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038
El último verano en casa
El último verano en casa Joaquín llegó un miércoles, cuando el sol ya descansaba sobre los tejados de
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022
Nuestros nietos son adorables, pero ya no tenemos fuerzas para seguir manteniéndolos: la historia de unos abuelos españoles que lo dieron todo por su hija y su familia, hasta que su salud y sus recursos dijeron basta.
Nuestros nietos son adorables, pero ya no tenemos fuerzas para encargarnos de ellos. Se suele decir que
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047
Dejé de hablar con mi marido tras su humillante comportamiento en mi cumpleaños, y por primera vez le vi tener miedo: una historia sobre respeto perdido, silencios reveladores y el vacío tras veinte años de matrimonio en España
Diario personal, 12 de mayo He dejado de hablar con mi marido después de su numerito en mi cumpleaños
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018
No es nuestro hijo
Recuerdo, como si fuera ayer, aquel tiempo en que nuestra familia vivía en el barrio de Lavapiés, en
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034
Viviremos el uno para el otro: Una historia sobre la familia, el duelo y el perdón en la España actual
Vamos a vivir el uno para el otro Tras la muerte de su madre, Enrique consiguió recomponerse un poco.
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021
El misterio de la vieja postal Tres días antes de que un sobre amarillento irrumpiera en su vida, Natalia Sanz contemplaba la noche oscura desde el balcón de su estudio madrileño. Abajo brillaban las luces de la Gran Vía, mientras dentro, Lucas negociaba en alta voz una importante transacción. Olivia, agotada no por el trabajo —en eso era brillante— sino por el aire mismo que respiraba desde hacía años, apoyó la mano en el cristal frío. Todo en su vida seguía un ritmo tan predecible que incluso la pedida de mano se había vuelto un punto más en el plan quinquenal. Sentía un nudo en la garganta, mezcla de nostalgia y rabia muda. Sacó el móvil, abrió WhatsApp y escribió a una vieja amiga del colegio, ahora madre de dos en un caos de gritos y juguetes. El mensaje era breve, casi incomprensible para otro: «A veces creo que he olvidado cómo huele la lluvia de verdad. No esa niebla ácida de ciudad, sino la de campo, tierra mojada… y esperanza. Echo de menos un milagro sencillo. De papel, de esos que se pueden tocar». No esperaba respuesta. Era un grito lanzado al vacío digital, un ritual de consuelo. Se desahogó y lo borró sin enviar. Su amiga no le comprendería, pensaría que estaba en crisis o había bebido de más. Al minuto ya estaba otra vez junto a Lucas, que terminaba su llamada. —¿Todo bien? —preguntó él, mirándola de reojo—. Tienes mala cara. —Sí, claro —respondió ella, forzando una sonrisa—. Sólo necesitaba aire fresco. Viene bien cambiar… ¿sabes? De aire. —¿En enero? —él se rio—. Aire fresco en el norte… Quizá en Semana Santa, si nos sale buen trimestre. Volvió a la pantalla. Olivia cogió el móvil; una notificación: un cliente confirmaba su cita. Ningún milagro. Suspiró y se fue a la cama, repasando mentalmente su lista de tareas. *** Tres días después, revisando el correo, le llamó la atención una esquina sobresaliente. Cayó al suelo, en el parqué. Era un sobre denso, rugoso, color pergamino viejo. Sin sellos, sólo un cuño con una rama de abeto y una dirección. Dentro, una postal navideña auténtica, de cartón con relieve y purpurina dorada que se deshacía en los dedos. «Que en el nuevo año se cumplan tus sueños más valientes…», leyó Olivia con un vuelco en el pecho. Reconocía la letra. Era de Alejo, el chico de Segovia con quien había jurado amor eterno bajo los pinos. Cada verano de la infancia lo pasaba en ese pueblo, la época de su primer amor: construían cabañas, lanzaban petardos y se escribían entre cursos. Cuando la abuela vendió la casa, se perdieron el rastro. La dirección era la actual. Pero la postal