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011
Cuando escribí en la hoja blanca “Renuncia – María Ilieva”, no lo hice por debilidad. Lo hice porque ya tenía un plan.
Cuando escribí en la hoja en blanco «Renuncia María Ortega», no lo hice por debilidad. Lo hice porque
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0950
—¿Por qué queréis pedir una hipoteca? ¡Podéis vivir con nosotros y os daremos nuestra casa!— dijo mi suegra. Mi suegra intenta disuadirnos de solicitar un crédito hipotecario y nos insiste en que vivamos con ellos, asegurándonos que su casa pasará a mi marido, al ser el único heredero. Pero, aunque los padres de mi marido apenas tienen cuarenta y cinco y cuarenta y siete años, seguimos siendo jóvenes— tenemos veinticinco años y los dos trabajamos, nuestros sueldos nos permiten alquilar y prefiero evitar conflictos familiares por los desencuentros cotidianos. Los padres de mi marido insisten en la convivencia; mis propios padres tienen un piso de tres habitaciones donde cabemos todos, pero no quiero invadir la intimidad de nadie ni sentirme una invitada. Tampoco me sentiría cómoda viviendo en la casa de mis suegros. Durante la cuarentena, la propietaria del piso que alquilábamos nos pidió marcharnos porque necesitaba el espacio para su sobrina y su familia. Nos costó encontrar otro lugar y tuvimos que alojarnos con los padres de mi marido, quienes nos acogieron con cariño. Mi madre no me hacía la vida imposible, aunque frecuentemente me recordaba que todo lo hacía mal; mi suegra era diferente. Ya habíamos pensado en pedir una hipoteca; entonces entendimos que era el momento adecuado y acordamos ahorrar lo máximo posible, aunque deseaba independizarme pronto de mis suegros. Sabía que si volvíamos a alquilar tardaríamos mucho en ahorrar para la entrada. Aunque mis suegros no interferían, tenían su propia rutina y costumbres— muy distintas a las nuestras. Mi marido y yo teníamos que adaptarnos porque estábamos en su territorio. Aparentemente eran cosas pequeñas, pero me sentía incómoda. Desde el principio, mi suegra me apartó de la cocina explicándome amablemente que ese era su reino y nadie más podía entrar. Pero me resulta difícil comer lo que cocina, porque le gustan demasiado las especias y usa mucha cebolla. Puede parecer una tontería, pero me supone un problema; cuando intenté cocinar para mí, ella se sintió ofendida, como si la juzgara mala anfitriona. Todos los viernes hace limpieza general; cuando llegamos agotados del trabajo, ella se ofende si no colaboramos, aunque yo le pregunté por qué no limpiaba en sábado o domingo y me respondió que los fines de semana son para descansar. Son muchos detalles así. Me consuela pensar que mi suegra no se burla de mí, sino que es su manera de hacer las cosas y todo es temporal en mi vida. Acordamos con mi marido no contarles que ahorrábamos para nuestro propio piso. Pagábamos mitad de gastos y dábamos dinero para las compras, el resto lo ahorrábamos. Un día hablamos sobre el coche nuevo del primo de mi marido y entonces su padre mencionó que nosotros también debíamos pensar en el coche. Mi marido dijo que era más importante comprar nuestra casa. — ¿Cuántos años vais a ahorrar? — preguntó el suegro. Mi marido le explicó que no era para comprar el piso, sino para la entrada de la hipoteca. —Podéis vivir con nosotros, ¿para qué la hipoteca? ¡Os daremos nuestra casa!— dijo mi suegra. Intentamos explicar que queríamos nuestro propio hogar, pero nos tacharon de poco sensatos, porque vivir con ellos nos quitaría el gasto del banco. Al ver que no cedíamos, mi suegra comenzó a convencernos de pensar en hijos y no en hipotecas. Cada día teníamos que escuchar argumentos a favor de la convivencia. Sus palabras no me convencían, pero mi marido empezó a cambiar de opinión y me dijo que su madre tenía razón.— No necesitamos pedir la hipoteca. Mi madre tiene razón. Vivimos tranquilos, sin peleas. Cuando llegue el momento, nos pasarán la casa. — Dentro de cincuenta años será nuestra— respondí, frustrada. Después de esa conversación, mi marido mencionaba a menudo que quizá pronto sus padres necesitarán que les cuidemos, que la hipoteca es una carga y que cuando yo tenga baja por maternidad será más difícil pagarla. Sin embargo, yo quiero ser ya dueña y señora de mi hogar, no esperar a heredar cuando mi suegra falte…
Podéis vivir con nosotros, ¿para qué queréis una hipoteca? ¡Os dejamos nuestra casa! me dijo mi suegra.
