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032
La casa de nadie Sergio se despertó sin necesidad de despertador, como siempre, a las seis y media. El piso estaba en silencio, solo se oía el murmullo del frigorífico en la cocina. Se quedó un minuto escuchando ese ruido y alargó la mano al alféizar en busca de las gafas. Fuera clareaba, y algún coche solitario deslizaba sobre el asfalto mojado. Antes, a esa hora se preparaba para ir al trabajo. Se levantaba, iba al baño, escuchaba al vecino encender la radio al otro lado de la pared. Ahora el vecino seguía con la radio, y él se quedaba tumbado pensando en qué haría ese día. Formalmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo pegado a un horario. Se levantó, se puso el chándal, fue a la cocina. Puso el hervidor de agua y sacó una rebanada de pan de ayer de la panera. Mientras se calentaba el agua, se acercó a la ventana. Séptima planta, edificio de bloques, un patio con parque infantil. Abajo, bajo su ventana, la vieja “Niva” cubierta por una fina capa de polvo. Apuntó mentalmente que tenía que pasar por el garaje y ver si el techo aguantaba. El garaje estaba en el polígono, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí medio fin de semana, trasteando el coche, cambiando el aceite, hablando con los vecinos de gasolina y fútbol. Luego todo se volvió más fácil: talleres, neumáticos, tienda online en dos clics. Pero no abandonó el garaje. Allí estaban sus herramientas, neumáticos viejos, cajas con cables, maderas, el “cacharreo”, como decía él. Y el chalet. Casita en una urbanización a las afueras. Madera, porche estrecho, dos habitaciones y una cocina diminuta. Cuando cerraba los ojos veía esas tablas, las grietas del suelo, escuchaba el golpeteo de la lluvia en el techo. La casa la heredaron él y su mujer de los padres de ella. Hace más de veinte años iban casi cada fin de semana con los niños. Cavaban el huerto, freían patatas, ponían el radiocasete encima de la banqueta. Ya hacía cuatro años que su mujer no estaba. Los hijos crecieron, se mudaron, formaron sus propias familias. El chalet y el garaje siguieron con él. Como si fueran su sistema de coordenadas familiar. Aquí el piso. Allí el chalet. El garaje. Todo en su sitio, todo claro. El hervidor silbó. Sergio preparó el té, se sentó a la mesa. En la silla de enfrente, el jersey doblado de ayer. Comía el bocadillo mirando el jersey y pensando en la conversación de anoche. Ayer los hijos vinieron a verle. Su hijo con la mujer y el pequeño, el nieto. Su hija con su marido. Tomaron té, hablaron de las vacaciones. Al rato, la charla giró al dinero, como casi siempre últimamente. El hijo decía que la hipoteca apretaba, que los intereses subían. La hija se quejaba del precio de la guardería, de las extraescolares, la ropa. Sergio asentía. Recordaba cuando contaba la calderilla hasta fin de mes. Pero entonces no tenía ni chalet ni garaje. Solo un cuarto alquilado y esperanza. Entonces, el hijo, titubeando, dijo: — Papá, hemos estado hablando… Y con Ana y con Katia también… ¿No te has planteado vender algo? No sé… el chalet, por ejemplo. O el garaje. Total, apenas vas ya. Sergio bromeó, llevó la conversación a otra parte. Pero esa noche le costó dormir. Esa frase, “total, apenas vas ya”, le daba vueltas en la cabeza. Terminó el bocadillo y el té, recogió. Miró el reloj: eran las ocho. Decidió que hoy iría al chalet. A ver cómo estaba tras el invierno. Y de paso… demostrarse algo a sí mismo. Se abrigó, cogió del recibidor las llaves del chalet y el garaje, las guardó en el abrigo. En el pasillo se detuvo ante el viejo espejo del marco estrecho. Lo reflejaba un hombre con sienes plateadas, la mirada un poco cansada pero aún firme. No era un anciano. Se arregló el cuello y salió. Paró primero en el garaje para coger unas herramientas. La cerradura chirrió, la puerta se abrió con el gesto de siempre. Olía a polvo, a gasolina, a trapos viejos. En las estanterías botes de tuercas, cajas de cables, una cinta vieja marcada a rotulador. Telarañas en el techo. Repasó las baldas con la mirada. Allí el gato hidráulico de su primer coche. Allí esos tablones con los que pensó hacer un banco en el chalet —nunca los llegó a usar, pero ahí estaban, esperando. Cogió la caja de herramientas, un par de garrafas, cerró el garaje y siguió camino. El trayecto fuera de la ciudad fue de una hora. Quedaban restos de nieve, la tierra asomaba aquí y allá. En la urbanización apenas había movimiento: era pronto para la temporada. La portera, conocida, le saludó con un gesto. La casita le recibió con esa quietud entre estaciones. Valla de madera, puerta torcida. Atravesó el sendero hacia el porche. Crujían hojas secas bajo los pies. Dentro olía a cerradura y madera. Sergio abrió ventanas, aireó. Quitó la colcha de la cama, la sacudió. La olla esmaltada seguía en la minúscula cocina, en la mesa. En el clavo junto a la puerta, el manojo de llaves, incluida la del cobertizo con las herramientas de jardín. Recorrió la casa tocando las paredes, los pomos. En la habitación donde