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0132
¡Lenita, piénsalo cien veces antes de firmar la renuncia del niño! Después será demasiado tarde.
12 de octubre de 2023 Hoy vuelvo a repasar los últimos meses como si fueran páginas de un libro que no
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010
El Efecto de la Presencia
El efecto de la presencia En las primeras horas, cuando todavía se veían las luces escasas de los vecinos
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020
Mi madre nos pedía dinero por las verduras de su propio huerto
Diario de Inés Muñoz, Madrid, junio del año pasado Todavía me acuerdo perfectamente del revuelo que causó
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0120
El poder sanador de la casa de campo: cómo un pequeño terreno puede cambiarlo todo
¿Pero tú te has vuelto loca del todo? Le dije a Encarni que vendrías tú. ¡Me aseguré de que te guardara
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053
¡Abuelo, mira! — Lila está pegada a la ventana. — ¡Un perrito!
Querido diario, Esta tarde, mientras miraba por la ventana del patio de mi casa en Segovia, escuché a
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0143
Él Vivirá Con Nosotros…
Él se quedará con nosotros Un timbre estridente anunció que había llegado alguien. Luisa tiró el delantal
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068
Me casé a los 50 años creyendo haber encontrado la felicidad, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba… ¿Es posible construir una vida familiar feliz después de los 50? Mi historia como bibliotecaria madrileña y la inesperada realidad de mi matrimonio tardío.
Me casé a los 50 años pensando que por fin había encontrado la felicidad, sin imaginar lo que me deparaba
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0137
El poder sanador de la casa de campo: cómo un pequeño terreno puede cambiarlo todo
¿Pero tú te has vuelto loca del todo? Le dije a Encarni que vendrías tú. ¡Me aseguré de que te guardara
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093
¿De nuevo con ella? —¿Vas de nuevo con ella? Marina formuló la pregunta sabiendo de antemano la respuesta. Dmitri asintió sin alzar los ojos. Se puso la chaqueta, revisó los bolsillos —las llaves, el móvil, la cartera. Todo en su sitio. Ya podía marcharse. Marina aguardó. Por lo menos una palabra. Un “perdón”, un “vuelvo enseguida”. Pero Dmitri únicamente abrió la puerta y salió. La cerradura sonó suavemente, casi con delicadeza, como disculpándose por el dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio abajo estaba iluminado por farolas mortecinas y le fue fácil distinguir la silueta conocida: Dmitri caminaba rápido, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. Con ella. Con Ana. Con su hija, la pequeña Sonia, que ya ha cumplido siete años. Marina apoyó la frente en el cristal frío. …Lo sabía. Desde el principio sabía lo que asumía. Cuando se conocieron, Dmitri aún estaba casado. Formalmente. Un papel en el registro, un piso en común, una niña. Pero hacía tiempo que no vivía con Ana: alquilaba una habitación, sólo iba a casa para ver a la hija. “Ella me engañó —le dijo Dmitri entonces—. No he podido perdonar. Pedí el divorcio.” Y Marina le creyó. Dios mío, cómo le creyó. Porque quería creerle. Porque se enamoró: absurdamente, apasionadamente, con la ingenuidad de los diecisiete. Las citas en cafés, horas de charla por teléfono, el primer beso bajo la lluvia delante de su portal. Dmitri la miraba como si fuese la única mujer del universo. El divorcio. Su boda. Un piso nuevo, planes conjuntos, sueños compartidos para el futuro. Y después, empezó todo. Primero, las llamadas. “Dmitri, trae la medicina de Sonia, por favor, que está enferma”. “Dmitri, el grifo pierde agua y no sé qué hacer”. “Dmitri, la niña llora, quiere verte, ven ahora mismo”. Dmitri iba, siempre. Marina intentaba entenderlo. La niña es lo más sagrado. No tiene culpa de que sus padres se separaran. Por supuesto que él tenía que estar presente, ayudar, formar parte. A veces Dmitri la escuchaba, intentaba poner límites con su exmujer. Pero Ana sólo cambiaba de táctica. “No vengas el fin de semana: Sonia no quiere verte.” “No llames, la alteras.” “Me ha preguntado por qué papá nos abandonó. No he sabido qué responder.” Y Dmitri cedía. Siempre. Cuando intentaba negarse a otro “urgente” favor, Ana golpeaba donde más dolía. Y en una semana Sonia repetía las frases de su madre: “No nos quieres. Has elegido a otra señora. No quiero verte, papá.” Una niña de siete años no inventa esas cosas sola. Dmitri regresaba destrozado, culpable, con los ojos apagados. Y apenas pasaba tiempo, volvía a la llamada de su ex —cualquier cosa con tal de no perder la mirada de su hija, de no verla fría y extraña. Marina lo comprendía. De verdad lo comprendía. Pero empezó a cansarse. La figura de Dmitri desapareció tras la esquina del edificio. Marina se apartó de la ventana, se frotó la frente —el cristal le dejó una marca rojiza en la piel. El piso vacío le pesaba. El reloj marcaba casi medianoche cuando la cerradura giró. Marina estaba sentada en la cocina, frente a una taza de té que hacía horas se había enfriado. Ni siquiera la había tocado; miraba la película oscura que flotaba en la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, escuchando cualquier ruido en la escalera. Dmitri entró despacio, se