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098
Vivimos juntas: mi madre tiene 86 años y yo 57. No tuve hijos ni me casé, y celebramos solas mi cumpleaños. Apoyándonos siempre, tejemos, vemos películas y nos reunimos con vecinos los fines de semana mientras horneo pasteles. Aunque las pensiones no alcanzan y no tenemos otros familiares, me alegra tener a mi querida madre; espero que esta tranquila vida dure mucho más para las dos.
Vivimos juntas, mi madre y yo. Mi madre tiene ya 86 años. Las circunstancias hicieron que nunca me casara
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011
Tengo 60 años. Ya no espero ni amigos ni familiares en mi casa. Muchos cercanos a mí piensan que soy demasiado arrogante, pero la verdad es que no me preocupan las opiniones de los demás.
Tengo 60 años. Ya no espero recibir en mi casa a amigos ni a familiares. Muchas de las personas que una
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013
Hijo de sangre —¡Len, no te lo imaginas! ¡Matveo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a ir a Turquía! —El padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Y quién soy yo para decirle que no a mi hijo de sangre? Cómo remarcó, sin pretenderlo, que era precisamente su “hijo” de verdad. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que ese Matveo reapareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia, que no había diferencia entre hijos biológicos y no biológicos. Eso decía. Que ella era su hija, que lo de la sangre no importaba. —Ya estamos otra vez… ¿Cómo puedes pensar eso, Len? ¡Eres mi hija, no hay nada que discutir! Sabes que te quiero como si fueras mía. Pero Matveo… Sin querer, acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matveo es el hijo. Yo, simplemente, una conocida. —¿Qué dices, Len? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como mi propia hija… ¿Tú alguna vez me llevaste al mar? ¿En estos quince años que te haces llamar mi padre? No, nunca. Arturo repetía constantemente que entre ella y Matveo no había ninguna diferencia, pero Lena, viendo todo lo que hacía por su hijo, lo tenía claro: la diferencia era abismal. —No se pudo, Len. Ya sabes que antes el dinero no daba para lujos. Tú no eres una niña, sabes lo que cuestan dos semanas en un hotel de cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Lena—, los gastos. Soy demasiado cara para el mar. Pero Matveo, del que te acuerdas desde hace medio año, ya está a punto de tener un piso a tu costa, para que “pueda llevar allí a su mujer”. ¿Ese gasto sí cuenta, si se trata del hijo? —Que no le voy a comprar ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —La gente bienintencionada. —Diles que dejen de inventar. A Lena casi le salió una sonrisa. —¿De verdad? ¿No le compras nada? —Por supuesto que no. ¡Ah, por cierto! Adivina a dónde vamos este sábado. —Y ni la dejó responder—. ¡A hacer karting! En la universidad Matveo hasta participó en unas carreras, yo solo me uno por acompañarle. —Karting —repitió Lena—. Qué emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —La pregunta escapó antes de poder pensarla. Arturo, que no tenía la más mínima intención de incluirla, balbuceó: —Eh… Len… Te vas a aburrir. Es una cosa de chicos. Matveo y yo… queremos hablar de lo nuestro, de eso de padre e hijo. Dolía. —O sea… ¿te parece divertido para ti, pero para mí no? —No exactamente… —Arturo se removía nervioso—. Es que no nos habíamos visto en la vida, estamos intentando recuperar el tiempo perdido. Queremos ir solos, ¿entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era ya una burla. Había que entender que lo de sangre es lo que cuenta. Había que entender que ahora su sitio estaba fuera, detrás de una verja. Matveo, en verdad, era un encanto. Crecido sin padre, porque su madre nunca le comentó a Arturo que existía, había superado todos los obstáculos. Inteligente, guapo, carismático. —Papá, he ayudado en la perrera. He arreglado jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que he terminado la carrera con matrícula? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Esa misma tarde, cuando Arturo se marchó después de un rato más, Lena repasaba viejas fotos… La boda de Arturo con su madre (la madre, que falleció cinco años atrás, dejándolos solos). Esta en la casa del pueblo… Esta otra, Lena el día de su graduación… Nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo algo urgente —su padrastro fue a verla a las ocho de la mañana. —¿Y esa urgencia? Lena se apartó el flequillo con la diadema y puso la cafetera. —Es por lo del piso para Matveo. —¿O sea que era verdad? —le cortó la respiración. —Perdóname, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería que te preocuparas. Pero necesito que me aconsejes. Hay que darse prisa. Si Matveo quiere casarse, antes de que sea más mayor, es mejor que tenga al menos un techo. Sabes cómo me crié yo… —Pues pide una hipoteca —murmuró Lena, sin ganas de hablar de comprar pisos para Matveo—. Bien acomodadito vive ese chico. —Sí, lo sé. Pero tú sabes mi historial… Matveo merece que su padre, al que ha perdido toda su vida, le compre una casa. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías, si te lo pido? —Depende. —Te explico. Tengo doscientos mil euros para la entrada. Pero el banco a mí no me lo dará. A ti sí, estás limpia. Lo ponemos a tu nombre, firmamos la hipoteca, pago yo. No tendrás que pagar nada, lo juro. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se desvaneció. Claro que hay diferencia. No van a lanzar a Matveo como carne de cañón. —O sea, que para Matveo el piso, y a mí el crédito. ¿Eso es? Arturo negó con un gesto, herido de una sinceridad casi infantil, como si fuera ella la que se lo hubiera propuesto. —¡No digas eso! Pago yo… No te pido pagar. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo… —Mira, Arturo, no pienso en si debo endeudarme o no. Pienso en cómo dejas claro que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo, uno de verdad. Me conoces desde hace quince años, a él desde hace seis meses, pero solo importa que es sangre de tu sangre. —¡No es cierto! —bramó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Eso no es justo! Pero… él es mi hijo biológico… Se acabó. Ya no era su hija. Solo aceptable mientras no había surgido su “verdadero” hijo. —Entiendo —intentó estar correcta Lena—. No puedo, Arturo. Algún día necesitaré comprarme yo mi propio piso. No me van a dar dos hipotecas. Recién entonces pareció que Arturo recordaba que ella también necesitaba casa. —Claro, cierto, tú también vas a necesitar… —ajustó el reloj—. Pero hasta que llegue ese momento, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Solo sería complementar un poco más. Serían solo un par de años. —No voy a poner nada a mi nombre. Tampoco esperaba que Arturo lo entendiera. —De acuerdo —dijo él—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré yo mismo. Ya no importaba si alguna vez la quiso como a una hija. Ahora Lena veía a Arturo solo en las fotos. Un día, al mirar el móvil, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matveo, ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matveo; y la leyenda debajo: “Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo primero”. Familia. Lena dejó el móvil. De pronto recordó un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivían humildemente y su muñeca, regalo de su abuela, se rompió. Lloraba, y su padre de verdad le dijo: “Len, ¿por qué lloras por esas tonterías? ¡Déjame tranquilo!” A él nunca se le podía molestar. Su mayor compañía era una botella. Se podía decir que tampoco tenía padre. Pero siempre pensó que Arturo lo había suplido… Arturo intentó convencerla de nuevo unos días más tarde. —Len, creo que tendríamos que hacer algo con esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te dije que no. —No entiendes la situación. Matveo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarle. Es ya mayor. Necesita una casa. Solo te pido que estés, nada más, ni gastarás un euro. Lo prometo. —¿Quién me compensa a mí mis ausencias…? Aquello le enfureció. —¡Lena, basta! No quiero discutir. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matveo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero diferente, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como un recurso. —¡Lena, por favor! Te pasas. —Te volcaste en él en seis meses, Arturo —dijo Lena—. No te pido que elijas. Es que la elección es obvia. Tienes razón: Matveo es tu sangre. Yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo, ni una llamada. Un día, en la misma red social, vio otra foto. Arturo y Matveo, posando ante un paisaje de montaña. Arturo lucía un equipo de esquí de última moda. El texto: “Enseñando a papá a hacer snowboard. Es mayor para esto, pero con un hijo, ¡todo es posible!” Lena contempló mucho rato la imagen. Extendió la mano a su escritorio, para acabar un informe, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matveo. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quiere que sepas que ya resolvió el tema del piso sin ti y que está preocupado por ti. También te pide mucho que vayas con ellos en el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le haría mucha ilusión”. Tardó en escribir una respuesta, borrándola y volviéndola a empezar varias veces. “Hola, Matveo. Dile a Arturo que me alegro muchísimo de que todo le vaya bien. Y que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar.” No mencionó que el billete lo había pagado ella y que en vez de Turquía, iría a Málaga. Ni que, en vez de con su padre, viajaba con una amiga. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que tal vez se puede ser feliz incluso sin él.
Hijo de sangre Elena, no te lo imaginas ¡Íñigo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a Benidorm!
