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013
El invierno de 1987 fue uno de esos inviernos de los que la gente ya no recuerda el frío, sino las colas. La nieve era abundante, pero la ciudad despertaba antes que ella. A las cinco de la mañana, en la puerta del ultramarinos del barrio, las luces estaban apagadas y la cola ya existía. Nadie sabía realmente qué traería el camión. Alguien había oído que iban a traer carne y leche. La gente venía con botellas vacías en bolsas, abrigos gruesos y el cansancio en la cara. Se ponían en fila, sin prisa, como si lo hubieran hecho toda la vida. María llegó la sexta. Tenía 38 años y trabajaba en una fábrica textil. Había puesto el despertador a las cuatro y media, tomó el café a oscuras y salió de casa sin hacer ruido. En casa quedaba el marido, dormido, esperando que aquel día quizá habría algo más sobre la mesa. La cola creció enseguida. Se hacían listas en trozos de papel. Alguien recordaba los números. Otro iba a casa y volvía. Se compartía té de un termo. Se hacían bromas cortas y secas, de supervivencia. Nadie se quejaba en voz alta. De nada servía. A mitad de cola, María la vio. Estaba un poco más atrás, pegada a la pared fría del edificio. Pequeña, con un pañuelo atado bajo la barbilla y un abrigo viejo, demasiado fino para ese frío. Tiritaba, con la bolsa colgando de la mano. Era la señora Valeria. María la reconoció al momento. Vivía a dos portales de distancia. Se había quedado viuda dos meses antes. Desde entonces no salía casi nunca. Ahora, estaba sola en la cola, sin decir nada, con la vista en el suelo. —Señora Valeria, —llamó María. La anciana levantó la cabeza con esfuerzo, como si no esperara oír la voz de alguien conocido. Cuando la vio, le sonrió levemente. María miró su sitio en la cola. Era la decimoquinta. Luego miró a la anciana. —Venga usted más adelante. Póngase en mi lugar. No es lugar para estar con este frío. La señora Valeria intentó protestar, pero María ya le hacía hueco. La gente entendió sin explicaciones. Alguien murmuró “déjala, hija”. La anciana ocupó el sitio de María y esta se fue más atrás en la cola. Pasaron unos cuarenta minutos más. La cola avanzaba despacio. Cuando abrió el ultramarinos, como siempre, la noticia llegó sin rodeos: la leche y los huevos solo alcanzaban para los doce primeros. María hizo un cálculo rápido y entendió que no le tocaría nada esa mañana. Pero se alegró de que al menos la señora Valeria, ya delante tras cederle el sitio, no se fuera a casa con las manos vacías. —¿Dónde vas? Vuelve aquí. Ese sitio era tuyo. Yo soy una mujer mayor, no necesito mucho. Tú no puedes marcharte sin nada, —le gritó entonces la mujer. —No hace falta, señora Valeria. Puede quedarse en mi sitio tranquilamente. Ya me las arreglaré hasta que vuelvan a reponer. —Chica, ven aquí a mi sitio. Que yo me voy, ya no espero más. La gente en la cola miraba a ambas entre admiración y sorpresa. Era difícil hacer buenas obras con el estómago vacío, y gestos así ya no se veían en público casi nunca. María se le acercó, extrañada incluso por su cabezonería. Le tomó del brazo y le dijo: —Señora, no se vaya. Nos quedamos las dos, y compartimos lo que nos toque. Sólo no se marche sin nada. La anciana calló. Asintió con la cabeza. Se juntaron, más por calor que otra cosa. Estaban cogidas del brazo, dos figuras pequeñas, juntas, mientras la cola avanzaba. Cuando llegaron al mostrador, quedaba una porción. Leche, unos huevos y un trozo pequeño de carne. María dijo enseguida: —Lo compartimos. La dependienta las miró. A sus manos enrojecidas, a cómo la anciana se apoyaba en María, a cómo no tenían prisa, como si lo importante fuera que ninguna de las dos se quedase sin nada. Guardó silencio unos segundos. Dejó la balanza, bajó un poco la persiana para que nadie viese lo que hacía. Sacó de debajo del mostrador una última botella de leche, le escondida “por si acaso”. La puso en la bolsa, sin decir nada. Luego dividió la carne en dos y puso un trozo en cada bolsa, atando bien los nudos. —Así mejor. Que llegue a las dos —dijo en voz baja. María quiso decir algo, pero no pudo. La señora Valeria bajó la cabeza y murmuró un “que