dormían los niños, la litera; arriba, un osito de peluche con una oreja pegada con cinta aislante. Recordaba las lágrimas del hijo por esa oreja. Salió al huerto. La nieve ya casi derretida, la tierra negra y húmeda. En la esquina el asador oxidado. Pensó en las barbacoas, en el té en vasos de cristal sentados con su mujer en el porche, en las risas de los vecinos. Suspiró y se puso a trabajar. Limpiando la senda, arreglando la tabla suelta del porche, revisando el techo del cobertizo. Encontró una silla de plástico, la sacó, se sentó. El sol subía, calentaba. Miró el móvil. El hijo había llamado anoche. La hija, por WhatsApp: “Tenemos que hablar tranquilos, papá. No es que no queramos el chalet, solo pensemos con cabeza”. Con cabeza. Esa frase era recurrente. Pensar con cabeza, que el dinero no esté parado. Pensar con cabeza, que un mayor no debe matarse con un campo y un garaje. Pensar con cabeza, ayudar a los jóvenes mientras vivas. Los comprendía, de verdad. Pero ahí, en esa silla de plástico oyendo ladrar un perro a lo lejos, ese “con cabeza” se difuminaba. Allí no iba de números. Dio otra vuelta, cerró la casa, le echó el candado y regresó a la ciudad. A mediodía ya estaba en casa. Dejó la bolsa de herramientas en la entrada. Al ir a la cocina, vio la nota en la mesa: “Papá, pasamos esta tarde, hablamos. S.” Se sentó, puso las manos en la mesa. Así que hoy sería la conversación de verdad. Nada de escaparse por la tangente. Vinieron los tres. El hijo con la esposa, la hija. El nieto, en casa de su suegra. Saludos de costumbre, descalzarse, dejar el abrigo. En la cocina, té y galletas, que nadie tocó. Charlaron de chorradas: el nieto, el trabajo, atascos. Luego la hija miró al hermano, que asintió, y habló: — Papá, tenemos que hablar en serio. No queremos presionarte, pero… tenemos que decidirnos. Sergio notó un nudo en el estómago. Asintió: — Decid lo que penséis. El hijo empezó: — Tienes el piso, el chalet y el garaje. El piso ni tocarlo. Eso es sagrado. Pero el chalet… Tú mismo dices que te cansa. El huerto, el techo, la valla. Cada año cuesta más dinero. — He estado hoy —dijo Sergio, bajo—. Todo bien. — Hoy sí —intervino la nuera—. ¿Y dentro de cinco años? ¿O diez? Perdona, pero no serás eterno. Tenemos que tenerlo en cuenta. Sergio bajó la mirada. Lo de que “no serás eterno” sonó demasiado frío, aunque seguramente no quería herirle. La hija intervino, más suave: — Papá, no decimos que abandones nada. Pero podrías vender el chalet y el garaje, y repartimos el dinero. Una parte para que vivas tranquilo, otra para Santi y para mí. Podríamos eliminar parte de la hipoteca. Tú mismo decías que querías ayudarnos. Y era verdad. Cuando empezó la jubilación pensaba que podría seguir haciendo chapuzas, ayudarles. — Ya os ayudo ahora —dijo—. A veces me quedo con el niño, os compro cosas… El hijo sonrió, incómodo: — Papá, eso no es suficiente. Ahora necesitamos un buen dinero para respirar. Tú mismo hablas de esos intereses. No te pedimos todo. Solo… bueno, tienes propiedades vacías. La palabra “propiedades” sonaba extraña en su cocina. Sergio sintió erigirse entre ellos una muralla invisible de cifras, gráficos, papeles del banco. — Para vosotros son propiedades —dijo, despacio—. Para mí son… Buscaba la palabra. No quería sonar dramático. — Son partes de mi vida —acertó a decir—. Ese garaje lo hice con mis propias manos. Con mi padre, que entonces vivía. El chalet… allí crecisteis. La hija bajó la cabeza. El hijo guardó silencio, luego habló más suave: — Lo sabemos, de verdad. Pero apenas vas ya. Está vacío. Tú solo no puedes. — He estado hoy —repitió Sergio—. Todo va bien. — Vale, pero la última vez… ¿En otoño? Papá, en serio. Silencio. Sergio oía el tic-tac del reloj. Se dio cuenta de que hablaban de su vejez como un proyecto: optimizar recursos, repartir propiedades. — Bien —dijo—. ¿Qué proponéis exactamente? El hijo se animó: ya todo lo tenían hablado. — Hemos hablado con una agente inmobiliaria. Nos ha dicho que puedes sacar buen dinero del chalet. Del garaje también. Nosotros nos ocupamos de gestión, papeles, todo. Solo habría que firmar una autorización. — ¿Y el piso? — El piso, nada —intervino rápido la hija—. Eso es tu casa. Asintió. La palabra “casa” sonaba diferente. ¿Solo son estas paredes? ¿O incluye el chalet? ¿El garaje, aquel banco de herramientas, era casa también? Fue a la ventana. Afuera, los faroles encendidos. El patio igual que hace veinte años. Solo los coches y los niños con móviles, distintos. — ¿Y si no quiero vender? —preguntó sin darse la vuelta. Silencio profundo. Al final, la hija, con cuidado: — Es tuyo, papá. Decides tú. No te obligamos. Solo… nos preocupa. Has comentado que te faltan fuerzas. — Faltan —reconoció—. Pero aún puedo decidir qué hago. El hijo suspiró: — No queremos discutir, pero parece que te aferras a cosas, y nosotros vamos ahogados. Y además, si te pasa algo, ¿quién se ocupa de todo eso? Sergio notó una punzada de culpabilidad. También le preocupaba. Si faltaba de pronto, ¿gran lío e herencias? Sería duro para