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08
Divorcio implacable: la historia de Olga y Arcadio
Madrid, 12 de septiembre Hoy vuelvo a la oficina después de tres semanas de ausencia y, al cruzar la
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024
¿FAMILIA?
¡Dile a Carlos que venga ya! exclamó la hija, la voz quebrada. Los tres niños están con fiebre, están llorando.
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014
“Perdóname, hijo, esta noche no habrá cena”, gritó la madre… Un millonario escuchó: —Mamá… tengo hambre. Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía apenas cuatro años, pero su estómago ya entendía una lengua que ningún niño debería aprender nunca: ese vacío que ni las promesas logran calmar. Le acariciaba el pelo con una mano, mientras con la otra sostenía una bolsa casi ridícula de pequeña, llena de botellas de plástico vacías recogidas durante el día. —Pronto comeremos algo, mi amor —murmuró. Pero la mentira le raspaba la garganta. Esa semana había mentido demasiado. No por costumbre, sino por necesidad. Porque contarle la verdad a un hijo sería como arrojarlo al suelo sin colchón. El supermercado resplandecía con luces de Navidad, guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carros llenos. Olía a pan recién hecho y canela, algo que para Lucía era puro lujo. Madrid brillaba aquella noche, como si la ciudad se vistiera de gala… pero ella caminaba con zapatos gastados, atenta a cada paso, para que Mateo no percibiera el miedo. Mateo se detuvo frente a una montaña de roscón envuelta en papel brillante. —¿Compramos uno este año? Como el año pasado con la abuela… El año pasado. Lucía sintió un latigazo en el pecho. El año pasado, su madre estaba viva. El año pasado tenía un trabajo estable limpiando casas, y aunque apenas le alcanzaba, al menos había mesa. Al menos había techo y no el vaho de las ventanas de un coche prestado donde dormían desde hacía dos semanas. —No, cariño… este año no. —¿Por qué? Porque el mundo puede romperse sin avisar. Porque la fiebre de tu hijo pesa más que cualquier turno de limpieza. Porque un jefe te despide por faltar una sola vez, aunque ese día tu hijo arda entre tus brazos en la sala de hospital. Porque el alquiler no espera, ni la comida, ni el dolor. Lucía tragó y se obligó a sonreír. —Porque hoy haremos otra cosa. Ven, ayúdame con las botellas. Pasaron por pasillos donde todo parecía decir “sí” y, al tiempo, “esto no es para ti”. Refrescos, galletas, chocolate, juguetes. Mateo miraba todo con ojos enormes. —¿Puedo tomar zumo hoy? —No, cariño. —¿Y galletas? Galletas de chocolate… —No. —¿Y las simples…? Lucía contestó más duro de lo que quería y vio cómo el rostro de Mateo se apagaba, como una pequeña luz que se rinde. Su corazón se rompió otra vez. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón sin dejar de existir? Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía metió una botella, luego otra. Sonidos metálicos, números que subían despacio. Diez botellas. Diez pequeñísimas oportunidades. La máquina soltó un cupón. Veinticinco céntimos. Lucía lo miró como si se burlara. Veinticinco. En Nochebuena. Mateo tiraba de su mano con esperanza dolorosa. —Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucha hambre. Lucía sintió su resistencia rendirse. Hasta ahí, se había aferrado al mundo con dientes, pero la mirada confiada de su hijo la desarmó. No podía mentirle más. No esa noche. Lo llevó a la frutería. Las manzanas brillaban, las naranjas perfectas, los tomates como joyas. Rodeada de abundancia ajena, Lucía se arrodilló frente a Mateo y tomó sus manitas. —Mateo… mamá tiene que decirte algo muy difícil. —¿Qué pasa, mami? ¿Por qué lloras? Lucía ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba. Las lágrimas bajaban solas, como si su cuerpo supiera antes que ella que ya no podía seguir. —Hijo… perdóname. Este