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019
MIRANDO AL VACÍO Dani y Ana se casaron con sólo 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro, era un amor desaforado. Por eso, sus padres decidieron rápidamente formalizar la relación de sus hijos, no fuera a pasar algo “indebido”… Celebraron una boda espléndida e inolvidable, con todos los ingredientes típicos: la muñeca sobre el capó del coche, mares de flores, fuegos artificiales, banquete y los clásicos gritos de “¡Que se besen!” Los padres de Ana no pudieron aportar nada al convite, pues apenas les llegaba el dinero para comer y… para la bebida. Todos los gastos recayeron en la madre del novio, doña Alejandra Alejandrovna, a quien, viendo que su nombre y apellido resultaba un trabalenguas, todos llamaban Sagrario Sagrariana. Sagrario Sagrariana intentó disuadir a Dani de salir con una chica hija de padres tan dados a la botella, pero él aseguraba que en Ana no se notaría, que su amor superaría cualquier herencia negativa. Sagrario Sagrariana quiso advertirle: “Hijo, de una encina no nacen naranjas. Que tu amor no sea tan efímero como el pico de un gorrión…” Pero Dani y Ana, a las puertas de lo que creían sería la felicidad perfecta, sólo veían amor, alegría y fiesta interminables. Ante sus pies, el mundo entero. Pero la vida tenía su propio cuento. Como regalo de bodas, Sagrario Sagrariana y su marido les dieron un piso. “¡Vivid y sed felices, hijos!” Al principio, todo fue bien. Ana dio a luz dos niñas: Tania y Lucía, a quienes Dani adoraba. Sentía ser el dueño orgulloso de su familia. Pero antes de los cinco años, Ana empezó a desaparecer misteriosamente de casa, y al volver, Dani notaba fuertemente el olor a alcohol. Al pedir explicaciones, al principio ella callaba y luego, de pronto, le dijo con descaro que nunca le había amado, que sólo fue un enamoramiento de juventud. Ahora por fin había encontrado al hombre de sus sueños, y se iba con él. No le importaba que estuviese casado ni que tuviese tres hijas. Dani quedó clavado, el alma envuelta en niebla. Consideraba, con razón, que la mujer de su vida le había traicionado cruelmente. Ana huyó con su amante a una aldea perdida. Según ella, “con el hombre adecuado hay paraíso bajo una caña, y con el equivocado, ni el campo basta”. Las niñas quedaron a su suerte. Sagrario Sagrariana, enérgica como siempre, se quedó con las nietas. Dani, tras un duelo y una vida sin rumbo, se metió en una secta religiosa por consejo de un amigo. Allí le casaron pronto con una viuda llamada Clara con dos hijos. Con el tiempo, se casó por el rito de la secta. Dani cada vez tenía menos tiempo para sus hijas; su nueva mujer le cargaba de problemas. Al nombrar a sus propias niñas, ella le atajaba: “Dani, ellas tienen madre. ¡Que se ocupe ella! Tú lleva a Óscar al cole y da de comer a Víctor…” Dani obedecía todo. Seguía amando a Ana, pero entendía que no había regreso. Pasaron siete años y de pronto Ana apareció en casa de Sagrario Sagrariana, de la mano de una niña de cuatro años. Sagrario la examinó con ojo crítico: “Vaya, Ana, la vida te ha pasado por encima. ¿Esta es tu hija?” “Sí, se llama María. ¿Podemos quedarnos aquí unos días?”, pidió Ana, indecisa. “No esperaba esta visita. ¿Te han echado?” “Salí yo. No soporto más esa vida. Mi marido me pega y no para de beber”. “Nadie te obligó a elegirlo. ¿Y por qué no vas con tus padres?” “Extrañaba a mis hijas. ¿De verdad no me permitirás verlas?”, se atrevió Ana, sabiendo el corazón blando de su exsuegra. “¡Hoy te acuerdas de ellas! ¡Eres una madre-cuco, Ana!” Pero en ese momento, llegaron