Es interesante
0139
— Sé todo sobre tus aventuras, — dijo su esposa. A Víctor se le heló la sangre.
Sé lo de tus escarceos dijo mi mujer. A mí se me heló la sangre. No, no di un respingo. Ni siquiera me
MagistrUm
Es interesante
041
Mi suegra destrozó mi césped en la casa del pueblo para hacer huertos y la obligué a dejarlo tal y como estaba
Luis, ¿estás seguro de que no hemos olvidado el carbón? La última vez tuvimos que ir al ultramarinos
MagistrUm
Es interesante
037
“¡Eres una vergüenza para esta familia! ¿De verdad pensabas que iba a criar ese error que llevas en el vientre? ¡He encontrado a un vagabundo para que te lleve lejos!” La notificación en el móvil de David Díaz iluminó la fría y estéril cabina del Gulfstream G650. De Laura: “Los niños ya duermen. La casa está perfecta. Te echo muchísimo de menos. Te quiero. Nos vemos la semana que viene.” David sonrió, frotándose los ojos cansados. Seis meses. Llevaba seis interminables, agotadores meses persiguiendo la fusión de Tokio, viviendo de maleta en maleta, sobreviviendo a base de café solo y con el único objetivo de asegurar el futuro de sus hijos por generaciones. Era el mayor negocio de su carrera: un proyecto de rascacielos que cambiaría el horizonte de Tokio. “Comenzamos el descenso,” sonó la voz del piloto por megafonía. “Bienvenido de nuevo a Madrid, señor. La temperatura en tierra es de 2 grados.” No debía regresar hasta el próximo martes. Pero el trato se había cerrado antes de lo previsto, gracias a una maratoniana sesión de negociación que terminó a las 4 de la madrugada en Tokio. Quería darles una sorpresa. Imaginaba los gritos de emoción de su hijo Lucas, de seis años, y la tímida sonrisa llena de huecos de su hija mayor, Sara, de diez. Imaginaba a Laura, su mujer desde hacía dos años, recibiéndole con una cena caliente y una copa de vino junto a la chimenea. Aterrizó en Barajas a las 2:30 de la madrugada. A las 3:15, David estaba abriendo la enorme puerta de roble de su chalé en un barrio residencial de Pozuelo. Lo primero que le golpeó fue el frío. Un bofetón físico. La calefacción estaba apagada. En noviembre. El aire dentro era rancio y mordiente. Lo segundo fue el silencio. No el silencio pausado y tranquilo de una casa dormida, sino el pesado, asfixiante silencio de un edificio abandonado. No estaba bien. Estaba vacío. “¿Laura?” susurró, dejando sus maletas de cuero sobre el suelo de mármol. Nada. La centralita de seguridad junto a la puerta estaba apagada. Ni siquiera había puesto la alarma. Entró en la cocina, pensando en tomar un vaso de agua antes de subir. La casa parecía una catedral oscura. Lo que vio le hizo pararse el corazón. Sentados en el suelo frío, iluminados solo por la luz de la luna que se colaba por las persianas, estaban sus hijos. No estaban en sus camas abrigadas. No estaban rodeados de los peluches que les enviaba todos los meses. Estaban acurrucados juntos bajo una fina manta raída junto a un radiador de piedra, completamente frío. “¿Lucas? ¿Sara?” La voz de David se quebró, fuerte en aquel silencio. Sara dio un brinco, como si le hubieran pegado un tiro. No corrió a abrazarle. Retrocedió, arrastrando a su hermano con ella, su mirada abierta del más puro terror. Le protegía la cabeza con las manos, un reflejo que le heló la sangre a David. “¡No nos hagas daño!” chilló con voz temblorosa. “¡No lo robamos! ¡Estaba en la basura! ¡Lo juro!” “Sara, soy yo. Soy papá.” David encendió la luz de la cocina. La escena era una pesadilla. Lucas temblaba sin control, la cara rojísima, el pelo pegado de sudor. Entre los dos había un cuenco de plástico de perro… con agua y zanahorias crudas, mustias. Miró la cocina. Una cacerola solitaria sobre el fogón. Dentro, dos rodajas casi transparentes de zanahoria flotando en agua hervida del grifo. “¡Lo siento!” lloró Sara dejando caer el cazo. “¡No robé la comida buena! ¡Esto eran los restos! ¡Por favor no se lo digas a mamá! ¡Volverá a cerrar la puerta con llave!” David se arrodilló, ignorando el dolor. Alargó la mano, pero Sara se apartó, encogiéndose, esperando una bofetada. “Sara,” susurró, las manos temblándole de una rabia helada. “No estoy enfadado. Te lo prometo. Pero ¿dónde está la comida? Os mando 5.000 euros al mes para alimentos. La cuenta va en automático.” Sara señaló con un dedo tembloroso la puerta de la despensa. Tenía un candado industrial enorme. “Mamá dice que la comida cara es para las visitas,” susurró Sara. “Nosotros solo tenemos comida de prácticas. Para aprender gratitud. Para aprender nuestro lugar.” “Comida de prácticas…” repitió David, con el sabor de la ceniza en la boca. Miró a Lucas. Ardía de fiebre. Al ponerle la mano en la frente, calculó 39ºC. Tenía la piel seca y papelosa. “¿Hace cuánto está así?” “Tres días,” dijo Sara, entre lágrimas. “Mamá dijo que si te llamo, manda a Lucas al sitio malo. El sitio donde van los niños desagradecidos. Que tú no quieres hijos rotos.” David cogió a los dos. Estaban demasiado delgados, los huesos asomando donde antes hubo carne de niño. Sentía sus costillas bajo el pijama. Los llevó a su dormitorio—el único donde funcionaba un calefactor, se dio cuenta de golpe. Los arropó con su edredón de plumas sobre la cama enorme. “Quedaos aquí,” ordenó. “Voy a traeros comida de verdad. Lo juro.” Al colocar la almohada de Sara, notó algo duro bajo la funda. Sacó una pequeña libreta. El diario de Sara. Abrió la primera página. La letra era desigual, con manchas que parecían lágrimas secas y restos de comida. Día 14: Mamá dijo que si llamo a papá, mata al gato. Así que no llamé. Echo de menos a Bigotes. Día 30: Lucas tiene hambre. Le di mi pan. Dije a mamá que me lo comí yo. Me encerró en el armario por mentir. Era oscuro. Día 45: Vino un señor. Mamá le llama Ricardo. Bebieron el vino que papá guardaba. Se rieron cuando Lucas lloró al caerse por las escaleras. David cerró el diario. Las manos ya no le temblaban. El dolor desapareció, sustituido por la frialdad de un ejecutivo en plena absorción hostil. Ya no era un padre destrozado. Era un CEO que acababa de descubrir un desfalco. Y sabía muy bien dirigir una intervención. PARTE 2: LA EMBOSCADA David no llamó a la policía. Aún no. La policía hace preguntas. La policía da avisos. La policía deja margen. Él necesitaba algo definitivo. Necesitaba destrucción total. Bajó. Se movía como un fantasma en su propia casa. Registró la basura. Botellas vacías de cava, Cristal 2008. Las guardaba para su 50 cumpleaños. Cajas de caviar Beluga. Envases de sushi del restaurante más caro de Madrid. Fue al baño principal. Una maquinilla de afeitar masculina en el lavabo. Colonia barata de sándalo. Entró en su despacho. El cajón de la documentación forzado, la madera astillada. Los papeles del fondo fiduciario revueltos. Consultó el banco desde el móvil. Retiro: 25.000€ — Emergencia