Es interesante
059
¡Buen trabajo! Marido pasa las noches con su actual esposa y los días con la ex
¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo bien cuando vivía en Madrid, hace ya tantos años, junto a Julián, mi
MagistrUm
Es interesante
07
Ante la entrada, esperaba una limusina negra — brillante como la noche que reflejaba las luces de Madrid. El chofer abrió la puerta con una reverencia.
Al frente de la entrada, un negro limusín relucía como la noche que reflejaba las luces de Madrid.
MagistrUm
Es interesante
046
El abuelo Fue una tarde de verano. Regresaba a casa después del entrenamiento. Vi a un abuelo, ya muy mayor, que se había caído en el asfalto y no podía levantarse. La gente que pasaba por su lado se apartaba de él (pensando que estaba borracho), mientras él murmuraba algo para sí y extendía las manos hacia los demás. Desde pequeña, mi madre me enseñó a ayudar a quien lo necesite siempre que pueda. Así que me acerqué y le pregunté: “¿Quiere que le ayude?”. Él no pudo contestar nada coherente, solo murmuraba y extendía las manos hacia mí. Una mujer que pasaba me regañó: “Aléjate de él. ¿No ves que está borracho? Te vas a contagiar de algo. Además va hecho un asco, te vas a manchar”. Al fijarme bien, vi que el abuelo tenía las manos llenas de sangre. En ese momento sentí un miedo terrible. Le pregunté qué le había pasado, pero tampoco obtuve respuesta clara, sólo balbuceos y señaló resignado una bolsa que yacía en el suelo junto a él. Dentro había cristales rotos de botellas de cerveza. Recogió algunos trozos más y los puso en la bolsa. Por eso tenía las manos ensangrentadas. Empecé a limpiarle las manos con toallitas húmedas para luego poder ayudarle a incorporarse y llevarle a casa (quizá fui egoísta, pero no quería mancharme la ropa de sangre…). Cuando terminé de limpiarle, ayudé al abuelo a ponerse de pie. Le pregunté su dirección, pero no respondió. Comenzó a balbucear de nuevo y yo no lograba entenderle. Notando mi confusión, me indicó con la mano por dónde ir. Así que le llevé hasta el bloque de pisos que estaba en ese mismo patio. Señaló el portero automático y con los dedos me indicó dos números. Deduje que era el número de su piso. Toqué al timbre de aquel piso y enseguida se escuchó la voz preocupada de una mujer. El abuelo volvió a balbucear algo. Apenas unos segundos después, una mujer y un hombre salieron corriendo a la calle. Primero se abalanzaron sobre el abuelo, revisándole para ver si estaba bien. Luego el hombre me dio las gracias, cogió al abuelo en brazos y lo llevó a casa. La mujer, por su parte, empezó a preguntarme cómo podían agradecérmelo. Rechacé cualquier recompensa y ya me iba cuando de repente me pidió que esperara un momento, como si recordara algo. Subió corriendo al portal y al minuto volvió con una enorme cesta de frambuesas. “Son nuestras”, presumió. Le di las gracias, pero no quise aceptarlas. “Venga mujer, cógelas” – insistía ella – “Nos íbamos a volver locos cuando llegamos de la casa del pueblo y vimos que el abuelo no estaba en casa. Te cuento el porqué. Durante la guerra, le cogieron prisionero los alemanes. Ocupaba un puesto importante y para no delatarse, se dañó la lengua él mismo. En aquellas condiciones, la higiene era imposible. Para cuando logró salir del cautiverio, la infección estaba tan avanzada que le tuvieron que amputar la mitad de la lengua. Hoy apenas puede hablar, sólo emite sonidos como un sordomudo. En nuestro patio, por las tardes, los adolescentes se reúnen a beber cerveza y tiran las botellas por cualquier sitio. Incluso avisamos varias veces a la policía para que pusieran orden. Los niños juegan entre todos esos cristales, ya han ocurrido varios cortes en pies y manos. Desde que mi hija Sonsoles se cortó el pie, el abuelo se empeñó en recoger todos los cristales que dejan estos gamberros, para que los niños no se lastimen. Pero él es ya mayor y no tiene fuerza en las piernas. Le hemos intentado convencer de todas las formas posibles de que no salga, hasta le hemos escondido las llaves del piso, pero él insiste en salir. Una vez se cayó y estuvimos cinco horas buscándole hasta que volví de trabajar. Nadie le ayudó pese a estar tirado en el suelo. Ya nos preparábamos para salir a buscarle cuando oímos el timbre. No sabes cuánto te lo agradezco”. Después de escuchar la historia de la mujer, me quedé sin palabras. Ella me puso la cesta en las manos y yo, haciendo una reverencia (sí, una reverencia, no se me ocurrió qué decir), me fui a casa. A mitad de camino rompí a llorar. ¿Por qué en nuestro país somos así? ¿Por qué sólo pensamos en nosotros mismos? Os pido a todos: si veis que alguien se ha caído y no puede levantarse, por favor, no penséis enseguida que es un borracho. ¡Acercaos! Puede que necesite vuestra ayuda. Y esto va, sobre todo, para los jóvenes: recordad que somos PERSONAS, no cerdos.
