Es interesante
012
¿Me acuerdo? ¡Jamás podré olvidar! —Poli, verás, hay algo importante… ¿Te acuerdas de mi hija ilegítima, Anastasia? —mi marido hablaba en acertijos, lo cual ya me ponía en alerta. —¿Que si me acuerdo? ¡No la puedo olvidar! ¿Por qué lo preguntas? —me senté en la silla, preparándome para lo peor. —No sé ni cómo decírtelo… Nastia me suplica que acojamos a su hija, es decir, nuestra nieta —musitó mi marido. —¿Y eso por qué, Álex? ¿Y el marido de Anastasia? ¿Se ha vuelto loco? —ahora sí me picó la curiosidad. —Mira, a Nastia no le queda mucho. Nunca tuvo marido. Su madre está casada con un extranjero y vive en Estados Unidos, hace años que no se hablan, están peleadas. No tiene otra familia. Por eso lo pide —Álex se sentía incómodo, no se atrevía a mirarme a los ojos. —¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —yo ya tenía clara mi decisión. —Por eso quiero consultarlo contigo, Poli. Haré lo que tú digas —al fin me miró, buscando en mis ojos una respuesta. —Muy bonito. O sea, tú te divertiste y ahora me toca a mí cargar con la responsabilidad de otra niña. ¿No? —la falta de carácter de mi marido me sacaba de quicio. —Poli, somos una familia, hay que decidir juntos —Álex intentó defenderse. —¡Ahora te acuerdas! Y cuando andabas de aventuras, ¿te acordaste de consultarme? ¡Que soy tu esposa! —me invadieron las lágrimas y salí corriendo de la habitación. …En el instituto salía con Valerio. Pero en cuanto llegó aquel chico nuevo, Alejandro, me olvidé de todos. Al poco tiempo corté con Valerio. Álex enseguida me echó el ojo, me acompañaba a casa, me daba besos en la mejilla, me traía flores del parque. A la semana ya me había llevado a la cama. No rechisté. Me enamoré para siempre. Terminamos el bachillerato y Alejandro fue a la mili, a otra ciudad. Lo despedí entre lágrimas y moquera en el andén. Un año escribiéndonos cartas, hasta que Álex vino de permiso. No cabía en mí de alegría. Me desvivía por él. Y él me prometió: —Poli, volveré en un año y nos casamos. Aunque yo ya te considero mi mujer. Sus palabras me envolvían de dulzura y amor… Así sería toda la vida: Alejandro me miraba dulcemente y yo me derretía como un helado al sol, como el chocolate al calor. Él volvió a la mili, y yo me consideraba su prometida. Medio año después recibo su carta: tenemos que dejarlo, porque ha encontrado en el cuartel su verdadero amor; no volverá a nuestra ciudad. Y yo, embarazada de su hijo. Así acabó mi boda de ensueño. Como decía mi abuela: —No te fíes del trigo en flor, fíate del granero. …Llegó el momento y nació Iván. Valerio, mi ex, se ofreció a ayudar. Por desesperación acepté. Sí, tuve relaciones con él, pero no esperaba volver a ver a Álex. Desapareció, hasta que un buen día volvió. Fue Valerio quien abrió la puerta. —¿Se puede pasar? —Álex se sorprendió al ver la escena. —Pasa, si has venido —Valerio le dejó entrar a regañadientes. Iván, al ver el ambiente, se aferró a Valerio y se puso a llorar. —Valerio, llévate a Iván al parque un rato —no sabía cómo gestionar aquello. Se fueron. —¿Marido? —preguntó Álex con celos. —¿A ti qué te importa? ¿Por qué has venido? —yo estaba enfadada, sin sospechar sus intenciones. —Te he echado de menos. Veo que haces buena vida, Poli. Tienes familia. Así que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona por irrumpir en vuestra idílica familia —Álex se disponía a irse. —Espera, Álex. ¿A qué has venido? ¿A hacerme daño? Valerio solo me ayuda a sobrellevar mi soledad. Y, por cierto, está criando a TU hijo de dos años —intenté pararle, aún le amaba. —He