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0237
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía
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0152
El Misterioso Patito en Busca de su Identidad
Salía del hospital del Hospital Universitario La Paz en Madrid y, justo al pasar la puerta, se topó con
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076
CELEBRACIÓN DE UNA BODA MAGNÍFICA
En un sueño sin tiempo, Óscar decidió casarse con Nerea a propósito, sólo para herir a Marta.
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083
Mi suegra me llamó “para dos horas” a ayudar con el aniversario y esperaba obediencia total: así se cayó la máscara familia, ollas gigantes, veinte invitados y yo—¿camarera gratuita?
Diario, 12 de febrero Esta mañana, la voz de mi suegra sonaba casi cariñosa por teléfono: Ven a casa
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0574
Mi suegra se burlaba porque mi madre limpiaba casas ajenas… hoy limpia en la mía. Nunca olvidaré la primera vez que llevé a mi marido a casa de mis padres: mi madre preparó su famoso asado y yo estaba nerviosa como una adolescente en su primera cita, pero no por mis padres… sino por su madre. – ¿Y tú, querida, a qué te dedicas? – preguntó mi madre sirviendo la ensalada. – Es ingeniero, trabaja en una gran empresa de construcción. Lo que no dije entonces fue que su madre nunca perdía ocasión de recordarme mi origen. La primera vez que fui a su casa fue hace tres años. Me recibió con una sonrisa fingida, traje impecable, perlas, muebles que gritaban “dinero”. – Mi hijo dice que tu madre limpia casas… – insinuó mientras tomábamos té. El modo en que dijo “limpia casas” sonaba como si dijera “roba bancos”. – Sí. Es una mujer honrada y trabajadora. – Por supuesto… todo trabajo honrado es digno – replicó, aunque su tono decía lo contrario –. Aunque siempre se desea algo mejor para los hijos… educación, profesión… – Estudio en la universidad – respondí. – Administración. – ¿Y quién te paga la carrera? Con los ingresos de tu madre… Entonces él intervino. Por primera vez. – Tiene beca. Es de las mejores de su curso. Pero el mensaje ya estaba dado. Los años siguientes fueron un goteo de humillaciones. – Tú puedes recoger los platos, ¿no tienes más experiencia? – soltaba en reuniones familiares; – Es raro que una chica de tu situación sea tan exigente con la comida; – Podía haberse casado con la hija de un médico… Mi madre me decía: – No les hagas caso. Hay gente que no cambia. Pero yo cambié. Me gradué con honores. Conseguí un trabajo excelente en una multinacional. Nos casamos. Y ella estuvo en mi boda con cara de funeral, sin posibilidad de réplica. Luego la vida jugó sus cartas. El negocio de su marido quebró. Perdieron todo: casa, coches, estatus. Se mudaron a un modesto piso. El orgullo se hundió junto a la cuenta bancaria. Mi carrera, sin embargo, despegó. Fui nombrada directora regional. Compramos una casa preciosa. Un día él me miró preocupado: – Mis padres están mal. Mi madre está deprimida. ¿Crees que…? – ¿Qué vengan a vivir con nosotros? – completé yo. Podría haberme negado. Tenía motivos. Pero recordé a mi madre, cómo limpiaba casas ajenas con dignidad y por la noche volvía cansada, pero sonriente. – Que vengan – dije. Cuando entró en nuestra casa, algo en ella se rompió. Lo vi en su mirada: el espacio, la luz, la calma. – Es precioso… – susurró. – También es su hogar – respondí. Al principio estuvo reservada. Luego, una mañana la encontré limpiando la cocina. – No es necesario – le dije. Se giró con lágrimas en los ojos. – Fui cruel. Contigo. Con tu madre. Y ahora… entiendo. La dignidad no está en el trabajo, sino en cómo se hace. En el amor por los tuyos. Nos abrazamos. Hoy cocina junto a mi madre. Se ríen juntas. Juega con mis hijos. Ayer, mientras doblábamos la ropa, me dijo: – Antes me burlaba de que tu madre limpiara casas. Hoy limpio aquí, y es el trabajo más digno que he hecho, porque lo hago con gratitud. – No limpias mi casa – respondí suavemente –. Estás en tu hogar. La vida tiene formas muy curiosas de enseñarnos las lecciones que más necesitamos. ¿Alguna vez has perdonado de verdad a alguien que te hirió… y has descubierto que, en el fondo, la mayor liberación era para ti?