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017
Vete y no regreses — Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel con lágrimas en los ojos—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con manos temblorosas, el chico desenganchó la pesada cadena de hierro, llevó a Berta hacia la verja y, abriendo de par en par la cancela, trató de empujarla al camino. Pero ella no entendía lo que ocurría. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. Enseguida va a volver él y… En ese mismo instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, en el porche, apareció un Vasili borracho con un hacha en la mano. ***** Si la gente pudiera imaginarse, aunque fuera solo por un momento, cuán dura puede ser a veces la vida de los perros que terminan en la calle sin haberlo buscado, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Como mínimo, los mirarían con compasión y ternura, y no con desprecio y enfado, como tantas veces ocurre. Pero ¿cómo van a saber las personas qué pruebas tienen que soportar nuestros amigos de cuatro patas y todo lo que les toca pasar? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Tampoco pueden quejarse de su destino. Toda su pena se la guardan para ellos. Pero yo, si me lo permitís, voy a contaros una historia. Una historia de amor, de traición y de lealtad… Y empezaré mi relato contando que Berta dejó de ser necesaria ya desde muy pequeña. ¿Qué hizo para disgustar tanto a su primer dueño? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Quizás simplemente fue por haber nacido. Y él no encontró mejor solución que llevar a la cachorrita de apenas dos meses hasta las afueras del pueblo más cercano y… …dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla allí. Ni siquiera tuvo la decencia de llevarla hasta el pueblo, donde seguro alguien la habría recogido. En vez de eso, abandonó a la pequeña junto a la carretera y se marchó a la ciudad con la conciencia tranquila. Por esa carretera circulaban coches, autobuses, camiones y hasta maquinaria pesada, todos a gran velocidad. Un paso en falso, y la perrita podría haber terminado bajo las ruedas. Quizá hasta eso esperaba su dueño. Y aunque no la atropellara nadie, sin comida ni agua no habría sobrevivido mucho tiempo. Era una cachorra. Pero aquel día Berta tuvo mucha suerte. Aquel día, el que aún no tenía nombre, se encontró con Miguel. Y gracias a él, sobrevivió. Fue aquel DÍA en el que el padre de Miguel le regaló una bicicleta de estreno por su cumpleaños, y el chico, que justo cumplía catorce años, salió corriendo a probar su «caballo de hierro». —No te alejes del pueblo —le gritó Antonia mientras su hijo se subía a la bici y, moviendo las piernas con entusiasmo, salía por la calle—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel, feliz—. ¡Ya verás que todo va a salir bien! Pero finalmente, Miguel terminó alejándose del pueblo. Las calles del pueblo nunca se arreglaban —baches grandes, imposible circular ni siquiera a pie, peor aún en bici— y hacia la carretera del pueblo a la ciudad habían asfaltado hacía un mes, así que Miguel quería disfrutar del aire fresco y pedalear un poco. Además, casi no pasaban coches, y los domingos la gente estaba en casa. Y así, ya casi en la carretera, Miguel estuvo a punto de dar la vuelta cuando vio a la orilla un pequeño cachorro, que iba de un lado a otro como loco. Corría hacia los coches y, en el último segundo, se apartaba. Era difícil de ver, daba miedo. «¿Qué le pasará? ¿Qué hace ahí?», pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bici en la hierba y fue caminando hacia la perrita. ***** —¡Mamá, papá, mirad a quién he encontrado! —sonrió Miguel, cuando entró en casa—. La han abandonado en la carretera. ¿La podemos quedar? Es buenísima. —¿Miguel, saliste del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, fue solo hasta la carretera, para volver enseguida —dijo el chico con la mirada baja—. Pero mira, de algo ha servido. Si no la hubiera recogido, habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No piensas en ti, hijo? Podrías haber tenido un accidente. Es peligroso para un niño estar solo en la carretera, y menos en bici. —No lo volveré a hacer, lo prometo. ¿Me puedo quedar a la perrita? Yo cuido de