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040
El vestido prestado En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido era sencillo, Belmonte, y ella misma era tan callada y discreta como la sombra de un almendro en verano. Trabajaba de bibliotecaria en el pueblo, y la pobre Esperanza pasaba meses sin cobrar, y cuando llegaba el pago, por Dios, era en botas de goma, en vino peleón o en garbanzos que ya parecían tener vida propia. Esperanza tiraba sola de su hija, Lucía. El marido se marchó al norte en busca de fortuna cuando Lucía aún era bebé y no se supo nunca más de él—si había formado otra familia o se perdió en las montañas, nadie lo sabía. Lucía crecía, ay, qué genio tenía la niña. Hermosa como la virgen, con ojos azules como el cielo de Madrid y una melena dorada. Pero orgullo no le faltaba—avergonzada de su pobreza, soñaba con lucirse en la fiesta juvenil del colegio como las demás, mientras ella seguía con los mismos zapatos remendados de hace tres años. Fue aquella primavera cuando la historia empezó, último curso, justo cuando los corazones sueñan más alto que nunca… Un día Esperanza vino a mi casa para que le tomara la tensión. Era primeros de mayo, los nísperos florecían. Se sentó en el sofá, delgadita, los hombros afilados bajo un jersey gastado. —Valentina—me dice casi susurrando, las manos nerviosas—Tengo un problema. Lucía no quiere ir al baile de graduación. Se ha puesto histérica. —¿Y eso?—le pregunto ajustándole el manguito en el brazo. —Dice que no va a hacer el ridículo. A la hija del alcalde le han traído de Madrid un vestido importado, todo pomposo… Y yo, Valentina, ni para una simple tela tengo dinero. Nos hemos comido todas las reservas este invierno. —¿Y qué vas a hacer? —Ya se me ha ocurrido algo—de pronto sus ojos brillaron—¿Recuerdas las cortinas de mi madre? De raso bueno, color precioso… Le voy a quitar el encaje antiguo y le pondré pedrería—no será un vestido, será una joya. Yo sólo negué con la cabeza. Conocía a Lucía. Ella quería lujo, etiqueta, etiqueta extranjera. Pero callé. La esperanza de una madre es ciega, pero sagrada… Todo mayo vi la luz de casa de Esperanza encendida hasta de madrugada. La vieja máquina de coser sonaba como una ametralladora: trac-trac-trac… Esperanza hacía magia. Dormía tres horas, los ojos rojos, las manos agujereadas, pero iba feliz. Pero faltando tres semanas para la fiesta, entré en su casa para llevarle una pomada. Allí estaba, el vestido no era de tela, era un sueño—raso que brillaba como un atardecer entre rosas y gris, cada puntada hecha con tanto amor que parecía iluminado por dentro. —¿Qué te parece?—me pregunta, la sonrisa de niña, los dedos cubiertos de tiritas. —Te has superado—le digo—manos de oro tienes, Esperanza. ¿Lucía ya lo ha visto? —No, aún no. Está en el colegio. Quiero que sea sorpresa. Y entonces la puerta se abrió de golpe. Lucía entró bufando, roja, tiró el bolso contra el rincón. —¡Otra vez la hija del alcalde presumiendo! ¡Le han comprado zapatos de charol! ¿Y yo qué? ¿Iré con mis zapatillas rotas? Esperanza se acerca con el vestido, lo levanta con cariño: —Mira, hija… Todo listo. Lucía enmudece, los ojos recorren el vestido… Pensé que se alegraría, pero de pronto explotó. —¿Es esto?—fría como el hielo—¡Son las cortinas de mi abuela! ¡Olían a naftalina! ¿Te ríes de mí? —No, hija, es raso auténtico, mira qué bien sienta… —¡Cortinas!—gritó Lucía con tal rabia que temblaron los cristales—¿Quieres que suba al escenario envuelta en una cortina? “¡La pobre Belmonte va en mantas!” ¡Jamás me lo pondré! ¡Prefiero ir desnuda o arrojarme al río! Arrancó el vestido de las manos de su madre, lo tiró al suelo y lo pisoteó, sobre la pedrería y el esfuerzo de Esperanza. —¡Te odio! ¡Odio esta miseria! ¡Odio a mi madre inútil! Todas tienen una madre de verdad, tú eres un trapo, no una madre. Se hizo un silencio brutal, pesadísimo. Esperanza, pálida como la cal, no lloró ni gritó. Lentamente se agachó, cogió el vestido, lo sacudió y lo apretó contra el pecho. —Valentina—me dijo bajito, sin mirar a su hija—Vete, por favor. Necesitamos hablar. Me fui. El corazón en vilo. Me daban ganas de castigar a la niña por imbécil… Por la mañana Esperanza había desaparecido. Lucía vino corriendo al ambulatorio sobre el mediodía, el rostro desencajado, todo el orgullo perdido, sólo miedo en los ojos. —Tía Valentina, mamá no está. —¿Cómo no está? ¿Trabajando? —No está en la biblioteca, está cerrada, no ha dormido en casa y…—Lucía se mordió los labios—Y falta la imagen. —¿Qué imagen?—pregunté sobresaltada. —La de San Nicolás. La de la esquina, en plata. Mi abuela decía que nos salvó de la guerra. Mama siempre decía: “Esto es nuestro último pan, Lucía. Para el día más negro.” Un sudor frío me recorrió. Entendí lo que planeaba Esperanza. Por las imágenes antiguas pagaban mucho, pero también robaban, mataban, engañaban. Ella era confiada como una niña. Se habría ido a Madrid para venderla y comprar el “vestido soñado” de su hija… —Ahora, búscala—murmuré. Ay, Lucía, ¿qué has hecho? Fueron tres días de infierno. Lucía se fue a vivir a mi casa, temía el vacío del hogar. No comía, sólo agua. Se sentaba en el portal mirando la carretera, cada motor la sobresaltaba, corría a la verja y sólo veía gente extraña. —Es mi culpa—susurraba por la noche, hecha un ovillo—La maté con mis palabras. Si vuelve, me arrastraré a sus pies. Al cuarto día, casi anocheciendo, sonó el teléfono del ambulatorio, fuerte y urgente. Descolgué nerviosa: —¿Ambulatorio, dígame? —¿Valentina?