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0226
La Casa de Campo Extranjera
Hace un año, los Delgado compraron una casa de campo. Al llegar a los cincuenta, Pedro sintió un fuerte
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026
Sólo una amiga de la infancia —¿En serio piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el garaje? ¿Toda la tarde? —Alba pinchó un trocito de tarta de queso y, con una ceja arqueada, le lanzó una mirada irónica al alto muchacho pelirrojo. Iván se recostó en la silla, calentándose las manos con una taza de capuchino ya frío. —Alba… No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Por ahí tiene que estar mi colección de envoltorios de “Boomer”, ni más ni menos. ¿Te imaginas qué joyas? —Madre mía. ¿Guardas envoltorios desde cuándo? Alba bufó y sus hombros temblaron con una risa apenas contenida. Aquella cafetería, con sus sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados, hacía mucho que era territorio propio. La camarera, Marina, ni siquiera les preguntaba qué pedir — sencillamente les servía el capuchino de él, el latte de ella y el postre del día para compartir. Tras quince años de amistad, ese ritual era puro instinto. —Vale, lo confieso —Iván le saludó con la taza—, el garaje puede esperar. Y los tesoros también. Quique ha organizado una barbacoa el domingo, por cierto. —Lo sé. Ayer pasó tres horas eligiendo parrilla por internet. Tres. Horas. Creí que me iba a dar algo del aburrimiento. Su risa se fundió con el zumbido de la cafetera y las conversaciones a media voz del resto. …Entre ellos no existían silencios incómodos ni palabras a medias: se conocían tan bien como la palma de su mano. Alba recordaba cómo Iván, un tierno chaval de primero de la ESO con los cordones siempre sueltos, fue el primero en acercarse a ella en clase nueva. Iván recordaba cómo ella, la única, no se burló jamás de sus gafas de pasta. Quique aceptó aquella amistad desde el primer día, sin celos ni sospechas. Observaba a su esposa y a su amigo de la infancia con esa calma de quien confía en sí mismo y en quienes ama. En las noches de viernes con “Monopoly” y “UNO”, Quique era el que más reía cuando Iván volvía a perder al “Scrabble”, y quien rellenaba las tazas de té mientras los otros dos discutían por el reglamento del “Tabú”. —Hago trampas, por eso siempre gano —proclamó Alba una vez, lanzándole las cartas a su marido. —Eso se llama estrategia, mi querida esposa —replicó impasible Quique, recogiendo la baraja. Iván los contemplaba entonces con una sonrisa cálida. Le gustaba ese hombre: sólido, fiable, con un sentido del humor tan seco que tardabas en saber si bromeaba o iba en serio. Con Quique, Alba florecía, se volvía más luminosa y feliz, y él, de corazón, se alegraba por su amiga. El equilibrio se trastocó cuando llegó Vera… …La hermana de Quique apareció en la puerta hace un mes con los ojos enrojecidos y la firme decisión de empezar de cero. El divorcio la había dejado vacía, sin fuerzas ni la menor ilusión de estabilidad. La primera noche en que Iván pasó a echar la partida de siempre, Vera despegó la vista del móvil y lo observó atenta. Algo hizo clic en su cabeza, como un reloj olvidado que vuelve a latir. Tenía delante a un hombre sereno, de mirada bondadosa, con esa sonrisa que invita a sonreír. —Este es Iván, mi amigo desde el cole —lo presentó Alba—. Vera, la hermana de Quique. —Encantada —saludó Iván, tendiéndole la mano. Vera apretó su mano unos segundos más de lo aconsejable. —Igualmente. A partir de ahí, sus “casuales” encuentros con Iván se hicieron rutina. Cada vez que Alba y él estaban en su café favorito, allí aparecía Vera. Cada vez que Iván cruzaba la puerta, Vera surgía con una bandeja de galletas. Se sentaba a la mesa de juegos tan cerca de Iván que se rozaban los hombros. —¿Me pasas esa carta de ahí? —Vera se inclinaba sobre su brazo, con el pelo rozándole el cuello, como sin querer—. Ay, perdona. Iván se apartaba con delicadeza, murmurando una excusa. Alba cruzaba una mirada con su marido, pero Quique solo encogía los hombros: su hermana siempre había sido excesiva… El coqueteo subió de tono. Vera le lanzaba miradas, halagos, encontraba cualquier pretexto para tocarle. Se reía de sus chistes con tanta fuerza que Alba sentía que le pitaban los oídos. —Qué manos tan bonitas tienes, dedos tan finos, parecen de músico —soltó una vez Vera, atrapando la mano de Iván sobre la caja de fichas—. ¿Tocas algún instrumento? —Pues… soy