Era una tarde de verano en Madrid. Volvía a casa agotada después de entrenar, cuando en el paseo vi a
MagistrUm
Es interesante
032
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—murmuró Valera, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Febrero estaba siendo especialmente cruel aquel año: nieve mezclada con lluvia y un viento que cortaba hasta los huesos. Pelirrojo—un chucho callejero de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego—había aparecido en su vida un año atrás. Valera volvía entonces de su turno de noche en la fábrica y lo encontró rondando los contenedores: malherido, hambriento, con el ojo cubierto por una nube. Una voz le crispó los nervios. Valera reconoció al que hablaba: era el Tuerto Sergio, el típico macarra del barrio de unos veinticinco años. A su lado se amontonaban tres chavales—su «banda». —Paseando, —contestó Valera sin levantar la mirada. —¿Y tú, colega, pagas impuestos por sacar a pasear a ese bicho?—se rió uno de los chicos —¡Mira qué feo es, con ese ojo torcido! Una piedra voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de su dueño. —Lárgate—dijo Valera en voz baja, pero con dureza en el tono. —¡Uuuuh! ¡Don Manitas se ha puesto gallito! —Sergio se acercó—. ¡No olvides quién manda aquí! Si quieres que tu bicho siga vivo, pasea solo con mi permiso. Valera se tensó. En el Ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin titubear, pero de eso hacía treinta años. Ahora sólo era un chapuzas jubilado que no quería líos. —Vamos, Pelirrojo—se giró hacia casa. —¡Eso! —le gritó Sergio al marcharse—. La próxima vez a tu monstruo le hago un favor y lo remato. Esa noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente cayó aguanieve. Valera pospuso el paseo todo lo posible, pero Pelirrojo se sentó junto a la puerta y le miró con tanta devoción que acabó rindiéndose. —Bueno, vale, pero rapidito. Caminaron con cautela, evitando los rincones de siempre. Pero la banda de Sergio estaba desaparecida—seguramente escondiéndose del temporal. Valera ya se había relajado cuando Pelirrojo se paró en seco junto a la antigua caldera abandonada. Enderezó la oreja, olfateó tenso. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. Se oían extraños sonidos: mezcla de llantos y gemidos. —¡Eh! ¿Hay alguien?—gritó Valera. No hubo respuesta. Sólo el viento colándose entre las paredes. Pelirrojo insistía, tenso. En su ojo ciego brillaba la inquietud. —¿Qué ves?—Valera se agachó—. ¿Qué hay ahí? Entonces oyó la voz—infantil, quebrada: —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo hasta las ruinas. Entre los escombros, tirado en el suelo, yacía un chaval de unos doce años: rostro ensangrentado, labio partido, ropa desgarrada. —¡Dios!—se agachó Valera—. ¿Qué te ha pasado? —¿Señor Valera? —el niño entreabrió los ojos—. ¿Es usted? Valera miró bien y lo reconoció: Andrés Mínguez, el hijo de su vecina del quinto. Un chico callado, de aspecto frágil. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Sergio y su banda—gimoteó el niño—. Pedían dinero a mi madre. Yo dije que lo contaría a la poli. Y me cogieron… —¿Cuánto llevas aquí tirado? —Desde esta mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y cubrió al crío. Pelirrojo se tumbó junto a él para darle calor. —¿Puedes ponerte en pie? