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049
He tenido tres relaciones largas en mi vida. En las tres pensé que llegaría a ser padre. Y en las tres, al final, me marché cuando el tema de los hijos se volvió serio. Mi primera pareja ya tenía un niño pequeño. Yo tenía 27 años. Al principio, no me importaba. Me adapté a su rutina, al horario del niño, a las responsabilidades. Pero cuando empezamos a hablar de tener un hijo juntos, pasaban los meses y no ocurría nada. Ella fue la primera en ir al médico: todo estaba bien en su caso. Empezó a preguntarme si yo me había hecho pruebas. Le decía que no hacía falta, que sucedería con el tiempo. Pero poco a poco empecé a sentirme incómodo… irritable… tenso. Comenzamos a discutir constantemente y un día simplemente me fui. La segunda relación fue diferente. Ella no tenía hijos. Desde el principio dejamos claro que queríamos una familia. Pasaron los años, lo intentamos muchas veces. Cada test negativo me iba cerrando más en mí mismo. Ella empezó a llorar con más frecuencia. Yo esquivaba el tema. Cuando propuso ir juntos a un especialista, le dije que exageraba. Empecé a llegar tarde, perdí interés, sentía que estaba atrapado. Después de cuatro años, nos separamos. Mi tercera pareja tenía ya dos hijos adolescentes. Desde el principio me dijo que estaba bien sin tener más hijos. Pero el tema reapareció. Esta vez fui yo quien lo sacó; quería demostrarme que podía. Y de nuevo… nada. Volví a sentir que no era mi sitio, que ocupaba un lugar que no me correspondía. En las tres relaciones pasó algo similar. No era solo decepción. Era miedo. Miedo a sentarme frente a un médico y escuchar que el problema era yo. Nunca me hice ninguna prueba. Nunca supe nada con certeza. Prefería marcharme que enfrentarme a una respuesta que no sabía si podría soportar. Ahora tengo más de cuarenta años. Veo a mis ex parejas con sus familias, con hijos que no son míos. Y a veces me pregunto si realmente me fui porque me cansé… o porque no tuve valor para quedarme y afrontar lo que quizás me estaba pasando.
He tenido tres relaciones largas en mi vida. En las tres pensé que acabaría siendo padre. Y en las tres
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— Abuelo, ¡mira! — Lila tiene la nariz pegada a la ventana. — ¡Un perrito!
¡Abuelo, mira! Mencía se pegó la nariz al cristal. ¡Un perrito! Tras la puerta corría una callejera.
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0106
Me ha llevado quince años darme cuenta de que mi matrimonio era como ese gimnasio al que te apuntas en enero—al principio lleno de buenas intenciones, pero luego vacío el resto del tiempo.
Me ha llevado quince años darme cuenta de que mi matrimonio era como ese gimnasio al que te apuntas en
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0129
— ¡Ay, madre mía… qué rico huele aquí! Me dan ganas de probarlo. ¿Me darías uno de esos? Nunca he probado algo así…, dijo la abuelita, abrazando la bolsa con la que había estado recorriendo la ciudad todo el día.
¡Ay, madre qué rico huele aquí! exclamó la anciana, estrechando contra el pecho la bolsa con la que había
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0948
Sabía que mi marido tenía una amante. Decidí contratarla en mi empresa… y todos dijeron que estaba loca.
Sabía que mi marido tenía una amante. Decidí contratarla en mi empresa y me tacharon de loca.
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Lo peor ya ha pasado
22 de octubre Querido diario, Alba, ¡ya basta! le imploré esta mañana. No podemos seguir viviendo bajo
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0116
Despedido por ayudar gratis a una anciana con su coche: días después descubre que es una empresaria millonaria y su vida da un giro inesperado en España
Diario personal, martes, 2 de mayo Hoy aún tengo el recuerdo fresco de cómo cambió mi vida de manera
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Durante meses pensé que mi marido estaba pagando la pensión a sus tres hijas de su primer matrimonio. Pero no era así. Decidí ir a verlas personalmente.
Durante meses creí firmemente que mi marido cumplía con sus obligaciones hacia las hijas de su primer
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083
“Si arreglas este motor, te ofrezco mi puesto” — dijo el jefe, riendo.