vuelto a por ti, Polina. ¿Me aceptas? —me miraba esperanzado. —Pasa, que vamos a comer —mi corazón se rindió, la felicidad volvía a inundarme. Había vuelto, señal de que no me había olvidado. ¿Quién soy yo para resistirme? Valerio otra vez fuera. Mi Iván necesitaba a su verdadero padre. Poco después Valerio se casó con una buena mujer y tuvo dos hijastros. …Pasaron algunos años. Álex nunca consiguió amar a Iván como un hijo propio, estaba convencido de que era de Valerio. No le dolía su hijo, yo lo percibía. En general, Álex era muy mujeriego. Se encaprichaba y soltaba rápido. Me fue infiel mil veces: con mis amigas, con amigas de mis amigas… Yo lloraba a mares, pero seguía queriendo y cuidando mi familia. Quizá tenía ventaja: quien ama vive en una feliz ignorancia. Yo no tenía que mentir ni inventar excusas. Simplemente amaba. Él era mi sol. A veces quería dejarle y olvidarle, pero de noche me reprochaba mis tontas ideas. ¿A dónde iría? ¿Quién sería como él? Además, ¿qué haría él sin mí? Era su amante, su esposa, su madre. …Álex perdió a su madre con catorce años. Murió dormida. Tal vez por eso siempre buscó el cariño perdido fuera de casa. Yo le perdoné todo por compasión y amor. Una vez discutimos tan fuerte que le eché de casa. Se fue a vivir con su familia. Un mes después, yo ya ni recordaba el motivo del enfado, pero él no volvía. Fui a buscarle. La tía se sorprendió: —Polina, ¿para qué lo quieres? Álex dice que os habéis divorciado. Ahora tiene novia nueva. Gracias a la tía, pude saber la dirección de la chica, y fui. —¡Buenas tardes! ¿Me llamas a Álex, por favor? —intenté ser cordial. La muchacha se rió con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me marché en silencio. …Álex volvió al año siguiente. Y la muchacha ya tenía una hija, Anastasia. Siempre me he culpado por haberme precipitado y echarle; quizá nunca hubiera existido esa otra mujer ni esa hija ilegítima. Desde entonces le cuidé y consentí aún más. Nunca hablamos de Anastasia. Un tabú peligroso. Parecía que si lo mencionábamos, nuestra familia se desmoronaría como un castillo de naipes. Preferíamos callar, no sacar el tema. Total, ¿qué más da una hija de otra mujer? ¡Cosas que pasan! Solo faltaba que esas lagartonas dejen en paz a los hombres ajenos… La vida con Álex siguió: con los años, se volvió más tranquilo y dócil. Las amantes desaparecieron. Pasaba más tiempo en casa, viendo la televisión. Nuestro hijo Iván se casó joven y nos dio tres nietos. Y, de golpe… Después de tantos años, aparece la hija ilegítima, Anastasia. Pide que acojamos a su hija. Y claro, te lo piensas bien. ¿Cómo explicarle a Iván que en casa va a vivir una niña desconocida? Él nunca supo las andanzas de su padre en la juventud. …Por supuesto, asumimos la tutela legal de Alina, la niña de cinco años. Anastasia falleció, su vida acabó a los treinta. Cada tumba se cubre de hierba, pero la vida sigue adelante. Álex habló con Iván de padre a hijo. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión de su padre, sentenció: —Padre, lo pasado, pasado está. Yo no soy quien para juzgaros. Y a la niña hay que aceptarla, es de nuestra sangre. Suspiramos aliviados. Un hijo como el nuestro es un tesoro. …Alina ya tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Álex, se cuentan secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven era igual que yo. Y yo, por supuesto, no puedo sino darle la razón…
¿Lo recuerdo? ¡Es imposible olvidar! Pilar, hay un asunto importante… Bueno, ¿te acuerdas de mi
MagistrUm
Es interesante
03
Algún día verás que he envejecido.