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera palpó con cuidado. Efectivamente: fractura. Y saber cómo estarían los órganos después de semejante paliza… —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. «La ambulancia llegará en media hora», prometieron. —Aguanta, que ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo?—el niño temblaba—. Dijo que si no, él… —No va a volver a tocarte, —afirmó Valera—. Nadie más lo hará. El chico le miró incrédulo: —Pero usted ayer también se marchó por ellos… —Eso fue diferente. Era cosa mía y de Pelirrojo. Ahora…—calló. ¿Para qué seguir? ¿Decirle que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca deja tirado a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron, mirando el frío, pensando. Esa tarde vino la madre de Andrés, doña Isabel. Lloraba, le daba las gracias, le juraba que nunca lo olvidaría. —Don Valeriano—sollozaba—, los médicos dicen que si hubiese tardado una hora más… ¡Usted le ha salvado la vida! —Quien le salvó fue Pelirrojo—Valera acarició al perro—. Él fue quien lo encontró. —¿Y ahora?—preguntó doña Isabel, mirando temerosa la puerta—. Sergio no parará. El guardia local dice que sin pruebas no puede hacer nada; el testimonio de un niño no vale… —Todo irá bien—prometió Valera, aunque él mismo no sabía cómo. Esa noche no pegó ojo. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás críos del barrio, que sufren los mismos abusos? A la mañana siguiente lo tuvo claro. Se puso su viejo uniforme del ejército—el de gala, con las medallas. Se miró al espejo: soldado veterano. Ni joven ni rápido, pero soldado. —Vamos, Pelirrojo. Tenemos faena. La banda de Sergio estaba como siempre, junto a la tienda. Al ver a Valera acercarse, se burlaron. —¡Mira, el abuelo de gala! —gritó uno—. ¡Qué héroe! Sergio se levantó del banco, sonriente: —Vete a casa, yayo. Tu tiempo ya pasó. —Mi tiempo empieza ahora, —repuso Valera acercándose. —¿Qué se te ha perdido aquí? —Servir a España. Proteger a los débiles de tipos como tú. Sergio se rió: —¿España? ¿Qué débiles? No digas tonterías, viejo. —¿Conoces a Andrés Mínguez? La sonrisa se esfumó de la cara de Sergio. —No me interesa ese pringao. —Debería. Es el último niño al que pones la mano encima en este barrio. —¿Me amenazas, viejo chiflado? —Te estoy avisando. Sergio dio un paso al frente, navaja en mano. —¡Ahora te enteras de quién manda! Valera no se movió. Los años pesaban, pero no el miedo. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley?—Sergio agitaba la navaja—¿Quién te ha dado vela en este entierro? —La conciencia, —respondió Valera. Entonces pasó algo inesperado. Pelirrojo, que hasta entonces había estado tranquilo, se puso rígido, erizó el lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho, gilipollas?—empezó Sergio. —Mi perro es veterano—le interrumpió Valera—. Desactivaba minas en Afganistán. Olfatea la basura como tú. Era mentira—Pelirrojo sólo era mestizo callejero. Pero lo dijo tan convencido que todos le creyeron. Incluso el propio Pelirrojo levantó cabeza, desafiante. —Ha pillado a veinte maleantes. Ninguno se le ha escapado, —añadió—. ¿Y tú crees que no va a poder con un camello de tercera? Sergio retrocedió, los chavales dudaron. —Oídme bien—Valera dio un paso más—. Desde hoy, este barrio es seguro. Lo patrullaré cada día. Y mi perro buscará a los canallas. No lo olvidéis. No terminó la frase, pero no hacía falta. —¿Me quieres asustar?