—voz masculina, cansada—Desde el hospital comarcal, reanimación. Me temblaron las piernas, casi caigo al suelo. —¿Qué ha pasado? —Una mujer llegó hace tres días, sin documentos, la encontraron en la estación, tuvo un infarto. Al recuperar el sentido dio el nombre del pueblo y el suyo. Belmonte Esperanza. ¿La conoce? —¿Viva?—grité. —Por ahora, pero está grave. Vengan rápido. Cómo fuimos a Madrid es otra historia. No había bus. Fui suplicar coche al alcalde y nos prestó un viejo Land Rover con el chófer, Pedro. Lucía no dijo nada en todo el camino. Agarrada a la puerta, blanca, mudo el rostro, labios moviéndose—imaginé que rezaba, por primera vez de verdad. En el hospital olía a miedo y lejía, ese silencio de lugares donde la vida y la muerte conversan. El médico salió, joven y agotado. —Van a verla, pero sólo un minuto. Y nada de llorar. Que no se altere. Entramos. Aparatos pitando, tubos como serpientes. Allí estaba Esperanza… Parecía más niña que mujer, el rostro ceniciento, ojeras negras, cuerpo diminuto bajo la manta gris. Lucía la vio y se desplomó de rodillas en la cabecera, sin palabra, temblando. Esperanza abrió los ojos, nublados. Al reconocerla, levantó la mano y la puso sobre la cabeza de Lucía. —Lucía…—susurró—te encontré… —Mamá—lloraba la niña besando la mano—perdóname… —Dinero… lo vendí… en la bolsa… para tu vestido… con brillos… como querías… Lucía levantó la cara, la miró, y las lágrimas corrían sin parar. —No quiero vestido, mamá. ¡No quiero nada! ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que te vean bella…—sonrió Esperanza, débil—No peor que las demás… Yo me quedé clavada en la puerta, sin aliento. Mirando pensaba—esa es la verdadera maternidad. No calcula, sólo da todo, hasta la última gota de vida. Aunque el hijo sea ingrato. Nos sacaron tras cinco minutos. —Basta. Le falta fuerza. La crisis pasó, pero su corazón está muy débil. Y empezaron los días largos de espera. Casi un mes en el hospital. Lucía iba cada día. Por la mañana al colegio, por la tarde en transporte público hasta Madrid. Le llevaba caldos y fruta. Cambió la chica—irreconocible. El orgullo se esfumó. Casa limpia, huerta cuidada. Venía por la tarde y sus ojos ya eran adultos. —Valentina—me dijo una vez—Después de gritarle, probé el vestido a escondidas… Era tan delicado. Olía a las manos de mi madre. Era tonta, creí que un vestido caro me daría respeto. Ahora sé que sin ella no quiero nada del mundo. Esperanza mejoró despacio, pero milagrosamente, decían los médicos. La dieron de alta justo antes de la graduación. Débil, apenas caminaba, pero sólo quería volver a casa. Llegó la noche de fiesta. Todo el pueblo junto frente al colegio. Música y luces, jóvenes en sus mejores galas. La hija del alcalde presumía su vestido de encaje, todas las miradas para ella. De repente, se hizo el silencio. Llegó Lucía, llevando del brazo a Esperanza. La madre, pálida, apoyada en su hija pero sonriendo. Y Lucía… jamás vi tanta belleza. Llevaba aquel vestido de cortina. Bajo la luz del atardecer, ese color ceniza de rosa resplandecía con magia. El raso seguía la figura, realzando solo lo necesario; el encaje brillaba sobre los hombros. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo Lucía caminaba. Como una reina, la cabeza alta. En sus ojos, ya no había arrogancia, sino paz y firmeza. Llevaba a su madre como si fuera de cristal, mostrando al mundo: “Esta es mi madre. Y estoy orgullosa.” El gracioso del pueblo quiso bromear: —¡Mirad, la chica de la cortina! Lucía le miró con calma, sin odio, con compasión. —Sí—dijo clara—lo cosieron las manos de mi madre. Es mi tesoro, más valioso que el oro. Y tú, si no ves belleza, eres ciego. El bromista enmudeció, rojo. La hija del alcalde con su vestido comprado palideció al instante. Porque no son las telas las que te hacen grande… Aquella noche Lucía apenas bailó. Se sentó junto a su madre en el porche, la cubría con un chal, le traía agua, le tomaba la mano. Tanto amor y ternura que me hicieron llorar. Esperanza la miraba y su rostro brillaba. Sabía que todo había merecido la pena. La imagen milagrosa había cumplido su promesa: no con dinero, sino salvando el alma. El tiempo pasó. Lucía se fue a Madrid, estudió cardiología. Se hizo una gran médica, salva vidas cada día. Se llevó a Esperanza, no la deja ni un segundo, viven unidas. La imagen, dicen, Lucía la recuperó tras una larga búsqueda en anticuarios, pagando mucho, pero la consiguió. Hoy está colgada en su casa, con una luz siempre encendida… A veces miro a los jóvenes y pienso: cuánto hacemos sufrir a nuestros seres queridos por dar gusto a los demás. Y la vida es corta, como una noche de verano. Madre sólo hay una. Mientras vive, somos niños, ella nos protege del frío de la eternidad. Cuando se va, estamos solos frente al viento. Cuidad de vuestras madres. Ahora mismo llamadlas si están vivas. Si no, recordadlas con cariño. Desde el cielo, seguro que os escuchan… Si esta historia os ha conmovido, volved, suscribíos al canal. Aquí seguiremos compartiendo recuerdos, lágrimas y alegrías sencillas. Vuestra suscripción es para mí como una taza de té en una noche larga de invierno. Os espero con mucho cariño.
