—No me vas a hacer nada. Yo no tengo la culpa—balbuceó Nico mientras retrocedía, temblando de miedo.
A principios de junio, el calor del verano ya se dejaba sentir. La gente, cansada del bullicio de la ciudad, buscaba refugiarse en el campo, la playa o los pueblos cercanos. Sergio, su mujer y su hija también decidieron escapar un fin de semana al pueblecito donde él había crecido y donde aún vivía su madre.
—¿Listos? ¿No se os ha olvidado nada? Vamos, antes de que el sol caliente demasiado—ordenó Sergio mientras se acomodaba al volante. Sofía se sentó a su lado, y Lola eligió el asiento trasero, lejos del aire acondicionado.
En casa habían acordado que Sofía pasaría las últimas vacaciones con la abuela. A la chica no le hacía mucha gracia, pero sus amigos ya se habían dispersado por distintos sitios, y quedarse en la ciudad sería aburrido.
—¿Por qué esa cara? Verás cómo te gusta. Allí también tienes amigos. Hasta puede que no quieras volver—intentó animarla Sergio.
—Sí, sí, papá, todo bien—masculló Sofía abrochándose el cinturón.
—Eso me gusta oír—sonrió Sergio—. Son tus últimas vacaciones largas. El año que viene, exámenes, universidad… y luego la vida adulta.
La ciudad despertaba perezosamente. Las calles aún estaban vacías, así que en poco tiempo dejaron atrás el asfalto y el ruido.
El sol comenzaba a ascender, filtrándose entre las hojas de los árboles que bordeaban la carretera, clavándose como agujas en los ojos. *”Todo está bien, pero… ¿por qué tengo este peso en el pecho?”*, pensó Sergio, observando la cinta gris de la carretera deslizarse bajo las ruedas.
Cuatro horas después llegaron al pueblo, envuelto en el verdor y el aroma de las flores. La abuela les abrió la puerta, exclamó de alegría y los abrazó a todos, uno por uno.
—¡Madre mía, Sofía, cómo has crecido! Casi una mujer. Sergio, he hecho tus empanadillas favoritas. Pasad, no os quedéis en el recibidor—dijo, nerviosa de felicidad.
—Aquí todo sigue igual—suspiró Sergio, recorriendo la habitación con la mirada y respirando ese olor que le transportaba a la infancia—. Incluso tus cosas están en el mismo sitio. Y tú no cambias, mamá—abrazándola fuerte.
—Anda, qué cosas dices—la mujer apartó el comentario con un gesto—. Seguro que tenéis hambre. Lavad las manos y al comedor.
—Mamá, vigila bien a esta *chiquilla*. Que no se te escape por las noches—advirtió Sergio, mordiendo una empanadilla y cerrando los ojos de gusto.
—Venga ya, ¿es que no recuerdas cómo eras tú a su edad?—soltó la abuela, acercándole un vaso de limonada casera bien fría.
—Eso, eso. Venga, abuela, cuéntame. Porque parece que mi padre nació santo—terció Sofía, provocando risas.
La abuela seguía sirviendo comida cuando, de reojo, miró por la ventana.
—¿Alguien quiere un té calentito?—preguntó, observando a sus invitados—. Ah, Sofía, tus amigos ya están en el patio. Vieron el coche llegar.
—¿Quiénes?—preguntó, lanzándose hacia la ventana.
—Antes termina de comer—ordenó Sergio, firme.
—Ya he terminado. Gracias, abuela, estaban riquísimas—respondió Sofía, impaciente, cambiando el peso de un pie a otro.
—Ve, ve, *torbellino*—rió la abuela—. Pero vuelve para la comida.
Y Sofía desapareció en un instante.
—Mamá, no la pierdas de vista. Parece mayor, pero sigue siendo una niña—susurró Sergio cuando la puerta se cerró.
—Aquí no pasa nada, tranquilo.
Al día siguiente, Sergio y Lola emprendieron el viaje de regreso a la ciudad. Junto al coche, él dio sus últimas advertencias a Sofía.
—Ayuda a la abuela. Y no apagues el móvil, ¿vale?
—Papá, basta, ya lo sé—Sofía puso los ojos en blanco—. Si tanto te preocupas, ¿por qué no me lleváis con vosotros?
—La verdad, cariño, la estás asfixiando—intervino Lola—. Vámonos, que si no llegamos de noche.
Al salir del pueblo, Sergio observó por el retrovisor a su madre y su hija, cada vez más pequeñas. Miró de reojo a su mujer. *”Está tranquila. ¿Por qué yo no? Sofía es lista, no le pasará nada. Necesito aprender a soltar…”*, intentó convencerse, aunque la inquietud no desaparecía.
Pasaron tres semanas. Sofía llamaba cada día, contándoles su vida en el pueblo, y Sergio empezó a relajarse. Hasta que una mañana de sábado, el teléfono lo despertó.
—¿Es el trabajo?—murmuró Lola, sin abrir los ojos.
Sergio miró la pantalla. Era su madre. Contestó al instante.
—¿Sí, mamá? ¿Por qué llamas tan temprano?—Su corazón ya latía con fuerza, presagiando algo malo.
—Sergio, lo siento… No he podido cuidar de Sofía—la voz de su madre se quebró entre lágrimas.
—¿Qué le pasa a Sofía?—saltó de la cama, agarrándose unos pantalones.
—Es grave, venid rápido. Está en el hospital, en coma…—estalló en llanto.
—Prepárate, Sofía está en el hospital—le dijo a Lola, dejando caer el móvil en la cama.
Lola palideció, entendiendo la gravedad, y se vistió a toda prisa.
—¿Qué le ha pasado?—susurró.
—Mi madre no para de llorar, no he entendido nada. Vamos y lo averiguamos.
El día anterior, Sergio no había repostado, y ahora la gasolinera estaba atestada. Los fines de semana, muchos huían de la ciudad.
—¿Qué hacemos? Perderemos mucho tiempo—Lola miró a Sergio, desesperada.
—Un momento—salSergió llevó el coche hasta el hospital con el corazón en un puño, rezando porque su hija abriera los ojos y volviera a sonreírle.





