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038
LA MUÑECA
Almudena recibió como regalo una pequeña gatita grisácea de su amiga Sofía. La minina, de inmediato
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016
La ronda matutina En la puerta del ascensor alguien había vuelto a pegar una hoja con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo aguantaba a duras penas y el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del portal parpadeaba, y el letrero parecía, unas veces tajante, otras difuso, como el ambiente en el grupo de WhatsApp de la comunidad. Nieves Martín tenía las llaves en la mano y escuchaba, tras la pared del sexto, cómo un taladro buscaba su tono, se atascaba y volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí, sino otra cosa: que todo terminaba siempre en tribunal. Unos escribían en el grupo en mayúsculas, otros respondían con sarcasmo, alguno enviaba foto de zapatos ajenos en el rellano como prueba del declive moral. Y todo eso parecía requerir de ella una participación —cuando ella, desde hace tiempo, sólo deseaba silencio en la cabeza—. Subió a casa, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el grupo. Arriba colgaba el mensaje: «QUIÉN HA APARCADO ANOCHE EN EL PARQUE INFANTIL». Seguía la foto de una rueda en la acera. Después alguien añadía: «¿Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL?». Nieves hojeó, notando la ola de irritación subirle al pecho, y de pronto se sorprendió pensando que estaba harta de ser espectadora de disputas ajenas. Y también de su propia disposición a alimentar el fuego, aunque fuera en silencio. A la mañana siguiente se desveló temprano, no porque hubiera descansado. Más bien por costumbre, como un viejo despertador. En la habitación hacía fresco, los radiadores silbaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró las zapatillas de andar que casi no usaba, y salió al rellano. Olía a escalera, a polvo, a pintura vieja, y algo más indescriptible, como siempre. Junto al ascensor se detuvo y miró el tablón de anuncios. Allí colgaban fotocopias sobre la revisión del contador, un gato perdido y una «reunión de propietarios». Nieves sacó el papel que había preparado la noche anterior y lo sujetó con chinchetas: «Paseos matinales alrededor de la manzana. Sin charla ni compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en la puerta del portal. Sólo una vuelta para estirar las piernas y a casa. Nieves M.» Se sorprendió lo fácil que había sido escribirlo. No «Hagamos amigos», ni «Hay que ser vecinos», sólo —pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta, comprobando por tercera vez que había cerrado el gas y las ventanas. Llaves en mano, móvil, gorro. Pensaba que pasaría un minuto y se iría sola, fingiendo que era su idea. La cancela resonó y al porche salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido con cuidado y el gesto de quien espera dolor. —¿Vienes por el cartel? —preguntó, arreglándose la bufanda. —Sí —dijo Nieves—. Soy Nieves. —Soy Marta. Tengo la espalda regular, el médico me mandó andar. Pero sola me aburro, —añadió rápidamente, como disculpándose—: No soy muy habladora. —No hace falta, —dijo Nieves. Al minuto llegó un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Saludó con un gesto a medio camino entre el saludo y la duda, y por fin dijo: —Buenos días. Soy Sergio. Del quinto. —Yo del sexto, —precisó Nieves automáticamente, sabiendo perfectamente cómo se repartía el bloque. Se corrigió al instante: ese afán de clasificarlo todo. Sergio sonrió irónico. —Sexto, vale, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto, casi sesenta, gorro deportivo y paso de exatleta de barrio. No preguntó nada; sólo se colocó al lado: —Víctor. Yo ando por las mañanas de todos modos. Pensaba que era el único. A las 7:16 empezaron a andar. Nieves había escogido un recorrido simple: rodear la manzana, pasar por el súper, cruzar el patio trasero, bordeando el colegio y de vuelta. La nieve, dura bajo las suelas, resbalaba a ratos. El aire entraba frío, y los primeros minutos nadie decía nada, atentos sólo al ritmo de sus propios pasos. Nieves notaba como el cuerpo, primero reacio, se iba soltando. La cabeza, donde normalmente retumbaban reproches ajenos, se quedaba en blanco, pero no de miedo, sino como un folio limpio. En la esquina, Sergio comentó: —Pensé que era broma lo de «sin conversación». Aquí siempre hay charla. —Si apetece, adelante, —dijo Nieves—. Pero sin informes. Marta sonrió, aunque se llevó la mano a la cintura enseguida. —¿Te va bien? —le preguntó Nieves. —Sí, mientras no pare, —respondió Marta. Víctor marcaba el paso con precisión deportiva. Ya de vuelta resumió: —Bien. Sin reuniones. Sólo andar. Al llegar, eran las 7:38. Todos permanecieron un instante, como después de una breve reunión. —¿Mañana? —preguntó Marta. —Si bajáis, —contestó Nieves. —Yo sí, —afirmó Sergio levantando la mano en señal de despedida. Al día siguiente fueron tres. Víctor faltó, pero apareció la vecina del cuarto, Teresa, poco más de cuarenta, plumífero chillón y el gesto de quien inspecciona si aquí se está formando una secta. —Sólo vengo a mirar, —dijo, sin presentarse. —Mire, —contestó Nieves, arrancando sin esperar explicaciones. Teresa andaba junto a Sergio y callaba. A la semana, en la segunda vuelta, ya decía: —Yo estoy en contra de estas «juntas». Que luego vienen los cobros y el que no paga es enemigo. —Aquí no se paga, —afirmó Sergio—. Yo después de mi divorcio le tengo alergia a cualquier fondo común. Nieves escuchó la palabra «divorcio» y prefirió no indagar. Sabía cómo el dolor ajeno se convertía en tema y luego en cuchillo. Los paseos se asentaron en la rutina: a las 7:15 salían, a las 7:40, cada uno a lo suyo. Hubo ausencias y regresos. Marta traía su botella de agua y bebía caminando, sin detenerse. Sergio un día se olvidó la gorra y estuvo todo el rato protestando, pero no volvió atrás. Teresa primero se rezagaba, luego caminaba cerca. Y esa costumbre se fue filtrando al portal. Nieves notó que la gente saludaba más seguido. No por deber, sino porque al alba ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, al volver de la consulta, cansada, con papeles en el bolso, se cruzó con Víctor junto al ascensor estropeado. —¿No va? —dijo Nieves. —Sólo hay que apretar con decisión, —y el ascensor apareció. Él añadió de repente: —Gracias por estos paseos. Pensé que ya no tenía con quién. Y, bueno… se agradece. Nieves asintió. Sintió un calor suave por