año… no hay cena. Mateo frunció el ceño, sin entender. —¿No vamos a cenar? —No tenemos dinero, mi amor. No tenemos casa. Dormimos en el coche… y mamá ha perdido su trabajo. Mateo miró la comida alrededor, como si el mundo lo traicionara. —Pero aquí hay comida. —Sí, pero no es nuestra. Entonces Mateo lloró. No gritos, sino ese llanto callado que duele más que cualquier berrinche. Sus hombros temblaban. Lucía lo abrazó desesperada, como si apretarlo fuerte bastara para obrar un milagro. —Perdóname… perdóname por no poderte dar más. —Disculpe, señora. Lucía alzó la mirada. Un guardia de seguridad la observaba incómodo, como si la pobreza manchara el suelo. —Si no va a comprar nada, debe marcharse. Está molestando a los clientes. Lucía se secó la cara rápido, avergonzada. —Ya nos vamos… —Ahora, señora, por favor… ya se lo he dicho una vez. La voz llegó desde atrás, firme y serena. Lucía se giró y vio a un hombre alto, traje oscuro, canas en las sienes. El carro vacío, presencia imponente. Miró al guardia sin levantar la voz, pero con una autoridad que forzó su retirada. —Son mi familia. He venido a buscarlos para hacer la compra juntos. El guardia vaciló, miró la ropa ajada de Lucía, al niño hambriento, al hombre impecable… y acabó cediendo. —Disculpe, señor. Lucía quedó inmóvil, sin saber si agradecer o huir. —No sé quién es usted —dijo ella, incorporándose—, y no necesitamos… —Sí, sí lo necesitan. No sonaba cruel, sino sincero. La miró directo a los ojos. —Les he oído. Y nadie debería pasar hambre en Navidad. Menos un niño. Se agachó a la altura de Mateo, sonrisa cálida. —Hola. Me llamo Sebastián. Mateo se escondió tras la pierna de su madre, pero miró de reojo. —¿Cómo te llamas tú? Silencio. Sebastián no insistió. Solo preguntó: —Dime… si pudieras cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué sería? Mateo miró a Lucía, buscando permiso. No entendía, pero en los ojos del hombre no había burla ni lástima sucia ni curiosidad hiriente. Solo humanidad. —Puedes contestar, amor —susurró Lucía. —Albóndigas rebozadas… con puré de patatas —dijo Mateo casi sin voz. Sebastián asintió como si le encargaran la orden más importante del mundo. —Perfecto. Es mi cena favorita. Ven, ayúdame. Y comenzó a empujar el carro. Lucía lo siguió, el corazón galopando en las costillas, esperando el truco, la condición, la humillación escondida. No llegó. Sebastián llenó el carro de carne, patatas, pan rallado, ensalada, zumo y fruta. Todo lo que Mateo señalaba, Sebastián lo añadía sin contar, sin suspiro, sin mirar el precio. En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio la suma y se mareó: era más de lo que había ganado en dos semanas trabajando. —No podemos aceptarlo —intentó decir ella, temblando. Sebastián la miró serio. —Eso que le dijiste a tu hijo… nadie debería tener que decirlo. Déjame hacerlo, por favor. En el aparcamiento, Lucía se dirigió al viejo Renault de la señora Paz. El coche parecía más triste junto al Mercedes negro de Sebastián. Él lo entendió todo en una mirada: la miseria en el asiento trasero, la manta, la bolsa con ropa. —¿Dónde van después? —preguntó. El silencio cayó. —A ningún sitio —admitió Lucía por fin—. Dormimos aquí. Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó una mano por el pelo, como si la realidad le pesara de golpe. —Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Vengan a cenar conmigo. Después… ya veremos. Pero esta noche no dormirán en el coche. Le entregó una tarjeta: Hotel Emperador. Lucía la sostuvo como si quemara. Cuando Sebastián se fue, Mateo tiró de la ropa de su madre. —Vamos, mamá. Cenaremos albóndigas. Lucía miró a su hijo, al coche, a la tarjeta. No tenía opción. Y sin saberlo, al aceptar esa cena también abría una gran puerta… una que podía salvarles o destrozarles, si todo era solo una ilusión. El restaurante era otro mundo: manteles blancos, luz cálida, música suave, flores frescas. Mateo no soltó nunca la mano de su madre. Lucía, con ropa gastada, sentía que todos la miraban aunque nadie lo hiciera realmente. —Son mis invitados —dijo Sebastián al camarero—. Pidan lo que quieran. Al principio, Mateo comía despacio, temiendo que le quitaran el plato. Luego más rápido, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía lo veía con la garganta cerrada: que su hijo dijera “lo más delicioso que he probado” era una tragedia disfrazada de frase bonita. Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas simples, preguntó a Mateo por dinosaurios. El niño sacó de su bolsillo un pequeño tyrannosaurus rex de plástico, arañado y viejo. —Se llama Rex —dijo orgulloso—. Me protege cuando duermo. Sebastián lo miró con tristeza contenida. —Los tyrannosaurus son los más fuertes —contestó. Más tarde, cuando Mateo tenía ya chocolate en la cara, Sebastián preguntó con respeto: —Lucía… ¿cómo han llegado a esto? Y Lucía contó su historia. La madre muerta. Los trabajos perdidos. El hospital. El desahucio. El padre que se marchó cuando Mateo era bebé sin volver jamás. Sebastián escuchó sin interrumpir, como si cada palabra le confirmase algo. —En mi hotel necesito personal de limpieza —dijo por fin—. Contrato legal, horario fijo, todo en regla. Hay pequeños pisos para empleados. Son modestos, pero dignos. Lucía lo miró con recelo; la esperanza también da miedo. —¿Por qué lo hace? —Porque necesito trabajadores —respondió—. Y porque ningún niño debería vivir en un coche. Al día siguiente, Lucía volvió. La encargada, Patricia Méndez, hizo una entrevista normal, sin sensacionalismos. Tres días después, Lucía y Mateo entraron por primera vez en un piso con ventanas de verdad. Mateo corrió por las habitaciones como quien descubre un planeta nuevo. —¿Es nuestro, mamá? ¿De verdad? —Sí, cariño… es nuestro. La primera noche, Mateo durmió en cama… pero se despertó varias veces llorando, asegurándose de que su madre seguía allí. Lucía encontró galletas escondidas bajo su almohada. Su hijo acumulaba comida por si el hambre volvía. Y entendió que la pobreza no desaparece al cambiar de casa: queda dentro por un tiempo, como murmullo de fondo. Sebastián aparecía de vez en cuando. Llevaba libros, charlaba con Mateo, jugaba fútbol en el parque. Y un día, por el cumpleaños, llevó una tarta gigante en forma de dinosaurio. Mateo pidió un deseo en voz alta y sin vergüenza: —Quiero que el tío Sebas se quede para siempre. Que nunca se vaya. Sebastián se arrodilló, ojos húmedos. —Haré todo lo posible, te lo prometo. El problema surgió con un cotilleo en el edificio… y llegó a la persona equivocada. Roberto, el padre biológico, apareció un martes en el vestíbulo, olía a cerveza y llevaba una sonrisa falsa. —Vengo a ver a mi hijo —dijo—. Tengo derecho. Lucía sintió que le faltaba el aire. Sebastián se alzó como muro delante de ella. Roberto gritó, amenazó, prometió juicios. Y llevó a cabo: llegaron papeles solicitando visitas, custodia compartida. Lucía era “una mujer en circunstancias discutibles”. Sebastián, el “empresario”, confundía al niño. Todo sonaba elegante. Todo era veneno. La primera visita supervisada fue un desastre. Mateo no soltó la pierna de Sebastián. Roberto intentó cogerlo, Mateo chilló. Esa noche el niño tuvo pesadillas. Lloró, temiendo que lo llevaran lejos, que no volviera a ver a su madre, que perdiera a “papá Sebas”. —Yo también quiero ser tu padre —confesó Sebastián al amanecer, sentado en la cama del niño—. Más que nada. —Entonces… ¿por qué no puedes? No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil. El abogado fue claro: como matrimonio, Sebastián podría comenzar la adopción. La familia parecería estable ante el juez. El miedo de Lucía era inmenso, pero la verdad ya estaba ahí, creciendo silenciosa desde hacía meses: Sebastián no estaba por compromiso. Se quedaba por