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035
Una niña entra en un restaurante en Madrid, ve un plato con restos en una mesa y empieza a comer. Un camarero la ve, se acerca y, sin decir una palabra, le quita el plato de delante. Una historia que no puedes dejar de leer hasta el final: María, 8 años, hija mayor de cinco hermanos, luchando cada día junto a su madre en el corazón de la ciudad tras ser abandonadas por el padre. Un sábado cualquiera, regresando del mercado donde ayuda a una señora con su puesto para llevar unas monedas a casa, María cede por primera vez a la tentación de entrar en aquel restaurante de aromas irresistibles, dispuesta a probar bocado. Lo que sucede después cambiará su visión del mundo y sembrará una semilla de generosidad en su corazón… Una lección de vida imperdible sobre solidaridad, esperanza y la amabilidad inesperada de un desconocido.
Una niña entró en un restaurante de Madrid. Al pasar, vio un plato con restos de comida en una mesa y
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05
— Señorita, cuando termine ese viejo su sopa barata, por favor désenme su mesa, ¡no tengo tiempo que perder! Hoy me siento generoso, ponga la cuenta a mi nombre. Pero aquel anciano humilde le dio una gran lección al ricachón de una forma inesperada. En ese pequeño restaurante, en un rincón tranquilo de España, el tiempo parecía ir a otro ritmo. Era un lugar sencillo y acogedor, con aroma a pan recién hecho y caldo humeante, donde la gente venía no solo a comer, sino a sentirse… como en casa.
Diario personal Madrid, 2024 Hoy he vivido una de esas escenas que te dejan pensando todo el día.
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027
La suegra intrigante: un viaje a través de relaciones familiares complejas
No había puerta que la Doña Violeta Serrano no pudiera abrir. Si alguien le escondía algo, lo hallaba
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025
Un regalo del destino Antón llegó a casa de su madre ya tarde; a ella no le sorprendió, pues su hijo suele aparecer así. Tras el divorcio, Antón vive solo y su hijo, Miki, se ha quedado con su madre. —Miki te ha estado esperando. Le prometiste llevarle a patinar sobre hielo. Se ha dormido hace poco, así que no le despiertes. Ahora te caliento la cena, comes y te echas a dormir. Antón cenó y fue a la habitación de Miki, se tumbó a su lado. No podía conciliar el sueño de inmediato; por alguna razón recordó a su primera mujer, Dina, y después de ella hubo dos más, pero ninguna fue igual. Nunca había olvidado a Dina. Habían crecido juntos desde el parvulario, jugando y siendo vecinos. Fueron compañeros de clase en el colegio y después ingresaron en la misma universidad. Así, siempre juntos, terminaron casándose. Los padres de ambos se alegraron; llevaban años acostumbrados a ver a la pareja. Todo el mundo admiraba su belleza y complicidad. Vivían bien, en un piso que Dina heredó de su abuela. El tiempo pasaba, pero su vida de casados estaba ensombrecida porque Dina no podía quedarse embarazada. Tenían de todo y los dos gozaban de buena salud, pero no venía ningún hijo. A Dina le ofrecieron ir al balneario en la costa para hacerse un tratamiento, pero su marido no quiso que fuera. —¡Lo que me faltaba, que trajeras de allí un hijo de otro! —Antón, ¿no confías en mí? —le preguntó, con lágrimas en los ojos. Los padres sugerían adoptar un niño del orfanato, pero él ni siquiera quería escuchar la idea. —Quiero un hijo propio, y punto… Para su décimo aniversario de bodas invitaron a familiares y amigos a casa. Todos esperaban a Antón, pero seguía retrasándose. Los invitados aguardaron mucho tiempo, sentados sin ánimo, y finalmente se marcharon, dejando la mesa llena de viandas casi intactas. Antón no regresó a dormir esa noche. Dina sufrió, lloró, se sentía sola y entendía que tal vez era lo que debía esperarse. Antón había cambiado mucho últimamente. Por la mañana apareció él y le soltó la noticia más brutal: había pasado la noche con una mujer que tenía dos hijos, y le había prometido tener un hijo para él, un hijo que después