Querido diario, Hoy he observado que mi madre, Carmen, ya muestra los signos de la vejez. Sus manos tiemblan
MagistrUm
Es interesante
010
No solo una canguro
No era solo una niñera Inés estaba sentada en una mesa de la Biblioteca de la Universidad Complutense
MagistrUm
Es interesante
031
Esposa y suegro Cristina solo fingía querer conocer a los padres de David. ¿Para qué le interesaban, en realidad? No pensaba vivir con ellos, y del padre de David, que según decían tenía dinero, solo cabía esperar problemas y desconfianza. Pero había que seguir representando el papel hasta el final ya que se había decidido a casarse. Cristina se arregló, pero de manera sencilla, para que la vieran como una muchacha simpática. Conocer a los padres del novio siempre es un evento lleno de trampas invisibles, y, si además son inteligentes, una auténtica prueba de fuego. David pensaba que lo que Cristina necesitaba era ánimos: —No te preocupes, Cris, tranquila. Mi padre es serio, pero flexible. No te dirán nada horrible. Seguro que te acaban cogiendo cariño. Papá es un poco raro, pero mamá es el alma de la fiesta —le decía justo antes de entrar en la casa familiar. Cristina solo sonrió, apartándose un mechón de pelo. Padre serio, madre carismática. Menuda mezcla. Se rió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Ya había estado en otras más lujosas. Les recibieron enseguida. Cristina no estaba nerviosa. ¿Para qué preocuparse? Gente como otra cualquiera. Ana María, según contaba David, ama de casa de toda la vida, apenas había trabajado, de vez en cuando se iba de viaje con amigas, nada fuera de lo común. El padre, Valentín Alonso, aunque no era muy simpático, era al menos reservado. Su nombre le sonaba familiar… Y les recibieron… Y Cristina se quedó de piedra, sin entrar del todo en la casa. Aquello era el fin… A la futura suegra no la conocía, pero al suegro lo reconoció en una décima de segundo… Ya se habían cruzado antes. Tres años atrás. No es que fuera frecuente, pero sí provechoso para ambos. En bares, en hoteles, en restaurantes. Naturalmente, ni la esposa de Valentín ni su hijo tenían idea de ese “conocimiento”. Se armó la marimorena. Valentín también la reconoció. En su mirada apareció un brillo que podía ser sorpresa, estupor o, tal vez, algo más siniestro, una amenaza que ya tramaba, pero guardó silencio. David, sin notar nada, presentó a Cristina felizmente a sus padres. —Mamá, papá, os presento a Cristina. Mi novia. Me habría gustado traerla antes, pero es tan vergonzosa… Ay, madre… Valentín Alonso le tendió la mano. Su apretón fue firme, incluso algo brusco. —Encantado, Cristina, —dijo, dejando traslucir en su tono una nota indefinible… Algo que Cristina no supo identificar al momento. ¿Rabia, quizás? ¿O una amenaza?… Cristina pensaba cómo iba a salir de esa, esperando que Valentín desvelase en cualquier instante quién era realmente ella. —Igualmente, Valentín Alonso, —le siguió el juego Cristina, deseando que no la delataran al instante. Sintió el subidón de adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero… nada. Valentín, forzando lo que casi fue una sonrisa, le acercó una silla a la mesa. Quizá aguardaba la mejor ocasión para humillarla después… Pero la espera se alargaba. Entonces a Cristina se le encendió la bombilla: él no la iba a delatar. Si lo hiciera, acabaría confesando también lo suyo ante su mujer. Cuando se relajó un poco, todo fluyó con naturalidad. Ana María contaba anécdotas de la infancia de David y Valentín Alonso, al parecer, escuchaba a Cristina con interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Ja, si él sabía mucho más sobre ella… Pero su fina ironía ya no la incomodaba. Incluso bromeó un par de veces, y Cristina, sorprendida, acabó riendo de verdad. Eso sí, sus chistes iban cargados de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, cuando mirándola, comentó: —¿Sabe, Cristina?, me recuerda mucho a una antigua… colega. También muy lista. Tenía un don especial para tratar con la gente. Con todo tipo de gente. Cristina no se achantó: —Hay talentos de todos los colores, Valentín Alonso. David, como buen novio enamorado, ya soñaba despierto. No se enteraba de los mensajes ocultos. Él de verdad la