Nunca podré olvidar el primer día que llevé a mi marido a casa de mis padres, en el corazón de Salamanca.
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0436
— Tú no tienes familia, deja la casa a tu hermana, ella lo está pasando peor ahora —dijo mi madre—. Para ti es más fácil, y tu hermana tiene una familia numerosa, tienes que entenderlo. — ¿Por qué estás tan seria? Mi hermana se sentó a mi lado en el sofá, sujetando un vaso de zumo. Alrededor de la mesa los niños correteaban, su marido le contaba algo a mi suegra, agitando el tenedor con un trozo de tarta. — Todo está bien —aparté la mirada—. Sólo estoy cansada. Hoy fue un día horrible en el trabajo. Ella sonrió y se apartó un mechón de pelo. — Llevo varios días queriendo hablar contigo. Sobre la casa de papá. — Te escucho. Se inclinó más cerca y bajó la voz. — Estuvimos pensando… ¿Para qué quieres esa casa tú y tu marido? Sois dos, ya tenéis piso. Nosotros vivimos con tres niños en un alquiler de dos habitaciones. Si nos mudamos allí —aire puro, jardín, espacio para todos. Guardé silencio mirando a mi sobrina, que soplaba las velas de la tarta. Seis años. La mayor de los tres. — Realmente no necesitas esa casa —siguió ella—. Sólo son gastos. El tejado gotea, la valla está torcida, una obra sin fin. “¿Y cómo pensáis arreglarla?” pensé, pero callé. — Mamá también piensa que es razonable —añadió—. No queremos que nos la regales, sólo renuncia a tu parte. Ya nos arreglaremos después. Asentí, aunque por dentro sentí un nudo. Camino a casa, mi marido conducía en silencio. — ¿Qué ha pasado? — Quieren que renuncie a mi parte de la casa. — ¿En serio? ¿Que la regales? — Sí. Dicen que la necesitan más. Que nosotros ya lo tenemos todo. — ¿Todo? —sonrió con amargura—. ¿Nuestro minipiso hipotecado? Al día siguiente llamó mi madre. — ¿Lo has pensado? — No tengo que pensarlo. La casa es mitad mía. — Siempre hablando de derechos —dijo—. ¿Y la familia? Ellos tienen tres niños. Tú estás sola. — Nuestro piso está hipotecado. Nos quedan diez años por pagar. — Ellos ni eso tienen. — Yo cuidé a papá estos últimos meses. Le llevé a hospitales. Compré medicinas. Mi hermana vino dos veces. — Eres la mayor. Tienes que entenderlo. Tú eres libre. Libre. Esa palabra me dolió. Por la noche, me senté en la cocina con una taza de té. — ¿También ella insiste? —preguntó mi marido. — Sí. Al día siguiente, me reuní con una amiga. — ¿Cuándo fue la última vez que tu hermana te ayudó? —preguntó. No supe qué responder. — ¿Saben cuánto os habéis gastado en tratamientos de fertilidad? — No. — Casi un millón. Y ni un embarazo. Y aun así piensan que tú lo tienes fácil. Decidí ir a la casa. Fui sola. Jardín abandonado. Puerta que chirría. Olor a polvo y recuerdos. Encontré un cuaderno con su letra —cuentas de la reforma. Él tenía planes. No le dio tiempo. El manzano que plantamos juntos cuando era niña. Esa casa no era sólo una propiedad. Era memoria. Cuando vino mi madre y dijo: — No tienes familia, para ti es más fácil… No lo tragué. — Tres intentos de fecundación in vitro. Tres. Y por primera vez dije: — La casa es mía. Y no la voy a ceder. Hubo silencio. Pero ya no era vacío. Era liberador. La primavera llegó temprano. La vecina dijo: — Sólo te estaba esperando a ti. Me senté en la galería, con una taza de té, su jersey sobre los hombros, el manzano delante de mí. Ese era mi hogar. No porque me resigné. Sino porque tenía derecho.