Dios le bendiga” que se perdió entre el bullicio de la tienda. La dependienta hizo un gesto con la mano. —Andaos, que ya habéis pasado bastante frío. Salieron sin mirar atrás. Nevaba débilmente. La cola se había reducido. Quienes presenciaron la escena no decían nada, pero lo recordarían. Esta historia la supieron pocos. Quedó entre los que estuvieron allí, una mañana de invierno, en una cola cualquiera del ultramarinos. Llegó justo donde tenía que llegar, a unos cuantos que necesitaban ver que no estaban solos, aunque nunca lo dijeran en voz alta. Más tarde, se contó de boca en boca, sin adornos. “¿Sabes lo que pasó un día en la cola?” Así empiezan las historias. Nadie las contaba como algo grande. Solo eran recuerdos. Porque aquellos años, las colas no eran sólo por comida. Eran por la gente. Por cómo se entendían con la mirada, cómo se guardaban sitio, cómo hacían un hueco adelante a quien más lo necesitaba. Cómo, entre la escasez, surgía algo que parecía normalidad. La historia de María y la señora Valeria es sólo una de tantas. Ocurrieron cosas parecidas ante muchos ultramarinos, muchas mañanas frías. No todas tuvieron un final feliz. Pero hubo suficientes para que quedaran en la memoria. Porque a veces, entre las carencias, lo único que nunca faltó fue la humanidad. Si este relato te ha traído un recuerdo, cuéntanos tu experiencia en los comentarios. Algunas historias sólo piden ser compartidas. 🙏
Invierno de 1987 Aquel invierno de 1987 fue uno de esos inviernos en los que la gente dejaba de hablar
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018
«¡Me esforcé, pero no llegué a tiempo!»: una mujer hospitalizada y yo recogí a su gato en la calle
Regresaba a casa una noche tardía, agotado hasta los huesos; en estos días parece que todos los pacientes
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04
Mientras hay vida, nunca es tarde para empezar de nuevo. Relato
Mientras uno tenga vida, nunca es tarde. Un relato Bueno, madre, mañana paso a recogerte como habíamos
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018
¡Andrés Vital, por favor, se lo suplico! – La mujer se arrodilló ante un alto médico con bata blanca, sollozando desesperadamente. Detrás de la hilera de desgastadas consultas, en la sala de urgencias impregnada de olor a medicinas del hospital de un pueblo de Castilla, su hijo agonizaba. —¡Por favor, entienda que no puedo! ¡No puedo! ¡Por eso me vine aquí! ¡Hace dos años que no opero! La mano… y las condiciones… —¡Se lo ruego! —insistía la mujer, suplicando al médico que no quería acompañarla. Él debía acceder. Tenía que intentarlo, pues de lo contrario… Unos metros más. Una puerta de madera pintada de blanco. Y ahí estaba su Miki. Su único hijo. Enredado en cables, con una mascarilla de oxígeno cubriendo sus pecas marchitas. Respirando. Todavía respirando. La sangre que brota bajo el vendaje de su cabeza parecía densa y oscura como mermelada de guindas del año pasado. Y la línea verde en el monitor grande titilaba al ritmo de los jadeos. No llegarán al hospital de la ciudad, a cien kilómetros. El helicóptero… Pero la ventisca de fuera había robado cualquier esperanza. La tensión bajaba. El corazón latía muy despacio. Los enfermeros de la ambulancia desviaban la mirada. —¡Kovalevski! —exclamó una experimentada enfermera junto a la camilla con el niño pálido—, ¡Andrés Vital! Sacó del bolsillo un periódico antiguo; en la foto, el alto médico de bata blanca, rodeado de niños sonrientes como gorriones en un árbol. Entre lágrimas confundía las frases sobre el accidente, la mano herida y la operación fallida. Pero era una eminencia en neurocirugía, un médico tocado por Dios. Y ahora, en medio de la nada… ¡Por favor, que acepte! —¡No puedo asumir esa responsabilidad! ¡Entiéndalo! —protestó con todas sus fuerzas—. Última operación… la muñeca… No lo logré. ¡No opero más! ¡No puedo! El niño en la camilla perdía el color. Y la sangre, como mermelada. Y los colegas en la puerta, callados, incapaces de acercarse en un año. Y la madre llorando. Y el tiempo, siempre en contra. Y un perro… —¿Un perro? —¿De dónde ha salido ese perro? Pero solo se oía un llanto. Un labrador. Quería