médica (Sara). Retiro: 50.000€ — Reparaciones en casa (Tejado). Retiro: 100.000€ — Transferencia a “R. Sterling SL”. La cuenta operativa, vacía. Más de 250.000 euros en seis meses. Oyó el motor de un coche acercándose. Eran las 5 de la mañana. El sol apenas despuntaba. Apagó la luz de la cocina y se sentó en el gran sillón de cuero del salón, frente a la puerta. Sentado en la penumbra, con el diario de Sara en una mano y el móvil en la otra. La puerta se abrió. Risas. La carcajada de Laura, alta, chispeante, despreocupada. Mezclada con la voz grave y ronca de un hombre. “Shhh, Ricardo,” susurró Laura. “Que los mocosos pueden despertarse. Si te ven tengo que castigarles de nuevo, y me cansa. La última vez me rompí una uña arrastrando al niño al armario.” “Preocupas demasiado, cariño” —dijo Ricardo, con acento de chulapo y voz torcida—. “Vamos al dormitorio. David no vuelve hasta la semana. El pringado sigue negociando en Tokio.” “¿Seguro que ha llegado la última transferencia?” preguntó Laura. “Seguro,” contestó Ricardo. “Funcionó lo de la enfermedad de riñón de Sara. Tenemos el dinero. Podemos reservar ya los billetes a Punta Cana. En primera.” Desde la sombra, David desbloqueó el móvil y pulsó Grabar. “No me creo que se lo haya tragado,” se reía Laura. “Cree que es un buen proveedor. Solo es un cajero automático. Un hombre tan solo que piensa que una cara bonita da buena madre.” “Un cajero ciego,” corrigió Ricardo. David encendió la lámpara. La luz golpeó a Laura y Ricardo como una bofetada. Ella dejó caer el bolso de Prada. Ricardo, alto y traje barato, dio un brinco, intentando taparse la cara. “Bienvenida a casa, cariño,” dijo David. Su voz era de hielo. “¿Y este quién es? ¿La ‘emergencia médica’?” PARTE 3: EL INTERROGATORIO Laura palideció al instante. Instintivamente puso a Ricardo detrás, para taparle. “¡David! ¡Qué… qué sorpresa! Volviste antes…” Forzó una sonrisa, sin dejar de tragar saliva. “¡Te lo explico! Ricardo es… un consultor. De las reformas. ¡El tejado perdía agua!” “¿Reformas?” David se incorporó. “¿Está arreglando cañerías a las cinco de la madrugada? ¿O está ayudándote a vaciar las cuentas?” Los ojos de Laura buscaban una salida, una excusa, un arma. Cambió de táctica. Las lágrimas surgieron, como de costumbre. “¡David, por favor! ¡Estaba sola! ¡Tú me abandonaste seis meses! ¡Te importa más tu trabajo que tu familia! ¡Necesitaba cariño! ¡Solo soy humana!” “¿Y los niños? ¿Ellos también necesitaban ‘comida de prácticas’ para aprender su sitio?” David se le acercó. Laura se quedó helada. “¿Qué?” “Los he visto, Laura. El cuenco. El candado de la despensa. A mi hijo tiritando en el suelo.” “¡Son difíciles!” chilló, perdiendo la careta. “¡Son unos tragaldabas! ¡Se me estaban poniendo gordos! ¡Solo intento enseñarles disciplina! ¡Están bien! ¡Acabo de mirarles antes de salir!” David levantó la libretita. “¿Ah sí? Porque aquí Sara escribe que Lucas lloraba de hambre el martes, y le dio su pan. Que le encerraste en el armario por pedir agua. Que le dijiste que matarías al gato.” “¡Ella miente!” chilló Laura, señalando la escalera. “¡Inventa historias! ¡No está bien! ¡Pensaba decírtelo! ¡Todo lo monta para dejarme mal! ¡Me tiene celos!” “¿Sí?” David empujó un extracto bancario por la mesa. “¿Y el banco también miente? ¿Dónde están los 200.000 euros, Laura? ¿Y el dinero de la operación de riñón? ¿Y el del tejado?” Ricardo, viendo el percal, intentó huir. “Mire, esto es cosa de ustedes. Me largo. No tengo nada que ver. No sabía que estaba casada.” David pulsó en el móvil. Click. Las cerraduras inteligentes bloquearon ambas puertas. “Siéntate, Ricardo. La policía ya está en la calle. Y como tu firma aparece en la transferencia a ‘R. Sterling SL’… eres cómplice de estafa y blanqueo de capitales.” Ricardo se desplomó en el sofá. PARTE 4: LA TRAMPA “¿Que has llamado a la policía?” Laura se rió nerviosa, paseando como una loba. “David, no seas dramático. Es mi palabra contra la tuya. Soy la madre. Tengo derechos. No puedes probar nada. El diario no cuenta. Son fantasías de cría. Ningún juez dará más valor a una niña.” “¿De verdad crees que te he pillado hoy por sorpresa?” David levantó el mando y apuntó a la Smart TV gigante. “No aterricé hace dos horas. Llevo dos días en Madrid, aparcado en la calle. Quería ver cómo vivíais en mi ausencia.” Pulsó play. En la pantalla, imágenes borrosas pero claras. La cámara oculta en el salón. Laura, dos días antes, chillando a Lucas. Le agarraba del brazo y lo lanzaba al sofá. Luego, le soltó una bofetada. “¡Te odio!” gritaba en el vídeo. “¡Lo arruinas todo! Si tu padre no fuera rico te dejaría en la calle, en un contenedor.” Laura miró la pantalla, petrificada. “Instalé la cámara por si necesitaba la cláusula de infidelidad del prenupcial,” explicó David helado. “Pero esto… esto es maltrato. Esto lo invalida todo.” Se volvió hacia ella. “No te quedas con nada. Ni casa. Ni pensión. Ni acuerdo. Solo tu celda. Y como Ricardo cruzó con el dinero las fronteras… es delito federal.” Laura cayó de rodillas. Se arrastró hacia él, cogiéndole el bajo del pantalón. “¡David, por favor! ¡Estaba agobiada! ¡Puedo cambiar! ¡Me iré a terapia! ¿Quién se ocupará de ellos? ¡Tú no sabes ser padre! ¡Nunca estás! ¡Solo eres una cartera! ¡Necesitan madre!” Mirándole, David no sentía ni rabia ni pena. Solo asco. Solo el frío de quien descubre la víbora en su nido. “Estoy aprendiendo,” dijo. “Y la primera lección es proteger a los cachorros. Eso implica sacar la basura.” Las sirenas ulularon fuera. Las luces azules llenaron de sombras las caras. PARTE 5: EL BANQUETE La policía se los llevó esposados. Ricardo lloraba. Laura soltaba insultos hasta que cerraron el coche. Echó la culpa a David, a los niños, al mundo. Cuando al fin se hizo el silencio, eran las 7 de la mañana. David entró en la cocina. Cortó el candado de la despensa. Tiró la cacerola con la “comida de prácticas”. Fuera las zanahorias mustias. Pidió pizzas. Tres familiares. De pepperoni, extra de queso y salchichón. Pidió tortitas del VIPS—con arándanos, fruta, batidos de chocolate, helado. Se sentó en el suelo de la cocina, rodeado de abundancia. “¿Sara? ¿Lucas?” dijo en voz baja. Aparecieron en lo alto de la escalera, de la mano. “¿Ya no está el hombre malo?” preguntó Sara. “Ya no hay nadie,” respondió David, abriendo los brazos. “El hombre malo, la mujer mala, nunca volverán. Lo prometo.” Corrieron hacia él. Los abrazó, con lágrimas de verdad. “Ahora estamos solo nosotros,” prometió David, rompiendo y curando su corazón a la vez. “Y vamos a comer hasta llenarnos.” Lucas vio las pizzas. Se le abrieron los ojos. “¿Es para invitados?” susurró. “No,” dijo David. “Es para la familia. Y somos los únicos que importan.” Comieron en el suelo. David les observó devorar, sabiendo que había construido una fortuna para