las niñas. Eran ya adolescentes. Miraban a Ana con recelo y ningún cariño; guardaban un amargo rencor hacia su madre. Sagrario siempre lamentó que sus nietas fuesen huérfanas con sus padres aún vivos. Por supuesto, acogió a Ana con la niña. No la iba a dejar en la calle. Pero al mes, Ana se esfumó. Después se supo que volvió con su “dulce torturador” al pueblo. Su hija María quedó al cuidado de Sagrario y su esposo; ahora tenían tres nietas. Las chicas adoraban y cuidaban a sus abuelos, y en casa reinaban el afecto y el respeto. Pero el tiempo no perdona… Los abuelos fallecieron. Tania se casó pero no tuvo hijos. Lucía, ya mayor, eligió la soledad. María, a los diecisiete, tuvo un hijo “de nadie” y se marchó a ver a su madre al pueblo. …La juventud se fue sin despedirse, la vejez entró sin saludar. Ana hacía mucho que vivía sola. La abandonó su compañero, enfermo, llevándoselo sus hijas a la ciudad. Le responsabilizaban de la enfermedad del padre: “¡No te metas donde no te llaman!” decían. En el pueblo, la gente tildaba a Ana de bebedora y desvergonzada; en el campo todo se sabe y los chismes vuelan. Ana tenía mala fama. Dani, por su parte, huyó de Clara y apenas sobrevivió cuando dejó la secta. Se quedó solo, viviendo en el piso de su madre, entre el “agua de borrajas”, durmiendo en una cama fría, rodeado de tres gatos. Para no enloquecer. Y así acabó todo el amor. Y sin embargo, la felicidad una vez llamó a la puerta de Ana y Dani…
MIRANDO AL VACÍO Carlos y Lucía se casaron cuando ambos tenían 19 años. No podían vivir ni respirar el
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011
Nadie Creyó Por Qué Un Hombre Sin Hogar Abofeteó a Una Madre Millonaria Hasta Que Salió a La Luz La Verdad
Nadie creyó por qué un hombre sin techo dio una bofetada a una madre multimillonaria hasta que salió
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03
El invierno de 1987 fue de esos inviernos en los que la gente ya no recuerda las temperaturas, sino las colas que se formaban: la nieve cubría todo, pero la ciudad despertaba antes que ella. A las cinco de la mañana, ante el colmado del barrio, las luces seguían apagadas pero la cola ya existía. Nadie sabía seguro qué traerían, se rumoreaba que habría carne y leche. El ambiente era de resignación: botellas vacías en bolsas, abrigos gruesos, rostros cansados. María, de 38 años, empleada de una fábrica textil, había llegado la sexta. Se había despertado a las cuatro y media, tomado el café a oscuras y salido de casa en silencio. Su marido seguía dormido pensando que quizá ese día tendrían algo más en la mesa. La cola creció enseguida y se comenzaron a hacer listas con trozos de papel. En mitad de la espera, María vio a la señora Valeria, su vecina viuda desde hacía poco, temblorosa y con un abrigo demasiado fino. Sin dudarlo, María le ofreció su lugar en la fila. La escena no necesitó explicaciones. Pronto anunciaron que solo había leche y huevos para los doce primeros; María supo que no le tocaría nada, pero se alegró por la señora Valeria. Cuando esta quiso devolverle el gesto, María se negó y le propuso compartir lo que consiguieran. Al llegar a la caja solo quedaba una última ración que la dependienta, en un acto de humanidad, repartió en dos partes y añadió una botella de leche reservada. Salieron abrazadas en la fría mañana, dejando tras de sí una historia sencilla, casi anónima, de solidaridad en tiempos de escasez. Porque aquellos inviernos, aquellas colas, no solo trataban de comida sino de personas, de cómo, a pesar de todo, la humanidad nunca faltó en las calles de nuestras ciudades.