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018
Doce años después —¡Se lo ruego, ayúdenme a encontrar a mi hijo! —sollozaba la mujer casi al borde de las lágrimas—. ¡No quiero nada más en la vida! Catalina se sentó en el sofá junto al presentador, retorciéndose teatralmente las manos. Había elegido intencionadamente la ropa más sencilla posible y no pegó ojo en toda la noche antes del programa, para que su rostro luciera pálido y cansado. Buscaba dar la impresión de una madre desgarrada por el sufrimiento, deseando que el público se volcara a ayudarla. —Mi mayor sueño ahora es recuperar la relación con mi hijo —susurró con la voz rota, como si cada palabra le costara un mundo—. He hecho todo lo que se me ha ocurrido, ¡todo! Fui a la policía, confiando en que me ayudarían… ¡pero ni siquiera quisieron aceptarme la denuncia! Me dijeron que Daniel ya era mayor de edad y que se marchó de casa hace muchos años. Y que si antes no me importó su suerte, que por qué ahora tanto interés… El presentador la escuchaba con atención, la cabeza ligeramente inclinada. En realidad, no creía del todo la historia que Catalina estaba contando. Intuía que el caso era mucho más sencillo de lo que ella lo pintaba. Seguramente discutió con su hijo y, durante años, ni siquiera quiso saber de él; y ahora acudía en busca de ayuda… Coincidía con la postura de la policía. Aunque, al fin y al cabo, las historias así siempre suben la audiencia. ¡Al público le encantan estos dramas! —Entonces, ¿una discusión con su hijo fue lo que rompió el contacto entre vosotros? —preguntó el presentador, dirigiendo hábiles miradas al público en plató. Algunas personas observaban con escepticismo; otras, en cambio, realmente sentían lástima por la “desgraciada” madre. Catalina asintió y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Tomó una profunda bocanada de aire, intentando reunir fuerzas para seguir. —Sí, todo empezó hace doce años. Mi hijo se enamoró —de verdad, sin mirar atrás—. Y decidió casarse. Yo entendía sus sentimientos, pero esa chica… ¡no podía soportarla! Veía claramente cómo acabaría todo eso. Fumaba, bebía, desaparecía por las noches en lugares de mala reputación… Y lo peor es que arrastraba poco a poco a Daniel a ese mundo. Hizo una pausa, como si reviviese aquellos momentos. El presentador, paciente, le dejó tiempo para recomponerse antes de continuar el relato. —Intenté hablar con él, avisarle, explicarle que no era el camino… Pero no quería escucharme. Para él solo era una madre chapada a la antigua, que no aceptaba que su hijo era un adulto. Hasta que una noche, tras una fuerte discusión, golpeó la mesa y gritó: “¡Me voy!” Catalina soltó un sollozo, y el presentador, prestamente, le tendió un pañuelo. Ella lo aceptó agradecida y secó sus lágrimas con delicadeza para no estropear el maquillaje. Tras unos segundos de silencio, continuó: —Se fue. Recogió todas sus cosas mientras yo estaba en el trabajo y desapareció, sin una palabra ni una explicación… Cambió el número, rompió lazos con amigos, familia, con todos. Y todo esto, por culpa de aquella chica… La voz se le quebró y cerró los ojos un instante para contener las emociones. —Perdone… —musitó, apretando el pañuelo con fuerza—. Es muy difícil mantener la compostura. Agachó despacio la cabeza y un mechón de pelo cubrió en parte su rostro —un gesto estudiado que debía acentuar el dramatismo—. El público tenía que apreciar la magnitud de su dolor. De acuerdo con el guion, ahora debía derrumbarse y dar rienda suelta a las lágrimas, pero en realidad Catalina no sentía ni la décima parte del sufrimiento que fingía. Por dentro sólo esperaba conseguir la reacción buscada en la audiencia. El presentador, notando la falta real de lágrimas, decidió igualmente seguirle el juego. —Entendemos su dolor —respondió, y con una mano pidió a una asistente que trajera un vaso de agua—. Tómese su tiempo y continúe cuando pueda. La pausa fue dramáticamente larga, el silencio justo para crear expectación sin romper la magia televisiva. —¿Qué es lo último que sabe de su hijo? —preguntó por fin, inclinándose hacia adelante con gesto realmente interesado. Catalina levantó la mirada mostrando una estudiada mezcla de desesperación y esperanza. —Hace poco, una conocida se lo cruzó en Madrid —empezó, y su voz titubeó entre el nerviosismo y la actuación—. Hablaron un momento y lo único que sé es que Daniel incluso ha cambiado de apellido. ¿Cómo se le puede localizar? Yo sola no puedo. Por favor, ¡ayúdenme! Si alguien le ha visto… Se volvió hacia la cámara, petrificando en su rostro una expresión de inmensa angustia diseñada para conmover a todos los que la contemplaban a través de la pantalla. —Hace poco estuve ingresada en el hospital —continuó ahora con una genuina nota de preocupación