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0142
Mi cuñada se fue de vacaciones a la playa mientras nosotros reformábamos la casa, y ahora quiere vivir cómodamente en nuestro lado recién renovado
Mi cuñada se fue de vacaciones a una costa de moda mientras nosotros estábamos enfrascados en plenas
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012
Cuando amas de verdad, pierdes la razón
15 de octubre Hoy vuelvo a sentir cómo el amor verdadero puede nublar la razón. Juan me sugiere que dejemos
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0297
Mientras mis hijos y nietos viven apretados en un piso pequeño, los padres de mi yerno disfrutan la vida en un apartamento amplio
Mientras los niños y nietos viven apiñados en un pisito de Madrid, los padres de mi yerno disfrutan la
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016
¿Compraron un piso para su hija mayor? ¡Entonces, vengan a vivir con ella! – afirmó Federico a sus padres.
15 de noviembre de 2025 Querido diario, Hoy la discusión familiar volvió a estallar en el piso de mis
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030
El hijo menor. Un relato cautivador.
¿Qué tal, amiga? Déjame contarte la historia de Clara y su familia, que siempre me ha parecido de cine.
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010
Momento para Cuidarte a Ti Mismo
Tiempo para mí Mi despertador suena a las seis y media, aunque podría levantarme más tarde.
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045
Los padres de mi esposo llegaron de visita por tres días. El problema es que su hijo ya no vive aquí desde hace tiempo.
Querido diario, Hoy la casa se ha convertido en escenario de una visita que nunca supe cómo recibir.
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0149
Ana nunca confió en su marido
Ana nunca confiaba en su marido, así que siempre había aprendido a valerse por sí misma. Esa era la norma
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020
El trastero y las escalas No fue a rebuscar recuerdos en el trastero, sino el bote de pepinillos en vinagre para la ensaladilla. En la balda de arriba, tras la caja de guirnaldas navideñas, asomaba la esquina de una funda que, en teoría, ya no debería existir en su piso. La tela se había oscurecido, la cremallera se trababa. Tiró suavemente y de la penumbra salió el cuerpo largo y estrecho de un estuche como una sombra estirada. Dejó el bote sobre el taburete junto a la puerta, por si acaso, y se acuclilló en el suelo, casi como si así fuera más fácil no decidir. La cremallera cedió al tercer intento. Dentro descansaba un violín. El barniz, apagado en algunos puntos; las cuerdas, flácidas; el arco, como una escoba vieja. Pero la forma era inconfundible, y algo en su pecho hizo clic, como un interruptor. Recordó cómo en tercero de la ESO cargaba con aquel estuche por todo el barrio, avergonzada de parecer ridícula. Luego vinieron el instituto, el trabajo, la boda y, un día, dejó de ir al conservatorio porque tenía que apañarse en otra vida. El violín pasó a guardar en casa de sus padres; luego se mudó junto con sus cosas, y ahora reposaba allí, en el trastero, entre bolsas y cajas. No estaba ofendido, simplemente olvidado. Levantó el instrumento con cautela, temiendo que se deshiciera. La madera estaba tibia al tacto, aunque en el trastero refrescaba. Los dedos recordaron el mástil solos, y enseguida sintió vergüenza: la mano no sabía cómo sujetarlo, como si fuera un objeto ajeno, cogido sin permiso. En la cocina el agua empezaba a hervir. Se incorporó, cerró el trastero, pero no devolvió el estuche. Lo apoyó en el pasillo contra la pared y fue a apagar el fuego. La ensaladilla podría hacerse sin pepinillos. Se sorprendió pistándose ya en busca de una disculpa. Por la noche, con la vajilla lavada y solo migas en la mesa, llevó el estuche al salón. El marido frente al televisor, cambiando canales, sin prestar atención. Él levantó la vista. —¿Qué has encontrado ahí? —El violín —dijo, y a ella misma le sorprendió su tono sosegado. —Ah. ¿Sigue