estaba fechada en 1999. ¿Un error postal? ¿O el universo respondiendo a su grito de milagro sencillo? Olivia canceló reuniones y quedó con Lucas con una excusa. Se subió al coche rumbo a Segovia. Google decía que quedaba una pequeña imprenta. *** El taller “Copito” no era como imaginaba: ni tienda de souvenirs, ni olor a cera. Al entrar, la envolvió el aroma a madera, metal y vieja pintura, y el calor de una estufa invisible. El dueño, de espaldas, trabajaba en una máquina anticuada. Ni giró ante el timbre. Olivia carraspeó. Él se dio la vuelta despacio. Llevaba camisa a cuadros y mirada serena, ni curiosa ni servicial, simplemente expectante. —¿Suyo esto? —dejó Olivia la postal en el mostrador. Alejandro se acercó, se secó las manos en los pantalones y la alzó al trasluz, como una moneda antigua. —Nuestra, sí. Es el cuño del abeto. Año 99… ¿De dónde la ha sacado? —Me llegó a Madrid. Debió de perderse. Busco al remitente. La letra… la conozco. Él la observó con atención: su corte de pelo impecable, el abrigo caro, el rostro donde ni el maquillaje ocultaba el cansancio. —¿Para qué quiere encontrarle? —preguntó—. En veinticinco años hay quien nace y quien muere. Y quien olvida. —Yo no he muerto —respondió ella, inesperadamente firme—. Ni he olvidado. Él la invitó a una esquina con tetera. Sin esperar respuesta, sirvió dos tazas desportilladas. Así empezó todo. *** Tres días en Segovia fueron para Olivia el regreso al origen. El silencio donde se oye caer la nieve. El calor real del fuego. Alejandro no hizo preguntas; le mostró clichés antiguos, grabados en cobre con ciervos y copos, y le habló del arte de mezclar la purpurina para que no se caiga. Entre ambos surgió una complicidad insólita. Dos soledades encontrando su mitad: ella, búsqueda y vértigo; él, refugio firme y verdadero. Donde Lucas sólo medía el éxito, Alejandro era guardián de la belleza simple, de lo auténtico. Allí, la ansiedad callaba al fin. El día que Lucas llamó, ella miraba por la ventana cómo Alejandro partía leña al compás tranquilo del campo. —¿Dónde te metes? —dijo la voz distante—. Compra hoy un árbol; el nuestro de plástico está roto. Simbólico, ¿eh? Frente al árbol natural, decorado con bolas antiguas, Olivia suspiró. —Sí… muy simbólico —susurró antes de colgar. *** La verdad llegó la víspera de Año Nuevo. Alejandro le mostró un boceto envejecido: el texto de la postal. —No era tu Alejo. Era mi padre, y nunca le llegó a mi madre. La historia se repite. La magia se desvaneció. No había milagro, sólo ironía. Olivia entendió que refugiarse en el pasado había sido una ilusión bella pero errónea. —Debo irme —susurró ella, recogiendo sus cosas—. Allí tengo… todo. Boda, contratos. Él lo aceptó en silencio. No la retuvo; en su reino de papel sólo podía guardar calor en sobres, no detener el frío que venía de otro mundo. —No soy mago, sólo impresor. Hago cosas tangibles, no castillos en el aire. Pero, a veces, el pasado nos manda espejos, para ver lo que pudimos ser. Se volvió a la máquina, dejándola marchar. Al irse, Olivia vio la postal antigua en el mostrador. También otra, recién impresa: el mismo cuño del abeto y otra frase: «Que nunca te falte valentía». Comprendió. El milagro no era la postal. Estaba en ese instante. En elegir. Ni él iría a su mundo, ni ella volvería al de Lucas. Salió a la noche fría y estrellada sin mirar atrás. *** Un año después, ya en diciembre, Olivia no volvió a su vieja empresa. Rompió con Lucas y fundó una pequeña agencia de eventos “concientes”: íntimos, con alma, con invitaciones de papel estampadas en Segovia. No tenía menos trabajo, pero sí sentido. Aprendió a escuchar el silencio. El taller “Copito” acoge ahora talleres creativos. Alejandro acepta pedidos online, elige a sus clientes, y sus postales, algo más famosas, le mantienen. El proceso sigue siendo el mismo. Apenas se escriben, sólo por cuestiones de trabajo. Pero hace poco Olivia recibió una postal con un sello de pájaro en vuelo y dos palabras: «Gracias por tu valentía».
