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051
El piso fue comprado por mi hijo: confidencias de una suegra española
Conocí a mi marido en la Universidad Complutense de Madrid. Ambos teníamos veinte años por aquel entonces
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035
— ¿No lo entiendes, que has cambiado las cerraduras? — empezó a protestar él con indignación. — No he podido durante media hora…
Querido diario, Hoy la mañana comenzó con una discusión inesperada. Máximo llegó al salón con el ceño
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037
Divorcio por la vecina: María, tras veinte años de matrimonio ejemplar en Madrid, descubre la traición de Valerio, seducido no por una joven sino por una divorciada del barrio con hijo; ante el escándalo, familiares y amigas la presionan para perdonar, pero al recordar el consejo sabio de su difunto padre, María elige romper el círculo de manipulación y rehacer su vida, a pesar de las críticas y el asedio, mientras sus propios hijos deciden con ella cortar lazos con quienes insisten en salvar un matrimonio ya roto.
Divorcio por culpa de la vecina Solo explícame, ¿por qué de todas las mujeres del mundo elegiste precisamente a ella?
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0219
Después de abandonar a sus gemelos al nacer, la madre regresó tras más de 20 años… pero no estaba preparada para la verdad. La noche en la que nacieron los gemelos, su mundo se rompió en dos. No fue su llanto lo que le asustó, sino su silencio. Un silencio pesado, opresivo, lleno de vacíos. Su madre los miraba a distancia, con la mirada perdida, como si fueran dos desconocidos traídos de una vida que ya no le pertenecía. —No puedo… susurró ella. No puedo ser madre. No fue una marcha con escándalos. No hubo reproches. Solo una firma, una puerta que se cerró y un vacío que quedó abierto para siempre. Decía que se sentía demasiado pequeña para una responsabilidad tan grande, que el miedo la ahogaba, que le faltaba el aire. Y se fue… dejando atrás a dos bebés recién nacidos y a un hombre que no tenía ni idea de cómo ser padre soltero. Durante los primeros meses, su padre durmió más de pie que en la cama. Aprendió a cambiar pañales con las manos temblorosas, a calentar el biberón a medianoche, a cantar suavemente para calmarles el llanto. No tenía manuales, no tenía ayuda. Solo tenía amor. Un amor que crecía junto a ellos. Fue su madre y su padre. Fue su abrazo, su escudo y su respuesta. Estuvo allí en sus primeras palabras, sus primeros pasos, sus primeras decepciones. Estuvo cuando enfermaron, cuando lloraron por algo que no sabían cómo nombrar. Nunca les habló mal de ella. Jamás. Solo les decía: —A veces, la gente se va porque no sabe quedarse. Crecieron fuertes, unidos. Dos gemelos que sabían que el mundo podía ser injusto, pero también que el amor verdadero nunca abandona. Más de 20 años después, en una tarde cualquiera, alguien llamó a la puerta. Era ella. Más cansada. Más frágil. Con arrugas en el rostro y culpa en la mirada. Decía que quería conocerles. Que pensó en ellos cada día. Que se arrepiente. Que fue joven y tuvo miedo. El padre se quedó en el umbral, con los brazos abiertos pero el corazón encogido. No era difícil para él… sino para ellos. Los gemelos la escucharon en silencio. La miraban como una historia contada demasiado tarde. No había odio en sus ojos. Ni rencor. Solo una madurez dolorosa, silenciosa. —Nosotros ya tenemos una madre, dijo uno de ellos, despacio. —Se llama sacrificio. Y lleva el nombre de padre, completó el otro. No sintieron la necesidad de recuperar lo que nunca tuvieron. Porque no crecieron faltos de amor. Crecieron amados. Completamente. Y ella comprendió, quizá por primera vez, que hay partidas que ya no tienen regreso. Y que el amor verdadero no es el que da la vida… sino el que se queda. Un padre que se queda vale más que mil promesas. 👇 Cuéntanos en los comentarios: ¿qué significa para ti “ser un verdadero padre”? 🔁 Comparte para todos aquellos que crecieron solo con uno… pero con todo.
Después de abandonar a sus gemelos nada más nacer, la madre reapare tras más de 20 años pero ni remotamente
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057
¡Qué escándalo! — se indignó la suegra. — Entonces, ¿tu esposa te ha puesto en contra de tu madre? Pues bien, ya he entendido todo.