su futuro, pero había olvidado su presente. Había erigido un castillo… dejando la puerta levantada. Eso terminó aquel día. PARTE 6: LA HORA MÁGICA Dos años después. La cocina estaba cálida. Olía a vainilla, canela y seguridad. Eran las tres de la mañana. David no estaba en Tokio. Ni en Londres. Vendió la empresa para fundar una organización de ayuda a niños maltratados. Llevaba un delantal que decía “Papá Campeón”. “Vale, Lucas, echa las pepitas,” indicó David sonriente. Lucas, ya fuerte, volcó un montón de chocolate en el bol. Sara, ya preadolescente y alta, removía la masa, riendo. “¿Sabes?” dijo Sara mirando el reloj. “De pequeña odiaba las tres de la mañana.” David la miró sorprendido. “¿Por qué?” preguntó. “Era la hora del miedo,” contestó. “Cuando más hambre tenía. Cuando la casa daba miedo. Cuando pensaba que no volverías.” David la besó en la frente. “¿Y ahora?” Sara sonrió y chupó la cuchara de masa. “Ahora,” dijo, “es la hora de la magia. Es cuando hacemos galletas. Es nuestro momento.” David miró a sus hijos. El despacho, la empresa… nada valía más que esto. Era menos millonario, pero mucho más rico. Junto a la chimenea, una foto de los tres, desayunando pizza en el suelo. Al lado, la lumbre. “¡Papá, el horno está listo!” gritó Lucas. “¡Voy!” David miró el fuego. Dos años antes había quemado allí el diario. “Ya no hace falta escribirlo más,” dijo entonces a Sara. “Ahora lo decimos en voz alta. Nunca más esconderemos el hambre.” Se fue a la cocina, al calor del hogar y al ruido de risas. Una casa se construye de ladrillos, pensó al cerrar el horno. Pero un hogar se levanta con presencia. Estuve a punto de perderlo todo en la oscuridad, pero encendí la chispa justo a tiempo. “¿Quién quiere chupar la cuchara?” preguntó. “¡Yo!” gritaron los dos. David sonrió. La jaula había desaparecido. Los cachorros estaban a salvo. El depredador, solo un mal recuerdo, diluyéndose en la luz de una cocina a las tres de la mañana.
“¡Eres una vergüenza para esta familia! ¿De verdad pensabas que iba a permitir que criases ese
MagistrUm
Es interesante
030
Mis familiares se ofendieron porque no les permití quedarse a dormir en mi nuevo piso: la historia de cómo defendí mi hogar, aunque toda la familia se me echó encima por no abrir la puerta ni ceder, y aprendí que mi casa es mi fortaleza—even frente a mi propia sangre
Diario personal: Madrid, abril. Hoy he sentido que mi paciencia y mi derecho a la intimidad han sido
MagistrUm
Es interesante
028
Cuando Casarse ya No Puede Esperar: Una Tarde Familiar de Sorpresas, Lágrimas y Decisiones Inesperadas en un Hogar Español
Ya no aguanto las ganas de casarme Tomeu, ¿vas a llegar pronto? Ya casi estoy, estoy a puntito de llegar.
MagistrUm
Es interesante
031
Dos columnas Ya se había quitado las botas y puesto el agua a hervir para el té, cuando saltó un mensaje de la jefa en el grupo de WhatsApp: «¿Puedes cubrir mañana a Marta? Está con fiebre y nadie más puede cerrar el turno». Tenía las manos mojadas de fregar los platos y la pantalla del móvil se llenó de marcas. Secó las palmas en el paño de cocina y miró el calendario en su móvil. Mañana era la única noche que pensaba irse pronto a la cama y no responder a nadie: por la mañana tenía que entregar un informe y ya le zumbaba la cabeza. Escribió: «No puedo, tengo que…», y se detuvo. Por dentro, la recorría esa sensación conocida, casi como náuseas: si decías que no, quedabas mal. Y eso era no ser de las que cumple. Borró lo escrito y respondió corto: «Sí, voy». Pulsó enviar. La tetera empezó a silbar. Se sirvió una taza, se sentó en el taburete junto a la ventana y abrió la nota a la que simplemente llamaba «Cosas buenas». Ya tenía apuntada la fecha y un punto: «Cerrado el turno por Marta». Puso un punto y un pequeño más, como si eso compensara algo. Esa nota la acompañaba casi un año. La empezó en enero, cuando tras las fiestas se sentía especialmente vacía y necesitaba pruebas de que los días no pasaban sin dejar huella. Entonces escribió: «Llevé a la señora Carmen del quinto a la consulta». Carmen era mayor, caminaba despacio con la bolsa de análisis, y el autobús le asustaba. Llamó al portero automático: «Como vas en coche, llévame, que si no, no llego». La llevó, esperó en el coche mientras entraba a hacerse la analítica, y la subió de vuelta. Al regresar, se sorprendió irritada. Llegaba tarde al trabajo y en la cabeza daban vueltas quejas ajenas sobre colas y consultas. La irritación le daba vergüenza, la tragó con un café en la gasolinera. En la nota lo puso limpio, como si fuera un gesto puro, sin sombra. En febrero, su hijo tuvo un viaje de trabajo y le dejó al nieto el fin de semana: «Tú, que siempre estás en casa, no te importa», le soltó, sin preguntar, como si fuera obvio. El niño era bueno, bullicioso, incapaz de estarse quieto. Lo quería, pero al anochecer le temblaban las manos del cansancio y en la cabeza solo resonaba ruido, como tras un concierto. Lo acostó, fregó los platos, recogió los juguetes, que al amanecer volvió a esparcir. El domingo, cuando llegó su hijo, soltó: «Estoy agotada». Él sonrió, como si fuera una broma: «Eres abuela, es lo que toca». Y le dio un beso en la mejilla. En la nota escribió: «Cuidé del nieto dos días». Al lado, puso un corazón, para no sentir que era solo por obligación. En marzo llamó la prima pidiendo dinero hasta fin de mes: «Es para medicinas, lo sabes», dijo. Y ella entendía. Hizo el bizum y no preguntó cuándo devolvería. Luego calculó en la cocina cómo sobrevivir hasta la nómina, renunciando al abrigo nuevo que llevaba tiempo queriendo. El viejo ya tenía los codos raídos, no era un capricho. En la lista apuntó: «Ayudé a la prima». No escribió: «Me quedé sin abrigo». Le pareció una tontería demasiado pequeña para registrarla. En abril, en el trabajo, una compañera joven, con los ojos rojos, quedó encerrada en el baño y no podía salir. Lloraba bajito: la habían dejado y sentía que no valía nada. Llamó a la puerta: «Abre, estoy aquí». Se sentaron en la escalera que olía a pintura tras la obra, y escuchó el mismo lamento una y otra vez. Escuchó hasta que oscureció y perdió la clase de espalda, que el médico le mandó por el dolor. Al llegar a casa, el lumbago le ardía. Quiso enfadarse con la chica, pero la rabia era consigo misma: ¿por qué no sabía decir «tengo que irme»? En la nota apareció: «Escuché y apoyé a Ana». Puso su nombre, parecía más cálido así. Y otra vez, no escribió: «Perdí mi clase». En junio, llevó a una colega con bolsas al chalet porque se había quedado sin coche. La colega iba todo el camino discutiendo con su marido por el manos libres, ni preguntó si le venía bien. Ella callaba, atenta a la carretera. Allí descargó todo deprisa y añadió: «Total, te pillaba de camino». No era cierto. Volvió por el atasco y llegó tarde a casa, ni pasó por