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06
La Solución Perfecta
Decisión acertada Era una tarde fresca; el cielo anunciaba ya la llegada de octubre. María, sentada en
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069
Como un Ruiseñor Cautivado: —Chicas, hay que casarse una vez y para siempre. Permanecer al lado del ser amado hasta el último suspiro, no andar por el mundo de flor en flor en busca de la “media naranja”; así solo te quedarás como una manzana mordisqueada. Un hombre casado es tabú. Ni se os ocurra iniciar una relación, aunque penséis que será un simple romance pasajero. Solo os arrastrará a la desgracia, a ambos. Y la felicidad genuina pasará de largo. …Mis padres llevan juntos cincuenta años. Son mi ejemplo a seguir. Intentaré encontrar a mi media naranja y cuidarla como oro en paño —así razonaba yo entre amigas cuando cumplí veinte. Esas ideas me las inculcó mi abuela, y en sus palabras creí ciegamente. Mis amigas reían: —No digas tonterías, Ksyusha. Cuando te enamores de un “casado”, ya veremos si eres capaz de dejarlo… Lo que no conté fue que mi madre, antes de casarse, tuvo a mi hermana mayor de sabe Dios quién. Una vergüenza que en el pueblo nadie olvidó. Cinco años más tarde nací yo, esta vez ya dentro del matrimonio. Mi padre se enamoró de mi madre y juntos lo superaron todo. Tuvimos que marcharnos del pueblo. Por eso, desde joven me juré no tener nunca hijos ni amores fuera del matrimonio. El destino, sin embargo, me tenía guardado otro guion… Sofía, mi hermana, y yo, nunca nos entendimos. Siempre cree que mis padres me quieren más a mí, y compite cada día por el cariño de mamá y papá. …Con Egor me conocí en una verbena. Él era cadete; yo, enfermera. Fue flechazo inmediato y al mes nos casamos, radiantes de felicidad. Me aferraba a Egor como el ruiseñor al reclamo. Al terminar la academia militar, nos fuimos a su destino, lejos de mi hogar. Empezaron las discusiones, la soledad, la incomprensión. No tenía a nadie con quien desahogarme: mi madre, en otro país. Nació nuestra Tania, y llegaron los difíciles años noventa. Egor dejó el ejército y empezó a beber. Le consolaba, pedía paciencia, pero mi marido se iba hundiendo más. Pronto comenzó a faltar días, semanas. Una vez regresó tras un mes fuera, dejando sobre la mesa un maletín lleno de dinero de dudosa procedencia. No toqué nada; se lo entregué al irse de nuevo. La distancia solo trajo más desdicha. Finalmente, Egor apareció un día, pidiéndome el divorcio: tenía un hijo fuera y quería criarlo. No me rebajé ni lloré; accedí, pero le reproché que Tania se quedaría sin padre. No volvió a aparecer jamás. Poco después, el doctor Dimas, con quien trabajaba, empezó a cortejarme. Estaba casado y aquello me detenía. Pero tras años de abandono, no pude resistirme a sus encantos. Fueron tres años de romance hasta que le rechacé: no quería construir mi felicidad sobre las lágrimas de su esposa e hija. Fue entonces cuando Vasili, padre de un niño de siete, apareció en mi vida. Su exmujer le había dejado, y él, entre bromas y ternura, me llevó a un amor profundo. Mi hija y su hijo se adaptaron bien, y juntos construimos por fin un verdadero hogar. Treinta años después, sigo cuidando a Vasili como a la luz de mis ojos. Recientemente, Egor llamó a mi madre: —Jamás he conocido a una mujer como Ksyusha…
COMO UN PÁJARO AL RECLAMO Chicas, una debe casarse una sola vez en la vida. Permanecer con la persona
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028
Vete y no vuelvas nunca —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete y no regreses jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desabrochó la pesada cadena metálica, luego arrastró a Berta hasta la valla y, abriendo de par en par la verja, intentó empujarla hacia el camino. Pero ella no comprendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte aquí. Él volverá y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y apareció en el porche un Vasili borracho, empuñando un hacha. ***** Si la gente pudiese imaginar, aunque solo fuese por un instante, lo dura que a veces es la vida de los perros que terminan en la calle sin desearlo, seguramente muchos cambiarían su forma de verlos. Como mínimo, los mirarían con compasión y lástima, y no con rabia y desprecio, como suele suceder. Pero ¿cómo van a saber qué clase de pruebas deben soportar nuestros amigos de cuatro patas y por qué situaciones deben pasar? ¿Cómo entenderlo?… Los perros no pueden contar nada. Tampoco pueden quejarse de su suerte. Todo su dolor lo llevan por dentro. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y empezaré diciendo que Berta no fue necesaria para nadie desde pequeña. No se sabe a ciencia cierta qué hizo mal a su primer dueño. Pero algo debió de hacer, quizá, simplemente, haber nacido. Y su dueño no encontró nada mejor que hacer que llevar al cachorro, apenas con dos meses, hasta la aldea más cercana y… …abandonarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera tuvo la decencia de meterla en la aldea, donde con suerte alguien la hubiese adoptado. En vez de eso, dejó a la pequeña junto a la carretera y se marchó tranquilamente a la ciudad. Por esa carretera pasaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones y toda clase de vehículos pesados. Un paso en falso, y la perrita podía acabar bajo las ruedas. Quizás, eso era lo que quería su dueño. Incluso si el cachorro esquivaba los coches, sin comida ni agua no sobreviviría mucho. Moriría. Tan solo era una cachorra. Pero ese día tuvo suerte. Ese día el pequeño, todavía anónimo, conoció a Miguel. Y gracias a eso se salvó. Todo ocurrió así: justo ese día el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva, y el chico, que cumplía catorce años, salió a estrenarla. —No te salgas del pueblo —le gritó Antonina cuando su hijo montó sobre su “caballo de hierro” y, moviendo los pedales con entusiasmo, se lanzó por la calle.