoraba con
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031
Oksana, ¿tienes un momento? – preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija. —Un minuto, mamá. Ahora mando este correo y te ayudo —respondió la hija sin despegarse de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No lo he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te acercas a la tienda antes de que cierre? —Vale. —Perdona por hacerte ir. Ya te has peinado y todo… Con estos preparativos de Nochevieja, tengo la cabeza a mil —suspiró la madre. —Ya está —Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas y el abrigo de pelo, pero la boina no, para no estropearse el peinado. La tienda estaba enfrente; no le daría tiempo a helarse. Fuera hacía un frío suave y caía copos finos, como en un cuento de Navidad. Había poca gente en la tienda. Solo iban los que, en el ajetreo, habían olvidado comprar algo. Solo quedaba eneldo en un paquete con perejil y cebollino, bastante mustio. Oksana pensó en preguntar a su madre si ese valdría o mejor no cogerlo, pero entonces cayó en la cuenta: se había dejado el móvil en casa. Dudó, pero al final cogió el manojo de hierbas, rebuscó entre las pocas bolsas de mayonesa y pagó. Apenas había salido de la tienda cuando un coche apareció de repente en la esquina y la deslumbró con las luces. Se apartó bruscamente. El tacón resbaló sobre el hielo oculto bajo la nieve y cayó con un golpe seco en la acera. El bolso salió volando. Intentó levantarse, pero un dolor agudo la atravesó el tobillo y se le llenaron los ojos de lágrimas. No había nadie alrededor, ni móvil. ¿Qué iba a hacer? No oyó cómo, detrás de ella, se cerraba suavemente la puerta del coche. —¿Te has hecho daño? —Un joven la miraba inclinado sobre ella—. ¿Puedes levantarte? Te ayudo —le tendió la mano. —Me he debido romper el pie por tu culpa. Vais con los coches como locos y dejáis la acera como una pista de hielo… —sollozó Oksana entre dientes, ignorando su mano. —Tú sabrás, ¿quién te manda andar con tacones a estas horas? —Pues vete a la porra —se rebotó Oksana, sollozando. —¿Vas a quedarte toda la noche sentada aquí? Mira, no soy asesino de chicas guapas. ¿Dónde vives? —Ahí —dijo Oksana, señalando el portal de al lado. El joven se marchó de repente. Pero enseguida oyó el motor: el coche reculó y se paró a su lado. —Te voy a levantar; apóyate solo en la pierna buena. Una, dos, tres… —y, sin que le diera tiempo a protestar, él la alzó y la apoyó con sumo cuidado. —¿Te mantienes? —la sujetó con una mano mientras abría la puerta del coche con la otra—. Ahora, agárrate a mí y siéntate. —El bolso —jadeó Oksana dejándose caer. Él echó un vistazo hacia atrás, cogió el bolso y lo dejó en el asiento trasero. En el portal, la ayudó a bajarse y en seguida la cogió en brazos. Con un golpe de pie cerró la puerta del coche. Ante el portal, se detuvo: —¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? —Mi madre. —Entonces marca el portero y dile que baje a abrir. En su bloque no había ascensor. El joven, sin preguntar, empezó a subir con ella en brazos hasta el tercer piso. Oksana se agarró a su cuello y pudo oír su respiración agitada. Bajo la tibia luz de las escaleras, le vio gotas de sudor en la sien: “Así aprendes. Para que no corras por la calle cerca de la tienda”, pensó vengativa. —Déjame aquí, ya sigo