ella. Y además… hoy es mi cumpleaños. —¿Cumpleaños, dice? —antonia negaba con la cabeza—. Y aún tenemos que reprenderte por no obedecer. Miguel abrazó al cachorro, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no le regañes tanto como a un niño pequeño —intervino el padre, algo alegre por el vino—. Hoy cumple catorce años, ¡ya es mayor! Y el cachorro es precioso, de raza. Nos cuidará la casa. Quédate con ella, hijo, no tengo ningún problema. —Pues si papá está de acuerdo, yo también —rió Antonia. —¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba realmente feliz de poder quedarse a la perrita. Ese mismo día le puso nombre: Berta. Al principio, creyó que era un macho, pero al conocerla mejor comprobó que era una señorita. Una buena perra, cariñosa y dulce. Con Miguel enseguida se generó una relación estrecha. Y, casi olvidando la bici, Miguel pasó los días enteros con su amiga peluda. Todo parecía ir bien: la cachorrita salvada, Miguel conseguía por fin la mascota soñada, sus padres felices de verle feliz… ¿Final feliz? Por desgracia, el mal llegó seis meses después. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, triste, cayó en el alcohol. Gastó todos los ahorros en beber. Las palabras de Antonia, llorando y suplicando, no servían de nada. Al contrario, solo lo irritaban. Hasta su propia mujer empezó a sacarle de quicio, y Basilio se volvió otro hombre. O, más bien, la bebida le convirtió en un ser frío, cruel y enfadado con el mundo. Empezó a golpear a su mujer por cualquier motivo, incluso sin motivo. No había picoteo en la nevera, se había estropeado el tejado, el tabaco y el vino subían de precio… todo culpa de Antonia. Inútil explicarle que él era el responsable. —¿¡Yo!? ¿¡Yo soy el culpable!? —gritaba Basilio a su mujer. Pero él era el único culpable. Nadie lo obligó a beber. Podía haber buscado otro trabajo, en la ciudad, de conductor, de repartidor, de lo que fuera. Su hijo pronto iría a la universidad, y para eso hacían falta ahorros. Pero Basilio no quería trabajar fuera, y en el pueblo, después de que cerrara la cooperativa, no quedaba trabajo, por lo menos, bien remunerado. —¡Toñi! ¡Toñi, ¿dónde me has escondido la botella?! —gritaba Basilio nada más despertar. Antonia hacía todo lo posible por frenar a su marido, pero siempre acababa mal. Cualquier palabra de más acababa en bronca. Y si escondía la botella, normalmente acababa en golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia tenía prohibido dejar que Miguel interviniera, para que el padre no le pegara también. Con esa mano tan dura, era mejor no tentar a la suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, le acariciaba la cabeza y miraba en silencio hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre mojadas y saladas. Le apoyaba como podía. Y también miraba la casa preocupada. Un día, Miguel también pagó los platos rotos. Su madre se había ido a comprar, y él jugaba en el patio con Berta cuando Basilio lo llamó, lo agarró fuerte y le dio varios bofetones. Miguel aguantó al principio, pero luego gritó de dolor e intentó escaparse. Pero su padre le agarraba como una mordaza. Entonces, Berta, normalmente tranquila y cariñosa, empezó a ladrarle a Basilio de forma feroz, tan fuerte que su padre se desconcertó. Miguel aprovechó y logró soltarse. Luego… …luego, al oír el «¡Te mato!» de su padre, entendió que iría a por algo pesado. No era seguro quedarse. —Vete, ¿me oyes? —susurró Miguel, llorando—. Vete, ¡y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, la empujó al camino. Y ella no lo entendía. ¿La echaban? ¿Por qué? ¡Si no había hecho nada! —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes permanecer aquí. Mi padre volverá y… En ese instante, la puerta se abrió de golpe y Basilio, borracho, apareció en el porche, con un hacha. —¡Miguel! —gritó con furia—. ¿Por qué has soltado a la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, no… —respondió Miguel, asustado, reculando. En ese momento, estuvo a punto de huir junto a la perra, pero… … Miguel no podía dejar sola a su madre con aquel hombre. —¿Que no qué? —rugió Basilio, mirando a Miguel y a la perra que el chico protegía. —No le hagas daño, papá. Vete a dormir, que ni pareces una persona… —¡Ah, sí! ¿No