— ¿Me has oído, hijo? —¡Sí, mamá…! —respondió Migue, feliz.— Todo estará bieeen… Pero Miguel, al final, salió del pueblo. Las calles estaban llenas de baches y no eran cómodas ni para pasear, y menos aún para pedalear. Mientras que hacia la carretera que lleva a la ciudad, habían asfaltado hacía un mes, y le apetecía probar la bici “a toda velocidad”. A esas horas, además, el tráfico era escaso. Era día de descanso y todos estaban en casa. Ya casi llegaba a la carretera y pensaba darse la vuelta, cuando vio en el arcén a un pequeño cachorro, corriendo de un lado a otro como loco. Se lanzaba a los coches, y en el último momento saltaba hacia atrás. Era doloroso de ver. “¿Qué le pasa?… ¿Qué hace ahí?” se preguntó Miguel, bajando de la bici. Dejó la bici sobre la hierba y se acercó rápido al animal. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —dijo Miguel sonriendo cuando entró en casa.— Alguien lo abandonó en la carretera. ¿Podemos quedarnos con él? Es tan bonito… —¿Has salido del pueblo, Migue? —se enfadó Antonina.— ¡Te lo advertí! —Mamá, sólo fui hasta la carretera y ya, —el chico bajó la mirada, avergonzado.— Y mira, no fue en vano. Si no hubiese recogido a este cachorro, podría haber muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonina.— ¿En ti no piensas, hijo? También podías haber tenido un accidente. Es peligroso para los niños. —No volveré a hacerlo, lo prometo. ¿Qué hacemos entonces con el perrito? ¿Podemos quedárnoslo? Te juro que cuidaré de él. Y además, es mi cumpleaños… —Sí, sí, tu cumpleaños —negó con la cabeza Antonina.— ¡Te mereces un buen azote por desobediente! Miguel estrechó al cachorro, temiendo que sus padres se lo quitaran. —Toni, ¿por qué reprendes así al chaval? —intervino el padre, medio borracho y de buen humor.— ¡Hoy cumple catorce! A esa edad, anda que no hacíamos locuras. Y el cachorro es bueno, no es un chucho cualquiera. Vigilará la casa. Quédate con él, hijo. No tengo inconveniente. —Pues si tu padre está de acuerdo, yo también —sonrió Antonina mirando a su hijo. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba feliz. Ese mismo día la llamó (o le llamó) Berta. Al principio Miguel pensó que era un chico, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Una muy buena. Cariñosa, dulce. Desde el primer día hubo un vínculo especial entre Miguel y Berta. Y, olvidándose de la bici, Miguel empezó a pasar todo su tiempo con su nuevo amigo peludo. Parecía que nada malo podía ocurrir si todo había salido bien al final, ¿no? La perrita, rescatada de la muerte, Miguel feliz con la perra que siempre había soñado (en secreto, convencido de que su padre nunca lo permitiría por ser estricto y poco amante de los perros). Sus padres también estaban contentos de ver a su hijo feliz. ¿Final de cuento? Por desgracia, no… Lo malo ocurrió. Seis meses después. Todo comenzó cuando Vasili, el padre de Miguel, perdió su trabajo y se entregó a la bebida. Bebía como nunca. Todo el dinero guardado para emergencias lo gastó en alcohol. Las súplicas de Antonina (con llantos, gritos, ruegos) fueron inútiles. Solo lograban irritarle. Y pronto, la propia esposa empezó a molestarle. Vasili se había convertido en otro hombre. O, mejor dicho, el vodka, consumido en cantidades industriales, lo volvió bruto, insensible, enfadado con todo. Llegó incluso a levantar la mano sobre su mujer. Por cualquier motivo, el más insignificante. O incluso sin causa alguna. No había embutido en la nevera, el techo tenía goteras, el tabaco y el alcohol subían de precio… Todo era culpa de Antonina. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Vasili. Y sí, él era el único culpable. Nadie le había obligado a beber. Podía haber buscado otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, sino en la ciudad. Conductor, cargador… muchas opciones. El hijo pronto ingresaría en la universidad y se necesitaría dinero. Pero Vasili no quería trabajar en la ciudad. Y en el pueblo, tras la quiebra de la empresa donde trabajó veinte años, ya no había trabajo. Al menos, no bien pagado. —¡Toni! ¡Toni, ¿dónde has escondido el vodka?! —por las mañanas gritaba Vasili con resaca. Antonina intentó de todo para salvar a su marido, pero nunca acababa bien. Bastaba decirle una palabra y el escándalo era inevitable. Y si escondía el vodka, rara vez todo quedaba sin golpes. Vasili se transformaba en una fiera. Además, Antonina prohibió tajantemente a su hijo que se metiera. No quería que Miguel también recibiera una paliza. Vasili tenía la mano dura. No era cuestión de tentar a la suerte. Miguel, en esos momentos, se iba a estar con Berta, la acariciaba y miraba en dirección a la casa donde sus padres discutían. Berta le lamía las mejillas (siempre húmedas y saladas), apoyándose en él como podía. Y también miraba hacia la casa. Hasta que un día le tocó al propio Miguel. Antonina había ido a comprar, y él… …él no hacía nada malo. Jugaba en el patio con Berta. Vasili lo vio, lo llamó, le cogió fuerte del brazo y le dio una buena bofetada. Luego otra, y otra… Miguel aguantó al principio, pero no pudo más, gritó de dolor e intentó escapar. Pero su padre lo sujetaba como un torno de hierro. Entonces Berta, siempre buena y tranquila, de repente, empezó a ladrar a Vasili con ferocidad. Tanto que el padre se quedó impactado. Miguel aprovechó el momento y consiguió escapar. Pero… …con un “¡Te mato!” el padre se dirigió tambaleándose hacia la casa. Miguel supo que volvería. Y con algo peligroso. ¿Qué podía hacer? —¡Vete, ¿me oyes?! —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos.— ¡Vete, y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, desenganchó la pesada cadena, llevó a Berta hasta la valla, abrió de par en par y la empujó. Pero ella no comprendía nada. ¿La estaban echando? ¿Por qué?… —Vete, te ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra.— No puedes quedarte. Mi padre volverá y… Justo entonces se abrió la puerta y en el porche apareció Vasili, borracho y con un hacha en la mano. —¡Migue!… —gritó con voz furiosa— ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no lo hagas —dijo Miguel, dando un paso atrás, aterrorizado. En ese momento quería irse lejos con la perra, pero… …Miguel no podía dejar a su madre sola con ese monstruo. —¿¡No hacerlo?! —rugió Vasili, con la mirada perdida en su hijo y la perra, a la que Miguel protegía. —No toques a la perra, papá. Vete a dormir. Ni pareces una persona… —¿Así que no debo tocarla? ¿No debería haberme ladrado? ¡La alimentaba y me ladra!… Voy a encargarme de ella, y después de ti. A ver si aprendes a respetar a los mayores. Vasili dio un paso, tropezó, pareció que iba a caer, pero se sujetó a una viga y bajó corriendo las escaleras. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, por favor…! No la mates, es solo una cría, —gritó Antonina, que acababa de llegar con las compras. —¡No me vengas con tonterías! ¡Esta chucha debe recordar quién manda aquí! ¡Miguel! ¡Tráela aquí, te digo! No podía esperar más. Así que Miguel miró a los ojos a Berta, le dio un beso en la nariz húmeda y, empujándola lejos, gritó: —¡Vete! ¡Vete ya! Perdónanos… perdónanos, Berta. No quería que esto fuera así. —¡Te voy a…! —Vasili estalló al darse cuenta de las intenciones de su hijo. Y Berta, mirando por última vez a Miguel, salió corriendo hacia el bosque. Era el único lugar donde podía esconderse. “Y no vuelvas, Berta, o te matará,” gritaba Miguel mientras corría. Berta no vio lo que ocurrió después. Solo podía esperar que su querido amigo y su madre estuvieran a salvo. ***** Desde entonces ha pasado… …no un mes ni un año. Siete años han pasado desde entonces. Siete largos años de esperar un milagro. Berta tenía la esperanza de que algún día volvería a ver a Miguel. Pero año tras año la esperanza se hacía más débil. Porque hacía mucho que Miguel y Antonina ya no vivían en el pueblo. Volvió a su aldea solo medio año después de huir al bosque. Pero… …se acercó con cuidado a la verja (ligeramente abierta), la empujó con la pata y entró con un suave chirrido. Detrás, la casa estaba quemada. Ni rastro de vida. Ni Miguel, ni Antonina, ni, menos aún, Vasili. Volvió tres o cuatro veces más, pero nunca vio a nadie. Pero tampoco sentía que les hubiese pasado nada malo. Seguramente, solo se mudaron. Pero ¿cuándo y adónde? Eso, por desgracia, Berta no lo sabía. Solo comprendía que era muy poco probable que Miguel y Antonina regresaran jamás. Porque ya no tenían casa. Ni ella tampoco tenía ya familia… ni hogar. Pasó así, vagando de aldea en aldea, cerca de un año, quizá más. Hasta que la recogió un anciano, en la carretera cerca del mismo pueblo donde había vivido. Era como un déjà vu… —¿Te has perdido? —preguntó el hombre, de pelo cano y barba larga.— ¿Quieres venirte conmigo? Berta fue con él. No le quedaba otra. El anciano no era mala persona, aunque le gustaba el vino. Y Berta nunca pasó hambre. Sopas, guisos, huesos grandes. Nunca le faltó nada. Además, la llevaba con él a trabajar. Era sereno de noche. Y también guardián. Del cementerio. Al principio a Berta le asustaba andar entre tumbas humanas pero, con el tiempo, se acostumbró. Y a don Nicolás también se acostumbró. Era buen hombre. Pero muy solo. Y desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Vasili, no se volvía fiera; suspiraba profundamente y le contaba sus penas a Berta. Que su mujer lo dejó, que su hija ni quería hablarle porque era un “fracasado”. En esos momentos, Berta se tumbaba junto a él, apoyando su hocico en su pierna, y escuchaba, sabiendo lo importante que es dejar que alguien hable. Cuando don Nicolás se callaba, ella recordaba aquellos días felices. A Antonina, a Miguel. A Vasili, mejor ni recordarlo. Y fue así como, en uno de sus paseos por el cementerio, Berta encontró la tumba de Vasili. Al principio no lo creyó; hacía tiempo que había muerto, pero ella… todavía olía su aroma. Un aroma a odio y alcohol. —¿Por qué te detienes? —preguntó don Nicolás al ver que la perra no caminaba junto a él, sino que se quedaba junto a una tumba.— Veamos, quién es… Vasili… Será aquel que murió quemado en su casa. Berta miró sorprendida al anciano. —Sí, ese era. Su mujer y su hijo, por suerte, se largaron a la ciudad, y él, de tanto beber, murió asfixiado. Estúpida muerte. Decían que maltrataba a su familia. Así que, bien merecido. Aunque… —don Nicolás se quedó pensativo.