ellos. Volvió a la mesa. — Y si… —empezó, y dudó—. Si ponemos el chalet a vuestro nombre, pero sigo yendo mientras pueda? Los hermanos se miraron. La nuera frunció el ceño. — Papá, sería igual. Seguirá ahí el problema. Nosotros no podríamos ir tanto como tú. Tenemos trabajo, niños. — No os pido que vayáis. Solo yo, mientras pueda. Luego hacéis lo que queráis. Un intento de compromiso. Para él, seguir con su lugar; para ellos, tranquilidad y evitar después gestiones. La hija reflexionó: — Es una opción. Pero hay que ser sinceros. No iremos mucho. Estamos pensando en mudarnos a otra ciudad. Vivienda más barata, trabajo… Sergio se estremeció. No lo sabía. Tampoco el hermano. — No me lo habías dicho —le dijo. — Aún lo pensamos —respondió ella—. Pero el chalet no es nuestro futuro. Igual que para ti… Atrapó esa palabra: “futuro”. Para ellos, el futuro era otro sitio. Para él, su futuro se resumía en tres lugares. Piso, garaje, chalet. Discutieron veinte minutos más. Ellos citaban cifras, él recuerdos. Hablaban de salud, él de la necesidad de hacer cosas. Finalmente el hijo, exasperado, dijo, más brusco de lo que quería: — Papá, entiende que no vas a poder siempre. Llegará el día que no puedas ir y todo se perderá. ¿Vamos a ir una vez al año? ¿A ver ruinas? Sergio estalló: — ¿Ruinas? ¡Ahí jugabas de niño! — De niño, sí. Ahora tengo otras responsabilidades. Siguió un silencio tenso. La hija intentó mediar: — Santi, por favor… Pero ya era tarde. Sergio comprendió que hablaban idiomas distintos. Para él, el chalet era vida; para ellos, pasado, cariñoso pero prescindible. Se levantó. — Vale —dijo—. Lo pensaré. No hoy. Ni mañana. Dadme tiempo. — Papá —la hija—, no podemos esperar demasiado. El mes que viene tenemos plazo de la hipoteca… — Entiendo —la interrumpió—. Pero esto no es vender un armario. Silencio. Empezaron a despedirse. En la entrada, zapatos, abrigos. La hija lo abrazó, se apoyó en su mejilla. — No estamos en contra del chalet, de verdad —susurró—. Solo queremos lo mejor para ti. Él asintió, sin fiarse de su voz. Cuando se cerró la puerta, el piso se llenó de silencio. Sergio fue a la cocina. En la mesa, tazas sin terminar, plato con galletas. Una enorme fatiga le invadió. Se quedó allí, sin encender la luz. Fuera oscurecía. Al rato, se levantó, fue al armario por la carpeta de documentos. Pasaporte, escrituras del chalet y el garaje, planos del huerto. Repasó con el dedo ese plano: el minúsculo rectángulo de tierra, los surcos. Como si caminara los senderos de verdad. Al día siguiente fue al garaje, necesitaba hacer algo manual. Abrió de par en par para que entrara luz. Sacó herramientas, revisó cajas. Se animó a tirar trastos viejos. Su vecino, Paco, entró a saludar. — ¿Tirando cosas, hombre? — Sí, haciendo hueco. Pensando qué me sirve y qué no. — Bien hecho —asintió Paco—. Yo vendí el mío. Mi hijo necesitaba dinero para coche. Sin garaje, pero mi chico está contento. Sergio no dijo nada. El vecino se fue y él quedó, rodeado de sus cajas y pensamientos. “Vendido, hijo contento”. Fácil, como si fuera un abrigo. Cogió una llave inglesa gastada. Recordó cuando el hijo, pequeño, le pedía ayudar. Entonces creía que estarían siempre juntos, que esos lugares serían su idioma común. Ahora ese idioma para su hijo era ajeno. Por la tarde volvió a los papeles. Llamó a la hija. — Ya lo he pensado —dijo—. Pondremos el chalet a nombre vuestro, de los dos. Pero no lo vendáis. Yo seguiré yendo y, cuando yo no pueda más, haced lo que queráis. Silencio en el teléfono. — Papá —ella, cauta—, ¿de verdad lo tienes claro? — Sí —afirmó, aunque realmente no estaba seguro. Era como cortar algo vital, pero no había salida. — Bueno… mañana quedamos y lo formalizamos. Colgó. Silencio en casa. Y, junto al cansancio, una especie de alivio. Como si aceptara lo inevitable. Una semana después, notario, papeles, firmas. Los hijos junto a él, agradecidos. — Papá, gracias, de verdad. Nos ayudas mucho. Sergio asentía. Pero sentía que no solo les ayudaba, sino que ellos también le aliviaban de pensar en el “después”. Ahora el “después” era un papel. El garaje decidió quedárselo. Por ahora. Los hijos insinuaron venderlo, pero fue tajante: —No. Y explico que lo necesita para no acabar delante del televisor. Eso sí lo entendieron. Después, nada parecía cambiar. Siguió en su piso, iba de vez en cuando al chalet, ahora como “invitado” en una casa que dejó de ser suya en los papeles. Pero seguía con las llaves. No le prohibían ir. La primera vez tras la firma fue una tarde tibia de abril. Por el camino pensaba en que la casa ya no era suya, era “de otros”. Pero al abrir la puerta, el presentimiento de extrañeza se disolvió. Colgó el abrigo en el clavo de siempre. Todo igual que antes: la cama, la mesa, el oso con la oreja arreglada. Se sentó junto a la ventana, la luz cortando el polvo. Pasó la mano por la madera. Pensó en los hijos, en sus vidas de recibos y planes. En él mismo: sus planes ya cuentan primaveras, no años. Querer llegar a otro verano, hacer el huerto una vez más, sentarse una tarde en el