dentro, pero no le dejó endulzarse; sólo tomó nota: alguien estaba mejor. Pequeños gestos brotaban solos: una mañana Sergio avisó a Marta de que se le desató el cordón. Más tarde, en el grupo, Marta escribió: «Gracias a quien me avisó del cordón, me salvó de una caída». Sin nombres, pero con sonrisas en el mensaje. Teresa trajo un saco de sal un día para las escaleras del portal. —No es para todos, es para mí, que si no me mato bajando. —Gracias igual, —saludó Nieves. Salaron los escalones juntas, y Teresa murmuró, limpiándose los guantes: —Bueno, ya que estáis… El grupo se llenó menos de mayúsculas. No desaparecieron enfados ni broncas por la basura o el aparcamiento, pero a veces alguien sugería: «Hablemos sin gritar, que se puede dialogar». Ya no era lema, sino un recordatorio. El problema surgió a finales de noviembre, cuando en el sexto piso empezaron obras en casa de Álvaro, el joven del perro. No eran sus primeras reformas, pero ésta tenía un taladro hasta por la noche. El grupo ardió: «¡Ya basta!», «¡Que hay niños!», «¡Estáis locos!». Teresa apuntó: «Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo». En el paseo Marta caminó rígida, casi dolida. —Es él —dijo, ya cerca del colegio—. El de arriba. Ayer hasta las diez. Me acosté oyendo el taladro en la cabeza. Sergio contestó: —Por ley puede hasta las once, si no molesta más… —No quiero leyes, —saltó Marta—. Hablo de respeto. Teresa, que normalmente respondía con burla, se mostró seria. —Hay que apretarle. Firmas, llamar a la policía. Que se entere. Nieves sintió cómo el grupo, tan cálido la víspera, volvía a las trincheras del vecindario. Le asustaba más la facilidad para volver al «nosotros contra él» que el ruido. —Lo de las firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —se ofendió Teresa—. Pero si es… —Es una persona, no un enemigo, —respondió Nieves—. No somos un jurado. Sergio la miró de cerca: —¿Quieres hacerlo tú? Nieves no quería. Quería que todo se calmara solo. Pero sabía que si formaban el linchamiento público se cargaban los paseos. —Voy yo. Pero que venga alguien conmigo. Sin multitudes. Sergio asintió. —Voy contigo. Esa noche subieron al sexto. Nieves avisó antes por WhatsApp a Álvaro: «¿Puedes un minuto? Soy Nieves, del portal». Él contestó a los diez minutos: «Sí, pasad, estoy». En la puerta, bolsas de escombros, atadas. Importante: no era una montaña, sólo temporal. Nieves llamó. Silencio de taladro. Álvaro abrió, camiseta, manos polvorientas. El perro, mediano, asomó y volvió dentro. —Buenas —dijo, algo a la defensiva—. ¿Qué pasa? —No vamos a echarte la bronca —dijo Nieves (y le sonó tonto, no halló otra frase)—. Es sobre la obra. Sergio sólo acompañaba. —Intento terminar antes de las nueve —se apresuró Álvaro—, pero sólo puedo hacerlo por las tardes después de trabajar. —Lo sabemos —dijo Nieves—, pero arriba hay gente… Marta, tiene problemas de espalda, necesita descansar. Hasta las diez es mucho. Álvaro suspiró: —No lo sabía. Pensé que todos… Bueno, que sólo se quejaban en el grupo, nunca a la cara. Nieves sintió vergüenza. Cara a cara, poco se decía. —Hagamos esto: dime qué días tienes que hacer ruido por la tarde. El resto, intenta acabar antes. Y la basura, no la bajes de noche. Álvaro miró sus bolsas. —Mañana la bajo en coche. No quiero que se quede aquí, sólo hoy era tarde. —Vale, —asintió Sergio— ¿Y el horario? Álvaro pensó. —Hasta las nueve, seguro. Algún día, quizá 9:30. Pero aviso antes por el grupo y que no sea más de una vez a la semana. Nieves asintió. —Y sobre el perro. Por la noche a veces ladra… Álvaro se sonrojó. —Eso es cuando salgo. Se pone nervioso. Le compraré algo, para que no se queje. Avisadme si pasa más. Por privado, por favor. Salieron, y en la escalera Sergio murmuró: —No es tan malo. Sólo joven y solo. —Aquí todos estamos solos a nuestra manera, —dijo Nieves, sorprendida de decirlo en voz alta. Al día siguiente, en el grupo, Álvaro escribió: «Vecinos, haré obra hasta las 21:00. Si necesito quedarme más, aviso. La basura la bajo mañana». Alguien puso una reacción, otros no comentaron. Teresa sólo: «Veremos». Pero no hubo mayúsculas. Teresa fue al paseo con gesto de mármol. —¿Entonces? —dijo—. ¿Hablasteis? —Sí, —dijo Nieves—. Se ha comprometido. —¿Y ya? —esperaba corona de victoria a su método. —Y ya, —respondió Nieves—. No tenemos que ganar. Teresa resopló, pero siguió andando. Al cabo de un rato, sin mirar, murmuró: —Bueno, si vuelve el ruido, yo lo diré en el grupo. —Dilo, —aceptó Nieves—. Pero primero a él. Marta caminaba junto a Nieves y susurró de pronto: —Gracias por no hacer una caza. No habría aguantado eso también. Nieves tragó saliva, inspiró hondo, el aire frío le aclaró por dentro. Una semana después, Víctor dejó de venir. Nieves lo encontró junto a los buzones. —Se te echa de menos, —dijo ella. —La rodilla —contestó breve—. El médico me ha dicho que pare. —Vaya, —comentó ella. —Igual os veo desde casa. Abro la ventana cuando pasáis. Es un poco como estar ahí. Tenía algo de gracioso y de tierno a la vez. Por Reyes, la costumbre era fija para tres: Nieves, Marta y Sergio. Teresa iba y venía, a veces desaparecía días, antes de volver —como viendo si aquel extraño grupo seguía en pie—. Álvaro un par de veces salió a caminar, sobre todo si la obra le dejaba de los nervios; andaba callado, escuchando el crujir de la nieve, y se despedía el primero. El bloque no era perfecto. Las bolsas volvían a aparecer junto al tubo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat a veces la tensión renacía. Pero Nieves sentía ahora que la casa tenía memoria de lo que podía ser distinto. Un día de enero, a las 7:14, bajó al portal. Sergio ya esperaba, abrochándose la chaqueta. La miró: —Buenos días, Nieves. —Buenos días, Sergio. Marta se acercó, bajando los escalones salados con cuidado. —Hola. La espalda hoy aguanta, —sonrió, como una pequeña victoria. Asomó Teresa, medio dormida, sin su característico sarro. —Voy con vosotros. Pero nada de hablar del grupo, —murmuró. —Trato hecho, —dijo Nieves. Caminaron. Los pasos se sumaron en un ritmo común, imperfecto pero firme. En la esquina, Sergio ayudó a Marta cuando resbaló, tan natural que nadie agradeció. Al regresar, Álvaro esperaba con su perro atado. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, me toca trabajar. Pero… gracias por hablar en persona la otra vez. Nieves asintió. —Al final, todos vivimos aquí, —dijo. No sonaba a lema. Era un simple hecho, que por fin había dejado de ser motivo de guerra.
