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047
— Te arruinará la vida, — le advertía la familia a Natalia sobre hacerse cargo de su hermano.
Yo recuerdo que, hacía ya muchos años, la familia se reunió en la casa de la abuela en Ávila tras el
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039
Siempre creí que mi vida estaba bajo control: trabajo estable, casa propia, un matrimonio de más de diez años, vecinos a los que conozco de toda la vida. Pero lo que nadie sabía —ni siquiera ella— es que yo también llevaba una doble vida. Durante mucho tiempo tuve encuentros extramatrimoniales. Me autoengañaba pensando que no significaban nada, que mientras volviera a casa, nadie salía herido. Nunca sentí que me descubrirían. Nunca sentí verdadera culpa. Vivía con esa falsa tranquilidad de quien cree saber jugar sin perder. Mi mujer, por su parte, era una mujer silenciosa. Su vida seguía una rutina —horarios claros, saludos amables a los vecinos, un mundo aparentemente simple y ordenado. El vecino de la casa de al lado era de esos a los que ves cada día —te pide herramientas prestadas, bajas la basura a la misma hora, os saludáis con la mano. Nunca lo vi como una amenaza. Jamás imaginé que se metería donde no le llamaban. Yo salía, volvía, viajaba por trabajo y creía que la casa seguiría igual cuando regresara. Todo se desmoronó el día en que una serie de robos sacudió el vecindario. La comunidad pidió revisar las cámaras. Por curiosidad decidí revisar también las nuestras. No buscaba nada en concreto, solo quería ver si había alguna imagen sospechosa. Adelanté las grabaciones, luego retrocedí. Y entonces vi algo que no esperaba ver. Mi mujer entraba por la puerta del garaje en horas en las que yo no estaba en casa. Segundos después, el vecino entraba tras ella. No una vez. Ni dos. Grabaciones repetidas. Fechas. Horas. Una pauta clara. Seguí mirando. Mientras yo pensaba que todo estaba bajo control, ella también llevaba su propia vida paralela. Pero la diferencia fue que el dolor que sentí era indescriptible. No era como el dolor de haber perdido a mi padre —ese dolor profundo y triste. Era otra cosa. Era vergüenza. Era humillación. Sentía que mi dignidad estaba atrapada en esas grabaciones. La enfrenté con pruebas. Le mostré las fechas, los vídeos, las horas. No lo negó. Me dijo que empezó en un periodo en el que yo estaba distante, que se sentía sola, que una cosa llevó a la otra. No pidió perdón de inmediato. Me rogó que no la juzgara. Y justo entonces entendí la ironía más cruel de toda esta historia: no tenía derecho moral para juzgarla. Yo también la había engañado. Yo también había mentido. Pero eso no hizo que el dolor fuera menor. Lo peor no fue la infidelidad en sí. Lo peor fue darme cuenta de que, mientras yo creía jugar solo, en realidad éramos dos los que vivíamos la misma mentira —en la misma casa, con la misma osadía. Me sentía fuerte porque escondía lo mío. Y resultó que solo era un ingenuo. Me dolió el orgullo. Me dolió mi imagen. Me dolió ser el último en enterarme de lo que ocurría en mi propia casa. No sé qué va a ser de nuestro matrimonio a partir de ahora. No escribo esto para justificarme ni para culparla. Solo sé que hay dolores que no se parecen a nada que hayas vivido antes. ¿Debería perdonar? Ella no sabe que yo también le fui infiel.
Mira, siempre he pensado que tenía mi vida bajo control. Trabajo fijo, casa propia en un barrio de toda
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024
En el balneario, me uní a los bailes y conocí a mi primer novio del colegio.