Mira, tú no tienes familia propia, deja la casa a tu hermana, que ahora lo tiene más complicado soltó
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0510
— ¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? — le preguntó su marido. La reacción de la esposa fue totalmente inesperada Mientras Alejandro acababa su café y observaba de reojo a Marina, con el pelo recogido por una gomilla, esa infantil… con gatos animados. Pero la vecina, Cristina, siempre aparecía impecable, fresca, y su perfume caro quedaba flotando en el ascensor aun después de marcharse. — Sabes —dejó Alejandro el móvil—, a veces pienso que vivimos como, bueno, como vecinos. Marina se detuvo, trapo en mano, y preguntó: — ¿Eso qué quiere decir? — Nada especial. Es solo, ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Ella lo miró fijamente y Alejandro notó que algo iba por otro camino. — ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que me miraste tú a mí? — respondió Marina suavemente. La pausa fue incómoda. — Marina, no dramatices. Sólo digo que una mujer siempre tiene que estar estupenda. ¡Lo mínimo! Mira a Cristina, y es de tu edad. — Ah, Cristina —contestó Marina, y algo en su voz puso en alerta a Alejandro. Como si de golpe comprendiera algo crucial. — Álex —dijo al cabo de un rato—, ¿sabes qué? Me voy un tiempo a casa de mi madre. Necesito pensar en tus palabras. — Vale, vivamos separados un tiempo, reflexionemos. Pero ojo: ¡yo no te estoy echando! — Sabes —colgó el trapo con cuidado—, tal vez sí necesite mirarme en el espejo. Y se puso a hacer la maleta. Alejandro se quedó en la cocina pensando: “Vaya, esto era lo que quería…” Solo que no sentía alegría, sino vacío. Tres días después, Alejandro vivía como de vacaciones: café sin prisas por la mañana, por la noche, lo que quería. Nadie ponía telenovelas sobre amor y traiciones. Libertad, ¿lo entiendes? Libertad masculina, tan ansiada. Por la noche, Alejandro se cruzó con Cristina bajando con bolsas de “El Corte Inglés”, tacones y vestido perfecto. — ¡Alejandro! —le sonrió—. ¿Qué tal? Hace tiempo que no veo a Marina. — Está con su madre. Descansando —mintió él. — Ah… —Cristina asintió comprensiva—. A veces las mujeres necesitamos un respiro. De la casa, de la rutina. Lo decía como si ella nunca hubiese limpiado un baño, como si la cena apareciera por arte de magia. — Cris, ¿nos tomamos un café algún día? —le salió a Alejandro—. Como buenos vecinos. — ¿Por qué no? —respondió Cristina. — ¿Mañana por la noche? Toda la noche Alejandro planeó el encuentro: ¿camisa?, ¿vaqueros, pantalón?, ¿colonia, sin pasarse? A la mañana siguiente sonó el teléfono. — ¿Álex? —voz desconocida—. Soy Luisa, la madre de Marina. El corazón le dio un salto. — Sí, dígame. — Marina pidió que te avisara: pasará el sábado a recoger sus cosas cuando no estés en casa. Dejará las llaves en portería. — ¿Cómo que… va a recoger sus cosas? — ¿Y qué esperabas? —la voz tenía un tono de acero—. Mi hija no va a esperar toda su vida a ver si decides si la necesitas o no. — Luisa, yo no le he dicho nada grave… — Has dicho suficiente. Adiós, Alejandro. Y colgó. Alejandro se quedó mirando el teléfono, confuso. “¿Pero qué es esto? ¡Yo no me he separado! ¡Solo pedí tiempo!” Pero ellas ya habían decidido sin él. El café con Cristina fue extraño; ella amable, graciosa, hablando de su trabajo en el banco. Pero cuando él intentó cogerle la mano, ella se apartó suavemente. — Alejandro… —le dijo—, no puedo. Eres un hombre casado. — Pero ahora vivimos separados… — Ahora. ¿Y mañana? —Cristina lo miró con seriedad. Alejandro la acompañó hasta la puerta y subió solo. Silencio y olor a soltería. Sábado. Salió a propósito de casa, quería evitar escenas, explicaciones, lágrimas. Que ella pudiera recoger sus cosas tranquila. Pero a las tres ya no aguantaba más la curiosidad. ¿Qué se había llevado? ¿Todo, solo lo esencial? ¿Y cómo estaría?