les entregaría para criar juntos. —¿Antón, cómo has podido hacerme esto? Me has sido infiel… ¿Por qué no lo hablaste conmigo? No te perdonaré la traición, vete… O mejor, ayúdame antes a adoptar un niño del orfanato —suplicaba entre lágrimas. —¿Para qué? ¿Para que luego le pongas mi apellido y me reclames la pensión? Ni hablar… Dina sufrió terriblemente aquella ruptura. Ser abandonada era doloroso, menos mal que sus familiares, amigas y compañeras la apoyaron. Quería adoptar un niño, pero a una mujer sola no se lo permitían. Cerró la puerta de su piso tras él para siempre. Diez años. Diez años de espera, de esperanzas, de pastillas amargas, inyecciones, olor a hospital y un silencio cada vez más espeso. Él se fue de la manera más fría, como si fuera un trámite. —Perdona, Dina. Estoy agotado. A los seis meses, se enteró por conocidos comunes que Antón había tenido un hijo. El mundo no se le vino abajo, pero le pareció que se había apagado todo, como una foto desvaída por el sol. Un año vivió casi en piloto automático: trabajo, casa, insomnio. Un día, resguardándose de la lluvia en una cafetería, vio a Oleg, un amigo de Antón, siempre el alma de la fiesta, bromista y sonriente. Ahora tenía enfrente a un hombre cansado, jugando con una taza vacía. —¡Oleg, hola!, —le saludó, pues él parecía no ver a nadie. Levantó la mirada y sonrió, triste. —Dina… ¿pero de dónde sales tú? Charlaron y él le contó abiertamente sus desgracias: —Rita y yo nos separamos, ya sabes, siempre le importó más el dinero y yo tuve un problema en mi taller. Se quemó todo en un incendio y acabé lleno de deudas. Mi mujer me echó de casa por no traer suficiente dinero. Hace años que perdí a mis padres… No tenía a dónde ir. —Vente conmigo —le ofreció Dina, sorprendida de haberse decidido a decirlo. No era compasión, era una decisión: ayudar a un amigo. No pensaba en rescates ni en historias románticas. Simplemente, por fin, tenía a alguien en su mansión silenciosa a quien las cosas aún le iban peor. —¿Seguro? ¿Y qué pasa con Antón? —¿No lo sabes? Antón me abandonó porque no pude tener hijos… se fue con una que sí le dio uno… Oleg estaba pasmado. —Perdona, Dina, no estaba al tanto, vivimos en barrios diferentes y hace años que no nos veíamos. Así nos ha jugado el destino. —Ya me he acostumbrado. Oleg empezó durmiendo en el sofá. Los primeros días era casi invisible, pidiendo disculpas por cada trozo de pan. Luego fue volviendo a la vida: arregló el grifo que goteaba, montó la estantería rota, preparó la cena. Era increíblemente atento y tranquilo. Con él, el silencio dejó de ser opresivo y se volvió paz. Conversaban cada noche, Dina le consiguió un empleo en su oficina. Oleg estaba encantado. Paso a paso, empezaron a compartir la vida; después se casaron. Un día se cruzaron con Rita, la ex de Oleg. Les miró con superioridad y dijo con sorna: —Aprovecha, es todo tuyo… Igual te hace un niño —hablaba como si Oleg no estuviera allí. —Ojalá. Gracias por los buenos deseos —respondió Dina. Con Oleg volvió a sentirse querida; alguien se preocupaba por ella, era importante para alguien. Por primera vez en años, Dina reía de verdad, no por compromiso. Ahora vivía: con discusiones sobre películas y café por las mañanas. Hasta que un día, hablando en serio, Oleg lo mencionó: —Dina, ¿por qué no adoptamos un niño del orfanato? Ella apenas pudo creer lo que oía, estaba sobrecogida. —Sí, Dina, no es broma. ¿Te has quedado sin palabras? —sonreía él. Recuperándose, contestó: —Sería la mayor felicidad de mi vida. Críar a un niño es mi sueño. Oleg, no sé cómo agradecértelo, llevo años deseando esto y no sabía si tú lo aprobarías. Gracias por anticiparte a mis pensamientos… A Oleg le encantó sorprender a su esposa. —Entonces no lo pensemos más, es un deseo común. Mañana mismo pedimos información y nos asesoramos. —Eres el mejor —Dina reía a carcajadas, sintiendo que la suerte por fin le sonreía. Prepararon los papeles para la adopción, y mientras esperaban la autorización, empezaron a visitar el orfanato… Hasta que Dina se dio cuenta de que llevaba un mes viviendo en un