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0179
Mi suegra me llamó mala ama de casa y le propuse que se encargara ella misma de llevar el hogar de su hijo
Pero, ¿has visto esto, Carmen? Pasa el dedo, anda, ¡pásalo! Esto ya no es polvo, esto parece fieltro.
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023
Mi vecina de chalé pensó que mi cosecha era de todos, pero la espabilé rápido y se acabó el chollo
Ay, mujer, no seas así, que no pasa nada por un par de pepinos, ¿eh, vecina? Si total, al final se te
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025
— Andrés, ¡ponte el gorro, hijo mío, que hace frío afuera!
¡Andrés, ponte el gorro, hijo mío, que hace un frío de la escarcha! Déjala, madre, si no me congelé en
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013
La hija pidió a su madre que cuidara del niño.
La hija le pidió a su madre que cuidara al bebé. Esta historia me la contó un amigo. Su esposa, Begoña
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0114
Mi suegra me regaló sus viejas pertenencias por mi 30 cumpleaños y no oculté mi desilusión – ¿Y para qué le echaste esa mayonesa tan barata a la ensaladilla rusa? Te dije que cogieras la “Provenzal”, que es más cremosa y tiene más sabor. Esta es pura agua y almidón, has estropeado los ingredientes. Irina se quedó quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo comenzaba a hervirle una irritación sorda, justo en el estómago. Respiró hondo, intentando no explotar, y miró a su suegra. Tamara Ígorievna estaba en medio de la cocina, con las manos en las caderas, inspeccionando la ensaladilla como si fuera una inspectora sanitaria del mercado de El Rastro. Llevaba su vestido de gala con hilos dorados, que sacaba solo en fiestas importantes, y una expresión de solemne grandiosidad. Hoy no era una fiesta cualquiera. Hoy Irina cumplía treinta años. Su trigésimo cumpleaños. Un día que quería celebrar en un restaurante, con música y baile, vestida de largo, no en bata frente a los fogones. Pero el mes pasado se les estropeó el coche, y la reparación salió carísima. El consejo familiar, con voz de su marido Sergio, decretó: se celebra en casa. “Iri, tú eres la mejor anfitriona, vas a poner una mesa que ni el Ritz”, le dijo muy tierno Sergio, besándola en la coronilla. Y ella aceptó a regañadientes. – Tamara Ígorievna, la mayonesa es la de siempre, solo han cambiado el envase –respondió Irina, conteniéndose mientras mezclaba los ingredientes. – Mejor ayúdeme con los canapés de caviar, que los invitados llegan en una hora. – ¿El caviar también lo compraste de oferta, no? –insistió la suegra–. Si es que se nota. El grano, pequeño y apachurrado. Irina, hija, así se ahorra, pero no es de ley con los invitados. Antes, para un cumple de verdad, la mesa rebosaba de manjares de los buenos, no de sucedáneos. En ese momento entró Sergio, ya vestido para la ocasión: camisa blanca, pantalones bien planchados y oloroso a colonia. – Chicas, ¿y ese ambiente? No peleéis, que huele todo riquísimo –dijo cogiendo un trozo de embutido. – Mamá, suelta la crítica, que Iri está de fiesta. – ¡No critico, enseño! –protestó Tamara Ígorievna, frunciendo los labios. – Si no le digo yo la verdad, ¿quién se la va a decir? Su madre está lejos y estas cosas hay que enseñarlas. Bueno, dame el pan, que unto los canapés. Irina dio media vuelta para que no se le vieran las lágrimas. “Enseña”, decía. Tras cinco años casados, Irina ya tenía este “aprendizaje” hasta en el alma. Tamara Ígorievna era de otra generación, ahorradora al extremo, y convencida de que su palabra era la única válida. Guardaba bolsas de leche, reutilizaba platos desechables, y pensaba que Irina gastaba el dinero de su hijo en frivolidades, como manicuras o buenos zapatos. Mientras, el piso olía a pollo asado, ajo y bollería. Irina iba y venía sin parar, queriendo que todo quedara perfecto. Sacó la mejor vajilla, almidonó las servilletas, dispuso las copas. Pese a su cansancio y a las críticas de la suegra, en su interior aún guardaba esperanza de disfrutar la velada. Al fin y al cabo, treinta años no se cumplen todos los días. A las cinco empezaron a llegar los invitados: amigas con sus parejas, compañeros de trabajo, el primo de Sergio con mujer. El piso se llenó de risas, brindis y papel de regalo. Irina recibió flores, sobres con dinero, tarjetas regalo de perfumería. Había calidez y cariño. Tamara Ígorievna presidía la mesa como una reina madre, controlando quién comía y bebía más. Iba soltando sus perlas: “El pepinillo, demasiado salado”, “A la ensaladilla le falta manzana rallada”, “El vino es muy ácido, tengo en casa licor