casa de su madre, que luego se molestó. En la nota escribió: «Llevé a Teresa al chalet». El «de camino» le dolió y se quedó mirando la pantalla apagarse lentamente. En agosto, su madre llamó de noche, voz aguda e inquieta: «Estoy mal, me sube la tensión, tengo miedo». Ella saltó del sofá, se puso la chaqueta, pidió un taxi y cruzó la ciudad desierta. El piso estaba cargado, el tensiómetro y los fármacos regados en la mesa. Tomó la tensión, le dio la pastilla, se quedó hasta que la madre se durmió. Por la mañana fue directamente al trabajo. En el metro, casi se quedó dormida y temía pasarse la parada. Apuntó en la nota: «Por la noche estuve con mamá». Puso un signo de exclamación y lo quitó enseguida, parecía demasiado intenso. Al acercarse el otoño, la lista era ya larguísima. Como un rollo que podía pasar y pasar. Y cuanto más crecía, más sentía lo mismo: no era una vida, sino una entrega de informes. Como si el amor viniera con ticket, y ella los fuera guardando en el móvil, lista para demostrar si le preguntaban: «¿Pero tú haces algo de verdad?» Intentó recordar cuándo había apuntado algo suyo. No “para ella” sino “por ella”. Todo era para otros, por sus penas, sus necesidades, sus ritmos. Sus propios deseos parecían caprichos a ocultar. En octubre, tuvo una escena sin gritos, pero que le dejó marca dentro. Fue a casa de su hijo a dejarle unos papeles impresos que él había pedido. Esperaba en la entrada con la carpeta mientras él buscaba las llaves y hablaba por teléfono. El nieto corría pidiendo dibujos. El hijo tapó el micro y le soltó: «Ya que estás, ¿puedes pasar por el súper? Faltan leche y pan, no me da tiempo». Dijo: «Estoy también cansada». Él ni la miró, solo se encogió de hombros: «Pero puedes. Si siempre puedes». Y volvió a su llamada. Esas palabras sellaron algo. No era una súplica, era un hecho. Sintió una corriente caliente mezclada de vergüenza. Vergüenza por querer decir «no». Por no querer ser siempre útil. Fue igual al súper. Compró leche, pan, también manzanas porque al nieto le gustan. Llevó las bolsas, oyó: «Gracias, mamá». Un gracias plano, como marcar un deber. Ella sonrió, como sabe, y regresó a casa. Abrió la nota y apuntó: «Compré la compra a mi hijo». Miró esa frase mucho. Le temblaban los dedos, pero no de cansancio: de rabia. Vio claro que la lista no era ya un apoyo, sino una correa. En noviembre pidió cita al médico: la espalda le dolía tanto que no podía estar de pie en la cocina mucho tiempo. La sacó por internet, para un sábado por la mañana y no faltar al trabajo. El viernes llamó su madre: «¿Vienes mañana? Tengo que ir a la farmacia y estoy sola». Contestó: «Tengo cita con el médico». Mamá enmudeció un instante: «Bueno. Entonces ya no soy importante». Esa frase siempre funcionaba. Siempre salía a justificarse, a prometer, a aplazar lo suyo. Ya abría la boca para decir: «Paso después del médico», pero se detuvo. No era cabezonería, sino cansancio: sentía peso en su vida, también la suya contaba. Dijo bajito: «Voy después de comer. Tengo que ir». Mamá suspiró, como si la hubiera dejado tirada: «Bueno», y en ese «bueno» cabía todo: enfado, culpa, costumbre. Durmió mal esa noche. Soñó que corría por un pasillo con carpetas y las puertas se cerraban una tras otra. Por la mañana preparó sus cereales, tomó las pastillas que hacía meses no tocaba, y salió. En la sala de espera escuchaba charlas de otros sobre análisis y pensiones, y no pensaba en el diagnóstico, sino en que, por una vez, hacía algo para sí misma y le daba miedo. Luego fue a casa de su madre, como prometió. Compró medicinas, subió al tercer piso. Mamá calló al abrir, luego preguntó: «¿Fuiste al médico?». Respondió: «Fui», sin excusas: «Lo necesitaba». Mamá la miró un rato, como si viera por primera vez a una persona, no a una función. Luego se dio la vuelta y fue a la cocina. La noche, al volver a casa, sentía una extraña ligereza. No alegría, sí espacio. En diciembre, ya acabando el año, notó que esperaba el fin de semana no como descanso, sino como oportunidad. El sábado por la mañana su hijo escribió: «¿Puedes quedarte con el niño un par de horas? Tenemos trámites». Leyó el mensaje y sus dedos enseguida iban a escribir «sí». Se sentó en el borde de la cama, el móvil cálido en la mano. Había paz, solo el clic del radiador. Recordó el plan de ese día: ir al centro, al museo, a esa exposición tantas veces pospuesta. Quería andar entre cuadros y callar, sin que nadie preguntara dónde están los calcetines ni qué falta para la cena. Escribió: «Hoy no puedo. Tengo planes». Envió y dejó el móvil boca abajo, como si así costara menos esperar la respuesta. A los minutos, llegó: «Vale». Después: «¿Te has enfadado?» Levantó el móvil, leyó y notó el viejo impulso de explicarse, justificarse, suavizar. Podía escribir largo: que estaba agotada, que ella también tenía derecho a vivir. Pero sabía que cuanto más se explica una mujer, todo se vuelve regateo, y ya no quería regatear por sí misma. Respondió: «No. Solo es importante para mí». Y nada más. Se preparó tranquila, como para ir a trabajar. Comprobó que el gas estaba cerrado, las ventanas, la cartera, el cargador. En la parada, entre gente con bolsas, sintió que, por fin, no tenía que rescatar a nadie. Era raro, pero no daba miedo. En el museo caminó despacio. Miraba rostros en los retratos, las manos, la luz en las ventanas de los cuadros. Sentía que aprendía a ser atenta, pero no siempre a las necesidades de otros, sino a sí misma. Tomó café en la pequeña cafetería, compró una postal y la guardó en el bolso. El cartón rugoso era agradable bajo los dedos. De vuelta en casa, dejó el móvil en el bolso y no lo sacó inmediatamente. Primero colgó el abrigo, se lavó las manos, puso agua para el té. Luego se sentó y abrió la nota «Cosas buenas». Bajó hasta la fecha de hoy. Miró el espacio en blanco. Pulsó «más» y escribió: «Fui sola al museo. No cogí un encargo ajeno en vez de mi vida». Se paró. Eso, «en vez de mi vida», le sonó demasiado grande, casi una acusación. Lo borró y puso: «Fui sola al museo. Me cuidé». Hizo algo que nunca antes: al principio, arriba de la nota, dibujó dos columnas. A la izquierda escribió: «Para los demás». A la derecha: «Para mí». En la columna «Para mí» por ahora solo había una entrada. La miró y sintió que algo se alineaba dentro, como la espalda tras un buen ejercicio. Ya no quería demostrar a nadie que era buena. Solo necesitaba recordar que existía. El móvil vibró de nuevo. No corrió. Se sirvió el té, dio un sorbo y entonces miró la pantalla. Su madre escribió: «¿Cómo estás?». Respondió: «Bien. Mañana iré, te llevo pan». Y antes de enviar, añadió: «Hoy estuve ocupada». Envió y dejó el móvil al lado, con la pantalla hacia arriba. En la habitación había silencio, pero ya no pesaba. Era como un sitio, por fin, hecho para ella.