En el sanatorio de la Sierra, en Ávila, me apunté a una velada de baile para desconectar de la rutina
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0118
Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Hoy no sé si he perdido ambos. Trabajé en esta empresa durante casi ocho años. Entré poco después de casarme y durante mucho tiempo aquel sitio fue símbolo de estabilidad: sueldo fijo, horario claro, planes de futuro. Mi mujer siempre supo lo importante que era este trabajo para mí. Incluso hablamos de comprar una vivienda con lo que íbamos ahorrando gracias a él. Jamás me imaginé que justamente allí cometería el error que nos trajo hasta aquí. La mujer con la que le fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio nada era raro. Se sentaba cerca, preguntaba por el trabajo, pedía ayuda porque era nueva. Poco a poco empezamos a comer juntos – primero con otros compañeros, luego solo nosotros dos. Me contaba sus problemas con su pareja: discusiones, inseguridades. Yo la escuchaba cada vez más. Empecé a borrar mensajes “por si acaso”, a poner el móvil en silencio al llegar a casa, a decir que se alargaban las reuniones. La infidelidad ocurrió un día cualquiera, tras salir tarde de la oficina. No fue planeado ni romántico, pero sí intencionado. Sabía que estaba haciendo mal. Esa noche llegué a casa y besé a mi mujer como cualquier otro día. Eso es lo que más me pesa ahora. Mi esposa lo descubrió semanas después. Estábamos en el dormitorio cuando cogió mi móvil para buscar un número y vio unos mensajes que no eran normales. Me preguntó directamente. No supe qué decir. Se quedó en silencio unos minutos y luego me pidió que le contara todo con detalle. Se lo conté. Aquella noche no dormimos juntos. Los días siguientes el ambiente en casa se volvió tenso. Me hacía preguntas concretas: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. Contestaba a todo. Un día me dijo algo que no olvidaré nunca: “No sé si puedo perdonarte, pero sé que no puedo vivir pensando que os veis cada día”. Entonces salió el tema del trabajo. El ultimátum fue claro. Me dijo que no me obligaba, pero que necesitaba sentirse segura. Que mientras yo siguiera acudiendo a esa oficina, ella no podía seguir adelante. Me dio a elegir: o lo dejaba, o asumía que ella se iría. No gritó. No lloró. Eso lo hizo aún más duro. Pasé noches en vela, haciendo cálculos de gastos, ahorros, deudas, pagos fijos. Sabía que dejarlo era quedarme sin ingresos de inmediato. Pero también sabía que si no lo hacía, probablemente nuestro matrimonio se acabaría. Ayer hablé con mi jefe, presenté la dimisión y abandoné la empresa con una sensación muy extraña: mezcla de alivio y miedo. Cuando llegué a casa y se lo conté a mi mujer, pensé que eso la tranquilizaría. Me dijo que valoraba el gesto, pero que no significaba que estuviera todo arreglado. Que no sabía si podría volver a confiar en mí. Que necesitaba tiempo. No me prometió nada. Hoy estoy sin trabajo y con el matrimonio “en pausa”. No sé si solo he perdido mi empleo… o si también estoy perdiendo a mi esposa.
Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy no sé si no habré perdido las dos cosas.
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027
El hombre de mis sueños dejó a su mujer por mí, pero nunca imaginé cómo terminaría todo.
28 de octubre de 2024 Hoy me he sentado a escribir lo que ha sido mi vida en los últimos años, aunque
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062
Mi madre se fue de casa cuando tenía 11 años: años de silencio, una búsqueda a los 28 y una puerta que nunca se abrió del todo—¿Hice mal en buscar respuestas?