— De los muertos, bien o nada. Vamos, sigamos. Que la tierra le sea leve. Berta vivió casi cinco años con el sereno del cementerio. Hasta que él también falleció. Y ella volvió a quedarse sola. ¿Dónde ir, ahora? Ya no era una cachorra. Nadie más la adoptaría. Así que Berta decidió quedarse en el cementerio. Allí todavía encontraba algo de comida. Allí… Sí, Berta ya lo tenía decidido. Aunque el cementerio fuese para humanos, ella esperaría allí el final. No le hacía falta otro dueño (a don Nicolás nunca lo consideró realmente su dueño, sino un compañero de desgracia). Y así, cuando cayó la primera nieve, ocurrió algo que Berta jamás imaginó. Ese día, como siempre, merodeaba por el cementerio buscando algo de comer cuando oyó voces. Era raro que algún humano viniese en domingo. Pero allí estaban, dos voces: una masculina y otra femenina. Estaban junto a la tumba de Vasili. Berta lo encontró extraño, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea venir a la tumba de mi padre. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber nada de él después de lo que hizo, y dices que tengo que perdonarlo… ¿Por qué? ¿Por meter a mi madre en la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Migue… Perdónalo y déjalo ir en paz. Así terminarán las pesadillas. Estoy segura. Por muy monstruo que fuese, era tu padre. Si te aparece siempre en sueños, es que está sufriendo. —¿Tú crees? —Eso decía mi abuela. Perdónalo y todo irá mejor. Para ti y para él. —Bueno… Tal vez tengas razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño, luego relajó el gesto y dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, y por Berta… Solo lamento haber tenido que echar de casa a mi mejor amiga por tu culpa. Espero que ella esté bien. Todo ese tiempo, Berta había estado detrás de Miguel, quieta, sin creérselo. ¡Era él! Su humano querido. Sí, habían pasado muchos años. Había crecido, era otro, pero ella lo reconoció enseguida. ¿La reconocería él? Y Miguel, al notar la mirada a su espalda, se giró de pronto y se quedó pasmado. —¿Qué pasa, Migue? —preguntó Oksana.— ¿Parece que has visto un fantasma? —No un fantasma… una perra —dijo distraído. —Hay muchas perros callejeros. ¿Te asusta? —Me parece… Me parece que la conozco… ¡Espera, es…! Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se detuvo a cinco metros, esperado, observándola. Avanzó otro poco. La duda desaparecía a cada paso. Berta agitó ligeramente la cola. También avanzó. Y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, en cuclillas, ya abrazaba a su perra, a la que no veía hacía siete años, y Berta, encaramada sobre sus hombros, le lamía la cara, la nariz y la barbilla. El sueño más grande de Berta se cumplía. Al fin volvía a ver a su amigo, al que había esperado siete largos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta consigo. Se hizo muy amiga de su humana, Oksana. Y vivieron todos juntos. Primero, tres. Luego, cuatro (un día Berta encontró un gatito en la calle y decidieron adoptarlo), y luego cinco. Llegó, finalmente, un pequeño humano llamado Nikita. Y, al poco, Miguel reconstruyó la casa en el pueblo, donde cada año iban de vacaciones toda la familia. Y, pese a todo lo que habían sufrido Miguel y Berta, al final, fueron felices.
10 de abril Aún tengo el pecho apretado y la garganta llena de nudos. No dejo de preguntarme si he hecho
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054
Ojalá a todo el mundo le ayudasen así: La historia de Polina, tres hijos, una suegra “salvadora” y el precio de una ayuda que absorbe la vida familiar
Palomita, hoy paso por casa y te echo una mano con los niños. Paloma sostiene el móvil entre el hombro
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03
La llamada del pasado
El timbre del recuerdo A la mañana temprano, Almudena Gómez descubrió que el reloj de la entrada se había
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020
El CEO soltero descubre a una niña y a su perrito durmiendo en la basura—La verdad le partió el corazón
No me quites a mi perro. Es lo único que tengo. No estoy aquí para arrebatárselo. En una Nochebuena en
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068
YO TE LO RECUERDO —María, señora, aquí, este rizo no me sale—susurró con desánimo el pequeño Temi, de segundo de primaria, señalando con el pincel la hoja verde de su flor, que se empeñaba en torcerse al revés. —Tienes que apretar un poquito menos el pincel, cariño… Así, deslízalo como si fuera una pluma por la palma de la mano. ¡Eso es! ¡Muy bien! ¡Más que un rizo, es una maravilla! —le sonrió la maestra María—. ¿Y para quién es tanta belleza? —¡Para mi madre!—respondió radiante el chaval, que por fin había vencido a la hoja rebelde—. ¡Hoy es su cumpleaños! ¡Y este es mi regalo!—el orgullo tras el elogio de la profesora llenó aún más la voz de Temi. —Qué suerte tiene tu madre, Temi. Espera, no cierres el cuaderno de dibujo, deja secar el regalo un minuto para que no se estropee. Cuando llegues a casa, lo arrancas con cuidado y verás como le encanta. La profesora contempló una vez más la cabeza inclinada sobre la hoja y, esbozando una sonrisa, volvió a su mesa. ¡Un regalo para mamá! Hace tiempo que no ve ella regalos así. ¡Menudo arte tiene el muchacho! Tendría que llamar a la madre y sugerirle apuntar al niño a la escuela de arte. No se puede desperdiciar un don así. Y, de paso, preguntar si le ha gustado el regalo. Porque ni siquiera María puede apartar la mirada de esas flores que florecen en la hoja, hasta parece que van a susurrar con sus hojas verdes, recién pintadas. Cómo se parece a su madre, Temi. Exactamente igual que Lari, que a su edad también dibujaba de maravilla… ***** —Señora María, soy Lari, la madre de Arturito Coto—se oyó esa tarde por el teléfono en casa de la profesora con la voz tajante de una mujer joven—. Llamo para avisar que mañana Artem no irá a clase.— —¡Hola, Lari! ¿Pasa algo?