vivo? —sonrió él, sin malicia, con esa ironía casera de siempre. —No sé. Ahora lo sabré. Abrió el estuche sobre el sofá, poniendo una toalla vieja bajo él para no arañar la tapicería. Sacó el violín, el arco y la cajita de resina. La resina estaba cuarteada, como el hielo en un charco. Pasó el arco por encima; las cerdas apenas se enganchaban. Afinar fue toda una humillación. Los clavijas giraban a trompicones, las cuerdas chirriaban, una se rompió de golpe y le pegó en el dedo. Maldijo en voz baja para que no escucharan los vecinos. El marido soltó un resoplido. —Igual te hace falta un luthier —comentó. —Puede ser —asintió, aunque por dentro le hervía una rabia sorda: no contra él, contra sí misma por no saber ni afinar. En el móvil encontró una app de afinador y la dejó en la mesa del salón. La pantalla mostraba letras y la flecha saltaba. Giró las clavijas, escuchando cómo el sonido se iba y venía, demasiado grave o demasiado agudo. El hombro empezó a doler, los dedos se cansaban del esfuerzo. Por fin las cuerdas dejaron de sonar a cable telefónico. Levantó el violín al mentón; el apoyamentón estaba frío y sintió la piel de la garganta más fina de repente. Trató de cuadrar la espalda como le enseñaron, pero no colaboraba. Se rió de sí misma. —¿Vas a darnos un concierto? —preguntó él sin apartar la vista del televisor. —Para ti —respondió—. ¡Aguanta! El primer sonido fue tan crudo que ella misma se sobresaltó. No era nota sino queja. El arco temblaba, la mano no iba recta. Paró, inhaló y lo intentó de nuevo. Un poco mejor, pero igual de vergonzoso. Era una vergüenza adulta, distinta. No la del adolescente que cree que el mundo entero le mira. Aquí no miraba el mundo. Solo miraban las paredes, el marido y las manos propias, ajenas de repente. Tocó las cuerdas al aire, como en la infancia, contando despacio. Luego intentó la escala de re mayor, y los dedos de la izquierda ya no encontraban el sitio. Eran más gruesos que antaño, sin callos, solo un tacto blando. —Tranquila —dijo de pronto el marido—. No se aprende sobre la marcha. Asintió, preguntándose para quién era ese «tranquila». ¿Para él, para ella, para el violín? Al día siguiente fue a la tienda de música junto al metro. Nada romántico: puerta de cristal, mostrador, guitarras y violines en la pared, olor a barniz y polvo. El luthier, un chico joven con pendiente, cogió el instrumento con la soltura de quien maneja una herramienta más. —Las cuerdas hay que cambiarlas —dijo—. Engrasar clavijas, poner el puente recto. El arco pediría rehilar, pero eso cuesta. Escuchó «cuesta» y se tensó. Le vinieron a la cabeza recibos, medicinas, el regalo para la nieta. Casi balbuceó «déjalo», pero preguntó: —¿Y si solo cambiamos cuerdas y puente? —Se puede. Sonará. Dejó el violín y guardó el recibo en la cartera. Al salir le pareció que había dejado en reparación no una cosa sino un trozo suyo que debía devolverse funcionando. En casa encendió el portátil y buscó «clases de violín para adultos». Se rió por dentro con la fórmula. Adultos. Como si fueran una especie aparte a la que explicarlo despacio y suave. Encontró varios anuncios. Unos prometían «resultado en un mes»; otros, «trato personalizado». Cerró las páginas porque le angustiaban las palabras; luego volvió y, vencida la duda, escribió a una profesora del barrio: «Hola. Tengo 52 años. Me gustaría recuperar la técnica. ¿Es posible?» Al enviar el mensaje se arrepintió enseguida. Quiso borrarlo, como si fuera confesión de debilidad. Pero el mensaje ya volaba. Por la tarde vino el hijo. Entró en la cocina, le dio un beso en la mejilla, preguntó por el trabajo. Ella puso agua a hervir y sacó galletas. El hijo vio el estuche junto al sofá. —¿Es un violín? —preguntó, genuinamente sorprendido. —Sí. Apareció. Estoy pensando… en probarlo. —Mamá, ¿vas en serio? —sonrió, más perplejo que burlón—. Pero si… bueno, hace mucho. —Mucho —admitió ella—. Por eso quiero. Él se sentó, giró la galleta entre los dedos. —¿Y para qué lo haces? Con lo cansada que andas… Sintió el instinto antiguo de justificarse, de