yo —pidió Oksana ante la puerta. Él solo jadeaba, sin responder. En ese momento, se abrió la puerta y apareció la madre. —¿Oksana? ¿Qué ha pasado? El joven entró empujando suave y colocó a Oksana de pie. —Tráigale una silla —ordenó a la madre, asustada. La madre trajo una silla, y Oksana se dejó caer aliviada, estirando la pierna dolorida. El joven se arrodilló frente a ella. —¿Pero esto qué es? —protestó la madre. Él, como si no la oyera, sujetó la pierna de Oksana mientras le abría bruscamente la cremallera de la bota. Oksana dio un grito. —¡Qué hace! ¡Duele! —¡Está sufriendo! —chilló la madre, horrorizada al ver cómo el tobillo se hinchaba y tomaba un color oscuro visible aún a través de las medias. —Voy a llamar a urgencias —dijo la madre. —Solo es una luxación. Soy médico. Tráigame hielo, deprisa —dio la orden. Y la madre fue corriendo a la cocina, para volver con un pollo congelado. —Póntelo en el tobillo —dijo el joven y se levantó para abrir la puerta–. —¿Te vas? —preguntó nerviosa Oksana. —Bajo al coche. Tengo una venda elástica. Y tu bolso. Vuelvo ahora —dijo él y salió. —¿Le has dejado el bolso en el coche? Oksana, ¿quién es ese muchacho? —La madre le aplicó a Oksana el pollo congelado. Oksana se estremeció de dolor. —[Él] apareció con el coche en la esquina, me asusté, resbalé y caí. Me ha traído a casa. No sé más. —¿Y si es un timador? Ahora se va con el bolso, con las tarjetas y las llaves. ¿Llamo a la policía antes de que desaparezca? —susurró la madre. —¡Qué policía ni qué policía! Si quisiera robarme, me habría dejado tirada. Si me ha traído a casa… —No sé, no sé… —replicó la madre. En ese momento, sonó el portero. —Es él. Mamá, ábrele —pidió Oksana. El joven entró, miró a las dos mujeres y dejó el bolso en la cómoda. —Compruebe que está todo —dijo, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, arrodillándose sobre ella. —Ahora dolerá. Hay que reducir la luxación. Agárrate fuerte a la silla. Así será más fácil. Con una mano sujetó el pie, lo giró despacio. Oksana gimió, mordiéndose los labios. —Se os está quemando algo —le dijo a la madre el joven. La madre salió corriendo a la cocina. En el siguiente instante, el tobillo de Oksana explotó de dolor. Todo se nubló. —Tranquila. Ahora ya está —dijo él, en voz baja. La madre volvió, quedó petrificada al ver a Oksana llorar. —En la cocina todo… —empezó ella, pero el joven la interrumpió. —He colocado la luxación. Dolerá unos días. No le cargues peso. —Le apoyó la pierna y se levantó. —Muchas gracias. Perdón por lo que he pensado de ti —dijo la madre—. ¿Quieres quedarte? Queda poco para las campanadas y no llegarás a casa. Y yo tengo todo preparado, así que… El joven lo pensó un instante: —Vale, si no molesto. —¡Qué va! Ayuda con el cava. —¡Mamá! —protestó Oksana. —¿Qué pasa? Saco la carne del horno. Tú, joven, lleva a Oksana al salón. Con ayuda, Oksana fue saltando hasta el sofá. Probó pisar con la punta: dolía, pero soportable. Pero le gustaba sentir su mano en la cintura. —Gracias —dijo al sentarse y estirar la pierna. —A ti. La culpa ha sido mía —respondió él. —No digas eso. Yo me asusté sola. ¿Cómo te llamas? —Valentín. ¿Nos tuteamos? —Vale. ¿De verdad eres médico? —Cirujano. Iba a comprar algo… —dijo él, sentándose junto a Oksana. —Te espera tu esposa —insinuó ella. —Me dejó hace medio año. Se cansó de que