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018
— ¿Después de tales palabras tengo que quedarme aquí, fingiendo que todo está bien y sonriendo? ¡No, celebren sin mí! — con estas palabras, Natalia cerró la puerta de un golpe.
¿Después de esas palabras tengo que quedarme aquí fingiendo que todo va bien y sonreír? No, ¡celebrad sin mí!
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037
Pues nuestra madre, regularcilla: una historia de suegras, reproches y el vínculo perdido entre madre e hijo en una familia española
Mi madre política no es precisamente una joya Lucía, ¿otra vez has dejado la toalla mojada en el gancho del baño?
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016
Hija de Corazón —Elena, ¡ni te imaginas! Aquí con Mateo hemos decidido volver el año que viene a Turquía —el padrastro irradiaba felicidad—, dice que necesita otra vez ese hotel con vistas al mar. ¿Qué le voy a hacer yo al hijo de sangre? Cómo, sin darse cuenta, puntualizó que era el “hijo de sangre”. —Me alegro mucho por vosotros —contestó ella, recordando lo felices que eran antes de que Mateo apareciese en el horizonte—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia. Que no había diferencia entre ser de sangre o no. Lo decía. Que para él era su hija, y que no importaba si de sangre o no. —Otra vez con lo mismo… Anda, Elena, tú eres mi hija, eso no se discute. Sabes que te quiero como si fueses de mi propia sangre. Pero Mateo… Sin querer, confirmó lo que ella sospechaba. —Mateo es hijo. Yo, simplemente una conocida. —¿Pero qué dices, Elena? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como hija… ¿Y alguna vez me has llevado al mar? En estos quince años que dices ser mi padre. Nunca la llevó. Arturo solía repetir que no había diferencia entre ella y Mateo, pero a Elena, que escuchaba cuánto hacía Arturo por su hijo, le resultaba obvia la diferencia. —No se pudo, Elena… Ya sabes, antes la economía era más apretada. No eres una cría, sabes lo que cuesta pasar dos semanas en un hotel de cinco estrellas… carísimo. —Entiendo —asintió Elena—, demasiado caro llevarme a mí. Pero para Mateo, al que conoces desde hace sólo medio año, ya quieres sacarte una hipoteca, para que “tenga dónde llevar a su mujer”. ¿Eso son gastos insignificantes cuando se trata de un hijo de sangre? —Que no, que no voy a sacar ninguna hipoteca. ¿Quién te ha dicho eso? —Buenos amigos. —Pues diles a esos buenos amigos que dejen de inventar chismes. Elena recuperó un poco el ánimo. —¿De verdad no la vas a sacar? —Claro que no. ¡Ah, por cierto! Adivina adónde vamos el sábado —y él mismo contestó—: ¡a los karts! Él en la universidad llegó a correr alguna carrerilla, y yo… pues a acompañarle. —Karts —repitió Elena—. Suena emocionante. —¡Claro! —¿Puedo ir con vosotros? —la pregunta salió de su boca sin pensar. Arturo, que evidentemente no quería llevarla, se apresuró: —Eeeh… Elena, te lo digo en serio, allí te aburrirías. Es más… cosa de hombres. Mateo y yo charlaremos de cosas de padre e hijo… Qué doloroso… —O sea… ¿te parece interesante para ti pero no para mí? —No es exactamente eso —Arturo vacilaba—. Es que no nos hemos visto en la vida, intentamos recuperar el tiempo perdido. Queremos ir los dos solos. ¿Lo entiendes? Cómo dolía ese “¿lo entiendes?” Tenía que entender que lo de sangre pesa más que lo de cariño. Que ahora su sitio estaba fuera de la cerca. Mateo además era perfecto. Creció sin padre, porque su madre nunca quiso contar a Arturo sobre el niño. Y, aun con todas las dificultades, era exitoso en todo. Inteligente, guapo y generoso. —Papá, he ayudado en el albergue de animales. He reparado las jaulas de los perros. —Papá, por cierto, ¿sabes que tengo matrícula de honor? —Papá, mira, he arreglado tu móvil. No era sólo hijo. Era el hijo perfecto. Aquella tarde, después de que Arturo, tras quedarse un poco más en casa de Elena, se marchó a la suya, ella revisó las fotos antiguas… boda de Arturo y su madre (la madre que falleció hace cinco años, dejándolos solos a Elena y Arturo). Y una foto en la casa del pueblo… Y otra cuando Elena terminó el colegio… Nada volvería a ser como antes. *** —Elena, ¿duermes? Tengo que preguntarte una cosa. Es urgente —el padrastro llegó incluso a las ocho de la mañana. —¿Y esa prisa…? Elena se apartó el flequillo y puso la cafetera. —Lo de la vivienda para Mateo. —¿Así que es verdad? —exhaló ella. —Perdona, sí… es cierto. —O sea, me has mentido. —No quería preocuparte. Pero necesito tu consejo. Creo que hay que correr. Se casará tarde o temprano. Y mientras es joven, hay que conseguirle aunque sea un pisito. Ya sabes cómo fue lo mío… —Pues haz una hipoteca —murmuró Elena, nada entusiasta en hablar del piso de Mateo. Así cualquiera vivía tranquilo. —Sí, sí, ya sé… Pero sabes cómo tengo el historial… Pero Mateo necesita ayuda. Se la merece. Merece que su padre, del que siempre estuvo privado, le compre un piso. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías? ¿Si te lo pido? —Depende de qué. —Te explico. Yo tengo doscientos mil euros. Eso da para la entrada. Pero el banco no me da crédito. A ti sí. Eres solvente. Lo firmaríamos a tu nombre, la hipoteca sería nuestra. Y yo pagaría las cuotas, por supuesto. La ilusión de que “no hay ninguna diferencia” entre ellos se rompió definitivamente. Había diferencia. No le pedía a Mateo el sacrificio. —O sea, para Mateo el piso y para mí el préstamo, ¿no? Arturo negó con un dolor tan sincero que parecía que la sugerencia fuese de Elena. —¡No digas tonterías! Yo pago… Sólo necesito que figure a tu nombre. Piensa… —Mira, Arturo, no estoy pensando en si acepto el préstamo o no. Estoy pensando en que ya no me ves como hija. Ahora tienes un hijo. Al que conoces desde hace medio año, y yo que llevo contigo quince años, eso no cuenta; importa que él es de sangre. —¡Eso no es cierto! —saltó Arturo—. Os quiero igual… —No. No es igual. —¡Elena, no es justo! Es que él es mi hijo… Telón. Ya no era su hija. Era adoptada, cómoda, útil… hasta que apareció el de verdad. —De acuerdo —Elena procuró ser amable—. No puedo, Arturo. Algún día tendré que comprarme piso yo. No me darán dos hipotecas. Parecía que sólo entonces él caía que ella tampoco tenía casa propia. —Ah, cierto, tú también… —ajustó el reloj—. Pero ahora, mientras no te lo compres, podrías ayudarme. Tengo algo ahorrado. No habría que poner mucho más. Sería sólo un par de años. —No. No pienso firmar nada a mi nombre. Ni esperaba que Arturo lo entendiese. —Vale —dijo él—, si no puedes ayudarme como hija, no pasa nada. Ya me las apañaré. Si alguna vez la consideró realmente su hija, ya no importaba. Ahora sólo veía a Arturo en las fotos. Una noche, al repasar su muro de redes, vio esto. Una foto en el aeropuerto. Arturo y Mateo. Ambos en chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Mateo, y debajo la firma—“Nos vamos a Dubái con papá. La familia es lo primero”. Familia. Elena apartó el móvil. Recordó de pronto un episodio de cuando era niña, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tenía cinco años. Vivían con lo justo y se le rompió la muñeca que le había regalado la abuela. Lloraba y su padre le dijo: “Elena, ¿lloras por esa tontería? No me molestes”. Nunca había que molestarle. Solo le interesaba la botella. Se podría decir que Elena nunca tuvo padre. Pensó que Arturo sustituiría al que nunca estuvo. Poco después, Arturo intentó convencerla una vez más. —Elena, pensé que deberíamos hablar de tu desconfianza… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te lo he dicho claro: no. —Es que no entiendes la situación. Mateo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que reparar esa carencia. Ya es un hombre. Necesita un hogar. Y a ti solo te pido que esté a tu nombre, juro que no pondrás un euro. —¿Quién me repara a mí las carencias…? Y eso le molestó más de lo esperado. —Elena, basta ya. No quiero discusiones. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Mateo es mi verdadera familia. Cuando tengas tus hijos, lo comprenderás. Sí, os quiero de manera diferente, pero eso no significa que no te necesite. —Te sirvo de recurso. —¡Elena, por favor! Exageras. —Has cambiado totalmente por él en seis meses, Arturo —dijo ella—. No te pido que elijas, aunque la elección está clara. Lo has dicho: él es tu hijo de sangre. Yo… nunca he sido realmente tu hija. Pasaron seis meses. Arturo no llamó. Ni una vez. Un día, al mirar otra vez las redes, vio una foto nueva. Arturo y Mateo. De fondo, las montañas. Arturo con ropa de esquí de última moda. El pie de foto: “¡Enseñando a papá a hacer snow! Aunque es algo mayor, con un hijo todo es posible”. Elena miró la imagen largo rato. Fue hacia su escritorio para terminar un informe, cuando recibió un mensaje. Número desconocido. “Hola, Elena. Soy Mateo. Papá me ha dado tu número, aunque no se atreve a llamarte. Me pide que te diga que ya ha encontrado la manera de arreglar lo del piso sin ti, y que piensa en ti. Además, le gustaría que vinieses a vernos en el puente de mayo. No sabe explicarte por qué, pero le hace mucha ilusión”. Escribió una respuesta, borrándola y cambiándola varias veces. “Hola, Mateo. Dile a Arturo que me alegro mucho de que todo le vaya bien. Yo también pienso en él. Pero no iré. Tengo mis propios planes para el puente. Me voy al mar”. No especificó que los billetes los compró ella sola, que el destino era San Sebastián y que no iría con su padre, sino con una amiga. Elena pulsó “enviar”. Y pensó que quizás podía ser feliz… sin él.