Viernes, 15 de diciembre Regresaba esta tarde a casa, exhausto tras el trabajo, cuando recibí un mensaje
MagistrUm
Es interesante
032
¿Y tu mujer te es infiel, lo sabes?
Viernes gris y pesado, el sonido del móvil vibró en mis oídos como esa mosca molesta que no se quita
MagistrUm
Es interesante
0415
La familia política de mi marido quiso “autoinvitarse” a nuestra casa de campo en vacaciones, pero no les di las llaves: una navidad en la que, por fin, puse límites (y defendí nuestra paz familiar)
Pues hemos pensado que, para qué va a estar vuestra casa de campo vacía. Nos vamos nosotros con los niños
MagistrUm
Es interesante
013
El temporizador sobre la mesa — Has vuelto a poner la sal donde no era —dijo ella, sin apartar la vista de la cazuela. Él se quedó quieto, bote en mano, mirando la estantería. La sal seguía en su sitio habitual, junto al azucarero. — ¿Dónde debería ponerla? —preguntó con cautela. — No donde “deberías”, sino donde la busco yo. Ya te lo he dicho otras veces. — Te sería más fácil decírmelo que esperar que lo adivine —replicó él, sintiendo cómo asomaba la irritación habitual. Ella apagó la vitrocerámica con brusquedad, puso la tapa y se giró hacia él. — Estoy cansada de repetir lo mismo. ¿No podría estar alguna vez… en su sitio, sin más? — Es decir, otra vez lo hago todo mal —resumió él, dejando la sal en el mismo estante, solo un poco más a la derecha. Ella abrió la boca para responder, pero fue al armario, lo cerró de golpe y salió de la cocina. Él se quedó allí, cuchara en mano, escuchando sus pasos por el pasillo. Luego suspiró, probó la sopa, y le echó sal sin pensar. Una hora después, comían en silencio. El televisor de fondo escupía noticias, la pantalla se reflejaba en las vitrinas. Ella comía despacio, casi sin mirarle. Él picoteaba la carne, pensando que de nuevo habían seguido el mismo recorrido: un detalle, una queja, su frase, su silencio. — ¿Vamos a quedarnos así siempre? —preguntó ella de repente. Él alzó la vista. — ¿Así cómo? — Así —dejó el tenedor—. Tú haces cualquier cosa, yo me irrito, tú te molestas. Y vuelta a empezar. — ¿Y qué hacemos? —intentó bromear él—. Es nuestra tradición. Ella no sonrió. — Leí una cosa —dijo ella—, sobre hablar. Una vez por semana. Con temporizador. Él parpadeó. — ¿Con temporizador? — Sí. Diez minutos yo, diez tú. Sin “tú siempre”, sin “tú nunca”. Solo “yo siento”, “me importa”, “quiero”. El otro escucha, sin discutir ni defenderse. — ¿Eso lo cuenta Internet? —preguntó él. — Lo leí en un libro. Da igual. Quiero probarlo. Él dio un trago de agua, ganando tiempo. — ¿Y si no quiero? —preguntó, procurando sonar neutral. — Entonces seguiremos peleándonos por la sal —dijo ella tranquila—. Yo no quiero. Él la miró. Las arrugas junto a sus labios parecían más profundas; no sabía desde cuándo. Parecía cansada, no del día, sino de toda la vida. — Vale —dijo él—. Pero te aviso, en estas “técnicas” no tengo experiencia. — No hace falta experiencia, —esbozó una sonrisa cansada—. Solo ser sinceros. El jueves por la tarde, él se sentó en el sofá con el móvil, fingiendo leer noticias. Sentía esa incomodidad extraña de antes del dentista. En la mesita reposaba el temporizador de cocina, blanco, redondo, con números alrededor. Ella lo usaba para las tartas. Hoy estaba entre los dos, como un objeto ajeno. Ella trajo dos tazas de té, se sentó enfrente. Llevaba un jersey casero, ancho en los codos. El pelo recogido sin esmero. — Bueno —dijo ella—. ¿Empezamos? — ¿Tenemos reglamento? —intentó bromear él. — Sí. Yo la primera. Diez minutos. Luego tú. Si queda algo, para la próxima. Él asintió, dejó el móvil a un lado. Ella puso el temporizador en “10” y pulsó el botón. Sonó un tic-tac bajo. — Yo siento… —empezó ella y calló. Él se sorprendió esperando el clásico “tú nunca” o “tú otra vez”, y todo su cuerpo se tensó. Pero ella, apretando las manos, continuó: — Siento que soy como… el fondo. Que la casa, la comida, tus camisas, nuestros días, todo sucede como si fuera automático. Y si yo dejo de hacerlo, todo se vendría abajo, pero nadie lo notaría hasta que sea un desastre. Él quiso decir que sí lo nota. Que simplemente no lo dice. Que quizás ella tampoco le deja hacer nada. Pero recordó la norma y calló. — Me importa —ella le lanzó una mirada y apartó los ojos— que todo lo que hago se vea. No necesito elogios diarios, solo escuchar alguna vez que lo entiendes. Que sabes el esfuerzo que implica. Que no pasa “por sí solo”. Él tragó saliva. El tic-tac seguía. Quería replicar que él también se cansa, que su trabajo tampoco es fácil. Pero el reglamento no permitía intervenir. — Quiero… —suspiró ella—. Quiero no ser “por defecto” la responsable de todo. De tu salud, de las fiestas, de las relaciones con los hijos. A veces quiero ser débil, no siempre “resistir”. Él miró sus manos. Llevaba el anillo que le regaló en el décimo aniversario; le apretaba un poco. Recordó lo nervioso que estuvo eligiendo la talla. El pitido sonó. Ella se sobresaltó, sonrió con nerviosismo. — Fin de mis diez minutos. — Ahora me toca… —tosió él—. Ahora yo. Ella asintió y volvió a girar el temporizador hacia “10”, acercándoselo. Se sintió como un niño ante la pizarra. — Siento… —y ya parecía ridículo—. Siento que en casa suelo querer… esconderme. Porque si hago algo mal, se nota. Y si lo hago bien, es simplemente lo esperado. Ella asintió, sin interrumpir. — Me importa que, cuando llego de trabajar y me siento en el sillón, no sea delito. Allí tampoco estoy de brazos cruzados, también me canso. Se cruzaron las miradas: cansada, pero atenta. — Quiero… —tanteó, dudando—. Quiero que, cuando te enfadas, no digas que “no entiendo nada”. Entiendo. Puede que no todo, pero no nada. Cuando dices eso, me encierro y callo. Porque todo lo que diga estará