amor. —No sería mentira —dijo una tarde, voz temblorosa—. Me enamoré viéndote ser madre. Y de él… porque es imposible no hacerlo. Lucía, tras años sobreviviendo sin dejarse soñar, dijo “sí” con lágrimas que no eran derrota, sino algo nuevo: alivio. La boda fue sencilla. Civil. Patricia de testigo. Mateo, con traje corto, llevó los anillos serio, custodiando un tesoro. —¡Ahora somos una familia de verdad! —gritó el niño al declararlos marido y mujer, y todos rieron entre lágrimas. La audiencia fue la revelación. Roberto, de traje, se hizo pasar por víctima. Sebastián habló de aquella Nochebuena en el supermercado, de Lucía pidiendo perdón por no cenar, de cómo no podía mirar hacia otro lado. Lucía relató cuatro años de ausencia y silencio. El juez miró todo. Papeles, cartas, partes médicos donde Roberto nunca aparece. Testimonios del colegio, del hotel, vídeos de rutinas: cenas, risas, desayunos. Y pidió hablar a solas con Mateo. Lucía casi se desmayó de miedo. En el despacho, le dieron zumo y galletas. Mateo respondió con la sencillez más pura: —Antes vivíamos en un coche y no era bonito. Ahora tengo mi cuarto. Hay comida. Mamá se ríe. —¿Quién es tu papá? —preguntó el juez. Mateo no dudó. —Sebas. Mi papá es Sebas. El otro señor… No le conozco. Él hace llorar a mamá. Y no quiero que mamá llore más. Cuando el juez dictó sentencia, todo quedó en suspenso. Custodia total para Lucía. Visitas supervisadas solo si el niño las deseaba, y por tiempo limitado. Permiso a Sebastián para iniciar la adopción. Roberto salió enfadado, lanzando amenazas en el eco del vestíbulo. No regresó jamás. Nunca pidió visita. No quería un hijo. Quería control, ventaja, dinero. Al no obtenerlo, se esfumó. En la escalinata del juzgado, Mateo entre sus dos padres, en una abrazo donde al fin ya no cabía el miedo. —¿Entonces… puedo quedarme contigo para siempre? —preguntó. —Para siempre —dijeron ambos. Meses después, llegó el certificado de adopción, sellos oficiales que solo confirmaban lo que el corazón sabía. Mateo Romero Ortiz. Sebastián lo enmarcó y colgó en la pared como medalla de la batalla más importante. Cambiaron el piso por una casa con jardín. Mateo eligió su cuarto y colocó a Rex en lugar especial, aunque a veces lo traía “por si acaso”. No por dudar de su familia, sino porque el niño que fue no se ha ido del todo: apenas empieza a aprender que la seguridad también puede ser real. Un sábado, Sebastián sugirió ir al supermercado. El mismo de Nochebuena. Entraron de la mano. Mateo, saltarín, eligió naranjas, manzanas y cereales de dinosaurio para la caja. Lucía lo miró y sintió que el pecho se le llenaba de algo que creía imposible: tranquilidad. En la frutería, Mateo se detuvo donde ella había llorado meses antes. Tocó una manzana, la puso con mimo en el carro y presumió: —Para nuestra casa. Lucía pestañeó para contener el llanto. Sebastián le apretó la mano. No dijeron nada, porque a veces lo más grande no se dice: se respira. Aquella noche, los tres compartieron la mesa. Mateo contó chistes malos del jardín, Sebastián fingió que eran los mejores del mundo, Lucía reía de corazón, como sólo se ríe cuando el cuerpo ya no está en guardia. Luego, como siempre, Sebastián leyó cuentos. Tres. Mateo se durmió en el segundo, con Rex tranquilo en el pecho. Lucía se quedó un rato en el umbral. Pensó en la mujer que fue: la que pedía perdón por no cenar, la que dormía en un coche prestado, la que creía que vivir era solo resistir. Y entendió algo que no sale en los papeles ni en los autos judiciales: a veces, en el instante más oscuro, un acto de humanidad puede desencadenar una cadena de milagros. No milagros de películas. Milagros verdaderos. Un trabajo. Un techo. Pan recién hecho. Cuentos al dormir. Una mano extendida. Y, sobre todo, un niño que ya no tiene hambre… ni miedo… porque al fin tiene lo que siempre mereció: una familia que nunca se irá.