estuviera siempre de guardia. Se llevó a la niña con ella a casa de su madre. —Seguro que estoy horrible —suspiró Oksana. —Todo lo contrario. Así, los tres recibieron el Año Nuevo. Como lo empiezas, así lo sigues. Cuando Valentín se fue, ella y su madre se acostaron. Oksana no podía dormir. Seguía sintiendo las manos de Valentín en la cintura, recordando cómo la llevó en brazos… ¿Cómo iba a olvidarlo? Por la mañana pudo apoyar el pie; el tobillo estaba más hinchado, la venda apretaba, pero podía andar. No pudo ocultar una sonrisa cuando Valentín volvió a pasar por casa. Le revisó el pie y volvió a vendarlo. —Todo bien. ¿Puedes apoyar? —Claro, ayer ya nos tuteábamos. Sí, puedo —replicó Oksana. —¿Un té? —ofreció la madre. —Era sólo una visita rápida. Me toca guardia. —¿Vendrás más? —preguntó rápido Oksana. El joven sonrió. Dos meses después, Oksana se mudó con él. —Ni siquiera está divorciado. ¿Y si vuelve la esposa? —rezongaba la madre mientras Oksana hacía la maleta. —No va a volver. Si lo hace, él dice que no le importa. —No sé, hija, te precipitas. Fue un año feliz. Oksana sentía celos cuando él iba con la hija. Le veía con la ex. Había visto fotos de ella: guapa. Viviendo con él empezó a comprender a la exmujer: las guardias, los turnos, los festivos… Y en el hospital, todas esas enfermeras jóvenes. Era imposible no enamorarse de él. Pero cuando estaba con ella, Oksana era feliz. Pasó el año. Pese a todo, fue feliz. Valentín no llegó a divorciarse. Eso era el único borrón. Otra vez su madre rondándole con consejos de hablar claro y definir la relación. Pero Oksana dudaba. La noche del 31, ella trajinaba en la cocina. En el salón brillaba el árbol de Navidad, en la habitación estaba el vestido nuevo. Oksana revisó la carne y oyó el teléfono. Cuando entró, Valentín hablaba por la ventana. —Vale, ahora voy —dijo, volviéndose hacia ella. —¿Te reclaman en urgencias? —preguntó Oksana con voz ahogada. —No. Mi ex me ha llamado. Dice que la niña llora, que no quiere dormirse sin mí. Vuelvo enseguida. —Valen, faltan menos de tres horas para el Nuevo Año —la voz se le quebró de contener el llanto. —Me da tiempo. La acuesto, dejo el regalo y vuelvo. Tardo poco —le dio un beso rápido y salió. Oksana trató de no tener celos, de no ponerse nerviosa, pero no lo lograba. Tenía todo listo, se vistió. El reloj corría hacia las doce y Valentín no volvía. No le llamó por si iba conduciendo, le escribió, pero no respondió. Cansada de esperar, con pena vio la mesa preparada; apagó las velas. Ahora comprendía a su ex. ¿Y si la madre tenía razón y ella volvía a por él? ¿Qué haría ella? Porque le quería. Esperar y estar pendiente de la puerta era insoportable. Se acordó de la vecina del primero: vivía sola. Valentín le contó que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana, esta Nochevieja, también estaba sola. No era justo recibir el año así. Cogió dos tuppers, metió ensaladilla y un trozo de tarta y bajó al primero. La anciana tardó en abrir. Oksana le explicó a trompicones por qué venía. Al fin, la abrió y la miró con curiosidad. —Le he traído ensaladilla y tarta. La he hecho yo. ¿Le molesta si le hago compañía? —Pasa, hija —dijo la anciana. Era menuda, encogida. Pero la casa, limpia y cálida. No había árbol ni mesa festiva. Solo encendido el televisor y poco más. —Aquí tienes —puso Oksana la comida