quería. Y eso quizás era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, cuando hablaron de viajes, Valentín Alonso, mirando a Cristina, lanzó: —A mí me gustan los lugares tranquilos, retirados. Sin agobios. Donde poder leer y pensar. ¿Y a ti, Cristina? ¿Qué tipo de sitios prefieres? Quería pillarla. —A mí me gusta la gente, el bullicio, el jaleo —respondió, no entrando al trapo—. A veces, oídos de más pueden ser peligrosos… Tal vez, durante un instante, pero Ana María pareció percatarse de algo. Cristina notó que la futura suegra fruncía el ceño, pero lo desechó al momento. Valentín Alonso sabía que Cristina no era de las que buscan tranquilidad. Y sabía por qué. Al acabar la jornada, antes de irse a dormir, Valentín abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a mofa. Aunque solo Cristina captó el doble sentido. Ella notó cómo caía la temperatura de la habitación. “Especial”. Menuda palabra había elegido… *** Por la noche, en silencio absoluto, Cristina no podía dormir. Daba vueltas en la cabeza a la inesperada coincidencia y a cómo manejar los nuevos acontecimientos. El panorama pintaba regular. Sospechaba que Valentín Alonso tampoco dormía. Él, por el susto de la coincidencia; ella, por la inminencia de la conversación. Y por todo, si era sincera. Se levantó en silencio, se puso una sudadera por encima de la camiseta y los shorts, la ropa cómoda de casa, y salió de la habitación sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, empezó a pisar un poco más fuerte, lo justo para que cualquiera que estuviera despierto lo notara, y se dirigió a la terraza, donde suponía que Valentín Alonso no tardaría en aparecer. No hubo que esperar mucho. —¿No puedes dormir? —preguntó él, acercándose. —No me viene el sueño —contestó Cristina. Sopló una ligera brisa. El familiar aroma de su colonia le envolvió. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas de mi hijo, Cristina? —nada quedaba ya del antiguo tono—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo has tenido en tu vida. Y sé que siempre has ido solo a por dinero. Nunca lo ocultaste demasiado. Siempre dejabas claras tus condiciones, aunque maquilladas. ¿Qué quieres realmente de David? Ya que él no quería recordar el pasado, Cristina tampoco iba a ser amable. Le sonrió con desdén: —Le quiero, Valentín Alonso —entonó—. ¿Por qué no iba a quererle? Él no se lo tragó. —¿Tú? ¿Quieres a alguien? Es de risa. Sé perfectamente quién eres, Cristina. Y voy a contárselo todo a David. Tu pasado, lo que en verdad eres. ¿Tú crees que luego va a querer casarse contigo? Cristina se le acercó, quedando a la distancia de un brazo. Le miró detenidamente. Como si no le conociese ya de sobra… —Cuéntale, Valentín Alonso —dijo, alargando las palabras—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si vas contando por ahí cómo nos conocimos, tampoco podrás ocultar lo que hacíamos. Créeme, si hace falta, completaré la historia yo misma. —No es lo mismo… —¿No? ¿Eso mismo le dirías a tu esposa? Valentín Alonso se quedó paralizado. Había perdido el pulso. Comprendió que estaba acorralado. Los dos iban en el mismo barco. —¿Y tú qué le vas a decir? —No solo a ella. A todos. También a David. Le contaré qué clase de esposo eres y en qué “trabajillos” te entretenías fuera de casa. No me quedaré callada. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante, sálvale. Dura elección. Si evitaba que su hijo se casase, se sentenciaría a él mismo a un divorcio. —No te atreverías. —¿No? —a Cristina le hizo gracia; ¿acaso él sí, y ella no?—. No lo haría si tú tampoco cuentas lo mío, como lo llamas, mi “ambición”, cuando tienes tanta basura propia que te puede costar el matrimonio. Y Ana María… ella sí aprecia la fidelidad. Alguna vez, borracho, él llegó a confesarle a Cristina lo traidor que era y cómo, mientras su mujer era ejemplar, él era un canalla. Ana María no lo perdonaría jamás. Así que el riesgo era real. Él sabía que Cristina no estaba de farol. —Vale —suspiró—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie dirá nada. Olvidemos lo que pasó. Por eso Cristina no se preocupaba. Él tenía más que perder. —Como digas, Valentín Alonso. La mañana siguiente marcharon de la casa familiar. Bajo