Hijo de sangre Elena, ¡no te imaginas! Matías y yo hemos decidido volver a ir a la Costa del Sol el verano
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083
Sergio compró el mejor ramo de flores y se fue a una cita. De buen humor, esperaba junto a la fuente, ramo en mano. Pero Leire no aparecía. Miró a su alrededor y la llamó por teléfono. Nadie contestó. “Quizás llega tarde”, pensó mientras volvía a marcar. Esta vez, Leire contestó. “Ya estoy aquí, ¿dónde estás tú?”, preguntó Sergio enseguida. “¡Entre nosotros todo ha terminado!”, soltó de repente Leire. “¿Qué? ¿Por qué?”, se quedó helado Sergio. “¡Todo es por tu ramo de flores!”, exclamó la chica inesperadamente. “¿Y qué le pasa a mi ramo?”, preguntó sorprendido, sin entender nada. Sergio llevaba ya un buen rato dando vueltas por la floristería. Rosas burdeos, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en maceta y en jarrón, reunidas en ramos lujosos y elegantemente decorados para todos los gustos. Pero Sergio se mostraba indeciso. Recordaba que había hablado con Leire de flores, pero costaba hacer memoria del contenido de aquella charla. Ella claramente mencionó que había flores que no le gustaban y otras que adoraba y se quedaba mirándolas para siempre. Pero aquella vez, en su primer encuentro, Leire hablaba mucho, y Sergio estaba demasiado emocionado tanto por la nueva amistad, como por el vino espumoso del café, y por la propia Leire. Siempre había sido un gran conversador, pero esta vez solo asentía y contemplaba a la joven, su largo pelo liso, la elegante línea de su cuello y los hoyuelos en sus mejillas mate. ¿Será esto el amor? Y al fin y al cabo, ¿qué importaba lo que había dicho ella? ¡La noche era preciosa! Y ahora, por más que lo intentaba, no lograba recordar qué flores le gustaban. – Mire qué gerberas tenemos, ¡no las encontrará en ningún otro sitio! No es época, es una variedad especial – le ofrecía la florista. Él ya iba con prisa. Había que decidirse. Y como siempre, en el peor momento posible, justo cuando iba a pedir el ramo, sonó el móvil: era su madre. Últimamente llamaba demasiado. – Sergio, ¿te has decidido? Es viernes, ¿vendrás este fin de semana? – No, mamá, tengo cosas que hacer… – Tu abuela está impaciente, todo el rato mira la puerta, pregunta por ti. – Mamá, perdona, de verdad, tengo mucho que hacer… Sergio se despidió rápido. Su madre le pedía que fuera al pueblo, donde vivía con su abuela. No era la primera llamada: Sergio sentía ya cierta irritación. ¿Qué pasa con la abuela? Hace tiempo que está delicada… es mayor… Pero no puede dejarlo todo y quedarse con ella siempre. ¡También tiene su vida! Eso, exactamente, era lo que ocupaba sus pensamientos: su nueva relación. Sergio ya soñaba y hacía todo lo posible porque sus sueños se cumplieran. Si la cita de hoy salía bien, mañana podría invitar a Leire a las afueras de la ciudad. Sergio ya sabía a dónde: hay un merendero precioso por allí cerca. En el fondo, su madre hace tiempo quería que Sergio encauzara su vida sentimental, así que iba a encargarse de eso. ¡Si tan solo lograra recordar qué flores le gustaban a Leire! ¡Maldita memoria! En realidad, tampoco le apetecía mucho memorizar todas esas cosas de mujeres. ¿Era tan importante? La florista, ya cansada de sugerir, observaba en silencio a Sergio. “Creo que Leire mencionó algo sobre las espinas de las rosas… ¡Quizás mejor no llevar rosas!” Así que Sergio se inclinó por un ramo grande de gerberas rosas y blancas. Al fin y al cabo, era un detalle. Tenía que volver al trabajo: se acababa el descanso. Quedaron junto al nuevo fuente en la ciudad. Sergio iba tarde; su jefe lo había retenido de improviso a una reunión extra. Al parecer, le esperaba un ascenso. Llamó a Leire para avisar que llegaría con retraso y puso el móvil en silencio. Durante la reunión su madre llamó varias veces, pero Sergio no respondió: no podía. Luego fue corriendo