Vestido prestado En aquel entonces, en nuestra calle, justo a tres casas del ambulatorio, vivía Esperanza.
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040
La sala de partos del centro médico estaba inusualmente concurrida. A pesar de que todos los indicadores mostraban un parto normal, se reunieron doce médicos, tres enfermeras jefes e incluso dos cardiólogos pediátricos.
La sala de partos del Hospital Universitario San Juan de Dios estaba atestada como nunca. Aunque todos
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026
Exmarido promete un piso a nuestro hijo, pero exige que me case con él de nuevo
**Diario de un hombre de sesenta años en Madrid** Nunca imaginé que, después de veinte años de silencio
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014
No fui capaz de amar: —Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lili? —dijo la joven, mirándonos a mi amiga y a mí con curiosidad y picardía. —Yo soy Lili. ¿Qué ocurre? —pregunté, sorprendida. —Toma esta carta, Lili. Es de Vladimir —la desconocida sacó un sobre arrugado del bolsillo de su bata y me lo entregó. —¿De Vladimir? ¿Y él dónde está? —me sorprendí. —Le han trasladado a la residencia de adultos. Te esperaba como agua de mayo. No apartaba la mirada de la ventana. Me pidió que leyera la carta para corregir las faltas. No quería hacer el ridículo contigo. Bueno, me voy, que pronto es la comida. Trabajo aquí de educadora —la joven me arrojó una mirada de reproche, suspiró y salió corriendo. …Aquel verano, mi amiga y yo vagábamos sin rumbo y acabamos por casualidad en un recinto desconocido. Teníamos dieciséis años, eran las vacaciones y buscábamos emociones. Nos sentamos en un banco cómodo, charlando y riendo, sin darnos cuenta de que dos chicos se acercaban. —¡Hola, chicas! ¿Os aburrís? ¿Nos presentamos? —me tendió la mano—. Soy Vladimir. Respondí: —Soy Lili, y esta es mi amiga, Eva. ¿Y tu silencioso compañero? —Leonardo —respondió tímido el otro chico. Nos parecieron anticuados y demasiado formales. Vladimir comentó con tono serio: —¿Por qué lleváis faldas tan cortas? El escote de Eva es muy atrevido. —Chicos, no miréis donde no debéis, que se os van a cruzar los ojos —reímos nosotras. —No podemos evitarlo, somos hombres. ¿Fumáis también? —insistió el recatado Vladimir. —Por supuesto, pero en broma —nosotras seguimos la charada. Fue entonces cuando notamos algo extraño con sus piernas. Vladimir apenas caminaba, Leonardo cojeaba visiblemente. —¿Estáis aquí para trataros? —pregunté. —Sí, tuve un accidente de moto. Leonardo saltó de una roca al agua —contestó Vladimir atropelladamente—. Nos van a dar el alta pronto. Nosotras, ingenuas, nos creímos la historia. No sabíamos todavía que Vladimir y Leonardo eran discapacitados de nacimiento, destinados a vivir largo tiempo en el centro. Éramos para ellos una bocanada de libertad. Vivían y estudiaban en una residencia cerrada al mundo exterior. Cada uno tenía su historia inventada sobre accidentes, caídas, peleas… Vladimir y Leonardo resultaron chicos interesantes y muy sabios. Mi amiga y yo empezamos a visitarles semanalmente: por compasión y porque se aprendía mucho con ellos. Pronto, los encuentros se hicieron habituales. Vladimir empezó a regalarme flores de la jardinera cercana. Leonardo traía origami hecho a mano para Eva, muy tímido. Luego, nos sentábamos todos juntos en el banco: Vladimir junto a mí, Leonardo atento solo a Eva, que se ponía colorada pero disfrutaba de la compañía del reservado Leonardo. Conversábamos de todo y nada. El verano acogedor y cálido se fue. Llegó el otoño lluvioso, se acabaron las vacaciones y tocó preparar la selectividad. Olvidamos a Vladimir y Leonardo. …Pasaron los exámenes, el último timbre, la fiesta de fin de curso. Volvía la esperanza del verano. Eva y yo volvimos al centro para ver a aquellos chicos. Nos sentamos esperando que aparecieran con sus regalos de siempre. Esperamos en vano dos horas. De pronto, salió una chica y se dirigió a nosotras. Me entregó la carta de Vladimir. La abrí: “Querida Lili: Eres mi flor perfumada, mi estrella inalcanzable. Tal vez no entendiste que me enamoré de ti desde el primer día. Nuestros encuentros eran mi vida y mi aire. Llevo medio año mirando la ventana y esperando tu regreso. Me has olvidado. ¡Qué pena! Nuestros caminos son distintos. Pero te agradezco haber conocido el amor verdadero. Recuerdo tu voz aterciopelada, tu sonrisa, tus manos suaves. ¡Qué vacío sin ti, Lili! Ojalá pudiera verte una vez más; intento respirar, pero me falta el aire… Leonardo y yo cumplimos dieciocho. Nos trasladan a otro centro. Dudo que volvamos a vernos. Mi alma está desgarrada. Espero poder superar esto y sanar. ¡Adiós, mi querida!” Firmado: “Siempre tuyo, Vladimir”. En el sobre, un flor seca. Me sentí terriblemente avergonzada. El corazón encogido, al ver que era imposible cambiar nada. Recordé la frase: “Somos responsables de quienes domesticamos”. Ni sospechaba por qué pasiones