«Perdóname, hijo, esta noche no hay cena», gritó mi madre una vez Un hombre adinerado escuchó.
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017
Igor no regresó de sus vacaciones: el marido de Ludmila desaparece durante un viaje al Mediterráneo, el silencio de la policía y la amarga verdad tras su inesperado regreso en la España de los años ochenta
¿Y tu marido, aún sin dar señales de vida? Nada, Carmen, ni ha escrito ni ha llamado, ni al novenario
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023
— ¡¡Pero qué harta me tienes!!!… Que si como mal…, que si visto fatal…, que si todo lo hago mal!!! — la voz de Pablo rompió en un grito. — ¡Tú es que no vales para nada!… ¡Ni ganas dinero como Dios manda!… ¡Ni se te espera nunca para ayudar en casa!… — rompió a llorar Marina — …Y tampoco tenemos hijos…, — añadió casi en un susurro. Belka — una gata blanco-canela de unos diez años, subida al armario, observaba en silencio la enésima «tragedia» familiar. Sabía con certeza, incluso sentía, que papá y mamá se querían, y mucho… Por eso no entendía — ¿para qué decirse palabras tan amargas que solo hacen daño? Mamá, llorando, corrió a su cuarto, y papá encendió cigarro tras cigarro. Belka, comprendiendo que la familia se venía abajo delante de sus ojos, se quedó pensando: «Hace falta que la casa vuelva a ser feliz…, y para que haya felicidad hacen falta niños…, tengo que buscar niños en algún sitio…». Belka no podía tener gatitos — hacía tiempo que la esterilizaron, y mamá…, los médicos decían que sí podía, pero “no terminaba de cuajar”… Por la mañana, cuando los padres se marcharon a trabajar, Belka salió por primera vez por la ventana y fue a visitar a la vecina Patitas — para charlar y pedir consejo. — ¿Pero para qué queréis niños? — bufó Patitas — Si las nuestras vienen con crías y no hago más que esconderme…, que si me embadurnan el hocico de carmín, que si me estrujan tanto que no se puede ni respirar… Belka suspiró: — Nosotros queremos niños de verdad… Si supiera dónde buscarlos… — Pues mira…, la callejera Misha ha parido por ahí… tiene cinco…, — dijo Patitas pensativa — escoge… Belka, arriesgándose, saltando de balcón en balcón, bajó a la calle. Temblando, se coló entre los barrotes de una ventana del sótano y llamó: — ¡Misha, sal un momento, por favor…! Desde lo más profundo del sótano se oían quejidos desesperados. Belka, acercándose con sigilo, se contuvo las ganas de llorar al verlos. Debajo del radiador, sobre la grava, había cinco gatitos ciegos, chillando y buscando a su madre en el aire. Al olerlos, Belka notó que Misha no estaba desde hacía al menos tres días, y que los pequeños morían de hambre… Belka, a punto de echarse a llorar, llevó cuidadosamente a cada gatito hasta el portal. Intentando mantener al hambriento grupo en su sitio, se tumbó a su lado, vigilando con preocupación el final del patio de donde debían venir papá y mamá. Pablo, que recogió a Marina del trabajo en silencio, llegaron a casa igualmente callados. Al llegar al portal, se quedaron atónitos — en el umbral estaba su Belka (que, por cierto, nunca había salido sola a la calle) y cinco gatitos de todos los colores intentaban mamar de ella. — ¿Pero esto qué es? — se quedó perplejo Pablo. — Un milagro…, — respondió Marina, y cogiendo a la gata y los gatitos, subieron corriendo al piso… Mientras miraban a la satisfecha Belka ronroneando en la caja con los