a su cita. De buen humor aparcó cerca y casi corriendo llegó a la fuente, con su ramo de gerberas. Leire no estaba por ninguna parte. Miró alrededor, dio una vuelta y la llamó. Nadie contestó. Sergio se sentó en un banco. Igual era ella la que llegaba tarde. Se acordó de que no había devuelto la llamada a su madre, pero no quiso llamar justo entonces, por si Leire aparecía. Pero no hubo llamada. Diez minutos después, Sergio mismo volvió a marcar. Esta vez Leire contestó. – Leire, ¿dónde estás? Ya te espero. – Lo sé. Estoy en la cafetería de enfrente, llevas rato a la vista desde el segundo piso. – ¿En serio? – buscó con la mirada en los ventanales alargados, pero no la vio – No te veo. ¿Bajas? O… – Has llegado tarde – le cortó ella. – Ya, Leire, lo siento. Te llamé antes, fue culpa del jefe, me retuvo sin querer. – ¡Y LAS FLORES! – ¿Qué pasa con las flores? – Sergio no entendía nada. – ¡Ni siquiera recuerdas cuáles son mis favoritas! – Leire, ¡es que no había! – ¿Rosas? ¿No recuerdas que me gustan las rosas? ¡Las hay en todas partes! Te lo he dicho mil veces… que las rosas son mis favoritas… Y tú… – Voy a arreglarlo… Ahora mismo entro y te busco. Y Sergio entró en la cafetería. Leire estaba al fondo. Sentada, de espaldas a la ventana. Sergio se acercó despacio, y sin atreverse a dar el ramo en mano, lo dejó en la mesa. Leire ni lo miró. Sergio, buen conversador de siempre y sintiéndose culpable, lo dio todo intentando suavizar la situación. Le pareció que funcionaba. Leire sonreía. Tomaron un café y se dirigieron a la salida, Leire sin mirar el ramo: – ¡Os habéis dejado el ramo! – les llamó una camarera simpática. – ¡Es para ti! – respondió Sergio sonriendo. – Ay, gracias – contestó la chica, sorprendida pero encantada. Leire, en cambio, volvió a cambiar el gesto. – Leire, te compro ahora mismo un ramo enorme de rosas. – Gracias – dijo, cortante – No hace falta, ya hoy he tenido demasiadas flores. Bajaban las escaleras. Sergio iba detrás de su amiga, ofendida. De nuevo, el móvil: su madre. – Perdón, igual llamo en mal momento… Leire no oyó nada. – No, para nada, mamá. Es el momento justo. Voy. Mañana voy. Aquella noche, Sergio y Leire se despidieron sin promesas. Él ya entendía que no se verían más. Y al día siguiente, ya iba volando entre campos conocidos. Allá, hasta el horizonte, un mar de mil colores. Lleno de vida, vibrante en el aire, salvaje bajo el viento. Sergio se detuvo y bajó hasta aquel océano multicolor. Como el florista de la tienda, escogía con cuidado entre tantas flores las que más le gustaban. Sabía con certeza que quienes le esperaban estarían contentas, aquí no podía fallar. Al cruzar la puerta de casa, partió el ramo en dos. Su madre brillaba y le llenaba de besos, y su abuela… Ayudaron a la abuela a levantarse. Con manos temblorosas cogió su ramo, acariciándolo apenas – la vista ya le fallaba. ¡Hacía tanto que no le regalaban flores! Se acercó al ramo y aspiró con toda el alma aquel aroma inolvidable, guardado en su memoria desde la juventud, y que ahora surgía de nuevo al olor de los campos, estremeciendo su espíritu. No eran meros recuerdos, sino el sentimiento vivo de aquellos días, la esperanza de algo nuevo, radiante y presente. ¡Qué maravilla! La vida sigue, la vida continúa en su nieto. Sergio se sentó junto a la abuela y puso la cabeza sobre sus rodillas. Ella le acariciaba, temiendo estropear el ramo que tenía tan querido… Tendido ahí, Sergio pensó que algún día encontraría a su chica, alguien muy parecido a aquellas dos mujeres tan queridas. Y se amarían como se amaron su abuelo y abuela, sus padres. Lo fundamental es sentirlo a tiempo. La abuela no quería dar las flores a su hija. – Espera… primero pon agua… del pozo, en un jarrón ancho… despacio, déjalo aquí… para que pueda mirar… El nieto regaló flores. Flores que por fuera son millón, pero éstas… Éstas son las mejores. Éstas las trajo el nieto.