hay que tocarla? ¿No debía haber abierto la boca contra mí? Yo la alimenté y ahora me ladra… Ahora me ocupo de ella y luego de ti, para que aprendas a respetar a tus mayores. Basilio bajó tambaleándose los escalones. —¡Tráela aquí! —No, Basilio, no… Por favor. ¡Es solo una perrita! La vas a matar —gritó Antonia, regresando con la compra. —No me vengas con historias. Esa chucha va a aprender, ¡yo soy el que manda! ¡Miguel, que te digo que la traigas! No había tiempo que perder. Así que Miguel se volvió, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico y, empujándola fuerte hacia el camino, gritó: —¡Vete! ¡Corre! Y perdónanos… Perdónanos, Berta, no quería esto. —¡Maldito chaval! —gritó Basilio, al darse cuenta de lo que hacía su hijo. Y Berta, tras mirar por última vez a Miguel, corrió hacia el bosque. Era el único sitio donde podía esconderse. «Y no regreses, Berta, ¡porque te matará!», le gritó Miguel. Lo que pasó después, Berta ya no lo vio. Solo esperaba que a su humano querido y a Antonia no les pasara nada malo. ***** Han pasado desde ese instante… …no, no un mes ni siquiera un año. Han pasado siete años enteros desde aquel momento. Siete largos años esperando un milagro. Berta esperaba y soñaba con que algún día podría reencontrarse con Miguel. Pero con los años perdió la esperanza. Miguel y Antonia ya no vivían en el pueblo. Regresó solo una vez, medio año después, cautelosamente hasta la verja. Empujó suavemente la puerta, que estaba entreabierta, y entró. Solo encontró la casa quemada, deshabitada. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio, a quien no quería ver. Volvió tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, Berta sentía que no les había pasado nada malo; seguramente simplemente se marcharon. Pero nunca supo cuándo ni adónde. Y entendió que probablemente Miguel y Antonia nunca regresarían. No les quedaba a dónde volver. Ya no tenía familia. Ni casa. Así pasó cerca de un año, o quizá más, recorriendo aldeas, sin establecerse en ningún sitio. Hasta que un día, un anciano la recogió en la carretera, cerca de su antiguo pueblo. Como un déjà vu… —¿Te has perdido? —rió el hombre de barba blanca—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Berta fue con él. No tenía alternativa. El anciano, aunque era aficionado a la bebida, resultó buena persona. La cuidaba, le daba comida, huesos, calditos. Gastaba en ella sin escatimar. Incluso la llevaba consigo al trabajo. Trabajaba de sereno, y también era cuidador. Del cementerio. Al principio, a Berta le daba miedo andar entre las tumbas, pero luego se acostumbró. A Nicolás Fernández también se acostumbró. Era buen hombre, solamente muy solo. Y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, a diferencia de Basilio, no se volvía fiera, sino que suspiraba apesadumbrado y le contaba a Berta sus penas, cómo su mujer lo dejó, cómo su hija no le reconocía, por considerarlo un fracasado. Berta se acostaba a su lado, la nariz tocando su pierna, escuchando, sabiendo cuán importante es para muchos poder desahogarse. Y cuando Nicolás Fernández se callaba, ella recordaba aquellos felices días con Miguel y Antonia. A Basilio prefería no recordarlo nunca. Hasta que en uno de sus paseos por el cementerio, Berta se topó con su tumba. Al principio no quería creerlo —el hombre ya está enterrado, pero ella… siente su olor—. Ese olor, impregnado de odio y alcohol. —¿Qué pasa, que te has parado ahí? —le preguntó el viejo Nicolás, al ver a la perra junto a la tumba—. Veamos quién es… Basilio… Debe ser ese que murió en su propia casa por un incendio. Berta lo miró sorprendida. —Sí, era un personaje conocido. Su mujer y su hijo, por suerte, se fueron a la ciudad, pero él estaba siempre borracho y acabó ardiendo. Muerte tonta. Aunque la gente dice que trataba muy mal a su familia. Así que, justicia poética, si fue cierto. Pero bueno… —Nicolás Fernández se quedó pensativo—. De los muertos, mejor hablar bien o no hablar. Venga, vámonos. Que la tierra le sea ligera. Casi cinco años vivió Berta con el sereno del cementerio. Hasta que él también murió y ella volvió a quedarse sola. ¿A dónde ir? Ya no era una cachorra. Nadie la acogería ahora. Así que decidió quedarse en el cementerio. Allí encontraba