¡Qué barbaridad! exclamó Doña Rosa, la suegra. ¿Así que tu tu mujer te ha puesto en contra de su propia madre?
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068
¡Qué importa quién se haya ocupado de la abuela! ¡El apartamento es legalmente mío! – Mi madre y yo tenemos una disputa.
Querido diario, Hoy he vuelto a revivir la disputa que arremete mi madre, Mercedes, contra mí.
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0146
¿Por qué te levantas tan temprano? – preguntó el esposo, desconcertado.
¿Por qué llegas tan temprano? pregunta Andrés, algo desconcertado. Marisa abre la puerta de su piso con
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050
Mis familiares esperan que deje este mundo. Creen que asumirán mi piso, pero me he asegurado con antelación.
Mis parientes ya están haciendo fila para adueñarse del piso que me queda. Piensan que, cuando me ponga
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0181
A Varuca la condenaron en el pueblo el mismo día que se le empezó a notar la barriga bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza! A su marido, Simón, lo habían enterrado hacía diez años, y ella —mira tú por dónde— aparece embarazada. —¿De quién será? —susurraban las comadres junto al pozo. —¡Vete tú a saber! —contestaban otras—. Callada, decente… ¡y mira ahora! Se ha quedado preñada. —¡Las hijas en edad de casarse y la madre haciendo de las suyas! ¡Una deshonra! Varuca no le levantaba la vista a nadie. Volvía de Correos —el bolso pesado al hombro— mirando al suelo y apretando los labios. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero, ¿cómo no meterse, si su propia sangre lloraba de desesperación? Y todo empezó, en realidad, no con Varuca, sino con su hija Marina… Marina no era una chica, era un cuadro. Clavada al difunto padre, Simón. Él también fue un guapo, el más apuesto del pueblo. Rubio, de ojos azules. Así nació Marina. Todo el pueblo se giraba a mirarla. La menor, Catalina, esa había salido toda a Varuca. Morena, de ojos muy oscuros, seria, discreta. Varuca se desvivía por sus hijas. Las quería con locura y tiraba ella sola de todo, como una burra. Dos trabajos: por el día, cartera; por la tarde, limpiar en la granja. Todo por ellas, por sus niñas adoradas. —Tenéis que estudiar, chicas —les decía—. No quiero que acabéis como yo, toda la vida en la porquería, cargando bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, haceros alguien. Marina no tardó en marcharse a la ciudad. Lo hizo fácil, volando. Entró en la Escuela de Comercio. Y al poco, ya la tenían vista. Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y tenía novio. No uno cualquiera, sino el hijo de un jefe. “¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!” —le escribía. Varuca se sentía feliz. Catalina, en cambio, se quedaba seria. Cuando acabó el cole, se quedó en el pueblo y se puso de auxiliar en el centro de salud. Quería ser enfermera, pero no alcanzaba el dinero. Toda la pensión de viudedad y el sueldo de Varuca iban para Marina, para su “vida de ciudad”. *** Ese verano, Marina volvió. No como otros años, alegre, arreglada, con regalos. Sino callada, pálida. Dos días sin salir de la habitación, y al tercero Varuca entró y la encontró llorando sobre la almohada. —Mamá… mamá… estoy perdida… Y se lo soltó todo. Su precioso novio le había hecho la envolvente y la dejó tirada. Y ella estaba de cuatro meses. —¡Ya no me puedo deshacer del niño, mamá! —lloraba Marina—. ¿Qué hago? ¡No me quiere ver ni en pintura! Que si lo tenía, no le daba ni un duro. Y a ella la iban a echar del instituto. ¡Su vida… acabada! Varuca se quedó petrificada. —Hija, ¿cómo es que… no te cuidaste? —¡Bah!, ¿qué más da ahora? —estalló