Sergio ha comprado el ramo de flores más bonito y sale hacia su cita. De buen humor, espera junto a la
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055
Hija de Corazón —Elena, ¡ni te imaginas! Aquí con Mateo hemos decidido volver el año que viene a Turquía —el padrastro irradiaba felicidad—, dice que necesita otra vez ese hotel con vistas al mar. ¿Qué le voy a hacer yo al hijo de sangre? Cómo, sin darse cuenta, puntualizó que era el “hijo de sangre”. —Me alegro mucho por vosotros —contestó ella, recordando lo felices que eran antes de que Mateo apareciese en el horizonte—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia. Que no había diferencia entre ser de sangre o no. Lo decía. Que para él era su hija, y que no importaba si de sangre o no. —Otra vez con lo mismo… Anda, Elena, tú eres mi hija, eso no se discute. Sabes que te quiero como si fueses de mi propia sangre. Pero Mateo… Sin querer, confirmó lo que ella sospechaba. —Mateo es hijo. Yo, simplemente una conocida. —¿Pero qué dices, Elena? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como hija… ¿Y alguna vez me has llevado al mar? En estos quince años que dices ser mi padre. Nunca la llevó. Arturo solía repetir que no había diferencia entre ella y Mateo, pero a Elena, que escuchaba cuánto hacía Arturo por su hijo, le resultaba obvia la diferencia. —No se pudo, Elena… Ya sabes, antes la economía era más apretada. No eres una cría, sabes lo que cuesta pasar dos semanas en un hotel de cinco estrellas… carísimo. —Entiendo —asintió Elena—, demasiado caro llevarme a mí. Pero para Mateo, al que conoces desde hace sólo medio año, ya quieres sacarte una hipoteca, para que “tenga dónde llevar a su mujer”. ¿Eso son gastos insignificantes cuando se trata de un hijo de sangre? —Que no, que no voy a sacar ninguna hipoteca. ¿Quién te ha dicho eso? —Buenos amigos. —Pues diles a esos buenos amigos que dejen de inventar chismes. Elena recuperó un poco el ánimo. —¿De verdad no la vas a sacar? —Claro que no. ¡Ah, por cierto! Adivina adónde vamos el sábado —y él mismo contestó—: ¡a los karts! Él en la universidad llegó a correr alguna carrerilla, y yo… pues a acompañarle. —Karts —repitió Elena—. Suena emocionante. —¡Claro! —¿Puedo ir con vosotros? —la pregunta salió de su boca sin pensar. Arturo, que evidentemente no quería llevarla, se apresuró: —Eeeh… Elena, te lo digo en serio, allí te aburrirías. Es más… cosa de hombres. Mateo y yo charlaremos de cosas de padre e hijo… Qué doloroso… —O sea… ¿te parece interesante para ti pero no para mí? —No es exactamente eso —Arturo vacilaba—. Es que no nos hemos visto en la vida, intentamos recuperar el tiempo perdido. Queremos ir los dos solos. ¿Lo entiendes? Cómo dolía ese “¿lo entiendes?” Tenía que entender que lo de sangre pesa más que lo de cariño. Que ahora su sitio estaba fuera de la cerca. Mateo además era perfecto. Creció sin padre, porque su madre nunca quiso contar a Arturo sobre el niño. Y, aun con todas las dificultades, era exitoso en todo. Inteligente, guapo y generoso. —Papá, he ayudado en el albergue de animales. He reparado las jaulas de los perros. —Papá, por cierto, ¿sabes que tengo matrícula de honor? —Papá, mira, he arreglado tu móvil. No era sólo hijo. Era el hijo perfecto. Aquella tarde, después de que Arturo, tras quedarse un poco más en casa de Elena, se marchó a la suya, ella revisó las fotos antiguas… boda de Arturo y su madre (la madre que falleció hace cinco años, dejándolos solos a Elena y Arturo). Y una foto en la casa del pueblo… Y otra cuando Elena terminó el colegio… Nada volvería a ser como antes. *** —Elena, ¿duermes? Tengo que preguntarte una cosa. Es urgente —el padrastro llegó incluso a las ocho de la mañana. —¿Y esa prisa…? Elena se apartó el flequillo y puso la cafetera. —Lo de la vivienda para Mateo. —¿Así que es verdad? —exhaló ella. —Perdona, sí… es cierto. —O sea, me has mentido. —No quería preocuparte. Pero necesito tu consejo. Creo que hay que correr. Se casará tarde o temprano. Y mientras es joven, hay que conseguirle aunque sea un pisito. Ya sabes cómo fue lo mío… —Pues haz una hipoteca —murmuró Elena, nada entusiasta en hablar del piso de Mateo. Así cualquiera vivía tranquilo. —Sí, sí, ya sé… Pero sabes cómo tengo el historial… Pero Mateo necesita ayuda. Se la merece. Merece que su padre, del que siempre estuvo privado, le compre un piso. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías? ¿Si te lo pido? —Depende de qué. —Te explico. Yo tengo doscientos mil euros. Eso da para la entrada. Pero el banco no me da crédito. A ti sí. Eres solvente. Lo firmaríamos a tu nombre, la hipoteca sería nuestra. Y yo pagaría las cuotas, por supuesto. La ilusión de que “no hay ninguna diferencia” entre ellos se rompió definitivamente. Había diferencia. No le pedía a Mateo el sacrificio. —O sea, para Mateo el piso y para mí el préstamo, ¿no? Arturo negó con un dolor tan sincero que parecía que la sugerencia fuese de Elena. —¡No digas tonterías! Yo pago… Sólo necesito que figure a tu nombre. Piensa… —Mira, Arturo, no estoy pensando en si acepto el préstamo o no. Estoy pensando en que ya no me ves como hija. Ahora tienes un hijo. Al que conoces desde hace medio año, y yo que llevo contigo quince años, eso no cuenta; importa que él es de sangre. —¡Eso no es cierto! —saltó Arturo—. Os quiero igual… —No. No es igual. —¡Elena, no es justo! Es que él es mi hijo… Telón. Ya no era su hija. Era adoptada, cómoda, útil… hasta que apareció el de verdad. —De acuerdo —Elena procuró ser amable—. No puedo, Arturo. Algún día tendré que comprarme piso yo. No me darán dos hipotecas. Parecía que sólo entonces él caía que ella tampoco tenía casa propia. —Ah, cierto, tú también… —ajustó el reloj—. Pero ahora, mientras no te lo compres, podrías ayudarme. Tengo algo ahorrado. No habría que poner mucho más. Sería sólo un par de años. —No. No pienso firmar nada a mi nombre. Ni esperaba que Arturo lo entendiese. —Vale —dijo él—, si no puedes ayudarme como hija, no pasa nada. Ya me las apañaré. Si alguna vez la consideró realmente su hija, ya no importaba. Ahora sólo veía a Arturo en las fotos. Una noche, al repasar su muro de redes, vio esto. Una foto en el aeropuerto. Arturo y Mateo. Ambos en chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Mateo, y debajo la firma—“Nos vamos a Dubái con papá. La familia es lo primero”. Familia. Elena apartó el móvil. Recordó de pronto un episodio de cuando era niña, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tenía cinco años. Vivían con lo justo y se le rompió la muñeca que le había regalado la abuela. Lloraba y su padre le dijo: “Elena, ¿lloras por esa tontería? No me molestes”. Nunca había que molestarle. Solo le interesaba la botella. Se podría decir que Elena nunca tuvo padre. Pensó que Arturo sustituiría al que nunca estuvo. Poco después, Arturo intentó convencerla una vez más. —Elena, pensé que deberíamos hablar de tu desconfianza… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te lo he dicho claro: no. —Es que no entiendes la situación. Mateo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que reparar esa carencia. Ya es un hombre. Necesita un hogar. Y a ti solo te pido que esté a tu nombre, juro que no pondrás un euro. —¿Quién me repara a mí las carencias…? Y eso le molestó más de lo esperado. —Elena, basta ya. No quiero discusiones. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Mateo es mi verdadera familia. Cuando tengas tus hijos, lo comprenderás. Sí, os quiero de manera diferente, pero eso no significa que no te necesite. —Te sirvo de recurso. —¡Elena, por favor! Exageras. —Has cambiado totalmente por él en seis meses, Arturo —dijo ella—. No te pido que elijas, aunque la elección está clara. Lo has dicho: él es tu hijo de sangre. Yo… nunca he sido realmente tu hija. Pasaron seis meses. Arturo no llamó. Ni una vez. Un día, al mirar otra vez las redes, vio una foto nueva. Arturo y Mateo. De fondo, las montañas. Arturo con ropa de esquí de última moda. El pie de foto: “¡Enseñando a papá a hacer snow! Aunque es algo mayor, con un hijo todo es posible”. Elena miró la imagen largo rato. Fue hacia su escritorio para terminar un informe, cuando recibió un mensaje. Número desconocido. “Hola, Elena. Soy Mateo. Papá me ha dado tu número, aunque no se atreve a llamarte. Me pide que te diga que ya ha encontrado la manera de arreglar lo del piso sin ti, y que piensa en ti. Además, le gustaría que vinieses a vernos en el puente de mayo. No sabe explicarte por qué, pero le hace mucha ilusión”. Escribió una respuesta, borrándola y cambiándola varias veces. “Hola, Mateo. Dile a Arturo que me alegro mucho de que todo le vaya bien. Yo también pienso en él. Pero no iré. Tengo mis propios planes para el puente. Me voy al mar”. No especificó que los billetes los compró ella sola, que el destino era San Sebastián y que no iría con su padre, sino con una amiga. Elena pulsó “enviar”. Y pensó que quizás podía ser feliz… sin él.
Hijo de sangre Elena, ¡no te imaginas! Matías y yo hemos decidido volver a ir a la Costa del Sol el verano
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0132
— Mi nuera ha cerrado mi nevera y se ha ido de aquí, — está cansada de las constantes inspecciones de su suegra.
Te cuento lo que pasó en casa la semana pasada, y cómo me cansé de las inspecciones constantes de mi suegra.