porche. Sabía que, algún año, venderían el chalet. Cuando ya no pudiera ir. Dirían que no tiene sentido un sitio vacío. Y tendrían razón. Pero por ahora el chalet existía. El techo resistía. En el cobertizo, las herramientas de jardín. Brotes nuevos asomando en los surcos. Todavía podía caminar, agacharse, tomar tierra en sus manos. Salió, rodeó la casa, miró a los vecinos. En una parcela, alguien ya plantaba hortalizas. En otra, una cuerda con ropa tendida. La normalidad de siempre. Sintió que su miedo no era perder el chalet: era perder su sitio, volverse innecesario para los hijos y para sí mismo. Esos lugares eran prueba de que seguía vivo, que aún podía cavar, pintar, arreglar. Ahora, mantener esa evidencia era frágil. Los papeles decían una cosa, la costumbre, otra. Pero allí, en el porche, entendió que no todo lo decide una escritura. Sacó el termo, se sirvió té en un vaso. Probó. Había amargura, pero menos aguda que la noche de la discusión. Decisión tomada, la cuenta clara. Había dado a los hijos parte de lo suyo, y a cambio había recibido otra cosa: el derecho a estar allí no por un documento, sino por la memoria. Miró la puerta, el candado, la llave en su mano. Una llave gastada y roma. La giró en la palma. Algún día esa llave la usarán sus hijos, o unos desconocidos. No sabrán todo lo que encierra ese giro. Pensar eso le puso triste, pero también en paz. El mundo cambia, todo pasa de unas manos a otras. Lo importante es vivir en tus lugares, mientras sean tuyos, no por papeles, sino por el corazón. Terminó el té, se levantó, fue por la azada. Tenía que cavar al menos un surco. Para él. No para los próximos dueños, ni para hijos que tal vez ya pensaban en cifras. Para él, para sentir la tierra. Hincó la azada, pisó con fuerza. La tierra cedió. El primer terrón dejó a la vista el manto oscuro. Aspiró el aroma, se inclinó de nuevo. Fue trabajando despacio. Dolor en la espalda, manos cansadas. Pero, tras cada palada, notaba menos peso. Como si, al cavar, removiera también sus miedos. Al atardecer se sentó en el porche, pasó la mano por la frente. Los surcos alineados en la tierra. El cielo se iba tiñendo de rosa. Se oyó un pájaro a lo lejos. Miró la casa, las huellas en la tierra, la azada sobre la pared. Pensó en el mañana, en el año próximo, en lo que vendría. No había respuestas. Solo la certeza de que, en ese momento, estaba allí donde debía estar. Entró, apagó la luz, cerró puertas. En el porche se detuvo un segundo, captando la quietud. Luego giró la llave en la cerradura. Guardó la llave en el bolsillo y volvió al coche, procurando no pisar la tierra recién removida.
Casa de Nadie Isidro despertó sin ayuda de despertador, como siempre, a las seis y media. En el piso
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051
Cuando subí al avión, descubrí que nuestros asientos estaban ocupados.
Al subir al avión, noto que nuestros asientos están ocupados. Mi esposa, María González, y yo teníamos
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057
– Єгор, ¿de verdad te estás burlando de mí?
¿Te estás burlando, Javier? le espetó Begoña, irritada. ¿Otra vez vas a la casa de tu madre?
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025
La carta que nunca llegó La abuela llevaba mucho rato sentada junto a la ventana, aunque fuera apenas había nada que ver. En el patio anochecía temprano; la farola bajo su ventana se encendía y apagaba perezosa. Sobre la nieve se marcaban las huellas sueltas de perros y personas, a lo lejos la portera arrastraba la pala, y otra vez todo quedaba en silencio. En el alféizar reposaban unas gafas de montura fina y un viejo móvil con la pantalla agrietada. El móvil a veces vibraba brevemente cuando caían fotos o audios en el chat familiar, pero hoy estaba callado. En el piso reinaba el silencio. Los segundos del reloj de la pared sonaban más altos de lo deseable. Se levantó, fue a la cocina y encendió la luz. La bombilla, en el techo, formó un círculo amarillento y débil. Sobre la mesa había un bol con varéniki fríos, tapados por un plato. Los había cocido por la tarde, por si acaso venía alguien. Pero nadie asomó. Se sentó a la mesa, cogió un varénik, le dio un mordisco y enseguida lo apartó. La masa, tras el día, se había puesto correosa. Se podía comer, pero no daba alegría. Se sirvió un té de la vieja tetera esmaltada, escuchó el agua al caer en el vaso y, para su sorpresa, suspiró en voz alta. Un suspiro tan pesado, como si algo se le descolgara del pecho y se sentara a su lado en el taburete. ¿Por qué me quejo? —pensó—. Están todos sanos, gracias a Dios. Tengo techo. Y sin embargo… Sin embargo, le vinieron a la cabeza fragmentos de conversaciones recientes. La voz de su hija, tensa como cuerda: —Mamá, no puedo seguir así con él. Otra vez ha… La voz de su yerno, con un matiz burlón: —¿Que te se está quejando? Dile que la vida no es como a ella le gustaría. Y su nieto Santi, lanzando un “vale” cortante por teléfono cada vez que le preguntaba cómo le iba. Esos “vale” eran lo que más dolía. Antes podía pasarse horas