Es interesante
05
Mirra: Un extraño “update” en la uni, un móvil rojo ardiente y la tentación de reescribir la realidad (o pagar el precio) — Diario de un usuario improbable en la red de probabilidades
Actualización disponible Por primera vez, el teléfono se encendió de un rojo encendido en mitad de clase.
MagistrUm
Es interesante
017
La chica se sentaba en la cama con las piernas recogidas, repitiendo con irritación:
Araceli estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, y murmuraba con irritación
MagistrUm
Es interesante
043
Merlín, el gato sin billete: la noche en que una conductora de autobús madrileña descubrió magia, lotería y nuevos comienzos entre asientos, estrellas y un vecino inesperado
El gato la observaba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Nayara estiró el brazo hacia él
MagistrUm
Es interesante
0335
El hombre de mis sueños dejó a su esposa por mí, pero jamás imaginé cómo todo se volvería en mi contra.
El hombre de mis sueños dejó a su esposa por mí, pero ni siquiera podía imaginar cómo todo se volvería
MagistrUm
Es interesante
049
No tuve paciencia — Voy a pedir el divorcio —dijo Verónica con total tranquilidad, entregándole a Arturo una taza de té—. Mejor dicho, ya lo he pedido. Lo pronunció con tal naturalidad, como si estuviera comentando que para cenar hay pollo con verduras. — ¿Puedo preguntar desde cuándo…? Hm, mejor lo dejamos, no delante de los niños —Arturo, al ver a sus dos hijos atentos, bajó el tono—. ¿Qué es lo que te he hecho? Y eso sin hablar de que los niños necesitan a su padre. —¿Y tú crees que no les podría conseguir otro? —Verónica rodó los ojos exageradamente y sonrió—. ¿Que en qué me fallaste? ¡En todo! Yo soñaba con una vida tranquila a tu lado, no con un río desbordado. —Bueno chicos, ¿habéis terminado? —Arturo no quería la escena frente a los pequeños—. ¡A jugar, venga! ¡Y sin espiar! —gritó cuando los niños ya salían sabiendo lo traviesos que eran—. Ahora sí, continuamos. Verónica apretó los labios, molesta. ¡Incluso ahora tenía que estar dando órdenes! Haciéndose el padre del año… —Estoy harta de vivir así. No quiero pasarme ocho horas diarias en la oficina, poniendo cara amable, vendiendo a los clientes… Quiero despertarme a mediodía, ir de compras a las mejores tiendas, pasarme por los salones de belleza. Y tú no puedes darme eso. ¡Basta! Te he dado los mejores diez años de mi vida… —¿Podrías ahorrarte el melodrama? —la cortó, seco, Arturo—. ¿No eras tú la que hace diez años luchó por casarse conmigo? Que yo, sinceramente, no estaba tan convencido. —Un error, nos pasa a todos. El divorcio fue rápido y discreto. Arturo, no sin dolor, accedió a que los chicos vivieran con su madre, con la condición de que pasarían los fines de semana y vacaciones con él. Verónica aceptó sin protestar. Medio año después, Arturo presentó su nueva mujer a los niños. La simpática y vitalista Lucía conquistó de inmediato a los chicos, quienes esperaban los fines de semana con ansias, lo que enfurecía aún más a su madre. Y la indignó todavía más saber que Arturo había heredado de un primo lejano, se compró un gran chalé en la sierra y vivía estupendamente. Aunque no dejó su trabajo y pasaba solo una pensión pequeña, prefería vestir a sus hijos personalmente y comprarles todos los caprichos tecnológicos. ¡Hasta controlaba en qué se gastaba la pensión! ¿Por qué no aguantó unos meses más? Si tan solo Verónica hubiera sabido lo que se avecinaba… ¡Otra cosa habría cantado! Quizá, al fin y al cabo, aún no esté todo perdido. ************************* —¿Te apetece un té? Como en los viejos tiempos. —Verónica sonrió coqueta, enroscándose un mechón de pelo con el dedo. El vestido corto resaltaba su figura, y el maquillaje le quitaba años… se había esforzado en lucir irresistible. —No tengo tiempo —respondió Arturo, apenas mirándola—. ¿Están listos los chicos? —No encuentran algo, tardarán diez minutos, ya les conozco —insistió ella, sin rendirse—. ¿Y si celebramos juntos Nochevieja? Nico y Jorge han estado toda la tarde con el árbol. —Quedamos en el juzgado que las vacaciones eran mías. Y lo celebraremos en un pueblecito