la mirada asesina del futuro suegro, Cristina se despidió de la esposa, que ya la llamaba “hija”. A Valentín casi se le escapa un tic en el ojo. Él sufría por no poder advertir a su hijo del peligro de aquella futura nuera, pero el miedo a quedarse solo era aún mayor. Si Ana María se enteraba, no se iría del matrimonio con las manos vacías. Y su hijo tampoco lo perdonaría tan fácil. Tiempo después, David y Cristina se quedaron en la casa de los padres durante dos semanas. Vacaciones familiares, que dicen. Valentín Alonso evitaba coincidir con Cristina con la excusa de mucho trabajo. Pero un día, estando solo en casa, la curiosidad pudo con él. Decidió registrar el bolso de Cristina buscando alguna prueba con la que doblegarla. Rebuscando, dio con un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos claras rayas. —Creí que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí que es una ruina —dejó el test en el bolso, pero no llegó a cerrarlo. Cristina lo sorprendió. —Mal está hurgar en lo ajeno —le soltó sarcástica, pero no parecía estar enfadada. Valentín Alonso ni intentó disimular. —¿Estás embarazada de David? Cristina se le acercó despacio, recogió su bolso y le miró: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valentín Alonso. Él quedó fuera de sí. Ahora Cristina no dejaría fácilmente a su hijo. Y si lo contaba, caía todo. Mejor callar. Por difícil que fuese. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Cristina criaban a Alicia. Valentín Alonso evitaba ir a verlos. No quería ni verla. Ni pensar en el tema. No sentía a la niña como nieta. Cristina le inquietaba. Su desinterés por David, su pasado. Y, otra vez. Ana María planeaba visitar a David y Cristina. —Valentín, ¿vienes? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Eso ya es mucho. —No, solo cansancio. Ves tú. Siempre fingía migraña, gripe, lo que fuese. Incluso se tomó unas pastillas para disimularlo. No soportaba la presencia de Cristina. Pero tampoco podía contar nada. La noche fue lenta y pesada. Descansó. Leyó. Y entonces vio que Ana María se retrasaba mucho. A las once, nada de volver a casa. El teléfono apagado. Llamó a David. —¿Todo bien? ¿Ana María ya se fue? No ha llegado a casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y cortó… Valentín estaba ya saliendo hacia casa de su hijo cuando vio que llegaba un coche. El de Cristina. Se temía lo peor, pero al verla… casi se desmaya. —¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre? Cristina parecía inmune. Se sirvió vino, bebió, se acomodó. —Un desastre. —¿Qué desastre? —El nuestro. David ha visto en la web de una cafetería unas fotos nuestras, de cuatro años atrás. De aquella fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Quería reservar algo allí para nuestro aniversario, entró en la web… Y allí estábamos. Las fotos, bien visibles. El fotógrafo, qué cabrito… ¡colgó todo! Ahora David está fuera de sí. Ana María va a pedir el divorcio. Y yo, por cierto, como tú querías, seguramente también me divorcie de tu hijo. Valentín Alonso enmudeció. Le vino todo a la cabeza. Aquella web, la fiesta, las fotos… Había suplicado que nadie les grabara. Pero quién sabía que acabaría así. Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Y a mí para qué has venido? —Necesitaba huir un rato —sonrió Cristina—. Ahora mi casa es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron juntos en la terraza. Solo el canto de los grillos los unía. —Todo esto es por tu culpa —dijo Valentín Alonso. Cristina asintió, sin despegar la vista de la copa. —Ajá. —Eres insoportable. —Eso dicen. —Ni siquiera te da pena David. —Sí, pero me doy más pena yo. —Solo te quieres a ti misma. —Por supuesto. Él le cogió la barbilla y la giró hacia sí. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo sé. *** A la mañana siguiente, cuando Ana María volvió arrepentida, dispuesta a reconciliarse aunque le costara la salud, encontró a Cristina y Valentín Alonso juntos, todavía dormidos. —¿Quién es? —preguntó Cristina, despertando. —Yo —respondió Ana María, contemplando cómo se desmoronaba su vida. Cristina, al verla, solo sonrió con serenidad. Valentín Alonso despertó después, pero ya no salió a buscar a su esposa.