contándole del cole, de los amigos. Ahora, claro, se había hecho mayor. Pero, aun así… No discutían fuerte delante de ella, ni daban portazos. Pero entre las palabras había una especie de muro invisible. Pequeños roces, silencios, rencores que nadie confesaba. Y ella entre dos orillas, con la hija, con el yerno, procurando no decir de más. A veces sentía que la culpa era suya, por no haber criado bien, por no haber aconsejado o callado a tiempo. Dio un sorbo al té, hizo una mueca, se había quemado, y recordó de golpe, cuando Santi era pequeño, escribiendo una carta a los Reyes Magos con él. Él trazaba letras torcidas: “Por favor, que me traigan un mecano… y que mamá y papá no discutan”. Entonces ella se reía, le acariciaba la cabeza y le decía que los Reyes lo escucharían. Ahora ese recuerdo le daba vergüenza, como si entonces hubiera engañado al niño. Mamá y papá nunca dejaron de discutir; solo aprendieron a hacerlo bajito. Corrió el vaso a un lado, limpió la mesa con una servilleta aunque ya estaba limpia. Luego fue al salón y encendió la lámpara de mesa. La luz cayó sobre el viejo escritorio donde casi nunca escribía ya a mano; casi todo en el móvil: mensajes, emoticonos, audios. Pero el boli seguía en un vaso de lápices, al lado de una libreta cuadrículada. Se quedó mirando todo eso y de pronto pensó: ¿Y si…? Era una idea absurda, infantil, pero le calentó el pecho. Escribir una carta. De verdad, en papel. No para pedir un regalo. Solo por pedir. No a personas, que cada uno tiene su guerra, sino a alguien que, en teoría, no debe nada a nadie. Se rió para sí. Una vieja que se ha vuelto loca y le escribe a un mago. Pero la mano ya iba a la libreta. Se sentó, se ajustó las gafas, cogió el boli. En la primera hoja había otras notas, pasó la página, buscó un folio en blanco. Dudó un segundo, y escribió: “Queridos Reyes Magos”. La mano tembló. Le daba apuro, como si alguien le estuviera leyendo por encima del hombro. Echó un vistazo a la habitación vacía, la cama hecha, el armario cerrado. Nadie. —Pues ya está, —se dijo en voz baja, y siguió: “Sé que vosotros sois para los niños, y yo ya soy mayor. No os voy a pedir abrigo, tele ni nada de eso. Tengo lo que me toca. Solo quiero una cosa: por favor, que en la familia haya paz. Que mi hija y mi yerno no discutan, que mi nieto no se quede callado como un extraño. Que podamos sentarnos juntos a la mesa sin miedo de decir algo que moleste. Sé que las personas son como son, que no es cosa vuestra. Pero tal vez podéis echar una mano, aunque sea un poco. Quizá no debería pediros esto, pero igual lo hago. Si podéis, haced que nos escuchemos”. Firmado: la abuela Nines. Leyó lo escrito. Las palabras le parecieron infantiles, torcidas, como garabatos de niño. Pero no tachó nada. Se sintió más ligera, como si por fin hubiera dicho algo en vez de tragárselo al vacío. El papel crujía bajo los dedos. Lo dobló con cuidado y se quedó mirando la hoja doblada, sin saber qué hacer con ella después. ¿Echarla por la ventana? ¿Al buzón? Qué rídiculo. Fue al pasillo a por el bolso. Recordó que mañana tenía que ir a la compra y a Correos, pagar la comunidad. Pues lo tiro ahí, a ver si hay urna de Reyes Magos —decidió—. Ahora se ven en todos lados. Así no parecía tan ridículo; no sería la única. Guardó la carta en el bolsillo junto con el DNI y los recibos, y apagó la luz. En el piso seguía el tictac del reloj. Se acostó, dio vueltas un rato, escuchó el silencio y por fin se durmió. A la mañana siguiente salió antes de lo habitual para aprovechar la mañana. La calle estaba resbaladiza, la nieve crujía bajo los pies. Junto al portal la vecina paseaba el perro, la saludó, preguntó por la salud. Intercambiaron un par de frases y Nines siguió, apretando el asa del bolso. En Correos había cola. Se puso al final, sacó los recibos y la carta aún doblada. No vio ninguna urna de Reyes. Solo buzones normales y una vitrina con sobres y sellos. Se sintió perdida. Menuda tontería me he montado, pensó. Podría tirarla a la basura, pero le daba cosa. La metió de nuevo en el bolsillo, pagó los recibos y salió. Junto a Correos había un puesto de juguetes y espumillón; colgaba de él una caja de cartón con el cartel: “Cartas a los Reyes Magos”. Pero estaba vacía y la vendedora la desmontaba ya. —Ya no recoge, —dijo la mujer viendo su mirada—. Ayer era el último día. Ya van tarde, no llega a tiempo. Nines asintió, aunque no es que tuviera prisa. Dio las gracias y se fue. La carta siguió en el bolso, un pequeño bulto tibio que no apetecía tirar, pero tampoco recordar. Al llegar a casa, dejó el abrigo en el perchero, el bolso en el taburete para ordenar la compra más tarde. El móvil vibró discretamente en el abrigo. Un mensaje de su hija. “Mamá, hola. ¿Te viene bien si vamos a verte el finde? Santi pregunta por unos libros de historia antiguos”. Sintió un nudo que se aflojaba en el pecho. Así que van a venir. Así que no está todo tan mal. Tecleó: “Por supuesto, venid, os espero”. Luego fue a la cocina, guardó la compra, puso caldo a hervir. La carta quedó en el bolsillo