Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales, no porque quiera ser famosa ni busque atención, simplemente porque me gusta: disfruto grabando recetas, mostrando momentos cotidianos con mi hija, pequeños instantes de nuestro hogar; nada está preparado, nada es profesional, son vídeos sencillos desde la cocina o el salón mientras hago mis cosas diarias.
Sin embargo, desde el principio mi marido se sintió incómodo: primero fueron comentarios irónicos sobre por qué lo hacía, quién iba a verme, para qué necesitaba publicar vídeos; yo le decía que no buscaba nada, solo era una distracción para mí, pero él no lo veía así.
Un día llegó a decirme directamente que lo hacía para atraer la atención de otros hombres, que quería que me vieran y me apreciaran; me quedé callada porque no entendía de dónde salía eso, si mis vídeos son de comida, de la fiambrera de mi hija, de alguna receta que me quedó bien… Nunca salgo en bikini, ni bailo, ni muestro mi cuerpo.
Lo más absurdo es que tengo 99 seguidores, la mitad son familia – primos, tías, amigos del colegio; se lo expliqué, le enseñé el perfil, los comentarios, y aun así insistía en que no era la cantidad, sino la intención, que yo estaba “buscando algo”.
Empezaron las discusiones: cada vez que cogía el móvil para grabar algo, me miraba de reojo; si subía un vídeo, me preguntaba quién lo había visto; si alguien ponía un emoji, lo interpretaba como un coqueteo; incluso llegó a pedirme que le enseñara mis mensajes privados, aunque no tenía ninguno. Decía que esto era una falta de respeto hacia él como marido.
Llegó un punto en que dejé de grabar tranquila: empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa, me sentía vigilada. Lo que empezó siendo un hobby se convirtió en fuente de tensión; él decía que yo estaba cambiando, que ya no era la misma, que solo quería “ponerme en exposición”, y yo simplemente sentía que no podía hacer nada sin que se malinterpretara.
Hoy en día publico menos, no porque no quiera, sino porque cada publicación parece el detonante de una nueva discusión.
¿Qué debería hacer? Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales. No lo hice por ansias de fama ni por buscar
Tengo 60 años y en dos meses cumpliré 61. No es una cifra redonda como los 70 u 80, pero para mí es especial. Quiero celebrarlo, no con una tarta improvisada o una comida rápida, sino con una verdadera fiesta bien organizada: cena, mesas bonitas, sillas decoradas, camareros, música suave. Algo que me haga sentir viva, valorada y agradecida por todo lo vivido. El problema es que mis hijos no están de acuerdo. Tengo dos hijos ya adultos que viven conmigo, junto a sus parejas y sus hijos. La casa siempre está llena: ruido, la tele encendida, niños corriendo, conversaciones y discusiones. Les quiero, claro, pero no tengo ningún momento de tranquilidad; nunca estoy sola. Aunque ellos trabajan, la mayoría de los gastos los asumo yo: pago las facturas, la compra, las reparaciones, y esa ayuda “temporal” que nunca acaba. No me ha molestado ayudarles, pero sí me molesta que tomen decisiones por mí. Cuando dije que quería celebrar mi cumpleaños, dijeron que era un derroche, que a mi edad no tiene sentido gastar en mesas, comida y camareros, que sería mejor que les diese ese dinero “para cosas útiles”. Me hablaron como si fuera irresponsable con mi propio dinero. Les expliqué que no pediría prestado y que llevo meses pensándolo, pero no me escucharon. Insistieron en que era un capricho inútil. Y uno de ellos me dijo: “Mamá, eso ya no es para ti.” Esa frase me dolió mucho más de lo que esperaba. Empecé a pensar en cosas que nunca me había atrevido a decir: que a veces quiero estar sola en mi propia casa, echo de menos el silencio al despertar, me gustaría llegar a casa y encontrar el salón vacío, quiero tomar decisiones sin sentirme obligada a explicarlas. Incluso he pensado en pedirles que busquen su propia casa, no por maldad, sino porque siento que ya he cumplido mi parte. Pero luego viene la culpa. Me da miedo sonar egoísta. No quiero discutir ni “echar” a nadie por una noche. Solo quiero saber si hago mal al querer celebrar. Al querer silencio de vez en cuando. Al desear que mi dinero también sea para mí. Escribo porque no sé qué hacer… si insistir o volver a ceder. Si celebrar mi cumpleaños aunque ellos no lo aprueben. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Estoy equivocada por querer celebrar mi cumpleaños a mi manera y por querer que mi casa y mi dinero no sean siempre una decisión de todos? Tengo 60 años y dentro de dos meses cumpliré 61. No es una cifra redonda, no son los 70 ni los 80, pero
Cuando regresé, la puerta estaba entornada, como si hubiese sido abierta por el susurro de un viento
¡Tío, no vas a creer lo que me pasó el otro día! Resulta que Aroa, que siempre anda con los pies fríos
Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales, no porque quiera ser famosa ni busque atención, simplemente porque me gusta: disfruto grabando recetas, mostrando momentos cotidianos con mi hija, pequeños instantes de nuestro hogar; nada está preparado, nada es profesional, son vídeos sencillos desde la cocina o el salón mientras hago mis cosas diarias.
Sin embargo, desde el principio mi marido se sintió incómodo: primero fueron comentarios irónicos sobre por qué lo hacía, quién iba a verme, para qué necesitaba publicar vídeos; yo le decía que no buscaba nada, solo era una distracción para mí, pero él no lo veía así.
Un día llegó a decirme directamente que lo hacía para atraer la atención de otros hombres, que quería que me vieran y me apreciaran; me quedé callada porque no entendía de dónde salía eso, si mis vídeos son de comida, de la fiambrera de mi hija, de alguna receta que me quedó bien… Nunca salgo en bikini, ni bailo, ni muestro mi cuerpo.
Lo más absurdo es que tengo 99 seguidores, la mitad son familia – primos, tías, amigos del colegio; se lo expliqué, le enseñé el perfil, los comentarios, y aun así insistía en que no era la cantidad, sino la intención, que yo estaba “buscando algo”.
Empezaron las discusiones: cada vez que cogía el móvil para grabar algo, me miraba de reojo; si subía un vídeo, me preguntaba quién lo había visto; si alguien ponía un emoji, lo interpretaba como un coqueteo; incluso llegó a pedirme que le enseñara mis mensajes privados, aunque no tenía ninguno. Decía que esto era una falta de respeto hacia él como marido.
Llegó un punto en que dejé de grabar tranquila: empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa, me sentía vigilada. Lo que empezó siendo un hobby se convirtió en fuente de tensión; él decía que yo estaba cambiando, que ya no era la misma, que solo quería “ponerme en exposición”, y yo simplemente sentía que no podía hacer nada sin que se malinterpretara.
Hoy en día publico menos, no porque no quiera, sino porque cada publicación parece el detonante de una nueva discusión.
¿Qué debería hacer? Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales. No lo hice por ansias de fama ni por buscar
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