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068
El Arrepentimiento Tardío.
Querido diario, Hoy, al volver al barrio de Lavapiés, escuché una voz familiar que me hizo detenerme
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0138
—Buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Elena, le hemos puesto el piso a su nombre Nicolás se incorporó de la cama y fue despacio a la habitación de al lado. A la luz tenue de la lámpara nocturna, con la vista cansada, miró a su esposa. Se sentó a su lado para escucharla. —Parece que todo está bien. Se levantó y caminó lentamente hacia la cocina. Abrió el kéfir, pasó por el baño. Y regresó a su habitación. Se tumbó en la cama. No podía dormir: —Con Elena ya tenemos noventa años cada uno. ¿Cuánto hemos vivido? Pronto nos iremos con Dios, y aquí no queda nadie. Las hijas… Natalia ya no está, no llegó ni a los sesenta. Tampoco está ya Máximo. Siempre de juerga… Y la nieta, Oxana, vive en Polonia hace ya veinte años. Ni piensa en sus abuelos. Seguro que ya tiene hijos grandes… No notó cuándo se quedó dormido. Lo despertó el tacto de una mano: —Nicolás, ¿estás bien? —susurró apenas una voz. Abrió los ojos. Su esposa se inclinaba sobre él. —¿Qué pasa, Elena? —Es que te veía tumbado, sin moverte. —¡Sigo vivo! ¡Vuelve a dormir! Pisadas arrastradas. Un clic en el interruptor de la cocina. Elena bebió agua, fue al baño y volvió a su cuarto. Se tumbó en la cama: —Así será, un día despertaré y él ya no estará. ¿Qué haré entonces? O quizá me vaya yo primero. Nicolás ya encargó nuestro velatorio. Nunca hubiera pensado que eso se podía organizar con antelación. Por otro lado, mejor así. ¿Quién lo haría si no? La nieta ya ni se acuerda de nosotros. Solo la vecina, Ivanka, viene a vernos. Ella tiene la llave de nuestro piso. El abuelo le da mil euros de nuestra pensión. Ella nos compra comida, o lo que haga falta. ¿Para qué queremos el dinero? Además, ya no bajamos solos desde el cuarto piso. Nicolás abrió los ojos. El sol entraba por la ventana. Salió al balcón y vio el verde en la copa del cerezo. Sonrió: —¡Hemos llegado al verano! Fue a ver a su mujer. Ella estaba sentada en la cama, pensativa. —¡Elena, basta de estar triste! Ven, tengo algo que enseñarte. —Ay, no tengo fuerzas —la anciana se levantó apenas del lecho—. ¿Qué tramas ahora? —Ven, ven. La ayudó hasta el balcón, sujetándola por los hombros. —¡Mira, el cerezo está verde! Y decías que no veríamos el verano. ¡Aquí estamos! —Pues sí… Y luce el sol. Se sentaron en un banco en el balcón. —¿Recuerdas cuando te invité al cine? Todavía en el cole. Ese día el cerezo también se puso verde. —¿Cómo olvidarlo? ¿Hace cuántos años de eso? —Más de setenta… Setenta y cinco. Pasaron rato recordando su juventud. Muchas cosas se olvidan con los años, hasta lo que uno hizo ayer. Pero la juventud, esa nunca se olvida. —¡Ay, que estamos charlando demasiado! —dijo la esposa—. Ni hemos desayunado. —Elena, haz un buen té. Ya me harta esta infusión de hierbas. —Pero no debemos… —Al menos suave, y échale un poquito de azúcar. Nicolás bebía ese té flojo, con un pequeño bocadillo de queso, recordando cuando el té era fuerte y dulce con bollos o tortitas. Entró la vecina. Sonrió: —¿Cómo va todo? —¿Qué puede ir con noventa años? —bromeó el abuelo. —Si bromeas, todo bien. ¿Qué os compro? —Ivanka, compra carne —pidió Nicolás. —No deberíais… —Pollo sí podemos. —Vale, os voy a hacer sopa de fideos. La vecina limpió la mesa, lavó los platos. Y se fue. —Elena, vamos al balcón —propuso el marido—. Al sol estaremos mejor. —Vamos… La vecina volvió. Salió al balcón: —¿Ya echáis de menos el solecito? —Aquí se está bien, Ivanka —sonrió Elena. —Ahora os subo un plato de gachas y empiezo la sopa para la comida. —Buena mujer —dijo él mirándola—. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Elena, le hemos dejado el piso. —Ella no lo sabe. Se quedaron en el balcón hasta la comida. De primero, sopa de pollo, deliciosa con trozos de carne y patata aplastada. —Siempre la hacía así para Natalia y Max cuando eran pequeños —recordó Elena. —Y ahora, en la vejez, nos cocinan desconocidos —suspiró su marido. —Así será nuestro destino, Nicolás. Cuando faltemos, ni lágrimas habrá. —Basta, Elena, no vamos a estar tristes. ¡Vamos a echar la siesta! —Nicolás, bien lo dicen: “Que viejo y niño, se parecen”. Todo igual que niños: sopa pasada, siesta, merienda… Nicolás descansó pero no dormía. El tiempo, quizás. Fue a la cocina. Dos vasos de zumo preparados cuidadosamente por Ivanka. Los tomó y, con cuidado, fue al cuarto de su esposa, que miraba por la ventana, pensativa: —¿Qué tienes, Elena, triste de nuevo? —sonrió—. ¡Al zumo! Ella probó un trago. —¿Tampoco puedes dormir? —Este tiempo raro… —Hoy me siento floja —dijo Elena—. Siento que me queda poco. Entiérrame bien. —Elena, no digas eso. ¿Cómo viviré yo sin ti? —Uno tiene que irse antes, Nicolás. —¡Basta! ¡Vamos al balcón! Estuvieron allí hasta la tarde. Ivanka preparó tortitas de queso. Merendaron y pusieron la tele. Cada noche veían algo antes de dormir, pero solo aguantaban viejas comedias o dibujos. Hoy sólo vieron un dibujo. Elena se levantó: —Me voy a la cama, estoy cansada. —Yo también. —Déjame mirarte bien —pidió la esposa. —¿Para qué? —Solo por mirar… Se miraron largo rato. Quizá recordaban la juventud, cuando todo estaba aún por vivir. —Ven, te acompaño a la cama. Elena cogió el brazo de su marido y caminaron despacito. Él la arropó con cuidado y fue a su cuarto. Sentía un peso en el corazón. No podía dormir. Parecía no haber dormido nada. El reloj marcaba las dos. Se levantó, fue al cuarto de su mujer. Ella tenía los ojos abiertos: —¡Elena! Le tomó la mano. —¡Elena, cariño! ¡E-le-na! Y de repente, a él también le faltó aire. Fue a su cuarto, buscó los papeles que había preparado y los dejó en la mesa. Volvió con su esposa. La miró mucho rato. Luego se tumbó a su lado y cerró los ojos. Vio a su Elena, joven y bella como hacía setenta y cinco años. Caminaba hacia una luz lejana. Él la siguió y le cogió la mano. Por la mañana, Ivanka entró en la habitación. Estaban juntos, lado a lado. Una misma y serena sonrisa en sus rostros. Finalmente, la mujer llamó al SAMUR. El médico llegó, los miró y negó con la cabeza, sorprendido: —Se fueron juntos. Debieron de amarse mucho… Se los llevaron. Ivanka se dejó caer en la silla junto a la mesa. Entonces vio los papeles y el testamento a su nombre. Apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar… Dadle a “Me gusta” y dejad vuestros comentarios.
Buenísima mujer. ¿Qué haríamos sin ella? Y tú solo le pagas dos mil euros al mes. Ángela, si hemos puesto
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094
“¡No me mires así! No necesito a este bebé. ¡Tómalo!” – me lanzó la desconocida la mochila portabebés de golpe. No entendía qué estaba pasando.
¡No me mires así! ¡No quiero a este bebé! ¡Déjalo! exclamó una mujer desconocida arrojándome el portabebés
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01.3k.
¡Por más que he rogado a mi suegra que no me visite tan tarde, no me ha hecho caso!
He pedido a mi suegra, Carmen, que no venga a visitas nocturnas y ella sigue sin escucharme.