acercarse a la camilla. Sus garras rasgaban el suelo; alguien trataba de sujetarlo por el collar, pero él se resistía, sin quitar la vista de Miki. Ya no lloriqueaba, resollaba, pero seguía luchando… —Es Fiel, el de Miki —lloró la mujer, olvidando cómo respirar cuando el silencio opresivo fue roto por las palabras del doctor: —Preparen el quirófano. Se le escapó un suspiro. Un recuerdo: otro perro, Esperanza. El padre aún vivo. Él, simplemente Andri, en séptimo. Una carretera helada en Año Nuevo. Un coche estrellado como una bola del árbol rota. Su madre llorando. El médico esquivando la mirada. Una operación difícil y él sin experiencia. El hospital lejos… Y Esperanza ya no lloriqueó junto a la tumba. Solo resollaba. Y no comía desde hacía seis días. Miraba. Y luego también se fue, tras su dueño. —Mamá, seré neurocirujano, se lo prometí a Esperanza —susurraba el niño al pie del montículo—. El mejor. ¿Lo crees? ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Por qué? ***** Las lámparas del quirófano eran soles. Los instrumentos relucían como acero. Y la muñeca dolía. “¿Adoptar un perro?” – pensó. Tonterías. Pero los dedos parecían de madera. Aguantó. La herida era grave. Compleja. La tensión bajaba, cuidado con el edema… Había que reconstruir el hueso temporal. Vasos sanguíneos… El helicóptero tampoco habría llegado. Los ayudantes locales miraban asombrados. Para ellos, aquello era un milagro. Para él… ¿Cuántas de esas cirugías había hecho? ¿Por qué tras un fracaso había huido aquí? Sin lazos. La mano le dolía. Y veía a Esperanza en una esquina. O quizás al labrador. Detrás de su niño… Fiel. Costaba sujetar las pinzas. Las grapas. Los dedos casi rígidos. Ya quedaba poco. Respira, Miki, lo importante es que sigas respirando. No te rindas. No te vamos a dejar marchar. El tiempo. Ahora, estaba del lado de Miki. ¿Se oyen hélices? ¿Llegó al fin el helicóptero…? ***** —Andrés Vital, le buscan —asomó la enfermera de guardia al despacho y sonrió abiertamente. Todos sonreían. ¡Kovalevski había vuelto! En cada servicio solo se hablaba de eso. Traían niños graves de toda la comunidad. Ya no había miedo. Kovalevski tenía manos “de oro”. Y la risa infantil llenaba de nuevo los pasillos de neurocirugía. Los pequeños pacientes se recuperaban. Y los padres, pegados a él… —Cinco minutos. Solo voy a ver a Macario. La habitación de Macario, de seis años, estaba cerca del despacho. Un chiquillo simpático. Pelirrojo. Le llama tío Andrés. Hacía una semana apenas que había ido en excursión a Madrid. Se cayó desde un segundo piso. Mirando distraído. Justo como Miki del pueblo. A Macario le reconstruyó la cabeza pieza a pieza. Ocho horas de cirugía. Y lo logró. Y apenas le dolía la mano. ¿Será la risa de los niños lo que cura…? Qué bien hizo en volver. Era lo correcto. Debería haberlo hecho antes, pero le faltaba el empujón. Había olvidado tanto… pero la vida siempre te lo recuerda. Solo le faltaba un perro. Pero nunca encontraba el momento. Se preguntaba a menudo cómo estarían aquel labrador y Miki. —¡Andrés Vital, por favor! Justo cuando iba a salir a la calle. —¡Hombre, Miki, Natalia! —sonrió—. Y tú también, Fiel. Su mano se dirige directo al suave lomo, y un hocico húmedo le empuja la palma. Unos ojos marrón canela lo miran con una intensidad especial. —¿Y ustedes por aquí? ¿Todo bien con Miki? ¿Han venido a revisión? —Todo bien con Miki —responde rápido Natalia—. ¡Venimos por otra cosa! Solo entonces Andrés nota lo resplandeciente de la sonrisa de ella. El abrigo abultado, los ojos brillando. No se atreve a preguntar. Y Fiel girando en círculos, lo distrae. —¡Mire! Miki, ya más crecido, rompe el silencio. Se esconde entre las faldas de su madre, y entrega a un asombrado Andrés un bultito negro, gimoteante y con orejas enormes. —¿Eh…? —casi se le olvida hablar mientras acerca el inesperado regalo. —No se enfade —dice Miki—. Lo encontró Fiel. Mamá dejó quedárnoslo. Y ayer, en la tele, vimos su entrevista. Fiel lo arrastró hasta el televisor cuando oyó su voz. Así que con mamá pensamos que… —Pensasteis bien. Ya era hora —Andrés guiñó el ojo al perro que sonreía—. Le llamaré Estímulo. O Tim, con cariño.