Marina—. ¿Qué hago? ¿Llevo al niño al orfanato? ¿Lo tiro a la basura? A Varuca se le paró el corazón. ¿Al orfanato? ¿A su nieto? Esa noche Varuca no pegó ojo. Iba y venía por la casa, como un fantasma. Al alba, se sentó en la cama de Marina. —No pasa nada —dijo firme—. Vamos a tenerlo. —¿Mamá? ¿Pero cómo…? ¡Van a enterarse todos! ¡Se va a armar la marimorena! —Nadie se va a enterar —sentenció Varuca—. Diremos… que es mío. Marina se quedó boquiabierta. —¿Tuyo? ¡Mamá, que tienes cuarenta y dos! —Mío —repitió Varuca—. Diré que me voy con la tía al pueblo de al lado, a ayudarla. Allí nazco y allí me quedo un tiempo. Y tú te vuelves a la ciudad, a estudiar. Catalina, tras la delgada pared, oyó todo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada. Le dolía su madre. Y le asqueaba su hermana. *** Un mes después, Varuca se marchó. El pueblo cotilleó y se olvidó. Medio año más tarde, volvió. No sola: con un bebé envuelto en una mantita azul. —Toma, Catalina —le dijo a su hija, pálida de la impresión—. Te presento a tu hermano… Mitín. El pueblo se quedó de piedra. ¡Con que la callada Varuca! ¡La viuda, mira! —¿De quién será? —volvían a murmurar las comadres—. ¿A que ha sido el alcalde? —¡Qué va, ese es muy viejo! Del ingeniero, seguro. ¡Está buen mozo y está solo! Varuca aguantaba, callando los chismorreos. Empezó un calvario. Mitín era un torbellino, berreaba todo el rato. Varuca no daba abasto. El bolso de cartera postal, la granja, y ahora además noches sin dormir. Catalina ayudaba como podía. Lavaba, acunaba al “hermano”. Pero por dentro estaba que bullía. Marina escribía desde la ciudad. “Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora ando fatal de dinero, pero os mandaré algo pronto”. Un año después llegó el dinero… Mil pesetas. Y unos vaqueros para Catalina que le quedaban dos tallas pequeños. Varuca se las apañaba. Catalina, siempre a su lado. Pero su vida también se fue al traste. Los chicos la miraban pero no se acercaban. ¿Quién quiere una novia con ese “paquete”? ¡Madre deshonrada, “hermano” bastardo…! —Mamá —dijo un día Catalina, ya cumplidos los veinticinco—, ¿y si contamos la verdad? —¡Ni se te ocurra, hija! —Varuca se asustó—. ¡No debemos! ¡A Marina le arruinamos la vida! Ahora… está casada. Con un buen hombre. Marina, en efecto, “triunfó”. Terminó sus estudios, se casó con un empresario, se mudó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre de revista. Del “hermano” jamás preguntaba. Varuca le escribía: “Mitín ya va a primero, saca todo sobresalientes”. Marina contestaba mandando juguetes caros —inútiles para la aldea—… Pasaron los años. Mitín cumplió dieciocho. Creció guapísimo. Alto, de ojos azules, igual que Marina. Alegre, trabajador. Adoraba a su “madre” (Varuca) y a “su hermana”, Catalina. Catalina ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal. “Una solterona”, murmuraban a sus espaldas. Ella ya se había resignado. Toda su vida, entre su madre y Mitín. Mitín terminó el colegio con matrícula. —¡Mamá! ¡Me voy a Madrid! ¡Voy a entrar en la uni! —gritó. A Varuca el corazón le dio un vuelco. Madrid… Allí estaba Marina. —Igual podías intentarlo aquí, en la provincia… —sugirió tímida. —¡Qué dices, mamá! ¡Tengo que luchar! —reía Mitín—. ¡Os vais a quedar boquiabiertas! ¡Os llevaré a vivir a un palacio! Y el día que hizo el último examen, una berlina negra reluciente se plantó en la puerta. Se bajó… Marina. Varuca se quedó muda. Catalina, que salió del portal con el trapo, se quedó clavada. Marina bordeaba los cuarenta, pero parecía de revista: delgada, en traje caro, llena de oro. —¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola! —cantó, besando a Varuca en la mejilla—. ¿Dónde