ritmo diferente. No dijo nada a su marido, fue a la farmacia. El test mostró dos rayas. Dos marcas vivas y nítidas, casi burlonas, como diciendo: “Este es tu camino. Tuyo, solo tuyo”. Incrédula, fue corriendo a ver a su esposo. —Oleg, no te lo vas a creer… —le enseñó el test—. ¡Vamos a tener un bebé! —Dios mío, ¿de verdad? Mañana mismo vamos al médico… La doctora confirmó el embarazo y le abrió su historial. Oleg y Dina comenzaron una etapa de felicidad, la más intensa y verdadera. Catorce años de espera para Dina… convertidos en pura alegría. Oleg mimaba a su esposa, no le dejaba hacer esfuerzo, la colmaba de antojos y caprichos. Por fin, llegó el tesoro: una hija. Nació Alina, una niña de ojos claros y saludable. Oleg lloró sin complejos cuando la cogió en brazos a la salida del hospital y murmuró, ronco: —Por fin en casa. Nos espera una vida larga y feliz. Nuestra hija es ahora nuestro mayor tesoro. Su hogar adquirió un nuevo sentido: gritos, risas, olor a polvos de bebé, noches en vela, todo compartido, mano a mano. La felicidad no era perfecta; había discusiones, cansancio, problemas. Pero era firme, como una encina creciendo en la roca. Una tarde de verano paseaban por el parque con el cochecito. Alina dormía y ellos, de la mano, pensaban hacia qué lado ir. Y casi chocaron de frente con Antón, que iba solo. Parecía envejecido, la mirada cansada, una cerveza en la mano. Se detuvieron, dudaron un instante en silencio. —Hola… —logró decir por fin Antón. Su mirada recorrió el rostro radiante de Dina, a Oleg, al cochecito. —He oído que os va muy bien… —Sí —sonrió Dina—. Todo perfecto. ¿Y tú? Él hizo un gesto con la mano, mirando a otro lado. —Bueno… Me he casado otras dos veces, nada funcionó. El niño vive con mi madre, yo voy a verles. Yo… en fin. No hay suerte. No sonaba amargado, solo resignado. Miró a Oleg, como si recordara algo, hizo un chasquido y negó con la cabeza. —Bueno, no os molesto más. Hasta luego. Se alejó encorvado, una figura solitaria en el parque soleado y lleno de vida. Oleg rodeó los hombros de Dina. —Vamos, cielo —le susurró—. Alina pronto se despertará. Es hora de volver a casa. Dina cogió el carro y se marcharon juntos, hacia ese hogar que quizá no era perfecto, pero sí real, construido no sobre sueños rotos, sino sobre nuevas certezas. Porque eso era la vida: verdadera, inquebrantable. Gracias por leer, por vuestras suscripciones y vuestro apoyo. ¡Suerte y mucha felicidad para todos!
Regalo del destino Anochecía cuando llegué a casa de mi madre en Madrid. Como de costumbre, no pareció
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06
Creo que el amor se ha ido — Eres la chica más guapa de toda la facultad —le dijo él entonces, extendiéndole un ramo de margaritas recién compradas en el mercadillo del Metro. Ana se echó a reír al recibirlas. Las margaritas olían a verano y a algo maravillosamente sencillo. Damián se plantó ante ella con la mirada decidida de quien sabe muy bien lo que quiere. Y lo que quería era a ella. Su primera cita fue en El Retiro. Damián llevó una manta, un termo con té y bocadillos caseros que había preparado su madre. Estuvieron sentados en el césped hasta que anocheció. Ana recordaba su risa, su forma de echar la cabeza hacia atrás, las caricias aparentemente casuales en su mano, y cómo la miraba, como si fuera la única persona en todo Madrid. A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que ella no entendió, pero se rio a carcajadas con él. A los seis meses, conoció a sus padres. Un año después, le propuso que se fuera a vivir con él. — Si total estamos juntos cada noche —le dijo Damián, enredando sus dedos en su pelo—. ¿Para qué pagar dos pisos? Ana aceptó. No por el dinero, claro. Sino porque a su lado el mundo tenía sentido. Su pequeño piso de alquiler olía a cocido madrileño los domingos y a sábanas recién planchadas. Ana aprendió a preparar sus albóndigas favoritas con ajo y perejil, tal y como las hacía su madre. Por las noches, Damián le leía en voz alta artículos sobre economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Ana le