—preguntó María, con curiosidad. —¡Pues sí que pasa! Me ha arruinado todo el cumpleaños, el canalla pequeño. Y ahora está en la cama con fiebre, la ambulancia acaba de irse. —¿Cómo que fiebre? Si se fue bien de la escuela, llevaba tu regalo… —¿Hablas de esas manchas? —¿Qué manchas, Lari? ¡Si te pintó unas flores preciosas! Yo pensaba llamarte para pedirte que lo apuntes a clase de pintura… —No sé qué flores serían, pero yo desde luego no esperaba un manchurrón peludo. —¿Manchurrón? ¿De qué hablas?—María empezó a preocuparse aun más, al escuchar la explicación atropellada de la nerviosa madre—. Oye, Lari, ¿te importa que pase a verte un momento? Vivo cerca, no te molesto… Poco después, la maestra, álbum de recuerdos bajo el brazo, salía del portal rumbo a casa de Lari, su antigua alumna y ahora madre de su alumno. La cocina estaba revuelta. Mientras recogía tarta y platos, Lari contaba cómo había llegado su hijo tarde con el uniforme y la mochila hechos un asco… Cómo sacó de debajo la chaqueta un cachorro empapado y apestoso: ¡se había lanzado a una zanja a por él, donde otros críos lo habían tirado! Los libros destrozados y las marcas en el cuaderno—no había forma de mirarlo sin ganas de llorar. Y la fiebre, que subió a 39 en una hora… Cómo los invitados se marcharon sin probar tarta, y el médico la regañó por no vigilar a su hijo. —Así que lo llevé de vuelta a la basura cuando Temi se durmió. El álbum… está ahí, sobre el radiador secándose. No quedan ni flores, sólo manchas de agua—resopló Lari con fastidio. Y no notó la madre de Temi cómo, con cada palabra, la maestra se iba ensombreciendo más y más. Al enterarse del destino del cachorro, casi estalló. Miró a Lari con severidad, acarició el cuaderno arruinado y habló en voz baja: Habló de esos verdes rizos y de las flores que cobraban vida… De la ilusión y el coraje de un niño. De su corazón incapaz de soportar la injusticia, y de los chavales sin compasión que arrojaron ese animalito a la zanja. Luego se levantó, le tomó la mano a Lari y la llevó a la ventana: —Ahí, esa es la zanja. Podía haberse ahogado tu hijo por salvar a ese cachorro. Pero él, ¿pensaba en sí mismo? Quizá pensaba en las flores del dibujo, temiendo estropear su regalo… ¿O acaso lo has olvidado, Lari? ¿Recuerdas aquellos años, sentada llorando en el banco del patio con un gatito callejero que habías rescatado? Cómo lo acariciábamos todos en clase, esperando a tu madre, cómo no querías ir a casa cuando tus padres echaron al “gatillo pulgoso” fuera… Menos mal que recapacitaron… Pues yo te lo voy a recordar. Y también tu Ticho, al que no querías soltar; y a Muchi, el cachorro de la perra del barrio que fue contigo hasta la universidad; y hasta a aquel grajo con el ala rota, del que cuidaste en clase de ciencias… La profesora sacó del álbum una foto antigua: una niña menuda con delantal blanco, abrazando orgullosa a un gatito y sonriendo a los compañeros que la rodeaban. Con voz firme, añadió: —Te recordaré la bondad que, a pesar de todo, florecía con todos los colores en tu corazón… Sobre la mesa, cayó después un dibujo infantil, los colores desgastados: una niña con un gatito en una mano y agarrando fuerte la mano de su madre con la otra. —Si por mí fuera—con voz más dura—yo mismo llenaría de besos a ese cachorro y a tu hijo, Artur. ¡Y las “manchas” las pondría en un marco! Porque no hay mejor regalo para una madre que criar a su hijo como una persona de verdad. Y no se dio cuenta la anciana maestra de cómo cambiaba la expresión de Lari, como miraba ansiosa la puerta cerrada de la habitación de Temi, cómo apretaba el álbum… —¡María! Querida, ¿puedes vigilar a Temi un rato? ¡Sólo unos minutos, por favor! ¡Enseguida vuelvo! Lari, bajo la atenta mirada de la profesora, se puso el abrigo a toda prisa y salió. Y, sin mirar el camino, corrió hacia la lejana escombrera. Sin importar las botas empapadas, llamaba, revolvía cajas, removía bolsas, mirando de reojo la casa… ¿La perdonará? ***** —Temi, ¿quién es ese que mete el hocico entre tus flores? ¿No será tu amigo Dico? —¡El mismo, María! ¿A que se parece? —¡Y tanto! Mira esa mancha blanca en forma de estrella en la pata… ¡cómo recuerdo limpiar esas patitas con tu madre!—rió la maestra. —¡Yo ahora se las lavo todos los días!—dijo con orgullo Temi—. Mamá dice: tienes un amigo, hay que cuidarlo bien. Nos ha comprado una bañera especial para él. —Tienes una madre estupenda—sonrió la maestra—. Seguro que otra vez dibujas un regalo para ella. —Sí, quiero que lo ponga en un marco. Porque en el otro sólo hay manchas enmarcadas, pero mi madre las mira y sonríe. ¿Se puede sonreírle a unas manchas, María? —¿A las manchas?—musitó divertida la profesora—. Quizá sí, si esas manchas vienen del corazón. Dime, ¿qué tal en la escuela de arte? ¿Te va bien? —¡De maravilla! Pronto podré hacer un retrato de mamá, ¡ya verá qué sorpresa! Pero mientras, mira…—Temi abrió la mochila y sacó una hoja doblada—Esto es de mi madre. Ella también dibuja. La profesora desplegó la hoja y posó su mano en el hombro del niño. Allí, en la hoja blanca, con una explosión de colores, Temi sonriente apoyaba la mano sobre la cabeza de un chucho negro, que lo miraba con adoración. A su lado, una niña rubia en uniforme de colegio anticuado abrazaba a un pequeño gato… Y desde una mesa cubierta de libros, asomaba la profesora, María, con una sonrisa y una infinita sabiduría en sus ojos llenos de vida, contemplando a los niños felices. Y en cada trazo, en cada pincelada, la maestra sentía un orgullo materno escondido, profundo. Secando una lágrima, la maestra sonrió al ver que, en el rincón del dibujo, enredada entre flores y delicados rizos verdes, brillaba una palabra: “Recuerdo”.