algo de comida de vez en cuando. Allí iba a esperar a la muerte. No quería otro amo; a Nicolás no lo consideraba amo, más bien compañero de desgracia. Hasta que un día de otoño, al caer la primera nieve, ocurrió algo que jamás habría imaginado. Como de costumbre, Berta recorría el cementerio en busca de algo para comer y, de pronto, oyó voces. La gente rara vez visitaba el cementerio un fin de semana. Pero escuchó dos voces —una de hombre y una de mujer— cerca de la tumba de Basilio. Eso le pareció extraño, así que se acercó movida por la curiosidad. —Te lo dije, Oksana, venir a la tumba de mi padre era mala idea. ¿Qué hago yo aquí? No quiero saber de ese hombre después de todo lo que hizo, ¿y dices que tengo que perdonarlo…? ¿Perdonarle el acabar con la vida de mi madre? —Tienes que hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarle ir en paz. Así dejarás de tener pesadillas. Seguro que en cuanto lo hagas, todo mejorará. Al fin y al cabo, ese hombre, aunque fuera un tirano y un borracho, era tu padre. Y si sueñas tanto con él, es que no descansa. —¿Y eso cómo lo sabes tú? —Me lo decía mi abuela. Perdónale, y todo irá mejor, para ti y para él. —Bueno… puede que tengas razón. Miguel miró la tumba de su padre, frunció el ceño, suspiró y dijo: —Te perdono, papá. Por mí, por mamá y por Berta… Lástima que por tu culpa perdí a mi mejor amiga. Espero que ella esté bien. En ese momento, Berta estaba de pie, callada, detrás de Miguel. Y… no podía creerlo. ¡Era él! Su humano. Habían pasado muchos años. Él había crecido, madurado. Pero ella lo reconoció desde el primer instante. ¿La reconocería él? Miguel, como si sintiera una mirada en la espalda, se dio la vuelta y se quedó helado. —Miguel, ¿qué pasa? —preguntó Oksana—. Pareces haber visto un fantasma. —No es un fantasma… Es una perra… —Y qué, aquí hay muchas. ¿Te has asustado? —Creo… creo que la conozco… Espera, es que… Miguel dio unos pasos hacia Berta. Se paró a cinco metros, dudando. Luego volvió a avanzar. Cada paso, menos duda. Berta movió la cola. También avanzó unos pasos. En un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Miguel, de rodillas, abrazó a su perra después de siete años, mientras Berta le ponía las patas en los hombros y le lamía las mejillas, la nariz y la barbilla. Se cumplió su mayor sueño. Por fin se reencontró con su humano, al que esperó durante tantos años. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta a casa. Y enseguida se hizo amiga de su novia. Empezaron a vivir los tres juntos. Luego fueron cuatro (un día Berta rescató a un gatito callejero y decidieron adoptarlo), y más adelante cinco: por fin, en el piso de dos habitaciones nació un niño llamado Nicolás. Y algún tiempo después, Miguel reconstruyó la casa del pueblo y cada año iban todos juntos a pasar las vacaciones. Y, a pesar de todas las heridas y pruebas que tuvieron que vivir Miguel y Berta, finalmente fueron felices.
Vete y no vuelvas Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel con lágrimas en los ojos. Vete, y no vuelvas jamás.
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083
Regreso al hogar: La emotiva historia de doña Natalia, una madre castellana que, tras la pérdida de su esposo y con su hijo Vítor lejos en la ciudad, se enfrenta de repente a la llegada inesperada de su hijo acompañado de un niño y las palabras que todo corazón teme escuchar, solo para descubrir que la vida aún guarda nuevas alegrías, la llegada de una nuera con pasado complejo, y el amor renovado de una abuela hacia su nieto y la familia recién ampliada en un pintoresco pueblo español.
Natalia regresaba del supermercado con las bolsas a punto de estallar. Ya estaba casi frente al portal
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059
¡Buen trabajo! Marido pasa las noches con su actual esposa y los días con la ex
¡Qué tiempos aquellos! Recuerdo bien cuando vivía en Madrid, hace ya tantos años, junto a Julián, mi
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07
Ante la entrada, esperaba una limusina negra — brillante como la noche que reflejaba las luces de Madrid. El chofer abrió la puerta con una reverencia.
Al frente de la entrada, un negro limusín relucía como la noche que reflejaba las luces de Madrid.