escuchaba, apoyada en la mano, y le creía. Hacían planes. Primero, ahorrar para la entrada de un piso; luego, tener su hogar propio. Después, un coche. Hijos, por supuesto: uno de cada. — Nos va a dar tiempo a todo —le decía Damián, besándole la cabeza. Ana siempre asentía. Junto a él, nada podía hacerle daño. …Quince años juntos forjaron rutinas, hábitos y rituales. Pisito en barrio tranquilo con vistas a un parque. Hipoteca a veinte años que pagaban adelantando cuotas, renunciando a vacaciones y cenas fuera. Un Toyota plateado aparcado abajo: lo eligió Damián, negoció el precio, lo pulía cada sábado como un tesoro. El orgullo les llenaba el pecho de calor. Nadie les regaló nada. Sin dinero familiar, sin contactos, sin suerte. Solo trabajo, ahorro y perseverancia. Ana nunca se quejaba. Ni tras jornadas extenuantes, dormitando hasta quedarse en la última parada del metro. Ni cuando soñaba con dejarlo todo e irse al mar. Eran un equipo, como decía Damián, y Ana lo creía. El bienestar de Damián era su máxima prioridad. Ana lo convirtió en ley, lo grabó en su ADN. ¿Mal día en el trabajo? Ella preparaba la cena, servía el té y escuchaba. ¿Pelea con el jefe? Le acariciaba el pelo, susurrando que todo pasaría. ¿Dudas sobre sí mismo? Siempre hallaba las palabras correctas para sacarle del pozo. — Eres mi ancla, mi refugio —le decía él entonces. Ana sonreía. ¿No era eso la felicidad, ser el ancla de alguien? Tiempos difíciles los hubo. El primero, al quinto año: la empresa de Damián quebró y él pasó tres meses desempleado, cada día más sombrío. La segunda vez fue peor aún. Unos compañeros le jugaron una mala pasada en el trabajo: no solo perdió el puesto, también le tocó pagar una gran suma. Tuvieron que vender el coche para saldar la deuda. Ana jamás le reprochó. Cogió proyectos extra, trabajó de noche, ahorró en todo lo posible. Solo le preocupaba una cosa: cómo se sentía él, si aguantaría, si perdería la confianza. …Damián salió adelante. Consiguió un trabajo aún mejor. Compraron de nuevo un Toyota plateado. La vida volvió a sonreírles. Hace un año, sentados en la cocina, Ana se atrevió a decirlo al fin: — ¿Quizá ya toca? Ya no tengo veinte. Si esperamos más… Damián asintió con seriedad. — Empecemos a prepararnos. Ana contuvo el aliento. Tras tantos años soñando, aplazando, esperando el momento… Y por fin llegaba. Lo imaginó mil veces: manitas aferradas a sus dedos, olor a polvos de talco, primeros pasos en el salón, Damián leyendo cuentos antes de dormir. Un hijo. Su hijo. Por fin. Los cambios empezaron enseguida. Ana revisó alimentación, hábitos, rutinas. Fue al médico, se hizo pruebas, tomó vitaminas. Su carrera pasó a segundo plano, justo cuando iban a ascenderla. — ¿Estás segura? —le preguntó su jefa, mirando por encima de las gafas—. Esta oportunidad no la tienes otra vez. Ana lo tenía claro. El ascenso suponía viajes, horarios irregulares, estrés: no lo ideal para un embarazo. — Prefiero trasladarme a la sucursal. La jefa se encogió de hombros. La nueva oficina quedaba a quince minutos de casa. El trabajo, rutinario y sin perspectivas, le permitía salir a las seis y olvidar todo el fin de semana. Ana se adaptó rápido. Sus compañeros eran agradables, aunque poco ambiciosos. Cocinaba en casa, paseaba a mediodía, dormía ocho horas. Todo por su futuro hijo. Por su familia. El frío llegó de golpe, casi sin notarlo. Al principio pensó que Damián solo estaba cansado del trabajo. Pero dejó de preguntarle cómo le había ido el día. De abrazarla antes de dormir. De mirarla como antaño, cuando decía que era la más guapa de la facultad. La casa se llenó de un silencio extraño. Antes hablaban durante horas de todo. Ahora Damián se pasaba la tarde en el móvil, contestando en monosílabos. Se iba a la cama dándole la espalda. Ana yacía a su lado mirando el techo: entre los dos, una fosa del tamaño del colchón. La intimidad se evaporó. Semanas, meses… Ana dejó de contar. Él siempre encontraba una excusa: — Estoy agotado. Mañana, ¿vale? Mañana nunca llegaba. Un día, decidida, Ana le interceptó camino a la ducha. — ¿Qué pasa? Dímelo