programador. —Igualmente, preciosas. Iván liberó su mano y se refugió en sus cartas. Las orejas, rojas como tomates. A la tercera invitación a tomar café “en plan amigos”, Iván se rindió. Vera le gustaba: intensa, vital, apasionada. Quizá, pensó, si lo intentaban, ella dejaría de mirarle con hambre y todo volvería a su cauce. Las primeras semanas marcharon bien. Vera rebosaba alegría, Iván se tranquilizó, las veladas volvieron a la normalidad… Hasta que Vera se dio cuenta de algo que habría preferido no ver. Notó cómo Iván se iluminaba cuando llegaba Alba. Cómo su rostro se transformaba, se volvía abierto y cálido. Cómo enlazaban bromas sin esfuerzo, acababan las frases del otro, conservaban una complicidad invisible a la que ella no podía acceder. La envidia creció como una flor venenosa. —¿Por qué la ves tanto? —le espetó Vera, cruzándose de brazos ante la puerta. —Porque es mi amiga. Llevamos quince años así, Vera. Es… —¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo! ¡No ella! Las broncas volvieron una y otra vez. Vera lloraba, reprochaba, exigía. Iván explicaba, se justificaba, trataba de calmarla. —¡Piensas más en ella que en mí! —Vera, por favor. Es absurdo. Son solo cosas de amigos. —¡Los amigos no se miran así! El móvil de Iván vibraba cada vez que quedaba con Alba. —¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no contestas? ¿Otra vez con ella? Se habituó a dejarlo en silencio, pero Vera empezó a perseguirle. Surgía en la cafetería, en el parque, a la puerta de Alba —al borde del llanto y la rabia. —Por favor, Vera… —Iván se frotaba las sienes, derrotado—. Esto no es normal. —¡No es normal que estés más tiempo con la mujer de otro que conmigo! Alba también se cansó. Cada cita con su amigo se volvía una prueba de fuego. ¿Cuándo vendría Vera? ¿Qué escena montaría esta vez? —Quizá debería verme menos con… —intentó Alba una vez, pero Iván cortó: —No. Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por sus dramas. Ninguno de nosotros lo hará. Pero Vera ya había tomado su decisión. Si no era posible por las buenas, lo sería por las malas. Quique estaba en la cocina cuando Vera irrumpió. —Hermanito… Necesito decirte algo. No quería, pero… tienes derecho a saber la verdad… …Soltó la mentira por dosis, a llanto medido. Citas a escondidas, miradas demasiado largas. Cómo Iván le cogía la mano a Alba cuando nadie miraba. Quique la escuchó en silencio, impasible. Cuando Alba y Iván entraron una hora después, el ambiente en el salón era espeso como arroz con leche frío. Quique, medio recostado en el sillón, tenía el gesto de quien anticipa un gran espectáculo. —Siéntate —señaló el sofá—. Mi hermana me ha contado una historia fascinante sobre vuestro “amor secreto”. Alba se detuvo de golpe. Iván apretó los dientes. —Pero esto qué es… —Afirma haber visto cosas muy comprometedoras. Vera encogió el cuello, incapaz de mirar a nadie. Iván se giró hacia ella tan bruscamente que Vera se echó atrás. —Basta, Vera. Ya está bien. Ya he aguantado tus ataques demasiado tiempo. Su rostro era de pura furia. El Iván de siempre, paciente, se había esfumado. —Se acabó. Lo dejamos. Ahora mismo. —No puedes… Sus ojos sí eran de auténticas lágrimas esta vez. —¡Es culpa de ella! —acusó, señalando a Alba—. ¡Siempre la eliges a ella! Alba esperó unos segundos a que el veneno se agotara. —Mira, Vera —afirmó con calma—, si no hubieras querido controlar hasta su último minuto, si no montaras un drama de la nada, nada de esto habría pasado. Has destruido sola lo que intentabas retener. Vera agarró su bolso y se fue dando un portazo. Entonces Quique rompió a reír, de verdad, echando la cabeza atrás. —Por fin, madre mía… Se levantó y abrazó a Alba por los hombros. —¿No te has creído nada, verdad? —Alba se le pegó al cuello. —Ni un segundo. Llevo años viéndoos juntos. Es como ver a dos hermanos peleando por la última rosquilla. Iván suspiró, por fin aliviado. —Perdona que te haya metido en este lío. —Anda ya. Vera es adulta, ella decide. Ahora a cenar: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por ninguna telenovela. Alba se echó a reír, suave, aliviada. Su familia seguía intacta. La amistad con Iván había resistido. Y su marido seguía demostrando, una vez más, que a su confianza no la vence ningún chisme. Fueron juntos a la cocina, donde la lasaña dorada brillaba bajo la luz de las lámparas y el mundo, por fin, recuperaba su forma habitual.
¿De verdad piensas pasar el sábado entero ordenando trastos en el trastero? ¿Todo el sábado?