—Sergio buscaba recuperar la chulería—. Yo con una llamada… —Llama—le cortó Valera—. Pero recuerda que tengo contactos mejores que los tuyos. La de gente que conozco en prisión. Y los favores que me deben… Mentía, pero su mirada era de hielo. Sergio se lo tragó. —A mí me llaman Valera el Afgano—dijo por último, —recuérdalo. No vuelvas a tocar a un niño. Se marchó. Pelirrojo le siguió, altivo. El silencio fue total. Tres días después, Sergio y los suyos no aparecían por el barrio. Valera cumplió: cada tarde patrullaba las calles. Pelirrojo a su lado—atento y serio. Andrés salió del hospital la semana siguiente. La pierna seguía dolándole, pero ya podía andar. Fue a ver a Valera. —Don Valera, ¿puedo ayudarle con las patrullas?—preguntó tímido. —Claro, —sonrió Valera—. Pero primero tienes que preguntarle a tu madre. Isabel no puso pegas. Estaba agradecida de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. En adelante, cada atardecer, el barrio veía un grupo curioso—un veterano de uniforme, un niño y una vieja perra rojiza. Pelirrojo caía bien a todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos le acariciaran, aunque fuese perro de la calle. Algo tenía—dignidad, temple. Valera contaba historias del ejército, de la amistad verdadera. Los chavales escuchaban embelesados. Una tarde, al volver de «ronda», Andrés le preguntó: —Don Valera, ¿usted ha tenido miedo alguna vez? —Muchas veces, —respondió Valera con honestidad—. Incluso ahora. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas. Andrés acarició a Pelirrojo: —Cuando crezca le ayudaré. Y tendré un perro igual de listo. —Lo tendrás—le sonrió. Pelirrojo solo movió el rabo. En el barrio todos le conocían ya: «Ese es el perro de Valera el Afgano. Sabe distinguir a un héroe de un canalla». Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era solo un chucho callejero. Ahora era un guardián.
Bueno, Chispa, ¿nos vamos ya o qué…? murmuró Valero, acomodando el collar improvisado que se había
MagistrUm
Es interesante
045
Cuando Ana tiró del cordel…
Cuando Ana tiró del cordel que ataba el saco, la tela se deslizó lentamente, susurrando en voz baja.
MagistrUm
Es interesante
027
…uniforme azul y el rostro que reconocí al instante. Era Esteban Cristóbal — el policía del barrio de nuestro edificio.
La chaqueta azul del uniforme y el rostro que reconocí al instante. Era Alejandro Martínez, el guardia
MagistrUm
Es interesante
065
Papá siempre mejor… ¿O no? Un retrato íntimo de cómo el fantasma del padre biológico amenaza la nueva familia de Olga y su esposo Sergio, mientras el joven Max, sumido entre recuerdos idealizados, pone a prueba los límites del amor y la paciencia. Una historia en la España actual sobre divorcio, lealtades enfrentadas y la dolorosa construcción de una familia reconstituida donde un chico deberá elegir: ¿la versión idílica del padre ausente o la realidad imperfecta del hogar que le quiere sostener?