nevado, con esquís y snowboards. Lucía lo ha organizado todo. —Pero es una fiesta familiar… —Por eso, lo celebramos en familia. Protesta y te pido la custodia. Apenas cerraron la puerta tras Arturo y sus felices hijos, Verónica, furiosa, rompió la elegante vajilla que les regalaron en su boda. Lucía… ¡otra vez esa Lucía! Siempre fingiendo que disfruta con los chicos, pero seguro que cuenta los días para devolvérselos. Si alguien conocía el carácter incansable de sus hijos, era ella. Pero… ¡eso daba ideas! Verónica sonrió con picardía. Todavía no estaba todo perdido. Pronto el dinero de Arturo sería solo de ella… ************************* —¿Y esto qué es? —preguntó Arturo al ver las maletas en la puerta. —¿Cómo que qué? Las cosas de Nico y Jorge —Verónica empujó una maleta rebosante—. Ahora que tienes tu vida organizada, yo también quiero tener la mía. Y no todos los hombres aceptan hijos ajenos, así que los niños se quedan contigo. Ya fui a servicios sociales, solo queda formalizarlo. Ocúpate tú, que yo me voy de vacaciones con alguien muy especial. Y dejando a un Arturo pasmado, se marchó hacia el coche que la esperaba. ¿Cuánto aguantaría la “santita” de Lucía? ¿Una semana? ¿Dos? Seguro que dos. Y Arturo, al final, elegiría a sus hijos… y volvería a sus brazos. Y con ellos, todo el dinero… Pasaron dos semanas. Un mes. Dos. Y la llamada exigiendo recoger a los niños no llegaba. Por lo que contaban los chicos, Lucía ni les había levantado la voz. ¿Aquellos dos diablillos convertidos en ángeles? ¡Imposible! —¿Cómo se portan los niños? ¿No te están volviendo loco? —al final, Verónica no aguantó y llamó a su exmarido. —Se portan genial. No dan guerra, ayudan, obedecen —contestó Arturo, claramente más cálido hablando de los chicos—. ¡Son unos campeones! —¿En serio? —respondió ella, incrédula—. Pues conmigo siempre estaban haciendo trastadas… —Porque hay que dedicarles tiempo —gruñó Arturo—. Tú no levantabas la vista del móvil. Por cierto, te aviso: nos mudamos. Si quieres verlos, los traigo en vacaciones. —Pero… ¡también son mis hijos! —Fuiste tú quien me cedió la custodia. —Arturo soltó una carcajada—. Menuda madre. A Verónica solo le quedaba lamentarse. No recuperó al marido (ni a su dinero), el nuevo novio desapareció y los niños ahora estaban lejos. Aunque, en el fondo, no los iba a echar tanto de menos… le encantaba dedicarse solo a sí misma. ¿Hay derecho? Diez años de aguante y abandonar la carrera justo medio año antes de tenerlo todo resuelto… Injusto…
No pudo esperar Voy a pedir el divorcio dijo Clara con toda tranquilidad mientras le daba una taza de
MagistrUm
Es interesante
031
Regalé a mi nuera el anillo familiar, y una semana después lo vi por casualidad en el escaparate de un compro oro – Llévalo con cuidado, hija, no es sólo de oro, en él está la historia de nuestra familia – dijo doña Galina, entregándole la cajita de terciopelo como si fuese un jarrón de cristal. – Era de mi bisabuela. Sobrevivió a la guerra, al hambre, a la evacuación. Mi madre contaba que en el 46 le ofrecían un saco de harina por él, pero mi abuela no lo entregó. Lo guardó. Decía que el recuerdo no se cambia por pan y que el hambre pasa, pero la memoria permanece. Aina, una joven moderna con las uñas recién hechas y el pelo siempre impoluto, abrió la cajita. Bajo la lámpara tintineó un rubí grande entre filigranas doradas antiguas. El anillo era macizo, nada que ver con los finos aros que ahora se llevan. – Vaya, qué… contundente – murmuró Aina, girando el regalo entre los dedos. – Ya no hacen cosas así. Es retro total. – No es retro, Aina, es vintage, es una joya de toda la vida – corrigió su marido Sergio, el hijo de doña Galina, relajado después de la cena, observando la escena con una sonrisa. – Mamá, ¿segura? Siempre decías que este anillo debía quedar en la familia. – Pues Aina ya es familia – afirmó doña Galina con calidez, aunque el alma le dolía. El anillo era su amuleto, su lazo con los que ya no estaban. Pero veía cuánto amaba su hijo a esta mujer, y decidió entregárselo como gesto de confianza: que la nuera se sintiera acogida, que supiera que allí era una más. – Lleváis