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034
A FLOR DE PIEL… En esta familia, cada uno vivía a su manera. El padre, Alejandro, además de su esposa, tenía a veces alguna amante, y no siempre era la misma. La madre, Eugenia, sospechando las infidelidades del marido, tampoco era ejemplo de rectitud: le encantaba escaparse con un compañero casado del trabajo. Los dos hijos iban a su aire, nadie se ocupaba realmente de su educación, así que la mayor parte del tiempo andaban sin rumbo. Su madre aseguraba que el colegio debía hacerse cargo de los estudiantes. La familia sólo se juntaba los domingos en la cocina para comer rápido, en silencio y luego cada uno seguía con lo suyo. Así continuaría todo: cada uno en su propio y, a su manera, dulce y roto universo, si no fuera porque un día ocurrió lo irreparable. Cuando el menor, Denis, tenía doce años, su padre Alejandro le llevó por primera vez al garaje como ayudante. Mientras Denis curioseaba entre herramientas, su padre fue a saludar a unos amigos aficionados al motor. De repente, del garaje empezó a salir humo negro y, enseguida, llamas. Nadie entendía nada (después se supo que Denis había dejado caer sin querer un soplete encendido sobre un bidón de gasolina). Todos estaban paralizados. Cuando estalló el fuego, lanzaron agua a Alejandro y éste corrió dentro. A los pocos segundos salió de entre las llamas con su hijo en brazos, completamente quemado, salvo la cara, que debía haber protegido con las manos. Su ropa estaba reducida a cenizas. Ya había quien llamaba a los bomberos y a una ambulancia. Denis fue llevado al hospital. ¡Estaba vivo! Le operaron de inmediato. Tras horas angustiosas, el médico comunicó secamente a los padres: —Hacemos todo lo posible e imposible. Ahora está en coma. Las probabilidades de sobrevivir son una entre un millón. La medicina no puede hacer más. Si muestra una voluntad sobrehumana, podría ocurrir un milagro. Ánimo. Alejandro y Eugenia, sin pensárselo, corrieron a la iglesia cercana, bajo un aguacero brutal. No veían ni oían nada ni a nadie. ¡Tenían que salvar a su hijo! Empapados, entraron por primera vez en su vida en el templo, que estaba tranquilo y casi vacío. Al ver al sacerdote, se acercaron con timidez. —Padre, ¡nuestro hijo se está muriendo! ¿Qué hacemos? —sollozó Eugenia. —Me llamo padre Sergio. Ya veo… Cuando hay apuros, nos acordamos de Dios, ¿no? ¿Mucho pecadores sois? —fue al grano el sacerdote. —Parece que no… No hemos matado a nadie —dijo Alejandro, bajando la mirada ante el escrutinio del cura. —¿Y por qué habéis matado a vuestro amor? Está muerto a vuestros pies. Entre marido y mujer no debería caber ni un hilo, y entre vosotros cabe un tronco entero. Gente… Rezad, hijos míos, a San Nicolás por la salud de vuestro niño. Rezad de corazón. Pero recordad: todo está en manos de Dios. No os quejéis de Él. A veces, el Señor da un aviso así a quienes no entienden de otro modo. Si no, perderéis vuestra alma sin daros cuenta. ¡Arreglaos! ¡Con amor todo se salva! Mojados por la lluvia y las lágrimas, Alejandro y Eugenia escucharon la amarga verdad del padre Sergio, llenos de vergüenza. Era deprimente verles. El sacerdote señaló el icono de San Nicolás. Se arrodillaron ante la imagen. Lloraron, rezaron, prometieron… Se acabaron las aventuras fuera del matrimonio: borradas, olvidadas. Volvieron a repasar su vida letra a letra, hilo a hilo… Al día siguiente, el médico llamó: Denis había salido del coma. Alejandro y Eugenia ya a su lado en el hospital. Denis abrió los ojos e intentó sonreír al verlos. Pero lo que asomó en su rostro era solo dolor. —Mamá, papá, por favor, no os separéis —susurró el niño. —¿Por qué dices eso, hijo? Estamos juntos —respondió Eugenia, acariciando su mano febril. Denis se quejó y ella se retiró enseguida. —¡Lo he visto, mamá! Y mis hijos llevarán vuestros nombres —prosiguió Denis. Alejandro y Eugenia intercambiaron una mirada preocupada. Pensaron que deliraba. ¿Hijos? ¡Si no podía ni mover los dedos! Bastante tenía con sobrevivir… Sin embargo, desde ese momento Denis fue mejorando. Volcaron todo en su recuperación. Alejandro y Eugenia vendieron el chalé. Lástima que el garaje y el coche se quemasen aquel día: también podrían haberse vendido para el tratamiento. Pero lo principal era que su hijo vivía. Abuelos y familiares ayudaron como pudieron. La familia se unió ante la desgracia común. Incluso el día más largo termina. Pasó un año. Denis estaba en un centro de rehabilitación. Ya podía caminar y valerse por sí mismo. Allí se hizo amigo de María, una