está…? Vio a Mitín. El chico estaba limpiándose las manos con un trapo, venía del granero. Marina se quedó fría. No dejaba de mirarlo. Al poco, se le llenaron los ojos de lágrimas. —Buenas tardes —dijo cortésmente Mitín—. ¿Tú eres… Marina? ¿La hermana? —La hermana… —repitió ella, como un eco—. Mamá, tenemos que hablar. Se sentaron en la casa. —Mamá… Lo tengo todo. Casa, dinero, marido… Menos hijos. Rompió a llorar, manchándose el rímel. —Hemos… lo hemos intentado todo. FIV… médicos… Nada. Mi marido se cabrea. Y yo… yo no puedo más. —¿A qué has venido, Marina? —preguntó Catalina en tono seco. Marina alzó la vista, bañada en lágrimas. —He venido… por mi hijo. —¿Tú estás loca? ¿Qué hijo? —¡No grites, mamá! —saltó Marina—. ¡Es mío! ¡Mío! ¡Yo lo parí! ¡Le voy a dar la mejor vida! ¡Tengo contactos! ¡Entra en cualquier universidad! ¡Le compramos un piso en Madrid! ¡Mi marido… él está de acuerdo! ¡Le conté todo! —¿Le contaste todo? —suspiró Varuca—. ¿Y le hablaste de nosotras? ¿De cómo me señalaban en el pueblo? ¿Del sufrimiento de Catalina? —¡Ay, lo de Catalina! —restó importancia Marino—. Se quedó en el pueblo, y ahí sigue. ¡Pero Mitín tiene la oportunidad de su vida! Mamá, ¡dámelo! Tú entonces me salvaste, gracias. ¡Ahora devuélveme a mi hijo! —¡No es un objeto para devolver! —gritó Varuca—. ¡Es mío! ¡Yo lo crié sin dormir, lo eduqué! ¡Yo… Entonces entró Mitín. Lo había escuchado todo. Pálido como la cera. —¿Mamá? ¿Cata? ¿De qué… de qué hablan? ¿Qué hijo? —¡Mitín! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre! ¿Me entiendes? ¡La tuya de verdad! Mitín la miró como un fantasma. Luego a Varuca. —Mamá… ¿es cierto? Varuca se tapó el rostro y se echó a llorar. Catalina estalló. La siempre callada Catalina se acercó a Marina y le dio un bofetón que la tiró contra la pared. —¡Mal bicho! —gritó Catalina, y ahí salió todo: años de humillaciones, su vida truncada, el dolor por su madre—. ¿Madre? ¡Tú nunca lo fuiste! ¡Lo abandonaste como a un perro! ¿Sabes que por tu culpa mamá tuvo que ir cabizbaja por el pueblo mientras todos se burlaban? ¿Sabes que yo… he acabado sola por “tu pecado”? ¡Sin hombre, sin hijos! ¡Y ahora quieres venirte aquí y llevártelo! —Cata, basta… —susurró Varuca. —¡No basta, mamá! ¡Ya está bien! —Catalina se giró hacia Mitín—. ¡Sí! ¡Esa es tu madre! ¡La que te endosó a mi madre para irse a la ciudad a buscarse la vida! Y esa —señaló a Varuca—, ¡tu abuela! ¡La que destrozó su vida por vosotras dos! Mitín guardó silencio. Mucho rato. Luego fue hacia Varuca, que lloraba, y se arrodilló ante ella, abrazándola. —Mamá… —susurró—. Mamá querida. Levantó la cabeza y miró a Marina, allí tirada tras el bofetón. —No tengo madre en Madrid —dijo en voz baja pero firme—. Mi madre es ella. Y mi hermana, Cata. Se levantó y tomó la mano de Catalina. —Y usted… tía, márchese. —¡Mitín! ¡Hijo! —lloriqueó Marina—. ¡Te daré todo! —Ya lo tengo todo —cortó Mitín—. Tengo una familia maravillosa. Y usted ya no tiene nada. *** Marina se marchó esa misma noche. Su marido, que vio toda la escena desde el coche, ni salió a saludar. Cuentan que al año la dejó. Encontró a otra que sí pudo darle un hijo. Marina se quedó sola, con su dinero y su “belleza”. Mitín no fue nunca a Madrid. Entró en la facultad provincial, a ingeniería. —Mamá, aquí hago falta. Hay que construirnos una casa nueva. ¿Y Catalina? Aquella noche, después de todo aquel grito, fue como si le quitasen un tapón. Revivió. Floreció, de repente, a los treinta y ocho. Empezó a fijarse en ella el mismo ingeniero del que murmuraban antaño. Un buen hombre, viudo. Varuca los miraba y lloraba. Pero ahora, de felicidad. El pecado, claro que existió. Pero un corazón de madre… cubre todo eso y mucho más.