Doña María, aquí este rizito no me sale susurró con desánimo el pequeño Tomás, de segundo de primaria
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0226
La Casa de Campo Extranjera
Hace un año, los Delgado compraron una casa de campo. Al llegar a los cincuenta, Pedro sintió un fuerte
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026
Sólo una amiga de la infancia —¿En serio piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el garaje? ¿Toda la tarde? —Alba pinchó un trocito de tarta de queso y, con una ceja arqueada, le lanzó una mirada irónica al alto muchacho pelirrojo. Iván se recostó en la silla, calentándose las manos con una taza de capuchino ya frío. —Alba… No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Por ahí tiene que estar mi colección de envoltorios de “Boomer”, ni más ni menos. ¿Te imaginas qué joyas? —Madre mía. ¿Guardas envoltorios desde cuándo? Alba bufó y sus hombros temblaron con una risa apenas contenida. Aquella cafetería, con sus sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados, hacía mucho que era territorio propio. La camarera, Marina, ni siquiera les preguntaba qué pedir — sencillamente les servía el capuchino de él, el latte de ella y el postre del día para compartir. Tras quince años de amistad, ese ritual era puro instinto. —Vale, lo confieso —Iván le saludó con la taza—, el garaje puede esperar. Y los tesoros también. Quique ha organizado una barbacoa el domingo, por cierto. —Lo sé. Ayer pasó tres horas eligiendo parrilla por internet. Tres. Horas. Creí que me iba a dar algo del aburrimiento. Su risa se fundió con el zumbido de la cafetera y las conversaciones a media voz del resto. …Entre ellos no existían silencios incómodos ni palabras a medias: se conocían tan bien como la palma de su mano. Alba recordaba cómo Iván, un tierno chaval de primero de la ESO con los cordones siempre sueltos, fue el primero en acercarse a ella en clase nueva. Iván recordaba cómo ella, la única, no se burló jamás de sus gafas de pasta. Quique aceptó aquella amistad desde el primer día, sin celos ni sospechas. Observaba a su esposa y a su amigo de la infancia con esa calma de quien confía en sí mismo y en quienes ama. En las noches de viernes con “Monopoly” y “UNO”, Quique era el que más reía cuando Iván volvía a perder al “Scrabble”, y quien rellenaba las tazas de té mientras los otros dos discutían por el reglamento del “Tabú”. —Hago trampas, por eso siempre gano —proclamó Alba una vez, lanzándole las cartas a su marido. —Eso se llama estrategia, mi querida esposa —replicó impasible Quique, recogiendo la baraja. Iván los contemplaba entonces con una sonrisa cálida. Le gustaba ese hombre: sólido, fiable, con un sentido del humor tan seco que tardabas en saber si bromeaba o iba en serio. Con Quique, Alba florecía, se volvía más luminosa y feliz, y él, de corazón, se alegraba por su amiga. El equilibrio se trastocó cuando llegó Vera… …La hermana de Quique apareció en la puerta hace un mes con los ojos enrojecidos y la firme decisión de empezar de cero. El divorcio la había dejado vacía, sin fuerzas ni la menor ilusión de estabilidad. La primera noche en que Iván pasó a echar la partida de siempre, Vera despegó la vista del móvil y lo observó atenta. Algo hizo clic en su cabeza, como un reloj olvidado que vuelve a latir. Tenía delante a un hombre sereno, de mirada bondadosa, con esa sonrisa que invita a sonreír. —Este es Iván, mi amigo desde el cole —lo presentó Alba—. Vera, la hermana de Quique. —Encantada —saludó Iván, tendiéndole la mano. Vera apretó su mano unos segundos más de lo aconsejable. —Igualmente. A partir de ahí, sus “casuales” encuentros con Iván se hicieron rutina. Cada vez que Alba y él estaban en su café favorito, allí aparecía Vera. Cada vez que Iván cruzaba la puerta, Vera surgía con una bandeja de galletas. Se sentaba a la mesa de juegos tan cerca de Iván que se rozaban los hombros. —¿Me pasas esa carta de ahí? —Vera se inclinaba sobre su brazo, con el pelo rozándole el cuello, como sin querer—. Ay, perdona. Iván se apartaba con delicadeza, murmurando una excusa. Alba cruzaba una mirada con su marido, pero Quique solo encogía los hombros: su hermana siempre había sido excesiva… El coqueteo subió de tono. Vera le lanzaba miradas, halagos, encontraba cualquier pretexto para tocarle. Se reía de sus chistes con tanta fuerza que Alba sentía que le pitaban los oídos. —Qué manos tan bonitas tienes, dedos tan finos, parecen de músico —soltó una vez Vera, atrapando la mano de Iván sobre la caja de fichas—. ¿Tocas