en la voz—. Y me di cuenta de que los años pesan. ¿Quién sabe cuánto me queda? Solo quiero ver a mi hijo, abrazarle, decirle que todo está perdonado y que quiero pedirle perdón… En la pantalla apareció lentamente la foto de un joven, de unos veinte años, rubio, ojos grises, alto —un chico atractivo pero sin rasgos llamativos. Alguien anónimo, de esos que cruzas por la calle sin fijarte mucho. Catalina se detuvo un poco más en la foto, pensando cómo habrían cambiado sus rasgos desde entonces. Encontrarle ahora parecía casi imposible, pero Catalina prefería no pensar en ello. —Si alguien reconoce al joven de esta imagen, por favor contacten con nuestro programa —pronunció el presentador con voz sosegada—. El número aparece en la parte baja de la pantalla. Las cámaras se apagaron y Catalina, tras despedirse, salió despacio del plató manteniendo el papel hasta el final, buscándose así más posibilidades de éxito. Ya en la calle se dirigió a su amiga, la misma que había insistido en que fuera al programa. En la cara de Catalina despuntó una sonrisa contenida de satisfacción. —¿Qué, ha salido bien? —preguntó en voz baja pero satisfecha—. ¿He conmovido al público? Tamara, que había observado al público todo el rato, no dudó en responder. —Tenías a las mujeres del plató al borde del llanto —susurró con una sonrisa—. Estoy segura de que pronto averiguarás dónde vive tu hijo y podrás exigirle lo que te debe. Parece que le va de lujo, y a su madre ni un euro le da. El comentario directo y cínico le desagradó a Catalina, pero en el fondo admitía que Tamara tenía razón. Hasta hace poco apenas pensaba en Daniel. Solo después de que Tamara, por casualidad, supiera de él a través de un conocido, la cosa cambió. Un cochazo —de esos que casi nunca se ven, como de exposición—. Traje de diseñador, con precio que te marearía. Unos relojes de lujo, hechos a medida. Y entrando en uno de los mejores restaurantes de la capital. Estaba claro que Daniel no solo ganaba dinero, sino que sabía gastarlo a lo grande: el precio de un par de horas allí podía pagar un mes de vida de cualquiera. Catalina ni siquiera fingía interés real por la vida de su hijo. No, lo único que le preocupaban eran esos DINEROS que, por supuesto, ¡él DEBÍA darle! Al fin y al cabo, era su madre. Ella lo trajo al mundo —ahora le toca pagar. —No te preocupes, pronto sabrán dónde está —se repitió para sí—. Solo es cuestión de esperar… y al fin estaré tranquila. Porque estaba segura: Daniel jamás osaría rechazarla. Viendo el nivel al que se movía, seguro que querría evitar escándalos. Delante de cámaras tendría que comportarse como el hijo perfecto. ¡Tras todo este revuelo público, no le quedaría otra! Pobre ilusa… No imaginaba que estaba cayendo en una sutil trampa urdida por su propio hijo… ****************************** Doce años antes. Daniel volvió a casa a las nueve de la noche, agotado tras el examen final del ciclo. La cabeza le daba vueltas con fórmulas, la vista cansada y el cuerpo molido. Solo soñaba con llegar a su cuarto y dormir un día entero. Pero, incluso antes de abrir la puerta, oyó voces dentro. Una masculina, áspera, descontenta. Y la de su madre, baja y justificada. De nuevo ese hombre en su casa… Daniel frunció el ceño; parecía cronometrar siempre sus apariciones. Metió la llave en la cerradura y abrió. Esperando pasar por el pasillo sin ser visto, pero allí, junto a la entrada, sus maletas. Las conocía bien. Algo no iba bien. —¿Qué es esto? —preguntó en voz alta, intentando conservar la calma—. ¿Por qué están mis cosas aquí? ¿Qué sucede? Su pregunta resonó; sus padres callaron un instante y al poco apareció Catalina. Al verle, ella le miró con disgusto e hizo un amago de marcharse. Daniel se quedó pasmado; no entendía nada, pero intuía que aquello no era una charla más. Sin quitarse los zapatos, fue hacia la cocina donde seguían las voces. La puerta entreabierta le permitió ver a aquel hombre, Antonio, sentando como si estuviera en su propio salón, copa en mano. Apenas miró a Daniel. El joven avanzó, sintiendo cómo crecía el cabreo dentro. —¿Y este qué hace aquí? —preguntó a su madre. —¿Todavía no se lo has dicho? —se burló Antonio a Catalina, jugueteando con el móvil—. ¿A qué esperas? —¡No habléis de mí como si no estuviera presente! —saltó Daniel—. ¡Tengo derecho a estar en esta casa! ¡Vosotros no! ¿Quién eres tú? ¿Y por qué traes aquí a tu hijo? Su madre le cortó en seco. Le miró sin rastro de cariño y, fría como el mármol, sentenció: —Desde hoy, ya no vives aquí. Tu antigua habitación es para el hijo de Antonio. Daniel se quedó de piedra. Buscó en la cara de su madre un atisbo de calor, de arrepentimiento, pero no halló nada. —¡Esperad! ¿Con qué derecho decidís dónde vivo? —protestó sin poder contener el temblor. Era