de verdad. Damián miró al vacío, hacia el quicio de la puerta. — No pasa nada. — No es cierto. — Te lo imaginas. Solo es una mala racha. Pasará. La esquivó y se encerró en el baño. El sonido del agua llenó el pasillo. Ana se quedó en medio del corredor, con la mano en el pecho, donde dolía. Un dolor sordo, constante. Aguantó un mes más. Luego preguntó sin rodeos: — ¿Me quieres? Pausa. Esa pausa horrible, interminable. — Yo… no sé lo que siento por ti. Ana se sentó en el sofá. — ¿No lo sabes? Por fin la miró. Sus ojos estaban vacíos, confusos. Ningún atisbo de la pasión de quince años antes. — Creo que el amor se ha ido. Hace tiempo, de hecho. No lo decía para no hacerte daño. Meses enteros vivió Ana en ese infierno, ignorante de la verdad. Analizaba sus miradas, pesaba sus palabras, buscaba excusas. Quizá problemas en el trabajo, crisis de los cuarenta, simple mal humor. Pero era más sencillo: había dejado de quererla y callaba, mientras ella planeaba el futuro, posponía su carrera y preparaba su cuerpo para un hijo. La decisión llegó sin aviso. Nada de “quizá”, de “todo pasará”, de “esperemos un poco”. Basta. — Voy a pedir el divorcio. Damián palideció. Ana vio cómo tragaba saliva. — Espera. No lo hagas tan deprisa. Podemos intentarlo… — ¿Intentarlo? — ¿Y si tenemos un bebé? A veces los hijos unen… Ana soltó una carcajada amarga y sin gracia. — El niño solo lo complicaría todo. Ya no me quieres. ¿Para qué tener hijos? ¿Para separarnos con un bebé? Damián no replicó. No tenía argumentos. Ana se marchó ese mismo día. Recogió lo justo y se fue a casa de una amiga. Tramitó el divorcio en cuanto le temblaron menos las manos. Repartir lo conseguido prometía ser largo: piso, coche, años de compras y decisiones en común. El abogado explicaba papeles, valoraciones, acuerdos. Ana asentía, anotaba, evitando pensar en que su vida juntos se reducía a metros cuadrados y caballos de potencia. Pronto encontró un estudio en alquiler. Aprendió a vivir sola. Cocinar para una. Ver series en silencio. Dormir en toda la cama. Las noches eran duras. Lloraba en la almohada, recordando las margaritas, el parque, las risas, su voz susurrando “eres mi ancla”. El dolor era insoportable. Quince años no se tiran al contenedor. Pero entre esa tristeza surgía algo más: alivio, certeza. Dio el paso a tiempo. No se ató a él con un hijo. No quedó atrapada años en un matrimonio vacío solo por “la familia”. Treinta y dos años. La vida entera por delante. ¿Miedo? Tremendo. Pero saldrá adelante. No le queda otra opción.
Creo que el amor se ha acabado Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces Daniel, alargándole
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010
Una ancianita encuentra un collar en el suelo de la iglesia y decide no devolverlo… En la iglesia antigua del pueblo, donde el tiempo parece detenerse, una abuelita humilde y trabajadora tropieza con un collar con medallón en forma de corazón. Al abrirlo, descubre dos fotos diminutas y, de repente, siente que sus raíces tiemblan bajo sus pies, pues una de las imágenes refleja su propio rostro, como visto en un espejo del pasado. Con el corazón latiendo, decide quedárselo hasta descubrir la verdad, aunque sepa que no le pertenece. Tras la misa, lleva el collar al párroco, quien le revela la visita reciente de una mujer de ciudad que vino a buscar a su hermana perdida. La abuelita, guiada por un presentimiento y la fe, se deja llevar hasta una casa del pueblo, donde dos vidas separadas por el destino y los secretos vuelven, por fin, a encontrarse en un abrazo que sana viejas heridas. A veces, Dios no olvida; a veces, lo perdido es solo una señal de que el reencuentro está por llegar. Escribe en los comentarios “DIOS NO OLVIDA” si también crees que nada ocurre por casualidad. 🙏
Una abuelita encontró un collar en la iglesia y decidió no devolverlo En la vieja iglesia del pueblo
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065
El último día de felicidad
¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? exclamó la voz de Ana, convertida en un siseo. Le traes dulces.