Iker, tenemos que hablar. Elena alisaba la mantelería con movimientos nerviosos, estirando pliegues inexistentes
MagistrUm
Es interesante
021
¡ELIGE DE UNA VEZ: O TU PERRO O YO! ¡ESTOY HARTO DE RESPIRAR A PERRUNO! — DIJO SU ESPOSO. ELLA ESCOGIÓ AL MARIDO Y ABANDONÓ AL PERRO EN EL BOSQUE… ESA NOCHE SU MARIDO LE DIJO QUE SE IBA CON OTRA
¡O yo, o tu perro! ¡No aguanto más este olor!exclamó su marido. Ella eligió a su esposo y llevó al perro
MagistrUm
Es interesante
017
Lo más importante La fiebre de Lidia subió de golpe. El termómetro marcó 40,5 y, casi al instante, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueó con violencia, tanto que Irene se quedó paralizada un segundo, sin dar crédito a lo que veía, para después lanzarse hacia su hija, controlando como podía el temblor. Lidia empezó a ahogarse entre espuma, la respiración se le atragantaba, como si algo la asfixiara desde dentro. Irene trató de abrirle la boca —los dedos se le resbalaban, no le respondían— pero al final lo consiguió. La niña, de pronto, cayó inerte, perdiendo el conocimiento. Cinco o diez minutos —nadie podría decirlo con certeza. El tiempo no pasaba en segundos, sino a latidos en las sienes de Irene. Estaba atenta a que la lengua no obstruyese la respiración, sujetando la cabeza de Lidia cuando las convulsiones la sacudían con más fuerza que cualquier descarga eléctrica. Irene no era capaz de ver nada más que un objetivo: Lidia tenía que volver a respirar. Lidia tenía que regresar. Gritaba —a la cocina, a las paredes, al vacío, al cielo. Gritaba el nombre de su hija en el teléfono del 112 con tanta desesperación, que era como si con su grito la retuviera en la vida. Llamó a Marcos y, llorando y con hipo, sólo pudo pronunciar: —Lidia… Lidia casi se muere… Pero por el teléfono, Marcos escuchó otra palabra —corta y aterradora: muerta. Se llevó la mano al pecho, el dolor era tan agudo como si le clavasen un cuchillo al rojo. Las piernas se le doblaron y, despacio, casi sin fuerzas, se escurrió de la butaca al suelo, como quien de pronto se queda sin todo: fuerzas, pensamientos, futuro… Intentaron levantarle, sujetándole por los codos, pero el cuerpo no respondía. Alguien le acercó un vaso de agua, otro unas gotas, otro le acarició la espalda —todos decían palabras de consuelo, pero las palabras rebotaban contra su desesperación como las olas contra un muro de hormigón. Marcos no podía recomponerse. Los dedos se le agitaban en calambres, el vaso tintineaba contra sus dientes y, en vez de palabras, apenas brotaban fragmentos, como de una máquina estropeada: —Mu… muer… ta… Li-di-a… muerta… Los labios pálidos, la respiración cortada, las manos ya ajenas. El jefe, don Víctor, sin perder un segundo, sujetó a Marcos por debajo de los brazos y casi lo arrastró hasta su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe, resonando como un trueno por dentro. —¿A dónde? ¿A dónde hay que ir? —gritaba en su cara, intentando devolver a Marcos a la realidad. Este se quedó como ciego, con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada. Tardó en parpadear, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla. —Al hospital infantil… el hospital municipal… —acertó, finalmente, a susurrar Marcos, como si cada palabra le desgarrara la garganta de dolor y miedo. El hospital quedaba demasiado lejos —demasiado lejos para quien acababa de escuchar la palabra más terrible de su vida. Don Víctor pisó a fondo. El todoterreno de un carril a otro; los semáforos, manchas de color sin sentido. Rojo, verde —¡qué más daba! En un cruce, un jeep negro apareció de lado justo delante, como salido de la nada. Les salvaron unos centímetros del choque. Don Víctor giró el volante, derraparon, las ruedas chillaron, saltaron chispas bajo los frenos. El otro jeep desapareció, dejando olor a quemado y la sensación de que la muerte les había rozado, casi tocado. Marcos ni lo notó. Las lágrimas no paraban. Encogido, con el puño en la boca para no romper a llorar. Y de pronto… una ráfaga. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos. Lidia tiene tres años. Una amigdalitis tan fuerte que el termómetro marca cifras de escalofrío. El 112 pone una inyección, recomienda supositorios. La pequeña Lidia, de pie sobre la cama en su pijama de conejitos, ardiendo de fiebre y de llanto. Irene lleva media hora intentando convencerla. Lidia solloza, se frota los ojos y al final cede: —Vale, ponlo… pero ¡no lo enciendas! Marcos se tiró al suelo de la risa. Hacía dos días que habían estado en la iglesia. Y ella recordaba que las velas se encienden. Don Víctor salió al paseo: largo, frío como una navaja y lleno de luces vespertinas. El recuerdo golpeó de nuevo. Semanas después, Lidia se trepa a lo alto del armario. Pequeña mona, ágil y desobediente. Ya está casi en el techo y grita orgullosa. Y, de repente, el armario se inclina, pesadísimo. ¡Bum! Cae como un piano. Irene grita; Marcos se lanza, pero es tarde. El estruendo parte la casa. Lidia sobrevivió. Moratones, lágrimas, un susto enorme y una tableta de chocolate para calmarle el llanto. Al verla, Lidia se pasó enseguida —como si alguien apretara un botón secreto. Dejó de llorar, se limpió la nariz con la manga y preguntó: —¿Me das dos? El chocolate: su botón mágico de la felicidad. Marcos pensó entonces que si dieran chocolate en los hospitales, la humanidad habría inventado la vida eterna. Y después… El silencio de casa, la lámpara encendida al caer la tarde. Irene dice: —Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Y Lidia, seria como nunca: —¿En el culo, o qué? Irene se tapa la cara, Lidia les mira como diciendo: “¿Y a vosotros qué os hace tanta gracia?” Ahora, en el coche, esa frase absurda se le clava en el corazón. Porque la vida está hecha de esas tonterías. Su vida. El jefe logró llevar a Marcos al hospital. Llegaron de golpe, como si el coche tuviera miedo de perder un segundo. —Lidia está viva —fue lo primero que oyó Marcos—. La han llevado directo a UCI, llevan horas sin decir nada. Dejaron pasar a Irene. A Marcos solo le quedaba rezar y esperar… —– Era la una de la madrugada, esa hora en la que el mundo parece detenerse y volverse infinitamente solitario. Marcos levantó la cabeza y fijó la mirada en la ventana del segundo piso, donde luchaba su niña por la vida. En la ventana, como en una mala película, apareció Irene. Quietísima, brazos pegados al cuerpo, la mirada atravesando el cristal, justo hasta él. Ni un gesto, ni un suspiro, ni deslizar el móvil. Le hizo señas, como si pudiera ahuyentar el miedo. Llamó —no contestó. Solo miraba, sombra, fantasma del amor que teme desaparecer si se mueve. Y entonces sonó su móvil. Breve. Brusco. Le dijeron solo: —Pase. Y colgaron enseguida. El pánico le envolvió tan denso, que el aire era sirope. Intentó levantarse —las piernas no respondían. El cuerpo no quería obedecer, como si el suelo intentara retenerlo a la fuerza, para evitarle escuchar lo peor. Sabía que tenía que entrar, pero el terror lo paralizaba. En ese momento, salió una enfermera. Joven y cansada, con unos zuecos blandos destrozados. Se acercó a él. Marcos la miraba y, por dentro, todo se vino abajo. Ya está. Fin. Lo va a decir. La enfermera se inclinó y le dijo, suave pero firme, como si dictara una sentencia —de esperanza: —Va a vivir. Ya ha pasado el peligro… Y el mundo se tambaleó. Los labios le temblaban, como si no fueran suyos. Sentado, intentaba pronunciar algo, aunque fuera un “gracias”, un “Dios mío”, al menos respirar hondo. Pero solo le temblaban las comisuras, las manos, y le caían lágrimas —calientes, vivas. —– A partir de esa noche, para Marcos, muchas cosas perdieron valor. Ya no le daba miedo perder el trabajo, ni hacer el ridículo ni parecer despistado. Solo una cosa, de verdad, le anclaba la vida: el recuerdo de aquella noche. La certeza de que el mundo podría romperse de golpe en cualquier segundo. De que alguien por quien serías capaz de mover montañas puede desaparecer de un soplo… Todo lo demás dejó de pesar. Como si el mundo de antes y el de después quedasen separados por una delgada línea de miedo. Todos los demás temores se disolvieron, como un ruido innecesario antes de la llegada del verdadero silencio.
Lo más importante La fiebre de Lucía subió de repente. El termómetro marcó 40,5 grados y casi al instante
MagistrUm
Es interesante
05
Viki permanecía mucho tiempo con el teléfono en la mano. La voz de su madre resonaba en sus oídos: húmeda, desolada, como la lluvia que nunca cesa.
Violeta permanecía inmóvil, con el móvil apretado contra la oreja. La voz de su madre le resonaba en
MagistrUm