El invierno de 1987 fue uno de esos inviernos en los que la gente ya no hablaba del frío, sino de las
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05
Cásate con un inválido. Una historia cautivadora
Gracias por el apoyo, los me gusta, las reseñas, las suscripciones y, sobre todo, el inmenso agradecimiento
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05
Reeducando a mi esposo: Una historia reveladora
Recuerdo, con la claridad que da la nostalgia, los primeros días después de aquella terrible hospitalización
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014
“Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…” Les miró a los ojos. Ana y Roberto habían vivido en la pobreza toda su vida. La mujer ya había perdido la esperanza de una vida feliz y próspera. Alguna vez fue joven y enamorada, soñando con un futuro brillante para los dos. Pero la vida no fue como lo imaginó. Roberto trabajaba muy duro y ganaba poco. Además, quedó embarazada. Tuvieron tres hijos, uno tras otro. Ana llevaba mucho tiempo sin trabajar. Solo el sueldo de su marido no alcanzaba para nada. Los niños crecían y necesitaban ropa y zapatos. Todo el salario se iba en comida. Además, los gastos de la casa y otras necesidades. Doce años de vida así dejaron huella en la familia. Roberto empezó a beber. Seguía trayendo todo el dinero a casa, pero cada día volvía borracho. Ana comenzó a perder la esperanza en su marido por culpa de esa vida. Un día, él llegó borracho con una botella de vodka en la mano. Ana no aguantó más, se la quitó y se la bebió. Desde ese momento, ella también empezó a beber. Con el tiempo, se sentía mejor. Todos sus problemas parecían desaparecer. Incluso empezó a alegrarse. Así que esperaba casi cada día a que Roberto le trajera algo de beber. Y comenzaron a beber juntos. Ana se olvidó de sus hijos. Los vecinos del pueblo se preguntaban cómo podía el alcohol cambiar tanto a una persona. Más tarde, los niños iban por el pueblo pidiendo comida. Un día, un vecino no pudo más y dijo: —Ana, será mejor que lleves a los niños a un orfanato antes de que mueran de hambre. ¿Hasta cuándo vas a beber sin pensar en tus hijos? Ana recordaba esas palabras perfectamente. Le rondaban día y noche por la cabeza. Hubiera preferido que los niños no anduvieran todo el día por casa. Después de un tiempo, Ana y Roberto finalmente abandonaron a sus hijos. Así que los chicos acabaron en un orfanato. Lloraban y esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía por ellos. Ana y Roberto ni siquiera se acordaban de sus hijos. Así pasaron varios años. Uno a uno, los chicos dejaron el orfanato. Les dieron pequeños pisos de una sola habitación. Al menos tenían dónde vivir. Todos consiguieron trabajo. Siempre se apoyaron entre ellos. Nunca hablaban de sus padres, pero seguían deseando verles y preguntarles por qué les habían hecho aquello. Un día, se reunieron y fueron en coche hasta la casa donde vivieron. Por el camino, se encontraron con su madre, que arrastraba los pies para llegar a casa. Pasó delante de ellos sin mirar siquiera a sus hijos. —Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Ella les miró con la mirada perdida. Y entonces, les reconoció. Empezó a llorar y a pedir perdón. Pero, ¿cómo podía ser perdonada? Los hijos se quedaron de pie, sin saber qué decir. Al final decidieron que, fuera como fuera, era su madre. Y la perdonaron.
Querido diario, Hoy no pot evitar să rememorez una imagen grabada en mi memoria Mamá, somos nosotros
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0195
¿Por qué debería compadecerte? Tú no tuviste compasión por mí, respondió Tania.
¿Por qué debo compadecerte? Tú nunca me compadeciste respondió Almudena. En el último año, su madre estuvo
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011
Olechka, hija mía, te lo pido, – la madre se agachó junto a Olia – necesitamos quedarnos aquí un tiempo, pronto terminará todo y volveremos a la ciudad Olia miraba a su madre en silencio. – Olia, ¿me oyes? ¿Lo entiendes? – la madre sacudió a Olga. – Sí que te oigo, mamá… – ¿Entonces por qué no hablas? – la madre se ponía nerviosa, Olia lo notaba. – No es que no hablase, mamá, estaba pensando. – Pensando, dice… Mira cuántos libros, Olia… Ay, cómo me gustaba leer en mi infancia… – Mamá… ¿vamos a tener que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, mi vida, de momento hay que aguantar. Olia entendía todo lo que les había pasado a ella y a su familia. Su madre se equivocaba al pensar que ella era pequeña e inconsciente. – Olia, la tía Cati te visitará, yo dejaré la comida preparada para todo el día, por las