… A las cuatro cedió y volvió a casa. En la puerta había un coche con matrícula local. Un hombre de unos cuarenta, atractivo, con buena chaqueta, ayudaba a cargar cajas. Alejandro se sentó en el banco a esperar. Diez minutos después, una mujer salió del portal con vestido azul. Pelo oscuro recogido con una bonita peineta. Maquillaje ligero, que destacaba los ojos. Alejandro miraba incrédulo. Era Marina. Su Marina. Pero otra distinta. Ella traía la última bolsa y el hombre la ayudó con cuidado, como si fuera de cristal. No aguantó más, Alejandro se levantó y fue al coche. — ¡Marina! Ella giró. Y vio su rostro. Sereno, bonito. Sin el cansancio de siempre. — Hola, Álex. — Pero… ¿eres tú? El hombre al volante se tensó, pero Marina le tranquilizó con un gesto. — Soy yo — contestó. — Solo que tú hace tiempo que dejaste de verme. — Marina, espera. Podemos hablar. — ¿De qué? — su tono solo mostraba asombro—. Tú mismo dijiste: la mujer debe lucir espectacular. Pues te hice caso. — Pero no me refería a eso… —A Alejandro le latía el corazón a mil. — ¿Y a qué entonces, Álex? ¿A que fuese guapa solo para ti? ¿A que fuera interesante solo en casa? ¿A que me quisiese, pero no tanto como para dejar al marido que no me ve? Él escuchaba y algo dentro se derrumbaba. — ¿Sabes? —siguió Marina suavemente—, me di cuenta: de verdad dejé de cuidar de mí. Pero no por pereza, sino por acostumbrarme a ser invisible. En mi casa, en mi vida. — Marina, no quería… — Sí querías. Querías a una mujer invisible que hiciese todo y no molestara. Y cuando te cansases, cambiar por un modelo más vistoso. El hombre le dijo algo bajito, Marina asintió. — Nos vamos — le dijo a Alejandro—. Vladimir me espera. — ¿Vladimir? — Alejandro tragó saliva—. ¿Y ese? — Alguien que me ve — replicó Marina—. Nos conocimos en el gimnasio, cerca de casa de mi madre. Imagínate: a los cuarenta y dos fui por primera vez a hacer deporte. — Marina, no… probemos otra vez, fui un idiota. — Álex —le miró firmemente—, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que me dijiste que era guapa? Alejandro calló. No lo recordaba. — ¿Y la última vez que preguntaste cómo estaba? Alejandro supo que había perdido. No frente a Vladimir, ni a la vida. Se perdió a sí mismo. Vladimir encendió el motor. — Álex, no estoy enfadada. De verdad. Me ayudaste a entender algo: si yo no me veo a mí misma, nadie me verá. El coche arrancó. Alejandro se quedó en la puerta viendo marchar su vida. No solo su esposa: su vida. Quince años que pensó que eran rutina, y resultaron ser felicidad. Y él sin sospecharlo. Medio año después, Alejandro se topó con Marina en un centro comercial. Por casualidad. Ella escogía café en grano, leyéndolo minuciosa. Junto a ella, una chica de veinte. — Prueba éste —decía Marina—. Papá dice que la arábica es mejor que la robusta. — ¿Marina? — se acercó Alejandro. Marina se giró y sonrió, relajada. — Hola, Álex. Te presento a Nati, la hija de Vladimir. Nati, él es Alejandro, mi exmarido. Nati saludó educada. Bonita chica, parecía universitaria, miraba a Alejandro sin hostilidad. — ¿Qué tal? — preguntó él. — Bien. ¿Y tú? — Normal. La pausa fue incómoda. ¿Qué decirle a una ex esposa que se ha transformado por completo? Junto a los paquetes de café, Alejandro la observó. Moreno, blusa ligera, nuevo corte de pelo, feliz. Eso: feliz. — ¿Y tú? — preguntó Marina—. ¿Cómo te va en lo personal? — Pues… nada especial —suspiró él. Marina le miró fijamente. — Sabes, Álex: buscas una mujer tan guapa como Cristina, y tan sumisa como era yo. Inteligente, pero no tanto para notar que miras a otras. Nati escuchaba con los ojos muy abiertos. — Esa mujer no existe —terminó Marina con calma. — ¿Vamos, Marina? — añadió Nati—. Papá espera en el coche. — Sí, claro —Marina tomó el café—. Te deseo suerte, Álex. Se marcharon, y Alejandro quedó entre los estantes, pensando que Marina tenía razón. Buscaba una mujer que no existe. Por la noche, solo en la cocina, pensó en Marina, en cómo había cambiado. Y que a veces perder es el único modo de entender el valor de lo que se tenía. Quizá la felicidad no esté en buscar a la esposa perfecta, sino en aprender a ver a la mujer que tienes a tu lado.
¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? le pregunté a mi mujer. Y ella reaccionó de manera
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0195
Cuando cumplí quince años, mis padres decidieron que definitivamente necesitaban tener otro hijo.
**Diario de un hombre** Cuando cumplí quince años, mis padres decidieron que necesitaban otro hijo a
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0114
El testamento del hijo menor
Verónica no quitaba los ojos de la cartelería que anunciaba Sala de Operaciones. Las letras se le fundían
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01.5k.
— Tú no tienes por qué sentarte a la mesa. ¡Tienes que servirnos! — declaró mi suegra. Estaba junto a los fogones, en el silencio de la cocina matutina, con el pijama arrugado y el pelo recogido de cualquier manera. Olía a tostadas y a café fuerte. En el taburete, junto a la mesa, mi hija de siete años dibujaba espirales de colores en su álbum, absorta con sus rotuladores. — ¿Otra vez con esas tostadas de dieta? — sonó una voz a mi espalda. Di un respingo. En la puerta estaba mi suegra—mujer de gesto pétreo y voz que no admite réplica. Iba en bata, el pelo recogido en un moño tenso, los labios apretados. — Yo, por cierto, ayer comí lo que encontré. ¡Sin sopa ni comida de verdad! ¿Sabes hacer huevos? Como Dios manda, no esas modernidades tuyas. Apagué el fogón y abrí la nevera. En mi pecho giraba una espiral de rabia, pero la tragué. No delante de mi hija, ni en ese territorio donde cada centímetro parecía recordarme: “Estás aquí de paso”. — Ya estará listo —susurré, con esfuerzo, dándome la vuelta para que no viera cómo me temblaba la voz. Mi hija no apartaba la vista de sus rotuladores, pero vigilaba a su abuela de reojo—callada, encogida, atenta. «Viviremos con mi madre» Cuando mi marido sugirió mudarnos con su madre, la idea parecía lógica. — Viviremos un tiempo con ella—solo unos meses. Dos a lo sumo. Está cerca del trabajo y pronto nos aprobarán la hipoteca. Ella no tiene inconveniente. Yo dudé. No por tener conflicto con mi suegra. No. La cortesía entre nosotras era la norma. Pero yo sabía la verdad: Dos mujeres adultas en la misma cocina—eso es un campo de minas. Mi suegra era de esas personas con una necesidad obsesiva de orden, control y juicios morales. Pero no había más opción. Vendimos nuestro piso rápido y el nuevo tardaría en estar listo. Así nos trasladamos los tres al apartamento de dos habitaciones de mi suegra. «Solo por un tiempo.» El control se hizo rutina Los primeros días pasaron en calma. Mi suegra fue cordial, incluso puso un asiento extra para la niña y nos convidó a tarta. Pero al tercer día empezaron las “normas”. — En mi casa hay orden —sentenció durante el desayuno—. Aquí se madruga a las ocho. Los zapatos solo en la repisa. Los alimentos deben consultarse. Y la tele más baja, que soy sensible al ruido. Mi marido se encogió de hombros y sonrió: — Mamá, solo estaremos un tiempo. Aguantaremos. Yo asentí en silencio. Pero la palabra “aguantaremos” empezó a sonar como castigo. Empecé a desaparecer Pasó una semana. Luego otra. El régimen se volvió más estricto. Mi suegra retiró los dibujos de la niña de la mesa: — Molestan. Quitó el mantel de cuadros que yo había puesto: — No es práctico. Mis cereales desaparecieron del estante: — Están ahí desde hace tiempo, seguro están caducados. Los champús me los “reubicó”: — Que no me estorben. Ya no era una invitada, sino alguien sin voz ni voto. Mi comida era “incorrecta”. Mis costumbres—“superfluas”. Mi hija—“demasiado ruidosa”. Y mi marido siempre repetía: — Aguanta. Es la casa de mi madre. Ella siempre ha sido así. Yo… día tras día, me iba perdiendo. Cada vez