A Violeta la juzgaron en el pueblo el mismo día en que la barriga empezó a asomar debajo de su jersey.
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016
La llave del 13 Llamó por la mañana y lo dijo como quien comenta una tontería: — ¿Te pasas? Hay que subir la bici. Yo solo no tengo ganas de liarme. Las palabras “¿te pasas?” y “no tengo ganas” sonaron juntas de un modo raro. Normalmente mi padre decía “hay que hacerlo” y “ya me apaño yo”. El hijo adulto, con canas ya en las sienes, se sorprendió buscando la trampa en aquella invitación, como en las conversaciones de antes. Pero esta vez no la había, solo una petición breve, y por eso resultó incómodo. Llegó a la hora de comer, subió al tercer piso y se entretuvo en el rellano hasta que la llave giró en la cerradura. La puerta se abrió enseguida, como si el padre estuviera esperando detrás. — Pasa. Quítate los zapatos —dijo el padre y se apartó. En el recibidor todo seguía en su sitio: la alfombrilla, la cómoda, los periódicos doblados con esmero. El padre tenía el mismo aspecto de siempre, solo que los hombros parecían más estrechos y, al remangarse, las manos le temblaron una fracción de segundo. — ¿Y la bici? —preguntó el hijo, para no preguntar otra cosa. — En el balcón. La he metido ahí para que no moleste. Pensé que podría apañarme solo, pero bueno… —el padre hizo un gesto con la mano y fue delante. El balcón estaba acristalado, pero frío, con cajas y botes. La bicicleta esperaba junto a la pared, tapada con una sábana vieja. El padre quitó la sábana con el mismo cuidado que si destapara algo importante, y rozó el cuadro suavemente con la palma. — Es la tuya —dijo—. ¿Te acuerdas? Te la compramos por tu cumpleaños. El hijo lo recordaba. Recordaba correr por el patio, las caídas, cómo el padre le levantaba en silencio, le sacudía la arena de las rodillas y comprobaba la cadena. Entonces el padre apenas elogiaba, pero miraba las cosas como si tuvieran vida y fuera responsable de ellas. — Las ruedas están flojas —notó el hijo. — Eso no es nada. Lo que cruje es el buje y el freno trasero no va. Ayer lo probé y hasta me dio un vuelco el corazón —el padre sonrió, pero la sonrisa se apagó rápido. Llevaron la bicicleta al cuarto donde el padre tenía su “taller”: no uno aparte, claro, sino un rincón en la habitación pequeña; una mesa junto a la ventana, alfombrilla, lámpara y una caja de herramientas. En la pared colgaban alicates, destornilladores, llaves, todo ordenado. El hijo lo registró sin querer, como siempre: el padre mantenía orden donde podía. — ¿Ves el vaso de trece? —preguntó el padre. El hijo abrió la caja. Las llaves estaban alineadas, menos la del trece, que no aparecía. — Aquí hay doce, catorce… de trece nada. El padre arqueó las cejas. — ¿Cómo que no? Si siempre… —calló, como si la palabra “siempre” pesara demasiado. El hijo revisó más herramientas, abrió el cajón. Entre tuercas, arandelas, cinta aislante y un trozo de lija, encontró la llave bajo unos guantes de goma. — Aquí está —dijo el hijo. El padre tomó la llave y la pesó un momento, comprobando su peso. — Así que la metí yo ahí… la memoria —dijo, resoplando—. Venga, pásame la bici. El hijo la tumbó, apoyando la pedalera sobre un trapo. El padre se agachó despacio, con mucho tiento, como si las rodillas pudieran fallarle. El hijo se dio cuenta y fingió no notarlo. — Primero quitamos la rueda —dijo el padre—. Tú sujétala, yo aflojo las tuercas. Agarró la llave, giró. La tuerca se resistía y el padre apretó los labios, tenso. El hijo cogió la llave y ayudó; la tuerca cedió. — Yo podía solo —murmuró el padre. — Era por… — Ya, ya. Aguanta, que no caiga. Trabajaron en silencio, con