en la mesa. —Gracias. Siéntate, que voy a poner el té —dijo la anciana. —¿Vives con Valentín? —preguntó después, sirviendo el té. —Sí. La anciana asintió como aprobando. —Su mujer no saludaba, iba a lo suyo, ni trabajaba. Tú parece que eres diferente. ¿Le han llamado otra vez del hospital? —Ha ido con su hija. La anciana volvió a asentir. —Volverá, no te preocupes. Es un buen hombre. —¿Y usted, está sola? —Siempre. Tenía que haber tenido hijos, pero qué voy a decir ahora… También tuve un gran amor. Pero mi amiga me lo quitó. —¿Cómo fue eso? —Después del colegio me fui a estudiar enfermería, a la capital. Mi Fede se quedó en el pueblo. El 31, tras las clases, fui a verle para Nochevieja. Pero el autobús se rompió por el camino, pinchazo y todo. Ya era de noche. El conductor fue a buscar ayuda; los demás, en el bus. Así que, como se acercaba la medianoche, seguí andando. Empezó a nevar, luego viento, la ventisca de verdad. Ya había caminado bastante, y no retrocedí. Era joven, la ilusión me empujaba. Pensé que el bus me alcanzaría luego. Así recibí el año en la carretera. Cuando llegué, tenía todo el rostro y los dedos helados, aunque el frío no era para tanto, pero el viento sí. Estuve varios días grave. Y cuando desperté, mi amiga me dijo que Fede ya no era para mí, que estaba embarazada. Él quiso hablar, pero no quise escuchar. Me marché a la ciudad, no le volví a ver. Aunque nunca le olvidé. Solo muchos años después supe que ella había mentido sobre el embarazo. Y mi Fede se dio a la bebida y murió de frío una noche. Era un buen chico —suspiró la anciana. —Así que nunca me casé. Solo le quise a él y nada más. Tenía que haber hablado con él, haber perdonado. Mi vida habría sido distinta. —Se enjugó los ojos. —Vi por la ventana que Valentín nunca era tan feliz con ella como contigo. Si le quieres, perdónale; no tengas celos. O mejor, marchaos los dos. Ella no te dará tregua. No hagas como yo. Hazle caso al corazón. Oksana volvió a casa, guardó todo en la nevera. Valentín llegó la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué ha pasado. Creo que me puso algo en el té. Me acabo de despertar ahora con un dolor de cabeza brutal. —¿Por qué no te divorcias? ¿Es que aún la quieres? —No. Si la conocieras, no preguntarías. Quiero a mi hija. Oksana, sé que has tenido que esperar y que te has imaginado de todo. No hay nada entre nosotros. ¿Me crees? Oksana se acercó, le abrazó y le miró a los ojos. —Vámonos. Donde sea. Hospitales hay en cualquier sitio. Tú eres un gran cirujano… —Ahora no puedo hablar de eso. Me duele mucho la cabeza. Luego, ¿vale? Te quiero. Él se quedó dormido y Oksana pensó en las palabras de la vecina. “La niña es aún pequeña. Se olvida de todo, y llevan medio año sin vivir juntos. La ex lo ha planeado todo. Quizás solo quiera que yo me canse y le deje. Se equivoca. Yo lucharé por él. Cuando despierte, hablaremos…” Oksana apagó las luces del árbol y se acurrucó junto a Valentín. “Te quiero. Esa palabra no lo dice todo. Te quiero. Te quiero. Hay mil formas de decirlo, pero te quiero.” (Annie Hall) “Cuando amas, se puede perdonar todo… menos una cosa, que dejen de amarte.”
21 de diciembre, Madrid ¿Estás ocupada, Cayetana? me preguntó mi madre, asomándose a la puerta de mi
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Voy al colegio de mi nieto todos los días.