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025
Mi marido me propuso vivir separados “para poner a prueba los sentimientos”… y cambié la cerradura
¿Sabes, Lucía? Creo que nos hemos vuelto unos extraños. La rutina nos ha devorado. Estaba pensando necesitamos
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033
Avivando las brasas del matrimonio — Oye, Leni… ¿Y si probamos una relación abierta? — propuso Víctor, con cautela. — ¿Qué dices? — Elena tardó en captar. — ¿Hablas en serio? — ¿Y qué tiene de malo? Es bastante normal, — replicó él, alzando los hombros e intentando disimular su nerviosismo. — Mira, en Europa la gente lo hace, es algo muy común. Incluso dicen que así se aviva el matrimonio. Acuérdate cuando decías que un poquito de dulce en la dieta no hace daño, ayuda a no perder el control. Pues lo mismo: en la vida, un poco de variedad nunca viene mal. Elena parpadeó, digiriendo la frase. Comparar a una amante con un bombón era el colmo del descaro. O de la estupidez. — Viti… — comenzó ella. — Si quieres irte, vete con dignidad. Yo te doy la libertad que pides, pero no me metas a mí en tus porquerías. — ¡No te pongas a la defensiva desde el primer momento! Yo te quiero, pero… la chispa se ha perdido. Nos vendría bien avivar el fuego, porque ahora dormimos espalda con espalda y sólo hablamos de la compra y de la factura de la luz. Nos hace falta un poco de meneo. No te limito, Len, puedes conocer a otro, divertirte un poco. ¿Eso es tan malo? Elena lo miró entrecerrando los ojos. Y por fin entendió: le estaba mintiendo. Esos ojos fugaces, el tamborileo nervioso de los dedos en la mesa… Sí, lo que quería era libertad, pero no a partir de hoy ni de mañana. La quería desde ayer. — Viti, sé sincero. ¿Ya tienes a otra, verdad? ¿Ahora me propones esto sólo para tranquilizar tu conciencia? — ¡Ya estamos…! — Víctor agitó la mano. — ¿Crees que te lo preguntaría si ya tuviera a alguien? Me arrepiento de haberlo sacado siquiera. Eres una chica de otra época, Len. Olvida el asunto… Después de eso, su marido se fue con aires de mártir ofendido a otra habitación. Elena se quedó a solas con sus pensamientos. Veinticinco años. Le había dado los mejores años de su vida, aguantó sus subidas y bajadas, la falta de dinero, las eternas jornadas laborales… que ahora veía con otros ojos. Ahora él estaba ahí, tan satisfecho, proponiéndole que fuera cómplice del crimen contra su propia familia. “Divertirse…” Vaya, qué palabra tan cómoda. Aquella noche durmieron en habitaciones separadas. Bueno, dormir… Elena no pegó ojo. Miraba al techo, luego por la ventana, preguntándose cómo habían llegado hasta allí. Hubo un tiempo en que Víctor le traía ramos de lilas, trabajaba duro para montar una boda preciosa y celebró el nacimiento de su hija. Pero ahora… Ojalá simplemente se hubiera ido. ¿Dónde estuvo el punto de no retorno? ¿Cuando dejó de maquillarse en casa por él? ¿O cuando él olvidó su aniversario por primera vez, culpando al trabajo? ¿Importaba ahora? Por un lado, pensó en pedir el divorcio y borrar todo de su cabeza. Por otro… ¿cómo olvidar media vida así de fácil? No habían tenido pasión, pero sí costumbre, una vida en común, todo construido entre dos. Víctor era su apoyo siempre. Su hija hacía tiempo que había volado del nido; quedaba la vejez por delante, y juntos se habían salvado y cuidado en momentos duros. Una vez, él incluso pidió un crédito para ayudar a la madre de ella. No todo el mundo lo haría. Dentro de Elena bullía una mezcla de rabia, miedo y dolor. “¿Será que piensa que no voy a encontrar a nadie? ¿Que soy una vieja que no le interesa a nadie, que me quedaré en casa, haciéndole la comida, tejiendo para los nietos y esperándole resignada mientras él sale por ahí?” No, desde luego. — Muy bien, — le soltó al marido por la mañana. — Si quieres, probamos lo de la relación abierta. — ¿Cómo? — Que acepto. Vamos a probarlo. A Víctor casi se le atraganta el té; esperaba otro escándalo, no esa calma repentina. — Bueno… mejor así. Igual hasta te gusta, — dijo rápidamente. — Por cierto, hoy llegaré tarde. Otra punzada dolorosa. ¿Tan pronto? …La tarde fue gris y silenciosa. Elena se sentía destrozada, traicionada. Como si hubieran valorado su vida y la vieran tan desfasada como un móvil antiguo. Se miró en el espejo. Sí, ojos cansados, arrugas, la piel ya no tan perfecta. Pero el cuerpo seguía en forma, el pelo abundante. ¿Y si seguía siendo atractiva? ¿No sería Víctor el del problema? Otros hombres la miraban. Como Andrés, jefe de otra sección, recién llegado de otra sucursal. Un hombre interesante: canas en las sienes, voz ronca, sonrisa pilla. Desde el primer momento, la llenó de atenciones; le abría la puerta, llevaba el café, la invitó a comer y, hace poco, a cenar. — Andrés, estoy a dieta. Se llama “casada”, — le contestó Elena. — Leni, el matrimonio es un sello en el DNI, no una cadena, — respondió él, sonriente. — Sin presión. ¿Quería Víctor que “se despejara”? Pues