algún instrumento? —Pues… soy programador. —Igualmente, preciosas. Iván liberó su mano y se refugió en sus cartas. Las orejas, rojas como tomates. A la tercera invitación a tomar café “en plan amigos”, Iván se rindió. Vera le gustaba: intensa, vital, apasionada. Quizá, pensó, si lo intentaban, ella dejaría de mirarle con hambre y todo volvería a su cauce. Las primeras semanas marcharon bien. Vera rebosaba alegría, Iván se tranquilizó, las veladas volvieron a la normalidad… Hasta que Vera se dio cuenta de algo que habría preferido no ver. Notó cómo Iván se iluminaba cuando llegaba Alba. Cómo su rostro se transformaba, se volvía abierto y cálido. Cómo enlazaban bromas sin esfuerzo, acababan las frases del otro, conservaban una complicidad invisible a la que ella no podía acceder. La envidia creció como una flor venenosa. —¿Por qué la ves tanto? —le espetó Vera, cruzándose de brazos ante la puerta. —Porque es mi amiga. Llevamos quince años así, Vera. Es… —¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo! ¡No ella! Las broncas volvieron una y otra vez. Vera lloraba, reprochaba, exigía. Iván explicaba, se justificaba, trataba de calmarla. —¡Piensas más en ella que en mí! —Vera, por favor. Es absurdo. Son solo cosas de amigos. —¡Los amigos no se miran así! El móvil de Iván vibraba cada vez que quedaba con Alba. —¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no contestas? ¿Otra vez con ella? Se habituó a dejarlo en silencio, pero Vera empezó a perseguirle. Surgía en la cafetería, en el parque, a la puerta de Alba —al borde del llanto y la rabia. —Por favor, Vera… —Iván se frotaba las sienes, derrotado—. Esto no es normal. —¡No es normal que estés más tiempo con la mujer de otro que conmigo! Alba también se cansó. Cada cita con su amigo se volvía una prueba de fuego. ¿Cuándo vendría Vera? ¿Qué escena montaría esta vez? —Quizá debería verme menos con… —intentó Alba una vez, pero Iván cortó: —No. Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por sus dramas. Ninguno de nosotros lo hará. Pero Vera ya había tomado su decisión. Si no era posible por las buenas, lo sería por las malas. Quique estaba en la cocina cuando Vera irrumpió. —Hermanito… Necesito decirte algo. No quería, pero… tienes derecho a saber la verdad… …Soltó la mentira por dosis, a llanto medido. Citas a escondidas, miradas demasiado largas. Cómo Iván le cogía la mano a Alba cuando nadie miraba. Quique la escuchó en silencio, impasible. Cuando Alba y Iván entraron una hora después, el ambiente en el salón era espeso como arroz con leche frío. Quique, medio recostado en el sillón, tenía el gesto de quien anticipa un gran espectáculo. —Siéntate —señaló el sofá—. Mi hermana me ha contado una historia fascinante sobre vuestro “amor secreto”. Alba se detuvo de golpe. Iván apretó los dientes. —Pero esto qué es… —Afirma haber visto cosas muy comprometedoras. Vera encogió el cuello, incapaz de mirar a nadie. Iván se giró hacia ella tan bruscamente que Vera se echó atrás. —Basta, Vera. Ya está bien. Ya he aguantado tus ataques demasiado tiempo. Su rostro era de pura furia. El Iván de siempre, paciente, se había esfumado. —Se acabó. Lo dejamos. Ahora mismo. —No puedes… Sus ojos sí eran de auténticas lágrimas esta vez. —¡Es culpa de ella! —acusó, señalando a Alba—. ¡Siempre la eliges a ella! Alba esperó unos segundos a que el veneno se agotara. —Mira, Vera —afirmó con calma—, si no hubieras querido controlar hasta su último minuto, si no montaras un drama de la nada, nada de esto habría pasado. Has destruido sola lo que intentabas retener. Vera agarró su bolso y se fue dando un portazo. Entonces Quique rompió a reír, de verdad, echando la cabeza atrás. —Por fin, madre mía… Se levantó y abrazó a Alba por los hombros. —¿No te has creído nada, verdad? —Alba se le pegó al cuello. —Ni un segundo. Llevo años viéndoos juntos. Es como ver a dos hermanos peleando por la última rosquilla. Iván suspiró, por fin aliviado. —Perdona que te haya metido en este lío. —Anda ya. Vera es adulta, ella decide. Ahora a cenar: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por ninguna telenovela. Alba se echó a reír, suave, aliviada. Su familia seguía intacta. La amistad con Iván había resistido. Y su marido seguía demostrando, una vez más, que a su confianza no la vence ningún chisme. Fueron juntos a la cocina, donde la lasaña dorada brillaba bajo la luz de las lámparas y el mundo, por fin, recuperaba su forma habitual.
¿De verdad piensas pasar el sábado entero ordenando trastos en el trastero? ¿Todo el sábado?