3 de febrero, 2006 ¡Por favor, don Fernando! ¡Se lo ruego, ayúdenos! me gritaba una mujer al lanzarse
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078
Oli, hija, escúchame, por favor — mamá se agachó junto a ella — tenemos que quedarnos aquí un tiempo, pronto todo terminará y volveremos a la ciudad. Oli observaba en silencio a su madre. — Olya, ¿me oyes? ¿Lo entiendes? —mamá sacudió a su hija. —Sí, mamá… —¿Y por qué callas? —Mamà estaba nerviosa, Olya lo notaba. —No es que calle, mamá, estaba pensando. —¿Pensabas? Mira cuántos libros hay aquí, Olya… ay, cómo me gustaba leer de niña… —Mami… ¿tendremos que vivir aquí mucho tiempo? —No lo sé, cariño, de momento hay que quedarse. Oli comprendía todo lo que había ocurrido con su familia, aunque su madre creyera que era pequeña y no lo entendía. —Oli, la tía Cata vendrá a verte, yo prepararé todo para el día, saldré por la mañana y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos… Mamá se cubrió la cara con las manos. —Perdóname, perdóname… —No llores, mamita, no tienes que hacerlo. Sé que papá nos ha dejado, sé que tenemos que sobrevivir de alguna manera y que has pensado que lo mejor era mudarnos aquí, a la casita de la abuela y alquilar el piso en la ciudad. —Ya lo sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré y leeré todos los libros, además la tía Cata me vigilará. —Podremos con esto, mamá… Y en otoño volveré al cole. —Mamá… ¿hay colegio aquí? —No, hija, antes había uno, pero ya no. Pero en otoño, te lo prometo, volvemos a nuestro piso. Esto es solo hasta que encuentre un trabajo decente. —El piso está alquilado hasta agosto, nos da justo tiempo, luego lo arreglamos y todo irá bien, hija… —Lo sé, mamá… Aquel atardecer, madre e hija se sentaron largo rato en el pequeño porche de la casita, y mamá le contaba historias de su infancia y de la abuela. —Mamá, ¿tú tuviste… madre? —La tuve, —suspiró mamá— aún vive, pero… no me necesita. […] Años después, Olya ya adulta, se casa. La madre y la hija, abrazadas, sienten que siempre estarán juntas, allí donde la vida las lleve. Una madre nunca abandona a su hija. MADRE E HIJA EN LA CASITA DE LA ABUELA: UNA HISTORIA DE VALOR, ESPERANZA Y PROMESAS ENTRE LA NIEBLA DE LOS INVIERNOS CASTELLANOS
Lucía, hija, escúchame, le decía su madre mientras se agachaba junto a ella en el pequeño recibidor de
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015
Svetlana giró la llave y quedó atónita: en la puerta la esperaban tres peludos visitantes.
Recuerdo aquel día de otoño, cuando la lluvia caía a cántaros sobre los adoquines de la calle de la Villa
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01
Esta no es tu casa Elena recorrió con tristeza la vivienda en la que creció desde niña. A sus dieciocho años, ya se sentía definitivamente desengañada de la vida. ¿Por qué el destino era tan cruel con ella? Su abuela había fallecido, no logró entrar en la universidad por culpa de una compañera durante los exámenes de acceso. Aquella chica copió todas sus respuestas y, al entregar primero su hoja, le susurró algo al oído al examinador. Él frunció el ceño, se acercó a Elena, le pidió que mostrara sus respuestas y luego le comunicó que quedaba expulsada por copiar. No pudo demostrar nada. Después se enteró de que esa chica era hija de un rico empresario local. ¿Cómo iba a luchar contra algo así? Y ahora, tras tanta desdicha, vuelve a su vida su madre, acompañada de dos hermanos y un nuevo marido. ¿Dónde habrían estado todo este tiempo? Elena fue criada por su abuela, pues su madre apenas convivió con ella hasta los cuatro años. Y ni siquiera guardaba buenos recuerdos de esa época: mientras su padre trabajaba, su madre la dejaba sola para irse de fiesta. Incluso estando casada, seguía buscando “a un hombre de verdad”, sin esconderse ni entonces ni después, cuando el padre de Elena murió repentinamente. Al quedarse viuda, Tamara no estuvo mucho tiempo de luto. Recogió sus cosas, dejó a su hija de cuatro años en la puerta de la casa de su madre y, tras vender el pisito heredado de su difunto