incomprensible. Sabía que su presencia podía estorbar, pero… ¿así, de un día para otro? Era inhumano. —Papá me iba a dejar esta casa en herencia… —intentó buscar una salida—. Catalina cruzó los brazos, con gesto compungido pero claramente falso. —Iba a hacerlo, pero murió demasiado pronto. El testamento antiguo me convierte en la única propietaria. Así que solo yo decido quién vive aquí. Desde ahora, tienes prohibido quedarte. Ya eres mayorcito, ve a buscarte la vida. Cada palabra era una bofetada. Daniel sintió una rabia profunda, pero intentó mantenerse firme. Quería saltar, encararse con Antonio, pero solo apretó los puños y respiró hondo. —No pasa nada —resopló Catalina—. Tienes muchos amigos, alguno te acogerá. A partir de ahí, arréglatelas solo. Dicho con la frialdad de quien cambia un libro de estante. Daniel sentía que el mundo se le venía encima y aun así no cedió al llanto. —Ah, y otra cosa —añadió Catalina—. He cogido el dinero del último curso de tu universidad. Gánatelo tú. Para la boda de Antonio me hace más falta. Este golpe fue brutal. La madre no solo le echaba de casa; le quitaba todo apoyo. Pero no iba a rebajarse. En su mente sólo cabía una salida: buscarse la vida, trabajar, pagarse los estudios solo. Daniel asintió. Miró a su madre, buscando un resquicio de remordimiento, pero solo vio determinación. Supo entonces que el lazo entre ellos estaba irreparablemente roto. Jamás podría perdonarla. ****************************** —¿Lo has visto ya? —preguntó Miguel, acercando su móvil a Daniel sobre la mesa—. Mi amiga de tu pueblo me acaba de mandar el enlace. Dice que el programa acaba de salir al aire. Daniel alzó la mirada de su carpeta de documentos. Soltó el papel, comprendiendo que ya no podría concentrarse más en el trabajo. Le invadió una extraña mezcla de satisfacción amarga. —Sí, lo he visto —respondió con una leve sonrisa irónica—. Está claro que el marido de Tamara no ha querido guardarse nuestra reunión. Pero era justo lo que quería. Que mi madre vea a lo que ha renunciado. Se recostó en el sillón, acariciándose el pelo. La escena del programa se reproducía en su cabeza: su madre, con un dolor ensayado, llorando el “hijo perdido”. Cuando hacía doce años ella misma le echaba a la calle y le quitaba la oportunidad de seguir estudiando. Ahora, sin embargo, trataba de reactivar la carta del amor maternal perdido. Sí, Daniel se había vengado. Sin escándalos, sin gritar; mostrándole sencillamente a su madre lo que podría haber tenido si no le hubiera dado la espalda: éxito, estabilidad, una vida propia, una ciudadanía nueva, propósito. Todo, sin ella. Ahora ella ya sabía que él lo tenía todo. Que podría haber contado con su ayuda, de no ser por su falta de humanidad. De no haberle dado la espalda ni priorizado a otro hombre y su hijo. O robado el dinero de la universidad, o echado de casa. Muy pronto descubriría lo principal: no vería NI UN EURO de él. Ni apoyo, ni perdón, ni reconciliación. Para Daniel, el pasado se acabó. El futuro lo construía solo. Esa mujer que le dio la vida jamás volvería a llegar hasta él. Ni con lágrimas, ni con reproches. Y eso era lo más importante…
Doce años después Se lo ruego, ¡ayúdenme a encontrar a mi hijo! casi sollozaba la mujer. ¡No quiero nada
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033
Hijo de sangre —¡Len, no te lo imaginas! ¡Matveo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a ir a Turquía! —El padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Y quién soy yo para decirle que no a mi hijo de sangre? Cómo remarcó, sin pretenderlo, que era precisamente su “hijo” de verdad. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que ese Matveo reapareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia, que no había diferencia entre hijos biológicos y no biológicos. Eso decía. Que ella era su hija, que lo de la sangre no importaba. —Ya estamos otra vez… ¿Cómo puedes pensar eso, Len? ¡Eres mi hija, no hay nada que discutir! Sabes que te quiero como si fueras mía. Pero Matveo… Sin querer, acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matveo es el hijo. Yo, simplemente, una conocida. —¿Qué dices, Len? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como mi propia hija… ¿Tú alguna vez me llevaste al mar? ¿En estos quince años que te haces llamar mi padre? No, nunca. Arturo repetía constantemente que entre ella y Matveo no había ninguna diferencia, pero Lena, viendo todo lo que hacía por su hijo, lo tenía claro: la diferencia era abismal. —No se pudo, Len. Ya sabes que antes el dinero no daba para lujos. Tú no eres una niña, sabes lo que cuestan dos semanas en un hotel de cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Lena—, los gastos. Soy demasiado cara para el mar. Pero Matveo, del que te acuerdas desde hace medio año, ya está a punto de tener un piso a tu costa, para que “pueda llevar allí a su mujer”. ¿Ese gasto sí cuenta, si se trata del hijo? —Que no le voy a comprar ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —La gente bienintencionada. —Diles que dejen de inventar. A Lena casi le salió una sonrisa. —¿De verdad? ¿No le compras nada? —Por supuesto que no. ¡Ah, por cierto! Adivina a dónde vamos este sábado. —Y ni la dejó responder—. ¡A hacer karting! En la universidad Matveo hasta participó en unas carreras, yo solo me uno por acompañarle. —Karting —repitió Lena—. Qué emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —La pregunta escapó antes de poder pensarla. Arturo, que no tenía la más mínima intención de incluirla, balbuceó: —Eh… Len… Te vas a aburrir. Es una cosa de chicos. Matveo y yo… queremos hablar de lo nuestro, de eso de padre e hijo. Dolía. —O sea… ¿te parece divertido para ti, pero para mí no? —No exactamente… —Arturo se removía nervioso—. Es que no nos habíamos visto en la vida, estamos intentando recuperar el tiempo perdido. Queremos ir solos, ¿entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era ya una burla. Había que entender que lo de sangre es lo que cuenta. Había que entender que ahora su sitio estaba fuera, detrás de una verja. Matveo, en verdad, era un encanto. Crecido sin padre, porque su madre nunca le comentó a Arturo que existía, había superado todos los obstáculos. Inteligente, guapo, carismático. —Papá, he ayudado en la perrera. He arreglado jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que he terminado la carrera con matrícula? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Esa misma tarde, cuando Arturo se marchó después de un rato más, Lena repasaba viejas fotos… La boda de Arturo con su madre (la madre, que falleció cinco años atrás, dejándolos solos). Esta en la casa del pueblo… Esta otra, Lena el día de su graduación… Nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo algo urgente —su padrastro fue a verla a las ocho de la mañana. —¿Y esa urgencia? Lena se apartó el flequillo con la diadema y puso la cafetera. —Es por lo del piso para Matveo. —¿O sea que era verdad? —le cortó la respiración. —Perdóname, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería que te preocuparas. Pero necesito que me aconsejes. Hay que darse prisa. Si Matveo quiere casarse, antes de que sea más mayor, es mejor que tenga al menos un techo. Sabes cómo me crié yo… —Pues pide una hipoteca —murmuró Lena, sin ganas de hablar de comprar pisos para Matveo—. Bien acomodadito vive ese chico. —Sí, lo sé. Pero tú sabes mi historial… Matveo merece que su padre, al que ha perdido toda su vida, le compre una casa. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías, si te lo pido? —Depende. —Te explico. Tengo doscientos mil euros para la entrada. Pero el banco a mí no me lo dará. A ti sí, estás limpia. Lo ponemos a tu nombre, firmamos la hipoteca, pago yo. No tendrás que pagar nada, lo juro. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se desvaneció. Claro que hay diferencia. No van a lanzar a Matveo como carne de cañón. —O sea, que para Matveo el piso, y a mí el crédito. ¿Eso es? Arturo negó con un gesto, herido de una sinceridad casi infantil, como si fuera ella la que se lo hubiera propuesto. —¡No digas eso! Pago yo… No te pido pagar. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo… —Mira, Arturo, no pienso en si debo endeudarme o no. Pienso en cómo dejas claro que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo, uno de verdad. Me conoces desde hace quince años, a él desde hace seis meses, pero solo importa que es sangre de tu sangre. —¡No es cierto! —bramó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Eso no es justo! Pero… él es mi hijo biológico… Se acabó. Ya no era su hija. Solo aceptable mientras no había surgido su “verdadero” hijo. —Entiendo —intentó estar correcta Lena—. No puedo, Arturo. Algún día necesitaré comprarme yo mi propio piso. No me van a dar dos hipotecas. Recién entonces pareció que Arturo recordaba que ella también necesitaba casa. —Claro, cierto, tú también vas a necesitar… —ajustó el reloj—. Pero hasta que llegue ese momento, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Solo sería complementar un poco más. Serían solo un par de años. —No voy a poner nada a mi nombre. Tampoco esperaba que Arturo lo entendiera. —De acuerdo —dijo él—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré yo mismo. Ya no importaba si alguna vez la quiso como a una hija. Ahora Lena veía a Arturo solo en las fotos. Un día, al mirar el móvil, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matveo, ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matveo; y la leyenda debajo: “Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo primero”. Familia. Lena dejó el móvil. De pronto recordó un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivían humildemente y su muñeca, regalo de su abuela, se rompió. Lloraba, y su padre de verdad le dijo: “Len, ¿por qué lloras por esas tonterías? ¡Déjame tranquilo!” A él nunca se le podía molestar. Su mayor compañía era una botella. Se podía decir que tampoco tenía padre. Pero siempre pensó que Arturo lo había suplido… Arturo intentó convencerla de nuevo unos días más tarde. —Len, creo que tendríamos que hacer algo con esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te dije que no. —No entiendes la situación. Matveo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarle. Es ya mayor. Necesita una casa. Solo te pido que estés, nada más, ni gastarás un euro. Lo prometo. —¿Quién me compensa a mí mis ausencias…? Aquello le enfureció. —¡Lena, basta! No quiero discutir. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matveo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero diferente, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como un recurso. —¡Lena, por favor! Te pasas. —Te volcaste en él en seis meses, Arturo —dijo Lena—. No te pido que elijas. Es que la elección es obvia. Tienes razón: Matveo es tu sangre. Yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo, ni una llamada. Un día, en la misma red social, vio otra foto. Arturo y Matveo, posando ante un paisaje de montaña. Arturo lucía un equipo de esquí de última moda. El texto: “Enseñando a papá a hacer snowboard. Es mayor para esto, pero con un hijo, ¡todo es posible!” Lena contempló mucho rato la imagen. Extendió la mano a su escritorio, para acabar un informe, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matveo. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quiere que sepas que ya resolvió el tema del piso sin ti y que está preocupado por ti. También te pide mucho que vayas con ellos en el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le haría mucha ilusión”. Tardó en escribir una respuesta, borrándola y volviéndola a empezar varias veces. “Hola, Matveo. Dile a Arturo que me alegro muchísimo de que todo le vaya bien. Y que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar.” No mencionó que el billete lo había pagado ella y que en vez de Turquía, iría a Málaga. Ni que, en vez de con su padre, viajaba con una amiga. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que tal vez se puede ser feliz incluso sin él.
Hijo de sangre Elena, no te lo imaginas ¡Íñigo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a Benidorm!
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015
Que esta noche sea la última, la disfrutará con belleza. Mirará a su amor y deseará una larga vida. Luego se acurrucará junto a la ventana de ella y se perderá en sus sueños, sin volver jamás…
Oye, tío, te cuento la historia de Rojito, el gatito que vivió tres inviernos en la calle de Lavapiés
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0104
¡Mamá, tu hijo ya es adulto! Eso fue exactamente lo que le dije a mi suegra cuando, una vez más, le preguntó a su hijo qué calzoncillos llevaba puestos. Por cierto, la semana pasada cumplió 30 años. Ella controla todos sus movimientos, piensa que yo no valgo nada. Me asombra su capacidad de controlar la vida de su hijo, pero ya he tenido suficiente. Ha llegado al punto de que mi marido se plantea dejar el trabajo si a su madre no le gusta dónde trabaja. Cuando busca empleo, ella le da dinero. Por supuesto, es una mujer acomodada, pero yo no quiero vivir con un marido sano y capaz a costa de los demás. Un día fuimos a una boda. Mi marido se compró un traje nuevo a buen precio. Cuando mi suegra lo vio, se puso furiosa: no era de marca. Le dio dinero y lo mandó a comprarse otro. Hace poco nos regaló un piso, pero está a su nombre. No me molesta, pero lo amuebla todo a su gusto. ¿Cómo voy a sentirme en casa si ni siquiera puedo elegir la tapa del inodoro? Por un lado, deberíamos estarle agradecidos. Pero por otro, parece que lo hace para demostrar su superioridad. Hace todo por su hijo. Y a él parece no importarle nada, no le reprocha absolutamente nada. Hace unas semanas, mi madre vino a visitarnos. Vive en un pueblo y pensaba quedarse en nuestra casa. Cuando mi marido la vio, dijo: – Vamos a darle una taza de té a tu madre y la llevamos en taxi a casa de la tía. Resulta que mi suegra le había ordenado aislar a mi madre de mí porque podía “influirme mal”. Mi madre tiene familiares en la ciudad, pero vino a verme a mí y era en mi casa donde tenía que quedarse. ¿Sabéis lo que hice? Cogí mis cosas y me fui con mi madre. No me arrepiento, por fin dejé de doblegarme ante nadie. ¡Jamás te cases con un niño de mamá, no merece la pena!