casero que es mucho mejor”. Los invitados sonreían educadamente y seguían la fiesta, evitando los comentarios de la señora. Llegado el momento de los brindis, Sergio se levantó y le dedicó a Irina un discurso precioso sobre lo admirable que era como esposa, anfitriona y amiga. Irina estaba emocionada, de golpe se le fue el cansancio: sentía que todo valía la pena. – Ahora, –anunció Tamara Ígorievna, golpeando la copa con el tenedor–, me toca felicitar a la cumpleañera. Sergio, tráeme mi regalo, está en el pasillo, el paquetón grande. Sergio lo trajo enseguida: era una bolsa enorme, atada con lazo de color. Los presentes miraban expectantes. Irina también sospechaba, sabedora de que su suegra valoraba mucho la tradición: el año anterior le regaló un lote de toallas sencillo, pero útil. ¿Qué sería ahora? ¿Un edredón, acaso? ¿La batidora que Irina había comentado querer? Tamara Ígorievna alzó la bolsa y la colocó junto a Irina, anunciando: – Irina, treinta años es una edad maravillosa, pero toca madurar de verdad. Nada de minifaldas y vaqueros rotos. Ya eres esposa y madre futura. He pensado mucho qué regalarte. El dinero se va, la tecnología se estropea. Pero las cosas de calidad duran toda la vida. Por eso te doy lo más valioso que tengo: mi ajuar, mis mejores vestidos guardados toda la vida. Una reliquia familiar, para que los lleves con salud y te acuerdes de tu suegra con cariño. Y abrió la bolsa de par en par, volcando su contenido en el regazo de Irina (y parte al suelo). Se hizo un silencio de campanario. Hasta la música cesó de fondo. Irina, boquiabierta, observó el montón de ropa desparramada sobre ella. El olor intenso a naftalina, humedad y polvo desplazó al del perfume y al del asado. Sobre sus piernas descansaba un abrigo de paño gris parduzo con un gran cuello de piel sintética raída, apolillado por donde se mirase. Al lado, una pila de vestidos de crimplén, un tejido popularísimo en los setenta: verde chillón, naranja sucio y estampado de lunares enormes. Encima, varias blusas con volantes, amarillentas. Una falda escocesa de lana áspera y espesa como un estropajo. Irina cogió una blusa: tenía una mancha amarilla en la axila imposible de quitar, y los botones apenas estaban sujetos. – Tamara Ígorievna… –balbuceó Irina en alto, haciendo un esfuerzo por controlarse, para que todos escucharan– ¿Esto qué es? – ¿Cómo que qué es? –saltó su suegra, henchida de orgullo–. ¡Mis prendas de toda la vida! Ese abrigo me costó cinco horas de cola en “El Corte Inglés” en el 82. Es eterno. Un repaso, unos botones, y va estupendo. ¿Y los vestidos? Son yugoslavos, importación. Ahora todo es “made in China”, pero esto… esto es auténtico. En uno así conquisté al padre de Sergio. Ahora te toca lucir a ti. Algunos invitados se miraban boquiabiertos. La amiga de Irina, Silvia, se tapó la boca para no soltar una carcajada o un grito. El primo de Sergio se escondió tras el plato, rojo como un tomate. Solo Sergio intentaba poner buena cara. – Mamá, menuda colección retro… Ahora se lleva el vintage, ¿no? –dijo buscando calmar las aguas. Irina sintió arderle la cara: no era solo decepción, era humillación. Humillación pública y deliberada. Su suegra había vaciado el armario en desuso y pretendía que Irina lo luciera y agradeciera como un tesoro. Se levantó y dejó resbalar el pesado abrigo; cayó al suelo levantando polvo. – Vintage, Sergio, son piezas con valor artístico –dijo Irina, helada.– Esto es ropa vieja, sucia y apestando a naftalina y sudor ajeno. – ¡Irina! –gimió Tamara Ígorievna llevándose la mano al corazón.– ¡Eso lo guardé toda la vida! ¡Son recuerdos! ¿Cómo te atreves a llamarlo trapo? – ¿Ve esa mancha en la blusa? ¿Ve cómo el abrigo está apolillado? ¿Cree de verdad que en mi 30 cumpleaños tengo que disfrazarme con ropa de hace 40 años? ¿De verdad piensa que lo voy a poner? – ¡Qué desagradecida! –chilló la suegra, torciendo el tono a chillido de mercadillo–. ¡Una manchita de nada! ¿Te caería algo por lavar? Quería que fueras una señora, no una pendona, y tú haciendo ascos. ¡Sergio, mira cómo me habla tu mujer! Sergio intentó interceder. – Iri, mamá… ya está. Mamá, seguro que lo hizo con buena intención. Es de otra época, para ella las cosas tienen mucho valor. Mamá, igual podrías haber preguntado… – ¿Preguntar qué? –siguió la suegra encendida–. ¿Si regalo un abrigo que cuesta tres sueldos si lo compras nuevo? ¡Ingrata! ¿Sabes qué? Me voy ahora mismo y ¡no pienso volver! – Eso sería el mejor regalo –dijo Irina, clara y bajito. Se hizo un silencio que se podía cortar. – ¿Cómo que has dicho? –susurró la suegra, lívida. – Que no voy a permitir que mi fiesta