mal. Sonó el pitido. Se sobresaltó como si lo sacaran de golpe de debajo del agua. Quedaron un rato en silencio. El televisor estaba apagado. Al fondo zumbaba la nevera o los radiadores. — Es raro —dijo ella—. Parece un ensayo. — Como si no fuéramos marido y mujer, sino… —buscó la palabra— pacientes. Ella sonrió levemente. — Pues pacientes. Al menos, un mes probamos. Una vez por semana. Él se encogió de hombros. — Un mes no es cadena perpetua. Ella asintió, se llevó el temporizador a la cocina. Él la siguió con la mirada y pensó, sorprendido, que tenían un mueble nuevo en casa. El sábado fueron al supermercado. Ella empujaba el carrito, él iba detrás, marcando en la lista: leche, pollo, arroz. — Coge tomates —dijo ella, sin volverse. Él escogió varios, los metió en la bolsa. Se sorprendió tentado de decir: “Siento que los tomates pesan”, y se le escapó una sonrisa. — ¿Qué te pasa? —ella le miró. — Practico —contestó—. Las nuevas fórmulas. Ella puso los ojos en blanco, pero se le doblaron las comisuras de la boca. — En público no es obligatorio —dijo—. Aunque… igual nos vendría bien. Pasaron junto a la estantería de galletas. Él fue a coger sus favoritas, recordó lo del azúcar y la tensión. Dudó. — Llévalas —dijo ella, al ver su duda—. No soy una niña. Si no las como, se las llevo al trabajo. Metió el paquete en el carro. — Yo… —empezó, y se frenó. — ¿Qué? —preguntó ella. — Entiendo que haces mucho —soltó, mirando la etiqueta del precio—. Es para el jueves. Ella le miró más atenta y asintió. — Me lo apunto —respondió. La segunda conversación fue peor. Él llegó quince minutos tarde: trabajo, atasco, llamada del hijo. Ella le esperaba, el temporizador sobre la mesa, y su cuaderno de cuadros al lado. — ¿Listo? —preguntó, sin bienvenida. — Un minuto —se quitó la chaqueta, la colgó en la silla, fue a la cocina a por agua. Volvió, sintiendo su mirada en la nuca. — No tienes por qué hacerlo —dijo ella—. Si no te importa, dilo. — Me importa —insistió él, aunque todo en su interior le empujaba a desistir—. Solo ha sido un día duro. — Para mí también —atajó ella—. Pero estoy puntual. Él apretó el vaso. — Adelante —suspiró—. Vamos. Ella giró el temporizador a “10”. — Siento —comenzó ella— que vivimos como vecinos. Hablamos de facturas, compra, salud, pero casi nunca de lo que queremos. No recuerdo la última vez que planeamos unas vacaciones, no por invitación, sino porque los dos queríamos. Él pensó en la casa de su hermana y aquel balneario del sindicato. — Me importa que tengamos más que obligaciones: planes compartidos. No solo “algún día iremos al mar”, sino en serio: tal sitio, tal fecha, tantos días. Que lo llevemos entre los dos. Él asintió, aunque ella tenía la mirada perdida. — Quiero… —se le quebró la voz—. Quiero hablar de sexo no solo cuando falta. Me da vergüenza esto, pero… echo de menos, no solo el sexo, sino la atención. Abrazos, caricias, fuera del horario. Supo que le ardían las orejas. Quiso bromear con la edad, pero esta vez no salió. — Cuando te das la vuelta en la cama —dijo ella— pienso que ya no te intereso. No solo como mujer, como persona. Tic-tac. Él evitó mirar cuánto faltaba. — Ya está —dijo, cuando sonó—. Tu turno. Él intentó girar el temporizador, pero le tembló la mano. Ella lo giró y se lo acercó. — Siento —empezó él— que hablar de dinero es como si yo fuera un… cajero automático. Si me niego a algo, parece tacañería, y no miedo. Ella apretó los labios, pero no dijo nada. — Me importa que sepas —siguió— que me da miedo quedarme sin colchón. Recuerdo cuando, en los noventa, contábamos peseta a peseta. Y cuando me dices “tampoco pasa nada”, me agarro internamente. Inspiró. — Quiero que, si planeas algún gasto grande, lo hablemos antes. No que me lo cuentes cuando ya has pedido cita, encargado o comprado. No estoy en contra, solo prefiero saberlo de antemano. El pitido sonó. Un alivio. — ¿Puedo decir algo? —ella rompió el silencio—. Sé que no es la norma, pero no puedo callarme. Él se tensó. — Di. — Cuando dices “soy un cajero”, —le temblaba la voz— siento que piensas que solo gasto. Pero yo también tengo miedo. A enfermar, a que te vayas, a quedarme sola. A veces compro cosas solo para sentir que tenemos futuro. Que planeamos algo juntos. Iba a responder, pero paró a tiempo. Se miraron a través de la mesa, como desde lados distintos. — Esto ya no es con temporizador —murmuró él. — Ya lo sé —respondió ella—. Pero no soy un robot. Él sonrió sin alegría. — Igual este método no es para humanos de verdad… — Es para quienes aún quieren intentarlo —afirmó ella. Él se recostó, cansado. — Hoy ya está bien —propuso él. Ella miró el temporizador, luego a él. — Vale —aceptó—. Pero que no quede como un fracaso. Solo una nota al margen. Él asintió. Ella dejó el temporizador cerca del borde, como si dejara la puerta entreabierta para regresar. Por la noche, él dio vueltas en la cama. Ella dormía de espaldas. Él estiró la mano, quería posar la palma sobre su hombro, pero paró a medio camino. Rememoró lo de “sentirse vecina”. Retiró la mano, giró boca arriba, y se quedó mirando la oscuridad. La tercera charla fue la semana siguiente, pero empezó en el autobús. Iban a la Seguridad Social: él a hacerse un electro, ella a análisis. El bus iba lleno, agarrados a la barra. Ella miraba por la ventanilla, él su perfil. — ¿Estás enfadada? —preguntó él. — No —respondió ella—. Estoy pensando. — ¿En qué? — En que envejecemos —dijo sin apartar la mirada—. Y si ahora no aprendemos a hablar, después ya no tendremos fuerzas. Iba a decir que él aún aguantaba bien, pero calló. Recordó el ahogo tras subir cinco pisos la noche antes. — Tengo miedo —confesó inesperadamente—. Miedo de acabar en el hospital, y que tú vengas de visita, enfadada en silencio. Ella se