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046
El abuelo Fue una tarde de verano. Regresaba a casa después del entrenamiento. Vi a un abuelo, ya muy mayor, que se había caído en el asfalto y no podía levantarse. La gente que pasaba por su lado se apartaba de él (pensando que estaba borracho), mientras él murmuraba algo para sí y extendía las manos hacia los demás. Desde pequeña, mi madre me enseñó a ayudar a quien lo necesite siempre que pueda. Así que me acerqué y le pregunté: “¿Quiere que le ayude?”. Él no pudo contestar nada coherente, solo murmuraba y extendía las manos hacia mí. Una mujer que pasaba me regañó: “Aléjate de él. ¿No ves que está borracho? Te vas a contagiar de algo. Además va hecho un asco, te vas a manchar”. Al fijarme bien, vi que el abuelo tenía las manos llenas de sangre. En ese momento sentí un miedo terrible. Le pregunté qué le había pasado, pero tampoco obtuve respuesta clara, sólo balbuceos y señaló resignado una bolsa que yacía en el suelo junto a él. Dentro había cristales rotos de botellas de cerveza. Recogió algunos trozos más y los puso en la bolsa. Por eso tenía las manos ensangrentadas. Empecé a limpiarle las manos con toallitas húmedas para luego poder ayudarle a incorporarse y llevarle a casa (quizá fui egoísta, pero no quería mancharme la ropa de sangre…). Cuando terminé de limpiarle, ayudé al abuelo a ponerse de pie. Le pregunté su dirección, pero no respondió. Comenzó a balbucear de nuevo y yo no lograba entenderle. Notando mi confusión, me indicó con la mano por dónde ir. Así que le llevé hasta el bloque de pisos que estaba en ese mismo patio. Señaló el portero automático y con los dedos me indicó dos números. Deduje que era el número de su piso. Toqué al timbre de aquel piso y enseguida se escuchó la voz preocupada de una mujer. El abuelo volvió a balbucear algo. Apenas unos segundos después, una mujer y un hombre salieron corriendo a la calle. Primero se abalanzaron sobre el abuelo, revisándole para ver si estaba bien. Luego el hombre me dio las gracias, cogió al abuelo en brazos y lo llevó a casa. La mujer, por su parte, empezó a preguntarme cómo podían agradecérmelo. Rechacé cualquier recompensa y ya me iba cuando de repente me pidió que esperara un momento, como si recordara algo. Subió corriendo al portal y al minuto volvió con una enorme cesta de frambuesas. “Son nuestras”, presumió. Le di las gracias, pero no quise aceptarlas. “Venga mujer, cógelas” – insistía ella – “Nos íbamos a volver locos cuando llegamos de la casa del pueblo y vimos que el abuelo no estaba en casa. Te cuento el porqué. Durante la guerra, le cogieron prisionero los alemanes. Ocupaba un puesto importante y para no delatarse, se dañó la lengua él mismo. En aquellas condiciones, la higiene era imposible. Para cuando logró salir del cautiverio, la infección estaba tan avanzada que le tuvieron que amputar la mitad de la lengua. Hoy apenas puede hablar, sólo emite sonidos como un sordomudo. En nuestro patio, por las tardes, los adolescentes se reúnen a beber cerveza y tiran las botellas por cualquier sitio. Incluso avisamos varias veces a la policía para que pusieran orden. Los niños juegan entre todos esos cristales, ya han ocurrido varios cortes en pies y manos. Desde que mi hija Sonsoles se cortó el pie, el abuelo se empeñó en recoger todos los cristales que dejan estos gamberros, para que los niños no se lastimen. Pero él es ya mayor y no tiene fuerza en las piernas. Le hemos intentado convencer de todas las formas posibles de que no salga, hasta le hemos escondido las llaves del piso, pero él insiste en salir. Una vez se cayó y estuvimos cinco horas buscándole hasta que volví de trabajar. Nadie le ayudó pese a estar tirado en el suelo. Ya nos preparábamos para salir a buscarle cuando oímos el timbre. No sabes cuánto te lo agradezco”. Después de escuchar la historia de la mujer, me quedé sin palabras. Ella me puso la cesta en las manos y yo, haciendo una reverencia (sí, una reverencia, no se me ocurrió qué decir), me fui a casa. A mitad de camino rompí a llorar. ¿Por qué en nuestro país somos así? ¿Por qué sólo pensamos en nosotros mismos? Os pido a todos: si veis que alguien se ha caído y no puede levantarse, por favor, no penséis enseguida que es un borracho. ¡Acercaos! Puede que necesite vuestra ayuda. Y esto va, sobre todo, para los jóvenes: recordad que somos PERSONAS, no cerdos.