tres años juntos y felices. Es hora de que os proteja como protegió el matrimonio de mis padres. Aina lo probó. Le quedaba grande en el anular y se balanceaba holgadamente. – Es bonito – dijo, sin el entusiasmo que esperaba doña Galina; sólo una educada gratitud. – Gracias, Galina. Lo cuidaré… aunque tendré que ajustarlo, si no, lo pierdo. – Ten mucho cuidado con el joyero – saltó la suegra –, el oro antiguo es delicado y el engaste también; mejor llévalo en el dedo corazón si puedes. – Tranquila, ya veré – Aina cerró la cajita y la dejó junto a su bolso. – Sergio, nos vamos, mañana hay que madrugar e ir al banco por la letra del coche. Al despedirse y ver alejarse el flamante todocamino, a doña Galina la invadió una sensación de vacío. Sintió que con el anillo se le iba una parte de sí. Pero se obligó a mirar al futuro. Los jóvenes tienen otros gustos, pero la memoria de la familia, pensó, es fuerte y se cuida sola. La semana voló entre las tareas rituales: médico, mercado, caminar con amigas… Sin quedarse nunca parada. El martes llovía a cántaros, de camino a casa acortó por una calle secundaria repleta de tiendas pequeñas y uno de esos compro oro que nunca miraba. Pero esta vez el letrero deslumbrante la atrajo: “COMPRO ORO – 24 HORAS”. Miró distraída la vitrina: teléfonos, joyas… Al centro, destacado en terciopelo, estaba su anillo. No podía ser. No había otro igual: el gran rubí oscuro, el engaste de pétalos de oro, la muesca que sólo ella conocía. – No puede ser… – susurró llevándose una mano al pecho. Al entrar, pidió ver el anillo. En cuanto lo tocó, lo supo: era el suyo. Sintió cómo la traición le atragantaba las palabras. – ¿Cuánto? – preguntó, temblando. – Treinta y cinco mil euros – contestó el dependiente con desgana –. Es para amantes de antigüedades, tamaño grande, el precio es el del oro más el rubí. Treinta y cinco mil. El precio de tres generaciones. Y en ese instante doña Galina pagó, rescatando el anillo, no con alivio, sino con una herida caliente de decepción. ¿Llamar y montar una escena? No: debían mirarla a los ojos. Con el anillo a salvo y un mar de interrogantes, preparó la siguiente visita. Sábado de comida familiar, todo era normalidad hasta el postre, cuando, fijándose en los dedos de su nuera, no vio el anillo. – Aina, ¿por qué no llevas el anillo? ¿No te combina? Aina titubeó, Sergio la miró. – Oh, lo tengo guardado en la joyerita, que me queda holgado… No nos ha dado tiempo de llevarlo al joyero, esta semana ha sido un lío. – Pero lo tienes en casa, ¿verdad? – En casa, sí, claro, no te preocupes tanto, sólo es una joya – contestó Aina, algo molesta. Entonces, doña Galina se levantó, fue al aparador y, con calma, sacó la caja de terciopelo y la puso ante su nuera, abriéndola. El rubí brillaba como una gota de sangre. El silencio era absoluto. Aina palideció, Sergio tosió ahogado. – Esto… mamá, ¿de dónde lo has sacado? – Del compro oro de la calle Mayor, el martes. Me costó treinta y cinco mil euros. Ese es el precio de la memoria, ¿no? Aina bajó la mirada. – Iba a recuperarlo… de verdad, cuando cobremos… – ¿Y si lo hubieran vendido o fundido? ¿Os dais cuenta de lo que habéis hecho? – ¡Tampoco es para tanto! – explotó Aina –. ¡Sólo es un anillo viejo! ¡No se puede vivir aferrada al pasado! ¡Tenemos deudas, nos ajustaron la nómina…! No queríamos pedirte ayuda, te pondrías a regañarnos por no saber ahorrar… – ¡Aina, basta! – cortó Sergio. – ¡No! – continuó ella –. ¡Tienes tus ahorros y tus joyas, pero nosotros tenemos que vivir el presente! ¡Sólo era para salir del paso, nadie se habría enterado…! – Claro, nadie lo hubiera sabido – asintió doña Galina. – ¿Y la conciencia? ¿Y la confianza? – Lo que importa es la gente, no las cosas – dijo Aina. Sergio hundió el rostro en las manos, avergonzado. – ¿Tú lo sabías? – preguntó su madre. Él asintió en silencio. – Sabías que el recuerdo de tu abuela valía menos que el crédito por el coche… Guardó el anillo y, con voz firme, concluyó: – Tenéis razón: soy anticuada, no entiendo estas cosas. Pero tampoco entiendo cómo se puede traicionar así. Por favor, marchaos. Necesito estar sola. – Mamá, perdónanos, nos