El círculo matutino En la puerta del ascensor, alguien había vuelto a pegar con celo una hoja que decía
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0192
Lo más doloroso que me ocurrió en 2025 fue descubrir que mi marido me estaba siendo infiel… y que mi hermano, mi primo y mi padre lo sabían desde el principio. Llevábamos casados once años. La mujer con la que mi marido mantenía la relación era secretaria en la empresa donde trabaja mi hermano. La relación entre mi marido y esta mujer comenzó después de que mi hermano los presentara. No fue casualidad. Se veían en el trabajo, reuniones, eventos de negocios y encuentros sociales en los que mi marido participaba. Mi primo también coincidía con ellos en ese ambiente. Todos se conocían. Todos se veían a menudo. Durante meses, mi marido siguió viviendo conmigo como si nada pasara. Yo iba a reuniones familiares y hablaba con mi hermano, mi primo y mi padre, sin saber que los tres estaban al tanto de su infidelidad. Nadie me advirtió. Nadie me dijo nada. Nadie intentó prepararme para lo que ocurría a mis espaldas. Cuando descubrí la infidelidad en octubre, primero confronté a mi marido. Él lo confirmó. Luego hablé con mi hermano. Le pregunté directamente si lo sabía. Me dijo “sí”. Le pregunté desde cuándo. Me contestó: “desde hace varios meses”. Le pregunté por qué no me había dicho nada. Me respondió que no era asunto suyo, que era un tema entre pareja y que “entre hombres esas cosas no se comentan”. Después hablé con mi primo. Le hice las mismas preguntas. También lo sabía. Me dijo que había visto actitudes, mensajes y comportamientos evidentes. Cuando le pregunté por qué no me avisó, me contestó que no quería tener problemas y que no tenía derecho a meterse en una relación ajena. Por último, hablé con mi padre. Le pregunté si él también lo sabía. Me dijo “sí”. Le pregunté desde cuándo. Me respondió que desde hacía tiempo. Le pregunté por qué no me había dicho nada. Contestó que no quería conflictos, que esas cosas se resuelven entre esposos y que él no iba a intervenir. En realidad, los tres me dijeron lo mismo. Luego me fui de la casa, y ahora está en venta. No hubo escándalos públicos ni enfrentamientos, porque yo no me voy a rebajar por nadie. La mujer siguió trabajando en la empresa de mi hermano. Mi hermano, mi primo y mi padre mantienen relaciones normales con los dos. Para Navidad y Año Nuevo, mi madre me invitó a celebrar en su casa, donde estarían mi hermano, mi primo y mi padre. Le dije que no podía ir. Le expliqué que no puedo sentarme a la mesa con personas que sabían de la infidelidad y decidieron callar. Ellos celebraron juntos. Yo no estuve en ninguna de las dos fechas. Desde octubre no he tenido contacto con ninguno de los tres. No creo que pueda perdonarlos.
Lo más doloroso que me ocurrió en 2025 fue descubrir que mi marido me estaba engañando…
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039
UN REGALO ESPECIAL
Yo les contaré una historia que ocurrió en la madrugada de Navidad, en un pequeño pueblo de la provincia
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0104
Mi hijo ha traído a una chica a nuestro piso y no sé cómo echarla sin causar un escándalo familiar
Solo en la intimidad y en el anonimato se confiesan cosas como las que comparto hoy, recordando esos
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086
Número de expediente La cajera de la farmacia le acercó el datáfono, y él pasó la tarjeta como siempre, sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo y, tras un pitido, apareció el seco mensaje: «Operación rechazada». Intentó de nuevo, más despacio, como si la lentitud pudiera convertirlo en alguien con dinero. — ¿Tiene otra tarjeta? — preguntó la cajera sin levantar la vista. Sacó la segunda, la de la nómina, pero volvió a escuchar esa breve negativa. Detrás, alguien suspiró con resignación y, de repente, le ardían las orejas. Se guardó en el bolsillo la caja de pastillas que ya le habían apartado y murmuró que lo solucionaría enseguida. Ya fuera, se apartó junto a una pared, para no entorpecer el paso, y abrió la app del banco. En lugar de sus números habituales — ventanita gris y una frase que le hundió por dentro: «Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento judicial». Ni importes, ni explicación, solo un botón de «Más información» y un número que se le antojó más ajeno que el de un DNI extraño. Se quedó mirando la pantalla, esperando que se desvaneciera el problema con la mirada. En seguida le vinieron a la cabeza cosas que no podían esperar: dentro de una semana tenía que comprar los billetes para ir a ver a su madre, le habían pedido una revisión y él había prometido acompañarla; su jefe le había concedido dos días libres, a regañadientes, pero accedió. Y, claro, los medicamentos que no pudo pagar. Llamó a la línea de atención del banco. La locución automática le pidió que «valorase la calidad del servicio» incluso antes de escucharlo una persona. — Le escucho — respondió la operadora, voz intencionalmente neutra, con esa distancia que indica que no es cuestión de enfado, sino de protocolo. Dio apellido, fecha de nacimiento, los últimos dígitos del DNI. Explicó que sus cuentas estaban bloqueadas, que se trataba de un error. — Su perfil tiene una restricción por resolución judicial — contestó. — No podemos levantar el bloqueo. Debe acudir a la oficina de la Administración de Justicia. ¿Tiene a mano el número de expediente? — Lo tengo, pero no sé de qué se trata. Yo no tengo deudas. — Lo entiendo, pero el banco solo cumple con la orden. No somos los iniciadores. — ¿Y quién lo inicia entonces? — Se oyó a sí mismo subiendo el tono sin querer. — En el documento figura la oficina de la Administración de Justicia. Le dicto la dirección. Tomó nota en el reverso del recibo de la farmacia, la mano temblando entre enfado y vergüenza, como si le hubieran pillado robando. — ¿Y el dinero? — preguntó. — Aquí pone «retención». — La retención se ha hecho en cumplimiento del procedimiento judicial. Para solicitar el reembolso debe dirigirse al organismo ejecutor o al responsable del expediente. — Entonces, ustedes no pueden ayudarme. — Podemos registrar su reclamación. ¿Desea formalizarla? Él hubiera preferido que alguien dijera: «Sí, es un error; lo solucionamos enseguida». Pero, en vez de eso, escuchó los números que la operadora dictaba. — Su número de expediente es… — lo dijo como si repartiera tickets en un guardarropa. — El plazo de respuesta es de hasta treinta días. Repitió el número en voz alta para que no se le olvidara. Treinta días sonaron a condena, pero aun así dio las gracias, por pura inercia, como un «hasta luego» tras una conversación en la que acabas humillado. En casa abrió el cajón de los papeles: recibos, contratos, antiguos certificados. Siempre se había considerado meticuloso: pagador puntual, evitaba créditos, ni siquiera acumulaba multas de aparcamiento. Colocó el DNI, la tarjeta sanitaria, el certificado de empadronamiento, como si fueran pruebas de decencia. Su mujer salió, vio la mesa y su rostro. — ¿Qué ha pasado? Se lo contó. Intentó sonar sereno, pero se le quebró la voz a media frase. — ¿Será alguna multa antigua? — preguntó ella con cautela. — ¿Multa de qué cantidad y con bloqueo de cuentas? — señaló la pantalla del móvil, donde figuraba la palabra «restricción». — Yo no he salido de casa salvo para ir al trabajo. — Solo preguntaba — levantó las manos. — Estas cosas pasan hoy en día. La palabra «pasan» le hizo hervir por dentro. Como si su vida fuera estadística. — Pasa que te apuntan como deudor y tienes que demostrar que no eres un camello — masculló, arrepintiéndose al instante del tono. Ella dejó una taza de agua y se marchó. Él se quedó a solas con los documentos, con la sensación de que escaseaba el aire en casa. Al día siguiente fue a la sucursal. Había luz, silencio: como un centro de salud recién reformado. Todos sentados mirando el móvil, esperando que el tablero mostrara su número. Sacó un ticket con la leyenda: «Consultas sobre cuentas». Al sentarse sintió crecer la irritación: el papel del turno lo convertía en expediente, no persona. Cuando le tocó, la gestora sonrió de modo profesional. — ¿En qué puedo ayudarle? Mostró la pantalla y explicó el bloqueo. — Sí, veo la restricción — murmuró ella tecleando—. No tenemos acceso a la base de la Administración. Podemos darle un extracto de movimientos y un certificado de la incidencia. — Lo que sea, pero hoy, por favor. — El certificado tarda hasta tres días laborables. — ¿Y si tengo que comprar medicinas? — Detectó un deje de súplica en su voz, peor que la rabia. Por un momento la empleada vaciló. — Lo siento, es el procedimiento. Firmó la solicitud, recibió la copia con sello y fecha. El papel aún tibio del tóner, aferrándolo como único talismán contra la máquina invisible. Del banco se fue al Centro de Atención Integral. Allí olía a café de máquina y desinfectante que no lograba ocultar el cansancio de la gente. Junto al terminal, una chica de chaleco ayudaba a seleccionar el trámite. — Necesito lo de los embargos — dijo. — Aquí no están físicamente; podemos cursar la solicitud, consultar con la Administración Online. ¿Qué tiene usted? Mostró el justificante y el número de expediente. — Le conviene mejor ir directamente a la Administración — le aconsejó—. Pero si quiere, podemos sacar un extracto, si figura. No tenía elección. Sacó ticket y esperó. Números en el tablero, gente de ventanilla en ventanilla, con carpetas, discutiendo en susurros. Miró sus manos, parecían más viejas que ayer. En la ventanilla, la funcionaria pidió el DNI. — ¿Tiene usted clave digital confirmada? — Sí. Entró en su perfil y buscó datos eternos. — El expediente existe — explicó—, pero aquí figura otro NIF. Se acercó más. — ¿Cómo, otro? — Mire. El suyo es… — leyó—. Y en el expediente, un dígito difiere. Un solo dígito. Sintió alivio, recuperando el derecho a indignarse. — Esa deuda no es mía. — Parece un error de cruce, por apellido o fecha de nacimiento similar. — ¿Y ahora? — Puede presentar un escrito de desacuerdo, con copia de sus documentos. Pero la decisión es del organismo ejecutor. Le imprimió el escrito, lo firmó. Adjuntaron copia del DNI, NIF, tarjeta sanitaria. Vio su vida convertida en papeles camino del escáner. — ¿Plazo de respuesta? — preguntó. — Treinta días — y, viendo su cara, añadió—: A veces menos. Otra vez treinta. Salió con la carpeta; el registro era más importante que el nombre. Solo pudo acudir a la Administración dos días después. El guardia revisó la bolsa, pidió poner el móvil en silencio. En el pasillo, gente con niños y carpetas de papeles. Un cartel: «Atención con cita previa». Al lado, un folio donde apellidos se apilaban en columna. Preguntó a una señora en la cola: — ¿Es aquí la cita? — Aquí es la vida — contestó, seria—. Quien antes llega antes se apunta. Escribió su apellido y se sentó en el alféizar, faltaban sillas. El tiempo se fragmentaba en incomodidades: quien intentaba colarse, quien discutía por teléfono, quien lloraba en el baño. Por fin entró al despacho. Una mujer, rondando los cuarenta, mirada agotada, tras la mesa con monitor y montones de expedientes. — ¿Apellido? — sin levantar la vista. Lo dijo. — ¿Número de expediente? Alargó el papel del banco. Lo comprobó. — Tiene usted deuda de crédito — anunció. — No tengo créditos, revise el NIF. Es un error. Frunció el ceño y acercó la pantalla. — Cierto, no coinciden. Pero el sistema le asoció por nombre y fecha de nacimiento. — ¿Y eso basta para bloquearme las cuentas? Resopló. — Trabajamos con los datos que recibimos. Si hay error, necesita escrito y prueba documental. ¿Presentó ya? Colocó las copias del Centro. — Aquí. Con sello de entrada. Revisó. — Es solicitud al otro organismo; aquí no ha llegado aún. — No puedo esperar. Me han retenido dinero, no puedo comprar medicinas. Esta vez le miró a los ojos. — ¿Cree que es el único? — pronunció, serena. — Tengo cien casos encima de la mesa. Puedo tramitarle aquí el escrito, pero el plazo sigue siendo el mismo. Sintió ganas de gritar, pero comprendía el cansancio ajeno. Gritar solo lo haría «conflictivo» en la memoria de la funcionaria. — Vale — respiró hondo—. Aquí mismo, ¿qué necesita? Le dio el impreso. Escribió: «Solicito exclusión del procedimiento por identificación errónea». Adjuntó DNI, NIF. Sello de «Recibido». — Diez días hábiles para comprobar. Si se confirma, se anulan las medidas. — ¿Y el dinero? — Para la devolución, otro escrito. El acreedor debe reembolsar. Eso ya no depende solo de mí. Salió con otro sello, pequeña victoria. ¿Victoria sobre qué? Al menos ya lo reconocían como existente. Por la tarde fue al trabajo y pidió medio día más. — ¿Es una broma? — El jefe le miró como si se lo inventara—. Tenemos el informe. — Me han bloqueado las cuentas — respondió —, tengo que resolverlo. — Dímelo claro, ¿ha habido algo? ¿Pensiones, créditos? Eso dolió más que el rechazo de la farmacia. Sintió el rostro endurecerse. — No, es un error de base. El jefe encogió los hombros. — Bueno, pero que no afecte. En contabilidad preguntan por tus retenciones. En su pantalla, correo de contabilidad: «Aclare si tiene expedientes judiciales». Todo se le hizo un nudo. Respondió: «Error, lo estoy solucionando, aportaré documentación». Y entendió que también debía justificarse ante quienes le conocían de años. En casa, su mujer preguntó por novedades. — Han aceptado el escrito. — Algo es algo — murmuró—. ¿Seguro que no es por el viejo crédito de tu hermano? Fuiste avalista… Levantó la cabeza bruscamente. — No avalé — dijo—. Lo recuerdo. Ella asintió, pero en la mirada quedó la duda. La burocracia ya