esposo, se marchó sin rumbo fijo. En vano, la abuela Reme intentó apelar a su conciencia. Tamara solo aparecía de vez en cuando, sin interesarse nunca por su hija. Una vez, cuando Elena tenía doce años, fue a visitarlas y llevó consigo a Santi, su hermano de entonces siete años, exigiendo que su madre le pusiera la casa a su nombre. — ¡No, Tami, no recibirás nada! —se negó rotundamente la madre. — ¡Cuando mueras, será mío igualmente! —replicó Tamara sin piedad, lanzó una mirada irritada a la niña que espiaba desde la habitación contigua, recogió a Santi y se marchó dando un portazo. — Abuela, ¿por qué siempre discutís cuando viene mamá? —preguntó entonces Elena. — Porque tu madre es una egoísta. ¡La eduqué muy mal! ¡Le di poca mano dura! —respondió, enfadada, Remedios. La enfermedad sorprendió a la abuela. Nunca se quejaba de su salud, pero un día, cuando Elena llegó del instituto, la encontró extrañamente pálida, sentada en el sillón del balcón. Jamás la había visto quieta, sin hacer nada. — ¿Te pasa algo? —preguntó extrañada. — No me encuentro bien… Llámame a una ambulancia, Elenita —pidió con calma la abuela. Después vinieron hospitales, sueros… y la muerte. Los últimos días Remedios estuvo en la UCI, sin posibilidad de visitas. Elena, consumida por la angustia, llamó a su madre. Tamara al principio no quería acudir, pero tras saber que la abuela estaba en cuidados intensivos, al fin accedió. Solo llegó para el entierro. Tres días después le restregó a su hija el testamento en la cara: — ¡Esta casa ahora me pertenece a mí y a mis hijos! Pronto llegará Óscar. Ya sé que no os lleváis bien. Así que te quedarás una temporada en casa de la tía Pili, ¿vale? En su voz no se percibía la menor tristeza. Más bien parecía alegrarse de la muerte de Remedios, ya que ahora era la heredera. Afligida por el duelo, Elena no era capaz de enfrentarse a su madre. Bastante tenía con que el testamento estaba perfectamente claro. Así que, durante un tiempo, vivió con la tía Pili, la hermana de su padre. Pero la tía era una mujer frívola y seguía esperando encontrar un buen partido, así que siempre tenía invitados ruidosos y medio borrachos en casa, cosa que Elena no soportaba. Además, algunos empezaban a fijarse en la joven, lo que le horrorizaba. Al contárselo a su novio Nacho, su reacción la sorprendió y alegró: — ¡Lo que faltaba! Que viejos babosos te miren o intenten tocarte… —dijo, decidido, pese a sus diecinueve años—. Hoy mismo hablo con mi padre. Tenemos un piso pequeño en las afueras. Me prometió que podría vivir allí cuando entrara en la universidad. He cumplido mi parte, ahora le toca a él. — No sé qué pinto yo ahí —respondió, sin entender, Elena. — ¿Cómo que qué pintas? ¡Viviremos juntos tú y yo! — ¿Tus padres estarán de acuerdo? — ¡No tienen elección! Considera esto una propuesta formal de matrimonio: ¿quieres casarte conmigo y vivir conmigo en ese piso? Casi lloró de alegría Elena: — ¡Por supuesto que sí! Al enterarse de la boda, la tía se alegró, pero su madre casi rechinó los dientes: — ¿Así que te casas? ¡Vaya, qué lista! Como no pudiste entrar en la universidad, buscas buscarte la vida de otra forma. De dinero, olvídate; y la casa, recuerda que es mía. ¡No te quedarás con nada! Sus palabras hirieron a Elena. Nacho apenas fue capaz de entender sus sollozos al contarle lo sucedido. Llevó a la desconsolada novia a su casa, donde sus padres intentaron consolarla con té caliente. Javier, el padre de Nacho, escuchaba atento el relato de la futura nuera, quien había pasado más desgracias en meses que otros en toda una vida. — ¡Pobre niña! ¿Pero qué clase de mujer es esa? —exclamó la madre de Nacho, al saber lo que Tamara dijo. — Me preocupa otra cosa… —apuntó Javier—. ¿Por qué se aferra tanto tu madre a esa casa, si el testamento es tan claro y siempre te lo echa en cara? — No lo sé…, —sollozó Elena—. Por esa casa siempre discutía con la abuela cuando venía. Primero quería que la vendieran para quedarse con el dinero, luego pedía que la pusieran a su nombre. Pero la abuela decía que si hacía eso, nos