explicar, de reclamar derecho. Pero las explicaciones siempre suenan tristes. —No sé —respondió sinceramente—. Solo quiero. El hijo la miró de otra manera, como si por primera vez viera a la mujer detrás de la madre que sostiene todo. —Vale —concedió—. Pero no te agobies. Y piensa en los vecinos… Ella rió. —Los vecinos sobreviven. Ya tocaré de día. Cuando se fue, se notó más ligera. No porque él le diera permiso, sino porque no tuvo que justificarse. Dos días después recogió el violín del luthier. Las cuerdas brillaban y el puente estaba recto. El chico le explicó cómo tensarlas, cómo guardar el instrumento. —No lo acerque al radiador —advirtió—. Y siempre en la funda. Asintió como alumna. En casa dejó el estuche en la silla, lo abrió y se limitó a contemplar el violín, temiendo estropearlo de nuevo. El primer ejercicio fue el más básico: arcos largos en cuerdas al aire. De niña parecía un castigo tedioso. Ahora era salvación. Sin melodía, sin juicio. Solo sonido y el intento de que fluya recto. A los diez minutos le dolía el hombro. A los quince, el cuello. Paró, metió el violín en la funda y cerró la cremallera. Dentro ardía la rabia: al cuerpo, la edad, a que todo cueste más. Fue a la cocina, bebió agua y se quedó mirando la ventana. En el parque, adolescentes en patinete, riendo alto. Les envidió, no por la juventud sino por el descaro. Se caían, se levantaban y nadie pensaba que era tarde para aprender el equilibrio. Regresó, abrió la funda de nuevo. No porque debiera, sino porque no quería acabar enfadada. La respuesta de la profesora llegó al caer la tarde: «Hola. Por supuesto que es posible. Venga cuando quiera, empezamos por la postura y ejercicios básicos. La edad no es problema, pero hay que tener paciencia». Leyó dos veces. «Paciencia» era honesto, y eso la calmó. Al primer día de clase fue con el estuche en brazos, como si llevara algo frágil y precioso. En el metro la gente miraba; algunos sonreían. Ella aceptaba las miradas y pensaba: que miren, da igual. La profesora era una mujer baja, cuarentona, pelo corto y mirada atenta. En la sala había piano, partituras en la estantería, y una violín de niño en la banqueta. —Vamos a ver —pidió la profesora y le indicó que tomara el instrumento. Ella lo cogió y en seguida notó que lo sujetaba mal. El hombro subía, la barbilla apretaba, la mano izquierda rígida. —No pasa nada —tranquilizó la profesora—. Si no ha tocado… Empecemos por estar quietas, sentir que el violín no es enemigo. Le hizo gracia y algo de vergüenza: a los cincuenta y dos, aprender a tomar el violín desde el principio. Pero también era un alivio. Nadie exigía que fuera buena. Solo le pedían estar presente. Al volver le temblaban las manos. La profesora le dio deberes: diez minutos diarios de cuerdas al aire, luego alguna escala, sin pasarse. «Mejor poco y constante», dijo. En casa el marido preguntó: —¿Qué tal? —Cuesta —respondió—. Pero bien. —¿Te hace feliz? Se lo pensó. Feliz no era. Era angustioso, tonto, vergonzoso y, sin embargo, luminoso. —Sí —dijo—. Es como si por fin hiciera algo con las manos, no solo trabajar y cocinar. Una semana después se atrevió con una melodía que recordaba de niña. Sacó las notas de internet, las imprimió en el trabajo y escondió entre papeles para que no la interroguen los compañeros. En casa colocó las hojas en un atril improvisado de libros y cajas. El sonido aún era flojo; el arco rozaba otra cuerda, los dedos fallaban. Paraba, volvía al inicio. El marido asomó: —Suena… bonito —susurró, como temiendo romper la magia. —No digas mentiras —respondió ella. —No miento. Suena… familiar. Sonrió. «Familiar» era casi un cumplido. El fin de semana vino la nieta, de seis años, que vio enseguida el estuche: —¿Eso qué es, abuela? —Un violín. —¿Tú sabes? Pensó decir «antes sí», pero la nieta no entendía el «antes». Para ella solo existe el ahora. —Estoy aprendiendo —dijo. La nieta se sentó en el sofá, manos en el regazo, como en el colegio. —Toca algo. Sintió el pánico. Tocar ante una niña era más difícil; la niña escucha con