MagistrUm
Es interesante
034
A FLOR DE PIEL… En esta familia, cada uno vivía a su manera. El padre, Alejandro, además de su esposa, tenía a veces alguna amante, y no siempre era la misma. La madre, Eugenia, sospechando las infidelidades del marido, tampoco era ejemplo de rectitud: le encantaba escaparse con un compañero casado del trabajo. Los dos hijos iban a su aire, nadie se ocupaba realmente de su educación, así que la mayor parte del tiempo andaban sin rumbo. Su madre aseguraba que el colegio debía hacerse cargo de los estudiantes. La familia sólo se juntaba los domingos en la cocina para comer rápido, en silencio y luego cada uno seguía con lo suyo. Así continuaría todo: cada uno en su propio y, a su manera, dulce y roto universo, si no fuera porque un día ocurrió lo irreparable. Cuando el menor, Denis, tenía doce años, su padre Alejandro le llevó por primera vez al garaje como ayudante. Mientras Denis curioseaba entre herramientas, su padre fue a saludar a unos amigos aficionados al motor. De repente, del garaje empezó a salir humo negro y, enseguida, llamas. Nadie entendía nada (después se supo que Denis había dejado caer sin querer un soplete encendido sobre un bidón de gasolina). Todos estaban paralizados. Cuando estalló el fuego, lanzaron agua a Alejandro y éste corrió dentro. A los pocos segundos salió de entre las llamas con su hijo en brazos, completamente quemado, salvo la cara, que debía haber protegido con las manos. Su ropa estaba reducida a cenizas. Ya había quien llamaba a los bomberos y a una ambulancia. Denis fue llevado al hospital. ¡Estaba vivo! Le operaron de inmediato. Tras horas angustiosas, el médico comunicó secamente a los padres: —Hacemos todo lo posible e imposible. Ahora está en coma. Las probabilidades de sobrevivir son una entre un millón. La medicina no puede hacer más. Si muestra una voluntad sobrehumana, podría ocurrir un milagro. Ánimo. Alejandro y Eugenia, sin pensárselo, corrieron a la iglesia cercana, bajo un aguacero brutal. No veían ni oían nada ni a nadie. ¡Tenían que salvar a su hijo! Empapados, entraron por primera vez en su vida en el templo, que estaba tranquilo y casi vacío. Al ver al sacerdote, se acercaron con timidez. —Padre, ¡nuestro hijo se está muriendo! ¿Qué hacemos? —sollozó Eugenia. —Me llamo padre Sergio. Ya veo… Cuando hay apuros, nos acordamos de Dios, ¿no? ¿Mucho pecadores sois? —fue al grano el sacerdote. —Parece que no… No hemos matado a nadie —dijo Alejandro, bajando la mirada ante el escrutinio del cura. —¿Y por qué habéis matado a vuestro amor? Está muerto a vuestros pies. Entre marido y mujer no debería caber ni un hilo, y entre vosotros cabe un tronco entero. Gente… Rezad, hijos míos, a San Nicolás por la salud de vuestro niño. Rezad de corazón. Pero recordad: todo está en manos de Dios. No os quejéis de Él. A veces, el Señor da un aviso así a quienes no entienden de otro modo. Si no, perderéis vuestra alma sin daros cuenta. ¡Arreglaos! ¡Con amor todo se salva! Mojados por la lluvia y las lágrimas, Alejandro y Eugenia escucharon la amarga verdad del padre Sergio, llenos de vergüenza. Era deprimente verles. El sacerdote señaló el icono de San Nicolás. Se arrodillaron ante la imagen. Lloraron, rezaron, prometieron… Se acabaron las aventuras fuera del matrimonio: borradas, olvidadas. Volvieron a repasar su vida letra a letra, hilo a hilo… Al día siguiente, el médico llamó: Denis había salido del coma. Alejandro y Eugenia ya a su lado en el hospital. Denis abrió los ojos e intentó sonreír al verlos. Pero lo que asomó en su rostro era solo dolor. —Mamá, papá, por favor, no os separéis —susurró el niño. —¿Por qué dices eso, hijo? Estamos juntos —respondió Eugenia, acariciando su mano febril. Denis se quejó y ella se retiró enseguida. —¡Lo he visto, mamá! Y mis hijos llevarán vuestros nombres —prosiguió Denis. Alejandro y Eugenia intercambiaron una mirada preocupada. Pensaron que deliraba. ¿Hijos? ¡Si no podía ni mover los dedos! Bastante tenía con sobrevivir… Sin embargo, desde ese momento Denis fue mejorando. Volcaron todo en su recuperación. Alejandro y Eugenia vendieron el chalé. Lástima que el garaje y el coche se quemasen aquel día: también podrían haberse vendido para el tratamiento. Pero lo principal era que su hijo vivía. Abuelos y familiares ayudaron como pudieron. La familia se unió ante la desgracia común. Incluso el día más largo termina. Pasó un año. Denis estaba en un centro de rehabilitación. Ya podía caminar y valerse por sí mismo. Allí se hizo amigo de María, una chica de su edad. Como Denis, también sufrió quemaduras, aunque sólo en la cara. Tras varias operaciones, María tenía miedo a los espejos y a sus cicatrices. Denis sintió un inmenso cariño por ella. De esa niña irradiaba luz, por su sabiduría y su vulnerabilidad; daban ganas de protegerla. Pasaban todo el tiempo libre juntos. Tenían mucho en común: conocían el dolor insoportable, la desesperación, las píldoras amargas, los pinchazos y las batas blancas… No se cansaban de hablar. El tiempo pasó… Se casaron con una sencilla celebración. Tuvieron hijos: la niña Alejandra y, tres años después, el niño Eugenio. Y justo cuando la familia por fin pudo respirar en paz, Alejandro y Eugenia tomaron la decisión de separarse. Toda aquella historia les había dejado exhaustos, incapaces de seguir juntos. Solo deseaban liberarse mutuamente y encontrar tranquilidad. Eugenia se marchó con su hermana al extrarradio. Antes de irse, visitó la iglesia para recibir la bendición del padre Sergio, a quien en los últimos años agradecía siempre el haber salvado a su hijo. El sacerdote le corregía: —Agradece a Dios, Eugenia. No aprobaba la marcha de Eugenia. —Pero si no puedes más, vete. Descansa. A veces la soledad es buena para el alma. Pero regresa. Marido y mujer sois uno solo —aconsejaba como un padre. Alejandro se quedó solo en el piso vacío. Los hijos vivían ya con sus familias, aparte. Los ex cónyuges incluso venían a visitar a los nietos por turnos, evitando encontrarse. En fin, ahora todos vivían más tranquilos…
A FLOR DE PIEL En aquella familia, cada uno iba a lo suyo. El padre, Alejandro, además de su esposa
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