del bolso olvidado en el taburete. El sábado por la tarde sonaron pasos en el rellano, la puerta de la entrada. Nines miró por la mirilla y vio las siluetas conocidas. La hija con una bolsa, el yerno con una caja, Santi con la mochila. Había crecido casi hasta el marco de la puerta, delgado, con el pelo sobresaliendo de la gorra. —Abuela, hola —dijo, entrando el primero y dándole un beso en la mejilla, bastante torpe. —Pasad, pasad, que os he preparado zapatillas. En el recibidor de pronto todo era caras, abrigos, voces, olor a calle, nieve y algo dulce de la bolsa. El yerno se quejaba del ascensor, la hija decía que al día siguiente iban a casa de los padres de él, y Nines asentía: sí, sí, lo recuerdo. Ya en la cocina, se sentaron algo distantes. El yerno junto a la ventana, la hija a su lado, Santi frente a la abuela. Sirvieron el caldo en silencio, sólo las cucharas sonaban. Luego hablaron, insulsamente, de trabajo, del tráfico, de precios. Bajo las palabras, seguía la corriente oculta de siempre. —Santi, tú querías preguntar algo de historia, ¿no? —dijo la hija cuando terminaron. —Ah, sí —despertó de repente—. Abuela, ¿tienes algún libro de historia sobre la guerra? El profe dice que miremos algo extra. —Claro, en la estantería tengo toda una colección. Ven, que te enseño. Fueron al salón. Nines encendió la lámpara, se subió a buscar en lo alto los libros de tapas desgastadas. —Mira, aquí hay de todo: sobre el cerco de Leningrado, los partisanos… Tú dime. —No sé, algo que no sea un tostón. Él estaba junto a ella, inclinando la cabeza, y Nines vio en él al niño que se sentaba en sus rodillas y hacía preguntas sin parar. Ahora callaba, pero brillaba el interés en sus ojos. —Llévate este —le pasó un tomo con la portada desgastada—. Está bien escrito, yo lo leía de joven. Tardaron un rato en encontrar lo que buscaba; Santi lo metió en la mochila y volvieron al pasillo. Al marcharse, fue todo el lío de siempre: bolsas, abrigos, “llámame”, “no te olvides”, “luego te mando el enlace”. Ya sola, Nines recogió la mesa. El bolso estaba aún en el taburete; metió la mano en el bolsillo y palpó la carta. Por un instante pensó en romperla, pero la guardó aún más profundo. No supo que Santi, al dejar la mochila, vio asomar el sobre blanco del bolso. Se inclinó para acomodarlo y leyó “Queridos Reyes Magos”. No lo sacó en ese momento: había adultos, mucho movimiento. Pero se le quedó grabado el rótulo. Ya en casa, al deshacer la mochila, lo recordaba. Que su abuela, tan mayor, escriba a los Reyes. Al principio le hizo gracia, luego le pareció raro, luego le dio lástima. Pasaron dos días. De repente, después del colegio, escribió a su abuela: “Abuela, ¿puedo pasar? Necesito más cosas de historia”. Ella contestó en seguida: “Claro, ven cuando quieras”. Fue a su casa con los auriculares, el frío en la cara, y se repitió el recibimiento de siempre. Dejó la mochila en el taburete con el bolso, del que asomaba otra vez el sobre. Se tensó por dentro. Mientras la abuela andaba entre la cocina y la mesa, aprovechó un descuido y, fingiendo atarse una zapatilla, sacó la carta. El corazón se le aceleró. Sabía que hacía trampa, pero no pudo parar. Se la guardó y fue a la cocina. —¡Oh, crêpes! —dijo, disimulando—. Genial. Hablaron del cole, del tiempo, de las vacaciones que venían. Ella preguntaba si no tenía frío, si las botas seguían enteras. Él respondía con bromas. Luego, ya solo en su cuarto, leyó la carta. Al llegar a la frase “que el nieto no calle como si fuera un extraño”, se le hizo un nudo en la garganta. Recordó el tiempo reciente: “vale”, “sí”, apenas hablar. No por no querer; por no tener ánimo, ganas, tiempo. Siempre algo. Leyó hasta el final, y sintió una pena y una ternura hacia la abuela que le dieron ganas de ir y abrazarla. Pero a la vez le dio pudor por sentirse tan dramático. ¿Y ahora qué? —pensó—. ¿Contárselo a mamá, a papá? Se reirán, o se enfadarán. ¿Devolver la carta y fingir que la encontró por azar? Ella adivinaría que la ha leído. Sería incómodo para los dos. Pasaron los días. Contó a un amigo que la abuela escribía a los Reyes: —Qué chorrada. Mi abuelo sólo cree en la pensión —le dijo el otro. —No es gracioso —respondió Santi, sorprendiéndose de lo cortante que sonó. La carta le pesaba como un secreto propio. Intentó decir algo en la comida: “Mamá, y si…”, pero se dispersó la conversación. Por la noche, miraba el chat familiar: foto de ensalada, broma sobre atascos, convite al curro. Todo superficial. Nada sobre cartas. Escribió: “Mamá, ¿pasamos la Nochevieja en casa de la yaya?”