mañanas me iré y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a nadar… La madre se cubrió el rostro con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores. Lo sé todo: papá nos ha dejado, y sé que tenemos que salir adelante, así que decidiste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilarle el piso a otra gente. – Lo sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré, leeré libros, y además la tía Cati me cuidará. – Podemos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, pequeñita, antes lo había, ahora ya no. Pero en otoño – te lo prometo – volveremos a nuestro piso. Es solo hasta que encuentre un trabajo decente. – Alquilé el piso hasta agosto, así que nos dará tiempo justo; luego lo arreglamos y viviremos allí tranquilos. Todo saldrá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde se sentaron mucho tiempo en el porche de su pequeña casa, y la madre le contaba a Olia historias de su infancia y de cómo era de buena su abuela. – Mamá, ¿tú también tenías… madre? – Claro que sí, – suspiró su madre – sigue ahí, solo que… no le hago falta. – ¿Cómo? ¿No le haces falta? – Pues ya ves, hija. Llegué temprano para ella, no se entendió con mi padre, él se fue a otra ciudad y montó otra familia. Mi madre estuvo un poco conmigo, luego me llevó al pueblo con la abuela Sonia y se marchó a la ciudad en busca de su felicidad… – ¿Y… la encontró? – La encontró, cariño, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tuvo dos hijos más, y yo… solo me felicitaba por el cumpleaños o en alguna fiesta. – Recuerdo que al venir, como uno de sus hijos estaba enfermo, los traía aquí por el campo y el aire puro… – Ni les contaba que yo era su hermana, no lo sabían. – La abuela le dijo que pronto sería mi graduación y que tendría que comprarme un vestido… Y ella gritó, diciendo que la abuela era una insensible, que tenía a su hijo enfermo y le hablaba de vestidos. – Zoya, – se enfadó la abuela, – Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes? – Una yegua sana, – masculló entre dientes – que se gane su vestido. La abuela se enfadó tanto que la echó de casa… – Mamá, nunca la llamas madre, solo ella… – Lo sé, perdóname, hija… No puedo llamarla así, mi madre siempre fue mi abuela Sonia. – Por eso te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Así es… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – ¡Muchísimo! Cuando faltó, sentí que el mundo se apagaba… Y a Zoya… bueno, mamá, también la quise y la esperé; cada cumpleaños, cada fiesta, cada vez que la necesitaba, esperaba que viniera. – Cuando estuve enferma, el primer día de cole, cuando murió la abuela… la esperé. – No pudo venir porque la madre de su marido celebraba su cumpleaños… Vino después, lloró… Me pidió que recogiera mis cosas; yo era menor. – Creí que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y a vivir en un internado. – Mi primera Nochevieja sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que vendría y me llevaría, pero me dijo: – Lo siento, Sonia, tengo la casa llena, vienen familiares, ¿dónde te voy a meter? – Así que decidí volverme a casa. Mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela – le dije. – ¿Para qué? – Desvió la mirada. – Porque es mi casa. Si crees que puedes decidir sobre mi herencia, te equivocas. – También es mi casa – protestó –, queríamos ir allí a celebrar la Nochevieja al campo. – Te juro que si vais, os destrozo la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio. Así que me fui, salté la valla, fui al pueblo, compré dos cerraduras nuevas, llamé al vecino, el tío Felipe, y cambiamos los cerrojos. – Y por si Zoya reclamaba la casa, todos los vecinos prometieron que no dejarían que nadie me echara, por la memoria de la abuela. – Iba a pasar sola aquella Nochevieja, pero vinieron mis amigas y lo pasamos muy bien… – Luego cumplí los dieciocho. – ¿No la ves nunca? – No… ¿Para qué? No tiene nada que decirme, ni yo a ella. – Mamá, ¿y tú…? – ¿Qué? – ¿Nunca harías eso conmigo? Nunca, hija, nunca jamás, ¿me oyes? … Olia era muy madura, ya no le tenía miedo a nada. Su madre iba a trabajar, la tía Cati venía a verla dos veces al día. Comía, recogía la mesa, fregaba el plato, daba de comer a la muñeca Galia y se ponía a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba leer a la muñeca Galia y al osito Misha. Los días de Olia eran todos iguales. Al principio lloraba, las lágrimas caían solas y Olia las contenía, pero salían… Lloraba sin querer, eran las lágrimas, traicioneras. Pero cuando volvía mamá, todo se pasaba. Hasta que un día, mamá no volvió. No venía, se hacía de noche, Olia encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galia, Misha, Mariquita, Nines y payaso Andrés, no tengáis miedo – tranquilizaba Olia a sus juguetes. ¿Y si iba a la estación a buscar a mamá?, pensó. Pero apenas recordaba el camino y podría perderse. Alejaba las ideas feas. No, su madre jamás la abandonaría… no, no… Porque Olia no tenía a la abuela Sonia, ¿con quién se quedaría? Se imaginó que su madre se volvía a casar, tenía otros hijos y se olvidaba de Olia. Y Olia vivía sola en la casita… Entonces se echó a llorar de pena. Tragaba aire, las lágrimas brotaban, los ojos escocían, la garganta enronquecía; lloró hasta dormirse en la silla junto a la ventana. Olia oyó un ruido en la entrada – ¿y si eran ratas? ¿o acaso era ella, la mamá de su madre, la abuela Zoya, que venía a echarlas? Olia gimió bajito. De repente se encendió la luz y se abrió la puerta. – ¡Mamá! – Olia saltó de la silla, que se cayó – ¡mamá, mi mamá! – Hija mía, Olechka, mi niña querida… perdón, perdón… perdí el último tren de cercanías y tuve que venir andando desde la otra estación… – ¿Mamá, tuviste miedo? – Muchísimo, Olechka, tenía tanto miedo por ti. Lloraba rogándote que no lloraras tú, y yo misma lloraba… Asusté hasta a los lobos – reía y lloraba la madre. – Temía que pensases que te había abandonado. Y entonces, Olia mintió por primera vez a su madre. – Mamá, nunca pensé eso, yo sé que nunca me abandonarías. Sí, Olia mintió por no preocuparla más, aunque sí que lo había pensado. Se quedaron en la casita hasta finales de agosto, y después Olia fue al colegio y la madre encontró un buen trabajo. El padre quiso demandar para llevarse a Olia los fines de semana. La madre reía, diciendo que nunca había mostrado interés por verla. – Jamás se lo he prohibido, – decía la madre – él no quería… Ahora Olia ve a su padre los fines de semana. Al principio iba feliz, luego… – Mamá, creo que papá es como tu Zoya, no le importo, pero me ve porque debe. Me lleva a la sala de juegos del centro comercial, él está siempre al teléfono y se pelea con alguien. – Y yo me siento y miro a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo. El padre empezó a reprocharle a la madre que la ponía en su contra. – Soy el padre, – gritaba – y tú no me dejas. – Papá… ya no soy una niña, ¿por qué me llevas a esa sala absurda? Y ni siquiera me gustan las patatas fritas… ya soy mayor. – Cuando te fuiste de casa y yo me quedaba sola… o cuando mamá perdió el tren y tuvo que venir por el bosque y los lobos la perseguían… y yo me quedé sola… Olia mintió por segunda vez, ahora al padre, lo de los lobos. El padre escuchó y se marchó. Volvió al mes… Pidió disculpas, dijo que lo había comprendido, y se la llevó al cine… Ahora Olia iba contenta a verlo… – Sonia… ¿de verdad huiste entonces de los lobos? – preguntó el padre. – Sí, – respondió la madre sin pestañear. Y luego el padre y la madre hablaron, y… perdió el tren. Eso dijo la madre, que se le fue el tren. – Mamá, – dijo Olia – si papá ha perdido el tren, ¿cómo volverá a casa? Que se quede con nosotras. El padre miraba a la madre. Pero ella fue rotunda. – Que vaya andando… aquí no hay lobos, – dijo, y lo despidió. – Mamá… ¿Él quería volver? – preguntó Olia por la noche, acostada junto a ella. – Sí… – ¿No le perdonarás? La madre guardó silencio. – Mamá, es cosa tuya, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olia, hija mía. – Pero a ti más, eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto que ni los lobos te daban miedo. …Pasaron los años. Olia ya se casa. – Mamá… tengo que confesarte algo. – Sí, cuéntame. – Mamá… entonces sí pensé que me habías abandonado, como Zoya… – Mi niña… Jamás podría… – No lo podía saber entonces, mamá… perdóname. – Perdóname tú, que tuviste que pasar por eso… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a tu lado
Carmen, hija mía, te lo pido su madre se agachó a su altura, con los ojos tristes y las manos temblorosas
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022