¡Mamá, tu hijo ya es un hombre hecho y derecho! Eso fue exactamente lo que le solté a mi suegra cuando
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0105
Un hombre disfrutaba de un día libre y dormía plácidamente, pero de repente sonó el timbre de casa: ¿Quién podía venir tan temprano? Al abrir la puerta, vio a una anciana desconocida y asustada. —¿A quién busca usted?— preguntó él. —¿Hijo, no reconoces a tu madre?— Contestó la mujer. Él dudó, pero finalmente la dejó entrar, recordando el doloroso día en que le arrebataron a su madre y fue enviado al orfanato. Había aprendido a vivir por sí mismo, nunca hablaba de sus padres, decía que estaban muertos. Ella tampoco recordaba bien cuándo le retiraron la custodia, entre el alcohol y la prisión nunca sintió verdadero cariño por su hijo mayor. Sólo cuando nació el segundo hijo despertó su instinto materno, volviéndose feroz protectora de ese niño, mientras el mayor era olvidado. El hermano pequeño siguió sus pasos, acabando en reformatorios y en la cárcel. Al saber que el hijo mayor era exitoso, la madre lo buscó, lloró en su casa, suplicó ayuda para resguardar al hermano menor, aunque solo le importaba el dinero. Tras alquilarle un piso y ayudarla, el hombre procuró mantenerse alerta. Una cuidadora del orfanato le advirtió: “Tu madre sólo quiere salvar al menor, no confíes en ella, nunca te ha amado”. El hombre, conmocionado al saber que tenía hermano, lo confrontó, y poco después fue atacado brutalmente. La policía descubrió que la madre había contratado a los agresores para quedarse su herencia y asegurarle una vida cómoda al hijo menor. Ante el juez, la madre pidió perdón pero él, entre lágrimas, concluyó: “Ya viví sin madre antes, ¡y seguiré viviendo sin ella!”
Recuerdo bien aquel día en Madrid, hace ya tantos años. Era un día festivo, uno de esos raros en los
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018
Esteban se compadeció de un gato callejero: un mes después, su piso era irreconocible.
Octubre había sido particularmente frío en el barrio de Lavapiés. La lluvia no cesaba, el viento rugía
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070
Mi esposo trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo. Me preguntáis cómo he llegado a este punto en mi vida y cómo pude aceptar una situación así, pero os responderé que todas las mujeres que aman están ciegas. Yo fui ciega. Toda mi vida he intentado y aprendido. Mi madre siempre me decía de pequeña que, si quería tener una buena vida, debía esforzarme mucho. También me decía que una mujer debía ser fuerte e independiente, para poder mantenerse por sí misma si fuese necesario. Parece que ese último consejo me jugó una mala pasada. Cuando salía con hombres, siempre mostraba mi independencia y a muy pocos les atraía salir conmigo. Por aquel entonces, la mayoría de los hombres querían una mujer frágil a la que cuidar y demostrar así su fortaleza y masculinidad. Yo me bastaba sola. Después me centré únicamente en el trabajo. Fui soltera hasta los 35 años, cuando conocí a David. Tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptara mi independencia. Es decir, nunca insistía en ayudarme con algo si yo decía que podía hacerlo sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras dulces y vacías que detestaba. A su lado era su pareja en igualdad de condiciones. Debería haber sospechado cuánto me costaría esa igualdad, que en realidad no era tan igual. Nos casamos y empezó a vivir en mi casa. David no tenía vivienda propia, vivía con su madre. Y yo no quería convivir con mi suegra. Ya había oído varias historias así y nada me agradaba. El primer mes David no me dio nada de su sueldo, diciendo que debía pagar una pequeña deuda por la operación de su madre. No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia, que salde la deuda y después trabajaremos juntos en todo. Pero pasaron siete meses y aún no la había pagado. Siempre decía que le pagaban poco, que le redujeron las horas o cualquier otra excusa. Todo el tiempo era yo quien pagaba la comida, el ocio y los gastos. Luego empezó a decirme que estaba ahorrando para comprarnos una casita en el pueblo. Quizá para las vacaciones. Pero en cinco años nunca he visto el extracto de su cuenta. Somos familia. Después discutí con él. ¿Cómo puede ser que lleve cinco años manteniéndolo? No es normal. Se marchó a casa de su madre, así, sin más. Tres días después, incapaz de aguantar la situación, le pedí que volviera. Y otra vez la misma historia. No quiere contribuir con nada. Y yo estoy agotada. Me gustaría gastar en cosas de mujeres, pero no tengo ahorro – todo se va en la familia. ¿Qué hago? ¿Solicitar el divorcio? ¿Cambiará alguna vez él?
Mi marido trabaja, pero soy yo quien paga todo. A veces me preguntan cómo llegué a esta situación y cómo
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