chica de su edad. Como Denis, también sufrió quemaduras, aunque sólo en la cara. Tras varias operaciones, María tenía miedo a los espejos y a sus cicatrices. Denis sintió un inmenso cariño por ella. De esa niña irradiaba luz, por su sabiduría y su vulnerabilidad; daban ganas de protegerla. Pasaban todo el tiempo libre juntos. Tenían mucho en común: conocían el dolor insoportable, la desesperación, las píldoras amargas, los pinchazos y las batas blancas… No se cansaban de hablar. El tiempo pasó… Se casaron con una sencilla celebración. Tuvieron hijos: la niña Alejandra y, tres años después, el niño Eugenio. Y justo cuando la familia por fin pudo respirar en paz, Alejandro y Eugenia tomaron la decisión de separarse. Toda aquella historia les había dejado exhaustos, incapaces de seguir juntos. Solo deseaban liberarse mutuamente y encontrar tranquilidad. Eugenia se marchó con su hermana al extrarradio. Antes de irse, visitó la iglesia para recibir la bendición del padre Sergio, a quien en los últimos años agradecía siempre el haber salvado a su hijo. El sacerdote le corregía: —Agradece a Dios, Eugenia. No aprobaba la marcha de Eugenia. —Pero si no puedes más, vete. Descansa. A veces la soledad es buena para el alma. Pero regresa. Marido y mujer sois uno solo —aconsejaba como un padre. Alejandro se quedó solo en el piso vacío. Los hijos vivían ya con sus familias, aparte. Los ex cónyuges incluso venían a visitar a los nietos por turnos, evitando encontrarse. En fin, ahora todos vivían más tranquilos…
A FLOR DE PIEL En aquella familia, cada uno iba a lo suyo. El padre, Alejandro, además de su esposa
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015
Empezar desde el principio
Silencio. Era tan sepulcral que Alejandro, al principio, ni siquiera supo qué lo había despertado.
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023
El abuelo caído: una lección de humanidad en una calurosa tarde de verano madrileña, entre prejuicios, incomprensión y la verdadera solidaridad de una joven frente a la indiferencia colectiva
Querido diario, Era verano, y volvía a casa por la tarde tras una larga sesión de entrenamiento.
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023
¡Tú eliges: o tu perro o yo! ¡Estoy harto de oler a perro! — sentenció su marido. Ella eligió a su esposo, abandonó a su fiel pastor alemán en el monte… Y esa misma noche él le dijo que se iba con otra mujer.
Diario de Lucía, 12 de abril Todavía no sé cómo he llegado hasta aquí, con este vacío que me aprieta
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010
Cada amor tiene su propia forma Anita salió a la calle y enseguida se estremeció: el viento helado se coló bajo su fina camiseta. Salió al patio sin ponerse la chaqueta y cruzó la verja, simplemente permaneció allí de pie, mirando a su alrededor, sin darse cuenta siquiera de que las lágrimas le corrían por las mejillas. —Anita, ¿por qué lloras? —se sobresaltó al ver a Miguel, el chico del vecino, que era un poco mayor que ella y tenía el pelo alborotado en la nuca. —No lloro, es que… hace frío —mintió Anita. Miguel la miró y luego le ofreció tres caramelos que sacó del bolsillo. —Toma, pero no se lo digas a nadie, que si no nos los quitan; y vete a casa —le ordenó con tono serio. Ella obedeció. —Gracias —susurró ella—, pero no tengo hambre… es solo que… Pero Miguel ya lo había entendido, asintió y siguió su camino. En el pueblo todos sabían que el padre de Anita, Andrés, bebía. Solía ir a la única tienda del pueblo y pedía fiado hasta la paga al tendero. Valentina protestaba, pero le fiaba. —No sé cómo aún no te han echado del trabajo —le decía ella—, debes ya una fortuna. Pero Andrés se marchaba rápido para gastarse el dinero en bebida. Anita entró en casa. Acababa de llegar del colegio, tenía nueve años. Nunca había mucho que comer y no quería decírselo a nadie, por si la llevaban a un centro de acogida. Allí, había oído, todo era mucho peor. Y además, ¿cómo iba a quedarse su padre solo? Fue mejor así. Aunque la nevera estuviera vacía. Ese día llegó más temprano a casa porque la profesora se había puesto mala y habían suspendido dos clases. Era finales de septiembre; fuera soplaba un viento cortante que arrancaba las hojas amarillas de los árboles y las hacía volar. Ese septiembre estaba siendo especialmente frío. La chaqueta y los zapatos de Anita eran viejos y, si llovía, se le calaban los pies. Su padre dormía en el sofá, vestido y con los zapatos puestos, roncando. En la mesa de la cocina había dos botellas vacías, alguna más caía bajo