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065
Un anciano se levanta dificultosamente de la cama, apoyándose en la pared hacia la habitación contigua. A la luz tenue de la lámpara nocturna, observa con ojos miopes a su esposa tendida: «No se mueve, ¿estará muerta?», piensa arrodillándose. «Parece que respira». Se incorpora y camina despacio hacia la cocina, bebe un poco de kefir, va al baño y vuelve a su cuarto. Se tumba en la cama, pero el sueño no le llega: «Lena y yo tenemos ya noventa años. ¡Cuánto hemos vivido! Pronto nos iremos, y no queda nadie cerca. Nuestra hija, Natalia, murió antes de cumplir los sesenta. Maxim falleció en la cárcel. Nuestra nieta Oksana vive en Alemania desde hace veinte años. Ni se acuerda de sus abuelos. Ya debe tener hijos grandes». Sin darse cuenta, se queda dormido. Se despierta con una caricia: — ¿Kostya, sigues aquí? — susurra la voz de su esposa. Abre los ojos. Ella se inclina sobre él. — ¿Qué pasa, Lena? — No te movías, me asusté. Pensé que te habías ido. — ¡Sigo vivo! Ven, duerme. Pasos arrastrados suenan en el pasillo. Se oye el interruptor de la cocina. Elena Ivanovna bebe un poco de agua, va al baño y regresa a su cuarto. Se tumba en la cama: «Así será, un día despertaré y él ya no estará. ¿Qué haré? O tal vez me vaya yo antes. Kostya ya tiene hasta nuestros funerales pagados. Jamás pensé que se podía organizar el propio entierro. Pero mira, es lo mejor: ¿quién se ocuparía de nosotros? Oksana se ha olvidado de todo. Solo viene Polina, la vecina. Tiene copia de nuestra llave. El abuelo le da diez mil de nuestra pensión cada mes. Ella hace la compra, trae medicinas. ¿Para qué queremos dinero? Y ni siquiera podemos bajar solos del cuarto piso». Konstantin Leonidovich abre los ojos. El sol se asoma por la ventana. Sale al balcón, contempla la copa verde del cerezo y una sonrisa se asoma a su cara: «¡Llegamos hasta el verano!» Va a ver a su esposa. Ella está sentada, pensativa, en la cama. — Lena, deja la tristeza. Ven, quiero enseñarte algo. — Ay, no tengo fuerzas —responde ella, incorporándose con esfuerzo—. ¿Qué traes en mente? — ¡Ven, ven! La ayuda a llegar al balcón. — Mira, el cerezo está verde. Y decías que no llegaríamos al verano. ¡Aquí estamos! — Es verdad, y el sol brilla. Se sientan en el banco del balcón. — ¿Te acuerdas cuando te invité al cine, todavía en el cole? Aquella vez el cerezo también estaba así de verde. — ¿Quién olvida algo así? ¿Cuántos años han pasado? — Más de setenta… setenta y cinco. Se quedan largo rato evocando la juventud. Muchas cosas se olvidan con los años —a veces hasta lo que hicimos ayer—, pero la juventud, esa nunca se borra. — Bueno, se nos hizo tarde —sacude la cabeza su esposa—. ¡Y ni hemos desayunado! — Lena, prepara un té bueno, que estoy aburrido de esas hierbas. — Es que no podemos. — Pues échale aunque sea un poquito de té y una cucharadita de azúcar. Konstantin Leonidovich toma el té suave junto con una tostada de queso, y recuerda los tiempos donde el té era fuerte y dulce, acompañado de empanadillas o bollos. Llega la vecina. Sonríe con aprobación: — ¿Cómo están hoy? — ¿Cómo va a estar uno con noventa años? —bromea el viejo. — Si aún hay bromas, todo está bien. ¿Qué necesitan? — Polina, compra algo de carne —pide Konstantin Leonidovich. — Pero no pueden tomar carne… — De pollo sí que podemos. — Vale, os hago sopa con fideos. — Polina, ¿puedes traerme algo para el corazón? —pide la abuela. — Si os lo compré hace poco. — Ya se acabó. — ¿Llamo al médico? — No hace falta. Polina recoge, friega los platos y se marcha. — Lena, vamos al balcón —propone el marido—. Al sol se está mejor. — Vamos, mejor que quedarnos aquí encerrados. Vuelve Polina, sale al balcón: — ¿Echabais de menos el sol? — Qué bien se