sinceridad. —Bueno —accedió y agarró el violín. Tocó la melodía estudiada esa semana. Al tercer compás el arco patinó, sonó agudo. La nieta, imperturbable, ladeó la cabeza: —¿Por qué suena chillón? —Porque abuela lleva torcido el arco —explicó y se rio. La nieta también rio. —Toca otra vez —pidió. Y volvió a tocar. No salió mejor, pero esta vez no se frenó por vergüenza. Simplemente llegó hasta el final. Por la noche, ya sola en la habitación, sobre la mesa las partituras y al lado el lápiz con el que marcaba los compases difíciles. El violín guardado, el estuche cerrado, pero sin volver al trastero; permanecía apoyado en la pared, recordándole que era parte ahora de su rutina. Programó el móvil para diez minutos. No para obligarse, sino para no quemarse. Abrió la funda, sacó el violín, comprobó la resina y tensó el arco. Levantó el instrumento al mentón y respiró. El sonido fue más suave que por la mañana. Luego falló otra vez. No maldijo. Solo corrigió la mano y siguió, estirando el arco y escuchando cómo la nota se mantenía y vibraba. Cuando sonó el aviso del móvil, no bajó las manos de inmediato. Acabó el arco, guardó con mimo el violín y cerró la cremallera. Luego volvió a colocar el estuche junto a la pared, no al trastero. Sabía que mañana sería igual: algo de vergüenza, algo de cansancio, algunos segunditos limpios por los que merece abrir el estuche. Con eso bastaba para seguir.
Trastero y escalas Recuerdo aquella tarde en la que entré al trastero no buscando recuerdos, sino el
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05
Tenía ocho años cuando mi madre se marchó de casa. Salió hasta la esquina, tomó un taxi y nunca volvió. Mi hermano tenía cinco. Desde entonces, todo cambió en nuestro hogar. Mi padre comenzó a hacer cosas que jamás había hecho: levantarse temprano para preparar el desayuno, aprender a lavar la ropa, planchar los uniformes, peinarnos torpemente antes de ir al colegio. Veía cómo se equivocaba con las medidas del arroz, cómo se le quemaba la comida, cómo olvidaba separar la ropa blanca de la de color. Y a pesar de todo, nunca permitió que nos faltara nada. Volvía cansado del trabajo y se sentaba a revisar los deberes, firmar los cuadernos, preparar las meriendas del día siguiente. Mi madre nunca regresó a visitarnos. Mi padre nunca llevó otra mujer a casa. Nunca presentó a nadie como su pareja. Sabíamos que salía, que a veces volvía tarde, pero su vida personal se quedaba fuera de las paredes de nuestro hogar. En casa éramos solo mi hermano y yo. Nunca le oí decir que se había enamorado de nuevo. Su rutina era trabajar, regresar, cocinar, lavar, dormir y repetir. Los fines de semana nos llevaba al parque, al río, al centro comercial – aunque fuera solo a mirar escaparates. Aprendió a hacer trenzas, a coser botones, a preparar almuerzos. Cuando había fiestas en el colegio y necesitábamos disfraces, los hacía con cartón y telas viejas. Jamás se quejaba. Nunca decía: “Esto no es mi tarea”. Hace un año, mi padre se fue con Dios. Fue rápido. No hubo tiempo para despedidas largas. Al ordenar sus cosas, encontré viejas libretas donde anotaba los gastos de casa, fechas importantes, notas como “paga la matrícula”, “compra zapatos”, “lleva a la niña al médico”. No encontré cartas de amor, fotos con otra mujer, ni huellas de una vida romántica. Solo rastros de alguien que vivió para sus hijos. Desde que no está, una pregunta me persigue: ¿fue feliz? Mi madre se marchó en busca de su propia felicidad. Mi padre se quedó y parece que renunció a la suya. Nunca volvió a formar una familia. Nunca tuvo un hogar con pareja. Nunca fue prioridad para nadie, excepto para nosotros. Hoy sé que tuve un padre extraordinario. Pero también comprendo que fue un hombre que se quedó solo para que nosotros no lo estuviésemos. Y eso pesa. Porque ahora que él ya no está, no sé si alguna vez recibió el amor que merecía.
Tenía ocho años cuando mi madre se marchó de casa. Salió a la calle, tomó un taxi en la Gran Vía y nunca regresó.
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