Mi madre se fue de casa cuando yo tenía once años. Un día, recogió sus cosas bajo la luz amarilla y partió
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041
Solía viajar mucho por trabajo y yo ya estaba acostumbrada. Me respondía tarde, llegaba agotado, decía que había tenido reuniones largas. Nunca le revisaba el móvil ni le hacía preguntas de más. Confiaba en él. Un día estaba doblando ropa en el dormitorio. Se sentó en la cama, ni siquiera se quitó los zapatos, y me dijo: — Quiero que me escuches sin interrumpirme. En ese momento supe que algo iba mal. Me confesó que veía a otra mujer. Le pregunté quién era. Dudó unos segundos y luego me dijo su nombre. Trabajaba cerca de su oficina. Era más joven que él. Le pregunté si estaba enamorado. Me dijo que no lo sabía, pero que con ella se sentía diferente, menos cansado. Le pregunté si pensaba irse. — Sí. No quiero seguir fingiendo. Esa noche durmió en el sofá. Salió temprano a la mañana siguiente y no volvió en dos días. Cuando regresó, ya había hablado con un abogado. Me dijo que quería el divorcio lo antes posible, “sin dramas”. Empezó a explicarme qué se llevaría y qué no. Escuché en silencio. En menos de una semana ya no vivía allí. Los meses siguientes fueron duros. Tuve que encargarme sola de todo lo que antes compartíamos: papeles, facturas, decisiones. Empecé a salir más —no por ganas, sino por necesidad. Aceptaba invitaciones solo para no quedarme en casa. En una de esas salidas conocí a un hombre haciendo cola para el café. Charlamos de cosas mundanas: el tiempo, la gente, la espera. Seguimos mirándonos. Un día, sentados en una mesa pequeña, me dijo su edad: tenía quince años menos que yo. No hizo comentarios raros, no lo dijo en broma. Me preguntó la mía y siguió conversando como si nada. Me invitó a salir de nuevo. Acepté. Con él todo era distinto. No había grandes promesas ni palabras dulces. Me preguntaba cómo estaba, me escuchaba, se quedaba a mi lado cuando yo hablaba del divorcio sin cambiar de tema. Un día, directamente, me dijo que le gustaba y que sabía que yo salía de algo complicado. Le dije que no quería repetir errores ni depender de nadie. Me contestó que no buscaba controlarme ni “salvarme”. Mi ex se enteró por otros. Me llamó después de meses sin hablarnos. Me preguntó si era cierto que salía con un hombre más joven. Le dije que sí. Me preguntó si no me daba vergüenza. Le respondí que lo vergonzoso fue su traición. Colgó sin despedirse. Me divorcié porque él me dejó por otra. Pero después, sin buscarlo, encontré a alguien que me quiere y me valora. ¿Es esto un regalo de la vida?
Mi marido viajaba mucho por trabajo y yo ya estaba más que acostumbrada al asunto. Me respondía a los
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0154
MAMÁ PARA OLGA
Víctor llegó a la casa de sus padres con su prometida, Aroa, para presentarla. ¿Y si no les caigo bien?
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076
Mi matrimonio parecía normal. No era como los “perfectos” que se ven en las redes sociales, pero era estable: sin discusiones ruidosas, sin celos ni señales extrañas. Él no escondía el móvil, no llegaba tarde, no cambiaba su rutina. Nunca sospeché nada. La mujer por la que me dejó trabajaba con él, era más joven, soltera y sin hijos. La vi algunas veces, incluso estuvo en mi casa un día que organizaron una reunión de empresa; se comportó con total normalidad. Jamás noté nada raro. La conversación ocurrió un viernes por la noche: llegó del trabajo, dejó las llaves en la mesa y dijo que teníamos que hablar. Se sentó frente a mí y fue al grano: ya no me quería, estaba confundido, se había enamorado de otra y se marchaba con ella. Dijo que no era mi culpa, que soy buena persona, pero que con ella se sentía vivo. Le pregunté desde cuándo y me dijo que desde hacía meses. Le pregunté por qué no me había dado cuenta y me respondió que justamente porque había sido cuidadoso. Esa misma noche cogió algo de ropa y se fue, sin discusiones, sin intentos de arreglar nada. Los meses siguientes fueron los peores: sin ingresos fijos, las facturas iban llegando una tras otra: alquiler, luz, comida. Empecé a vender cosas de casa. Hubo días en los que solo comía una vez. A veces cortaba la calefacción para ahorrar. Lloraba, pero tocaba levantarme y pensar cómo salir adelante. Busqué trabajo, pero no me cogían porque me exigían experiencia reciente o estudios que no tenía. Un día, por necesidad, preparé un postre y se lo vendí a una vecina. Después hice más y empecé a ofrecerlos por WhatsApp. Salía a pie para repartirlos. A veces volvía a casa casi sin vender nada; otras, lo vendía todo. Poco a poco, los clientes empezaron a buscarme. Hacía dulces de noche y los repartía por la mañana, y con eso pagaba primero la compra, después las facturas y por último el alquiler. No fue fácil ni rápido. Fueron meses de cansancio, poco sueño y vida al límite. Así sigo viviendo. No me he hecho rica, pero me mantengo. No dependo de nadie. Mi casa ya no es la misma, pero es mi hogar. Él sigue con la mujer por la que me dejó. Nunca volví a hablar con él. Aprendí a sobrevivir cuando no hay alternativas. No por querer ser fuerte, sino porque no había nadie más que pudiera hacerlo por mí.