El misterio de la vieja postal Tres días antes de que un sobre amarillento irrumpiera en su vida, Alba
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098
Los familiares abandonaron a los gatitos en la calle sin miramientos. El corgi salió tras ellos y se negó rotundamente a volver a casa. Para él, todo había terminado…
Los parientes sacaron la caja con los gatitos a la calle sin pensarlo dos veces. Corgi los siguió en
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Familia por un Tiempo
Eres una entrometida que adora meterse en las familias ajenas escupió Yolanda, con la voz rasgada por la rabia.
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099
Vete, Kike Los platos con la cena fría seguían sobre la mesa. Marina los miraba sin ver. Lo único que veía claramente eran las cifras del reloj, avanzando despacio, casi con burla. 22:47. Kike había prometido estar en casa a las nueve. Como siempre… El móvil en silencio. Marina ya no estaba enfadada. Todo lo que había quedado vivo dentro de ella se había apagado por completo, dejando solo un cansancio frío. Cerca de las once y media, la llave chirrió en la cerradura. Marina ni siquiera giró la cabeza. Seguía sentada en el sofá, envuelta en la manta, mirando a un punto fijo. —Hola, cariño. Perdona, me he quedado liado en el trabajo —en la voz cansada de Kike sonaban unas notas falsas de ánimo. Siempre hablaba así cuando mentía. Se acercó y se inclinó para besarla en la mejilla. Marina se apartó de forma mecánica. Apenas perceptible, pero él lo notó. —¿Pasa algo? —preguntó, quitándose la bufanda. —¿Te acuerdas de qué día es hoy? —la voz de Marina era suave, apagada. Él se quedó inmóvil un instante, pensando. —Miércoles. ¿Por qué? —Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a verla con una tarta. Tú lo prometiste. La cara de Kike cambió al instante. La sonrisa desapareció, dando paso a culpa y pánico. —Madre mía, Mari, se me ha pasado completamente. Perdóname, de verdad, en el trabajo… no hay quien acabe. Le llamo mañana, seguro. Se fue a la cocina. Marina escuchó a Kike trastear en la nevera, oyó el tintineo de los platos. Siempre se refugiaba así: entre el ajetreo de tazas y cubiertos lograba esquivar las preguntas incómodas. Pero esa noche, ella no pensaba perdonarle. Se levantó y fue hasta la puerta de la cocina. —Kike, ¿con quién “te quedaste atrapado en el trabajo” hoy hasta las once de la noche? Él se giró. La mano que sujetaba el brick de leche temblaba: —Con el equipo. Vamos a lanzar un proyecto nuevo. Las fechas nos pisan los talones. Ya sabes cómo van estas cosas. —Lo sé —asintió ella—. Y también sé que a las tres de la tarde llamaste diciendo: “Len, lo entiendo todo, pero tengo que arreglarlo”. Len. Elena. Su exmujer. El fantasma que llevaba tres años viviendo con ellos. El fantasma del frío de reproches y silencios. Kike palideció. —¿Me estabas escuchando? —No hacía falta. Hablabas tan alto en el baño que te oí perfectamente. Él dejó el brick sobre la mesa y se dejó caer en la silla. —No es lo que crees. https://clck.ru/3R8onP —¿Y qué se supone que tengo que creer? —por primera vez la voz de Marina se quebró un poco. —¿Que llevas medio año con los nervios a flor de piel? ¿Que desapareces cada noche? ¿Que me miras sin verme? ¿Qué pasa, lo intentas arreglar