quitó la chaqueta, la colgó del perchero. Se movía con cautela, como quien confía en que nadie lo vea. —¿Y ahora qué ha pasado? Marina se sorprendió por lo firme de su tono. Durante tres horas había ensayado esa frase y, al llegar la medianoche, ya no quedaba emoción por dentro. Dmitri dudó unos segundos. —Se ha roto el termo. Tenía que arreglarlo. Marina levantó los ojos poco a poco. Él estaba en el umbral de la cocina, sin atreverse a entrar. Miraba hacia la ventana oscura, más allá de ella. —Tú no sabes arreglar termos. —Llamé a un técnico. —¿Y tenías que esperar? —Marina apartó la taza—. ¿No podías llamarle desde aquí? ¿Por teléfono? Dmitri frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio se hizo espeso, desagradable. —¿Todavía la quieres? Ahora sí la miró. Brusco, irritado, dolido. —¿Qué tontería dices? Yo lo hago todo por mi hija. ¡Por Sonia! ¿Qué tiene Ana que ver? Entró en la cocina, y Marina se echó hacia atrás con la silla. —Sabías que al estar conmigo tendría que ir. Sabías que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Cada vez que vaya a verla vas a armar una escena? La garganta de Marina se cerró. Quiso responderle con dignidad, pero en vez de palabras sintió las lágrimas y la primera cayó por su mejilla. —Pensé… —se interrumpió para tragar el nudo—. Pensé que al menos fingirías que me quieres. Aunque sólo fuese fingir. —Marina, por favor… —¡Estoy harta! —Le tembló la voz en un grito, y ella misma se asustó. —¡Harta de ser ni siquiera la segunda! ¡La tercera! Después de tu ex, de sus caprichos, de los termos rotos a medianoche. Dmitri golpeó el marco de la puerta con la palma. —¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no la vea? —¡Quiero que alguna vez me elijas a mí! —Marina se levantó de golpe, la taza se tambaleó y el té se derramó—. Al menos una vez, di que no. ¡No a ella! ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus escenas! Dmitri se giró, cogió la chaqueta del perchero. —¿Adónde vas? La puerta fue la única respuesta. Marina se quedó en mitad de la cocina, el té goteando al suelo, y el eco aún dentro de sus oídos. Cogió el móvil, marcó su número. Tonos, dos, tres. “El abonado no está disponible”. Otra vez. Y otra. Silencio. Se dejó caer en la silla, abrazando el teléfono. ¿A dónde había ido? ¿A ella? ¿De nuevo con ella? ¿O vagaría por la ciudad de noche, enfadado y herido? No lo sabía. Y ese desconocimiento le pesaba aún más. La noche se hizo interminable. Se sentó en la cama con el móvil, la pantalla se apagaba y encendía. Marcar el número, escuchar los tonos, colgar. Escribir un mensaje: “¿Dónde estás?”. Otro: “Respóndeme, por favor”. Otro: “Tengo miedo”. Enviar —y ver cómo sólo sale una triste marca gris. No entregado. O entregado, pero sin leer. Qué más da. A las cuatro de la mañana Marina ya había terminado de llorar. Las lágrimas se agotaron, se secaron por dentro, dejando sólo vacío. Encendió la luz y abrió el armario. Ya basta. Hasta aquí llegó. El maletón apareció en lo alto del armario, polvoriento, con una etiqueta arrancada de algún viaje. Lo arrojó a la cama y empezó a meter ropa. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin distinguir, sin seleccionar. Allí iba todo. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva a un piso vacío. Que la busque, que la llame, que escriba mensajes que no leerá. Que vea lo que es esto. A las seis de la mañana Marina esperaba en el recibidor. Dos maletas, el bolso al hombro y el abrigo mal abrochado. Miró el manojo de llaves. Tenía que quitar la suya y dejarla sobre el mueble. Los dedos no respondían. Tironeó del aro, lo intentó con la uña, pero la llave no cedía, las manos temblaban y en los ojos volvía la presión, aunque ¿de dónde saldrían más lágrimas? —¡Maldita sea! Las llaves cayeron al suelo, repicaron en la baldosa. Marina las miró unos segundos, y luego simplemente se sentó sobre la maleta, rodeándose con los brazos y estallando en un llanto alto, feo, sollozando como cuando de niña rompió el jarrón favorito de mamá y creyó que el mundo acababa. No oyó que se abría la puerta. —Marina… Dmitri se arrodilló frente a ella, sobre el frío suelo del recibidor. Olía a humo y a noche. —Marina, perdóname. Por favor, perdóname. Ella alzó la cabeza. La cara mojada, hinchada, la máscara de rímel negra. Dmitri con cuidado tomó sus manos entre las suyas. —He estado con mi madre toda la noche. Vaya bronca que me ha dado… Me ha puesto las ideas claras, vamos. Marina callaba. Lo observaba y no sabía si creerle o no. —Voy a denunciar a Ana. Exigiré un horario fijo de visitas con Sonia. Oficial, por la vía legal, como corresponde. Y ya no podrá… ya no podrá manipular así, ni volver a poner a la niña en mi contra. Apretó sus manos con fuerza. —Te elijo a ti, Marina. ¿Me oyes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo se movió. Un brote de esperanza, tonto y obstinado, que durante toda la noche intentó arrancar de raíz. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Decidió creerle. Creerle por última vez. Después, que sea lo que tenga que ser…
¿Otra vez con ella? ¿Otra vez con ella? Carmen formuló la pregunta sabiendo ya la respuesta.
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015
El Precio de la Aventura
Oye, te cuento la historia de Andrés, que siempre sentía que su vida iba por un carril secundario, como
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