equivocamos… – La familia no se vende. Id. Aina se levantó indignada, Sergio callado la siguió. Tras el portazo, doña Galina guardó el pastel, fregó la loza, y luego, con el anillo puesto, susurró: – Ya estás en casa. No te adaptaste a ellos, aún no están preparados. Pasaron los meses y las relaciones siguieron, ya sólo de protocolo. Sergio llamaba, ella respondía políticamente correcta, la nuera distante y dolida, haciéndose la víctima. Un día, la vecina, doña Verónica, le dijo en el portal: – ¡Qué anillo más bonito llevas, Gali! No me canso de mirarlo. – Era de mi madre – sonrió Galina, acariciando el oro –. Intenté dárselo a los jóvenes, pero no están preparados. Todo les parece desechable hoy. – Haces bien – respondió Verónica –. Estas cosas son para quien las valora. Hoy todo va muy deprisa, pero la memoria no pasa de moda. – Quizá tenga alguna nieta que sí lo valore algún día. Hasta entonces, se queda conmigo. Y comprendió: la verdadera herencia no es material. No se puede comprar el amor ni mendigar respeto. El anillo volvió a ella para abrirle los ojos. Y aunque la verdad duela, es mejor que vivir en una mentira discreta. Siguió adelante con su vida, disfrutando con sus amigas y cuidando de sí misma. El anillo cada día le recordaba que la fuerza de la memoria no se vende ni se rompe. Si esta historia te ha conmovido, suscríbete y dale a “me gusta”: así me animas a seguir contando relatos de la vida real. Escríbeme en los comentarios, ¿qué habrías hecho tú en el lugar de la protagonista?
Llévalo con cuidado, hija, porque no es solo de oro, en él descansa la historia de nuestra familia dijo
MagistrUm
Es interesante
017
Fue el día de la boda de Lidia, la cartero.
Era el día de la boda de Lucía, la cartero del pueblo. ¡Ay, qué boda! No era una boda, sino un auténtico
MagistrUm
Es interesante
0228
En el divorcio, ella le dijo: «¡Llévate todo!» — y un año después él se lamentó por haberle creído
En el divorcio, Consuelo dijo: «¡Llévate todo!» y un año después, su marido lamentó haberla creído.
MagistrUm
Es interesante
023
Mi marido trajo a un amigo a casa “solo por una semanita”, así que hice las maletas en silencio y me fui a un balneario — Anda, pasa, no te cortes, siéntete como en tu casa —se oyó la animada voz de mi marido desde el recibidor, seguida de un golpe sordo al dejar algo pesado en el suelo—. Elena te pone la mesa enseguida, ¡justo a la hora perfecta! Elena se quedó inmóvil con el cazo en la mano. No esperaba a nadie. Es más, la noche de hoy había sido planeada como una tranquila cena familiar frente a la tele. El único invitado al que habría recibido con gusto tras una dura semana en la contabilidad era el tan ansiado descanso. Dejó el cazo, se limpió las manos y salió al pasillo. Lo que vio no auguraba nada bueno. Sergio, su marido, brillaba como una patena, ayudando a quitarse el abrigo a un hombre corpulento, con la cara hinchada y la nariz enrojecida. En un rincón, una gigantesca bolsa de deporte—abultada hasta reventar—parecía a punto de estallar la cremallera. —¡Mira quién es, Elena! —dijo Sergio con una sonrisa aún más ancha al ver a su mujer—. Te he traído una sorpresa. ¿Te acuerdas de Vadim? El del instituto, el que tocaba la guitarra. Elena lo recordaba vagamente: un chico ruidoso del fondo de la clase, siempre pidiendo cigarros y apuntes. De aquel estudiante quedaba ya poco. Vadim se había ensanchado, lucía barriga y calvicie, y su mirada inspeccionaba el piso con descaro. —Buenas tardes, señora de la casa —gruñó el invitado quitándose los zapatos y lanzándolos sin miramientos hacia la estantería del recibidor—. Tenéis un piso majo. —Buenas noches —contestó Elena, lanzando una mirada interrogativa a su marido. Esa mirada solía poner nervioso a Sergio. El marido se acercó con paso rápido, la abrazó por los hombros y murmuró para que Vadim—que se dirigía a lavarse las manos—no oyera: —Elena, es que… Vadim está fastidiado. Su mujer le ha echado de casa, de un día para otro, y no tiene a dónde ir ni dinero. ¿Podría quedarse con nosotros una semana? Hasta que encuentre piso o haga las paces con ella. No podía dejarle en la