frases cortas: “sujeta”, “no tires”, “aquí”, “cuidado con la arandela”. El hijo pensó que así hasta era más fácil; cuando solo cuentan los gestos, no hay que adivinar lo que hay debajo. Dejaron la rueda en el suelo. El padre sacó el hinchador, comprobó la manguera, el mango desgastado. — La cámara estará entera. Solo está algo reseca —dijo el padre. El hijo estuvo a punto de preguntar cómo lo sabía, pero se calló. El padre siempre sonaba convencido, incluso cuando dudaba. Mientras el padre inflaba, el hijo revisaba el freno: las zapatas gastadas, el cable oxidado. — Habrá que cambiar el cable —dijo. — Cable… —el padre paró, se limpió la mano en el pantalón—. Tengo uno de repuesto por ahí. Rebuscó bajo la mesa, sacó una caja, luego otra. Cada una repleta de piezas, con las bolsitas rotuladas. El hijo lo observaba: no era solo orden, era la forma del padre de combatir el paso del tiempo. Si todo está apuntado y en su sitio, nada se escapa. — No lo veo —dijo el padre, cerrando la tapa con fastidio. — ¿Y en el trastero? —propuso el hijo. — El trastero es un desastre —dijo el padre, como quien confiesa una falta grave. El hijo sonrió. — ¿Tú, desastre? Eso sí que es novedad. El padre le lanzó una mirada reprobatoria, pero asomó un destello de gratitud por la broma. — Anda, mira tú. Yo sigo con esto… El trastero era minúsculo, lleno de cajas. El hijo encendió la luz, apartó bolsas. En la balda superior encontró un rollo de cable envuelto en periódico. — Lo tengo —avisó. — Ya sabía yo —respondió el padre. El hijo trajo el cable. El padre lo examinó, mirando los extremos. — Está bien. Solo faltan los terminales. Rebuscó de nuevo y sacó unos capuchones diminutos. — Vamos con el freno —indicó. El hijo sujetó el cuadro, el padre desatornilló la fijación. Los dedos del padre eran secos, agrietados, uñas cortas. El hijo recordó cuánto le habían impresionado de niño: fuertes, invulnerables. Ahora tenían otra fuerza: paciente, medida. — ¿Por qué me miras así? —preguntó el padre. — Pienso cómo te acuerdas de todo. El padre rió por lo bajo. — Me acuerdo. Lo que no sé es dónde dejo las llaves. Gracioso, ¿no? El hijo iba a responder “no tiene gracia”, pero entendió que no hablaba de reír, sino de miedo. — Es normal —dijo el hijo—. A mí también me pasa. El padre asintió breve, aceptando con ello no ser perfecto. Al desmontar el freno faltaba un muelle. El padre estuvo un rato mirando el hueco, después levantó la vista. — Ayer estuve trasteando, igual lo tiré. Busqué en el suelo y nada. — Busquemos otra vez —ofreció el hijo. Se arrodillaron y palparon el suelo, miraron bajo la mesa. El hijo encontró el muelle junto al zócalo, al pie de la silla. — Aquí está. El padre lo examinó de cerca. — Menos mal. Ya pensaba que… El hijo supo que iba a decir “ya pensaba que se me va del todo”. Pero no lo hizo. — ¿Quieres un té? —preguntó el padre, cerrando así la pausa. — Vale. En la cocina el padre puso el agua, sacó dos tazas. El hijo se sentó y observó el ir y venir tras la encimera. Los movimientos eran los de siempre, pero un poco más lentos. El padre sirvió el té, dejó delante una bandeja de galletas. — Come. Estás más delgado. El hijo iba a decir que no, que era la chaqueta, pero lo dejó. Aquella frase resumía todo lo que el padre sabía decir sobre el cariño. — ¿Y en el trabajo? —preguntó el padre. — Bien. Han cerrado un proyecto y empiezo otro. — Ajá. Lo importante es que paguen a tiempo. El hijo se rió. — Siempre tan realista. — ¿Y de qué crees que debería hablar? ¿De emociones? El hijo notó un tirón por dentro. No esperaba oír al padre pronunciar la palabra. — No sé —dijo, sincero. El padre se quedó callado, luego se cogió la