ardía Vladimir. Yo no podría haberle correspondido. No sentía nada elevado por él. Solo amistad y curiosidad, nada más. Puede que coqueteara un poco, le diera alas, pero jamás imaginé que mi flirteo sería el incendio de su amor. …Ahora han pasado años. La carta se ha amarilleado, la flor es ya polvo. Pero recuerdo nuestros encuentros inocentes, las charlas despreocupadas, la risa por las bromas de Vladimir. …La historia tiene continuación. Mi amiga Eva se conmovió por la complicada vida de Leonardo. Sus padres le abandonaron por ser “diferente”, nació con una pierna mucho más corta que la otra. Eva terminó magisterio y hoy trabaja en la residencia para niños discapacitados. Leonardo es su esposo, tienen dos hijos adultos. Según Leonardo, Vladimir vivió solo. Y a los cuarenta años, su madre apareció en el centro, viendo a su hijo desvalido, lloró, recuperó el amor perdido y se lo llevó al pueblo. De ahí, su pista se perdió…
NO SUPE QUERER Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lucía? me dijo una joven con aire de picardía
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023
INOCENTE Y ENGAÑADA
María, a sus cinco años, quedó huérfana por completo. Primero murió su madre, enferma, y poco después
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070
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía
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0148
Tengo tantas ganas de volver a casa, hijo Petrovich salió al balcón, encendió un cigarrillo y se sentó en un humilde taburete. Un nudo amargo le subió a la garganta; intentó dominarse, pero sus manos temblaban. ¿Cómo iba a imaginar, alguna vez, que llegaría el momento en que ni siquiera cabría en su propio piso? — ¡Papá! No te pongas así, ni te enfades — irrumpió en el balcón Larisa, su hija mayor —. No te estoy pidiendo gran cosa… Deja tu habitación y ya está. Si no tienes compasión por mí, al menos piensa en tus nietos. Pronto empezarán el colegio y tienen que vivir todos apelotonados… — Lorena, no voy a irme a una residencia de ancianos — respondió el anciano con calma —. Si estáis tan apretados aquí, id a vivir a casa de la madre de Miguel. Ella sola tiene tres habitaciones. Tendréis cuarto para vosotros y para los niños. — ¡Sabes que no podría convivir con ella! — gritó su hija, cerrando de un portazo el balcón. Petrovich acarició a su viejo perro, fiel compañero durante tantos años, y al recordar a su querida Nadia, rompió a llorar. Siempre se le llenaban los ojos de lágrimas al pensar en su esposa, fallecida cinco años antes, dejándole solo en la vida. Se sentía huérfano, pese a tener hija y nietos, enfrentado a una soledad implacable. A Larisa la criaron con cariño y esmero, inculcándole siempre los mejores valores. Algo les debió de faltar… La hija se les había hecho dura, egoísta, incapaz de empatía. Barsik gimoteó y se tumbó a sus pies: sabía qué sentía su dueño, sufría por él. — Abuelo, ¿ya no nos quieres? — preguntó el nieto de ocho años, entrando en la habitación. — ¿Qué dices, chiquillo? ¿Quién te ha metido esas ideas? — se sorprendió el anciano. — ¿Por qué no quieres marcharte? ¿Te da pena dejarnos la habitación? ¿Por qué eres tan tacaño? — le recriminaba el niño, claramente influenciado por su madre. Viktor intentó razonar con el pequeño, pero entendió que repetía las palabras de Larisa. — Está bien, me iré — murmuró sin vida —. Os dejo la habitación. No aguantaba más. Sabía que allí nadie lo quería, ni siquiera su yerno le hablaba, y hasta el nieto lo consideraba un estorbo. — ¿De verdad lo harás, papá? — irrumpió Larisa, radiante de alegría. — De verdad… Sólo prométeme que no maltratarás a Barsik. Siento que le estoy traicionando… — ¡Basta! Cuidaremos de él, lo pasearemos mucho. Y os visitaremos los fines de semana, a ti y a Barsik — prometió ella —. Te he buscado la mejor residencia; verás cómo te gusta. Dos días después, Petrovich terminó en una residencia de ancianos. Larisa lo tenía calculado: esperaba su rendición para internarlo. Al entrar en aquella habitación llena de humedad y bichos, el anciano se arrepintió. Larisa le había mentido sobre el confort: no era privada, sino una residencia común, triste y sin recursos. Dejó sus cosas, bajó al patio y casi lloró. Al ver a otros ancianos abandonados, imaginó su futuro: una existencia miserable y sin esperanza. — ¿Nuevo aquí? — le preguntó una señora, sonriendo al sentarse a su lado. — Sí… — suspiró Viktorr. — No se preocupe… Yo lloré mucho al principio, luego me resigné. Me llamo Valentina. — Viktorr… ¿También la trajeron aquí sus hijos? — No, mi sobrino. Dios no me dio hijos; pensé dejarle el piso, pero quizá me apresuré… Me lo quitó y me trajo aquí. Por lo menos no a la calle… Charlaron hasta el anochecer, evocando sus mejores recuerdos. Al día siguiente, tras el desayuno, volvieron a pasear. Esa mujer era su refugio: con ella, Petrovich encontraba algo de alegría y esperanza. No quería quedarse dentro; pasaba afuera todo el