se convierta en un vertedero –replicó Irina, firme–. Llévese sus cosas. No las quiero. Ni ahora ni nunca. Tengo dignidad. La suegra jadeaba de rabia, recogió el paquete y fue metiendo la ropa a empujones, tirándose del abrigo y partiendo alguna uña en el intento. – ¡Sergio, nos vamos! ¡Acompáñame, como buen hijo! ¡Aquí no me quedo ni un segundo más! Sergio miró desconcertado a su mujer y luego a su madre. – Mamá, ¿a dónde voy a ir? Es el cumpleaños de Irina, están los invitados… Te pido un taxi. – ¿Así? ¡Traidor! ¡Calzonazos! ¡Has cambiado a tu madre por esta grosera! La suegra, con su fardo a cuestas, salió del salón, la barbilla bien alta, y dio un portazo. Todos los invitados se quedaron congelados. El ambiente era irremediable. El olor a naftalina y a bronca se mezclaban en el aire. – Bueno… por Irina –propuso tímida una amiga. Intentaron salvar la velada, pero fue en vano. Poco a poco, los invitados se despidieron, disculpándose. Cuando cerró la puerta la última pareja, Irina empezó a recoger la mesa, furiosa. Sergio estaba hundido en el sofá. – Iri, ¿era necesario ese numerito? –preguntó después de un rato–. Lo podías haber tirado en privado o llevarlo a la casa de campo, no hacía falta el numerito delante de todos. Ahora mi madre seguro se va a poner enferma de los nervios. Irina apiló los platos con brusquedad. – ¿Sabes distinguir el matiz, Sergio? Si me lo da en privado, lo disimulo. Pero lo hizo delante de todos, para dejarme por debajo. No fue cariño ni cuidado. Fue postureo y desprecio. – ¡Simplemente no lo entiende! ¡En su época todo era escaso! – Todos vivieron en esa época, Sergio. Mi madre también. Pero ahorró medio año para regalarme un colgante de oro. La tuya, con dinero en el banco, me trae trapos inmundos y apestosos. Y tú, quieto. Para ti es “vintage” y para mí una bofetada. Irina se encerró en el dormitorio. Sergio permaneció en la cocina, mirando el hueco donde antes estuvo la dichosa bolsa. Por primera vez en años intentó verlo desde fuera: recordó la cara horrorizada de la amiga de Irina, la aversión de su mujer al tocar la ropa. Sintió una vergüenza insoportable. Por la mañana Irina no habló con él. Salió, café en mano, y en la entrada se topó con la bufanda vieja de su suegra. – Voy a casa de tu madre –le dijo secamente cuando Sergio salió al pasillo. – ¿Para disculparte? –preguntó él, esperanzado. – No. A devolverle su bufanda. Y a dejar claras las cosas. No quiero que quede entredicho. – Voy contigo –dijo él. – No hace falta. Es cosa mía. Llegó a casa de la suegra una hora después. Tamara Ígorievna estaba compungida, con tolita en la cabeza y olor a valeriana. – ¿Vienes a rematarme? –dijo dolida–. Adelante, mira qué angustias. Irina dejó la bufanda en la mesa. – Tamara Ígorievna, sin dramas. Le respeto. Pero le exijo respeto a mí. – ¡Respeto! ¡Tú que me dejaste en ridículo delante de todos! – ¡No! Se puso en ridículo usted sola. Sabía que esa ropa no vale para nadie. Regalar eso es ofensa. – Pero yo… – Escúcheme –alzó la voz Irina, cortando–. No necesito su ajuar. Sergio y yo nos sostenemos solos. Si quiere hacerme un regalo, pregunte qué necesito. Si no quiere gastar, venga con flores y buena palabra. Pero no intente nunca más colarme su trastero como regalo. Yo no soy un cubo de basura. Soy la persona que su hijo eligió. Si quiere vernos en su casa o ver futuros nietos, vaya acostúmbrandose. La suegra se quedó muda. Solía tener una nuera sumisa, esta rebelión la sobresaltaba. – ¿Y si no quiero? –murmuró, fría. – Pues entonces, solo habrá llamadas de cortesía en fiestas. Usted decide. Irina fue a la puerta. Al salir, añadió: – Por cierto: la ensaladilla le gustó a todos, incluso con esa mayonesa. Porque la hice con cariño. No con resquemor. Al salir a la calle, respiró hondo el aire fresco. Era libre. Por primera vez en cinco años, no era la víctima. Por la tarde, Sergio llegó con rosas. – Ha llamado mamá –dijo, sin mirar. – ¿Y? – Que tienes carácter. Y que igual se pasó. Que el abrigo, si tú no lo quieres, lo lleva al ropero. Irina sonrió. Era una pequeña pero gran victoria. – Que lo lleve. A lo mejor alguien le saca provecho. Y este fin de semana nos vamos al restaurante. Quiero celebrar mi cumpleaños como Dios manda, y con vestido nuevo, elegido por mí. – ¡Por supuesto! –dijo Sergio abrazándola–. Sin hablar de ahorro ni nada. Te lo mereces. Desde entonces, en su familia había nuevas normas: la suegra no se volvió un ángel, seguía criticando pero más suave, y los regalos… mejor en un sobre cerrado, aunque se quejara de los gustos de la juventud. Pero Irina estaba feliz: su armario ya no era refugio del pasado ajeno.