con ella? Dilo claro. Puedo soportarlo. Agachó la cabeza, Kike miró sus manos. Manos fuertes, hábiles, capaces de montar cualquier mecanismo, pero incapaces de construir una vida feliz. —No pienso volver con ella —susurró él al fin. —¿Entonces qué? ¿Acaso te acuestas con ella otra vez? —¡No! —en su mirada había tanta sinceridad y desesperación que Marina dudó por un momento—. Mari, te lo juro, no hay nada de eso. —¿Entonces qué? ¿Qué es lo que “arreglas”? —casi gritó ella—. ¿Le pagas las deudas? ¿Le resuelves los problemas? ¿Vives su vida en vez de vivir conmigo? Kike guardó silencio. Las palabras que Marina había estado conteniendo salieron solas. —Vete, Kike. Ve con ella si tan importante es. O con quien tengas que irte. Arregla tus errores. Pero déjame en paz. No puedo más. No quiero más. Se disponía a salir cuando Kike se levantó y le cortó el paso: —¡No tengo dónde ir! ¡No hay ninguna Elena! Ni nueva ni antigua. Yo… no entiendo ni lo que me pasa. Solo quiero… arreglarlo todo. Se giró, luchando con el nudo en la garganta. —No hables en acertijos —su voz era apenas un susurro. —¿Quieres saber qué arreglo? —Kike explotó—. ¡A mí mismo! O lo intento, pero no puedo. ¿Lo entiendes? Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena, creíste en mí cuando ni yo creía. Contigo tenía que salir bien. Yo tenía que salir bien —nuevo, correcto—. Pero nada me sale. Vuelvo a estropearlo todo: olvido cumpleaños, me quedo en el trabajo aunque sé que me esperas. Me callo. Miro tus ojos y veo cómo se apaga la luz en ellos, igual que se apagó en los suyos entonces. Marina guardó silencio. —No quiero buscar a otra —susurró Kike—. Temo que otra vez sería igual. Volvería a fastidiarlo, haría llorar a alguien más. No sé ser marido. No sé vivir en pareja… Día a día. Sin dramas, ni gritos. Acabo derrumbándolo todo. No es vivir, es caminar en la cuerda floja, temiendo caer. Y tú… tú también pareces muerta por estar a mi lado… Kike miró a Marina. Por primera vez su mirada era honesta, perdida: —Así que el problema no eres tú. Ni es Elena. El problema soy yo… Marina escuchó ese batiburrillo de excusas y de repente lo vio claro: Kike no la había traicionado con otra mujer, sino con su miedo. No era un villano, solo era un hombre perdido, que no sabe vivir. —¿Y ahora qué, Kike? —dijo sin rastro de reproche—. Ya te has dado cuenta de todo. ¿Y ahora qué? —No lo sé —reconoció él, sincero. —Entonces aclárate —le salió de golpe—. Ve al psicólogo, búscalo en los libros, dátela contra una pared, haz lo que sea. Pero deja de dar vueltas, de buscar el botón mágico que arregle tu desastre. No existe. Solo queda trabajo. Sobre ti mismo. Hazlo. Tú solo. Sin mí. Salió de la cocina, pasó por el recibidor, se puso el abrigo. *** La puerta se cerró. Kike se quedó solo en el silencio, solo roto por el golpeteo de la lluvia. Se acercó a la ventana, vio cómo el silueta de Marina se disolvía en la oscuridad mojada y notó un peso increíble. El peso de lo que se había quedado con él. Su vacío ya no era un fantasma. Estaba allí, en ese piso vacío, en la cena fría, en las manos que no supieron retener nada. Y, en lugar de correr tras Marina, fue a por una botella de coñac…
Las vajillas con la cena fría seguían allí, encima de la mesa. Clara las miraba, sin verlas de verdad.