Mi matrimonio parecía normal. No era perfecto como las parejas que ves en Instagram, pero era estable.
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0399
Solía viajar mucho por trabajo y yo ya estaba acostumbrada. Me respondía tarde, llegaba agotado, decía que había tenido reuniones largas. Nunca le revisaba el móvil ni le hacía preguntas de más. Confiaba en él. Un día estaba doblando ropa en el dormitorio. Se sentó en la cama, ni siquiera se quitó los zapatos, y me dijo: — Quiero que me escuches sin interrumpirme. En ese momento supe que algo iba mal. Me confesó que veía a otra mujer. Le pregunté quién era. Dudó unos segundos y luego me dijo su nombre. Trabajaba cerca de su oficina. Era más joven que él. Le pregunté si estaba enamorado. Me dijo que no lo sabía, pero que con ella se sentía diferente, menos cansado. Le pregunté si pensaba irse. — Sí. No quiero seguir fingiendo. Esa noche durmió en el sofá. Salió temprano a la mañana siguiente y no volvió en dos días. Cuando regresó, ya había hablado con un abogado. Me dijo que quería el divorcio lo antes posible, “sin dramas”. Empezó a explicarme qué se llevaría y qué no. Escuché en silencio. En menos de una semana ya no vivía allí. Los meses siguientes fueron duros. Tuve que encargarme sola de todo lo que antes compartíamos: papeles, facturas, decisiones. Empecé a salir más —no por ganas, sino por necesidad. Aceptaba invitaciones solo para no quedarme en casa. En una de esas salidas conocí a un hombre haciendo cola para el café. Charlamos de cosas mundanas: el tiempo, la gente, la espera. Seguimos mirándonos. Un día, sentados en una mesa pequeña, me dijo su edad: tenía quince años menos que yo. No hizo comentarios raros, no lo dijo en broma. Me preguntó la mía y siguió conversando como si nada. Me invitó a salir de nuevo. Acepté. Con él todo era distinto. No había grandes promesas ni palabras dulces. Me preguntaba cómo estaba, me escuchaba, se quedaba a mi lado cuando yo hablaba del divorcio sin cambiar de tema. Un día, directamente, me dijo que le gustaba y que sabía que yo salía de algo complicado. Le dije que no quería repetir errores ni depender de nadie. Me contestó que no buscaba controlarme ni “salvarme”. Mi ex se enteró por otros. Me llamó después de meses sin hablarnos. Me preguntó si era cierto que salía con un hombre más joven. Le dije que sí. Me preguntó si no me daba vergüenza. Le respondí que lo vergonzoso fue su traición. Colgó sin despedirse. Me divorcié porque él me dejó por otra. Pero después, sin buscarlo, encontré a alguien que me quiere y me valora. ¿Es esto un regalo de la vida?
Mi marido viajaba mucho por trabajo y yo ya estaba más que acostumbrada al asunto. Me respondía a los
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