la mesa. Abrió el armario de la cocina. Vacío: ni un trozo de pan. Rápidamente, Anita se comió los caramelos que le había dado Miguel y se puso a hacer los deberes, sentada en el taburete, con las piernas recogidas. Abrió el cuaderno de matemáticas y se quedó mirando los ejercicios. No le apetecía contar. Miró por la ventana y vio el viento jugando con los árboles y arrastrando las hojas amarillas por el patio. El huerto se veía desde allí: antes alegraba la vista, rebosante de verde, ahora parecía muerto. Las frambuesas secas, las fresas desaparecidas, las malas hierbas invadían los bancales y hasta el viejo manzano se había secado. Su madre cuidaba de todo aquello y adoraba cada brote. Y las manzanas eran dulcísimas, pero aquel agosto su padre las recogió todas antes de tiempo y las vendió en el mercado diciendo: —Hace falta dinero. Andrés, el padre de Anita, no siempre había sido así. Era bueno, alegre; con su madre iban juntos a buscar setas al monte, veían películas en la tele y por las mañanas desayunaban té y los deliciosos buñuelos que preparaba su madre. También hacía empanadillas con mermelada de manzana. Pero un día su madre enfermó y se la llevaron al hospital, de donde ya no regresó. —A tu madre se le paró el corazón —le dijo su padre entre lágrimas. Anita también lloró y se abrazó a él, que la apretó fuerte—. Ahora tu madre nos cuidará desde el cielo. Después, su padre pasó días enteros mirando una foto de ella, hasta que empezó a beber. Vinieron hombres extraños a casa, hablaban alto y reían. Anita se metía en su habitación o salía a sentarse en el banco tras la casa. Suspiró y se puso con los deberes, que terminó con rapidez; era lista y le costaba poco. Guardó los libros, se tumbó en la cama, abrazando su viejo peluche de conejo, que su madre le había comprado hacía mucho. Ella lo llamaba Timoteo desde pequeña. De blanco pasó a gris, pero seguía siendo su querido Timoteo. Lo abrazó fuerte. —Timoteo —susurró—, ¿tú te acuerdas de mamá? Timoteo guardaba silencio, pero ella estaba segura de que también la recordaba. Cerró los ojos e inmediatamente le llegaron recuerdos, borrosos pero alegres. Su madre en delantal, con el pelo recogido, manejando la masa. —Hija, vamos a hacer bollitos mágicos. —¿Mágicos? ¿Existen los bollitos mágicos? —se asombraba Anita. —Claro que existen —reía su madre—. Son corazones: si los comes y pides un deseo, se cumple seguro. Con entusiasmo, Anita ayudaba a su madre a dar forma de corazón a los bollitos, aunque siempre le quedaban torcidos y su madre, sonriendo, le decía: —Cada amor tiene su propia forma. Esperaba ansiosa a que estuvieran listos, para pedir su deseo y comerlos calientes. El olor llenaba la casa y cuando su padre llegaba del trabajo tomaban los tres té con bollitos mágicos. Anita se secó las lágrimas de la nostalgia. Sí, aquello existió. Ahora… Solo quedaba el tic tac del reloj y el vacío, la pena, la falta de su madre. —Mamá —susurró, abrazando a su conejo—, cuánto te echo de menos. El sábado no había cole así que, después de comer, salió a pasear mientras su padre seguía tumbado en el sofá. Se puso un jersey más caliente bajo la chaqueta y echó a andar hacia el bosque. Allí, cerca, había una casa antigua que pertenecía al abuelo Gregorio, que había muerto dos años atrás. Pero aún quedaban el manzanal y unos perales. No era la primera vez que iba. Se colaba por la verja y recogía las manzanas y las peras caídas. A sí misma se justificaba: —No robo, solo cojo las que ya han caído, nadie las quiere. A Gregorio apenas lo recordaba: sabía solo que era viejo, canoso y caminaba con bastón. Era bueno y siempre les daba fruta o incluso algún caramelo si tenía en el bolsillo. El abuelo Gregorio ya no estaba, pero los árboles seguían dando fruto. Anita saltó la verja y cogió dos manzanas. Frotó una en la chaqueta y le pegó un mordisco. —¡Eh, tú! ¿Quién eres? —se sobresaltó al oír la voz de una mujer en el porche. Del susto, Anita dejó caer las manzanas. La mujer se acercó. —¿Quién eres? —insistió. —Anita… yo… no robo… solo de las caídas —balbuceó—. Pensé que no vivía nadie, antes nunca había nadie… —Soy la nieta de Gregorio, llegué ayer, ahora viviré aquí. ¿Hace mucho que vienes a recoger fruta? —Desde que murió mi mamá —se le quebró la voz y le brillaron los ojos de lágrimas. La mujer la abrazó. —Anda, no llores. Ven a mi casa, soy Ana, como tú —le sonrió—. Cuando seas mayor también te llamarán Ana. Ana supo en seguida que la niña pasaba hambre y lo tenía difícil. Entraron en la casa. —Quítate los zapatos. Ayer lo limpié