tiempo. Y la comida, espantosa; comía de mala gana por necesidad. Ansiaba ver a Larisa; soñaba que recapacitaría y lo llevaría a casa. El tiempo pasó y ella no apareció. Decidió entonces llamar para preguntar por Barsik, pero nadie respondió. Un día, en la puerta, vio a su vecino, Esteban Ilina, que vino directo hacia él. — Así que aquí estás — exclamó Esteban —. ¿Por qué tu hija dice que te fuiste al pueblo? Yo sabía que algo no encajaba; nunca dejarías a Barsik en la calle. — ¿De qué hablas? ¿Qué pasó con mi perro? — Tranquilo, lo llevamos a un refugio. No sé qué ocurrió. Vi a Barsik esperando días en el portal y a ti no te veía. Pregunté a Larisa, por si te había pasado algo, y me dijo que preferías vivir en el campo y que iba a vender la casa para irse con su marido. Sobre Barsik me contó que era muy viejo y tú no querías cargar con él. ¿Qué está pasando aquí, Viktor? Petrovich le relató todo. Que entregaría cualquier cosa por volver atrás y no cometer ese error. Que su hija lo había echado, y encima a Barsik también. — Sólo quiero volver a casa, hijo — murmuró el anciano. — Justo estaba aquí por ese tema. Yo soy abogado y defiendo a mayores despojados de sus viviendas. ¿No te has empadronado fuera todavía? — No. A menos que ella lo haya hecho por mí. Ya no sé qué esperar… — Prepara tus cosas, te llevo en coche. ¡No podemos permitir esto! ¿Qué clase de hija es esa…? Petrovich subió corriendo, metió sus cosas en una bolsa y bajó. En la puerta se cruzó con Valentina. — Valentina, me voy. Mi vecino me ha dicho que Larisa echó a Barsik y quiere vender el piso… Así están las cosas. — ¿Y yo qué? — preguntó ella, confundida. — Tranquila, cuando arregle todo vendré a por ti — prometió él. — No digas eso… ¿Quién me va a querer? — murmuró ella, triste. — Perdóname. Me esperan… No te pongas triste, cumpliré mi promesa. Viktor no pudo volver a casa: ya no tenía llaves y todo estaba cerrado. Esteban lo acogió con él. Pronto supieron que Larisa había dejado el piso hacía días para irse con su suegra, alquilándolo a unos inquilinos. Gracias a Esteban, el anciano consiguió recuperar su derecho a la vivienda. — Te doy las gracias, de veras — le dijo Viktor —. Pero no sé cómo seguir; mi hija no parará hasta echarme… — Hay una solución — respondió Esteban —. Puedes vender el piso, dar a Larisa su parte, y con lo que quede, comprar una casita en el pueblo. — ¡Perfecto! — se animó Viktor —. Es el mejor plan. Tres meses más tarde, Viktor se mudaba a su nuevo hogar. Esteban le ayudó en todo, incluso ahora, ofreciendo llevarlo junto a Barsik. — Sólo quiero pasar por un sitio — pidió Viktor. Desde lejos vio a Valentina, sentada en su banco, mirando melancólica el horizonte. — ¡Valentina! — la llamó —, Ven con nosotros, Barsik y yo tenemos casa en el pueblo. Aire puro, pesca, frutos, setas… ¡Todo cerca! ¿Te apuntas? — sonrió. — ¿Y cómo voy a ir? — dudó ella. — Levántate del banco y vente con nosotros — se echó a reír —. ¡Vamos! Aquí no pintamos nada. — ¿Me esperas diez minutos? — sonreía ella, lágrimas en los ojos. — ¡Por supuesto que esperaré! — sonrió él. Contra las malas artes y la mezquindad, aquellos dos lograron defender su derecho a la felicidad. Descubrieron que en el mundo aún hay gente buena. Sea como sea, los buenos siempre superan a los malos. Viktor y Valentina lo comprobaron por sí mismos; lucharon por ellos, y finalmente encontraron por primera vez paz y alegría en la vida…
Tengo muchas ganas de volver a casa, hijo Vicente salió al balcón, encendió un cigarrillo, y se sentó
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048
«Perdóname, hijo, esta noche no hay cena», gritó Lucía… Un millonario escuchó: «Mamá… tengo hambre.» Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía solo cuatro años, pero su estómago ya hablaba un idioma que ningún niño debería conocer jamás: ese vacío que las promesas no pueden calmar. Le acariciaba el pelo con una mano, mientras que con la otra sostenía una bolsa ligera, casi ridículamente pequeña, con botellas de plástico vacías que había recogido durante el día. «Pronto comeremos algo, mi amor», murmuró. Pero la mentira le arañaba la garganta. Había mentido demasiadas veces esa semana. No por costumbre, sino por sobrevivir. Porque decirle la verdad a un niño es como dejarlo caer al suelo sin colchón. El supermercado brillaba con luces de Navidad. Guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carros rebosantes. Se olía a pan recién hecho y canela, algo que para Lucía era puro lujo. Madrid estaba precioso esa noche, como si la ciudad se hubiese puesto un vestido de fiesta… pero ella caminaba con zapatos desgastados, procurando que Mateo no notara su miedo. Mateo se detuvo frente a una montaña de roscón de Reyes envuelto en papel brillante. «¿Compramos uno este año? Como el año pasado, con la abuela…» El año pasado. Lucía sintió el golpe en el pecho. El año pasado su madre estaba viva. El año pasado, tenía trabajo fijo limpiando casas y, aunque