había dejado su grieta. Una semana después llegó la resolución a su portal digital. La leyó con manos temblorosas: «Errores en la identificación del deudor. Anúlense las medidas». Lo releyó tres veces. Fue a la app del banco. Las cuentas activas, el saldo, como si nada. Pero un aviso: «Operaciones restringidas hasta actualizar datos». Pagó la luz; el pago entró tras retraso, esperó a que dejara de girar el círculo. Fue a la farmacia y compró las pastillas de aquel día. La cajera ni lo reconoció. Quiso decir «ya está todo bien», pero le pareció absurdo. Cogió el paquete y salió. Dos días después llamó el banco. — Hemos recibido la resolución de la Administración — informó la operadora—. Pero en la historia de crédito puede quedar constancia hasta la actualización definitiva. Puede tardar hasta cuarenta y cinco días. — ¿Así que quedará huella? — Temporalmente. «Temporalmente» no tranquilizaba. Imaginó pedir un préstamo para arreglar ventanas a su madre y que le dijeran: «Usted tuvo restricciones». Otra vez a explicar. Solicitó por escrito que le devolvieran lo retenido. La funcionaria explicó que el denunciante, un banco que dio préstamo a otro, reembolsaría a través de su contabilidad. Envió la resolución, extracto, datos de cuenta. Respuesta: «Reclamación registrada». Un número más. Ahora se sorprendía a sí mismo hablando más bajo, como si emitir palabras pudiera reactivar la maquinaria. Comprobaba notificaciones varias veces al día, consultaba la web de la Administración para asegurarse de que no había procedimientos. El vacío se convirtió en costumbre. Un día, volvió al Centro por un trámite para su madre. En la sala, un hombre confundido, con una carpeta; sostenía el ticket y miraba el panel sin entender. — ¿Qué necesita? — se sorprendió preguntando. — Me han dicho que tengo una deuda — musitó el hombre—. En el banco mencionaron la Administración. Vio en sus ojos lo mismo que en los suyos días atrás: una mezcla de vergüenza y rabia. — Primero, pida en el banco el justificante con el número de expediente — le aconsejó—. Aquí pueden imprimir de la Administración online, verá si los datos coinciden. Si el DNI o fecha no cuadran, escriba la reclamación por identificación errónea y que le sellen la recepción. El hombre le escuchó como si recibiera un mapa. — Gracias. ¿Usted… ya pasó por esto? Asintió. — Lo pasé. No fue rápido. Ni definitivo. Pero lo pasé. Salió del Centro con la carpeta del poder notarial y, junto a la puerta, guardó los papeles en la bolsa. Pesaban no por el papel, sino por la costumbre de conservar pruebas. Sintió que respiraba más tranquilo. En casa archivó la resolución, los justificantes, las reclamaciones, en una funda marcada a rotulador: «Proc. ejecuciones, error». Antes le hubiera dado vergüenza el rótulo, como reconocer culpa. Ahora le daba igual. Cerró el cajón y, sin subir la voz, le dijo a su mujer: — Si vuelve a pasar, sé cómo actuar. Y no me voy a justificar. Lo reclamaré. Ella le miró un instante, luego asintió. — Bien — musitó—. ¿Te preparo un té? Fue a la cocina y encendió la vitro. El ruido del agua burbujeando le pareció la prueba sencilla de que la vida aún le pertenecía, y no a los números ni a los plazos.
La farmacéutica le acercó el datáfono y él, sin mirar, pasó la tarjeta como de costumbre. La pantalla
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0154
Divorcio a causa de la hijastra
Ni lo uno ni lo otro. ¡No quiero volar con tu hija! No soporto seguir fingiendo que me conformo.
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033
Ay, muchacha, en vano le sonríes, que no se casará contigo. A Varita apenas le acababa de cumplir dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se fue a trabajar a la ciudad hace siete años y nunca volvió ni envió noticias ni dinero. Casi todo el pueblo acudió al funeral y ayudó como pudo. La tía María, madrina de Varita, venía a menudo y le enseñaba las tareas del hogar. Cuando terminó la escuela, la colocaron a trabajar en la oficina de correos del pueblo vecino. Varita era una chica fuerte, de esas que se dice “de buena sangre y buena leche”. Rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises, luminosos. La trenza rubia gruesa le bajaba hasta la cintura. El muchacho más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que volvió del servicio militar y era el favorito de todas las chicas. Incluso las de la ciudad, que pasaban el verano allí, se fijaban en él. No debería trabajar de chófer en el pueblo, sino actuar en películas de Hollywood. No tenía prisa por sentar cabeza y elegir esposa. Un día la tía María fue a pedirle que ayudara a Varita a arreglar la cerca, que se caía. Sin fuerza masculina es difícil vivir en el pueblo. Ella podía con el huerto, pero la casa era otro cantar. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Miró, inspeccionó y empezó a dar órdenes: trae esto, ve allá, pasa lo otro. Varita obedecía sin rechistar, las mejillas cada vez más rojas y la trenza saltando de lado a lado. Cuando el joven se cansaba, ella le preparaba un buen cocido y un té fuerte. Lo miraba comer pan negro, maravillada de sus dientes fuertes y blancos. Durante tres días Nicolás arregló la cerca y el cuarto día vino de visita sin motivo. Varita lo invitó a cenar, charlaron y acabó quedándose a dormir. Y así empezó a ir con frecuencia, marchándose antes del amanecer para que nadie los viera. Pero en el pueblo todo se sabe. —Ay, muchacha, en vano te alegras con él, que no se casará —repetía la tía María—. Y si lo hace, te va a hacer sufrir. En cuanto llegue el verano, regresan las de la ciudad y ¿qué harás tú? Te vas a quemar de celos. No es el tipo de hombre que necesitas. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha a la sabiduría de los mayores? Al cabo, Varita comprendió que estaba encinta. Al principio pensó que sería un resfriado o que había comido algo en mal estado. Debilidad y náuseas. Pero, de pronto, comprendió que llevaba dentro un hijo de Nicolás, el guapo. Tuvo la tentación de deshacerse del niño, pensaba que era demasiado joven. Pero luego se convenció de que sería mejor, así no viviría sola. Su madre la sacó adelante, ella también podría. El padre tampoco sirvió mucho, siempre estaba ausente. La gente comenta, pero pronto se olvida. En primavera, cuando dejó el abrigo, todo el pueblo notó la barriga que sobresalía. Sacudían la cabeza, lamentando la suerte de la muchacha. Nicolás fue a preguntarle qué pensaba hacer. —¿Qué voy a hacer? Tenerlo. No te preocupes, yo sola criaré al hijo. Sigue con tu vida —dijo sentándose junto al fuego, con el resplandor rojizo en el rostro y en los ojos. Nicolás la miró con cariño, pero se marchó. Ella lo había decidido sola. Como agua sobre el pato. Llegó el verano, regresaron las chicas de ciudad y Nicolás se olvidó de Varita. Ella seguía trabajando en el