. Lo borró sin enviar. Se imaginó la respuesta: “¿Estás loco? Ya quedamos con los abuelos”. Y el consiguiente lío. Abrió la carta, volvió a leer el fragmento de “juntarnos a la mesa”, y de pronto se le ocurrió una idea tan absurda como valiente. No Nochevieja. Solo una cena, sin motivo. O casi. Fue al salón donde su madre estaba con el portátil. —Mamá, ¿y si vamos a casa de la yaya todos juntos algún día? Una cena, en serio. Ella levantó la cabeza, escudriñando. —¿No vamos ya? —Pero no es lo mismo. No un rato y fuera. Sentarnos. Puedo ayudar yo a preparar las cosas. —¿Tú? Cocinar. Eso es nuevo. Pero no hay tiempo. Y papá llega tarde… —Pues el sábado. Si total, estamos en casa —insistió. Ella suspiró. —No sé… tu padre querrá descansar… y además… —Mamá, —le cortó él, notando una firmeza nueva en su voz—, ya sabes que le hace ilusión. Me lo has dicho tú. Por una vez. Ella le miró como dándose cuenta de algo. —Vale, —asintió—. Hablo con él. No lo prometo. Esa noche oyó desde el pasillo la conversación en la cocina. —Lo pide él —decía la madre—. Imagínate, lo sugiere él. —¿Y qué pintamos? Todo el día lo de siempre… —Está allí sola, —respondía en voz baja la madre—. Y a Santi parece que le importa. Silencio, y luego un suspiro resignado. —Vale. El sábado vamos. Santi se fue a dormir sintiendo que había ganado una pequeña batalla. Faltaba la otra: la yaya. Al día siguiente la llamó. —Abuela, ¿puedo venir antes el sábado y te ayudo a preparar la cena? Silencio un segundo. —Por supuesto, ven cuando quieras… ¿qué preparamos? —Lo que quieras: ensalada, patatas… yo puedo picar. —Eso nunca lo has hecho, —se rió ella—. Ya verás cómo se aprende. Llegó el día. Santi apareció temprano con bolsas de la compra, a lo grande. —¿A quién vamos a alimentar, una tropa? —bromeó la abuela. —Así sobra, mejor, —esquivó él. Se pusieron juntos a pelar patatas, cortar verduras. Nines le corregía: “Así no, los dedos”. “Ya sé”, protestaba él. En la cocina olía a cebolla y carne frita, la radio murmuraba, ya oscurecía el patio. —Abuela, ¿todavía crees en los Reyes Magos? —soltó Santi de repente, cortando pepinos. Ella se sobresaltó tan visiblemente que la cuchara tintineó. —¿Por qué preguntas eso? —Nada, cosas del cole, —fingió él. Ella revolvió, apagó el fuego, Se giró pensativa. —De niña sí. Luego, no sé. Puede que existan, pero no como dicen en la tele. ¿Por? —Por nada. Molaría, eso sí. Siguieron cortando en silencio. Santi no se atrevió a sacar el tema de la carta. Pero la conversación ya había cambiado algo. Sabían de qué hablaban sin decirlo. Después vinieron los padres. El padre cansado, pero no arisco; la madre con un bizcocho. Comentaron el festín, Santi orgulloso de haber ayudado. Se sentaron a la mesa. Al principio con cautela, escogiendo palabras. Pero la comida ayudó. Las historias de infancia trajeron risas, anécdotas del trabajo… Nines reía, escondiendo a veces la boca. En un momento la madre, sirviendo té, dijo: —Perdona, mamá, vamos muy poco. Es que siempre vamos deprisa… No lo dijo como excusa, sino como reconocimiento. Nines bajó la mirada: —Lo entiendo, tenéis vuestra vida. No me enfado. Santi sintió una punzada: sabía que un poco sí se enfadaba, aunque dijera otra cosa. Pero había compasión, no reproche. —Pero bueno, —se atrevió él—, podemos venir de vez en cuando. Como hoy. El padre asintió: —Sí, está bien, incluso muy bien. La madre también. —Habrá que repetir —dijo, y había algo nuevo, no promesa, sino intención. Siguieron hablando; la abuela escuchando, sin entender todo sobre cursos online y oposiciones, pero trataba de seguir el hilo. Al despedirse, más lío, abrigos, padres buscando un táper. La madre: —La próxima vez, igual, ¿vale? Te aviso con tiempo. —Perfecto, —asintió Nines—, me encantaría. Santi, antes de salir, se acercó al escritorio donde la abuela tenía la libreta. La carta ya estaba en su bolsillo. Había decidido no devolverla ni confesar nada. —Abuela —dijo bajito cuando ya debían irse—, si alguna vez quieres que cambiemos algo, dínoslo. No hace falta escribir a nadie. Solo dinos. Ella le miró sorprendida, y luego con ternura. —Vale, si lo pienso, os lo digo. Asintió y salió. La puerta se cerró y el ascensor bajó. Nines quedó en el piso en calma. Fue a la cocina, recogió la mesa. Sentía algo extraño en el pecho, como una corriente de aire fresco tras abrir la ventana. Los conflictos no se habían ido, sabía que aún habría roces. Pero, ese día, alrededor de esa mesa, se habían acercado un poco. Pensó en su carta. Ya no importaba tanto si seguía en el bolso o si alguien la había encontrado. Miró por la ventana: fuera, los niños jugaban en la nieve; uno reía tan fuerte que se oía hasta el tercer piso. Nines apoyó la frente en el cristal frío y sonrió, apenas perceptible. Como quien responde a una señal lejana pero clara. En el bolsillo de la chaqueta de Santi, en su recibidor, la carta seguía guardada. A veces él la leía, una línea, y volvía a doblarla. No como ruego a un mago, sino como recuerdo de lo que de verdad necesita quien te cocina el caldo y espera tu llamada. Nunca contó a nadie lo de la carta. Pero la próxima vez que su madre dijo que no quería ir, Santi respondió sereno: —Yo sí, voy yo solo. Y fue. No por una fiesta. Solo porque sí. No era un milagro. Pero era otro pequeño paso hacia esa paz que alguien una vez pidió en una hoja cuadriculada. Nines, abriéndole la puerta, se sorprendió, pero no preguntó. —Pasa, Santi. Acabo de poner el agua para el té. Y con eso bastaba para que, en casa, volviera a sentirse un poco más cálido.