calle, tú me conoces. Elena lo conocía demasiado bien. Sergio era bueno, pero esa bondad rayaba lo ingenuo. Nunca sabía negarse, sobre todo ante apelaciones sentimentales o recuerdos de “los buenos viejos tiempos”. —¿Una semana? —susurró ella—. Sergio, vivimos en un piso de dos habitaciones. ¿Dónde va a dormir? ¿En el salón? ¿Y nosotros? —Bah, no te preocupes, Elena —restó importancia él—. Estamos una semana tomando el té en la cocina y ya está. Nos quedamos tan tranquilos. Además, Vadim es buen tío, muy discreto. Ni lo notarás. El “discreto y buen tío” salió del baño, secándose las manos con la toalla de invitados recién colgada que tanto le gustaba a Elena. —¿Y de comer qué hay? —preguntó Vadim, asomándose a la cocina—. No he probado bocado en todo el día, vaya nervios con la mudanza… La cena fue una función de un solo actor. Vadim devoraba como si se preparara para el invierno nuclear. Mientras tanto, no dejaba de opinar: —No está mal este puchero, un poco soso. Mi ex, Svetlana, lo hacía más espeso, que la cuchara se quedase de pie —criticó mientras mojaba pan en el plato. Elena calló, mientras Sergio, con sonrisa culpable, le servía repetición tras repetición y defendía la cocina de su esposa: —Come, Vadim, que Elena cocina de maravilla. Vadim alzó el vaso tras llenar la copa con el vodka que traía de casa: —Anda, que para una “señora fina de ciudad” no está mal, pero los que venimos de abajo comemos más fuerte. Por cierto, Sergio, ¿te queda alguna cerveza? Esto no baja bien con croquetas. El televisor en el salón tronaba con un volumen que hacía temblar las vitrinas. Vadim, despatarrado en el sofá, no paraba de comentar las películas de acción. Sergio asentía y de vez en cuando traía más sándwiches y té. Elena ni cabía en su propio salón. Fue a su dormitorio, cerró la puerta e intentó leer, pero los disparos y risas resonaban a través de las paredes. Por la mañana la pesadilla continuó. Elena entró en la cocina para hacerse el café y salir pronto al trabajo, solo para encontrar una montaña de vajilla sucia en el fregadero, migas y manchas de ketchup en el mantel y una botella vacía sobre la mesa. Vadim dormía en el sofá cama, en medio de la sala, y el ronquido hacía vibrar las paredes. Un olor a resaca y calcetines usados lo envolvía todo. Sergio, medio dormido, salió del baño: —Ay, Elena, perdona, nos liamos anoche y no nos dio tiempo a recoger. Limpio todo cuando vuelva. —¿Esta noche? —Elena revisó el reloj—. ¿Y cómo desayunaréis? No hay ni un plato limpio. —Hago un par a mano ahora… Elena se bebió el café evitando mirar hacia el salón, se vistió y salió. Aquella jornada solo pensaba en no regresar a casa. Ya no era “su hogar acogedor”, no así. Por la tarde, sus temores se confirmaron. Los platos medio limpios, el salón oliendo a fritanga, Vadim en camiseta de tirantes fumando en la ventana (cuando Elena había aclarado mil veces que en casa no se fumaba). —¡Hombre, la jefa ha vuelto! —exclamó Vadim soltando la bocanada de humo—. Hemos hecho patatas fritas. Sin grasa casi, pero tuve que ir a comprar tocino, que no teníais. Sergio me dio el dinero, que yo tengo la tarjeta bloqueada. Elena vio la encimera salpicada de grasa, mondas en el suelo. —No tengo hambre —dijo seca—. Sergio, ¿puedes venir un momento? Le arrastró al dormitorio. —¿Qué es esto? ¿Por qué fuma aquí y deja este desastre? Juraste que no lo notaría. —No te enfades, Elena —intentó calmarla Sergio—. Está estresado, se desahogó. Limpiamos todo luego. Es sencillo, cero complicaciones. Pronto se irá; ya está buscando piso. —¿Buscando? ¿Desde el sofá con una cerveza? —¡Llamó a alguien de día! Elena, no seas gruñona. Los amigos están para ayudarse. Los siguientes días fueron un infierno. Vadim parecía ocupar cada esquina. Siempre en casa “de vacaciones”. Engullía toda la comida de Elena en una sentada. Paseaba en calzoncillos, se adueñaba del baño durante una hora y lo dejaba todo patas arriba. El colmo llegó el viernes. Elena volvió pronto, solo quería un baño y dormir. Al abrir la puerta, risa y música a todo volumen. Zapatos de Vadim y Sergio en el pasillo… y otros zapatos más: unos tacones y unos