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037
Sin rastro de magia El Año Nuevo se acercaba con la fuerza imparable de un tren a toda velocidad. A Elena, aquella prisa le dejaba sin aliento. Era como estar parada en el andén, sabiendo que no tenía billete, que nada saldría bien, que la felicidad —y el espíritu navideño— simplemente no llegarían. ¿Y para qué había invitado a gente? ¿A quién le apetece celebrar el Fin de Año con una fracasada? *** El 31 de diciembre empezó con una catástrofe doméstica: la lavadora, fiel durante diez años, decidió jubilarse organizando una auténtica inundación en el baño. Buscar un fontanero en Nochevieja era peor que una gincana imposible. Después de horas de nervios y llamadas, Elena lo logró. Suspiró con alivio, convencida de que se acababan los problemas. Pero… Por la tarde, su gato naranja, Basilio el gourmet autoproclamado, se zampó toda la mortadela que Elena tenía preparada para la ensaladilla rusa, dejándole solo guisantes tristes y pepinillos para decorar. Y ahí no acabó la cosa. Al gato le pareció poco y decidió “cazar” al carbonero que se apoyó en la ventana abierta… La enorme maceta de ficus cayó del alféizar, enganchó el árbol de Navidad y consiguió apagar para siempre la antigua guirnalda que Elena tanto adoraba. https://clck.ru/3R634b Los restos de la maceta y los adornos navideños de su infancia quedaron mezclados con tierra. A punto estuvo Elena de llorar, recogiendo todo aquel desastre. Luego vino una jarra rota, el pollo quemado y la gota que colmó el vaso: justo cuando los invitados ya estaban llegando, Elena se dio cuenta horrorizada de que había olvidado el roscón. Llamó a su hermana presa del pánico: — ¡Cata, desastre! ¡No tengo roscón! — ¡Tranquila! —contestó animada la voz al otro lado—. Ya estoy aquí abajo. Sal, que vamos a por él. — ¿Dónde estás? — ¡En la puerta, te digo! Al bajar, Elena se encontró un cuadro costumbrista: junto al coche de Cata, su mejor amiga María cargaba con una bolsa gigante y la tía Gala, con la clásica ensaladilla casera… ¡en barreño! — ¿Y para qué la ensaladilla, y encima tanta? —alucinó Elena. — ¡Por si acaso! —dictaminó su tía, experta en dar consejos que nadie pedía—. ¡Sé cómo cocináis ahora! ¡Y la noche es muy larga! ¿Al menos hay ensaladilla rusa? Elena se encogió de hombros. Mientras las chicas compraban el roscón, María colgaba serpentinas, en las que Basilio acabó enrollado tan ricamente, como si fuese un marciano recién aterrizado. El marido de Cata, Íñigo, llegó justo a tiempo desde el trabajo para rescatar al gato. Basilio no se resistió… hasta ver a su dueña. Se lanzó tan feliz a sus brazos que le dejó un buen arañazo a Íñigo. Le curaron entre todos e Íñigo, muy digno, se ofreció para ayudar en la cocina. Su ayuda consistía en disertar sobre que “la ensaladilla es un estado de ánimo, no una receta”, lo que a Cata y Elena les pareció más que suficiente. — Elena, ¿qué es esta caja? —gritó María desde el salón—. “¡Feliz Año Nuevo!”, pone. Ah, y un mensaje: “Abrir de noche. De la abuela Valeria.” Elena acudió: — ¡Ay, casi me olvido! ¡Cata! ¡Lo dejó la abuela antes de irse! Dijo que lo abriésemos en Nochevieja, sobre las dos. Prometió sorpresa. https://clck.ru/3R62hu — ¿Y qué será? —Cata miraba curiosa la caja—. ¡Ven, vamos a verlo ya! — ¡Ni hablar! Que dijo que lo comprobaría… Vete a saber si