no tenían mucho, al menos había una mesa. Al menos había un techo que no se empañaba por dentro como el cristal del coche prestado donde dormían hacía ya dos semanas. «No, mi vida… este año no.» «¿Por qué?» Porque el mundo puede romperse en cualquier momento. Porque la fiebre de tu hijo pesa más que cualquier turno de limpieza. Porque un jefe puede despedirte por faltar justo ese día en que el niño arde en tus brazos en la sala de urgencias. Porque el alquiler no espera, la comida no espera, y el dolor tampoco. Lucía tragó saliva y se obligó a sonreír. «Hoy haremos otra cosa. Ven, ayúdame a devolver las botellas.» Cruzaron los pasillos donde todo parecía decir «sí», y al mismo tiempo «esto no es para ti». Refrescos, galletas, chocolate, juguetes. Mateo lo miraba todo con ojos enormes. «¿Puedo beber algo de zumo hoy?» «No, cariño.» «¿Y galletas? ¿Con chocolate…?» «No.» «¿Y de las normales…?» Lucía respondió más brusca de lo que hubiera querido y vio cómo la cara de Mateo se apagaba, como una lucecita que se rinde. El corazón se le rompió otra vez. ¿Cuántas veces puede romperse un corazón antes de desaparecer? Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía introdujo una botella, luego otra. Sonidos mecánicos, números que subían lentamente. Diez botellas. Diez pequeñas oportunidades. La máquina escupió un cupón. Veinticinco céntimos. Lucía lo miró como si la estuvieran tomando el pelo. Veinticinco. En Nochebuena. Mateo se agarraba a su mano con una esperanza que le dolía. «Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucho hambre.» Lucía sintió que algo en su interior se rompía. Hasta entonces se había aferrado al mundo con uñas y dientes, pero la mirada de su hijo, tan confiada, le destrozó la resistencia. Ya no podía mentirle. No esa noche. Le llevó a la sección de frutas y verduras. Las manzanas brillaban, las naranjas eran perfectas, los tomates parecían joyas. Allí, rodeada de abundancia ajena, se arrodilló frente a él y le tomó las manitas. «Mateo… mamá tiene que decirte algo muy difícil.» «¿Qué pasa, mami? ¿Por qué lloras?» Lucía ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba. Las lágrimas le salían solas, como si su cuerpo supiera antes que ella que no podía más. «Hijo… perdóname. Este año… no hay cena.» Mateo frunció el ceño, confundido. «¿No vamos a cenar?» «No tenemos dinero, mi vida. No tenemos casa. Dormimos en el coche… y mamá ha perdido el trabajo.» Mateo miraba la comida a su alrededor, como si el mundo le hubiera engañado. «Pero… aquí hay comida.» «Sí, pero no es nuestra.» Entonces Mateo lloró. No a gritos, sino ese llanto callado que duele más que cualquier rabieta. Sus hombros pequeños temblaban. Lucía lo abrazó desesperada, como si al apretarle podría obrar un milagro en sus brazos. «Perdóname… perdóname por no poder darte más.» «Disculpe, señora.» Lucía levantó la vista. Un vigilante de seguridad los miraba, incómodo, como si la pobreza fuese una mancha en el suelo. «Si no va a comprar nada, tiene que marcharse. Está molestando a los demás clientes.» Lucía se secó la cara, avergonzada. «Ya nos vamos…» «Ahora mismo, por favor, señora… Ya se lo he dicho.» La voz vino desde atrás, firme pero serena. Lucía se dio la vuelta y vio a un hombre alto, traje oscuro, pelo plateado en las sienes. Llevaba un carro vacío y una presencia imponente. Miró al vigilante sin levantar la voz, pero con una autoridad que le hizo retirarse. «Ellos son mi familia. He venido a por ellos para hacer la compra juntos.» El vigilante dudó, miró la ropa gastada de Lucía, al niño hambriento, al hombre impecable… y al final tragó su duda. «Bien, señor. Disculpe.» Cuando se fue, Lucía permaneció inmóvil, sin saber si dar las gracias o salir corriendo. «No sé quién es usted», dijo incorporándose, «y no necesitamos…» «Sí, sí lo necesitan.» No era cruel su expresión. Era verdad. La miró a los ojos. «Les escuché. Y nadie debería pasar hambre en Navidad. Menos un niño.» Se agachó a la altura de Mateo, con una sonrisa amable. «Hola. Me llamo Sebastián.» Mateo se escondió tras la pierna de su madre, pero miró de reojo. «¿Tú cómo te llamas?» Silencio. Sebastián no insistió. Solo preguntó: «Dime algo… Si pudieses cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué pedirías?» Mateo miró a Lucía, buscando permiso. No entendía nada, pero los ojos del hombre no reflejaban burla, ni lástima, ni curiosidad insultante. Había algo sencillo: humanidad. «Puedes contestar, mi vida», susurró. «Albóndigas rebozadas… con puré de patata», dijo Mateo casi inaudible. Sebastián asintió como si recibiera un encargo fundamental. «Perfecto. Es mi cena favorita también. Ven, ayúdame.» Y empezó a andar, empujando el carro. Lucía le siguió con el corazón desbocado, esperando el truco, la condición, la humillación oculta. Pero no había nada de eso. Sebastián llenó el carro de carne, patatas, pan rallado, lechuga, zumo y fruta. Cada vez que Mateo señalaba algo, Sebastián lo añadía sin mirar el precio. En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio el total y se mareó: era más de lo que había ganado en dos semanas cuando aún tenía trabajo. «No podemos aceptar esto», intentó decir, temblando. Sebastián la miró serio. «Lo que le dijiste a tu hijo… nadie debería tener que decir eso. Déjame hacerlo, por favor.» En el parking, Lucía se acercó al viejo Renault de doña Paz. El coche parecía más triste junto al Mercedes negro de Sebastián. Él entendió todo de un solo vistazo: el desorden en el asiento trasero, la manta, la bolsita con ropa. «¿Dónde van después?», preguntó. La respuesta fue un abismo. «A ningún sitio», acabó admitiendo Lucía. «Dormimos aquí.» Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó la mano por el pelo como si la realidad le pesase de repente. «Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Venid a cenar conmigo. Después… veremos. Pero al menos hoy no os quedaréis en el coche.» Le dio una tarjeta: Hotel Emperador. Lucía sostenía el papel como si quemase. Cuando Sebastián se fue, Mateo tiró de la manga de su madre. «Vamos, mamá. Tomaremos albóndigas rebozadas.» Lucía miró a su hijo, al coche, a la tarjeta. No había alternativa. Y, sin saberlo, al aceptar aquella cena, abría también una puerta… una puerta que podía salvarles o hundirles del todo si era solo una ilusión. El restaurante parecía otro mundo: manteles blancos, luz cálida, música suave, flores frescas. Mateo no soltaba la mano de su madre. Lucía, en ropa gastada, sentía que todos la miraban, aunque nadie lo hacía realmente. «Son invitados míos», dijo Sebastián al camarero. «Pidan lo que deseen.» Al principio, Mateo comió despacio, como temiendo que le quitaran el plato. Luego, más deprisa, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía le miraba, con la garganta prieta: su hijo decía «es lo más rico que he comido nunca» y a ella le sonaba a tragedia disfrazada de alegría. Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas sencillas, preguntó por dinosaurios. Mateo sacó un Tyrannosaurus rex pequeño y gastado del bolsillo, con marcas de garras. «Se llama Rex», dijo orgulloso. «Me protege cuando duermo.» Sebastián le miró con tristeza contenida. «Los tiranosaurios son los más fuertes», respondió. Más tarde, con Mateo relamiendo la cara por el postre, Sebastián preguntó al fin, con respeto: «Lucía… ¿cómo has llegado a esto?» Y Lucía contó su historia. Su madre muerta. Los trabajos perdidos. El hospital. El desahucio. El padre ausente desde que Mateo era bebé y nunca volvió. Sebastián escuchó sin interrumpir, como si cada palabra le confirmase algo. «Mi hotel necesita personal de limpieza», dijo al final. «Contrato legal, horario fijo, todo en regla. Y tenemos piso para empleados. Pequeño, pero digno.» Lucía le miró con sospecha, porque tener esperanza también asusta. «¿Por qué haría esto?» «Porque necesito empleados», respondió, y añadió bajito: «y porque ningún niño debería vivir en un coche.» Al día siguiente, Lucía volvió. La gerente, Patricia Méndez, hizo una entrevista normal, sin dramatismos. Tres días después, Lucía y Mateo entraban por primera vez en un piso con ventanas de verdad. Mateo corría como si descubriera un planeta nuevo. «¿Es nuestro, mamá? ¿De verdad?» «Sí, mi vida… es nuestro.» La primera noche, Mateo durmió en una cama… pero se despertó varias veces tras comprobar que la madre seguía allí. Lucía encontró galletas escondidas bajo la almohada. Su hijo guardaba comida por si el hambre volvía. Y entendió que la pobreza no desaparece cuando cambias de sitio: se queda dentro un tiempo, como ruido de fondo. Sebastián aparecía de vez en cuando. Llevaba libros, jugaba con Mateo al fútbol en el parque, y por su cumpleaños llevó una tarta gigante con forma de dinosaurio. Mateo pidió un deseo en voz alta, sin vergüenza: «Quiero que el tío Sebas se quede para siempre. Que no se vaya nunca.» Sebastián se agachó, con los ojos empañados. «Haré todo lo posible para conseguirlo.» El problema vino por un cotilleo en el edificio… y el chisme llegó al único que no debía saberlo. Roberto, el padre biológico, apareció un martes en el vestíbulo del hotel, oliendo a cerveza y con sonrisa falsa. «He venido a ver a mi hijo», dijo. «Tengo derecho.» Lucía sentía que no podía respirar. Sebastián se puso delante de ella como un muro. Roberto gritó, amenazó, prometió juicios. Y cumplió: llegaron papeles reclamando visitas, custodia compartida. En el escrito Lucía era «una mujer en circunstancias discutibles». Sebastián era «el empleador» que confundía al niño. Todo sonaba elegante. Todo era veneno. La primera visita supervisada fue un desastre. Mateo no quería soltar la pierna de Sebastián. Roberto intentó cogerle y Mateo chilló. Esa noche tuvo pesadillas. Lloró, diciendo que se lo iban a llevar, que no vería más a su mamá, que perdería a «papá Sebas». «Ojalá pudiera ser tu padre», confesó Sebastián una mañana, sentado en la cama del niño. «Más que nada.» «¿Por qué no puedes