huerto, y la tía María venía a ayudar. Le costaba agacharse con la barriga, llevaba agua del pozo en cubos a medio llenar. Era grande y las mujeres del pueblo decían que tendría un niño fuerte. —Lo que Dios mande —bromeaba Varita. A mediados de septiembre comenzó a sentir un dolor agudo, como si le partieran la barriga en dos. Acudió corriendo a la tía María, que lo entendió todo solo con verla. —¿Ya está? Siéntate, que voy ahora —y salió corriendo. Fue a buscar a Nicolás, que tenía la furgoneta cerca de casa. Los veraneantes ya se habían ido. Justo el día anterior, él había bebido demasiado. La tía María lo zarandeó y Nicolás despertó sin entender. Cuando captó lo que pasaba, exclamó: —¡Pero si hay diez kilómetros hasta el hospital! Para cuando vaya y vuelva con el médico, ella ya habrá tenido al niño. Mejor llevarla yo mismo, prepárala. —¿Cómo vas a ir en la furgoneta? La sacudirás tanto que tendrá al niño en el camino —protestó ella. —Pues vienes con nosotros, por si acaso —decidió Nicolás. Anduvo dos kilómetros por el camino de tierra con sumo cuidado, esquivando pozos. La tía María iba detrás, sentada sobre sacos. Al llegar al asfalto, aceleró. Varita sufría en el asiento de al lado, apretando los dientes para no gemir y sujetándose el vientre. Nicolás se puso serio, miraba a la muchacha de reojo, los nudillos blancos en el volante, perdido en sus pensamientos. Llegaron a tiempo. La dejaron en el hospital y regresaron. La tía María regañaba a Nicolás: —¿Para qué le estropeaste la vida a la muchacha? Sola, sin padres, todavía una niña y le sumaste preocupaciones. ¿Cómo se las apañará con el niño sola? La furgoneta aún no había vuelto al pueblo cuando Varita ya era madre de un niño fuerte y sano. Al día siguiente lo llevó a alimentar y no sabía ni cómo cogerlo ni cómo darle el pecho. Miraba con temor el rostro rojo y arrugado de su hijo. Aguantó las lágrimas y siguió las indicaciones, el corazón le vibraba de felicidad, soplaba en la frente del pequeño y se llenaba de orgullo. —¿Vendrán a por ti? —le preguntó el médico al darle el alta. Varita encogió los hombros y negó con la cabeza. Él suspiró y se marchó. La enfermera envolvió al niño en una manta para que solo aguantara hasta casa. Le pidió que la devolviera. —Federico te llevará en el coche de la consulta hasta el pueblo. No vas a ir en autobús con el recién nacido —le dijo con severidad. Varita se lo agradeció, toda roja de vergüenza. Viajaba acurrucando al niño y preocupada por cómo vivirían ahora. La paga maternal era escasa. Le daba pena de sí misma y del niño inocente. Miró el carita arrugada del pequeño dormido y el amor le llenó el corazón, apartando los pensamientos tristes. De repente el coche se detuvo. Varita miró nerviosa a Federico. —¿Qué pasa? —Ha estado lloviendo dos días. Mira qué charcos, ni avanzar ni rodear. Aquí solo con furgoneta o tractor. —Lo siento. Quedan unos dos kilómetros. ¿Te ves capaz de caminar? —señaló una enorme poza de agua que parecía un lago interminable. El bebé dormía. Hasta sentada se cansaba de sostenerlo, era un auténtico fortachón. Pero ¿cómo caminar con él por ese camino? Varita bajó con cuidado, acomodó al niño y siguió por el borde del charco. Los pies se hundían en el barro hasta los tobillos y temía resbalar. Los zapatos viejos chorreaban. De haber sabido, habría ido al hospital con botas de goma. Uno se quedó atrapado en el barro. Intentó sacarlo, pero no podía con el niño en brazos. Siguió solo con uno. Al llegar al pueblo ya anochecía y los pies estaban helados. No pudo sorprenderse al ver luz en las ventanas. Subió los escalones secos. Las piernas estaban frías pero ella sudaba por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó inmóvil. Junto a la pared había una cuna, un cochecito, ropa bonita para el bebé. Nicolás dormía sobre la mesa, la cabeza hundida en los brazos. Al sentirla entrar, levantó la cabeza. Varita, roja y despeinada, apenas se sostenía sobre las piernas con el niño en brazos. El vestido mojado y las piernas de barro hasta las rodillas. Al verla sin un zapato, Nicolás corrió a ayudarla, tomó al niño y lo acostó en la cuna. Fue directo al fuego a calentar agua. La sentó, la ayudó a cambiarse y lavarse los pies. Cuando Varita terminó de cambiarse, ya había patatas cocidas y una jarra de leche sobre la mesa. Entonces el niño lloró. Varita lo abrazó, se sentó y lo amamantó sin rubor. —¿Cómo lo has llamado? —le preguntó Nicolás con voz ronca. —Sergio. ¿Te parece bien? —le miró con los ojos claros y radiantes. En ellos había tanta tristeza y amor, que a Nicolás se le encogió el corazón. —Bonito nombre. Mañana vamos a registrarlo y de paso nos casamos. —No es necesario —empezó Varita, mirando cómo el pequeño comía. —Mi hijo tiene que tener un padre. Ya está, ya he vivido bastante. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no lo abandono. Varita asintió con la cabeza baja. Dos años después tuvieron una niña, la llamaron como la madre de Varita: Esperanza. No importa qué errores cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Así fue esta historia real. ¿Tú qué opinas? ¿Qué hubieras hecho? Déjanos tu comentario y tu “me gusta”.
Madrid, 12 de octubre Hoy he vuelto a releer mi propio pasado, como si en las líneas de este diario encontrara
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0181
El marido exigió una prueba de ADN – la madre se complicó la vida
El marido insistió en hacerse una prueba de ADN; la madre había urdido una trama. En resumidas cuentas
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019
Mientras Quede Tiempo Natalia sostenía en una mano una bolsa con medicamentos y en la otra una carpeta con informes médicos, intentando que no se le cayeran las llaves al cerrar de un empujón la puerta del piso de su madre. Su madre, de pie en el pasillo, se negaba con terquedad a sentarse en el taburete, aunque tenía las piernas temblorosas. — Yo sola, — dijo la madre y se estiró para coger la bolsa. Natalia la apartó suavemente con el hombro, igual que se aparta a un niño pequeño de los fogones. — Te sientas. Y no me discutas. Conocía ese tono en sí misma, el que aparecía cuando todo amenazaba con desmoronarse y había que reconstruir, aunque sólo fuera el orden mínimo: dónde están los papeles, cuándo tocará tomar las pastillas, a quién llamar. A su madre le molestaba ese tono, pero callaba. Hoy, ese silencio pesaba aún más. En el salón, su padre estaba sentado junto a la ventana, en su camisa de estar por casa, con el mando a distancia en la mano, pero la televisión apagada. Miraba no hacia el patio, sino hacia el propio cristal, como si en el reflejo hubiera otro canal. — Papá — Natalia se acercó — he traído lo que recetó el médico, y aquí está el volante para el TAC. Mañana iremos temprano. Él asintió, un gesto preciso, como una firma al pie de un