todo, aunque aún no he deshecho las maletas. Ahora te preparo algo. Haremos vecindad —miró a Anita, los hombros delgaditos, la chaqueta vieja, las mangas cortas. —¿El plato tiene carne? —Por supuesto, con pollo —contestó Ana cariñosamente—. Siéntate, ahora traigo la comida. A Anita le rugía el estómago. Se sentó a la mesa de cuadros, sintiéndose a gusto en el ambiente cálido y acogedor. Ana Srta. le trajo una sopa y pan. —Come todo lo que quieras, si necesitas más repite, no seas tímida, Anita. No fue tímida, tenía demasiada hambre. En menos de dos minutos, el bol quedó vacío y el pan desapareció. —¿Pongo más? —preguntó Ana. —No, gracias, ya estoy llena. —Entonces, tomamos un té —sacó una cesta tapada con un paño, la destapó y sonrió. El olor a vainilla inundó la estancia: dentro había bollitos de corazón. Anita cogió uno, le dio un mordisco y cerró los ojos. —Son como los de mamá —murmuró—. Mi madre hacía así en casa. Después del té y los bollitos, Anita se quedó relajada, con las mejillas sonrosadas. Ana preguntó: —Cuéntame: ¿con quién vives? ¿Dónde? Luego te acompaño a casa. —Puedo ir sola, son solo cuatro casas. No quiero que vea el desorden. —Insisto —dijo Ana con firmeza. El hogar de Anita les recibió en silencio. Su padre seguía dormido en el sofá, botellas vacías y colillas por todos lados. Ana echó un vistazo y negó con la cabeza. —Ya entiendo… Vamos a poner orden —dijo, y se puso a limpiar: retiró la basura de la mesa, guardó las botellas, descorrió las cortinas, sacudió la alfombra. Anita dijo entonces: —No le diga a nadie cómo es mi casa. Papá es bueno, solo está perdido. Si todos lo saben, me sacarán de aquí, y no quiero. Es bueno de verdad. Solo echa de menos a mamá… Ana la abrazó: —No se lo diré a nadie, te lo prometo. Pasó el tiempo. Anita iba al colegio con las trenzas hechas, estrenando abrigo y mochila, y botas nuevas. —Anita, dice mi madre que tu padre se ha casado, ¿es verdad? —preguntó Marta, su compañera de clase—. Qué guapa estás, y qué bien llevas el pelo. —Sí, ahora tengo otra mamá: tía Ana —respondió Anita orgullosa, apurando el paso hacia el cole. Andrés, gracias a Ana, ya no bebía. Ahora siempre iban juntos: Andrés alto, bien vestido, Ana elegante y segura, ambos sonrientes y entusiasmados con Anita. El tiempo pasó volando. Anita era ya universitaria. Volvía por vacaciones y cruzando la puerta, gritaba: —¡Mamá, ya he llegado! Y Ana la abrazaba diciendo: —¡Hola, mi profesora, hola! —y ambas reían felices, mientras por la tarde Andrés volvía del trabajo, también contento, también feliz de estar todos juntos.
Cada amor tiene su forma Lucía salió a la calle y en seguida se estremeció. El viento de finales de septiembre
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09
El destino entre sábanas de hospital: —¡Señora, tome usted y encárguese de cuidarlo! Yo ni me acerco, mucho menos darle de comer a cucharadas —dijo la mujer arrojando bruscamente la bolsa de la compra sobre la cama donde yacía su marido enfermo—. —¡No se preocupe tanto! Su marido va a salir adelante. Ahora necesita muchos cuidados. Yo ayudaré a que Dmitri se recupere —como enfermera, una vez más tuve que tranquilizar a la esposa de un paciente con tuberculosis. Llevaron a Dmitri en estado grave, pero tenía muchas opciones de sobrevivir. Él quería vivir, y esa es la mitad de la batalla ganada. Lástima que su mujer, Alicia, no creyera en la medicina. Me daba la sensación de que Alicia estaba lista para dar la espalda a su marido incluso antes de tiempo. Con el tiempo, diré que el hijo de Dmitri y Alicia, muchos años después, también enfermará de tuberculosis. Alicia le pondrá la cruz enseguida a su hijo Jorge. Pero Jorge se curará. A pesar de su duro diagnóstico, Dmitri siempre hacía bromas, reía, y tenía prisa por irse del hospital de infecciosos. En la aldea donde vivía con su familia, no había hospital especializado, así que Alicia apenas venía a visitarlo. Me daba mucha pena aquel hombre joven, tan descuidado, abandonado, vestido con ropa vieja. —Dmitri, ¿le molestaría si le traigo unas cosas? Veo que ni zapatillas tiene, va andando en zapatos. ¿Acepta un regalito de mi parte? —trato de bromear con el paciente. —De ti, Violeta, hasta el veneno tomaría por medicina. Pero no hace falta que traigas nada. Déjame recuperarme, y después… —Dmitri me agarró suavemente de la mano. Solté la mano con delicadeza y salí de la habitación. Sentía el corazón saltando de emoción. ¿De verdad me estaré enamorando? No, no quiero romper una familia. Eso está mal y de ahí no puede salir nada