Perdona, mamá, es un evento elegante. Marta no quiere que estés allí. Cree que eres demasiado dramática.
Hoy han venido a vernos algunos familiares. Como era de esperar, nos avisaron con antelación y yo, con
La vecina pidió que vigilara a sus hijos, pero había algo claramente extraño. Los niños de Carmen González
Me llamo Patricia Mendoza, tengo 58 años y lo que voy a contar nunca lo imaginé, aunque ahora parece
LO QUE CORTES, NO LO PODRÁS DEVOLVER Cuando Teresa enseñaba sus fotos de boda a las amigas, siempre exclamaba
El año pasado, mi madre hizo algo inesperado: decidió vendernos las verduras que cultivaba en su propio huerto.
Oye, Lidia Mamá ha traído una olla nueva comentó Alejandro, asomándose a la cocina mientras se rascaba la nuca .
Querido diario, Hoy vuelvo a pensar en la tarde en que la vieja Lucía, mi suegra, soltó aquel grito que
Me casé a los 50 años creyendo que había encontrado la felicidad, pero no podía imaginar lo que me esperaba…
Soy una de esas mujeres que se casó tarde. Por desgracia, mi relación tardía acabó en ruptura.
Siempre me llamaban “la pesada”, y realmente disfrutaba aprendiendo. Terminé mi máster y me convertí en bibliotecaria. Un amigo me presentó al que sería mi futuro marido. Tenía 59 años, pero no había perdido la esperanza y seguía buscando esposa. Yo era nueve años más joven. Marcos me conquistó al instante: era un hombre culto, educado, con pasión por la poesía y la literatura. Empezamos a hablar y, a los pocos meses, me pidió matrimonio.
Acepté porque siempre había soñado con formar una familia. Al casarnos, fuimos a vivir a mi piso, ya que su hija y su familia ocupaban la casa de él. Sinceramente, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Siempre había vivido sola, pero ahora todo había cambiado y me sentía frustrada. La mancha en el mantel, la colcha arrugada, los calcetines por el suelo y mil pequeños detalles que jamás había planeado… Todo me irritaba. Era como si él estuviera en un hotel y yo fuera la responsable de todas las tareas. Además, tenía problemas de dinero. Perdí la paciencia cuando, en vez de reparar el grifo, lo rompió aún más y solo entonces llamó al fontanero. Juegos familiares.
Aquel día comprendí que no quería resignarme ni soportar más; somos adultos y tenemos costumbres distintas. Poco después tuvimos una conversación y, como descubrí, él estaba conforme con todo. Yo soy tranquila, odio las discusiones; pero no conseguimos llegar a una solución pacífica: la hija de Marcos ya había planeado su vida en el piso de su padre, pensando que él viviría siempre conmigo. Solo tres meses después accedió finalmente al divorcio. Me pidió que le devolviera sus regalos; devolver la papelera y la cadena no me supuso ningún problema.
Esta experiencia me ha hecho preguntarme si de verdad se puede construir una vida familiar feliz después de los 50 años. Me casé a los 50 años, convencida de que por fin había encontrado la felicidad, pero no tenía ni idea
Una vez me llamó una tía lejanísima para invitarme a la boda de su hija — mi prima tercera, a la que no veía desde que tenía seis años. Por supuesto, intenté escabullirme, pero no coló: “¡Al menos una vez en veinte años podemos vernos, ni se te ocurra faltar!”, me sentenció la tía. Al final, con invitación de palomitas y rosas de parte de Lucía y Alberto, recordatorio incluido dos días antes, no quedó más remedio que ir. Así acabé perdiendo el sábado, con mi ramo y mi mal humor, entrando en el restaurante con la idea de largarme a la francesa al primer descuido, cuando me sentaron en la mesa de los amigos del novio, todos jóvenes, alegres, animados, sorprendiéndose de lo poco de tía que tenía yo, proponiendo pasarlo en grande. La novia, por supuesto, ni la reconocí: de ratoncito oscuro pasó a voluptuosa rubia de escote generoso, y a mí me gustaba más antes… La cosa era un tanto lúgubre: muchas tías y tíos enfurruñados, un novio con cara de asustado, novia convencida de su impactante belleza y, si no fuese por la animada compañía, aquello parecía más un velatorio. Las tías, ojo avizor y miradas de reproche. Me perdí el primer brindis, y justo arranca el segundo: me toca hablar. El maestro de ceremonias averigua quién soy y exclama: “¡Ahora unas palabras de la joven y guapa tía de la novia!” Así que yo, muy sentida: “Queridos Lucía y Alberto…” Y de pronto, silencio sepulcral. En ese instante me percato de que mi tía no está y que, seguramente, no ha cambiado tanto como para no reconocerla… “La novia se llama Marta,” — me sisea una señora de rosa enfrente — “y el novio, Óscar.” “¿Cómo que Marta? ¿Qué Óscar?” “Vienen a los banquetes ajenos a hartarse por la cara,” resopla otra tía. “En la despedida del cuñado pasó igual, casi tuvimos que echarlos. ¡Sinvergüenzas!” Ahí entendí que la fiesta iba para largo: todos se giran cortantes, medio incorporados, acechando, preparándose para la gresca. “¡Pero si tengo aquí la invitación!” grito yo, agitando el papel con los nombres Lucía y Alberto, sala Tal, restaurante Cual. El camarero me salva: “Señorita, tenemos otra sala en la planta de arriba, ¿no será ahí?” “¡Claro, quiere una segunda cena! Aquí marca, luego sube; vete tú a saber – ¡menuda caradura!” remata la de rosa. “¡Trepidante la aventurera!” añade la otra, de verde fosforito. No parezco ni busca-vidas ni caradura, pero desde fuera cualquiera sabe… Los amigos del novio me defienden y reciben de la tía morada: “¡Mira tú, ya encandila a los chicos!” y la de rosa remata: “Así le quitó el marido a la contable… Giras la cabeza y ya te la ha liado.” Jamás le quité el hombre a nadie, pero ahí ya una se replantea cosas… Gracias a Dios, el camarero localiza a mi tía en la otra sala, que llega, evalúa la situación y jura conocerme, guiñando el ojo como para que todos entiendan que yo siempre he tenido mis cosillas… Total, que me evacuan al otro salón, donde sí estaban la auténtica Lucía, el verdadero Alberto y, tras muchos brindis, por fin me relajé. Para colmo, los amigos del novio de la primera boda fueron los que me despidieron tras el cóctel. Un día recibí la llamada de una tía lejana, quien me invitó a la boda de su hija mi prima segunda, a