adelante. — Buenas noches, Andrés. ¿Sigue en pie tu invitación a cenar? Creo que por fin me apetece saltarme la dieta, — le escribió por WhatsApp. No era venganza. Sólo quería sentirse mujer otra vez, reconectar con su yo pisoteado durante dos días por su marido. …El resto de la tarde resultó sorprendente. Andrés era todo un caballero: arrimaba la silla, llenaba la copa en su momento, la escuchaba atento y la miraba como si fuera la única mujer del restaurante. Sintió vergüenza, pero también se despertaron emociones abandonadas: ilusión y deseos de ser el centro de atención. Por fin, algo en su vida era más emocionante que la cocina y los calcetines sucios de Víctor. — ¿Nos vamos a mi casa? — propuso Andrés tras el postre. — Paramos a por vino, vemos algo chulo… Seguimos pasándolo bien. Ella asintió, aunque por dentro una voz gritaba: “¡Reacciona!”. Pero se le venía a la cabeza la caradura de Víctor, sugiriendo que “se divirtiera”. Ya en casa de Andrés, el móvil empezó a vibrar sin parar. Era su marido. Rechazó la llamada una vez, otra, pero él insistió. — Dime, — contestó, esforzándose por ser firme. — ¿Dónde te has metido? — saltó Víctor. — ¡Son las diez, la nevera está vacía y tú no apareces! ¿Se puede saber qué te pasa? Elena se quedó a cuadros. Andrés, al oír la discusión, desapareció discretamente en otra habitación. El momento romántico se desvaneció. — Pues estoy en una cita, Viti. — ¿Cómo? ¿Qué cita ni qué niño muerto? — ¿Te lo explico con manzanas? Me lo propusiste tú: querías una relación abierta. Así que, me entretengo con otro. ¿Ya no hace gracia? Silencio. Después, Víctor estalló. — ¿De verdad te has liado ya con otro? ¡Era una broma! ¡Quería ponerte a prueba! ¿Tanto ansias tenías? ¡Has tardado poco en salir disparada! Elena se quedó helada. — ¿Y tú? ¿Dónde has estado esta noche? — ¡En la oficina! — gruñó él. — Pero te aviso: no quiero ni una sola porquería en casa. O coges tus cosas y te largas, o me voy yo. Nos vamos a divorciar. Colgó. Elena se quedó mirando al vacío, hundida. — ¿Todo bien? — preguntó Andrés, apareciendo. — Sí… nada grave, — intentó sonreír, sin éxito. — Leni… — Andrés miró el reloj. — Creo que lo mejor es que te vayas. Tienes cosas que resolver en casa. El cuento se esfumó: la carroza se hizo calabaza y el pretendiente, alguien que no quería meterse en líos ajenos. Era comprensible. Esperaba una velada ligera, y recibió un drama ajeno. Quizás debería haber presentado los papeles del divorcio desde el principio. Pero las buenas ideas siempre llegan tarde. Aquella noche no volvió a casa. Se alojó en un hotel. No quería enfrentarse a la furia de Víctor, necesitaba tiempo para asumir que nada volvería a ser como antes. Pasaron tres años… La vida, como escultora, fue eliminando por sí sola todo lo innecesario, aun a costa del dolor. Víctor encontró rápido otra pareja, antes del divorcio oficial. Pero justo cuando él y Elena vendieron el piso, la nueva se marchó con la mitad del dinero. Con Andrés nunca pasó nada. Coincidían en la oficina, pero solo como colegas. Elena entendió que muchos hombres que aceptan ser amantes desaparecen en cuanto hay hueco para algo serio. Pero ella ya no quiso buscar a nadie. Sola en su piso nuevo, descubrió tiempo y energía: antes lo consumía todo el hogar y Víctor. Ahora, empezó a vivir para sí misma. Piscina por las mañanas —adiós a los dolores de espalda— y clases de inglés para mantener la cabeza despejada. Se cortó el pelo, renovó el armario. Y lo mejor: se convirtió en abuela. Marina, su hija, tuvo una bebé hace medio año. Al principio, al estallar el escándalo del divorcio, se posicionó con su padre. Víctor se hizo la víctima y le pintó a Elena como la traidora que rompió la familia por un amante. Pero el tiempo pone todo en su sitio. Marina fue a ver a su madre para hablar, soltar reproches y mirarle a los ojos. Y vio a una mujer cansada, pero honesta, nada que ver con la “descarriada” que le vendió su padre. Elena contó la verdad: que fue idea de Víctor, que él llevaba años llegando tarde, que ella se sentía sola mucho antes. Marina, casada ya, lo entendió. Cuando Víctor se agenció una novia rápidamente, no dudó en quedarse con su madre. Ahora, Elena estaba en la cocina con Marina, acunando a la nieta. La pequeña Sonia le cogía el dedo con entusiasmo. — Por cierto, papá ha vuelto a llamar — comentó su hija, con fastidio. — Que si podía venir a ver a Sonia. — ¿Y tú? — Le he dicho que no estamos en Madrid. No quiero que venga, mamá. Después de las cosas que habla de ti, o que intenta reconciliarnos… Cada vez que aparece me pone de los nervios. Tampoco quiero que le meta cosas raras a la niña. Que siga con su libertad… Elena no dijo nada, solo apretó un poco más a su nieta. Víctor obtuvo lo que quería: plena libertad. Nadie reclamaba su atención ni le molestaba al ver la tele. Pero esa libertad tenía un regusto muy amargo a soledad. Y ya era demasiado tarde.
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