mocasines de hombre desconocidos. Entró al salón. El humo lo llenaba todo. Vadim estaba de juerga con otro hombre y una mujer extravagante. Sergio, todo colorado, encogido en una banqueta. Sobre SU mesa de roble, botellas y aperitivos, sin mantel ni posavasos. —¡Anda! ¡Ya está aquí la señora! —gritó Vadim—. Sergio, ¡échale una copa! Elena, estos son Kolya e Irina. Una cenita cultural, que para eso es viernes. Elena vio la marca de vaso en la mesa, una colilla en el cuenco de cristal, a Sergio sin mirar a los ojos. No gritó, ni rompió platos, ni echó a nadie. Se hizo el silencio interior, puro y frío. —Buenas noches. No molesto. —Y se fue a la habitación. Cerró con llave, hizo la maleta metódicamente: albornoz, bañador, algún vestido, cremas, libros. Dio gracias por tener vacaciones sin usar; más aún, por sus ahorros privados. Conectó el portátil y reservó una suite en un balneario de Castilla. Media pensión, spa, masajes. Confirmó la reserva. Salida: la mañana siguiente. Durmió con tapones. La fiesta apenas era un rumor. Al amanecer, silencio sepulcral. Sergio y Vadim seguían durmiendo. Elena se duchó, se vistió, sacó la maleta. Sobre la mesa de la cocina, entre los restos de la fiesta, dejó una nota: “Me voy al balneario. Vuelvo en una semana. En la nevera no hay comida. Paga tú la luz.” Un taxi la esperaba. Cuando arrancó, Elena sintió que le quitaban un peso de encima. Los dos primeros días en el balneario fueron un sueño: paseos, cócteles de oxígeno, piscina y lectura. El móvil, en modo silencio. Pronto Sergio la bombardeó: “¿Dónde estás?” “Esto no tiene gracia” “Despertamos y no estabas” “¿No has dejado sopa hecha?” Elena leyó, sonrió y siguió en el spa. En el tercer día, el tono cambió: “¿Dónde guardas calcetines limpios?” “¿Cómo va la lavadora?” “Vadim pregunta dónde están las toallas” “Se acabó el detergente y el papel higiénico” Elena solo contestó a uno: “Manual de la lavadora en internet. El detergente y papel en el súper. Para el vodka sí teníais.” El cuarto día, Sergio llamó. Elena, tranquila tras tomar su infusión, contestó: —¡Elena! Por fin, ¿cuándo vuelves? Esto no se aguanta. —¿Qué pasa, Sergio? Estoy en mis tratamientos. —¡Es un caos! Vadim ha traído a unos amigos a ver el fútbol. Los vecinos han llamado a la policía, me han multado. ¡No tengo comida, ni tiempo, ni energía! ¡Me vuelvo loco! —Tranquilo, Sergio. Como decía tu amigo: “soy una pija de ciudad y no sé cocinar”, así que que él te enseñe. —Elena, no puedo echarle, ¡es mi amigo!– —Pues gestiona tú. O mi casa, como estaba, y sin rastro de Vadim cuando vuelva el domingo, o me voy con mi madre y pido el divorcio. No es una amenaza. Es así. Colgó y fue a su masaje facial. Era tan fácil, insospechadamente fácil. El resto de la semana voló. Elena rejuveneció. El domingo volvió en taxi. Al entrar, olor a lejía y pollo asado, todo limpio, orden perfecto. En la cocina, Sergio ojeroso y recién afeitado: —Hola… —¿Y Vadim? —Le eché el jueves, tras tu llamada. Cuando empezó a pedirme que le trajera más cerveza, me harté. Se lo dije claro. Se fue hecho una furia, diciendo que me había “dominado la mujer”. Pero ya está. Sergio, con las manos curtidas de fregar, le tomó las suyas: —Perdona, Elena. Nunca me di cuenta de lo que costaba llevar esta casa. Lo supe estos días. No pienso consentir huéspedes nunca más. —Siéntate, que se te quema el pollo —sonrió ella. Cenaron en silencio. El silencio bueno. Sergio la cuidaba. —¿Y en el balneario? ¿Bien? —Impresionante. Iré cada seis meses. Y te conviene aprender recetas nuevas. Por si acaso. —Prometido. Elena se enteró después de que Vadim había intentado colarse en casa de su exsuegra, había bronca judicial, y hasta estaba parado, buscando aprovecharse de cualquiera. Sergio aprendió a decir “NO”. Cuando un primo quiso quedarse de paso, Sergio dio la dirección del albergue municipal sin titubear. Desde la cocina, moviendo la sopa, Elena sonreía. El balneario está bien, pero un hogar donde te respetan, es aún mejor. ¡Gracias por leer hasta el final! Si te ha gustado la historia, dale a “me gusta” y suscríbete para no perderte nuevas historias de la vida misma.