quedaríamos en la calle. — Qué extraño. ¿Fuiste al notario tras el fallecimiento de tu abuela? — No… ¿para qué? —respondió Elena, sorprendida. — Para reclamar la herencia. — Pero la heredera es mi madre, solo soy la nieta. Además, mi madre tenía un testamento. Me lo enseñó, lo vi. — La cosa es un poco más compleja —respondió Javier—. Tras el fin de semana, vamos juntos al notario. Ahora, toca descansar. En ese tiempo, Elena volvió a verse con su madre, que le llevó unos papeles e intentó obligarla a firmar, pero Nacho intercedió: — ¡No firmará nada! — ¿Tú quién eres? Ella es mayor y decide lo que hace —contestó, malhumorada, Tamara. — Soy su futuro marido y creo que esos papeles le pueden perjudicar. Así que no va a firmar nada. Tamara explotó en insultos, pero se fue sin lograr su objetivo. Todo esto solo alimentó las sospechas de Javier. A los pocos días, cumpliendo su palabra, Javier fue con Elena al notario: — Escucha atentamente, y revisa bien todo antes de firmar —advirtió él. Pero el notario fue diligente. Admitió la solicitud de Elena y, en un día, recibieron respuesta de que se había abierto el expediente hereditario a su nombre. Descubrieron que Remedios tenía una cuenta de ahorro para pagar los estudios de la nieta, de la que Elena nada sabía. — ¿Y la vivienda? —preguntó Javier. — Hace años se registró una donación en vida a favor de la muchacha. Nada más. — ¿Una donación? —se asombró Elena. — Su abuela acudió hace años para dejarle la vivienda como donación. Ahora, que es mayor de edad, tiene plenos derechos sobre la casa. — ¿Y el testamento? — Se redactó siete años antes, pero se anuló. Su madre probablemente no lo sabe. Usted es la dueña legal y puede vivir allí. Las sospechas de Javier estaban confirmadas. — ¿Y ahora qué hago? —preguntó Elena, desorientada, al salir del despacho. — ¿Cómo que qué haces? Informar a tu madre que la casa es tuya y que debe marcharse. — ¡No se irá jamás! ¡Ya ha preparado todas mis cosas para echarlas fuera! — Para eso está la policía. Al oír el aviso de su hija, Tamara enloqueció: — ¡Vaya, quieres echar a tu madre! ¡Eres una desagradecida! ¡La que debe irse eres tú! ¿Quién te está lavando el cerebro? ¿Tu novio y su padre? ¡Menudos has encontrado! Tengo un documento que acredita mi derecho sobre esta casa, ¡un testamento donde yo soy la heredera! — ¡Eso, fuera de aquí o te vamos a romper las piernas! —intervino Óscar, que había presenciado toda la discusión con odio. Javier y Elena se mantuvieron firmes. — Caballero, le pueden denunciar por amenazas y coacciones —le advirtió Javier con calma, pero firmeza. — ¿Tú quién te crees para darme lecciones? ¡Marchaos! Esta casa se vende. Ya vienen compradores a verla. Pero en vez de compradores, llegó la policía. Al comprender la situación, exigieron a los intrusos abandonar la vivienda y advirtieron que, si no, serían acusados de delito. Tamara, su marido y los hijos se marcharon furiosos, sin poder oponerse legalmente. Por fin, Elena recuperó su hogar. Nacho no quiso dejarla sola, por temor a represalias, y se mudó con ella. Y no se equivocó. Tamara y Óscar siguieron acosando a Elena mucho tiempo. Al saber de la cuenta bancaria de Remedios, Tamara reclamó su parte al notario. Aquello sí tuvo que aceptarlo: parte del dinero fue para ella, pero la casa, por mucho que hiciera, no consiguió quedársela. Solo dejó de molestarla cuando consultó con todos los abogados posibles. Al fin, Tamara se marchó con su familia y Elena nunca más volvió a hablarle. Con Nacho, se casaron. Al verano siguiente, Elena entró en la universidad para estudiar lo que siempre soñó y en tercero tuvo a su primer hijo. Siempre agradeció a Nacho y a su familia el apoyo en los momentos difíciles y vivió el resto de sus días feliz. Autora: Odilia — — El enigma La casa era antigua pero estaba bien cuidada. Apenas había pasado tiempo sola, no se había echado a perder. “¡Menos mal! —pensó María—. Ahora mismo no tengo pareja, ni creo que la vuelva a tener. No soy de esas mujeres castellanas todoterreno, que lo mismo clavan un clavo, frenan a un