giró. — No me enfadaré —dijo—. Tendré miedo. Él asintió. Esa noche, al sentarse en el sofá, el temporizador ya estaba allí. Ella puso dos tazas, se sentó enfrente. — Hoy empiezas tú —sugirió ella—. Yo ya hablé en el autobús. Él suspiró y puso el marcador en “10”. — Siento que cada vez que hablas de tu cansancio, lo oigo como una acusación. Aunque no digas nada. Y ya me defiendo incluso antes de escuchar el final. Ella asintió. — Me importa aprender a escucharte, no solo a defenderme. Pero no sé. Me enseñaron de niño que, si eres culpable, te castigan. Y cuando dices que estás mal, oigo: “eres malo”. Jamás lo había dicho en voz alta. — Quiero que, cuando hables de tus emociones, no signifique que soy automáticamente culpable. Y si hago algo mal, que lo digas con ejemplos: “ayer”, “hoy”. Tic-tac. Ella escuchaba. — Ya está —expiró él cuando sonó el pitido—. Tu turno. Ella giró el marcador. — Siento… —dijo despacio— que llevo mucho tiempo en modo “aguantar”. Por todos: hijos, tú, padres. Cuando te encierras en el silencio, siento que llevo el carro sola. Él recordó el funeral de su suegra el año pasado. Casi no habló entonces. — Me importa que a veces tú empieces la conversación, no siempre yo, y no llegue al límite para hacerlo. Porque si todo lo inicio yo, me siento pesada. Él asintió. — Quiero que acordemos dos cosas: una, no hablar de temas serios si uno ya está exhausto o enfadado. Ni corriendo, ni entre la puerta y el ascensor. Si hace falta, atrasamos la charla. Él la miraba atentamente. — Dos —continuó—: no levantar la voz delante de los niños. Sé que a veces se me escapa, pero no quiero que nos vean así. Sonó el pitido, pero acabó rápido. — Ya —concluyó ella—. He terminado. Él sonrió de lado. — Eso ya no era reglamentario. — Pero sí de la vida —replicó ella. Él apagó el temporizador. — De acuerdo. Los dos puntos. Ella relajó los hombros. — Y yo —añadió, tras una pausa— quiero otro punto. Uno solo. — ¿Cuál? —ella se tensó. — Si no hay tiempo de terminar, la discusión se traslada al viernes. No se alarga la bronca por días. Ella lo meditó. — Vale —aceptó—. ¿Y si urge? — Si urge, apagamos el fuego —asintió él—. Pero sin gasolina. Ella sonrió. — De acuerdo. Entre charla y charla, la vida seguía igual. Por las mañanas, él hacía el café, ella los huevos. A veces fregaba sin que ella preguntara. Ella lo notaba, aunque no siempre lo decía. Al caer la tarde, veían series, discutían sobre personajes. Ella a punto de decir: “mira qué parecido”, pero se reservaba para el jueves. Un día, ella removía la sopa, y sintió que él se acercaba y la abrazaba por la cintura. Porque sí. — ¿Qué pasa? —preguntó ella, sin volverse. — Nada —él respondió—. Me entreno. — ¿En qué? — En los abrazos. Que no sean por horario. Ella sonrió, pero no se apartó. — Lo apunto en tu haber —susurró. Al mes, de nuevo en el sofá, el temporizador entre ellos. — ¿Seguimos? —preguntó él. — ¿Tú qué opinas? —ella devolvió la pregunta. Él miró el círculo blanco, sus manos, sus rodillas. — Yo creo que sí —dijo—. Aún no hemos aprendido. — Y no lo haremos nunca —se encogió ella de hombros—. No es un examen. Es como lavarse los dientes. Él sonrió. — Muy romántico. — Pero fácil de entender —repuso ella. Ella puso el temporizador en “10” y lo dejó sobre la mesa. — Hoy, sin rigideces —propuso—. Si nos desviamos, volvemos. — Sin fanatismos —él aceptó. Inspiró ella. — Siento que estoy mejor. No del todo, pero un poco menos invisible. Empiezas a hablar, a preguntar. Y lo noto. Él se sonrojó. — Me importa que no abandonemos cuando mejore. No volver a callar hasta estallar. Él asintió. — Quiero que, dentro de un año, podamos decir: “Somos más sinceros”. No perfectos, no sin peleas, pero… más sinceros. Tic-tac. Él escuchaba, sin ganas de bromear. — Ya está —ella terminó cuando sonó el pitido—. Ahora tú. Él giró el temporizador, lo puso. — Siento más miedo. Antes podía refugiarme en el silencio, ahora tengo que hablar. Tengo miedo de decir algo mal, de herir. Ella le escuchaba atenta. — Me importa que recuerdes: no soy tu enemigo. Si hablo de mis miedos, no es contra ti, es sobre mí. Pausa. — Quiero que mantengamos esta rutina. Una vez a la semana, honestamente y sin reproches. Aunque a veces fallemos. Que sea nuestro pacto. De nuevo el pitido. Él lo apagó antes del doble aviso. Guardaron silencio. En la cocina saltó la tetera. Al otro lado, los vecinos reían, una puerta se cerraba en el portal. — Pensaba que necesitábamos un gran momento de sinceridad, como en las películas —dijo ella—. Pero resulta que… — Es solo ir poco a poco cada semana —añadió él. — Ajá —ella asintió—. Poco a poco. Él la miró. Las arrugas seguían, el cansancio también. Pero en sus ojos había otra cosa: atención, quizá. — Vamos a tomar el té —propuso él. — Vamos —aceptó ella. Ella tomó el temporizador y lo llevó a la cocina. Lo dejó junto al azucarero, sin esconderlo. Él llenó la tetera, la puso al fuego. — El jueves que viene tengo médico tras el trabajo —avisó ella, apoyada en la mesa—. Puede que llegue tarde. — Entonces lo pasamos a viernes —acordó él—. No hablaremos de cosas serias si estás cansada. Ella le miró y sonrió. — Trato hecho. Él abrió el armario, sacó dos tazas y las puso en la mesa. El agua empezó a hervir. — ¿Dónde va la sal? —preguntó él, recordando el primer día. Ella se volvió, la vio con el bote. — Donde yo la busco —respondió en automático, pero luego añadió—: Segunda balda, a la izquierda. Él puso el bote donde le indicó. — Anotado —dijo él. Ella se acercó, le tocó el hombro. — Gracias por preguntar —susurró. Él asintió. Hierve la tetera, el temporizador calla sobre la mesa, esperando su próximo jueves.
El temporizador sobre la mesa Otra vez has dejado la sal donde no es dijo ella sin apartar la vista de la olla.