bueno. Pero al corazón no se le manda, no conoce los prohibidos. Ay, tirarme de cabeza… Cada vez visitaba más a menudo la habitación de Dmitri y charlábamos largo rato. Las guardias nocturnas eran largas. Nuestras conversaciones eran íntimas, profundas. Sin darnos cuenta, pasamos al tuteo. Dmitri tenía un hijo de cinco años. —Mi Jorge se parece a su guapísima mamá. ¿Sabes, Violeta? Yo quería mucho a Alicia. La vida se la puse en bandeja. Alicia es una mujer ardiente, atractiva, un torbellino en la cama. Pero solo se quiere a sí misma. No se puede hacer nada. El egoísmo de mi esposa corroe más que el ácido. Ahora eres tú, una extraña, la que me cuida —suspiró Dmitri. —Pero Alicia tiene que venir de lejos. No es fácil —intenté excusarla. —¡Anda ya, Violeta! Como dice el refrán: la mujer amaba a su marido y ya tenía preparada la celda para él. Con los amantes bien que encuentra el tiempo hasta en el fin del mundo. Ya me lo han contado… —Dmitri empezaba a irritarse. —Buenas noches, Dmitri. No tomes decisiones en caliente. Todo saldrá bien —apagué la luz y me fui en silencio. Sin duda, Dmitri sufría. Él, impotente en el hospital; su mujer, mientras tanto, divirtiéndose por ahí. No es mortal, claro, pero como se dice, para una hormiga, el rocío es inundación. Una semana después oí ruido en la habitación. —¡Que no te vuelva a ver aquí, zorra! ¡Fuera! —le gritó Dmitri a Alicia, que salió disparada. —¿Qué ha pasado aquí? —pregunté asombrada. Dmitri miró la pared y se le veía temblar bajo la manta. Tuve que inyectar un calmante. …Pasó un mes. Alicia no volvió ni una sola vez. —Dmitri, ¿quieres que llame a tu mujer? —le pregunté bajito. —Gracias, Violeta, no hace falta. Me voy a divorciar de Alicia —respondió tranquilo. —¿Por la enfermedad? ¡Pero si te estás recuperando! —me sorprendí. —¿Te acuerdas de que eché a Alicia? Ella solo vino para contarme lo de su amante. Que si podía vivir en nuestra casa, porque lo mío está en el aire, y le hacen falta manos masculinas en la casa. El tejado gotea… —Dmitri calló. —¡Qué horror! —solo pude decir. Al poco tiempo apareció Alicia con un hombre. Dmitri no lo vio, pero yo desde la ventana lo vi todo claro como el agua. El hombre, sentado en el banco, fumaba nervioso esperando a Alicia. Ella salió una hora después, le dio un beso, dijo algo gracioso y se fueron juntos. —Dmitri, te dan el alta —le dije. —Violeta, quería preguntarte una cosa… Bueno, no importa —dudó Dmitri. —Dmitri, sí quiero. Era eso, ¿verdad? ¿O me equivoco? —me lancé yo. Dmitri fue sincero: —Violeta, no tengo casa. ¿Me dejarías quedarme contigo? Lo de Alicia ya está clarísimo. Se va a casar. —Dmitri, tengo una hija. Si la aceptas, podremos formar una familia —tuve que sincerarme. —Eso no es problema. Ya la quiero —me miró de tal forma que, como un copo de nieve en un guante, me derretí de felicidad. …Desde entonces han pasado muchos años. Tenemos dos hijos en común. Conseguimos hacer un hogar cálido y feliz. Jorge, el hijo de Dmitri, viene a menudo con su familia. Mi hija del primer matrimonio vive en el extranjero. Aunque, en verdad, nunca estuve casada. Solo fue un tropezón de juventud. Me enamoré y confié en un chico que me prometió amor eterno. Nos hizo soñar con una vida perfecta, pero la melodía nunca sonó. Al final, no me arrepiento. …En cuanto a Alicia, se casó varias veces y tuvo un hijo con un hombre de paso. Ese hijo sufrió trastornos mentales toda la vida. Alicia apenas se ocupaba de él. Fue frío, sin amor. Creció solo, sin molestar a su madre. Y cuando Alicia se fue para siempre, el chico acabó en una residencia. …Dmitri y yo ya somos mayores, pero nos queremos más que cuando éramos jóvenes. Caminamos juntos cada día, disfrutando cada mirada, cada aliento…
EL DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL Señorita, ¡tome usted y cuídele como pueda! Yo ni me atrevo a acercarme
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03