pequeños, Pablo preguntó: — ¿Y ahora qué hacemos con ellos? — Los alimentaré con biberón…, y cuando crezcan, los daremos…, llamaré a las amigas…, — respondió Marina en voz baja. Tres meses después, una Marina “aturdida” por la noticia acariciaba a la “manada” de gatos mirando al infinito y repitiendo una y otra vez: — Esto no puede ser, esto no puede estar pasando… Y después, ella y Pablo lloraban de alegría, él la alzaba en brazos, los dos sin parar de hablar a la vez… — ¡No habrá sido en vano terminar la casa! — ¡Sí, para el niño será lo mejor, aire libre! — ¡Y los gatitos podrán corretear por ahí! — ¡Aquí cabemos todos! — ¡Te quiero! — ¡Yo sí que te quiero! Belka, la sabia, secó una lágrima… porque la vida, al fin, empezaba a arreglarse…
¡No puedo más contigo, de verdad! Que si como mal, que si visto peor, ¡que si en general todo lo hago fatal!
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060
Mi suegra se burlaba de que mi madre limpiaba casas ajenas… hoy limpia la mía.
Jamás olvidaré la primera vez que llevé a mi esposo a casa de mis padres, en Madrid. Mi madre, Doña Pilar
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050
El aniversario que quedó en el olvido
El aniversario olvidado Lucía alisaba el mantel blanco de lino sobre la mesa de la cocina, sus dedos
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05
Lavaba las escaleras de los viejos edificios para construir un futuro para su hijo, a quien criaba sola, pero lo que sucedió te dejará con lágrimas en los ojos.
Ella limpia las escaleras de los viejos bloques de viviendas para construirle un futuro al hijo que cría
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056
—¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo?— preguntó su marido. La respuesta de su esposa lo dejó sin palabras Alejandro apuraba el café de la mañana mientras observaba a Marina por el rabillo del ojo. El pelo recogido con una goma infantil, decorada con gatitos animados. En cambio, la vecina del quinto, Cristina, siempre iba impecable, fresca, con ese perfume caro que impregnaba el ascensor mucho después de salir. —Sabes, —Alejandro dejó el móvil sobre la mesa— a veces creo que vivimos como… como vecinos. Marina se detuvo, la bayeta congelada en la mano. —¿Eso qué significa? —Nada especial. Solo… ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Ella lo miró. Fijamente. Alejandro supo enseguida que algo no iba como pensaba. —¿Y tú cuándo fue la última vez que me miraste a mí? —susurró Marina. El silencio fue incómodo. —No dramatices, Mari. Sólo digo que una mujer debe verse siempre espectacular. ¡Es de sentido común! Mira a Cristina. Es de tu misma edad. —Aaaah… —respondió Marina— Cristina… Y en su voz había algo que hizo a Alejandro estar alerta. Como si de pronto ella hubiera comprendido algo fundamental. —Mira, Ale, —dijo tras una pausa— mejor me voy unos días a casa de mi madre. Pensaré en lo que has dicho. —Perfecto. Vivamos separados un tiempo, lo meditamos. Pero que conste, no te estoy echando. —Sabes, —colgó la bayeta con mucho cuidado— quizá sí necesito mirarme al espejo. Y se puso a hacer la maleta. Alejandro se quedó en la cocina pensando: “Esto es justo lo que quería.” Pero, inexplicablemente, en vez de alegría sintió una extraña sensación de vacío. Durante tres días, Alejandro vivió lo que llamó “vacaciones”. Café sin prisas por la mañana, por la noche hacía lo que