Voy al colegio de mi nieto todos los días. No soy ni profesor ni conserje, solo un abuelo con bastón
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Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Don Victor salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un pequeño taburete. Un nudo amargo le apretaba la garganta, intentó recomponerse, pero sus manos temblaban traicioneras. ¿Cómo iba él a imaginar que llegaría el día en que no habría espacio para él en su propio piso…? —¡Papá! ¡No te enfades ni te pongas así! —salió Larisa al balcón, la hija mayor de Don Victor—. No te pido mucho… Déjanos tu habitación y ya está. Si no tienes pena por mí, piensa al menos en tus nietos. Ya van al colegio dentro de poco, y tienen que dormir conmigo en la misma habitación… —Lara, no pienso irme a una residencia —respondió el anciano con calma—. Si estáis tan apretados aquí, idos a casa de la madre de Miguel. Ella vive sola en un piso de tres habitaciones. Allí tendrás cuarto para ti y para los chicos. —¡Sabes que nunca podría convivir con esa mujer! —gritó su hija, cerrando la puerta del balcón de un portazo. Don Victor acarició a su viejo perro, que le había acompañado toda la vida, y recordando a su querida esposa Nati, rompió a llorar. Siempre le brotaban lágrimas al pensar en ella, fallecida cinco años atrás, dejándole solo. Se sentía huérfano desde entonces. Toda la vida caminaron juntos, ¿cómo imaginar una soledad así teniendo hija y nietos? A Lara la criaron con cariño… pero algo debió fallar. Su hija resultó fría y egoísta. Barcino gimió y se tumbó a sus pies, sintiendo el dolor de su dueño y sufriendo con él. —¡Abuelo! ¿No nos quieres nada? —entró su nieto, de ocho años. —¡Claro que sí! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? —se asombró el anciano. —¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena darnos tu habitación? ¿Por qué eres tan avaro? —el niño lo miró con rabia. Victor quiso explicarle, pero se dio cuenta de que eran palabras de Lara. —Está bien. Me iré —dijo el anciano con voz apagada—. Os dejo la habitación. Ya no aguantaba más aquel ambiente. Sentía que todos le detestaban: el yerno ni le dirigía la palabra, y el nieto creía que le robaba la habitación. —¿De verdad lo harás, papá? —asomó Lara, exultante. —Es verdad —susurró el anciano—. Prométeme que cuidarás de Barcino. Me siento como un traidor… —¡Déjate ya! Lo cuidaremos, lo sacaremos mucho a pasear. Y los fines de semana te visitaremos con él —prometió su hija—. Te he buscado el mejor centro, te gustará. Dos días después, Don Victor se fue a la residencia. Lara ya lo tenía todo preparado esperando que su padre por fin claudicara. Al llegar a la habitación, húmeda y maloliente, Don Victor se arrepintió enseguida. Su hija había mentido: era una residencia pública, llena de personas desgraciadas y solitarias. Entre recuerdos y conversaciones con una mujer llamada Valentina, la única luz en su vida allí, el anciano sobrevivía entre paseos y comida mediocre. Esperaba que Lara se arrepintiera, que le echara de menos… pero el tiempo pasaba y nadie le visitaba. Un día, al llamar a casa para preguntar por Barcino, nadie respondió. Un día, se encontró con su vecino, Esteban, que le reveló que Lara decía a los demás que Victor se había ido al pueblo y que había dado a su perro a un refugio. La hija vendía el piso y se iba a vivir con su suegra, y justificaba el abandono del perro diciendo que ya era viejo. Desesperado, Don Victor confesó a Esteban todo lo sucedido, arrepintiéndose de su decisión. —Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo —susurró el anciano. Esteban, abogado defensor de ancianos, le ayudó: si Victor no había sido dado de baja del padrón, aún podía salvar su situación. —Prepara tus cosas, te espero en el coche —le dijo Esteban. Victor se despidió de Valentina, prometiéndola volver por ella. Al volver, encontró que la hija ya no vivía allí y que había alquilado el piso. Con ayuda del vecino, Victor pudo recuperar sus derechos y acordaron vender la vivienda, repartiendo la parte de Lara y comprando un pequeño chalet para el anciano y su perro, Barcino. Tres meses después, Victor y Barcino estrenan nuevo hogar en el campo. No podía dejar atrás a Valentina, así que pasó a buscarla ofreciéndole vivir con ellos, con aire puro, pesca, bayas, setas y tranquilidad. —¿Me esperas diez minutos? —preguntó ella, emocionada. —Por supuesto —respondió Victor. Contra la maldad de los cercanos, ellos dos encontraron la felicidad. Descubrieron que hay más gente buena que mala y que, luchando juntos, lograron paz y alegría en su vida…
Echo de menos mi hogar, hijo Petrovich salió al balcón, encendió un cigarro y se sentó en el taburete
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