Pero a ver, Clara, ¿por qué le has puesto esta mayonesa barata a la ensaladilla rusa? Te lo dije mil
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03
Cómo un padre enseñó a su hijo a comer correctamente
Querido diario, Cuando Alejandro cumplió los tres años, la alimentación era un verdadero caos.
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Aventuras de Aljónka en un Mundo Mágico
16 de octubre, 2025 Hoy vuelvo a la aldea de San Esteban del Valle, ese rincón olvidado de la provincia
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Traición y chantaje: Cuando el infiel pone condiciones para quedarse en casa y amenaza con irse, obligando a la esposa a callar por miedo a perderlo todo, mientras la hija escucha detrás de la puerta
Traicionó y pone condiciones Escucha, Carmen, no tengo ni tiempo ni ganas de oír tus quejas interminables.
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El día de mi boda recibí un mensaje del hijo del jefe: “Estás despedida. ¡Feliz día de boda!
12 de junio de 2024 Hoy, en medio del caos más inesperado, mi boda se ha convertido en el escenario de
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040
Tengo 58 años y tomé una decisión que me costó más de lo que la mayoría podría imaginar: he dejado de ayudar económicamente a mi hija. Y no ha sido porque no la quiera… ni tampoco porque me haya vuelto “tacaña”. Mi hija se casó con un hombre que, desde el principio, dejó claro que no le gustaba trabajar. Cambiaba de trabajo cada pocos meses —siempre con una excusa diferente: el jefe, el horario, el sueldo, el ambiente… Nunca nada le venía bien. Ella trabajaba, pero el dinero nunca era suficiente. Y mes tras mes, él venía a pedirme lo mismo: para el alquiler, la comida, las deudas, el colegio de los niños. Y yo… siempre acababa ayudando. Al principio pensé que sería algo temporal. Una fase. Que él recapacitaría, asumiría su responsabilidad, que se convertiría en un hombre. Pero los años pasaban y nada cambiaba. Él seguía en casa, se levantaba tarde, salía con los amigos, prometía que “casi” había encontrado algo. Y el dinero que daba a mi hija, en realidad, cubría gastos que tenía que asumir él… o, peor aún, financiaba sus copas. Él no buscaba trabajo porque sabía que, pasase lo que pasase, yo sería la que acabaría “solucionando las cosas”. Mi hija tampoco le exigía responsabilidades. Le resultaba más fácil pedirme ayuda que plantarse ante él. Y así, pagaba facturas que no eran mías. Y cargaba con el peso de un matrimonio que tampoco era el mío. El día que decidí parar fue cuando mi hija vino pidiéndome dinero “para una urgencia”… y, sin querer, me confesó que era para pagar una deuda que su marido había generado jugando al billar con sus amigos. Le pregunté: — ¿Por qué él no trabaja? Ella me contestó: — No quiero presionarle. Entonces le dejé claro: Seguiré dándole todo mi apoyo emocional. Estaré a su lado y al de mis nietos. Siempre. Pero no pienso darles más dinero mientras siga con un hombre que no hace nada ni asume ninguna responsabilidad. Ella lloró. Se enfadó. Me dijo que la estaba abandonando. Y ese ha sido uno de los momentos más difíciles de mi vida como madre. Decidme… ¿he hecho mal?
Tengo 58 años y hace poco tomé una decisión que me costó más de lo que la mayoría de la gente puede imaginar
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