La carta que nunca llegó Mira, te cuento Era una de esas tardes apagadas en Madrid, cuando el cielo plomizo
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061
Hace poco me crucé con una mujer paseando por la calle con su hija de año y medio, completamente absorta, como si nada a su alrededor importara
Hace poco, me encontré con una mujer que paseaba por la calle junto a su pequeña hija de un año y medio
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0510
Mientras Katya pagaba, Sergei se alejaba. Cuando ella empezó a organizar las compras, él salió. Al salir de la tienda, Katya se encontró con Sergei, que estaba fumando.
Mientras Catalina pagaba la compra, José se quedó apartado. Cuando ella empezó a guardar los productos
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030
Estás aprovechándote de la abuela: Ella cuida de tu hijo y ni siquiera acepta quedarse con el mío los fines de semana A veces la vida nos pone contra las cuerdas y necesitamos una solución rápida. Eso mismo le pasó a Laura. Mi hijo ya tiene cuatro años. No cabe duda de que es perfecto para mí. No puedo decir que tenga un comportamiento ejemplar, pero tampoco conozco a ningún niño que lo tenga; todos son un poco trastos. Ahora estoy esperando mi segundo hijo, y ahí empieza el dilema. Al acudir a la siguiente revisión con mi ginecólogo, me derivaron directamente al hospital por unas complicaciones. No había margen para demoras. Así que la gran cuestión era: ¿quién se encargaría de mi hijo durante mi estancia? Mi marido estaba en un viaje de negocios y no regresaría en diez días. Mis padres también trabajaban y no había otros familiares disponibles. Entonces, mi abuela decidió echar una mano: juró que se ocuparía de mi hijo hasta que me dieran el alta. No estaba segura de si podría con ello. Mi abuela tiene setenta años y él es un torbellino… Así que, ¡vete tú a saber! La decisión estaba tomada. Mis padres, que trabajan en la empresa privada, se ofrecieron a cuidar del nieto por las tardes al salir de la oficina, y durante el día mi abuela se haría cargo. Así lo organizamos. Aun así, yo no me quedaba tranquila: al fin y al cabo, se trataba de mi hijo. Pero no tenía más opciones. Llamaba a mi abuela a cada rato para ver cómo iban. Curiosamente, se entendieron de maravilla. La semana pasó rápido y, al llegar mi marido, él tomó el relevo. Mi alta estaba próxima cuando, ese fin de semana, mi hermana me llamó indignada: su hija tiene dos años y, por mucho que rogara, la abuela se negó a quedarse con ella —demasiado pequeña, dijo—, aunque casi lo suplicó de rodillas. ¡No quiso! —¡Te has aprovechado de la abuela! —me soltó. Y le respondí: “Yo estaba en un apuro. No podía ir al hospital con mi hijo. Incluso te pedí ayuda y no aceptaste. Solo querías dejar a tu hija con la abuela para descansar o irte de ocio. ¿Sabes la diferencia? ¿Y cómo se te ocurre dejar a una niña tan pequeña al cuidado de una señora mayor? Llévasela a tus suegros”. Pero ellos no quieren hacerse cargo, así que le toca a ella estar siempre pendiente. Creo que mi hermana no tiene razón. Entre una niña de dos años y un niño de cuatro hay un abismo. Si pudiera elegir, yo tampoco dejaría a mi hijo con otros familiares. Sin embargo, mi hermana sigue convencida de que me aproveché de nuestra abuela.
A veces, el mundo se convierte en una Sevilla de nubes rojizas y relojes derretidos, donde los problemas
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016
Me lo he pensado mejor: Crónica de Archipo, un científico empedernido, las tentaciones del laboratorio y la inesperada odisea familiar por amor y embutidos caseros en la España profunda
Cambié de idea sobre casarme Aristides se quedaba hasta tarde en el laboratorio, traspasando líquidos
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068
Mi suegra celebrará su cumpleaños en nuestro piso: una convivencia tensa, la llegada del bebé y el reto de ser buena anfitriona en casa ajena
Mañana es el cumpleaños de mi suegra. Mi bebé tiene cuatro meses y medio. Al principio ella nos invitó
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Mi suegra destrozó mi césped en la casa de campo para plantar su huerto y le obligué a que lo dejara todo justo como estaba antes
Javier, ¿seguro que no hemos olvidado el carbón? La última vez tuvimos que ir al ultramarinos del pueblo
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