quedaba menos de la mujer que fue tranquila y segura. Ahora solo había un continuo adaptarse y aguantar. Una vida según reglas que no son mías Cada mañana me levantaba a las seis, para ser la primera en el baño, hacer las gachas, preparar a la niña… y evitar el choque con mi suegra. Por la noche preparaba dos cenas. Una para nosotros. Y otra “como debe ser” para ella. Sin cebolla. Luego con cebolla. Después solo en su cazuela. Luego solo en su sartén. — No pido mucho —me decía con tono de reproche—. Solo hacerlo como Dios manda. El día en que la humillación se hizo pública Una mañana apenas había lavado la cara y puesto la tetera cuando mi suegra entró en la cocina, como si entrar sin avisar fuera lo normal. — Hoy vienen mis amigas. A las dos. Estás en casa, así que prepararás la mesa. Pepinillos, ensalada, algo para el té—lo normal. Su “lo normal” era una mesa digna de fiesta. — Ah… no sabía. Los ingredientes… — Los comprarás. Te he hecho la lista. Nada complicado. Me vestí y fui al supermercado. Compré de todo: Pollo, patatas, eneldo, manzanas para tarta, galletas… Volví y empecé a cocinar sin pausa. Para las dos todo estaba listo: Mesa puesta, el pollo asado, la ensalada fresca, tarta dorada. Llegaron tres jubiladas—pulcras, con rizos y perfume de otro tiempo. En el primer minuto comprendí que yo no era “parte de la compañía”. Era “el servicio”. — Ven, ven… siéntate aquí con nosotras —sonrió mi suegra—. Para que nos sirvas. — ¿Serviros? —repetí. — ¿Qué más da? Somos mayores. Para ti no será difícil. Y ahí estoy otra vez: Con la bandeja, cucharas, pan. “Tráeme el té.” “Dame azúcar.” “La ensalada se acabó.” — El pollo está seco—refunfuñó una. — La tarta la has dejado demasiado hecha—añadió otra. Apretaba los dientes. Sonreía. Recogía platos. Servía té. Nadie me preguntó si quería sentarme. O respirar. — Qué bien cuando hay una joven ama de casa —dijo mi suegra con falsa calidez—. ¡Todo depende de ella! Y entonces… algo dentro de mí se rompió. Por la noche dije la verdad Cuando las visitas se marcharon, lavé todo, guardé restos, lavé el mantel. Me senté al borde del sofá con una taza vacía. Fuera oscurecía. Mi hija dormía hecha un ovillo. Mi marido junto a mí, absorto en su móvil. — Oye… —dije bajo pero firme—. Yo así no puedo más. Él levantó la mirada, sorprendido. — Vivimos como extraños. Soy como alguien que solo sirve a los demás. Y tú… ¿lo ves? No respondió. — Esto no es un hogar. Es una vida donde yo me adapto y callo. Estoy en esto junto a la niña. No quiero aguantar más meses. Me cansé de ser conveniente e invisible. Él asintió… despacio. — Lo entiendo… Perdona por no verlo antes. Buscaremos un piso. Lo que sea… pero que sea nuestro. Y empezamos a buscar esa misma noche. Nuestro hogar—aunque pequeño El piso era pequeño. El casero dejó muebles viejos. El suelo crujía. Pero al cruzar el umbral… sentí alivio. Como si por fin recuperara mi voz. — Ya estamos aquí —suspiró mi marido, dejando las maletas. Mi suegra no dijo nada. Ni siquiera trató de detenernos. No sé si se ofendió o simplemente entendió que se pasó. Pasó una semana. Las mañanas empezaron con música. Mi hija dibujaba en el suelo. Mi marido hacía café. Y yo observaba y sonreía. Sin estrés. Sin prisas. Sin “aguanta”. — Gracias —me dijo él una mañana, abrazándome—. Por no quedarte callada. Le miré: — Gracias por escucharme. Ahora nuestra vida no es perfecta. Pero es nuestro hogar. Con nuestras reglas. Con nuestro ruido. Con nuestra vida. Y esto es de verdad. ❓¿Tú qué crees? Si estuvieras en el lugar de la mujer, ¿aguantarías “un tiempo” o te irías en la primera semana?
Y tú no tienes por qué sentarte a la mesa. Tienes que servirnos soltó mi suegra sin rodeos.
MagistrUm