le apetecía. Nadie ponía esos culebrones de amor y traiciones. Libertad, ¿lo entienden? Anhelada libertad masculina. Esa tarde, Alejandro se cruzó con Cristina en la acera. Iba cargada con bolsas del Gourmet, en tacones, vestido ceñido. —¡Alejandro! —sonrió— ¿Qué tal? Hace tiempo que no veo a Marina. —Está en casa de su madre, descansando —mintió sin pestañear. —Ahh —Cristina asintió— A veces una mujer necesita desconectar de la rutina. Como si el desorden y la cena de su piso se resolvieran por arte de magia. —Cris, ¿te apetecería un café…? Así, entre vecinos. —¿Por qué no? —respondió con una sonrisa— ¿Mañana por la tarde? Alejandro pasó toda la noche planeando: ¿camisa? ¿Vaqueros o pantalón? ¿Colonia o no? Por la mañana, sonó el móvil. —¿Alejandro? —voz desconocida— Soy Carmen, la madre de Marina. El corazón le dio un vuelco. —Sí, dígame. —Marina me pidió avisarte: vendrá el sábado a por sus cosas, cuando tú no estés en casa. Dejará las llaves con la portera. —¿Perdone… cómo que a por sus cosas? —¿Qué esperabas? —la voz de la suegra sonaba firme— Mi hija no se va a pasar la vida esperando a que tú decidas si la necesitas. —Carmen, yo nunca he dicho eso… —Has dicho suficiente. Adiós, Alejandro. Colgó. Alejandro se quedó de nuevo en la cocina mirando el teléfono, desconcertado. ¡No se estaban divorciando! Solo había pedido una pausa. Un tiempo para pensar. Ellas ya habían tomado la decisión por él. Por la tarde, el café con Cristina fue raro. Ella simpática, entretenida contando cosas del banco, riendo sus bromas. Pero al intentar tomar su mano, ella se apartó suavemente. —Alejandro, comprende… No puedo. Eres un hombre casado. —Pero ahora mismo… vivimos separados. —Ahora. ¿Y mañana? —dijo Cristina, mirándole muy seria. La acompañó hasta la puerta y subió solo. La casa le recibió con el silencio y el olor de la vida de soltero. Sábado. Se fue de casa para evitar escenas, explicaciones, lágrimas. Quería que Marina recogiera todo con calma. Pero a las tres de la tarde la curiosidad lo devoraba por dentro. ¿Qué se habrá llevado? ¿Todo? ¿Solo lo imprescindible? Y sobre todo—¿cómo estará? A las cuatro no aguantó. Volvió a casa. Había un coche aparcado con matrícula de la ciudad. Al volante, un hombre alrededor de cuarenta: atractivo, buen abrigo, ayudando a cargar cajas. Alejandro se sentó en el banco de la calle y esperó. Al poco, salió una mujer vestida con un vestido azul. Cabello recogido con una bonita horquilla, nada de goma con gatitos. Maquillaje ligero, resaltando los ojos. Alejandro miraba y no lo creía. Era Marina. Su Marina. Pero otra Marina. Llevaba la última bolsa, y el hombre la cogió con delicadeza, ayudándola a subir. Como si fuera de cristal. Alejandro no resistió. Se acercó. —¿Mari? Ella se volvió. Tenía un rostro sereno y hermoso. Sin la fatiga crónica que él había acabado por ver normal. —Hola, Ale. —¿Eres… tú? El hombre del coche se tensó, pero Marina le puso la mano en el brazo—tranquilo. —Soy yo —dijo simplemente— Solo que llevas mucho tiempo sin mirarme. —Mari, espera… Podemos hablar. —¿Hablar de qué? —ni rastro de enojo, solo desconcierto— Dijiste que una mujer debe verse espectacular. Te he hecho caso. —¡No era eso! —casi se le salió el corazón. —¿Qué querías, entonces? —Marina ladeó la cabeza— ¿Que fuera guapa solo para ti? ¿Interesante solo en casa? ¿Querías que aprendiera a quererme, pero no tanto como para dejar a