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0156
— ¿De dónde sacaste esta foto? — Iván se puso pálido al ver en la pared la imagen de su padre desaparecido…
¿De dónde sacó esa foto? Iván palideció al verle colgada en la pared, el retrato del padre desaparecido
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045
En el umbral esperaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor estaba enamorado de Juana. Le escribía notitas y hacía lo imposible por llamar su atención. Pero a Juana le gustaba Diego, un alto rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo del colegio. Juana nunca reparó en el torpe y mal estudiante Víctor. Poco después, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase de al lado. Cuando terminaron el colegio, Víctor volvió a intentar conquistar a Juana. Incluso le pidió matrimonio en la fiesta de graduación… Pero Juana le cortó de raíz: “¡No!”. Ni se le pasaba por la cabeza salir con él. Terminado el instituto, Juana empezó a trabajar como contable; su jefe era un atractivo y experimentado moreno, diez años mayor que ella. Admiraba su profesionalidad, su inteligencia y su porte. Entre ellos nació una relación y a Juana no le importaba que el hombre estuviera casado y tuviera un hijo pequeño. Valentín Borja le juraba que se separaría y que solo la quería a ella. Pasaron los años y Juana se acostumbró a pasar sola los fines de semana y las fiestas. Siempre pensaba que algún día su amado dejaría a su mujer y estarían juntos. Un día, Juana vio a Valentín con su esposa en el supermercado. Ella estaba embarazada y él la llevó de la mano. Cargó las bolsas y juntos se subieron al coche. Juana se quedó observando, con lágrimas en los ojos, aquella escena perfecta. Al día siguiente, decidió dejar el trabajo… Se acercaba Nochevieja y Juana no tenía ganas ni de hacer la compra ni de decorar la casa, ni de celebrar nada. Pero al llegar un día a casa, notó que hacía frío. Resultó que la caldera se había estropeado. Juana vivía en un chalé a las afueras. Intentó llamar a un técnico, pero en vísperas de las fiestas todos pedían muchísimo dinero, sobre todo al saber que era en las afueras. Ya desesperada, llamó a su amiga Lara, cuyo marido trabajaba en el gremio y tal vez pudiera ayudarla. Lara prometió llamarle enseguida. Dos horas después, alguien llamó a la puerta. En el umbral había un desconocido, pero al mirar bien reconoció a… ¡Víctor, su antiguo compañero de clase! —Hola, Juana, ¿qué te pasa aquí? —Eh… ¿cómo lo has sabido? —Me llamó el jefe y me pidió que viniera a esta dirección: que aquí hace un frío que pela. ¿Has vaciado el agua para que no se congelen los radiadores? —No, ¡ni idea de cómo se hace! —Vaya, así puedes quedarte sin calefacción. Menos mal que no hiela mucho. Víctor vació la instalación, arregló lo de la caldera y se marchó. Poco después volvió con piezas nuevas. En seguida la casa de Juana volvió a estar cálida. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Juana, tienes el grifo goteando y la bombilla parpadeando… ¿Tu marido no puede arreglarlo? —No tengo marido… —¿Ah, no? ¿Sigues buscando a tu príncipe azul? —Pues… No busco ya ideales. No tengo a nadie –confesó Juana. —¿Entonces por qué me rechazaste? –dijo Víctor, sonriendo. Ella no contestó… Después de arreglar el grifo y la luz, Víctor se despidió. Juana recordó entonces su infancia y juventud, y al regordete muchacho que un día se enamoró de ella. Víctor había cambiado mucho: era alto, delgado, de ojos oscuros. Pero su sonrisa seguía siendo la de siempre. No le dio tiempo a preguntarle si estaba casado… El 31 de diciembre, llamaron de nuevo a la puerta. Juana fue a abrir, sorprendida. No esperaba a nadie. Y en el umbral, de nuevo, estaba Víctor. Esta vez en un elegante traje y con un ramo de flores en la mano. —¡Juana! Te lo pregunto otra vez. ¿Quieres casarte conmigo o vas a esperar al príncipe hasta la jubilación? Ella, entre lágrimas, asintió feliz. A la segunda, la proposición fue aceptada…
En el umbral estaba un desconocido. Víctor llevaba coladito por Inés desde el instituto. Le escribía
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0124
Mi madre se fue de casa cuando yo tenía 11 años. Un día hizo la maleta y se marchó. Mi padre me dijo que necesitaba “poner en orden su vida” y que durante un tiempo no tendríamos noticias de ella. Ese “durante un tiempo” se convirtió en años. Me quedé a vivir con mi padre. Cambiamos de rutina, de casa, de colegio. Su nombre dejó poco a poco de pronunciarse. Durante toda mi adolescencia no supe dónde estaba. No hubo llamadas, ni cartas, ni explicaciones. En cumpleaños, graduaciones, fechas importantes — mi madre nunca aparecía. Mi padre jamás habló mal de ella, pero tampoco la buscaba. Cuando preguntaba, me decía que ella eligió marcharse y que debía aceptarlo. Crecí sin ella. Sin saber cómo sonaba su voz. Sin una imagen clara, más allá