toro o cruzan un incendio.” Subió al porche, sacó la llave de su bolso y descorrió el pesado candado. *** Por razones que aún no comprendía, María había heredado aquella casa de la tía Amparo, una anciana lejana pariente. Era extraño, pero nunca se sabe cómo funciona la mente de esos viejos venerables. De hecho, según los cálculos de María, tía Amparo rondaba los cien años. María era, según el árbol familiar, sobrina nieta o prima segunda. Total, una costurera cocinillas de Valladolid. María había visitado de joven a tía Amparo. Ya entonces era una anciana, pero siempre prefería vivir sola. Nunca molestaba a la familia, jamás pedía ayuda. Hasta que, hace poco, se fue de este mundo. Cuando le avisaron de que en el pueblo de Enigma había muerto la tía Amparo, María ni siquiera pensó de inmediato en ella, y menos que la casa de la anciana y los mil metros de terreno fueran para ella. — ¡Un regalo para tu futura jubilación! —bromeó Miguel, su marido. — Anda ya, si me queda un mundo hasta jubilarme —respondió María—. ¡Solo tengo cincuenta y cuatro! A este paso, ni jubilarme me darán. Así que esto es solo un regalo. Lo raro es, ¿qué habré hecho yo para merecerlo? Ni siquiera sabía que tía Amparo seguía viva. Pensaba que llevaba décadas criando malvas. ¡Con los años que tenía! Pero bueno, no estamos para rechazar regalos. Si me lo han dado, lo aprovecharé. — ¡O lo venderemos! —se frotó las manos Miguel. *** Menos mal que no la vendieron. Un par de meses después de heredar el terreno, María recibió otra sorpresa. Esta vez, mucho menos agradable: su adorado Miguel la engañaba. Sí, así, a sus años. Canas en la barba, diablo en el cuerpo, piedra en el zapato…
Esto no es tu casa Clara miró con nostalgia la casa en la que había crecido desde niña. Con solo dieciocho
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0132
Arruiné la vida de mi hija
Hija mía, hoy cumples treinta y dos años anunció con voz temblorosa la matriarca, Doña Carmen de la Vega
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034
Un día llevé a la oficina un cachorro callejero… Fue por casualidad. Lo encontré cinco minutos antes de empezar la jornada laboral. Era un cachorrillo mestizo, sucio y desaliñado. Lo escondí en un rincón del despacho, pero… el perro se empeñaba en salir de allí y no dejaba de gimotear. Al final, todos mis compañeros lo vieron. …y a mis pies empezaron a caer las máscaras de las personas. Ahí estaba Marina Victoria, nuestra simpatiquísima y sociable secretaria: joven y siempre sonriente. Su rostro, normalmente impecable y alegre, se torció al ver al cachorro sucio: “¡Don Alejandro! ¿Pero no le da asco? ¡Menuda guarrería ha montado usted aquí…!” Su máscara amable y amistosa se estrelló cerca del cachorro, que movía el rabo encantado… Luego vino doña Nines, la señora de la limpieza. Siempre cansada, refunfuñona y con cara de pocos amigos, de repente, su rostro arrugado se iluminó con una sonrisa: “¡Ay, quién me ha traído a este pequeñajo tan mono! ¿Don Alejandro, es visitante laboral, o personal?” A mis pies yacía la máscara arrugada de su enfado, y yo veía su auténtico rostro, sensible y bondadoso… Mi colega Javier, siempre servicial, atento y amistoso con todos: el típico que te cuenta un chiste y se ríe del tuyo. Pero ese día, no quiso ir más allá de la puerta del despacho. Poniendo cara de asco, dijo que los animales callejeros sólo traen suciedad y enfermedades. A mis pies quedó tirada su máscara hipócrita de simpatía… Pero quien más me sorprendió fue mi jefe, don Antonio… Siempre serio, distante, poco dado al diálogo, simplemente me soltó: “Don Alejandro… Creo que hoy deberías cogerte el día libre… Llévate al pequeñajo a casa… Hay cosas más importantes que el trabajo. Pero eso sí, no lo abandones… Al fin y al cabo es un ser vivo.” Y, quitándose avergonzado la máscara de jefe estricto, me sonrió tímidamente y desapareció tras la puerta… A mis pies quedaron las máscaras de las personas con las que había convivido durante años… Y, de repente, me di cuenta de lo poco que las había conocido realmente.