hay candado. Mejor esperamos. Como dijo la abuela. El suspense mantuvo a todos pegados a la caja, hasta la tía Gala, que la miraba de reojo con interés. *** Luego, escucharon el discurso del presidente, brindaron con cava, comieron “ensaladilla gatuna”, rieron, discutieron… y por fin, llegó el momento. — ¿Ya son las dos? —preguntó Elena. —Entonces… —levantó la caja— llegó la sorpresa de la abuela Valeria. La caja la abrió el único hombre presente. Íñigo toqueteó algo y alzó la tapa. Dentro, sobre una cama de algodón, reposaban decenas de notas enrolladas, bien atadas con cintas de colores. Cada una llevaba una pegatina con un nombre. — ¿Y esto? —preguntó asombrado Íñigo. Elena eligió la suya, con su nombre, y leyó en voz alta: — “Elenita, mi nieta querida. ¿Te ha salido todo mal hoy otra vez? ¿Se ha roto la lavadora? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? No pasa nada. Recuerda: cualquier problema es una excusa para pedir pizza y ver tu serie favorita. El roscón ya lo compras mañana. Lo importante es estar con quienes te ayudan a comértela. Te quiero hasta la Luna y de vuelta. Tu abuela Valeria.” Hubo un segundo de silencio, que estalló después en carcajadas. Elena se reía tanto que le saltaban las lágrimas. — Pero… ¿cómo lo sabía? — Eso es magia —susurró la tía Gala. — ¡A mí! —dijo Cata ansiosa, pidiendo su nota. Abrió la suya y leyó: — “Catita, cielo. Deja de discutir con Íñigo por tonterías. Mejor abrázale; es bueno, aunque filosofe demasiado. Si empieza otra vez, bésale. Es el antídoto más eficaz contra los discursos masculinos. Besos a los dos.” Íñigo se puso rojo hasta las orejas y besó a Cata, aplaudido por todos. María, desenvolviendo la suya, reía: — “María guapa. Busca el amor en la biblioteca o el súper, no en los bares. Allí hay gente normal, como tú, aunque no lleven pantalones ajustados. Y por favor, deja de teñirte de lila; tu color es precioso tal cual.” — ¡¿Cómo sabe lo del pelo?! —exclamó María—. ¡Si lo cambié hace dos días! Por último, la tía Gala leyó su nota, como si fuera un documento cifrado: — “Gala, querida. Eres la más sabia y enterada, pero hay un secreto que no sabes: los consejos y la amabilidad están muy bien, pero a veces lo mejor es callar y comerse un trozo de roscón. Un beso fortísimo.” La tía Gala miró la nota, se puso roja, se calló y agarró un trozo de roscón. Por primera vez en años, no dio ni un consejo en toda la noche. https://clck.ru/3R636x Las risas y charlas siguieron hasta el amanecer. Las chicas llamaron en videollamada a la abuela Valeria, que sonriente, sentada en su sillón de otra ciudad, les dijo: “¡Queridas mías! ¡Me alegro tanto de que os haya gustado la sorpresa! ¡Y sin magia! Es solo que os conozco muy bien. Y os quiero muchísimo.” Al día siguiente, mientras recogía los restos de la fiesta, Elena guardó todas las notas en un tarro bonito y lo puso bien a la vista. No eran simples deseos: era la receta de la felicidad de su abuela. No temer al caos, reírse de los infortunios, querer a los que te rodean y comer lo que te apetezca, pero sin pasarse. Y sobre todo, recordar que el mejor regalo es saber que, en algún lugar, hay alguien que te quiere y te entiende. Siempre.
Ninguna magia El Año Nuevo se acerca con la velocidad de un tren AVE que cruza Castilla. A Inés esa rapidez
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