Cuando escribí en la hoja en blanco «Renuncia María Ortega», no lo hice por debilidad. Lo hice porque

Podéis vivir con nosotros, ¿para qué queréis una hipoteca? ¡Os dejamos nuestra casa! me dijo mi suegra.

Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos. Vete, y no vuelvas jamás.

Natalia regresaba del supermercado con las bolsas a punto de estallar. Ya estaba casi frente al portal

¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo bien cuando vivía en Madrid, hace ya tantos años, junto a Julián, mi

Al frente de la entrada, un negro limusín relucía como la noche que reflejaba las luces de Madrid.

Era una tarde de verano en Madrid. Volvía a casa agotada después de entrenar, cuando en el paseo vi a

Bueno, Chispa, ¿nos vamos ya o qué…? murmuró Valero, acomodando el collar improvisado que se había

Cuando Ana tiró del cordel que ataba el saco, la tela se deslizó lentamente, susurrando en voz baja.

La chaqueta azul del uniforme y el rostro que reconocí al instante. Era Alejandro Martínez, el guardia