un marido que no me mira? Cada palabra le iba desmontando por dentro. —Sabes… —dijo con dulzura— he dejado de cuidar de mí, pero no por pereza. Sino porque me acostumbré a ser invisible. En mi propia casa, en mi propia vida. —Mari, yo no quería… —Sí querías. Querías una esposa-invisible, que haga todo sin molestar, y si te cansas, reemplazarla por un modelo más reluciente. El hombre murmuró algo, y Marina asintió. —Nos vamos —le dijo— Vladimir me espera. —¿Vladimir? —Alejandro se quedó seco— ¿Quién es? —El hombre que sí me ve —contestó ella— Nos conocimos en el gimnasio. Al lado de mi madre pusieron un centro deportivo. ¡Imagínate! Con cuarenta y dos años fui por primera vez. —Mari, no… Probemos otra vez. He sido idiota, lo sé. —Alejandro —lo miró fijo— ¿Recuerdas la última vez que me dijiste que era guapa? No. No la recordaba. —¿Y cuándo fue la última vez que preguntaste cómo estaba? Alejandro supo que había perdido. No contra Vladimir, ni contra el destino. Contra sí mismo. Vladimir arrancó el coche. —Alejandro, no te guardo rencor. En serio. Me ayudaste a entender algo: si yo misma no me veo, nadie lo hará nunca. El coche se marchó. Alejandro miró cómo se alejaba su vida. No solo su mujer. Su vida. Quince años que daba por sentados, y resultó ser lo mejor que había tenido. Solo que nunca lo supo. Medio año después, Alejandro se cruzó con Marina en el centro comercial. De casualidad. Ella escogía café en grano, leía las etiquetas. Al lado, una chica de unos veinte años. —Lleva este, —decía la joven— Papá dice que la arábica es mejor que la robusta. —¿Marina? —al final se atrevió a acercarse. Marina se dio la vuelta. Sonrió: libre, relajada. —Hola, Ale. Te presento: esta es Nerea, la hija de Vladimir. Nerea, él es Alejandro, mi exmarido. Nerea asintió con educación: guapa, estudiante a juzgar por la edad. Lo miraba sin hostilidad, solo con curiosidad. —¿Cómo estás? —le preguntó él. —Bien. ¿Y tú? —Tirando. El silencio fue incómodo. ¿Qué se le dice a una ex que es alguien completamente nuevo? En las estanterías del café, Alejandro la contempló. Bronceada, blusa fresca, corte de pelo distinto. Feliz. Así, de verdad: feliz. —¿Y tú? —preguntó Marina de repente— ¿Cómo va lo de pareja? —Nada serio —suspiró. Marina lo miró intensamente. —¿Sabes, Ale? Quieres encontrar una mujer tan guapa como Cristina, pero tan sumisa como yo era. Inteligente, sí, pero que no se dé cuenta cuando te fijas en otras. Nerea escuchaba el diálogo boquiabierta. —Esa mujer no existe —Marina se lo dijo serena. —Marina, ¿nos vamos? —intervino la joven— Papá espera en el coche. —Sí, claro. —Marina cogió el paquete de café— Suerte, Ale. Se marcharon, y Alejandro se quedó junto a las estanterías. Pensando que Marina tenía razón: buscaba una mujer imposible. Por la noche, Alejandro preparó té en la cocina. Pensó en Marina, en su cambio. En que a veces perder es la única forma de valorar lo que tuviste. Quizá la felicidad no consiste en buscar la esposa perfecta. Sino en aprender a ver a la mujer que tienes delante.
¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo?preguntó Enrique. Su esposa reaccionó de una manera
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045
No quería vivir con mi nuera, pero no tuve más remedio
**Diario de un hombre** Carmen López se secó las manos en el delantal y miró de nuevo el horno.
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