taza con las dos manos. — Yo, mira… —empezó y se paró, como midiendo si era demasiado—. A veces pienso que vienes por cumplir. Pasas, te apuntas y te vas. El hijo dejó la taza. Quemaba, pero no apartó la mano. — ¿Y tú crees que me resulta fácil venir? Aquí todo… parece que soy niño otra vez. Y tú lo sabes todo mejor. El padre sonrió, sin malicia. — En realidad, aún creo que sé más. Costumbre. — Y, además —añadió el hijo, soltando el aire—, nunca preguntabas cómo estoy. De verdad. El padre miró la taza, buscando allí la salida. — Me daba miedo preguntar. Si preguntas, tienes que escuchar. Y… no siempre sé. El hijo sintió alivio, aunque fuera tan sencillo. El padre no decía “perdón”, ni explicaba. Solo admitía que no sabía. Y eso era más cierto que cualquier discurso. — Yo tampoco sé. El padre asintió. — Pues a aprender. Empezamos por la bicicleta —añadió, irónico, como sorprendiéndose a sí mismo. Terminaron el té y volvieron al cuarto. La bicicleta, la rueda, el cable sobre la mesa. El padre retomó la faena con renovada energía. — Haz una cosa: tú pasa el cable, yo ajusto las zapatas. El hijo obedeció, metiendo el cable. Sus dedos eran menos hábiles que los paternos, y se fastidió consigo mismo. El padre lo notó. — No corras. No hace falta fuerza, sino paciencia. El hijo lo miró. — ¿Me hablas del cable o de todo? — De todo —respondió el padre, volviéndose. Ajustaron las zapatas, apretaron las tuercas. El padre apretó varias veces la maneta, comprobó el recorrido. — Mucho mejor. El hijo infló el neumático, asegurándose de que no fugaba. Aguantaba bien. Montaron la rueda, apretaron todo. El padre pidió la llave del trece y el hijo la pasó en silencio. La llave encajó en la mano del padre como una prolongación natural. — Listo —dijo el padre—. Vamos a probarla. Bajaron la bici al portal. El padre llevaba el manillar, el hijo al lado. Había poca gente; una vecina con la bolsa asintió al pasar. — Sube y prueba —dijo el padre. — ¿Yo? — ¿Quién si no? Yo ya no estoy para acrobacias. El hijo se montó. El sillín, bajo como cuando era niño; las rodillas muy arriba. Dio un par de vueltas a la jardinera y frenó. Respondió perfecto. — Funciona —anunció al bajarse. El padre probó a rodar un poco, lento. Se detuvo y apoyó el pie. — Bien. No hemos estado de más. El hijo lo miraba y supo que no hablaba de la bicicleta. Hablaba de haberle llamado. — Déjate aquí el juego de llaves —soltó el padre—. Este… —señaló las herramientas—. Me valen las que tengo. A ti te servirán. Siempre lo haces tú todo. El hijo iba a objetar, pero reconoció ese idioma: no “te quiero”, sino “llévatelo, así es más fácil para ti”. — Vale, me lo llevo. Pero la del trece no la pierdas. Es la importante. El padre sonrió. — Ahora la guardo en su sitio. Subieron. El hijo se puso la chaqueta en el vestíbulo. El padre no se apresuraba. — ¿Te pasarás la semana que viene? —preguntó, como de pasada—. Tengo que engrasar la puerta del altillo. Ahora… las manos. Lo dijo sin justificaciones. Y el hijo oyó, por fin, una invitación real. — Iré. Llámame con tiempo, para no llegar corriendo. El padre asintió. Ya casi cerrando la puerta, murmuró: — Gracias por venir. El hijo bajó las escaleras con el puñado de llaves y destornilladores envueltos en un paño. Pesaban, pero no molestaban. En la calle miró hacia el tercer piso. La cortina se movió, como si el padre mirase desde allí. No saludó. Solo siguió hacia el coche, sabiendo que podía volver no solo “por hacer”, sino por ese hacer que ahora ambos entendían como importante.
La llave del 13 Llamó temprano, con esa voz que disimula lo importante: ¿Te pasas por aquí?
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