En la primavera de 1992, en una pequeña ciudad de España, un hombre llamado Domingo se sentaba cada día en un banco frente a la estación de tren. No pedía limosna. No hablaba con nadie. Simplemente estaba allí, con una bolsa de rafia a sus pies y la mirada perdida en las vías. Había sido maquinista antes del 89. Tras la Transición, la fábrica cerró, los trenes empezaron a escasear y gente como él quedó fuera. Tenía 54 años y un silencio difícil de romper, de esos que nunca se marchan. Cada mañana llegaba a la estación a las ocho, exactamente como antes, cuando empezaba el turno. Se quedaba hasta el mediodía y luego se iba. La gente lo conocía de vista: “Ese trabajó en Renfe”. Nadie le preguntaba nada. Un día, en el banco de al lado, se sentó un chico de unos 19 años. Llevaba una mochila vieja y una hoja arrugada en la mano. Miraba el reloj a menudo. Temblaba, por nervios o por hambre, no estaba claro. —¿Sale algún tren a Madrid? —preguntó el chico, sin mirar a Domingo. —A las cuatro menos cuarto —respondió él, casi de forma automática. El chico suspiró. Le contó que le habían admitido en la universidad, pero no tenía dinero para el billete. Había venido con lo poco que reunió en su pueblo, y no le alcanzaba. No quería volver a casa. “Les prometí que lo lograría”, dijo, casi para sí mismo. Domingo no respondió. Se levantó, recogió su bolsa y se marchó. El chico se quedó mirando al suelo, convencido de que había hablado en vano. Diez minutos después, Domingo regresó. Dejó algo junto al chico: un antiguo carnet de Renfe y algo de dinero. —Ya no los necesito —dijo—. Yo ya llegué a mi destino. Tú, todavía no. El chico intentó rechazarlo, dijo que no podía aceptarlo, que no era justo. Domingo le interrumpió con un gesto: —Si llegas lejos, ayuda a alguien más. Eso basta. El tren partió. El chico se fue con él. Domingo regresó al día siguiente a su banco, a la misma hora, pero ya no permaneció mucho más tiempo. Pasaron unos meses y, una mañana, alguien se sentó a su lado. Era el mismo chico. Más delgado, cansado, pero sonreía: —Aprobé el curso. Y tengo trabajo. He venido a devolvérselo. Domingo asintió y sonrió por primera vez en mucho tiempo. —Guárdalo. No rompas la cadena. Los años pasaron. Domingo ya no fue más a la estación. Diez años después, aquel chico ya no era un muchacho. Tenía un trabajo estable, una familia iniciándose y una vida que, a pesar de las dificultades, se mantenía en pie. Volvió a su ciudad natal unos días, más por nostalgia que por obligación. La estación estaba igual. Los bancos, igual. Solo las personas cambiaban. Una tarde, se detuvo frente a la estación y, sin saber muy bien por qué, preguntó por el hombre que solía sentarse a diario en el banco. —¿Domingo? —respondió alguien—. Tuvo un accidente, hará un par de años. Un coche. Le amputaron una pierna. Está en cama. Su esposa le cuida. Sintió un nudo en el pecho. No preguntó nada más. Averiguó la dirección y fue directamente allí. Domingo estaba en una pequeña habitación, en el segundo piso de un antiguo bloque. La cama junto a la ventana. Su esposa, la misma mujer callada que a veces había visto en la estación, lo miró largo rato al entrar, luego sonrió levemente y salió. —Has vuelto —dijo Domingo tras unos segundos—. Te he reconocido. Te estás haciendo un hombre. El hombre estaba más delgado, el pelo completamente canoso, pero su mirada era la misma. Serena, clara. Hablaron largo rato. De trenes, de la vida, de cosas triviales. En un momento, Domingo se encogió de hombros y sonrió: —Después de toda una vida entre trenes, fíjate tú, al final fue un coche quien me jugó la mala pasada. Así es la suerte de uno. Rio. Una risa breve, auténtica. Como si ni siquiera eso hubiera conseguido vencerle. El joven se fue con un nudo en la garganta y una decisión clara. En los días siguientes, preguntó, buscó, habló con gente. No le contó nada a nadie. Cuando regresó, Domingo estaba solo en la habitación. Entró empujando suavemente una silla de ruedas nueva. Y un sobre con dinero escondido en el bolsillo del respaldo. —¿Y esto, qué? —preguntó el anciano, sorprendido. —Así como usted me ayudó a viajar en tren para estudiar, ahora le ayudo yo a moverse… Es lo que he podido hacer. Domingo hizo un ademán para hablar, pero el joven negó con la cabeza y le dijo: —Para no romper la cadena, ¿recuerda su consejo? Ahora me tocaba a mí. Domingo no dijo nada. Solo asintió y le apretó la mano con fuerza. En este mundo, muchas cosas se pierden. Personas, trenes, años. Pero, a veces, los gestos regresan. No como una deuda, sino como un hilo que no se rompe. Mientras no rompamos la cadena de la bondad, lo que damos volverá, quizá no a nosotros, pero sí justo donde sea necesario. Si has vivido o presenciado un gesto que no rompiera la cadena de la bondad, cuéntalo. Necesitamos más historias que nos acerquen. ❤ Un like, un comentario o compartir pueden hacer que la cadena continúe.
En la primavera de 1992, en una pequeña ciudad de Castilla, un hombre se sentaba cada día en un banco
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025
Un hogar lleno de huéspedes no deseados
¿Acaso esos seres tan dulzones no pueden vivir en otro sitio? preguntó Carmen, mientras observaba la ventana.
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