documento. — No hace falta que me lleves — dijo —, yo solo. — ¿Tú solo? — cortó la madre, y enseguida ablandó la voz, quizá asustada de sí misma —. Iré contigo. Natalia iba a decir que su madre no aguantaría las colas, que la tensión la dejaría hecha polvo y fingiría que no pasa nada. Pero se contuvo. Por dentro le brotó esa irritación de siempre: por qué siempre cae todo sobre ella, por qué no puede nadie simplemente aceptar y hacer lo que se debe. Extendió los papeles sobre la mesa, revisó las fechas, enganchó con un clip los análisis de la semana pasada y sintió el cansancio familiar de quien lleva siempre el papel de “la responsable”. Tenía cuarenta y siete años, su propia familia, trabajo, la hipoteca del hijo, y aun así, en cuanto pasa algo a sus padres, ella acaba siendo la jefa, aunque nadie la designe. Sonó el teléfono y Natalia vio en pantalla el número del centro de salud. Salió a la cocina y cerró la puerta. — ¿Natalia Serrano? — la voz era joven y formal —. Soy el oncólogo del hospital. El resultado de la biopsia… La palabra “biopsia” le sonaba ya conocida, pero seguía resultando ajena, como si no fuera con su vida. — …hay sospecha de un proceso maligno. Hace falta completar pruebas urgentemente. Sé que es duro, pero el tiempo es clave. Natalia se aferró al borde de la mesa para no sentarse. Imágenes no invitadas le estallaron en la cabeza: pasillos de hospital, goteros, desconocidos, la espalda de su madre bajo un pañuelo. Escuchó la tos de su padre al fondo y esa tos se le antojó de repente una prueba. — ¿Sospecha…? — repitió —. O sea, que no es seguro, pero… — Hablamos de alta probabilidad. Recomiendo no demorarse — contestó el médico —. Mañana traiga toda la documentación, la atenderé sin cita. Natalia dio las gracias y colgó, quedándose unos segundos mirando la cocina, la vitro apagada, como si ahí pudiera verse un manual de instrucciones. Volvió al salón. Su madre la miraba ya de frente. — ¿Qué pasa? Dímelo. Natalia abrió la boca y las palabras salieron secas. — Sospecha de cáncer. Han dicho urgentemente. La madre se sentó. Su padre no cambió de rostro, sólo apretó el mando hasta que se le pusieron los nudillos blancos. — Ya está, — musitó él —. Ya hemos llegado. Natalia quiso protestar, decir “no digas eso”, “aún no está confirmado”, pero tenía un nudo en la garganta. De repente supo cuánto en su familia se sostenía por no nombrar nunca lo horrible. Ahora lo nombraron y las paredes parecían más frágiles. Esa noche Natalia regresó a casa, incapaz de acostarse. Su marido dormía, el hijo chateaba cerrado en su habitación, y ella repasaba una lista en la cocina: qué documentación llevar, qué análisis repetir, a quién avisar. Llamó a su hermano. — Santi — intentó sonar sosegada —. A papá le han detectado una sospecha. Mañana vamos al hospital. — ¿Sospecha de qué? — preguntó el hermano, como si no hubiera oído bien. — Cáncer. Se hizo una larga pausa. — Yo no puedo mañana — respondió él por fin —. Me toca turno. Natalia cerró los ojos. Sabía que Santi de verdad trabajaba, que no era jefe y no podía irse cuando quisiera. Pero por dentro surgió la ola de siempre: él nunca puede y yo siempre puedo. — Santi — el temblor se le coló en la voz —. No es cuestión de turno. Es papá. — Iré por la tarde — contestó enseguida —. Ya sabes, yo… — Ya sé — lo interrumpió —. Tú sabes desaparecer cuando hay miedo. Se arrepintió al instante, pero ya estaba dicho. El hermano calló, suspiró. — No empieces — soltó —. Siempre lo controlas todo y luego nos lo echas en cara. Colgó y sintió el hueco en el pecho. Sabía que no era el momento de pelear razones. Pero cuando hay miedo, todo asoma. Al día siguiente iban al hospital los tres: Natalia al volante, la madre al lado, el padre detrás, abrazado a la carpeta como si fuera algo que pudiera perderse para siempre. En el mostrador, Natalia rellenaba formularios, mostraba el DNI, la tarjeta sanitaria, las derivaciones. La madre intentaba ayudar y se liaba con fechas y apellidos. El padre esperaba algo apartado, mirando a la gente del pasillo — cabezas calvas, pañuelos, rostros grises — con una mirada no de pena, sino de reconocerse en ellos. — Natalia Serrano — la llamó la enfermera —. Pase por aquí. El médico hojeaba papeles con soltura. Natalia seguía el movimiento de sus manos, tratando de adivinar en su rostro cuán grave era todo. El médico hablaba sereno, pero dejaba anzuelos: “agresividad”, “estadificación”, “hay que precisar”. El padre se sentó muy recto. — Repetiremos parte de los análisis y la biopsia. A veces el material no es suficiente. — O sea, ¿no está seguro? — preguntó Natalia. — En medicina, cien por cien sin comprobación es muy poco común — replicó el médico —. Pero debemos actuar como si fuera grave. Esa frase dolió más que la sospecha: actuar como si el tiempo fuera escaso. Natalia notó cómo en su interior se disparaba el modo acelerado. Todo lo demás — trabajo, planes, fatiga — pasó a un segundo plano. Los días siguientes se comprimieron: mañana de llamadas, trámites, desplazamientos; tardes de colas, papeles y firmas; noches en la cocina de sus padres, todos fingiendo que sólo hablan de logística. — Me cojo vacaciones — anunció Natalia la segunda noche, sirviendo la sopa —. En el trabajo se apañarán. — No hace falta — replicó el padre —. Tienes tu vida. — Papá — le puso la sopa delante. — No es momento de hacerse el orgulloso. La madre los miraba; Natalia vio temblar su labio inferior. Siempre fue la fuerte. Cuando el padre se quedó sin trabajo en los noventa, cuando Natalia se divorció, cuando el hermano tenía problemas, siempre resistió. Tanto que luego nadie preguntaba cómo estaba ella. — No quiero que… — empezó la madre, y se cortó. — ¿Qué no quieres? — bajó los ojos Natalia. — Que luego no os lo perdonéis entre los dos. Natalia pensó decir que ya llevan mucho tiempo sin perdonarse y ni lo nombran. Pero calló. Esa noche no durmió. Oía respirar a su marido y pensaba en la vejez de su padre. Se acordó de cuando él le enseñó a montar en bicicleta y la sujetaba hasta que iba sola. Entonces no temía caer, sabía que estaba cerca. Ahora cerca estaba ella, pero sentía que debía sostener no una bici sino toda la casa. El tercer día el hermano apareció con una bolsa de fruta y sonrisa de disculpa. — Hola — y la rabia le subió por dentro porque esa sonrisa sobraba. — Hola — contestó seca ella. Se sentaron en la cocina. La madre troceaba manzanas, el padre callaba. Santi empezó a hablar del trabajo, llenando el silencio con temas de seguridad. — Santi — saltó Natalia —. ¿Sabes lo que está pasando? — Sí — cortó él. — No soy idiota. — Entonces, ¿por qué ayer no viniste? — la voz le subió —. ¿Por qué siempre eliges lo más cómodo para ti? El hermano palideció. — Porque alguien tiene que trabajar — gritó —. No creas que el dinero llega solo. Tú eres la que va por el libro, la