MagistrUm
Es interesante
039
Pisoteada por el Destino: La Aventurera que Arrasó mi Vida —Hijo, ¡si no dejas a esa descarada buscona, da por hecho que te quedas sin madre! ¡Esa Nines te saca quince años! —me repetía mi madre una y otra vez. —Mamá, no puedo, ¡no me sale! Aunque quisiera… —me excusaba yo. Yo tenía una novia, mi querida Elena, de catorce años. Pura, modesta, deseada. Cuando la conocí en una discoteca del colegio, yo tenía dieciocho. Elena me gustó tanto, que solo me daban ganas de llorar. Por medio de su amiga, a trompicones, conseguí invitar a Elena a salir. ¿Pensáis que vino? ¡No! Yo, cual cazador tras su presa, comencé a seguir sus pasos. Conseguí su teléfono, la llamaba, le rogaba que quedara conmigo. Al final la niña cedió, pero me advirtió: “ven antes a casa, pide permiso a mi madre”. Recuerdo perfectamente el calor y los nervios en la puerta de Elena. Su madre resultó ser una mujer afable, graciosa incluso. Me confió su tesoro durante dos horas. Paseé con Elena por el Retiro, charlamos, reímos. Todo muy decente. Y de pronto, me suelta: —Vladimir, yo ya tengo novio, creo que lo quiero. Pero es un sinvergüenza. Ya me cansa pillarle con otras. Yo también tengo mi orgullo. ¿Te parece si probamos a ser amigos tú y yo? ¿Qué dices? Me quedé todo ojiplático, con más curiosidad por Elena. ¿Así que la niña podía ser medio inocente… pero también ya estar enamorada? Elena cada vez me fascinaba más. Nuestras dos horas de paseo pasaron volando, y acabé entregando a Elena a su madre. …Con el tiempo, ya no podía vivir sin esa chica. Mi madre también adoraba a ese “sol de niña”. Elena venía mucho a nuestra casa. Mi madre intentaba enseñarle trucos femeninos, y a veces, olvidaban que yo existía. Cuando Elena cumplió los dieciocho, pensamos en boda. Nadie, ni padres ni nosotros, tenía dudas. Nos casaríamos en otoño. Llegó el verano. Elena se fue al pueblo, a casa de la abuela. Yo me pasé los tres meses en la finca, ayudando a mi madre. Un día, mientras regaba los tomates, escuché: —Joven, ¿me da un vaso de agua? Me giré, y vi a una mujer de unos treinta y cinco. Descuidada, despeinada y con unos ojos llenos de fuego. No la recordaba de la finca. Pero no iba a negarle un vaso de pozo. La desconocida se bebió el agua encantada, y me dijo: —Gracias, guapo. Casi muero de sed. Yo tengo aquí mi licorcillo casero, dulce. Tome un poco, en agradecimiento. No sea tiquismiquis—y me encasquetó una botella. En la cena, con mi madre ausente en Madrid, probé el licor. Al día siguiente, volvió la invitada. Nos pusimos a hablar. Se llamaba Nines y vivía en una aldea cercana. La invité a entrar a la casa. De nuevo, el mismo licor. Preparé unos bocadillos y, entre risas, nos bebimos la botella. Hoy me maldigo por lo que vino después. Nines me atrapó, me sometió, como si me hubiera embrujado. Me convertí en un corderito a su merced, incapaz de controlar nada. Me despierto, Nines ya no estaba. Mi madre me zarandeaba: —Vladimir, ¿qué ha pasado aquí? ¿Con quién bebías? ¿Por qué tu cama está que parece que hayan corrido caballos por encima?—incrédula mi madre. Yo apenas podía abrir los ojos, la cabeza me daba vueltas y las manos me temblaban. No fui capaz de dar explicaciones. Al final del día, empecé a recordar… y sentí una enorme vergüenza por mi prometida, Elena. Pero en menos de una semana, volvió Nines. Y… me alegré, hasta tenía ganas de verla. Mi madre salió a la puerta: —¿Qué se le ofrece, señora?—dijo con las manos en las caderas. La llevé dentro antes de que mi madre la echara. —Mamá, que no se recibe así a las visitas. Quizá solo quiera agua… no saltes así, —intenté calmarla. —¿Visita? ¡Esta es la Nines la Buscona del pueblo! ¡La conoce hasta el perro! Anda entre las fincas, seduciendo hombres. ¡Ni se te ocurra dejarla pasar!—trató de avisarme mi madre. Pero ya era tarde. Seguramente me había embrujado con su licor de bruja, y sin quererlo, estaba atado a ella. Sentía que no la amaba, que no era para mí… pero tras Nines iba como una sombra. De Elena me olvidé completamente. Y cuando intenté explicarle a Nines lo de mi prometida, solo respondió: —Vladimir, el primer amor no es la prometida. La boda se canceló. Mi madre invitó a Elena a casa y le contó todo. —Perdona a Vladimir, hija. No sabe la desgracia en la que se mete. Cuando se dé cuenta, será tarde. Haz tu vida, no le esperes, —le pidió mi madre. Elena hizo bien: se casó felizmente. Mi madre, desesperada por alejarme de Nines, fue a la oficina de reclutamiento y pidió que me enviasen al servicio militar inmediatamente. Me llamaron para Afganistán. Prefiero no contar lo vivido allí… Regresé con tres dedos menos en la mano derecha. Nada grave. Mi mente, sin embargo, quedó tocada. Me volví más frío, más indiferente. Nines me esperó. Ya teníamos un hijo. Antes de ir a la guerra, quise dejar descendencia por si no regresaba. Tuve un hijo. Allí en Afganistán, soñaba con tener cinco hijos. Mi madre seguía odiando a Nines. Mimaba a Elena y tejía patucos y gorros para su hija. Por razones que nunca comprendí, mi madre creía que la hija de Elena era mía. Ojalá… Elena seguía visitando a mi madre e interesándose por mí. Mi madre le contaba: —Ay, Elena, Vladimir sigue con esa buscona. No sé qué le ha visto, no lo entiendo… Años después, Elena me contaría las penas de mi madre. Luego me fui a trabajar al Norte y Nines, con nuestros tres hijos, se vino conmigo. Allí nacieron otros dos niños. Logré mi sueño: tener cinco hijos. Pero a los dos años, murió nuestra hija de cinco, por una neumonía. En el Norte es duro. Volvimos a casa; todo es más llevadero bajo los chopos y encinas familiares. Cada vez pensaba más en Elena, la novia que rechacé. Me asaltaba la nostalgia. Busqué su teléfono a mi madre, que también me dio su dirección, aunque me advirtió que no removiera el pasado. Llamé y enseguida nos vimos. Elena estaba aún más guapa. Me invitó a casa, conocí a su marido. Me presentó como un amigo de la infancia. Su marido, seguro de sí mismo, nos dejó solos: tenía turno de noche. Sobre la mesa, una botella de cava y frutas. La hija estaba con la abuela. —Bueno, Vladimir. Todo lo sé por tu madre. Cuéntame cómo te va… —dijo Elena mirándome a los ojos. —Perdóname, Elena. No lo quise así, no puedo cambiar nada… Tengo cuatro hijos, —le confesé. —No tienes que cambiar nada, Vladimir. Nos hemos visto, recordado la juventud, y basta. Solo me da pena tu madre, que tanto sufre contigo. Sé más cariñoso con ella, —me pidió Elena. No podía dejar de mirar a Elena. Estaba igual de bonita; deseada. Le cogí la mano, la besé dulcemente. —Elena, te quiero como entonces, de joven. Pero nuestro amor pasó de largo. No puedo contarte todo, la vida no se puede reescribir. Te pido perdón. —Vladimir, vete ya. Es muy tarde, —cerró así la conversación. ¿Pero cómo iba yo a irme así, sin más? Me invadieron sentimientos intensos, se encendió una pasión absurda. …Por la mañana, me marché en silencio. Elena dormía plácidamente. Seguimos viéndonos, en secreto, durante tres años. Luego, Elena se mudó a las afueras y perdimos todo contacto. …A Nines, la buscona, la dejé cuando los hijos crecieron. Mi madre tenía razón. Por mi destino pasó una aventurera: pisoteó mi vida, rompió mi corazón. …Por mucho que hiervas el agua, siempre será agua. Solo un niño resultó realmente mío. Mi primer hijo…
Querido diario, A veces me pregunto cómo dejar atrás los errores que he cometido, o si es posible alguna
MagistrUm