Una mañana, justo antes de entrar en la oficina en el centro de Madrid, encontré un cachorro abandonado
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067
En la primavera de 1992, en una pequeña ciudad de España, un hombre llamado Demetrio se sentaba cada día en un banco frente a la estación. No pedía limosna ni hablaba con nadie. Simplemente se quedaba allí, con una bolsa de rafia a sus pies y la mirada perdida en los raíles. Había sido maquinista antes del 89, pero tras la Transición y el cierre del taller, los trenes pasaban cada vez menos y gente como él quedó apartada. Tenía 54 años y guardaba un silencio pesado, uno de esos que ya no se va. Cada mañana llegaba a la estación a las ocho, como antes, cuando empezaba su turno. Se quedaba hasta mediodía y luego se marchaba. Todos lo conocían de vista: “el que trabajó en Renfe”. Nadie le preguntaba nada. Un día, en el banco de al lado, se sentó un chico de unos 19 años, con una mochila vieja y un papel arrugado en la mano. Miraba mucho el reloj y temblaba, quizás de emoción, quizás de hambre. “¿Sale algún tren para Barcelona?” preguntó sin mirar a Demetrio. “A las cuatro menos cuarto”, respondió el hombre casi sin pensarlo. El chico suspiró y le contó que había sido admitido en la universidad, pero no tenía dinero para el billete. No quería volver a casa; “Les prometí que lo lograría”, dijo. Demetrio no dijo nada. Se levantó, cogió la bolsa y se fue. El chico se quedó mirando al suelo, convencido de que había hablado en vano. Diez minutos después, Demetrio volvió. Dejó algo en el banco junto al chico: un carné antiguo de Renfe y algo de dinero. “Ya no los necesito”, dijo. “Yo ya llegué a donde tenía que llegar. Tú aún no”. El chico intentó negarse, pero Demetrio lo atajó con un gesto: “Si te va bien, ayuda a otro. Eso es todo”. El tren se marchó y el chico con él. Demetrio volvió al banco al día siguiente, pero ya no se quedó tanto tiempo. Meses después, una mañana, alguien se sentó a su lado: era aquel mismo chico, más delgado y cansado, pero sonriente. “He aprobado el curso, y tengo trabajo. Vengo a devolvérselo”. Demetrio asintió y sonrió por primera vez en mucho tiempo. “Guárdalo”, dijo. “Que no se rompa la cadena”. Pasaron los años. Demetrio dejó de ir a la estación. Diez años después, aquel chico ya no era un chico: trabajo estable, familia empezando, una vida que se aguantaba con esfuerzo. Volvió unos días al pueblo, casi por nostalgia. La estación y los bancos seguían igual; la gente, no. Una tarde, preguntó por el hombre que solía sentarse allí. “¿Demetrio? Tuvo un accidente hace un par de años. Un coche. Le amputaron una pierna. Está encamado, su mujer le cuida”. Sintió un nudo en el pecho. Averiguó la dirección y se fue directo allí. Demetrio estaba en una habitación pequeña de un bloque antiguo. Su cama, junto a la ventana. Su mujer, la misma que a veces se veía en la estación, le miró y salió de la habitación. “Has vuelto” dijo Demetrio. “Te he reconocido. Ya eres un hombre”. Era más delgado, pelo cano, la mirada igual de serena y clara. Hablaron de trenes, de la vida, de cosas sin importancia. En un momento, Demetrio se encogió de hombros y sonrió: “Después de toda la vida entre trenes, al final un coche me paró los pies. Así es la vida”. Rió, un risa corta y sincera, como si nada pudiera derrotarle. El joven se fue con un nudo en la garganta y una determinación clara. Al volver, días después, empujaba una silla de ruedas nueva y llevaba un sobre con dinero en el bolsillo del asiento. “¿Qué es esto?”, preguntó. “Igual que tú me ayudaste a mí a subir al tren para estudiar, yo ahora te ayudo a ti… Es lo que puedo hacer”. Demetrio quiso protestar, pero el joven le cortó: “Para que no se rompa la cadena, ¿recuerdas? Ahora me tocaba a mí”. Demetrio sólo asintió y le apretó la mano. En este mundo se pierden muchas cosas: gente, trenes, años. Pero a veces los gestos vuelven, no como deuda, sino como continuidad. Mientras no rompamos la cadena de la bondad, lo que damos puede que vuelva, quizá no a nosotros, pero justo donde hace falta. Si has vivido o presenciado un gesto que no ha roto la cadena de la bondad, cuéntalo. Necesitamos más historias que nos acerquen. ❤ Un me gusta, un comentario o compartir puede hacer que la cadena continúe.
En la primavera de 1992, en una pequeña ciudad de Castilla, un hombre se sentaba cada día en un banco
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