Diario de Lucía, junio Hoy he tenido que enfrentarme, muy a mi pesar, a la familia de Daniel.
MagistrUm
Es interesante
023
Mi hija se convirtió en madre demasiado pronto: solo tenía diecisiete años. Aún era una niña, con ojos de infancia y sueños de una vida que apenas comenzaba. Dio a luz a un hijo, vivió conmigo, y yo la ayudaba en lo que podía: la apoyaba, me desvelaba meciendo al bebé, cocinaba y la consolaba. Pero ella decía a menudo:
Mi hija se convirtió en madre a una edad de la que ni el guion de una serie de la tele se atrevería a
MagistrUm
Es interesante
0321
Mamá vive de mi dinero” — estas palabras me dejaron helado de terror
**”Mamá vive de mi dinero”** esas palabras me helaron de terror. **”Mamá vive a mi
MagistrUm
Es interesante
014
El invierno había cubierto el patio de Andrés con un manto blanco de nieve, pero su fiel perro Graf, un enorme pastor alemán, se comportaba de forma extraña. En vez de acurrucarse en la espaciosa caseta que Andrés le había construido con cariño el verano pasado, Graf insistía en dormir fuera, directamente sobre la nieve. Andrés lo observaba desde la ventana y sentía un nudo en el pecho; Graf nunca antes se había comportado así. Cada mañana, al salir a saludarlo, Andrés notaba la mirada tensa de Graf. En cuanto se acercaba a la caseta, el perro se interponía entre él y la entrada, gruñía suavemente y lo miraba suplicante, como diciendo: “Por favor, no entres ahí”. Aquel comportamiento, tan insólito en su leal amigo de tantos años, le quedó retumbando en la cabeza — ¿qué ocultaba su mejor amigo? Resuelto a descubrir la verdad, Andrés ideó un pequeño plan: atrajo a Graf a la cocina con un trozo de chuletón bien oloroso. Mientras el perro, encerrado en casa, ladraba con todas sus fuerzas desde la ventana, Andrés se acercó a la caseta y se agachó para mirar dentro. El corazón se le detuvo cuando, acostumbrándose sus ojos a la oscuridad, vio algo que lo dejó helado… …Dentro, arropado bajo una manta, encontró un minúsculo gatito — sucio, helado y apenas respirando. Le costaba abrir los ojos y todo su cuerpo temblaba de frío. Graf lo había encontrado en algún lugar y, en vez de ahuyentarlo o dejarlo allí, le había dado cobijo. Dormía fuera para no asustarlo y vigilaba la entrada como si dentro se escondiera un tesoro precioso. Andrés contuvo el aliento. Extendió las manos, cogió con suma delicadeza a la diminuta criatura y la apretó contra su pecho. En ese mismo instante, Graf corrió hacia él y se pegó a su hombro — sin gruñir, solo con ternura, dispuesto a ayudar. — Eres un perro noble, Graf… — susurró Andrés, abrazando al gatito. — Más noble que muchas personas. Desde aquel día, en el patio ya no vivían solo dos amigos, sino tres. Y la caseta, construida con tanto cariño, recuperó su propósito: ser un hogar para almas salvadas.
El invierno había cubierto el patio de mi casa en Segovia con un manto blanco y espeso, y sin embargo
MagistrUm
Es interesante
048
Mi hijo no vino a celebrar mi 70 cumpleaños porque dijo que tenía que trabajar. Por la noche vi en redes sociales cómo celebraba el cumpleaños de su suegra en un restaurante
La llamada llegó justo a mediodía, tajando el aire de la casa como un cuchillo en mantequilla fría.
MagistrUm
Es interesante
035
Aunque Lucía fue una nuera y esposa ejemplar, terminó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma
Aunque Inés era una nuera y esposa ejemplar, terminó con su matrimonio y consigo misma. Inés había quedado
MagistrUm
Es interesante
010
«Me casé con mi vecino de 82 años, y él sigue insistiendo en que fue la locura más maravillosa de su vida».
Carmen se ha casado con el vecino, Antonio, que tiene 82 años, y él sigue diciendo que ha sido su mayor locura.
MagistrUm