Todavía nos quedan cosas por hacer en casa… La abuela Valentina, haciendo acopio de fuerzas, apenas logra abrir la cancela y arrastrarse hasta la puerta. Pelea un buen rato con el viejo cerrojo oxidado, entra en su antigua casa, fría como el hielo, y se sienta junto al hogar apagado. El aire tiene ese olor a cerrado y abandono. Solo han pasado tres meses desde que se marchó, pero ya hay telarañas en los techos, la vieja silla cruje que da pena, el viento se cuela por la chimenea y la casa parece reprocharle: ¿Dónde has estado, dueña mía? ¿A quién nos dejaste? ¿Cómo piensas que pasaremos el invierno? —Ahora, ahora, mi bien, espera un poco, que descanse… ya prenderé el fuego y entraremos en calor… Hace apenas un año, la abuela Valentina zascandileaba alegre por su vieja casa: encalando, retocando, acarreando agua. Su menuda figura se doblaba ante los iconos, manejaba con soltura el horno, salía al huerto a tiempo de plantar, escardar y regar. La casa celebraba la vida, rechinando llena de alegría bajo sus pasos; puertas y ventanas se abrían a la primera caricia de sus manos, el horno cocía esponjosos pasteles. A Valentina y su vieja casa les iba todo a pedir de boca. Sepultó joven a su marido. Sacó adelante a sus tres hijos, los educó y los lanzó a la vida. Uno es capitán de la marina mercante, el otro militar, coronel, ambos viven lejos y rara vez vienen a verla. Solo la hija menor, Tamara, se quedó en el pueblo como jefa de agrónomos, siempre ocupada, apenas se pasa el domingo para probar los pasteles de su madre, y a la semana siguiente, otra vez sin verse. El consuelo—su nieta, la pequeña Svetlana, que prácticamente creció a su lado. ¡Y qué nieta! Guapa como una princesa: grandes ojos grises, pelo rubio hasta la cintura, rizado y brillante, una hermosura de pueblo con una planta digna de reina. Lista además: terminó la carrera de económicas agrícolas en Madrid y volvió al pueblo para trabajar de economista. Se casó con el veterinario y gracias a un programa social para jóvenes familias, les tocó una casa nueva. ¡Menuda casa! Sólida, de ladrillo, todo un caserón para la época. Solo que la abuela tenía alrededor de su casa, árbol, flores y todo tipo de vida, mientras que en la nueva casa de Svetlana apenas crecía nada. Ni tiempo tenía para jardines; el pequeño Vasito acababa de nacer, y eso era suficiente trabajo. Así que Svetlana empezó a pedirle a la abuela que se fuera a vivir con ellos: la casa es grande, moderna, sin necesidad de encender la estufa. Cumplidos los ochenta, ya no andaba la abuela tan ligera; las piernas que tanto caminaron sentían el peso de los años. Tras la presión familiar, accede a mudarse, pero apenas pasan un par de meses y alguien le dice: —Abuela, yo te quiero, pero ¿cómo puedes estar todo el día sentada? Si tú siempre has sido de no parar, y aquí ya ves, instalada… Yo contaba contigo para ayudarme en la casa… —No puedo, hija, las piernas ya no me responden… —Pues mira lo rápido que has envejecido desde que viniste… Así que la abuela, que no consiguió ayudar, volvió a su vieja casa y, llena de preocupación y tristeza, apenas podía moverse. Del lecho a la mesa era toda una hazaña, y acudir a la iglesia resultaba imposible. El padre Borja, el párroco, fue a visitarla; le ayudó con los recados, encendió la estufa, le trajo comida, e incluso completó las direcciones en las cartas que cada mes la abuela escribía a sus hijos. En ellas, con letras enormes y temblonas, escribía: “Aquí estoy muy bien, hijo mío”, pero las cartas estaban llenas de borrones, que bien podían ser lágrimas. Con la ayuda de Ana, vecina y veinte años más joven, y la colaboración de toda la parroquia, la vida volvió poco a poco a la casa de la abuela. Pasó el tiempo; la nieta enfermó gravemente y falleció en pocos meses. Su marido se dedicó a la bebida y el pequeño Vasito no tenía quien lo cuidase. Tamara, la agrónoma, se lo llevó, pero no podía atenderle y empezaron los preparativos para llevarle a un internado de la diputación. La abuela Valentina, agarrando fuerzas y con la ayuda del vecino Paco, se presentó en casa de Tamara: —Me llevo a Vasito conmigo. —¡Pero, mamá, si no puedes ya con él, apenas andas! —Mientras tenga vida, mi nieto no va al internado —sentenció la abuela. Y así fue como la abuela, a pesar de que todos decían que estaba perdiendo la cabeza, se las arregló para cuidar del niño y de la casa. Cuando el párroco vino a verles temiendo encontrar desgobierno y miseria, descubrió una casa limpia, el fuego encendido y la abuela más activa que nunca, haciendo pasteles para todos, como cuando era joven. Ya en casa, la mujer del párroco sacó un cuaderno azul grueso y leyó la historia de la vieja Gregoria, su bisabuela, que cuando le llegó la muerte, quiso posponerla porque vio que aún no había terminado su trabajo: “Es pronto para morir, aún me quedan cosas por hacer en casa”, dijo, y vivió diez años más, ayudando a criar a su querida bisnieta. El párroco y su esposa sonrieron. Porque sí, aún nos quedan cosas por hacer en casa.
Todavía nos quedan cosas por hacer en casa La abuela Valentina abrió la verja como pudo, llegó a la puerta
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