Anda, entra, no te cortes, aquí eres como en tu casa la voz animada de Álvaro, mi marido, retumbó desde
MagistrUm
Es interesante
050
La ruptura por defecto —Tranquila, todo saldrá bien —susurró Vova en voz baja, intentando que su tono sonara convincente. Inspiró hondo, soltó el aire y pulsó el timbre. La velada se preveía complicada, pero, ¿no es así siempre en la primera cena con los padres…? La puerta se abrió casi al instante. En el umbral esperaba doña Alejandra Martín. Impecable: cabello recogido en un moño pulcro, vestido de corte severo, maquillaje discreto. Su mirada se posó en Clara, se detuvo un segundo en la cesta de pastas y frunció sutilmente los labios. El gesto fue fugaz, casi imperceptible, pero Clara lo notó. —Pasad —dijo doña Alejandra sin especial calidez, cediéndoles el paso al interior del piso. Vova entró intentando no mirar a su madre y Clara le siguió, pisando con cautela el recibidor. El piso los recibió con luz cálida y un suave aroma a incienso de sándalo. El ambiente era acogedor, pero todo parecía milimétricamente perfecto, con cada objeto en su lugar y un orden casi quirúrgico. Doña Alejandra los condujo al salón—una sala amplia con grandes ventanas tapadas por cortinas color crema. Un sofá robusto tapizado en tela cara dominaba la estancia, junto a una mesa baja de madera oscura. Les indicó con un gesto que se sentaran. —¿Tomáis té? ¿Café? —preguntó ella, aún sin mirar a Clara, con una neutralidad que rozaba la frialdad. —Un té estaría bien —contestó Clara con cortesía, esforzándose por sonar natural y amable. Dejó la cesta sobre la mesa, soltó el lazo y levantó la tapa, dejando escapar el aroma de pastas recién horneadas—. He traído pastas, las hago yo misma. Si quieren probar… La mirada de doña Alejandra se posó apenas un segundo en la cesta antes de asentir. —Bien —dijo, y se dirigió a la cocina—. Ahora os traigo el té. Mientras ella salía, Vova se inclinó hacia Clara y murmuró: —Perdona… Siempre ha sido así, algo… distante. —No pasa nada —sonrió Clara, apretándole la mano—. Lo importante es que tú estés a mi lado. Mientras doña Alejandra preparaba el té, el silencio se adueñó del salón. Clara examinó el decoradísimo espacio, apreciando el lujo y el orden, aunque todo le resultaba extrañamente ajeno y desapacible, como si se encontrase en una casa-museo más que en un hogar. Poco después, doña Alejandra reapareció con una bandeja: tazas de porcelana con delicado dibujo floral, tetera de plata y un plato pequeño con pastas dispuestas en círculo. Dejó la bandeja en la mesa, sirvió el té con parsimonia y se acomodó en un sillón enfrente de ellos, cruzando las manos sobre las rodillas. —Así que eres Clara, ¿no? —dijo, escudriñando a la chica, fijándose en cada detalle: el peinado, la expresión, la manera de sostener la taza—. Vova dice que estás estudiando para educadora infantil, ¿verdad? —Sí, estoy en tercero de carrera —Clara intentó mantener la compostura—. Es lo que me gusta. Ayudar a los niños a crecer, aprender… es importante para mí. —Con niños… —repitió doña Alejandra, arqueando una ceja con una pizca de ironía—. Muy noble, claro. Pero sabes que los sueldos en educación son… limitados. Hoy en día hay que pensar en el futuro, la estabilidad… Vova intervino enseguida. —Mamá, ¿tienes que hablar de dinero ya? Lo importante es que Clara disfruta su vocación, y lo demás… el tiempo lo pondrá todo en su lugar. Lo esencial es apoyarnos mutuamente. La madre giró la cabeza hacia el hijo, sin responder de inmediato. Bebió un sorbo de té, sopesando sus palabras. —Amar lo que una hace está bien —dijo al fin, de nuevo a Clara—, pero la realidad es que solo con amor no basta. ¿Has pensado ya dónde trabajarás? ¿Tienes planes de futuro? Clara aspiró hondo, consciente de que aquello más que curiosidad era una especie de examen. —Sí, lo he pensado. Quiero entrar en una escuela infantil y coger experiencia. Más adelante, formarme en educación especial. Siento que es mi vocación. Doña Alejandra asintió en silencio, con el rostro pensativo. —No pienso vivir a costa de Vova —añadió Clara—. Quiero trabajar, progresar, ser independiente. Para mí no se trata solo de ganar dinero, sino de sentirme útil. —Vaya, interesante