«Si arreglas este motor, te paso mi puesto», soltó el jefe, riendo a carcajadas. Teresa Hernández, a
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Viajé a otro país para ver a mi ex prometido tres meses después de que me dejara. Suena loco, lo sé. Pero en aquel momento no pensaba con la cabeza — pensaba con el corazón. Llevaba el anillo en la maleta, tenía nuestras fotos en el móvil y una tonta esperanza de que, si me veía cara a cara, se arrepentiría. Sabía exactamente dónde trabajaba. Era médico en un hospital. Llegué sola, con una maleta pequeña y el estómago hecho un nudo de nervios. Me senté en el hall y fingí que esperaba para preguntar por un paciente. Cuando le vi pasar por el pasillo, sentí que el aire desaparecía de mi cuerpo. Seguía igual que siempre — bata blanca, cansado, apresurado. Me acerqué y le dije que necesitábamos hablar. Me miró sorprendido. Caminamos por el pasillo. Intenté sonar firme. Le dije que había venido porque no quería que todo terminara así, que aún le amaba y quería intentar salvar nuestra relación. Ni siquiera dudó. Me dijo que ya había tomado su decisión, que estaba centrado en su trabajo y que debía seguir adelante con mi vida. No alzó la voz, pero fue frío… demasiado frío. Apreté los dientes para no llorar delante de él. Asentí, saqué el anillo que aún llevaba en el monedero, se lo devolví y me despedí rápidamente. Salí, me senté en un banco de cemento frente a la entrada del hospital y… simplemente no pude más. Me tapé la cara y lloré como no había llorado en meses. Lloré por el viaje, por la ilusión, por el rechazo, por el amor no correspondido. No me había dado cuenta de que en el banco de enfrente, un poco más lejos, estaba sentado otro médico, descansando. Me oyó llorar durante varios minutos. Cuando por fin empecé a tranquilizarme, él se acercó despacio y me dijo: — Perdona que te moleste, pero… si necesitas algo, estoy aquí. ¿Estás bien? Bajé la cabeza y solo pude decir: — No… simplemente me han roto el corazón por segunda vez… por la misma persona. Me miró con sincera preocupación. Me preguntó si podía sentarse conmigo. Se sentó. Fue una conversación rara, inesperada, extraña, pero a la vez muy humana. Me ofreció agua, me preguntó si tenía a alguien en la ciudad, si estaba sola. Y le conté todo — que había viajado solo para verle, que fue mi prometido, que teníamos planes de boda, que hace tres meses me dejó y que aún no lo podía aceptar. No me juzgó. Solo escuchaba. Me hablaba con calma. Me dijo que no debía suplicar amor. Que era normal sentirse rota ese día… pero que no debía quedarme ahí para siempre. Su tono no era de coqueteo, era el tono de alguien que realmente quería ayudar a una mujer desconocida que lloraba frente a un hospital. Empezamos a charlar… luego seguimos hablando por mensajes. Le dije que no quería quedarme mucho tiempo en ese país, que quería regresar pronto. Me preguntó cuándo era mi vuelo de regreso. Le dije la verdad: no había comprado billete, porque venía con la esperanza de reconciliarnos. Entonces él me dijo: — Quédate aunque sea unos días. Sal conmigo y mis amigos. Al menos no te encierres sola en el hotel a llorar. Acepté. Salíamos a comer, paseábamos por la ciudad, conocí a sus amigos del hospital. Yo estaba en modo “corazón roto”. Entre nosotros no pasó nada. Ni besos, ni flirteo. Solo largas conversaciones y tímidas sonrisas que, por un rato, me hacían olvidar el dolor. Una semana después regresé a mi país. Pensé que todo terminaría ahí. Pero seguimos hablando. Todos los días. Seis meses. Mensajes largos, llamadas tardías, audios — cosas sencillas del día a día. Y sin darme cuenta… empezamos a encariñarnos cada vez más. Un día, sin avisar, él apareció en mi ciudad. Me escribió: — Estoy aquí. Necesito verte. Me esperaba en el aeropuerto. Fui — y cuando le vi con la maleta, no entendía nada. Me abrazó y me dijo directamente: — Estoy enamorado de ti. No quiero que solo nos hablemos por pantalla. He venido para mirarte a los ojos y ver si tú también sientes lo mismo. Me eché a llorar. Pero no de tristeza. De miedo, emoción, sorpresa… de todo a la vez. Le dije “sí” — que yo también me había enamorado sin darme cuenta. Y desde ese día empezó oficialmente nuestra relación. Hoy se cumplen tres años desde que estamos juntos. Estamos prometidos. Nos casamos en agosto. Ya estamos repartiendo invitaciones. A veces pienso que si no hubiera viajado a otro país para buscar a alguien que me había rechazado… nunca habría conocido al hombre que hoy es mi marido. Y aunque todo empezó con un llanto desgarrador en un banco delante de un hospital… acabó siendo la historia de amor más inesperada de mi vida.
Viajaba flotando por una niebla espesa que olía a azahar y sal. En mi maleta de cuero había guardado
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