perfecta. Y yo… — ¿Y tú qué? — ella se inclinó adelante —. Eres ya un hombre, Santi, no un adolescente. El padre levantó la mano. — Basta — dijo bajito. Pero Natalia ya no detenía el impulso. Miedo y años de reproches mezclados con rabia. — Cuando mamá estaba mal, cuando papá bebía, ¿te acuerdas? Tú huías. Yo siempre me quedé. La madre golpeó el cuchillo en la tabla. — No hablemos de eso — pidió —. Fue hace mucho. — Hace mucho… — repitió Natalia —. Pero sigue aquí. El hermano golpeó la mesa. — ¿Crees que es fácil quedarse? — gritó —. A ti te gusta ser la principal. Que todos dependan de ti y luego los reprochas. Natalia sintió la punzada justa. Sí, era adicta a ser necesaria. Era dulce y pesado. Ser necesaria era tener derecho. — No te odio — murmuró, pero no se lo creyó. El padre se levantó. Lo hizo lento, como si lo pensara mucho. — ¿Creéis que no veo? ¿No entendéis que me repartís como una cosa, como si yo ya…? No terminó la frase. La madre se acercó, le tomó la mano. — No sigas — susurró. De repente, Natalia vio a su padre no como “papá”, sino alguien sentado en salas de espera, oyendo diagnósticos ajenos y fingiendo que no se asusta. Siente vergüenza. El teléfono vibró. Natalia miró: laboratorio de análisis. — ¿Sí? — contestó. — ¿Natalia Serrano? Habla el laboratorio. Hubo un error en el etiquetado de las muestras. Estamos revisando, pero hay posibilidad de que hayamos mezclado los resultados de su padre. Natalia no entendió al principio. Las palabras “error” y “mezclados” no cuadraban. — ¿Mezclados cómo? — Encontramos discrepancias en los códigos de barras. Les pedimos mañana acudir a repetir la extracción, sin coste. Y repetiremos la biopsia también. Disculpe. Colgó y se quedó mirando la pantalla como esperando una confirmación de que no se equivocó. — ¿Qué pasa? — preguntó el hermano. — Dicen que pudieron mezclar los análisis — murmuró. La madre se tapó la boca con la mano. El padre se sentó, como si no le aguantaran las piernas. — Entonces… — soltó Santi —. ¿Puede que no…? Natalia asintió. Y, en ese momento, no sintió alegría sino un vacío extraño, como si se apagara la sirena y el silencio lo destapara todo. Al día siguiente repitieron todo. Natalia llevó a sus padres, el hermano vino en autobús. Nadie bromeaba, nadie hablaba del tiempo. Esperaban en fila, con su número, oyendo a la enfermera llamar apellidos. El padre cedió su sangre en silencio. Natalia miraba la aguja clavarse y la sangre entrar en un tubito, pensando en que esto no es película ni teoría, sino vida real, donde un simple error de código puede volcarlo todo. Prometieron resultados en dos días. Esos dos días fueron diferentes. No hubo pánico, pero sí incomodidad. La madre se desvivía por atenderlos, preguntando si Natalia estaba cansada. El padre callaba más. El hermano llamaba y decía solo: “¿Cómo están?” Y Natalia respondía igual. Esperaba que alguien dijera: “Lo siento”. Pero nadie lo decía. Ella tampoco, porque no sabía por dónde empezar a pedir perdón. Cuando, desde el hospital, dijeron que la revisión de la biopsia no confirmaba malignidad, Natalia estaba atrapada en la M-30. Oyó al médico explicar que el resultado anterior se debió a la confusión de etiquetas y a insuficiencia de tejido, que ahora todo parecía distinto y solo hacía falta revisar en seis meses. — ¿Entonces no hay cáncer? — preguntó y la voz se le quebró. — En este momento no hay indicios de oncología, pero el control es necesario — respondió el médico. Colgó y quedó unos segundos agarrada al volante, mientras los coches piteaban y ella sentía las lágrimas correrle. No era alegría, sino la tensión al irse, algo más profundo soltándose con ella. Esa noche se reunieron de nuevo en casa de los padres. Natalia trajo una tarta comprada — no le quedaban fuerzas para hornear. El hermano llegó con flores para la madre. El padre estaba en su sillón, mirándolos como si volvieran de un viaje largo. — Bueno — intentó bromear el hermano —, ya se puede respirar. — Respirar sí — dijo el padre —. Pero, ¿cómo volver a inspirar de verdad? Natalia lo miró. No había reproche, había fatiga. — Papá — quiso decirlo, pero las palabras se atrancaron. Sabía que si empezaba a justificarse, volverían la rutina: “quise ayudar”, “estaba nerviosa”. Tenía que decirlo de otra manera. — Tenía miedo — confesó al fin —. Y empecé a mandar, como siempre. Y a volcarme en Santi. Perdóname. El hermano bajó los ojos. — Yo también — dijo —. Me asusté y me refugié en el trabajo. Perdóname. La madre sollozó, pero no lloró de verdad. Se sentó junto al padre, le cogió la mano. — Y yo — los miró a los dos —. Siempre finjo que todo va bien. Para que no discutáis. Y para que yo misma no tema. Pero así sólo termináis más lejos. El padre apretó su mano. — No necesito hijos perfectos — murmuró —. Los necesito cerca. Y sin usarme de excusa. Natalia asintió. Duele, porque sabe que quedan huellas. Las frases de “tú sabes desaparecer” o “te encanta mandar” no se esfuman con un solo “perdón”. Pero algo se ha movido. Han dicho en voz alta lo que siempre silenciaron. — Así que — intentó hablar tranquila —. No decidiré yo por todos. Puedo ayudar, pero vosotros también tenéis que llevar parte. Santi, ¿puedes venir una vez a la semana cuando empiece el control médico de papá? No “si puedes”, sino “cuándo”. El hermano asintió, tras dudar. — Los miércoles libro. Yo vengo. — Y yo — dijo la madre — dejaré de fingir que puedo con todo. Si me siento mal, lo diré. Y no me saltaré después. El padre los miró y sonrió, apenas. — Y a las revisiones iremos juntos — añadió —. Así no habrá… sospechas. Natalia sintió dentro ese calor prudente. No es alivio festivo, ni celebración, pero se parece a una oportunidad. Después de cenar la ayudó a recoger. Los platos sonaban en el fregadero, el agua caía. Natalia secó las manos y se detuvo en la puerta. — Mamá, — murmuró — de verdad no quiero ser la jefa. Tengo miedo de que, si suelto, todo se venga abajo. La madre la miró despacio. — Prueba a soltar poco a poco — le dijo —. No todo de golpe. Nosotros también estamos aprendiendo. Natalia asintió. Cruzó el pasillo, se enfundó en el abrigo, comprobó que la luz de la cocina estaba apagada, que la puerta estaba bien cerrada. En el rellano se detuvo un instante, escuchando el silencio. No había ni gritos ni golpes, solo voces apagadas. Bajó y caminó hasta el coche con la certeza de que “mientras quede tiempo” no era una llamada de alarma puntual. Es la oportunidad diaria de hablar antes de que el temor los convierta en extraños. Y ese deber hay que cumplirlo, no con palabras, sino con miércoles, con visitas, con confesiones pequeñas que, aunque cuesten, sostienen mucho mejor que el control.
Mientras Queda Tiempo Recuerdo aquellos días en que sostenía con una mano la bolsa con medicamentos y
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