de algunas fotos antiguas. Cuando cumplí 28, decidí buscarla. No porque nadie me animase, sino porque necesitaba respuestas. Le pregunté directamente a mi padre si sabía dónde estaba. Me dijo que sí. Siempre supo en qué sitio vivía. Me explicó que de pequeña tenía la dirección, y con los años había sabido por terceros que ella seguía en la misma zona. Me dio una dirección, escrita en una vieja libreta, y me advirtió que no sabía si aún residía allí. Fui a ese pueblo un fin de semana. Pregunté en varias tiendas y en una panadería, hasta que por fin alguien me indicó la casa. Era pequeña, con rejas blancas y una puerta metálica. Llamé al timbre. Ella abrió. No preguntó quién era. Simplemente me miró y esperó a que hablara. Dije mi nombre y que era su hija. No mostró sorpresa ni emoción. Me pidió que no entrara, y hablamos en la puerta. Le dije que solo quería verla y entender por qué se había marchado. Ella me dijo que no deseaba retomar el contacto y prefería que no la llamara más. Me explicó que su propia madre la abandonó cuando tenía 11 años y desde entonces aprendió solo una cosa: marcharse antes de encariñarse demasiado. Dijo que nunca quiso ser madre. Que quedarse conmigo fue una decisión para la que no estaba preparada, y marcharse fue lo único que supo hacer. Le pregunté por qué nunca me buscó cuando fui adulta. Me respondió que mi padre siempre supo dónde encontrarla y que jamás la llamó para decirle que intentara acercarse a mí. Para ella, eso fue prueba de que lo mejor era mantenerse lejos. Dijo que no quería abrir el pasado ni empezar ahora, tras tantos años, una relación. La conversación duró menos de quince minutos. No hubo abrazos. No hubo largas despedidas. Me dijo que esperaba que entendiese su decisión y cerró la puerta. Ese mismo día me fui del pueblo. No la busqué más. No le escribí. No he sabido nada de ella desde entonces. ¿Pensáis que me equivoqué al buscarla?
Recuerdo que mi madre se marchó de nuestra casa cuando yo tenía apenas once años. Una mañana, sin apenas
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0106
Mi matrimonio parecía normal. No era “perfecto” como en las redes sociales, pero sí estable: sin discusiones sonoras, sin celos ni señales extrañas. Él no escondía el móvil, no llegaba tarde, no cambiaba su rutina. Nunca sospeché nada. La mujer por la que me dejó trabajaba con él. Más joven que yo, soltera, sin hijos. La había visto un par de veces; incluso vino a mi casa en una reunión de la empresa. Me saludó como si nada, habló con normalidad. Jamás noté algo raro. La conversación fue un viernes por la noche. Llegó de trabajar, dejó las llaves en la mesa y me dijo que teníamos que hablar. Se sentó frente a mí y fue directo: que ya no me quería, que estaba confundido, que había conocido a otra y que se iría con ella. Que no era culpa mía, que yo era una buena mujer, pero con ella se sentía vivo. Le pregunté desde cuándo. Me dijo: desde hace meses. Le pregunté por qué no noté nada. Me contestó que precisamente por eso, porque había sido muy cuidadoso. Aquella misma noche agarró algo de ropa y se fue. No hubo bronca. No intentó arreglar nada. Los meses siguientes fueron los peores. Yo no tenía ingresos fijos. Las facturas empezaron a acumularse: alquiler, luz, comida. Comencé a vender cosas de casa. Algunos días solo comía una vez. A veces cortaba el gas para ahorrar. Lloraba, pero tenía que seguir pensando en cómo salir adelante. Busqué trabajo sin éxito. Pedían experiencia o estudios que no tenía. Un día, por necesidad, hice un postre y se lo vendí a una vecina. Luego preparé más. Empecé a ofrecerlos por WhatsApp. Recorría las calles andando para repartirlos. Unos días vendía poco; otros días agotaba todo. Poco a poco la gente comenzó a buscarme. Cocinaba dulces por la noche y los repartía por la mañana. Con eso pagaba la compra, luego las facturas, luego el alquiler. No fue rápido ni fácil: meses de cansancio, poco sueño y vivir al filo. Sigo viviendo así. No me hice rica. Pero sigo firme. No dependo de nadie. Mi casa ya no es la misma, pero es mía. Él sigue con la mujer por la que me dejó. Jamás volví a hablar con él. Si algo he aprendido, es a sobrevivir cuando no hay alternativa. No porque quisiera ser fuerte… sino porque no había nadie más que lo hiciera por mí.
Mi matrimonio parecía normal. No era perfecto como los que se ven en las redes sociales, pero era sólido.
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0138
¡Un año entero dando dinero a los niños para saldar una deuda! ¡No daré ni un céntimo más!
Durante todo un año pagamos la hipoteca de los nietos para que saldaran su préstamo; ¡ya no pondré ni
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029
¡Las mamás siempre tienen la razón!
Querido diario, Hoy he escuchado a mi madre, Doña María, decir con total franqueza: «Lucía, ese Carlos
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