serlo entonces?» No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil. La abogada fue clara: casados, Sebastián podría iniciar la adopción. Ante el juez, serían una familia estable. Lucía temía, pero también crecía la verdad de meses: Sebastián no se quedaba por deber, sino por amor. «No sería una mentira», le dijo una tarde, con la voz temblando. «Me enamoré de ti viendo cómo eres madre. Y me enamoré de él… porque es imposible no hacerlo.» Lucía, que había sobrevivido años sin permitirse soñar, dijo «sí» con lágrimas que eran algo reciente: alivio. La boda fue sencilla. Civil. Patricia fue testigo. Mateo, con traje corto, llevó los anillos, solemne, como si custodiara un tesoro. «¡Ahora somos una familia de verdad!», gritó el niño tras ser declarados marido y mujer, y todos rieron entre lágrimas. La audiencia fue la revelación real. Roberto, con traje, hizo de víctima arrepentida. Sebastián habló de aquella Nochebuena en el súper, de Lucía arrodillada pidiendo perdón por no cenar, de cómo no pudo mirar para otro lado. Lucía habló de cuatro años de ausencia y silencio. El juez lo miró todo: papeles, cartas, informes médicos donde Roberto jamás aparecía. Testimonios de la guardería, del hotel, vídeos de rutinas sencillas: cuentos, risas, desayunos. Y pidió hablar a solas con Mateo. Lucía casi se desmayó de pánico. En el despacho del juez le pusieron zumo y galletas. Mateo respondió con el único auténtico que existe: «Antes vivía en un coche y no estaba bien. Ahora tengo mi propia habitación. Hay comida. Mamá se ríe.» «¿Quién es tu padre?», preguntó el juez. Mateo no dudó. «Sebas. Mi papá es Sebas. El otro señor… no le conozco. Él hace llorar a mamá. Y no quiero que mamá vuelva a llorar.» Cuando el juez dio su decisión, el tiempo se detuvo. Custodia total para Lucía. Visitas solo si Mateo las quería y solo un tiempo limitado. Y autorización para que Sebastián iniciase la adopción. Roberto salió furioso, lanzando amenazas que se perdieron en el eco del vestíbulo. No volvió jamás. Nunca pidió visita. No quería a un hijo: quería control, ventajas, dinero. Al no obtenerlo, desapareció. En las escaleras del juzgado, Mateo estaba entre sus dos padres, abrazado al fin sin miedo ninguno. «¿Puedo quedarme contigo para siempre?», preguntó. «Para siempre», dijeron ambos. Meses después llegó el certificado de adopción, con sellos oficiales que solo confirmaron lo que su corazón sabía desde tiempo: Mateo Romero Ortiz. Sebastián lo enmarcó y colgó en la pared como una medalla de la batalla más importante. Cambiaron el piso por una casa con jardín. Mateo eligió habitación y colocó a Rex en un lugar especial; aunque a veces, por si acaso, lo llevaba cerca. No porque dudara de su familia: sino porque el niño que fue un día aún no había desaparecido del todo y apenas aprendía poco a poco que la seguridad también puede ser real. Un sábado, Sebastián sugirió ir al supermercado. El mismo de aquella Nochebuena. Entraron juntos, de la mano. Mateo iba en medio, saltando y hablando sin parar. Eligió naranjas, manzanas y cereales con dinosaurio en la caja. Lucía lo observaba y sentía algo dentro que hasta entonces creyó imposible: tranquilidad. En la sección de frutas, Mateo se detuvo donde ella se arrodilló meses atrás, llorando. Cogió una manzana, la puso en el carro con cuidado y dijo, orgulloso: «Para nuestra casa.» Lucía parpadeó rápido para aguantar las lágrimas. Sebastián le apretó la mano. No dijeron nada, porque a veces lo más grande, no se dice: se respira. Aquella noche, los tres cenaron en su mesa. Mateo contó chistes malos sobre el jardín, Sebastián fingió que eran los mejores del mundo, y Lucía reía con esa risa de corazón que brota cuando el cuerpo ya no está en guardia. Luego, como siempre, Sebastián leyó cuentos. Tres. Mateo se durmió en el segundo, con Rex descansando tranquilo en su pecho. Lucía se quedó un rato contemplando desde el quicio. Pensó en la mujer que fue: la que pedía perdón por no cenar, la que dormía en un coche prestado, la que creía que sobrevivir era suficiente. Y entendió algo que no sale en los papeles ni en las sentencias: a veces, en el momento más oscuro, un gesto humano puede desencadenar una cadena de milagros. No milagros de película. Milagros de verdad. Trabajo. Techo. Pan fresco. Cuentos. Una mano tendida. Y, sobre todo, un niño que ya no tenía hambre… ni miedo… porque al fin tenía lo que siempre mereció: una familia que no se va.
Perdóname, hijo, hoy no hay cena gritó mi madre aquella Nochebuena Un hombre rico lo escuchó.
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0156
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.
María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía
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064
El Misterioso Patito en Busca de su Identidad
Salía del hospital del Hospital Universitario La Paz en Madrid y, justo al pasar la puerta, se topó con
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