visión —dijo la madre, ladeando la cabeza—. ¿No pensaste en algo más rentable? Con tu perfil podrías, no sé, dedicarte a ventas o marketing. Los salarios son mucho mejores. Vova quiso intervenir, pero Clara lo detuvo con la mano y preguntó con aplomo: —Perdón, ¿y usted a qué se dedica? Doña Alejandra vaciló un instante, ligeramente sorprendida. —Yo… no trabajo. Mi marido mantiene el hogar. Yo llevo la casa y le ayudo en temas de organización, mantener el orden… Es un trabajo también, aunque no pagado. —Entiendo —respondió Clara, fortalecida—. Entonces, si usted eligió no trabajar, ¿por qué debería yo buscar una profesión mejor pagada en vez de hacer lo que me llena? El silencio se hizo espeso. La madre miró a Clara, midiendo cada milímetro de su intención. —Mi marido me ofreció esa vida, podía permitírselo. Pero Vova… El joven se removió incómodo en el sofá, atrapado entre madre y novia. —Vova… —Clara se dirigió a él—, ¿tú qué opinas? ¿Debo renunciar a lo que me gusta solo por el dinero? —No es eso… —balbuceó él, entrelazando y soltando las manos—. Pero hace falta pensar en el futuro, la estabilidad. Hemos de saber cómo enfrentaremos la vida diaria y las obligaciones. La madre lo miró con una leve aprobación antes de regresar a Clara, esta vez más suave pero igual de insistente. —Dime, Clara, ¿de verdad piensas que mi hijo debe renunciar a sus sueños? Él siempre quiso ser periodista, viajar… ¿Vas a exigírselo? Clara respondió antes de que Vova pudiera hacerlo: —O sea, a que yo sí tengo que sacrificarme y él no, ¿es así? Debo buscar buen sueldo y él disfrutar su vocación… No me parece justo, ¿no cree? Vova bajó la mirada, incapaz de replicar, mientras su madre remachaba, triunfante en su terreno: —Sabes perfectamente que no se puede todo a medias. El trabajo es entrega total, no equilibrios imposibles. Vova tragó saliva, sintiéndose de nuevo como un crío. Intuyó que no lograría encontrar jamás palabras que satisficieran a ambas. —Bueno, creo que ha sido suficiente —zanjó doña Alejandra, levantándose con la misma elegancia que había mostrado toda la tarde—. Ya es tarde y nuestro barrio no es el más seguro. Será mejor que te vayas a casa, Clara. Vova, ¡necesito hablar contigo en serio! Vova hizo ademán de replicar: —Mamá, ¿puedo al menos acompañar a Clara…? —¡Ni pensarlo! —le cortó ella sin ni siquiera mirar atrás—. Quiero que te quedes. Vova se rindió. Cualquier debate era inútil. —Lo siento, Clara —musitó cabizbajo—. Será mejor que cojas un taxi. Clara solo asintió y, conteniendo el temblor en la voz, recogió sus cosas. —Gracias por el té. —Adiós —contestó la madre, sin mirar siquiera. Clara salió con dignidad, resistiendo la presión de las lágrimas hasta llegar a su casa. Solo allí permitió que, poco a poco, la tensión se fuera aflojando. Sabía que no era el fin del mundo, solo el final (probablemente inevitable) de una historia que quizás nunca debió empezar. Mañana sería otro día. Y saldría adelante. ******************** Al día siguiente, Clara ignoró las llamadas de Vova. Necesitaba tiempo para aclarar sus sentimientos. Cada vez que el móvil vibraba, sentía que debía aprender a dar prioridad a su propia paz antes que a las expectativas ajenas. Por duro que fuese, entendía que en el futuro cualquier decisión siempre se vería tamizada por la opinión de doña Alejandra. Y eso, sinceramente, no era una vida. A los pocos días, de camino a casa, Vova la esperó en el portal. —Clara, tenemos que hablar —afirmó él, evitando mirarla a los ojos—. Mi madre piensa que no somos compatibles. —¿Y tú? Vova titubeó, esquivando la mirada. —Bueno… es mi madre. No quiero hacerle daño. Clara lo miró, serenamente convencida de lo que debía hacer. —¿De verdad quieres estar conmigo? —le preguntó. Vova volvió a dudar. Sin encontrar respuesta, Clara simplemente giró sobre sus talones y entró en casa, dejándole en la acera. Aquella noche, al pasear bajo las farolas de su barrio, Clara comprendió algo esencial: ya no tenía que adaptarse a lo que otros esperaban de ella ni justificarse por ser quien era. Era libre. Y eso lo era todo.
Todo irá bien susurró bajo Jaime, intentando que su voz sonara firme y luminosa, aunque la luna parecía
MagistrUm