Era una tarde de verano en Madrid. Volvía a casa agotada después de entrenar, cuando en el paseo vi a
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032
—Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no?—murmuró Valera, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja. Se abrochó la chaqueta hasta el cuello y se estremeció. Febrero estaba siendo especialmente cruel aquel año: nieve mezclada con lluvia y un viento que cortaba hasta los huesos. Pelirrojo—un chucho callejero de pelaje rojizo desvaído y un ojo ciego—había aparecido en su vida un año atrás. Valera volvía entonces de su turno de noche en la fábrica y lo encontró rondando los contenedores: malherido, hambriento, con el ojo cubierto por una nube. Una voz le crispó los nervios. Valera reconoció al que hablaba: era el Tuerto Sergio, el típico macarra del barrio de unos veinticinco años. A su lado se amontonaban tres chavales—su «banda». —Paseando, —contestó Valera sin levantar la mirada. —¿Y tú, colega, pagas impuestos por sacar a pasear a ese bicho?—se rió uno de los chicos —¡Mira qué feo es, con ese ojo torcido! Una piedra voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se pegó a la pierna de su dueño. —Lárgate—dijo Valera en voz baja, pero con dureza en el tono. —¡Uuuuh! ¡Don Manitas se ha puesto gallito! —Sergio se acercó—. ¡No olvides quién manda aquí! Si quieres que tu bicho siga vivo, pasea solo con mi permiso. Valera se tensó. En el Ejército le enseñaron a resolver problemas rápido y sin titubear, pero de eso hacía treinta años. Ahora sólo era un chapuzas jubilado que no quería líos. —Vamos, Pelirrojo—se giró hacia casa. —¡Eso! —le gritó Sergio al marcharse—. La próxima vez a tu monstruo le hago un favor y lo remato. Esa noche Valera no pudo dormir, repasando la escena una y otra vez. Al día siguiente cayó aguanieve. Valera pospuso el paseo todo lo posible, pero Pelirrojo se sentó junto a la puerta y le miró con tanta devoción que acabó rindiéndose. —Bueno, vale, pero rapidito. Caminaron con cautela, evitando los rincones de siempre. Pero la banda de Sergio estaba desaparecida—seguramente escondiéndose del temporal. Valera ya se había relajado cuando Pelirrojo se paró en seco junto a la antigua caldera abandonada. Enderezó la oreja, olfateó tenso. —¿Qué pasa, viejo? El perro gimió y tiró hacia las ruinas. Se oían extraños sonidos: mezcla de llantos y gemidos. —¡Eh! ¿Hay alguien?—gritó Valera. No hubo respuesta. Sólo el viento colándose entre las paredes. Pelirrojo insistía, tenso. En su ojo ciego brillaba la inquietud. —¿Qué ves?—Valera se agachó—. ¿Qué hay ahí? Entonces oyó la voz—infantil, quebrada: —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió a Pelirrojo hasta las ruinas. Entre los escombros, tirado en el suelo, yacía un chaval de unos doce años: rostro ensangrentado, labio partido, ropa desgarrada. —¡Dios!—se agachó Valera—. ¿Qué te ha pasado? —¿Señor Valera? —el niño entreabrió los ojos—. ¿Es usted? Valera miró bien y lo reconoció: Andrés Mínguez, el hijo de su vecina del quinto. Un chico callado, de aspecto frágil. —¡Andrés! ¿Qué te han hecho? —Sergio y su banda—gimoteó el niño—. Pedían dinero a mi madre. Yo dije que lo contaría a la poli. Y me cogieron… —¿Cuánto llevas aquí tirado? —Desde esta mañana. Hace mucho frío. Valera se quitó la chaqueta y cubrió al crío. Pelirrojo se tumbó junto a él para darle calor. —¿Puedes ponerte en pie? —Me duele la pierna. Creo que está rota. Valera palpó con cuidado. Efectivamente: fractura. Y saber cómo estarían los órganos después de semejante paliza… —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron. Valera sacó su viejo Nokia y marcó el 112. «La ambulancia llegará en media hora», prometieron. —Aguanta, que ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo?—el niño temblaba—. Dijo que si no, él… —No va a volver a tocarte, —afirmó Valera—. Nadie más lo hará. El chico le miró incrédulo: —Pero usted ayer también se marchó por ellos… —Eso fue diferente. Era cosa mía y de Pelirrojo. Ahora…—calló. ¿Para qué seguir? ¿Decirle que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre de verdad nunca deja tirado a un niño? La ambulancia llegó antes de lo previsto. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron, mirando el frío, pensando. Esa tarde vino la madre de Andrés, doña Isabel. Lloraba, le daba las gracias, le juraba que nunca lo olvidaría. —Don Valeriano—sollozaba—, los médicos dicen que si hubiese tardado una hora más… ¡Usted le ha salvado la vida! —Quien le salvó fue Pelirrojo—Valera acarició al perro—. Él fue quien lo encontró. —¿Y ahora?