está aquí, Polina —sonríe Elena Ivanovna. — Os traigo la papilla y empiezo la sopa para la comida. — ¡Buena mujer! —la observa el abuelo—. ¿Qué haríamos sin ella? — Y solo le pagas diez mil al mes. — Lena, la tenemos en el testamento, lo firmó el notario. — Ella no lo sabe. Pasan la mañana en el balcón. A la comida, sopa de pollo con carne picadita y patata machacada: — Siempre preparaba esta sopa para Natasha y Maxim cuando eran pequeños —recuerda Elena Ivanovna. — Y ahora, al final, nos cocinan extraños —suspira el marido. — Así será nuestra suerte, Kostya: moriremos y nadie llorará por nosotros. — Basta de tristezas, Lena. Mejor una siesta. — No en vano dicen: «Viejos y niños, todos iguales». Sopa triturada, siesta, merienda… Konstantin Leonidovich duerme un poco, pero no logra descansar. ¿Será el tiempo? Entra en la cocina. Hay dos vasos de zumo preparados por Polina. Coge los dos y camina despacio al cuarto de su esposa. Ella mira por la ventana: — ¿Te has puesto triste, Lena? —sonríe él—. Anda, toma zumo. Ella da un sorbo: — ¿Tampoco puedes dormir? — Será la presión. — Desde la mañana me siento mal —asiente ella con resignación—. Siento que me queda poco aquí. Entiérrame como es debido. — ¡No digas tonterías, Lena! ¿Qué haré sin ti? — Uno de los dos se irá antes. — Ya está bien, ven al balcón. Pasan allí la tarde. Polina les prepara unas tortitas y luego se ponen a ver la tele, como cada noche. Les cuesta seguir las tramas nuevas, así que prefieren las comedias clásicas y dibujos animados. Hoy solo ven un corto. Elena Ivanovna se levanta: — Me voy a la cama, estoy cansada. — Yo también me retiro. — Déjame mirarte bien —susurra ella. — ¿Para qué? — Solo déjame. Se quedan mucho rato, contemplándose, recordando la juventud, cuando todo estaba por delante. — Ven, te acompaño a la cama. Elena Ivanovna se apoya en él y caminan despacio. Él la arropa con cariño y se va a su cuarto. Tiene el corazón encogido, no puede dormir. Siente que no ha pegado ojo, pero son solo las dos de la madrugada. Va al cuarto de su mujer. Ella mira al techo con los ojos abiertos: — ¡Lena! Le toma la mano. Está fría. — Lena, ¿qué pasa? ¡Le-e-na! De pronto, a él también le falta el aire. Con esfuerzo regresa a su cuarto, deja los papeles sobre la mesa, vuelve al lado de ella. Se queda mirándola, se tumba a su lado y cierra los ojos. Se ve junto a su Lena, joven y bella, como hace setenta y cinco años. Ella camina hacia la luz. Corre a alcanzarla y le toma la mano… Por la mañana, Polina entra en el dormitorio. Están juntos, con la misma sonrisa serena. Recuperándose del asombro, llama al médico. El doctor los observa y menea la cabeza: — Han muerto juntos. Se nota que se querían mucho. Se los llevan. Polina se desploma en la silla y ve el contrato de entierro y el testamento a su nombre. Apoya la cabeza en las manos y llora desconsoladamente.
El anciano apenas se incorporó de la cama y, apoyándose en la pared, se encaminó con dificultad a la
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042
Ya tiene 35 años y no tiene ni hijos ni esposa: ¿Puede el exceso de amor maternal impedir que un hijo se convierta en un hombre independiente? Una madre española reflexiona sobre lo que realmente significa educar a un hijo y renunciar a ser abuela
Ya tiene 35 años y ni niños ni esposa Hace apenas una semana, estaba yo en casa de mi suegra con mi hijo.
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075
El secreto de Larisa: Desde una aldea castellana, una madre supersticiosa, el enigma de los hijos sin padre y la inesperada felicidad junto al director de la quesería
Diario de Isabel Un secreto En un pequeño pueblo de Castilla, de esos que parecen más una aldea que otra
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