—preguntó doña Isabel, mirando temerosa la puerta—. Sergio no parará. El guardia local dice que sin pruebas no puede hacer nada; el testimonio de un niño no vale… —Todo irá bien—prometió Valera, aunque él mismo no sabía cómo. Esa noche no pegó ojo. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás críos del barrio, que sufren los mismos abusos? A la mañana siguiente lo tuvo claro. Se puso su viejo uniforme del ejército—el de gala, con las medallas. Se miró al espejo: soldado veterano. Ni joven ni rápido, pero soldado. —Vamos, Pelirrojo. Tenemos faena. La banda de Sergio estaba como siempre, junto a la tienda. Al ver a Valera acercarse, se burlaron. —¡Mira, el abuelo de gala! —gritó uno—. ¡Qué héroe! Sergio se levantó del banco, sonriente: —Vete a casa, yayo. Tu tiempo ya pasó. —Mi tiempo empieza ahora, —repuso Valera acercándose. —¿Qué se te ha perdido aquí? —Servir a España. Proteger a los débiles de tipos como tú. Sergio se rió: —¿España? ¿Qué débiles? No digas tonterías, viejo. —¿Conoces a Andrés Mínguez? La sonrisa se esfumó de la cara de Sergio. —No me interesa ese pringao. —Debería. Es el último niño al que pones la mano encima en este barrio. —¿Me amenazas, viejo chiflado? —Te estoy avisando. Sergio dio un paso al frente, navaja en mano. —¡Ahora te enteras de quién manda! Valera no se movió. Los años pesaban, pero no el miedo. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley?—Sergio agitaba la navaja—¿Quién te ha dado vela en este entierro? —La conciencia, —respondió Valera. Entonces pasó algo inesperado. Pelirrojo, que hasta entonces había estado tranquilo, se puso rígido, erizó el lomo y soltó un gruñido feroz. —¿Y tu chucho, gilipollas?—empezó Sergio. —Mi perro es veterano—le interrumpió Valera—. Desactivaba minas en Afganistán. Olfatea la basura como tú. Era mentira—Pelirrojo sólo era mestizo callejero. Pero lo dijo tan convencido que todos le creyeron. Incluso el propio Pelirrojo levantó cabeza, desafiante. —Ha pillado a veinte maleantes. Ninguno se le ha escapado, —añadió—. ¿Y tú crees que no va a poder con un camello de tercera? Sergio retrocedió, los chavales dudaron. —Oídme bien—Valera dio un paso más—. Desde hoy, este barrio es seguro. Lo patrullaré cada día. Y mi perro buscará a los canallas. No lo olvidéis. No terminó la frase, pero no hacía falta. —¿Me quieres asustar?—Sergio buscaba recuperar la chulería—. Yo con una llamada… —Llama—le cortó Valera—. Pero recuerda que tengo contactos mejores que los tuyos. La de gente que conozco en prisión. Y los favores que me deben… Mentía, pero su mirada era de hielo. Sergio se lo tragó. —A mí me llaman Valera el Afgano—dijo por último, —recuérdalo. No vuelvas a tocar a un niño. Se marchó. Pelirrojo le siguió, altivo. El silencio fue total. Tres días después, Sergio y los suyos no aparecían por el barrio. Valera cumplió: cada tarde patrullaba las calles. Pelirrojo a su lado—atento y serio. Andrés salió del hospital la semana siguiente. La pierna seguía dolándole, pero ya podía andar. Fue a ver a Valera. —Don Valera, ¿puedo ayudarle con las patrullas?—preguntó tímido. —Claro, —sonrió Valera—. Pero primero tienes que preguntarle a tu madre. Isabel no puso pegas. Estaba agradecida de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. En adelante, cada atardecer, el barrio veía un grupo curioso—un veterano de uniforme, un niño y una vieja perra rojiza. Pelirrojo caía bien a todos. Hasta las madres dejaban que sus hijos le acariciaran, aunque fuese perro de la calle. Algo tenía—dignidad, temple. Valera contaba historias del ejército, de la amistad verdadera. Los chavales escuchaban embelesados. Una tarde, al volver de «ronda», Andrés le preguntó: —Don Valera, ¿usted ha tenido miedo alguna vez? —Muchas veces, —respondió Valera con honestidad—. Incluso ahora. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas. Andrés acarició a Pelirrojo: —Cuando crezca le ayudaré. Y tendré un perro igual de listo. —Lo tendrás—le sonrió. Pelirrojo solo movió el rabo. En el barrio todos le conocían ya: «Ese es el perro de Valera el Afgano. Sabe distinguir a un héroe de un canalla». Y Pelirrojo patrullaba orgulloso, sabiendo que ya no era solo un chucho callejero. Ahora era un guardián.
Bueno, Chispa, ¿nos vamos ya o qué…? murmuró Valero, acomodando el collar improvisado que se había
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Cuando Ana tiró del cordel…
Cuando Ana tiró del cordel que ataba el saco, la tela se deslizó lentamente, susurrando en voz baja.
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027
…uniforme azul y el rostro que reconocí al instante. Era Esteban Cristóbal — el policía del barrio de nuestro edificio.
La chaqueta azul del uniforme y el rostro que reconocí al instante. Era Alejandro Martínez, el guardia
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